Saturday, November 24, 2012

¿QUÉ VAS A HACER CON TANTO UNIVERSO?

*Obra de
 
 
 
 

          Muchos emprendieron este viaje*
 
 
 
Muchos emprendieron este viaje
pero llegar
no es sólo una cuestión de fe
o de resistencia,
no es tan sólo el deseo de arribar
o la esperanza ingenua
de un puerto que finalmente nos acoja.
La ruta es muy compleja
y los viajes no son lo que parecen.
Por el camino
vas dejando jirones de tu esencia
y tras unas etapas ya eres otro.
Y comprendes entonces
que ya no sabrás nunca
si vas a terminar lo que empezaste,
no sabrás nunca
si allá en el horizonte existen Ítacas
o fue sólo una ilusión desdibujada
por las certeras llagas
que adornan tu costado.
Pero la fiera voz de tus entrañas
exige un nuevo paso, pues no en vano
hay sangre nómada corriendo por tus venas.
 
 
De Por si mañana no amanece
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
¿QUÉ VAS A HACER CON TANTO UNIVERSO?
 
 
 
 
 
 
CIRCULO*
 
 
Pisaba sólo las baldosas pares. Esto le daba un andar concentrado y a veces dubitante, porque las calles no estaban demasiado cuidadas, existían espacios  sin baldosas  o con las baldosas levantadas lo cual le obligaba a mantenerse por momentos como una cigüeña sobre un solo pie, hasta que encontraba el lugar exacto donde posar el otro con cuidado.
Esta costumbre no originaba curiosidad, porque ya nadie sentía curiosidad por el otro. Vivían todos sumergidos en su propia problemática, su propia baldosa par, su propia supervivencia.
Llegaba por fin a su núcleo básico, con su pequeña puerta gris con una amarillenta tarjeta insertada en un recuadro, donde aparecían su apellido, su nombre y su número personal. Se apoyaba sobre un solo pie por un momento, colocaba la mano derecha sobre la mano que aparecía impresa en la madera y cuando la puerta se abría estiraba la pierna doblada y traspasaba el umbral con cuidado. En el pequeño receptáculo-nido se sentía protegido. Observaba a su alrededor con cuidado y  comprobaba que todo conservaba su orden, el orden de las cosas y su propio orden, La cama estrecha con su cobertor gris estirado prolijamente. La mesa con su pequeña lámpara. El armario para la ropa donde también guardaba algunos objetos valiosos que no estaban prohibidos por el momento, una Biblia que perteneció a su madre, muy gastada porque él la leía repetidamente como una novela, interesándose en las anécdotas que se relataban, en cada personaje; una cartulina pequeña con un paisaje azul que iba volviéndose gris porque los colores se iban desvaneciendo, lo había dibujado  cuando comenzó la escuela, cuando éstas todavía existían; una esfera de vidrio con un paisaje nevado en su interior, que era su posesión favorita. A veces pasaba toda una tarde sentado en la cama, moviendo suavemente la esfera provocando movimientos muy pequeños, para tener más posibilidades de cambio. Esto realmente le provocaba un estado de satisfacción que lo separaba de su repetición y de los cambios producidos en las últimas décadas.
También tenía una mesa para comer, adosada a la pared de la cocina. Allí había una ventana,  redonda como un ojo de buey, desde donde se podía contemplar el cielo.
Su soledad no le producía tristeza. Se sentía contenido en su pequeño huevo-casa, casi como en un útero, donde no existían necesidades., donde todo estaba previsto sin que él necesitara anhelarlo ni esforzarse por conseguirlo, Si quería escuchar los comunicados oficiales podía apretar un botón en la pared que iluminaba un aparato con pantalla. Si aparecía una cara de mujer era Ara. Si era un hombre era Holm. Ara mostraba unos dientes muy grandes cuando saludaba antes de comenzar a leer las noticias. Holm tenía una mirada fija, como si viera más lejos de donde él se encontraba escuchando. De alguna manera eran sus amigos. Podía tenerlos en su casa sin sentirse invadido. Estaban ahí pero no interferían.
Pocas veces se sentía algún ruido desde los núcleos que lo rodeaban. Una vez había escuchado en la noche ruido de pisadas muy fuertes y rápidas, que se detuvieron en el receptáculo pegado al de él. Sintió el crujido de la puerta que se rompía, gritos de mujer, pisadas nuevamente, luego nada.
Se había encogido en ese momento, cubriéndose la cabeza para separarse de los  sonidos. Pensó un momento en la mujer que vivía allí. La había visto una vez cuando volvía, Era una mujer madura, con rostro gastado y ojos celestes todavía luminosos. Ella lo había mirado con más detenimiento que él, como para hablarle, pero él se había negado a ese reconocimiento. Pensó que quizás si hubieran hablado ese día, él también habría desaparecido esa noche. Su precaución lo había protegido, pensó aliviado.
Una tarde, cuando volvió a su hogar, luego de cenar escuchando a Ara, abrió su armario y sacó la esfera de cristal. Jugó con ella largo rato, formando paisajes nevados con techos rojos  rojos  y pinos verdes. Cuando Ara terminó con las noticias y le sonrió mostrando sus dientes grandes, se levantó de la silla lentamente, tomó el cinturón de su uniforme gris y formando una lazada con cuidado, se colgó del ojo de buey.
 
 
*De Sonia Arismendi. soniaris@adinet.com.uy
-LAS PEQUEÑAS VIDAS.
 
 
 
 
 
 
TANTO UNIVERSO, DANTE*
 
Crónicas del Hombre Alto (n° 81)
 
 
“ese bebé / niño / frasquito de posibilidades”
Leonardo Pez
 
 
¿Te diste cuenta, Dante? Espléndido, múltiple y contradictorio, el universo entero fluye a tu alrededor. Aquí y ahora mismo, delante de cada uno de tus pasos, todo late, novedoso, al alcance de tus sentidos y tu curiosidad: números, colores, fragancias, objetos, formas, sonidos, sabores, palabras, animales y personas, partículas y océanos, contundencias y abstracciones.
 
Es una cosa muy grande el universo, Dante, no te das una idea. Todo gira y gira en una perpetua danza cósmica cuya partitura nadie conoce, una danza que -aunque todavía no lo sepas- también a vos te envuelve, te atraviesa, te concierne. Es algo tan enorme, el universo… ¿Por dónde vas a empezar a estrenarlo? ¿Cuál de sus infinitos costados atraerá tu atención? ¿Cuál de sus incontables regiones te interesará recorrer? ¿Detrás de qué puertas querrás husmear para asomarte al mundo? ¿A caballo de qué entusiasmos lo abordarás? ¿Querrás medirlo, pesarlo y contarlo, o te esforzarás por poner en él cierto orden? ¿Te obsesionarás por comprender las leyes que lo rigen, o te dedicarás sólo a alimentar el disfrute de explorarlo? ¿Lo aceptarás tal cual es, o necesitarás reinventarlo sobre lienzos o pentagramas? ¿Qué barajas sacarás del mazo inconmensurable? ¿Tendrás predilección por lo dulce? ¿Te gustarán más las melodías compuestas en tono menor? ¿Preferirás los colores fuertes?
 
Varias de las respuestas están ya grabadas en tus genes; lo sé aunque no las conozca. Pero a las otras, Dante, las que no dependen del azar o la biología, ¿qué y quién habrá de sembrarlas en vos? Sos arcilla fresca, todavía. ¿Qué brisa, qué aroma, qué azul te moldearán con huella irrevocable? ¿Qué mimo, qué abrazo, qué tono de voz se volverán refugio vitalicio, oculto para siempre en un recuerdo sumergido? ¿Qué momento de entre tus momentos se erigirá en remanso al cual acudirás, sin saberlo, en la adultez?
 
Sentado junto a vos en el suelo, te miro jugar, escucho tu parloteo de vocablos no siempre inteligibles, espío la inocencia con que empezás a palpar lo inabarcable. Pienso en la vastedad de lo que tenés por descubrir y tamaña inmensidad, te lo aseguro, me marea. Decime, Dante, ¿qué vas a hacer con tanto universo?
 
 
*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
DERECHO PROPIO*
 
 
Hembra soy, y diosa y loba. Por derecho propio.
Soy gacela y ocelote. Mariposa, ceniza de madera.
Puedo amamantar un limo seco.
Nutrir un árbol desmembrado.
Puedo ser néctar o mandrágora .Desesperada sed. Agua.
Yacer en arpilleras de enero, en andenes de julio.
Puedo ser, y soy. Machorra y madre.
Mantis religiosa y pulpo hembra.
Santateresa o Santa Rita, parra virgen.
Enamorada del muro enredada a tus riscos.
Saciedad de tu hambre, avena venenosa del oeste.
Meditación de hojas. Andamios de deseos somnolientos.
Intensos jadeos derramados en lluvia.
Y se postra la noche entre cuchillos.
Y la loba. Ah, la loba. Loba de tierra.
Loba alfa. Y aúlla y delimita el universo de su goce.
Y lame. Lame, amorosamente.
Desnuda vida. Savia. Subsistencia.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
Una redonda moneda de un rublo*
 
 
 
*Por Juan Forn
 
 
Viktor Shklovski siempre quiso saber qué había dentro de las palabras. Es famoso por haber inventado en Leningrado, con una pandilla de mentes tan brillantes como la suya, una secta llamada Opoiaz (o Conjura para la Develación de lo Poético), que hasta el día de hoy se estudia en las universidades del mundo con la plúmbea etiqueta de Formalismo Ruso. Pero para mí es el hombre que escribió para siempre estas líneas, en un breve texto llamado Escribo sobre besos: “Ella me amaba y yo también. Nos besábamos y no sabíamos hacerlo. Detente aquí, frase, y vigila las cosas mientras yo traigo otras palabras”. Antes de la Revolución, los abuelos de Shklovski vivían en las habitaciones de servicio del Instituto Smolni. El abuelo era jardinero y la abuela, sirvienta. El abuelo era un alemán de Letonia que raptó a la abuela cuando ella tenía catorce años. El hablaba mal el ruso y ella no hablaba nada de alemán, así pasaron cuarenta años juntos (la abuela decía que el abuelo escribía en latín; quería decir letón, pero no lo sabía). Cuando el abuelo murió, la abuela siguió viviendo sin pretensiones. Vivir sin pretensiones significaba levantarse antes del alba, no tener tiempo libre ni rincón propio, limpiar, lavar, fregar, cortar leña, no responder cuando la sermoneaban.
Fue un invierno terrible el del año en que la abuela murió. “Siempre tratábamos de detener el otoño y el otoño siempre se iba, pero ese año ni siquiera llegó”, escribe Shklovski. Su amigo y compañero de Opoiaz, Boris Eichenbaum, “leal como el eco”, consiguió una estufa de trinchera, llevó una pila de revistas y libros, se sentó delante de la estufa hojeándolos uno por uno. Arrancaba las páginas que consideraba absolutamente vitales y el resto lo echaba al fuego. No podía quemar nada sin haberlo leído antes. Shklovski, que creía amar los libros igual que su amigo, dice que él habría quemado todo: “Y de haber tenido un brazo o una pierna de madera, también la habría echado al fuego”. Pero Boris Eichenbaum no podía, sencillamente.
La abuela de Shklovski murió en silencio, como se va de noche el último tren por los andenes vacíos, envuelto en humo. Todo estaba preparado hacía tiempo para el entierro: la mortaja, las zapatillas blancas, la coronita de papel con la plegaria escrita en ella, todo estaba amarillento hacía tiempo. Vino el médico que la revisaba siempre, le tomó el pulso, le alzó los párpados, vio las pupilas inmóviles, dijo que volvería en una hora con el certificado de defunción y que podrían pagarle entonces sus honorarios. Cada vez que la abuela enfermaba, la rutina con aquel médico era siempre la misma: al oír la campanilla de entrada, por dolorida que estuviera, era ella quien le abría la puerta y le depositaba un rublo en la mano. En otros barrios de la ciudad, la visita del médico podía costar tres o cinco rublos, pero para la abuela de Shklovski el doctor y la redonda moneda de un rublo iban juntos, y abrirle la puerta ella misma también.
El médico fue a hacer sus asuntos, volvió una hora después y tocó la campanilla. La abuela yacía sola, todos los miembros de la familia Shklovski habían salido a hacer las diligencias funerarias. La abuela estaba con la barbilla atada para que no se le bajara la mandíbula y con monedas de cinco kopeks sobre los ojos, para que los párpados se le endurecieran cerrados. La campanilla sonaba y sonaba, y nadie abría, hasta que algo atávico en el interior de la abuela respondió como un reflejo. Se levantó del ataúd, caminó arrastrando los pies en su mortaja, abrió la puerta con el redondo rublo en la mano. El doctor, al ver a la muerta, se desplomó, tenía el corazón enfermo. La abuela trató de hacerlo volver en sí. En cuanto el médico recobraba el sentido, volvía a perderlo al ver a la difunta inclinada sobre él. Es leyenda que los judíos rusos, un día al año, se paraban al lado de la mesa con un bastón, en señal de que estaban listos para partir, pero el médico de la abuela ignoraba esta costumbre.
Cuando Shklovski le contó la historia a Serguei Eisenstein, éste la usó en la película que estaba haciendo, sólo que el buen Iván de Eisenstein resucitaba como Iván el Terrible, con las consecuencias por todos conocidas, mientras que la abuela de Shklovski resucitó sin haber cambiado. Vivió seis años más, siguió limpiando, lavando, fregando y cortando leña, convencida de que nada extraordinario le había pasado en la vida: “Ustedes dicen que el tiempo pasa. Mentira: son ustedes los que pasan”, repetía a quien quisiera oírla. También el médico siguió viviendo. Shklovski se lo cruzaba por las calles de Leningrado o haciendo cola en los almacenes, en los tiempos en que escribía sus hermosísimas memorias (Erase una vez). Cuando, para su estupor, recibió permiso para publicarlas, en 1964, optó por no mencionar al médico por el apellido, según él para no estremecerlo de nuevo: las emociones son nocivas para los ancianos y, como se sabe, las personas resucitan muy raras veces.
 
 
 
 
 
 
*
 
Algunas veces algunas
el cuerpo se te vuelve hotel
Para tus lunares turistas

Y Una lluvia se instala
pareciendo no moverse
como si el destino fuese la causa
por la que te arropas con agua

El suenyo en su postura de enemigo
insiste en caminar con habilidad de equilibrista
sobre el precipicio de tu ultima pastilla.

Lento llega pero llega
cuando un cable se te suelta de la mano
y luego le sigue la otra
y mas tarde un pie,
y el otro,
y la boca,
las costillas,
el cabello
y las muelas,

La triste dosis azul,
de un barco a la deriva,
lejos del ruido letal
de esta cama desprolija
donde ahora solo existe el diluvio que no cesa, ni comprende
este vacío limpio y absurdo
que desbordo de tu abdomen
 
*De Marcela Lokdos. lokdos1@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
CINCO GUERREROS*
 
 
 
*De Gonzalo Salesky.
 
 
 
Llegaremos a Brasilia en dos horas. Nos aprestamos para la gran batalla.
Hace décadas que la opresión viene forjando nuestro deseo de luchar y de ser libres.
Ajusto mi cinturón y me preparo para el lanzamiento. Mis cuatro compañeros de cápsula están listos. Alfa 9810 tiene los ojos cerrados, quizá por los nervios, quizá por la emoción. Es su primer vuelo fuera del continente. El resto de nosotros tiene algo de experiencia, pero no más valentía.
Mi nombre es Beta 4791. Nací el día doce del primer mes de 2083 en la base europea Esperança, cerca del país que antes llamaban España. No tuve la suerte de conocer a mis padres. Tal vez ellos también estén viajando en alguna de las miles de naves que nuestro Líder ha enviado hacia el Imperio.
Allí, no nos esperan. No conocen nuestras nuevas armas. Ni siquiera saben de nosotros, encerrados en sus enormes burbujas, distraídos por sus pantallas, alienados por sus medios de comunicación… no imaginan que vamos a invadirlos.
 
*
 
En mi infancia escuché una hermosa leyenda. Relataba la cruzada de grandes hombres, que liberaron Eurasia de un oscuro tirano.
La comparto para animar a mis compañeros. Delta 0462 me asegura que la historia es cierta y que ocurrió hace unos doscientos años. ¡Doscientos años!
¿Será así? Ojalá recuerden esta gesta durante tanto tiempo.
Por ahora, no sé nada de Gama ni de Omega. Ni sus números de serie, ni su edad... Pero en sus rostros veo el mismo maltrato que hemos sufrido como pueblo.
Pese a todo, pudimos adaptarnos. Siempre lo hicimos. Estamos decididos a ser libres. Acabo de cumplir dieciocho años y nunca pude decir lo que sentía. Me acostumbré a hablar en voz baja, a no mirar a los ojos, a callar, a no pensar
distinto.
Con Alfa fuimos compañeros de escuela-cárcel. Doce años completos levantándonos de noche, picando roca, limpiando el excremento de nuestros dictadores de América del Sur. Setecientos metros bajo la superficie, casi sin luz ni agua, con poco aire…
La esclavitud ha moldeado y templado nuestro espíritu. Así, aprendimos a compartirlo todo. No lo que sobraba, lo que faltaba y apenas alcanzaba.
Día tras día, creció en nosotros el sueño de libertad.
 
*
 
Pasan los minutos y siento que mi traje me ajusta bastante. Acostumbrado a la escasez, llevo pocas provisiones. Sólo guardo dentro de mi ropa una fotomóvil de mi futura esposa, que una y otra vez me saluda y alienta. Eso me hace más fuerte y me asegura que esta guerra… esta guerra valdrá la pena.
Seguimos volando, cada vez más rápido, en una de las naves que la Resistencia ha lanzado rumbo a la capital del Imperio Suramericano. Aquí, como en las otras, hay cinco guerreros dispuestos a todo, uno de cada raza europea.
Kilómetros y kilómetros de orgullo y valor me rodean.
En este momento, en mi pantalla-facial aparece la imagen de nuestro Líder, que nos repite, con voz serena pero firme:
VAMOS POR TODO. QUEREMOS SER LIBRES...
VAMOS POR TODO. QUEREMOS SER LIBRES...
VAMOS POR TODO. QUEREMOS SER LIBRES...
Con la tranquilidad del que es capaz de dar la vida por lo que ama, me recuesto sobre la ventana que muestra las estrellas y trato de descansar un poco.
 
*
 
Sólo faltan cuarenta segundos para llegar. Me siento feliz. Veo a través de mi casco que la batalla final ha comenzado. Y estoy seguro… la victoria será nuestra.
¡Viva la Gran Eurasia! ¡Viva!
 
 
 
-Cinco guerreros - Finalista del II Premio de Relato
“Taller de Escritores” (Barcelona, España)
 
 
 
 
 
 
Mientras vivas brilla *
 
 
*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com
 
 
Aristógenes pasa muchas horas fuera de casa. Apenas recorre el ágora de camino al Partenón. La desnuda se ocupa desnudamente de sus propios amores. El músico la deja hacer. No hay una autorización verbal, pero se sobreentiende. El sólo tiene la cabeza dentro de su obra. Da vueltas alrededor de ésta como un moscardón sobre el azúcar. Ni se acuerda de la desnuda que ofrece sus senos en la fotografía. Ya ni sabe cómo es una mujer.
Ella es una desnuda más allá de la palabra. Más allá de los dátiles y las libaciones. Existe como naturaleza tal. Antes de tomarse la fotografía se roza el pezón con una ramita de romero y llena de perfume el cuerpo, la habitación, la calle. Llega el aroma hasta el templo de Afrodita, rebota allí y se expande en el centro del Partenón.
Aristógenes, serio y callado, no se entera. Da vueltas alrededor de su teoría musical, alrededor de sí mismo, alrededor de la tablet donde la fotografía de la desnuda lo aclama y él sigue sin reacción.
Siendo muy tarde ya, de regreso a casa, el músico, se detiene a curar con su flauta a un loco que, después de escuchar una trompeta, tuvo un ataque de ira. Esta anécdota lo acompañará hasta la eternidad pero no le presta mucha atención porque está ansioso. Espera ser nombrado director de la escuela de música, ahora que el estagirita ha muerto. Los dos mil años de vigencia de sus Tratados armónicos son mérito suficiente. Su teoría empírica lo pone por encima de Teofrasto, su rival.
La desnuda sabe de los devaneos de su amado, sabe que no hay nada más difícil que distraer a un hombre de su trabajo, pero insiste. Se fotografía otra vez y le envía por mail un fragmento rojo de su desnudez. Aristógenes queda absorto. Una vez más absorto. El fragmento desnudo tiene un nombre imposible de nombrar y un poder de desvío contra el que debe luchar para no perder el hilo de sus propósitos teórico. El músico no puede nombrar lo que no tiene nombre, entonces, calla. La desnuda se vuelve loca. Se desnuda cada vez más. Fotografía dedos que desaparecen en una zona muy oscura. Fotografía la flecha invisible asestada en el corazón. Se fotografía por dentro y por fuera. Se pregunta por aquellos ojos ciegos, dónde estarán.
El músico sigue en la suma y resta de probabilidades. Sueña con el nombramiento, con los aplausos, con la nota en Canal à, con la tapa de los diarios. Sobre concéntricas ondas se mueve el discípulo de la Escuela Peripatética, gira, mira la foto desnuda, vuelve a girar. Gira y tiene miedo. Nunca lo dirá con su voz en el idioma del miedo. Pero el desasosiego no lo mata pues sabe que, pase lo que pase, la desnuda siempre se desnudará.
La desnuda va y viene de un lado a otro. Abandona las tablillas, se esmera en el jardín. Es absurdo tener sueños eróticos con un agapanto pero más absurdo es esperar que baje el músico de su pedestal.
Rojizos contornos convergen en su mano de trazar pasajes de ella misma, superiores a ella misma. Qué manera de trazar mientras Aristógenes, imbuido en su filosofar, no ve a la desnuda montada sobre la mitad del asombro haciendo piruetas en el aire.
El músico tiene los pies metidos en sus zapatos. La boca metida en un discurso que no pronunciará. Las piernas metidas en el pantalón. El pecho metido en una camisa. Los ojos apretados contra el libro. El oído pegado al teléfono. Las manos inútiles.
Ella no sabe qué hacer con su cuerpo mientras el filósofo profundiza en el carácter melifluo de la música jónica y cosas por el estilo. El único riesgo que corre Aristógenes, el único fastidio, es el gastado caparazón de adoraciones que se caen como bombachas en la escuela de teoría musical.
Nada prueba que su cuerpo haya muerto, ni que siga vivo. Pero la desnuda tiene fe en su poeta. Amor por su poeta. Deseo de su poeta y otra vez se desnuda. Pone la cámara sobre una mesa y abre las piernas. Cubre la fruta con los dedos. Si el músico y poeta no larga las teorías, si no la llama, la desnuda morirá en sus propias manos.
Arístogenes mantiene durante horas, en la pantalla de la tablet, las fotos de la desnuda. Va y viene de allí a su teoría, de su teoría a la demanda sexual. Pone una y otra vez el mismo CD. El Epitafio de Seikilos suena como lo que es: una canción para beber. Absorto en ciertos fragmentos de la desnuda, guiado por la música, el poeta, el compositor, el filósofo, se sobrepasa en sus actividades manuales. Grita el nombre de la desnuda. Lo grita en un tono fundamental y al otro lado del mundo o de la noche, ella le responde con el dedo metido en la más untuosa oscuridad. Semidesnudo, Aristógenes vuelve al libro y escribe aquella idea que perdurará a través de los siglos: "el alma y el cuerpo se relacionan con la misma armonía que las partes de un instrumento musical".
Pero, al cabo de varias semanas de insomnio y silencio, pese a todos los méritos de Aristógenes, Teofrasto es nombrado director de la escuela aristotélica. El músico se siente desolado. Deambula como perro herido por las calles de Atenas con el Blackberry en el bolsillo. Busca en vano algún mail de la desnuda en su teléfono. No recuerda cuándo fue la última vez que la llamó. La última vez que le hizo el amor por chat. Se arrepiente de su silencio, de su distracción. Teme que la desnuda haya lanzado su desnudez al ciberespacio y haya enamorado a otro internauta, algún troyano quizás. En medio de la noche y la esperanza, manda un SMS desesperado que llega montado en un carro de nereidas, flotando sobre un aire cercano al amor.
 
* Epitafio de Seikilos, canción del siglo II a.C.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
***


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