Thursday, August 30, 2012

UN PUENTE QUE UNA LO LEJANO, LO TRISTE, LO DIARIO Y LO MÁS CIERTO...

*Obra de Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





TIEMPO TORMENTOSO*


Hay un maremágnum color
       malvón
bajo el viento en los jardines
       de la cuadra
que semeja un movimiento
       humano
que no interrumpe su fuerza
       y su deseo.
Ayer llovió una especie de
       tristeza
y no hubo forma de barrerla
       ni quitarla.
Hasta que llegó la extraña
       hora
en que los árboles parecían
       desesperarse
bajo el viento, mientras la
       gente
sola regresaba por la
       estación
de siempre a sus hogares,
       después
de un largo día distinto
       a cualquier
otro, y así fue, pero el
       viento
continúa silbando una
       canción
sin nombre aquí y en los
       alrededores
como obligando a abrir un
       interrogante
o a tender un puente que
       una lo lejano,
lo triste, lo diario y lo más
       cierto.


                 *De Eduardo Dalter eduardodalter@yahoo.com.ar





UN PUENTE QUE UNA LO LEJANO, LO TRISTE, LO DIARIO Y LO MÁS CIERTO...





PROTESTA*


A Yordán Rey Oliva


Sentía un inmenso placer por sorber el agua de la esponja del baño. No valían regaños, amenazas, advertencias sobre microbios. Le gustaba empaparla hasta que se hiciera muy pesada y exprimirla sobre su rostro, con la boca bien abierta. No entendía qué podía haber de malo en ello.
Un día, sin previo aviso, desterraron del baño su querida esponja y colocaron en su lugar un guante de felpa que sabía a artificio plástico.
A modo de protesta, intentó suicidarse. Cuando llegaran sus padres a secarlo, lo encontrarían tendido sobre las losas... Probó el jabón, pero le dio náuseas, el talco le provocó tos y casi lo descubren, sorber la tubería le supo a algo viejo y oxidado, como el sombrero del vendedor de periódicos. Los perfumes y cremas de afeitar estaban algo lejos. Golpeó su cabeza varias veces contra la pared y solo logró un enrojecimiento en la frente... Comprendió que desear morir era una cosa, y llevarlo a efecto otra muy distinta. La vida, al arrancarle el talismán que le permitía sentirse el Rey Tritón sorbiendo el océano, acababa de darle su primera lección.

Cuando la madre entró al baño con la toalla encontró a un duende de seis años, acurrucado contra una esquina de la bañera, llorando entre lo que reconoció como los restos de un guante de felpa.




*De Marié Rojas
-Del libro “De príncipes y princesas”, editorial El Far, Mallorca, 2006





DESPERTARES **

“… Cuando la llama
sin aire se ahogue
¡Despiértala. Sirena!...”

ERNESTO KAHAN


No se de cual exilio llega la voz de mi amado.
Fortifica y guía los soplos de mi cuerpo.
Canción de cuna y de sepulcro. Plegaria.
Fervor de fuego. Esa, esa, precisamente.
Yace,  casi apagada. Lágrimas de ceniza.
¡Despiértala. Sirena!

Este enero, no se de donde viene.
Mundo de lagartijas, salmos y arenales.
El viento zonda desgarra el esqueleto de la nubes.
Piel de hambre y vinagre, el rostro de mi niño.
Lluvia de enero  ¿Cuándo llegarás?
¡Despiértala .Sirena!

No se de donde mana esta memoria antigua:
Había un niño aquí, casi un hombre, un ángel casi.
¿Qué fue de él ¿ ¿Qué fue de mi?
¿Qué fue de nuestra geografía de obsidianas?
¿Acaso es tanta la nostalgia del mar, que no me escucha?
Sonríen las calles empedradas de su rostro.
Un sueño de una patria de  malvones y amapolas.
Déjalo que  duerma
¡No lo despiertes. Sirena!




**De la Serie: Tiempo de las estaciones.

*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar





Río  amigo*
                           


El cielo parece más cercano.
De un azulnegro sin brumas.
Las estrellas se multiplican,
apretujadas en torno a las de más brillo.
Los árboles pierden sus contornos,
solo son manchas oscuras,
el río, apenas en movimiento,
arrastra estrellas espejadas
como si también ellas estuvieran allí,
meciéndose.
Toda esa magia espera la luna, que iluminará la fronda
entrará en el río, mojará sus encajes, saciará su sed,
y seguirá su ronda hacia el desierto.
Hay un silencio que se escucha.
Estoy acompañando tu sueño río amigo.
Estas llenando mi pecho con tu paz,
Calmando mis angustias con tu música.
Estas disolviendo mi soledad, río compañero


*de Elsa Hufschmid. elsifumi@yahoo.com.ar


                        




¿ME LEES EL I CHING ?*


En el 78 tuve una cardiopatía
y en los 90
las líneas de mi mano izquierda
parecían banderitas desplegadas

Ahora bebo café bajo prescripción médica
extraño las cebollitas búlgaras
los discos de 45 revoluciones por minutos

Confundo el Eclesiastés con la metafísica
y  cuando escucho ópera
me da por la meditación trascendental

¿Me lees el I Ching
o nos tomamos otra cerveza?


*De Reynaldo García Blanco. centrosoler@cultstgo.cult.cu






La isla a mediodía*



*De Julio Cortázar.


La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces mientras él iba y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la franja
dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada.
Corrigiendo la posición defectuosa del vaso de cerveza, Marini sonrió a la pasajera. «Las islas griegas», dijo. «Oh, yes, Greece», repuso la americana con un falso interés. Sonaba brevemente un timbre y el steward se enderezó sin que la sonrisa profesional se borrara de su boca de labios finos. Empezó
a ocuparse de un matrimonio sirio que quería jugo de tomate, pero en la cola del avión se concedió unos segundos para mirar otra vez hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la rodeaba con un intenso azul que exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y como petrificado, que allá abajo sería espuma rompiendo en los arrecifes y las caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el norte y el oeste, lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y desierta, aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser una casa, quizá un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de jugo, y al enderezarse la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el mar, un verde horizonte interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por qué; era exactamente mediodía.
A Marini le gustó que lo hubieran destinado a la línea Roma-Teherán, porque el paisaje era menos lúgubre que en las líneas del norte y las muchachas parecían siempre felices de ir a Oriente o de conocer Italia. Cuatro días después, mientras ayudaba a un niño que había perdido la cuchara y mostraba desconsolado el plato del postre, descubrió otra vez el borde de la isla.
Había una diferencia de ocho minutos pero cuando se inclinó sobre una ventanilla de la cola no le quedaron dudas; la isla tenía una forma inconfundible, como una tortuga que sacara apenas las patas del agua. La miró hasta que lo llamaron, esta vez con la seguridad de que la mancha plomiza era un grupo de casas; alcanzó a distinguir el dibujo de unos pocos campos cultivados que llegaban hasta la playa. Durante la escala de Beirut miró el atlas de la stewardess, y se preguntó si la isla no sería Horos. El
radiotelegrafista, un francés indiferente, se sorprendió de su interés.
«Todas esas islas se parecen, hace dos años que hago la línea y me importan muy poco. Sí, muéstremela la próxima vez.» No era Horos sino Xiros, una de las muchas islas al margen de los circuitos turísticos. «No durará ni cinco años», le dijo la stewardess mientras bebían una copa en Roma. «Apúrate si
piensas ir, las hordas estarán allí en cualquier momento, Gengis Cook vela.»
Pero Marini siguió pensando en la isla, mirándola cuando se acordaba o había una ventanilla cerca, casi siempre encogiéndose de hombros al final. Nada de eso tenía sentido, volar tres veces por semana a mediodía sobre Xiros era tan irreal como soñar tres veces por semana que volaba a mediodía sobre
Xiros. Todo estaba falseado en la visión inútil y recurrente; salvo, quizá, el deseo de repetirla, la consulta al reloj pulsera antes de mediodía, el breve, punzante contacto con la deslumbradora franja blanca al borde de un azul casi negro, y las casas donde los pescadores alzarían apenas los ojos
para seguir el paso de esa otra irrealidad.
Ocho o nueve semanas después, cuando le propusieron la línea de Nueva York con todas sus ventajas, Marini se dijo que era la oportunidad de acabar con esa manía inocente y fastidiosa. Tenía en el bolsillo el libro donde un vago geógrafo de nombre levantino daba sobre Xiros más detalles que los habituales en las guías. Contestó negativamente, oyéndose como desde lejos, y después de sortear la sorpresa escandalizada de un jefe y dos secretarias se fue a comer a la cantina de la compañía donde lo esperaba Carla. La desconcertada decepción de Carla no lo inquietó; la costa sur de Xiros era inhabitable pero hacia el oeste quedaban huellas de una colonia lidia o quizá cretomicénica, y el profesor Goldmann había encontrado dos piedras talladas con jeroglíficos que los pescadores empleaban como pilotes del
pequeño muelle. A Carla le dolía la cabeza y se marchó casi enseguida; los pulpos eran el recurso principal del puñado de habitantes, cada cinco días llegaba un barco para cargar la pesca y dejar algunas provisiones y géneros.
En la agencia de viajes le dijeron que habría que fletar un barco especial desde Rynos, o quizá se pudiera viajar en la falúa que recogía los pulpos, pero esto último sólo lo sabría Marini en Rynos donde la agencia no tenía corresponsal. De todas maneras la idea de pasar unos días en la isla no era
más que un plan para las vacaciones de junio; en las semanas que siguieron hubo que reemplazar a White en la línea de Túnez, y después empezó una huelga y Carla se volvió a casa de sus hermanas en Palermo. Marini fue a vivir a un hotel cerca de Piazza Navona, donde había librerías de viejo; se entretenía sin muchas ganas en buscar libros sobre Grecia, hojeaba de a ratos un manual de conversación. Le hizo gracia la palabra kalimera y la ensayó en un cabaret con una chica pelirroja, se acostó con ella, supo de su abuelo en Odos y de unos dolores de garganta inexplicables. En Roma empezó a llover, en Beirut lo esperaba siempre Tania, había otras historias, siempre parientes o dolores; un día fue otra vez a la línea de Teherán, la isla a mediodía. Marini se quedó tanto tiempo pegado a la ventanilla que la nueva
stewardess lo trató de mal compañero y le hizo la cuenta de las bandejas que llevaba servidas. Esa noche Marini invitó a la stewardess a comer en el Firouz y no le costó que le perdonaran la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se hiciera cortar el pelo a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió que ella prefería el vodka-lime del Hilton. El tiempo se iba en cosas así, en infinitas bandejas de comida, cada una con la sonrisa a la que tenía derecho el pasajero. En los viajes de
vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la mañana; el sol daba contra las ventanillas de babor y dejaba apenas entrever la tortuga dorada; Marini prefería esperar los mediodías del vuelo de ida, sabiendo que entonces podía quedarse un largo minuto contra la ventanilla mientras Lucía
(y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo. Una vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de la isla, había subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le contó que los pilotos lo llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla acababa de escribirle que había decidido no tener el niño, y Marini le envió dos sueldos y pensó que el resto no le alcanzaría para las vacaciones. Carla aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se casaría
con el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a mediodía, los lunes y los jueves y los sábados (dos veces por mes, el domingo).
Con el tiempo fue dándose cuenta de que Felisa era la única que lo comprendía un poco; había un acuerdo tácito para que ella se ocupara del pasaje a mediodía, apenas él se instalaba junto a la ventanilla de la cola.
La isla era visible unos pocos minutos, pero el aire estaba siempre tan limpio y el mar la recortaba con una crueldad tan minuciosa que los más pequeños detalles se iban ajustando implacables al recuerdo del pasaje anterior: la mancha verde del promontorio del norte, las casas plomizas, las redes secándose en la arena. Cuando faltaban las redes Marini lo sentía como un empobrecimiento, casi un insulto. Pensó en filmar el paso de la isla, para repetir la imagen en el hotel, pero prefirió ahorrar el dinero de la
cámara ya que apenas le faltaba un mes para las vacaciones. No llevaba demasiado la cuenta de los días; a veces era Tania en Beirut, a veces Felisa en Teherán, casi siempre su hermano menor en Roma, todo un poco borroso, amablemente fácil y cordial y como reemplazando otra cosa, llenando las horas antes o después del vuelo, y en el vuelo todo era también borroso y fácil y estúpido hasta la hora de ir a inclinarse sobre la ventanilla de la cola, sentir el frío cristal como un límite del acuario donde lentamente se movía la tortuga dorada en el espeso azul.
Ese día las redes se dibujaban precisas en la arena, y Marini hubiera jurado que el punto negro a la izquierda, al borde del mar, era un pescador que debía estar mirando el avión. «Kalimera», pensó absurdamente. Ya no tenía sentido esperar más, Mario Merolis le prestaría el dinero que le faltaba
para el viaje, en menos de tres días estaría en Xiros. Con los labios pegados al vidrio, sonrió pensando que treparía hasta la mancha verde, que entraría desnudo en el mar de las caletas del norte, que pescaría pulpos con los hombres, entendiéndose por señas y por risas. Nada era difícil una vez
decidido, un tren nocturno, un primer barco, otro barco viejo y sucio, la escala en Rynos, la negociación interminable con el capitán de la falúa, la noche en el puente, pegado a las estrellas, el sabor del anís y del carnero, el amanecer entre las islas. Desembarcó con las primeras luces, y el capitán lo presentó a un viejo que debía ser el patriarca. Klaios le tomó la mano izquierda y habló lentamente, mirándolo en los ojos. Vinieron dos muchachos y Marini entendió que eran los hijos de Klaios. El capitán de la falúa
agotaba su inglés: veinte habitantes, pulpos, pesca, cinco casas, italiano visitante pagaría alojamiento Klaios. Los muchachos rieron cuando Klaios discutió dracmas; también Marini, ya amigo de los más jóvenes, mirando salir el sol sobre un mar menos oscuro que desde el aire, una habitación pobre y
limpia, un jarro de agua, olor a salvia y a piel curtida.
Lo dejaron solo para irse a cargar la falúa, y después de quitarse a manotazos la ropa de viaje y ponerse un pantalón de baño y unas sandalias, echó a andar por la isla. Aún no se veía a nadie, el sol cobraba lentamente impulso y de los matorrales crecía un olor sutil, un poco ácido mezclado con
el yodo del viento. Debían ser las diez cuando llegó al promontorio del norte y reconoció la mayor de las caletas. Prefería estar solo aunque le hubiera gustado más bañarse en la playa de arena; la isla lo invadía y lo gozaba con una tal intimidad que no era capaz de pensar o de elegir. La piel le quemaba de sol y de viento cuando se desnudó para tirarse al mar desde una roca; el agua estaba fría y le hizo bien; se dejó llevar por corrientes insidiosas hasta la entrada de una gruta, volvió mar afuera, se abandonó de espaldas, lo aceptó todo en un solo acto de conciliación que era también un nombre para el futuro. Supo sin la menor duda que no se iría de la isla, que de alguna manera iba a quedarse para siempre en la isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa, sus caras cuando supieran que se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario. Ya los había olvidado cuando giró sobre sí mismo para nadar hacia la orilla.
El sol lo secó enseguida, bajó hacia las casas donde dos mujeres lo miraron asombradas antes de correr a encerrarse. Hizo un saludo en el vacío y bajó hacia las redes. Uno de los hijos de Klaios lo esperaba en la playa, y Marini le señaló el mar, invitándolo. El muchacho vaciló, mostrando sus pantalones de tela y su camisa roja. Después fue corriendo hacia una de las casas, y volvió casi desnudo; se tiraron juntos a un mar ya tibio, deslumbrante bajo el sol de las once.
Secándose en la arena, Ionas empezó a nombrar las cosas. «Kalimera», dijo Marini, y el muchacho rió hasta doblarse en dos. Después Marini repitió las frases nuevas, enseñó palabras italianas a Ionas. Casi en el horizonte, la falúa se iba empequeñeciendo; Marini sintió que ahora estaba realmente solo
en la isla con Klaios y los suyos. Dejaría pasar unos días, pagaría su habitación y aprendería a pescar; alguna tarde, cuando ya lo conocieran bien, les hablaría de quedarse y de trabajar con ellos. Levantándose, tendió la mano a Ionas y echó a andar lentamente hacia la colina. La cuesta era
escarpada y trepó saboreando cada alto, volviéndose una y otra vez para mirar las redes en la playa, las siluetas de las mujeres que hablaban animadamente con Ionas y con Klaios y lo miraban de reojo, riendo. Cuando llegó a la mancha verde entró en un mundo donde el olor del tomillo y de la salvia era una misma materia con el fuego del sol y la brisa del mar. Marini miró su reloj pulsera y después, con un gesto de impaciencia, lo arrancó de la muñeca y lo guardó en el bolsillo del pantalón de baño. No sería fácil
matar al hombre viejo, pero allí en lo alto, tenso de sol y de espacio, sintió que la empresa era posible. Estaba en Xiros, estaba allí donde tantas veces había dudado que pudiera llegar alguna vez. Se dejó caer de espaldas entre las piedras calientes, resistió sus aristas y sus lomos encendidos, y miró verticalmente el cielo; lejanamente le llegó el zumbido de un motor.
Cerrando los ojos se dijo que no miraría el avión, que no se dejaría contaminar por lo peor de sí mismo, que una vez más iba a pasar sobre la isla. Pero en la penumbra de los párpados imaginó a Felisa con las bandejas, en ese mismo instante distribuyendo las bandejas, y su reemplazante, tal vez Giorgio o alguno nuevo de otra línea, alguien que también estaría sonriendo mientras alcanzaba las botellas de vino o el café. Incapaz de luchar contra tanto pasado abrió los ojos y se enderezó, y en el mismo momento vio el ala derecha del avión, casi sobre su cabeza, inclinándose inexplicablemente, el cambio de sonido de las turbinas, la caída casi vertical sobre el mar. Bajó a toda carrera por la colina, golpeándose en las rocas y desgarrándose un brazo entre las espinas. La isla le ocultaba el lugar de la caída, pero torció antes de llegar a la playa y por un atajo previsible franqueó la primera estribación de la colina y salió a la playa más pequeña. La cola del avión se hundía a unos cien metros, en un silencio total. Marini tomó
impulso y se lanzó al agua, esperando todavía que el avión volviera a flotar; pero no se veía más que la blanda línea de las olas, una caja de cartón oscilando absurdamente cerca del lugar de la caída, y casi al final, cuando ya no tenía sentido seguir nadando, una mano fuera del agua, apenas un instante, el tiempo para que Marini cambiara de rumbo y se zambullera hasta atrapar por el pelo al hombre que luchó por aferrarse a él y tragó roncamente el aire que Marini le dejaba respirar sin acercarse demasiado.
Remolcándolo poco a poco lo trajo hasta la orilla, tomó en brazos el cuerpo vestido de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara llena de espuma donde la muerte estaba ya instalada, sangrando por una enorme herida en la garganta. De qué podía servir la respiración artificial si con cada
convulsión la herida parecía abrirse un poco más y era como una boca repugnante que llamaba a Marini, lo arrancaba a su pequeña felicidad de tan pocas horas en la isla, le gritaba entre borbotones algo que él ya no era capaz de oír. A toda carrera venían los hijos de Klaios y más atrás las mujeres. Cuando llegó Klaios, los muchachos rodeaban el cuerpo tendido en la arena, sin comprender cómo había tenido fuerzas para nadar a la orilla y arrastrarse desangrándose hasta ahí. «Ciérrale los ojos», pidió llorando una
de las mujeres. Klaios miró hacia el mar, buscando algún otro sobreviviente.
Pero como siempre estaban solos en la isla, y el cadáver de ojos abiertos era lo único nuevo entre ellos y el mar.


*FUENTE: http://www.juliocortazar.com.ar/cuentos/laisla.htm








En un bosque sin juegos*


Como Caperucita les pareció demasiado Roja los militares la secuestraron. Con ellos, todos  los juegos, y todas las  preguntas, estaban prohibidas. Odiaban las formas de la inteligencia y de la creación. Por eso imposibles en esta historia, el humor y el erotismo que suscita el lobo amimal. Eran  más feroces que todos los lobos. Caperucita no apareció nunca más. También  se robaron la comida  solidaria de su canasta y el niño o niña, que cobijaba amorosa debajo del delantal.

Nosotros la recordamos en el aire con olor a flores. 


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com





Correo:


*

Septiembre 2012
“Museo de la Memoria”
Córdoba 2019, 2000 Rosario (SF), Argentina
54 0341 4802060/62
Ciclo: "Del derecho y del reves de memorias de genero”
Declarado de interes Municipal por el Honorable Concejo Deliberante


…después de haber sido jurídicamente intimado para que abandonase la falsa opinión
 de que el Sol es el centro del mundo y que no se mueve y
 que la Tierra no es el centro del mundo y se mueve…
Fragmento del texto de abjuración de Galileo Galilei,
22 de junio de 1633


Se ruega puntualidad. Llegar desde 19,45 hasta 20,15 hs.
 Luego las puertas del Museo estan cerradas por cuestiones de seguridad.



Lunes 03/20:00

"Genero, violencia y dictadura en las narradoras argentinas del 70" 

Graciela Aletta de Sylvas. Dra. en Letras por la Universidad de Valencia y  Profesora Facultad de Humanidades y Artes  UNR. Coordinadora del "Espacio para la Memoria" en la misma Facultad. Tiene numerosas publicaciones en medios internacionales y ha participado en Congresos y Jornadas en America, Europa y Argentina. Tiene dos libros publicados: "Itinerarios de lectura. La narrativa de Maria Elvira Sagarzazu", (compartida) y "La aventura de escribir. La narrativa de Angelica Gorodischer" .Primer Premio del Concurso de Ensayo Mujeres Rev/beladas 2010 y Primera Mencion Concurso Ensayo Juan Alvarez  2005, ambos del Ministerio de Cultura de la Pcia. de Santa Fe. Y otros premios. Ejes de investigacion actuales: Memoria y Escritura de Mujeres
          La construccion de la memoria es una tarea ardua que ha sido emprendida desde distintos enfoques. La literatura da cuenta desde la ficcion de sucesos traumaticos del pasado. Sus expresiones se erigen como versiones subjetivas producto de distintos modos de ver y concebir la realidad. Muchas escritoras argentinas se han concentrado en la memoria para ficcionalizarla y repensarla desde la subjetividad de genero. Noemi Ulla, Angelica Gorodischer Luisa Valenzuela y Griselda Gambaro escribieron durante el transcurso de la dictadura militar y algunas debieron recluir sus textos en la clandestinidad y otras fueron victimas de censuras y persecuciones que las llevaron al exilio. Sus textos nos enfrentan a personajes femeninos cuya condición de mujeres las convierte en victimas de maltrato y ensañamiento y expresan la crueldad de la represion dando voz a la resistencia y a la opresion sexual estatal desde distintos recursos y estrategias que no necesariamente son realistas sino que recurren al desplazamiento, la parodia, y el absurdo



Lunes 10/20:00

“La ‘naturaleza’ humana”

Laura Capella
          La disertante desplegara la respuesta que escribio a un articulo de un abogado de nuestro medio en el cual desde un paradigma ius naturalista criticaba la ley de identidad de genero. La creadora y coordinadora del ciclo se referira a las persecuciones que la iglesia hizo entre otros a Galileo Galilei, hablara de fragmentos biblicos en los que ya tan antiguamente se puso de manifiesto que era mas importante el deseo que lo biologico y tambien evocara la trágica historia de los gemelos canadienses Reimers, “conejitos de indias” del conductismo.


Lunes 17/20:00

“Historia y hegemonia de genero”

Ps. Alberto Ascolani
          El disertante revisará investigaciones que se vienen realizando que abarcan un periodo de unos 30 mil años, que van desde el paleolitico superior al neolitico, en cuyas estructuras sociales se observa una hegemonia del matriarcado, hegemonia que luego ira cambiando a la patriarcal.


Lunes 24/20:00

"La función paterna en nuestros dias. Diferentes formas de ser padre, de la proteccion que potencia a hijos e hijas,  al avasallamiento que los mutila"
  
  Nora Nelida DasBiaggio. Licenciada en Trabajo Social- Magister en Poder y Sociedad desde el Enfoque de Género. UNR. Docente e Investigadora. Facultad de Trabajo Social-UNER
     Maria del Carmen Marini. Psicologa- Magister en Poder y Sociedad desde el enfoque de Genero. UNR. Integrante del C.E.I.M. Facultad de Humanidades y Artes. UNR
          La experiencia de la paternidad como constituyente de la identidad masculina. Diferentes modalidades: 1-Padres que no tienen presencia, 2-padres que guian y funcionan como referentes y soportes, 3- padres que violentan desde un autoritarismo despotico.
           Dichos vinculos violentos son los que en sus formas mas lesivas  llevan al avasallamiento subjetivo de hijos e hijas. El silenciamiento de estas realidades hace a una deuda pendiente para quienes trabajamos en salud mental.
           Introducir una mirada a la complejidad de las relaciones de poder al interior de los vinculos nos permite  llegar a un fenomeno que acaso constituye "un innombrable social", es el incesto que resiste a ser nombrado como tal y asi invisibilizar las formas de opresion que entrampan los vinculos paterno-filiales.

Creacion y coordinacion del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista

Lunes 20 hs. Salon Auditorio. Museo de La memoria.
 Córdoba 2019 (Cordoba y Moreno)
Entrada libre y gratuita
Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar
Blog: http://delderechoreves.com.ar/
Cuenta facebook: Ciclo Delderechorevés

Auspician:
• Facultad de Psicologia, UNR
• Colegio de Psicologos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
• CEIDH (Centro de Estudios e Investigación en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
• IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Etica y Practicas alternativas "Paulo Freire" - Facultad  de Derecho. UNR.)




***


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