Wednesday, January 23, 2013

ESOS SERÁN LOS DÍAS DE LA DESOLACIÓN...



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.
 
 
 
 
LILITH*
 
 
Cáliz de tela, el grial se solaza con la alquimia.
La estrella bocarriba
Raúl Aguiar
 
 
 
Soñé que era Lilith
No aquel personaje de “La estrella bocarriba”
Sino la otra, la Lilith de antaño.
Y no era la postura que ofendía,
Sino la sumisión, el dolor de haber sido diseñada
Para no ser más que un artefacto.
 
Alcé la vista al creador, lloré mi rebeldía:
¿Por qué un ser de luz
Ha de servir a un ser hecho de barro?
 
Y fui condenada a renacer, siglo tras siglo,
Abatir la frente y ser mujer, vida tras vida,
Para ver repetirse la historia entre mis manos.
 
Snvi, Snsvi, Smnglof…
Esta noche hay luna negra, mis hijos andan sueltos,
No se atrevan a buscarme.
 
 
*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.
 
 
 
 
ESOS SERÁN LOS DÍAS DE LA DESOLACIÓN…
 
 
 
 
Rambla*
 
 
 
Del puerto parte el barco en lo que dura un cigarro
en apagarse. Busca la noche faros
para que el horizonte vista de camino. Río
inmenso cobija brisas dulces, plata
en el oleaje lejos.
 
Pide el susurro un poema como si fuera fácil
descubrir el alma sin aviso. Igual
carne viva en el silencio de este instante
que no vuelve. Patria,
donde el amor afinca y se queda.
 
Brota espuma del golpe en las piedras y espero
donde esa patria aguarda sumergida pero no quieta
en las vetas que refulgen, fija al viento.
Pero el viento pasa
y pasa.
 
 
*De Alicia Salinas. alines.alines@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
OTOÑAL*
 
 
 
Hojas dormidas
en cunas otoñales
huelen a huida.
 
No se revelan,
sonrisas amarillas
nos dejan tristes.
 
Bebí otoños
tras muchos años grises
en despedidas.
 
El árbol queda
solo con sus ensueños,
llora su rocío.
 
 
*De Emilse Zorzut. zorzutemilce@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
CHAJÁ*
 
 
a Miguel Correa
 
 
La infancia nuestra no tuvo juguetes, pero sobró siempre imaginación para inventar los juegos que nos ocupaban el tiempo libre que nos dejaba la escuela.
No me estoy refiriendo obviamente a la casi excluyente práctica de fútbol cuya mención evitábamos por el más simple y concreto de jugar a la pelota en interminables picados que nos llevaban las tardes enteras la mayor parte de la semana.
La fuente de inspiración más directa la teníamos en las películas que veíamos en la pantalla del cine La Perla, y que pasaba lisa y llanamente por las llamadas de acción por la industria del ramo, pero que nosotros clasificábamos como: de cowboys o de indios, de piratas, de espadachines, de caballeros (y sus lances de honor), o de detectives y pistoleros, como llamábamos al mero género policial. Cualquiera hubiera sido la película que nos hubiera fascinado y en ese tiempo primario de emociones  fáciles eran, se puede decir, todas las que veíamos esas tardes de domingo, pasaban a representarse libremente en los días subsiguientes.
Éramos consecutivamente Cisco Kid,  El caballero de Negro, Marlowe, el Corsario Rojo, alguno de los tres mosqueteros o Enrique de Lagardére, un espadachín del Rey de Francia que tenía una estocada impecable y fulminante: remataba con un puntazo en la frente a sus rivales. Entusiastamente nosotros al lunes siguiente nos reunimos y fuimos cortando algunas ramas rectas de paraíso, que pelamos
minuciosamente, salvo una de sus puntas que ofrecía como empuñadura  de la futura espada. Allí insertamos el palo en el tazón de un cucharón viejo o un cartón que prolijamente fue cortado con unas tijeras y quedaba de puño guarecido de los golpes.
Pero no nos salía la estocada. El único que lo logró certeramente fue Miguel, a quien llamábamos Chajá  y que a su paciencia sumaba natural ventaja de ser zurdo. Inmediatamente fue nombrado el primer mosquetero,  o el Lagardére, el jefe de esa bandita desflecada.
Entonces sí nos permitimos el coraje de concertar un duelo con la barra rival del barrio El Porvenir donde enseñoreaba el  almacén de ramos generales de don Vicente Tallarico.
Y allí fuimos una tarde donde nos esperaban bajo el mando de su elegido jefe, Miguelito Ocariz.
No tengo detalles en mi precaria memoria de los pormenores de esa batalla que debió ser pareja o ahora lo imagino. No retuve los nombres de todos, pero Jorge Cavagna, el mismísimo Juancito Tallarico, hijo de don Vicente, es seguro que fueron de la partida. Pero sí tengo fresca en la memoria el desenlace. La lucha debió ser muy pareja, a los sablazos limpios y tal vez sin cuartel hasta que de pronto una voz a quien el recuerdo no le da dueño paró a los gritos la pelea y gritó:
-Que peleen los jefes, para saber quien ganó.
Y así fue. El trámite entre los dos tocayos fue lo suficientemente parejo hasta que Miguel Correa, el Chajá no tuvo más remedio que utilizar su peligrosa estocada.
Miguelito Ocariz se llevó una mano a la frente que por supuesto sangraba. Nos asustamos mucho pero a fuer de sincero se
aguantó el dolor sin quejarse. Tiró su espada improvisada y concedió:
-Ganaron ustedes.
Creo que el festejo no fue tal porque habíamos visto sangre y alguno pensó que
la cosa podría haber pasado a mayores.
Quiero creer ahora que eso nos disuadió por un tiempo de esos juegos tal vez peligrosos sin dejar de ser inocentes.
La otra anécdota también lo tiene como protagonista principal al Chajá.
Una tarde en la cual habíamos jugado una serie de picados en la cancha del club y volvíamos hacia la cortada con cierto aburrimiento y nos tiramos indolentemente en la gramilla a descansar, alguno dijo:
-¿Y si jugamos una guerra?
Éramos, lo recuerdo bien: seis. Los hermanos Correa, Hugo y Miguel, los hermanos Míguez, Toto y Pili, Tago Sánchez y yo.
Como todos teníamos gomeras y los proyectiles nos fue fácil procurarlos: los árboles de paraíso nos dieron sus bolitas verdosas. Con ellas, no se mataba un pájaro pero si uno lo recibía en el cuerpo, dolía.
Hugo, varios años mayor distribuyó los grupos así: él formaría equipo con los más chicos (Pili y Toto) y nosotros tres de edades similares formaríamos otro.
Los pequeños del grupo se rindieron pronto, porque no supieron protegerse bien detrás de esa hilera de paraísos que sombreaban la vereda de Gerlo.
 
Quedamos tres contra uno. Arrinconamos a Hugo, quien se había guarecido en un pozo que la comuna había cavado para plantar nuevos árboles. El hecho es que se negaba rendirse. Toto y yo, ni locos le pensamos tirar con nuestras gomeras. Pero Miguel, su hermano menor no era de la misma idea:
-Rendite Hugo- le gritó con la gomera a treinta centímetros de su cabeza.
-No- fue la respuesta.
-¡Rendite carajo! Le gritó y antes de que su voz se acallara accionó. El proyectil le dio en la plena frente y de inmediato le creció un chichón gigantesco.
Entonces saltó hacia fuera y comenzó a correr a su hermano hasta la casa. No recuerdo si llegó a pegarle, porque en realidad Chajá corría esa tarde como el viento.
Quizás fue rivalidad entre hermanos, pero a mí se me hace que se había tomado en serio su papel de jefe de esa barrita  que lo miraba atónita y admirada mientras había dado su última prueba de valor temerario.
 
 
 
*De Jorge Isaías. Jisaias46@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
XI Luminosa ceguera *
 
para M. Seia y A. Arellano
 
 
 
Baldadas las palabras
el silencio gana a las manos
y uno queda, si queda,
mirando a la nada
pájaro sin vuelo.
 
Galopan las palabras, las sensaciones
se diluyen en el embudo del tiempo.
 
Abro los ojos
y todo es, en mí, luminosa ceguera.
 
 
*De Oscar Ángel Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar
-A raíz de un comentario que hicieron Myriam y Amelia (8/01/13)
 
 
 
 
 
 
 
La cuestión sartreana *
 
 
 
*Por Juan Forn
 
 
El 18 de julio de 1936, el pintor español Fernando Gerassi estaba charlando con amigos en la vereda del café La Rotonde, de París, cuando pasó Malraux y les dijo que Franco se había alzado en España y que había empezado la guerra civil. Gerassi, que estaba cuidando a su hijo de cinco años mientras su mujer trataba de terminar su maestría en La Sorbonne, depositó al pequeño sobre la falda de uno de sus amigos, le pidió que le explicara a la madre lo que había sucedido y se fue a España a defender la República. Miles de españoles en el mundo hicieron lo mismo, ese día y los días siguientes. Pero el amigo en cuyos brazos depositó Gerassi a su hijo Juanito era Jean-Paul Sartre. Hasta entonces, Sartre creía que había encontrado a su igual en el mundo: Gerassi pintaba como Sartre escribía, en ninguna otra persona habían encontrado ambos un nivel similar de autoexigencia, en eso se bastaba su amistad. Y de pronto Gerassi se levantaba de su silla en La Rotonde y abandonaba la pintura. En su afán de entender las cosas escribiendo sobre ellas, Sartre convirtió a Gerassi en uno de los personajes de Los caminos de la libertad, su famosa novela sobre el compromiso. En una mítica escena, Gómez (Gerassi) se encuentra fugazmente en París con Mathieu (Sartre) cuando ya ha caído Madrid y le anuncia que esa misma noche volverá a cruzar la frontera para retomar su puesto de lucha. Mathieu le pregunta para qué, si la guerra ya está perdida. Gómez contesta su famosa frase: “No se combate el fascismo porque se le pueda ganar; se lo combate porque es fascista”.
Gerassi era español de alma: había nacido en Estambul, hijo de judíos sefaradíes, su próspera familia lo había mandado a estudiar con Husserl en Alemania. Gerassi pasó de esquiar con su compañero de estudios Heidegger a dejarlo todo por la pintura, robarle una novia al gran músico vienés Alban Berg (la ucraniana Stepha, que sería la madre de Juanito y el amor imposible de medio Quartier Latin) e irse juntos a morirse de hambre en París. Ella trabajaba para que él pintara y, cuando podía, se anotaba en un curso en La Sorbonne. Así conoció Sartre a Gerassi: Simone de Beauvoir quedó deslumbrada con Stepha en un curso (y siguió siendo íntima de ella después de la pelea entre los maridos). Gerassi sólo abandonó Barcelona en el último avión republicano que zarpó antes de que cayera la ciudad. Se tiró en paracaídas del otro lado de los Pirineos porque Francia metía en campos a los republicanos que cruzaban la frontera. El playboy Porfirio Rubirosa, que además de vendedor de armas ocasional era yerno del dictador dominicano Trujillo, le consiguió unas visas a cambio de favores prestados (Gerassi y Malraux le compraban a Porfirio las armas para los republicanos). Gerassi repartió las visas entre sus amigos judíos en París y se quedó con las últimas tres para su mujer, su hijo y él. Llegaron a Nueva York poco antes de Pearl Harbor. Dos semanas después, él estaba con las OSS: su misión (por su experiencia de campo en las brigadas republicanas) fue ir clandestino a España, armar una red y estar listo para volar ciertos puentes estratégicos si los tanques nazis decidían pasar por la España franquista para defender Africa del Norte.
Gerassi se había peleado con los comunistas en España y después de la guerra se volvió un sospechoso permanente para los norteamericanos también; en la era macartista le hicieron la vida imposible. Sobrevivía con Stepha y Juanito en una escuela perdida en Vermont, que ella convirtió en un establecimiento educativo modelo, la Putney School of Arts. Después de ponerla en marcha, Gerassi la dejó en manos de Stepha y volvió a la pintura. Era una suma de desencantos. Nunca quiso exponer, ni volver a militar, ni tampoco enseñar. Echó a su hijo de la casa a los quince años: Juanito quería estudiar marxismo y hacer su tesis sobre Sartre. Poco antes había tenido lugar el único encuentro de Gerassi y Sartre después de la guerra, que empezó con una visita al MoMA a ver una muestra de Mondrian (“Sí, pero pintar así es no hacerse preguntas difíciles”, murmuró Gerassi) y terminó cuando ambos se acusaron a gritos de haber claudicado moralmente, como si frente a frente no pudieran no ser los personajes de Los caminos de la libertad.
Juanito nunca hizo su tesis sobre Sartre pero en 1970, luego de recorrer el globo como activista internacional intentando en vano conciliar en él las tendencias del hombre de acción y del hombre de ideas (Tribunal Russell, Cuba, Vietnam, Revolución Cultural china, Bolivia con el Che), Sartre lo ungió inesperadamente como su biógrafo oficial y arreglaron encontrarse una vez a la semana a charlar delante de un grabador. Sartre está cansado: la tarea de ser la conciencia del mundo lo abruma un poco desde que los médicos le prohibieron las anfetaminas. Encontrarse con Juanito lo hace sentir en familia: Juanito conversa durante la semana con aquellos cercanos a Sartre en distintas épocas y, cada viernes, le cuenta lo que dicen (que es bastante, ya que a todos les pasa lo mismo que a Sartre con “el hijo de Stepha y Fernando”). Pero Juanito, como su padre, no tiene paz: desde el principio cree que ser biógrafo de Sartre es erigirse en fiscal de cada uno de sus actos, tal como había hecho con su padre biológico, noche tras noche, hasta el portazo final (y el instante siguiente, en que oyó a Gerassi gritarle a Stepha detrás de la puerta: “¡Déjalo! ¡Si puede sobrevivir esta noche, significa que era hora de irse de casa!”).
Juanito Gerassi durmió sobre esas cintas casi cuarenta años. Nunca escribió la biografía. Luego de la muerte de Sartre publicó sin pena ni gloria un voluminoso estudio sobre él (“La conciencia odiada de su tiempo” es el subtítulo). Veinte años más tarde, cuando le quedaban sólo tres años de vida, entregó las cintas a Yale a cambio de que publicaran una desgrabación y selección de ellas hechas por él. Es un libro patético y tristemente conmovedor a la vez, con su padre, con Sartre y con él mismo. Marechal decía (y yo no me canso de repetirlo como mantra) que de todo laberinto se sale por arriba. Juanito Gerassi tenía delante de sus narices la salida a su laberinto, pero no la vio porque no supo mirar por arriba de aquel duelo de machos cabríos y hacer foco en Stepha Awdykovicz, su madre, esa mujer que enseñó filosofía, música, botánica y astronomía a tres generaciones de jóvenes dotados sin recursos en Norteamérica. Los interesados encontrarán un capítulo entero dedicado a ella en las Memorias de una joven formal, de Beauvoir. Yo prefiero cerrar con un hermosísimo retrato que le hace el hijo sin darse cuenta, cuando Sartre le pregunta en una de las últimas conversaciones cómo anda de los achaques la hermosa Stepha: “Ya casi no ve, pero conoce tanto las plantas de su jardín que puede distinguir a tientas los yuyos y sacarlos. Le duelen tanto las manos que, cuando toca, le caen lágrimas, pero la música la consuela igual. Está demasiado sorda para oírla, pero dice que la siente a través de los dedos”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Pero he aquí que, en un recodo inofensivo*
 
 
 
Pero he aquí que, en un recodo inofensivo,
se alzarán las barricadas del desánimo.
 
Esos serán los días de la desolación.
 
Todos los trinos del mundo habrán cesado
y te verás cercado por amenazantes nubarrones
prestos a descargar torrentes de decepción
sobre tus espantados ojos.
 
Entonces el camino te parecerá insoportablemente estrecho.
Podrás sentir el frío ciñéndose a tu carne,
el viento de los páramos azotando tu rostro,
la noche agigantándose sobre el valle desnudo.
 
Acaso en esa hora de lánguida derrota
añores las falsas caricias de esa vieja prostituta
cuyos labios de colores se entreabren en la distancia.
 
Ángeles de alquitrán vendrán a rescatarte,
te hablarán de noches cálidas, de vasos humeantes,
de aromas embriagadores y confortables lechos.
 
Mirarás el sendero repleto de guijarros,
mirarás tus pies descalzos, tu piel enrojecida.
 
Y así, por un momento, te sentirás perdido,
notarás que toda convicción va abandonándote,
y tal vez llegues a empuñar la pluma de la renuncia.
 
Pero la sangre del Caminante se agolpará en tus venas,
se detendrá tu mano en el instante exacto de la firma,
se entornarán tus ojos y escucharás de nuevo tu voz verdadera
recitando el poema nunca escrito
de las calles sin luces,
de prados y vergeles y niños harapientos sin consuelo.
 
Sabrás entonces
que el país al que te diriges queda demasiado lejos
y que nada ni nadie puede trasponer sus murallas
sin haber recorrido, palmo a palmo, el camino.
 
Luego, tu pie se moverá iniciando un nuevo paso,
quizá el más doloroso,
y esos ángeles falsos se hundirán en el barro
dejando apenas su horrible pestilencia a tus espaldas.
 
 
De Nómadas
*de Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
***


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