viernes, septiembre 13, 2013

Y DESPUÉS SOÑARSE OTRO...




*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam
 
 
 
 
 
 
Bouquet*
 
 
 
El cielo en un ángulo del cuarto
los árboles lamiéndose la lluvia
mi voz desclavándose el anzuelo
levantando la certeza de un oído
apuntando al infinito de la carne
que germina dolientes esperanzas
una araña en su tela de cemento.
 
Y la vida en la peluquería del barrio
disipando las horas dromedarias
con su olor a queso rancio devorado
a mentiras crustáceas, se deforma
en nuestras caras, nos vuelve solitarios
con las ganas que aún tengo de escapar
de las tijeras y refugiarme entre las cañas
invisible como un tigre.
 
Se me caen las monedas de los ojos
ya es un gasto innecesario la mirada
para un loco que se fuga de su jaula
y me veo en las vitrinas de los bares
como un trofeo antiguo
con las alas rojas y doradas,
de una lata de cerveza.
 
En otra parte alguien tiene hijos para no morir
yo amo demasiado las palabras
el canto de los pájaros, el ladrido de los perros a lo lejos,
y el silencio de mi amada que ya no me recuerda.
 
 
*De Mauricio Escribano. mauricioescri@gmail.com
 
 
 
 
 
Y DESPUÉS SOÑARSE OTRO...
 
 
 
 
LA PLUMA*
 
 
*De Ruth Ana López Calderón. anilopez20032000@yahoo.es
 
 
 
La pluma negra en la mano aletea desesperada,
su silueta distante captura el viento inclemente:
Usurpa sueños tardíos y temores que habitan el horizonte
donde noches ensimismadas escudriñan el fondo de lo oscuro,
lento mastican la zozobra de impuros gemidos,
de piel profana como sepulcro y ecos
vagan como fantasmas y relámpagos
alumbrando tempestades nocturnas.
¡No!, no hay nada tangible en la alborada de este paisaje
de llanto,
sus crispadas alas amortajan la esperanza y en la sombra
huyen.
La pluma negra en la mano lamenta como estaca
y como carne fragmenta y desdibuja el mapa clandestino.
Y el alarido, ¡sí!, el alarido de su vuelo.
El dibujo del oscuro laberinto.
¡Oh!, esperado e inesperado retorno.
El cuervo reposa sus garras sobre mi mano.
 
 
*Poema incluido en DESDE LAS PROFUNDIDADES
Editorial BLACK DIAMOND EDITIONS, 2013
https://www.blackdiamondeditions.com
Desde las profundidades, 2013.
Derechos reservados © Ruth Ana López Calderón, 2013.
 
 
 
 
 
 
DESPUÉS DEL COMBATE*
 
 
“We will see again in a summer day”
 
Nos reencontraremos en un día soleado. Así como Edith Piaf fue la cantante de la segunda guerra en Francia, Vera Lynn fue la que puso emoción, música y palabras a los bombardeos sobre Londres. Y dijo para siempre que los seres queridos aguardaban a los que se fueron a luchar al continente o al mar. Los esperaban, con amor, en casa.
Pero los soldados; aquellos muchachos sonrientes que se alejaron entre vapores de ferrocarril jamás retornaron, aunque las lluvias y los soles girasen sobre Inglaterra.
Los que fueron devueltos no eran los que se fueron.
Ocurrió entonces, ocurre desde siempre en cada lucha armada que los muchachos no retornen. La lógica de la guerra es la de la milicia, la vertical, la violenta. Un combatiente arma sus categorías mentales para responder a los requerimientos del combate, y no puede sacudírselas después de sobre los hombros como una caspa molesta.
Existen, desde luego, las luchas justas. Pero las personas que las llevan a cabo deben enfrentar que sus creencias por fuerza se amoldarán a las circunstancias. Malraux, peleando contra el fascismo en España, pudo advertirnos de que existen guerras justas e injustas, pero no existen ejércitos justos e injustos.
Ninguna guerrilla se financia con sueños, ni se dispara con utopías a los adversarios. Aunque el fin deseado sea honorable deberán cometerse actos inhumanos a favor de la humanidad que se desea ennoblecer.
Tremenda paradoja, que deja solos a los que se inmolan por una sociedad que no puede recibirlos al final de la jornada.
Los romanos mantenían a los ejércitos lejos de Roma. Se los honraba con recibimientos apoteóticos, pero al cabo se los expulsaba a los límites del Imperio. Nadie sabe qué hacer con un soldado ocioso. EEUU abre frentes por el mundo para que sus combatientes estén ocupados.
Y los vascos y los irlandeses, y nosotros con nuestros guerrilleros; ninguno sabe cómo hacer que estos hombres que ya no son los muchachos sonrientes hallen un lugar en el territorio social. Aunque hayan combatido por causas nobles. Cómo sacarlos del lugar de la violencia. Cómo conseguir que asuman una posición tolerante si portan el desgarro de la lucha, y la muerte de sus compañeros.
Los dejamos solos. Y ellos, como aquellos japoneses en las islas que no se habían enterado del fin de la guerra, siguen disparando sobre los enemigos y terminan disparando contra sus amigos, contra si mismos. En absoluta soledad.
 
 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
-2006-
 
 
 
 
 
Gregorio Samsa...*
 
 
 
un día
usted
despertará convertido en un horrendo insecto.
tendrá cinco tarjetas de crédito en su mano derecha
dos pagarés vencidos en la izquierda
se sorprenderá a sí mismo
realizando extrañas y extensas
sumas restas y multiplicaciones
mentales.
un día
usted
vestirá a la moda del insecto terrestre
llevará perfumes químicos en la solapa del cuello
sacará en cuotas eternas el automóvil de la propaganda
y aprenderá a la perfección el inglés y el francés.
incluso hasta quizá la espalda se le encorve
como la de un cascarudo negro y triste.
un día usted
despertará convertido en un insecto
al lado de otro insecto desnudo con el que contrajo matrimonio
y querrá humanizarse con sueños
y querrá preguntarse dónde quedaron los rostros del hombre
y ya será tarde
porque cuando el hombre se vuelve insecto
no hay retorno posible.
 
 
*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 

 

 

 

La confesión de Johnny*

 

*Por Carlos María Domínguez.

 
A Ramón Báez, que nadó con Tarzán y me contó esta historia
 
Es fácil ahora, reírse de Tarzán. Recordar al hombre que con una mona a la espalda y tomado de las ramas, le cepillaba los dientes a los cocodrilos. Lo conocimos en los libros, en las revistas, en el cine, junto a la sorprendida Jane y al elefante Tantor. Y cómo no admirarlo cuando desde lo alto de las matiné de cualquier sala de barrio, se arrojaba con los brazos abiertos, el pecho de león, y después acercaba las manos, giraba el torso y se clavaba en el río como una aguja en un vestido de seda. Ninguno dejó de imitar el llamado del hombre perdido en la selva, un grito que convertía en triunfo su soledad. Pero yo no puedo reírme de Tarzán y apenas soporto lo que dicen los diarios.
Él sabía que ese grito estaba más allá de lo que había sido imaginado sobre la tierra, para bien o para mal. Sé que lo intentó y casi lo puedo oír debajo de las risas de los muchachos de la barra, que festejan el absurdo y me piden que lo imite, como en los viejos tiempos. Porque yo nadé con Tarzán y ninguno de estos tipos, que son buenos hombres de trabajo y no le harían mal a nadie, volverán a escuchar ese grito de mi boca. Tenía diecinueve años y trabajaba en la estiba del puerto de Montevideo cuando me enteré que había llegado a entrenar nadadores en Rosario de Santa Fe, invitado por el General Perón. Me lo dijo un compadre de Carmelo, con el que cargábamos bolsas en los barcos como años atrás los camalotes de la orilla del río. Julio era veinte años más grande que yo en aquel tiempo, cuando el que no se animaba a cruzar al Delta era un mariquita. Los había visto irse con la corriente del Uruguay hacia la franja verde y extendida de la orilla argentina, montados arriba de los camalotes. Y los había visto regresar con la corriente de la tarde, en medio de alborotos y bromas. Pasaban el día en la isla de Doña Julia, comían frutos de los árboles y llegaban llenos de historias que el sol les tatuaba en las espaldas. Se burlaban, claro, de mi temor, y me lo tenía merecido. Porque hasta el día en que cumplí los cinco años nunca había querido acompañarlos. Desde entonces no conocí mayor felicidad que dejarme llevar por el agua corriente abajo, el cuerpo semihundido, atento al horizonte verde que se acercaba sin esfuerzo, como si lo fuera tirando de un piolín. Me hice nadador primero por orgullo y después por fidelidad a aquella barra de muchachos que Julio lideraba desde una ventaja que se redujo, luego de mi primer cruce, a los únicos dos años que se harían irreductibles. Años después competí en las doce millas del Palmar, y en las veinte de Carmelo, y en las treinta del Uruguay, convencido de ser el mejor fondista de la zona gracias a las medallas que gané y luego extravié no sé dónde. Me acuerdo del aliento de la gente, derramada por la orilla del río con sus fogones, reposeras y viandas, mientras yo pasaba sumergido, meta brazo y pierna y brazo, con la gorra calada y las gafas empañadas, la cabeza adentro y la cabeza afuera, como si le tomara fotografías con cada brazada. Había aprendido a escuchar los músculos dentro del agua, a buscar las corrientes más fuertes, a detener los calambres con un alfiler de gancho que nunca olvidaba. Cuando sentía el cimbronazo del ácido láctico en la pantorrilla me clavaba el alfiler con fuerza y durante los segundos que demoraba el ácido en mezclarse con el agua pensaba en Julio, o en la madre de Julio, porque la puteada era fenomenal, y agradecido por el secreto y el alivio, seguía río abajo con la destreza de un pez.
Entonces yo veía todas las películas de Tarzán y le estudiaba el estilo, la elegancia con la que se desplazaba por los ríos del Africa para enfrentar al enemigo o huir de muchas bestias salvajes, entre las que no faltaba el hombre. No las elegía por el argumento sino por la cantidad de veces que nadaba o se clavaba desde un acantilado, y más de una vez me hallé en medio de la sala iluminada, intentando retener sobre la pantalla en blanco los movimientos de Tarzán en el agua, mientras el viejo Lucanor barría los papeles de las golosinas regados por el cine. En aquel tiempo yo era joven, mi padre era una vago recuerdo en los ojos vencidos de mi madre y aprendía que un hombre no puede realizar todo lo que desea. La necesidad de trabajar era mi lección número uno. Pero cuando Julio, debajo de una bolsa de trigo, me dijo que Tarzán estaba en Rosario, se me cortó la respiración y el guinche de una grúa casi me atropella la cabeza. Hacer un bollito con el dinero, juntar una ropa y tomarme el ómnibus a Rosario fue una sola y nocturna decisión. Había que pagar para entrar en un curso de muchos aspirantes, en su mayoría nadadores argentinos y socios de un club pituco, con piletas y vestuarios que yo no había visto nunca. Pero hacían prácticas en el río Paraná y decidí esperar mi oportunidad. Una mañana lo vi aparecer rodeado de jóvenes, con un short de baño de color negro y una toalla roja sobre los hombros. En las películas, se sabe, todo se ve más grande, pero de cerca, Tarzán era impresionante. De estatura mediana, tirando a alto, sus espaldas medían el ancho de una puerta y sus brazos y piernas parecían remos de un barco que nunca había encallado. Me asombró verle las bolsas de los ojos hinchadas y varias canas mezcladas en el cabello, pero conservaba ese rulo negro y rebelde que volcado sobre la frente, anuncia la raza de los héroes. Apenas me miró por encima de las cabezas que lo rodeaban, me arrojé al agua y comencé a nadar. Fui hasta la mitad del río, volví, me tiré de nuevo y regresé mientras él daba instrucciones, ayudado por un asistente que le traducía las órdenes. Cuando por quinta vez llegué a la orilla me lo topé de frente, metido con las piernas en el agua. Me miraba de un modo extraño que no lograba descifrar y me decía algo en inglés. Lo que fuera que me dijera no lo podía entender porque de inglés yo sólo sabía decir "good morning", pero me acerqué y él me puso una mano en el hombro antes de repetir aquello con sus labios grandes y duros. Debí quedar paralizado porque me zamarreó un poco y me señaló a los demás alumnos del grupo. Asentí y encogí los hombros porque a Tarzán no le iba a decir otra cosa que sí, y él dio media vuelta para regresar con su asistente, un petiso de vientre hinchado que se desconcertó al principio y después, de mala manera, me dijo que a Johnny le había gustado mi estilo y me invitaba a participar del entrenamiento, como su invitado especial.
Me temblaron las piernas y con un gesto que le vería repetir en los días siguientes, revolvió mis cabellos en todas direcciones, igual que un viento la cabellera de la jungla. Así pasé a formar parte del equipo, entre argentinos de modales y gustos que yo desconocía, alojado en las instalaciones del club durante los diez días que duró su visita. A la mañana siguiente, durante los ejercicios, explicó que el secreto de la largada estaba en mantenerse bajo el agua el mayor tiempo posible porque el cuerpo va más rápido sumergido que sobre la superficie, y puso a todo el mundo a trabajar en el río, a ensayar el envión de salida desde un pequeño muelle. Después me hizo un seña con la cabeza, desafiándome a nadar afuera, y nos fuimos río abajo por el centro del Paraná con un pamperito suave que daba de costado, algo retrasado yo, mientras intentaba dominar el ritmo de las brazadas y negar al cuerpo la emoción de nadar con Tarzán por un río marrón que mezclaba sus aguas en otros ríos y luego con el mar, donde yo iba a seguir nadando junto al rey de la jungla lejana y muda, de ese modo colmado en que llegan los silencios debajo del agua: el sonido del corazón, los pulmones, la respiración de todo lo que fue creado desde el origen de la naturaleza rota por el paso de dos cuerpos en la superficie ondulada y blanda, con un rumbo fijo e insondable. De pronto lo vi a la par, elegante como un delfín, desplazando una ola que abría un surco triangular y volvía a desaparecer. Comenzó a hacerme señas con la mano y a fuerza de insistir adiviné que me señalaba la orilla derecha, donde varias personas nos seguían con la mirada y otras corrían por la ribera. Al principio no entendí, o no quise entenderlo. Lo miré a los ojos y comprendí que me pedía que no lo pasara delante de la gente, que disminuyera el ritmo y me mantuviera un poco retrasado. En ese instante tuve ganas de seguir, de imaginar el momento en que contaría, orgulloso, que había derrotado a Tarzán. Pero había algo más en sus ojos, la resignación de un sueño enfrentado a una derrota más honda, y con más temor que piedad, lo dejé ir. Cuando llegamos a la playa me abrazó contra su pecho, me revolvió los cabellos y se quedó pensativo unos instantes. Supe que se le iban los ojos a otro tiempo, como si recordara algo y se descubriera en otro mundo que para él, estoy seguro, nombraba algo precioso de su juventud. Me di cuenta porque su mirada se volvió dulce, como la de un chiquilín. No fue fácil para mí aceptar que Tarzán era alemán y se llamaba con el impronunciable nombre de Johnny Weissmuller. Atento a lo que hablaban los demás, se me armó una tormenta en la cabeza.
Supe que Johnny había sido poliomielítico, y que los tratamientos lo condujeron al agua, donde la caja torácica, los brazos y los bíceps, cobraron una proporción que triunfó sobre la debilidad de sus piernas, hasta que también ellas se sumaron al orgullo de sobrevivir al miedo. Esa dificultad lo había convertido en Campeón Olímpico en los cien metros y acababa de filmar su última película como "Jim de la selva". Después de años de hacer una película tras otra, Hollywood lo había echo a un lado y desde entonces hacía giras como entrenador para sobrevivir y pagarse el trago. Porque Tarzán le daba al whisky desde la mañana temprano y no hacía falta más que verlo por la noche tantear las paredes que lo llevaban a su casilla, algo apartada del resto de los pabellones donde nos alojábamos, con la mirada extraviada y las piernas mezcladas en una danza turca. Pero mi mayor sorpresa fue saber que le tenía alergia a los monos y nada odiaba más en la vida que a la mona "Chita". Un bicho sarnoso, dijo en plena rueda de conversación, traducido por el asistente de vientre hinchado.
Sarnoso en el alma, agregó, responsable de metros y metros de celuloide tirados a la basura por sus caprichos insufribles, y de un sin fin de escenas riesgosas que le obligaba a repetir, en las que más de una vez estuvo por partirse el cráneo. También Jane repetía en la pantalla la mentira idílica de esa realidad bochornosa. Maureen O’ Sullivan odiaba a la mona. Y la mona los odiaba a los dos tomándose toda clase de venganzas. Desde los primeros días de entrenamiento, todos le pedían que repitiera el grito de Tarzán. Pero Johnny sonreía y callaba mientras negaba con la cabeza, acostumbrado a escuchar el insistente reclamo de un club a otro, a lo largo y ancho del mundo. Pedía a los alumnos que trataran de imitarlo y comenzaban los alaridos impotentes y las risas, en una cascada de fracasos que le hacían mucha gracia. Desde luego, yo lo había practicado no una vez sino cientos de veces y estaba orgulloso de mis resultados. Alentado por los demás, una noche colmé los pulmones de aire con la garganta apretada para dilatar y contraer el cuello, pero raspando el viento contra una sensación de angustia que entonces no identificaba y con los años aprendí a intuir, luego a temer, y por fin a respetar más allá de lo conocible. Algo nunca dicho más que por el rumor del agua contra el cuerpo del nadador sumergido, librado a la soledad de avanzar en medio de la marea y las olas, con un deseo irrenunciable. Cuando terminé los demás repitieron las burlas, pero Johnny no sonrió. Clavó sus ojos en mí y dijo que el grito de Tarzán no era humano, era una mezcla de gritos de animales, muy acústicos, fundidos con una voz humana en un estudio de grabación. Se hizo un silencio raro y comprendí o me pareció adivinar que la confesión de Tarzán, dicha así, como un servicio a la comunidad de los hombres, nos sacaba un peso de encima pero lo dejaba expuesto contra los ojos, como si tratara de escapar a una humillación que no merecía. Esa noche se fue a dormir temprano. Lo vimos cargar su botella de whisky de un modo lánguido que provocó las primeras burlas de los nadadores. Porque hasta entonces nadie se había atrevido a pronunciar lo que estaba en la cabeza de todos y necesitaba esa última confesión para derramarse: que Perón había traído a un borracho en plena decadencia alcohólica, cuando ya no valía nada, y no sólo era capaz de renegar de la ilusión que había creado en el público, abrazado a su mona Chita; ni siquiera era capaz de hacer el grito de Tarzán. "Yo no digo que lo saque igual", dijo uno mientras nos acostábamos en el dormitorio. "Pero se forró de guita durante años, ¿me vas a decir que no podía aprender a imitarlo, viejo? ¿que alguna vez no lo intentó, aunque fuera para ver cómo le salía?" "Siempre pasa igual", contestó otro. "Vienen a la Argentina cuando están en la ruina y doblaron la curva. Antes ni existíamos, éramos los negritos del sur, y después vienen a comer al pie, igual que éste. Con tal de morfarse un churrasco se bajan hasta el apellido. ¿A vos te parece que un deportista puede dar ese ejemplo, abrazado a una botella?" "¿Sabés qué pasa?" se metió un rubio de flequillo corto mientras se calzaba un pijama amarillo. "Tarzán no era El Rey de los Monos. Era el Rey de la Mona. De la mamúa." Fue ahí, con la sangre en los ojos y la cabeza revuelta por un tifón de papelitos de caramelos y pantallas, que me levanté de un salto.
Fui hasta el rubio y lo acosté de una trompada. Se me echaron encima cuatro o cinco. "¡Qué hacés, Yoruba! ¡Todavía que te damos de comer venís a pegar! ¡Cabecita de mierda!" Se armó una gresca de mil demonios y quedé sepultado bajo una montaña de piñas, brazos y piernas, ardido hasta las orejas. Todavía forcejeábamos cuando se abrió la puerta y entró Tarzán con el rulo revuelto sobre la frente y una expresión que nos paralizó a todos. Tenía puesto el pantalón y el torso desnudo, la cara desacomodada por el whisky y la confusión, pero preparado para lanzarse sobre su presa. Aproveché la distracción para devolverle un trompazo al que me había mordido la oreja y apenas me di la vuelta sentí la mano de Johnny en el hombro, y después en el cuello, a punto de ahorcarme. Me sacudió con fuerza y me dijo que juntara mis cosas y me fuera, que no me había traído para que le causara problemas. Lo dijo en inglés, pero uno lo tradujo y me bastó mirarle la cara para saber que era cierto. Me sequé la sangre de la oreja y la nariz con la sábana, me vestí y junté mis cosas, mientras Tarzán me vigilaba, al lado, y los demás se callaban la boca. Cuando salimos volvió a gritarme que me rajara, mientras regresaba de nuevo a la casilla, eructaba y cerraba la puerta. Revolví el bolsito junto a la piscina, demorado en decidir lo que haría. Pero cómo iba a decirle nada si el gringo sólo hablaba inglés o alemán. Caminé hacia la puerta y después me volví, y dudé de nuevo. Yo no quería irme por nada del mundo, ahora que el mundo se perdía para mí y quizás, también para él. Me senté en la galería de su dormitorio, junto a la puerta, y me quedé hundido en la oscuridad, mientras oía la radio que Johnny tenía encendida. Pasé una hora así, en un limbo, entre tangos de Gardel, la Tita Merello, y después la puerta se abrió y Johnny se recostó sobre el marco con la botella en la mano, iluminado de atrás por la luz del velador. Una luz mortecina que le agrandaba la mandíbula alcanzaba con un rayo amarillo su ojo derecho, un ojo hecho para mirar la noche, una noche hecha para los dos, si no fuera porque los argentinos lo habían arruinado todo. No demoró en descubrirme en la oscuridad, pero volvió a mirar las estrellas y luego la piscina iluminada por unos focos blancos que daban al agua una transparencia glacial. Después se sentó o se dejó caer a mi lado, y comenzó a hablar y a tomar de la botella los últimos restos de whisky que le quedaban.
No sé lo que dijo, pero habló un largo rato con una duda que nacía del fondo del pecho abierto y tenso como un tambor, mientras yo le miraba los ojos, los movimientos de los labios y de su cara cuadrada, con la sensación de que repetía la pregunta inútil de un hombre perdido en su pasado con más nitidez que cualquier sonido y cualquier palabra. En cierto momento se llevó las manos a la boca y creí entender o acaso imaginé que hablaba del grito fantasma que le habían inventado y nunca pudo dar fuera de la ilusión de la pantalla; un grito vigoroso y débil, que había quedado en la memoria de la gente después de años de escucharlo, también él, como el resto, pero ya no podía desmentir sin una insoportable sensación de derrota. Esa noche dormí en un sillón de su cuarto y a la mañana siguiente me condujo de nuevo al grupo, se preocupó de hacerles notar que era su protegido y que nadie debía decir ni pío. Por eso ahora, cuando los diarios dicen que Johnny Weissmuller murió loco en un hospital de México, intentando dar el grito de Tarzán, no puedo entretener a los muchachos del café, como no pude esa vez, en el río, atreverme a pasarlo. Porque ambos sabíamos que ese grito no era humano, que nacía del fondo del pecho de una bestia imposible contra la que el hombre había aprendido a pararse sobre dos pies, y después a ser más fuerte que su músculo, y después a soñarse otro, y esa lucha nunca había terminado.
 
*Carlos María Domínguez nació en Buenos Aires en 1955 y desde 1989 reside en Montevideo. Es escritor, crítico literario y periodista. Es autor de las novelas: Pozo de Vargas, Bicicletas negras, La mujer hablada, ganadora del Premio Bartolomé Hidalgo, La casa de papel, Premio Lolita Rubial – Narradores de la Banda Oriental, Montevideo, 2002, Tres muescas en mi carabina, Premio de la Embajada de España en homenaje a Juan Carlos Onetti, Montevideo, 2002. Con el relato La confesión de Johnny obtuvo el Premio de Cuentos COFAC/Banda Oriental, en 1997. Ha escrito las biografías: Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti, en colaboración con María Esther Gilio; El bastardo. La vida de Roberto de las Carreras y su madre Clara; y Tola Invernizzi. La rebelión de la ternura (Trilce, Montevideo, 2001). Es, además, autor de varios libros de investigación, una obra de teatro y un folletín. Sus reportajes fueron recogidos en los libros: El compás de Oro, e Historias del polvo y el camino. Fue Director Periodístico de la revista Crisis, Jefe de Redacción del semanario Brecha y crítico literario del semanario Búsqueda. En la actualidad ejerce la crítica y el periodismo en Brecha y en El País Cultural.
 
 
 
 
 
Cercanía*
 
 
Aun más que ausente:
mira
desfigurado
Pregunta
Absorto
niega
Huye:
la realidad
persigue.
 
 
*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
El Hombre Que Escribía Demasiado*
 
 
 
*Por Juan Forn
 
 
En Borneo, cuando no está lloviendo, el sol te trepana la cabeza. El profesor John Wilson está dando clase al frente del aula cuando de repente se acuesta en el piso y decide no seguir. El profesor Wilson parece estar sufriendo un coma alcohólico, aunque conteste normalmente las preguntas que le hacen. En el hospital le preguntan si ha sufrido alucinaciones. El dice que, en los últimos días, cada vez que entra al baño de su casa, por la mañana, ve sentado en el inodoro a un hombre muy parecido a él, con una máquina de escribir sobre las rodillas, componiendo poemas. El Servicio Colonial lo fleta al Hospital de Enfermedades Tropicales de Londres, donde le diagnostican un tumor cerebral y le dan un año de vida. El profesor Wilson huye del hospital en camisón, pero el neurólogo que iba a trepanarle el cerebro era Roger Bannister, el primer hombre en correr la milla en menos de cuatro minutos: lo alcanzó enseguida, lo llevó de vuelta, le exigió que se portara como un hombre. El profesor Wilson se pasó la noche en vela y terminó interpretando así su sentencia de muerte: “No me pisaría un ómnibus, ni me acuchillarían en un callejón, ni me atragantaría con una espina de pescado, ni me desnucaría de un patinazo por la calle. Me quedaban 365 días por vivir: escribiendo a razón de mil palabras por día, en un año podía escribir Guerra y paz. O por lo menos un libro de mil páginas”.
Y eso fue lo que hizo: escribió las mil páginas (aunque no en un solo libro sino en cinco novelitas distintas, porque consideró que cinco libros le dejarían algo más de dinero a su viuda que uno solo) y cuando se cumplió el año le dijeron para su estupor que del tumor ni rastros, así que se puso a escribir otras mil páginas para no romper la cábala, y llegó vivo al final de ese año, por lo que conservó ese demencial ritmo de escritura durante los cuarenta años siguientes, y así fue cómo el profesor Wilson (en sus documentos John Anthony Wilson Burgess) se convirtió en el escritor Anthony Burgess. La leyenda fue fraguada por él mismo, en incontables entrevistas y charlas y en los dos tomazos de su autobiografía: era, había sido, y sería hasta el fin de sus días, El Hombre Que Escribía Demasiado (“¿No puede conseguirse un trabajo normal, como empleado de banco, por unos años al menos? –le decían en Inglaterra–. ¿No tiene autodisciplina para ser menos prolífico?”). Era El Venido De Ninguna Parte, léase Manchester, donde su padre tocaba el piano en cines en los tiempos de las películas mudas y el pequeño John aprendió a leer solo, de las placas de texto que aparecían en esas películas. El pequeño John se pasaba las tardes sentado en el cine porque un día, cuando era bebé, su padre volvió a casa y encontró a su mujer y a la hermana de John muertas por la gripe española.
Después se le murió el padre, cuando John tenía trece. Quedó a cargo de una madrastra que lo mandó pupilo en cuanto vio que el pequeño era capaz de conseguirse una educación a base de becas. Salió de Manchester convertido en maestro de escuela, hizo la guerra como maestro en Gibraltar, lo esperaba un puesto de maestro cuando volvió. Y era un maestro impecable, sólo que después bebía como un cosaco y leía como un animal lo que le cayera en las manos, y además padecía una esposa galesa, borracha y promiscua que, cuando él volvió de la guerra, le contó que una noche a la salida del pub había sido violada por dos soldados, que la dejaron no sólo estéril sino con hemorragias de por vida: todo lo que perdía de sangre diariamente necesitaba recuperarlo en gin. Los Wilson llegaron a Malasia, y después a Borneo, porque una noche de borrachera él escribió una carta pidiendo trabajo en el Servicio Colonial del Imperio: cuando lo citaron para darle el destino, tuvieron que mostrarle la carta porque él no se acordaba de nada. Al volver de Borneo, cuando ya era El Hombre Que Escribía Demasiado, arrastró a su esposa Lynne a Leningrado, porque necesitaba ver in situ ciertos detalles del idioma ruso para la jerga de Alex y sus drogos en La naranja mecánica. El plan era pagarse el viaje con unos vestidos de poliéster que consiguió a precio de saldo en Marks & Spencer y que se pasó los primeros cinco días del viaje vendiendo en los baños del hotel donde paraba, mientras Lynne bebía vodka en la habitación, hasta que tuvieron que hospitalizarla por coma alcohólico y los mandaron a los dos de vuelta a Inglaterra.
Mientras hacía estas cosas, escribía dos o tres novelas al año y manuales sobre el uso del inglés y ensayos que explicaban a Joyce y a Shakespeare, y comentaba libros (brillantemente y a velocidad pasmosa) para todos los suplementos culturales, y componía música (su verdadera vocación: no meras canciones sino sinfonías y óperas) sin el menor éxito. Y, cada vez que oía a Lynne golpear con su bastón el piso en la habitación de arriba, subía a llevarle su botella de gin. “Hasta que un día cesaron misericordiosamente los golpes sobre mi cabeza y pude escribir en paz, sólo que Lynne estaba muerta.” No se olvidó nunca de ella, tampoco tuvo paz. Se casó con otra sólo tres meses después. Era la exacta contracara de Lynne: se llamaba Liana, no era galesa sino italiana, no era rubia sino morocha, no era hija de proletarios sino de una condesa y un actor, y además traía a la rastra un hijo pequeño, que Burgess aceptó adoptar. Acto seguido abandonó Inglaterra rumbo al continente, en una absurda casa rodante (Liana al volante, él en el asiento de al lado, con la máquina de escribir sobre las rodillas, y el nene destrozando todo atrás), para no tener que pagar impuestos en ninguna parte.
Gracias a La naranja mecánica de Kubrick y al Jesús de Nazareth que escribió para Zefirelli se hizo famoso en Norteamérica y empezaron a estrenarle (en lugares como la Opera de Minnesota o el Paraninfo de Wichita) sus imposibles piezas musicales. Por suerte siguió escribiendo, tan inmoderadamente como siempre. Por esa época se le ocurrió una novela que iba a ser así: un tipo se levanta a la mañana, el día de su muerte, abre el diario y lee toda su vida en él, de la primera plana al crucigrama y los chistes. No la escribió nunca, pero su autobiografía es un poco así, aunque la verdadera vida que vivió en su cabeza hasta sus últimas consecuencias está en Poderes terrenales, la novela de mil páginas que escribió cuando ya no necesitaba más dinero, que es todos sus libros en uno y un crucero al corazón de las tinieblas del siglo XX. “En mi triste oficio, mentimos para ganarnos la vida. No sé quién lee novelas para que le cuenten la verdad, pero ¿cuál es el sentido de leer novelas si no nos las creemos?”, escribió en ese libro. Y también este párrafo imbatible, que cualquiera que lo haya leído conservará en la memoria el resto de su vida: “¿Quién no ha sido defraudado? No pensemos sin embargo que el culpable es un sistema, o la sociedad, o el Estado, o una persona determinada. Son nuestras ilusiones las que nos van defraudando. Todo comienza en el vientre materno y el descubrimiento de que hace frío allá afuera. ¿Y acaso es culpa del frío que haga frío?”.
 
 
 
 
 
 
 
 
Récipe*
 
 
 
¿Eres capaz de reducir
la tripulación de tus errores?
Algo extraño rodea mi cuello y lo sostiene
como si no tuviera otra forma de agarrarse de mí
 
 
¿eres capaz de golpear tus músculos
para abrir los ojos de los corderos?
una visión de bosque puede soltar
un alud de animales desde la prisión de mi garganta
 
 
Eres capaz de encenderte a tren juguete
y llevarme como una muñeca
hasta el andén donde se curan los pecados?
 
 
Piensa a la noche, la estación de los hospitales
Piensa a mi boca, una mosca dejando un beso en la ventana
 
*De Marcela Lokdos. lokdos1@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
***
 
 
 
Inventren
 
 
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Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.
 
Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.
 
Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.


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