domingo, abril 13, 2014

AUNQUE NO QUEDEN OJOS...



*Dibujo de Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar 

 

 

 

 

EL BARBA MIN*

 

– Recuerdos de mi infancia-

 

 

El tío Min. Había venido, como mi padre, junto al grueso de la familia desde allende los mares. Era robusto, de piel rojiza, pelo crespo, curtido y rudo; vestía chaqueta de brin azul y una infaltable gorra de cuero marrón, así como su eterna pipa, que revivía cada tanto; que era más de su ser que de su vestir. Tenía eso sí, alegría para tirar, con su risa de niño a flor de labios.

Era pocero. Tenía una herrería, y un viejo pero muy efectivo Ford T de 1925  con el que llevaba sus herramientas, caños y filtros que preparaba él mismo en su taller. Decía filosóficamente, entre su contagioso reír: que el pocero es el único que empieza desde arriba.

Su autito negro, de altas ruedas, y guardabarros levantados, todo flaco, espartano,  esquelético; con su corneta de aire, una pera de goma que todos nos tentábamos en tocar, cuando veíamos el auto estacionado: “Honck. Honck”… y los chicos salían disparando… Se había convertido en el primer taxi del pueblo. Si estaba por llegar un nuevo niño al mundo, corriendo a llamar a Min Goi para “buscar a la señora”, la que habría de asistir a la madre; o algún hueso magullado que requería arrimarlo al huesero, o por otros tantos motivos de entonces.

Mi madrina me llevó una temporada, a mis cuatro años, a la “lejana” ciudad de Vera. No recuerdo la ida, pero sí del regreso en tren. Al bajar en la estación “Ewald” subimos al forcito del tío Min para volver felices a casa.

El y la tía, su mujer, vivían en una casa antigua, techo de cinc a dos aguas, galería al frente, que era un verdadero hito en aquel naciente pueblo rural. En toda una media cuadra en parte quinta de frutales, rodeada por una alta fila de gruesos eucaliptos, y en parte patio. Tenía tres grandes cuartos y el galponcito donde guardaban el Ford T, y como casi vivían solos, siempre había algún pariente que venía a “parar” allí. Habían hecho algunas mejoras últimamente: un baño, como una pequeña torre al borde de la huerta junto al molino, con su tanque de agua encima; y un sótano para estacionar jamones, chorizos y otros productos cárnicos.

Como el tío, era en sí un hombre rudo y curtido, pero sumamente tierno y cariñoso con los niños, al menos con nosotros sus sobrinitos, que siempre que podía nos llevaba a pasear en su pintoresco automóvil, y el mismo muy feliz, hacía sonar la “corneta” una y otra vez durante todo el viaje.-

Un día,  chochísimo con el sótano recién terminado, yo tendría unos tres años apenas,  insistió en llevarme abajo para que lo viera;  me puso en la ancha y llana escalera incitándome a que bajara y él un paso detrás de mí; pero yo me confundí y  pensando quien sabe qué, me “salí” de la escalera y caí rotundamente al suelo de cabeza. Recuerdo el olor a revoque fresco, el tremendo golpe y el llanto desesperado. Mi tío me alzaba, trataba de calmarme y al fin me acercó a una ventanuca donde entraba luz y aire.  Reviví poco a poco y recuerdo haber entrevisto por un instante, entre sollozos, los malvones de la galería.

Hace poco tiempo un amigo llegado de Italia, después de la guerra, que fue pensionista de mi tía, y que hace muchos años vive en Canadá; me mandó una foto que guardaba, donde están la tía y él bajo la galería, y se ve casi toda la casa; tal como la recuerdo.

Después la casa quedó años desocupada, y más tarde ocupada por quienes la adquirieron en tiempos recientes, decían que había fantasmas que no los dejaban en paz, que rondaban de noche y de día…

Malvendieron la propiedad y finalmente la casa fue demolida.

Yo guardo los recuerdos y esa foto.

 

 

*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

Avellaneda, Santa Fe; 23 Octubre 2013

 

 

 

 

AUNQUE NO QUEDEN OJOS…

 

 

 

 

 

POEMA DES-ANDADO*

 

 

 

En la Estación Central. Un hombre. Solo.

Llega y parte, buscando andenes.

Siempre está de regreso, aún de llegada.

En su mochila verde,

solo una golondrina,

un vértigo y una antigua foto

amarillenta, de un niño

y un caballo.

No, no está solo. Hay una convención de soledades.

Aquelarre.

Están todos.

Nadie falta a la cita.

El hombre ciego,

atenazado a un banco, pide.

Pide porque ha dado.

El niño con mocos escarchados

y ojos que nunca lloran.

¿Para qué hacerlo si no han de consolarlo?

La mujer que vende su fusión en tumbas solitarias

Boca de percal y pechos de magnolias.

Tampoco falta el viejo, alarife de soles

de puentes y andamios que casi no recuerda.

Al lado de una bolsa abandonada,

otra bolsa. Sin sexo.

Con un hálito de vida.

No conoce otra historia que la nada.

Y está la vieja.

Añorando las rejas del hospicio.

Meciéndose en una hamaca de

cantos y de tiempo.

Y el tren que llega,

andando y desandando

condenado a no tener raíz

a partir y a llegar.

El hombre trepa

en trasborde de sueños.

Avanza, siempre avanza

sin mirar hacia atrás.

Antes del viejo puente, al lado de un álamo

talado por un rayo, el tren para.

Y el hombre no lo piensa, solo salta

y vuelve al aquelarre.

Ellos están allí ¿adónde irían?

El hombre se arrodilla.

Les da la golondrina. Un apretón de manos

e inicia su regreso.

Ya no le teme al vértigo.

Desanda soledades.

Penetra lentamente, en la antigua foto amarillenta.

Allí lo esperan. El niño y el caballo.

El silencio y el miedo.

La raíz y la flor.

La vida y la palabra.

 

 

 

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

 

 

 

 

 

Meditaciones matinales*

 

 

XI

 

 

Sentado aquí, ante el portal de esta mañana de otoño; esta mañana que va levando sus banderas de luz para ser cruzadas por vuelos de pájaros, hierbas, voces, motores, andantes, ladridos…

Una vez más me pregunto ¿Qué sostiene a mi barca ósea que navega esta mar de sueños? Es en este momento cuando aparecen, entre las velas de la barca, los agarramanos  y sus claridades:

Mi primera pedaleada, sin caerme, en ese pueblo.

Las conversaciones, desde niño, con mi abuelo Homobono y las que tuve, caminando las sierras de Río Ceballos, con mi abuela Elvira juntando menta peperina.

La barra de chicos con idas a la matinée, correrías en bicicleta, picados de fútbol.

Las amistades que fueron eslabonándose con el paso de los años. Y que perduran.

La buena gente y su inteligencia que supo y saben dar luz a mis oscuridades.

Las flores de los árboles que apacientan la mirada y, luego, las dejan caer lloviznalmente en colores.

Esa llamada telefónica, en ese momento apropiado.

Leer un buen libro para mi gusto.

La sonrisa de cualquier niño.

Una hermosa mujer que pasa.

Tu amor, con los altibajos de la vida, que aún perdura.

Mi barca sigue navegando en esta mar sin fin y de gratuidad que es la vida; persiste pese a los peros, lo que me hace decir, citando al poeta: “amanece, que no es poco”…

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La extraña*

 

 

 

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

 

 

DESPUÉS DE TANTOS MESES, el paseo vespertino era una rutina más, un invariable deambular por las calles del barrio y los parques cercanos.

La costumbre traza itinerarios. Así, aunque uno se dejase ir al azar, los propios pasos se amoldaban a la monotonía grisácea de las aceras y conducían siempre a los mismos destinos, a idénticos regresos.

Salvo esporádicos encuentros con algún vecino o intrascendentes conversaciones accidentales, nunca sucedía nada.

 

Pero esa tarde de martes —lo mismo podría haber sido viernes o domingo; así de plano era mi horizonte por esa época— hubo un cambio.

Como tantos otros días a lo largo del tedioso e inacabable periodo de convalecencia, yo había salido a caminar por el barrio. Ya de vuelta, intentaba introducir la llave en la puerta para entrar en el viejo edificio donde vivía, cuando vi a la chica. Algo en ella me llamó la atención, y por eso me quedé mirándola, con cierta curiosidad.

Cuando llegó a mi lado, se quedó allí parada, como esperando que terminase de abrir de una vez la puerta para poder entrar en el patio. Así lo hice, invitándola con un gesto a franquear el umbral, cosa que hizo con bastante celeridad y sin el mínimo sonido, como si estuviese formada de brumas o de la intangible esencia de los sueños. Luego, se demoró un poco junto a los buzones, aunque sin abrir ninguno de ellos. Por un momento, pensé que tal vez fuese una repartidora de publicidad, aunque deseché tal idea al observar que no llevaba un solo papel en las manos.

Pasé junto a ella, musitando un sordo «hasta luego» que no recibió respuesta (cosa harto común en este inicio del XXI) y comencé a subir los cuarenta y ocho escalones que me separaban de mi casa, de la temible e inquebrantable soledad tan arduamente edificada a lo largo de los últimos diez años.

No tardé en percibir sus pasos leves, indecisos, a mi espalda. Cada vez más convencido de que ella no pertenecía al edificio, temí que me hubiese venido siguiendo, que tratase de robarme (unos días atrás le había sucedido algo así a una vecina del segundo) pero ese pensamiento me resultó absurdo. La chica era delgada y no muy alta. Calculé que no pesaría más de cincuenta o cincuenta y cinco kilos. Resultaba difícil pensar en ella empuñando una navaja o una jeringuilla.

Deseché tal visión y seguí subiendo con lentitud, con esa lentitud que da el cansancio, ese cansancio nacido de la repetición infinita de los actos cotidianos. Cuando por fin llegué junto a la puerta de mi casa, ella también se detuvo, detrás de mí, a menos de un metro de distancia, mirando al suelo y en silencio.

Me sentí incómodo. No sabía si meter la llave en la cerradura o dar media vuelta y bajar de nuevo los cuarenta y ocho escalones; o quizá encararme con ella y preguntarle por el significado de su persecución o de su estancia allí. Ninguna opción me satisfizo. Tenía la certeza de errar, independientemente de lo que finalmente decidiese hacer.

Muy despacio, esperando que fuese ella quien se viese obligada a tomar una u otra decisión, metí la mano en el bolsillo del pantalón y demoré unos segundos infinitos en encontrar el llavero. Luego, con una casi ceremoniosa parsimonia, seleccioné la llave indicada y la introduje en la cerradura, girándola dos veces y abriendo finalmente la puerta, sin prisa, con aparente calma (pero mis entrañas eran un campo de batalla, un entrechocar de sensaciones contrapuestas sin solución posible).

Cuando ya estaba en el interior de mi vivienda, me giré un poco para comprobar su reacción. Seguía allí, al otro lado del umbral, inmóvil, mirándome con esos ojos verdes, profundos, como esperando una invitación (me recordó, no sé por qué, esas historias de vampiros, en las que el vampiro no puede entrar en una casa sin el correspondiente permiso del que la habita).

Mas su mirada no albergaba un ruego, ni una pregunta. Nada. Sus ojos eran un remanso de aguas tranquilas. Como si su presencia allí afuera, justo al otro lado de la puerta, fuese lo más natural del mundo.

Imposible precisar el tiempo que duró esa escena. Yo la miraba, interrogándola con los ojos, sin cesar de hacer difíciles conjeturas acerca de sus motivos, esperando que dijese algo, tratando de convencerme de la conveniencia de cerrar la puerta y dejarla allí con su insoportable silencio y su corta melena rubia y el misterio abisal de sus pupilas que no cesaban de mirarme. Ella sólo aguardaba un gesto.

 

Lo malo de tomar decisiones es que siempre hay que elegir un camino y desechar todos los demás. Uno nunca sabe qué hubiera pasado de haber hecho otra cosa. Resulta frustrante la sospecha de haber elegido la peor opción. Por eso, no cerré la puerta, pero tampoco la invité a pasar. Di media vuelta, me adentré en el recibidor y dejé que fuese ella quien se viese obligada a decidir.

No dudó ni un instante. De reojo, comprobé que, desde el interior, cerraba tras de sí con mucha delicadeza, como tratando de evitar el mínimo ruido. Sonreí.

 

 


 

 

 

-SERGIO BORAO LLOP  nació en Mallén (Zaragoza, España) en 1960 y reside en la capital zaragozana. Es encuadernador, periodista, poeta y cuentista.

Ha publicado los siguientes cuentos: Las carreteras (Revista Nitecuento, nº 23, también en Margen Cero); Antología Relatos - Zaragoza, 1990; Feria (Revista Nitecuento,  nº 13); Paisaje sin batalla (Revista Nitecuento nº 16); Espíritu de la Plaza (Antología Callejón de palabras - Mizar) y en cuanto a poesía publicada: La estrecha senda inexcusable (poemas) (Poemas Zaragoza, 1990) y Poemas (Antología Poemas quietos - Mizar).

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

 

Encontré el vagón de cineclub por casualidad. No sabía que existía, no hay cartel que lo anuncie. En la obscuridad la pantalla mostraba una película ya comenzada, y me ubiqué en uno de los últimos asientos con la sospecha de que quizás era una función privada y no me correspondía el estar ahí.
     Éramos apenas unos cinco o seis espectadores silentes. Ni olor de pochoclo ni el sorber molesto de gaseosa distraían de la historia que se estaba desarrollando allá adelante. Eso, y que la película fuese antigua atestiguaban que era, evidentemente, un cineclub.
     Había soldados de la primera guerra en la pantalla. Se le encomendaba a uno de ellos que fuese al pueblo francés como adelantado, para descubrir las acciones de los alemanes.
     Descubrí que el observador escocés designado era Alan Bates, joven y un poco torpe, así que me dije que la filmación sería de los '70.
     Cuando llegó al pueblo, el soldadito halló unas gentes extrañas, felices y joviales, que parecían nada saber de la guerra ni de las batallas cercanas. Despreocupados y alegres, se daban a vivir con entusiasmo y portando coloridos y originales ropajes.
     Todo era bello y grácil en el pueblito. Como un paréntesis fantástico en medio del horror, allí se cantaba y se festejaba, y las gentes reían sin ocultar la boca detrás de una mano prudente.
    

 El movimiento del tren le agregaba maravilla a las imágenes, y que una bailarina delicada transcurriese haciendo equilibrio por un cable, con el incendiado y glorioso cielo de atardecer como telón, y entrase por la ventana para encontrarse con su amado me nubló la vista con la doble emoción de la pantalla y la emoción física de estar en un tren equilibrista sobre la cinta de hierro que, quizás, me llevaría a mí también hacia los brazos deseados de algún hombre sin rostro todavía, tendido lánguido al final de las vías, en una cama de hotel ignota.
     La bailarina con su tutú y su sombrillita entonces cruzó el pueblo etérea y bella, directa como el amor que encuentra inclinación para rodar hacia su objeto. Por la ventana entró a reunirse con un Alan Bates desconcertado y que no deseaba más que seguir gozando el sueño.
     Pero finalmente la realidad pone su muro infranqueable, y comprendemos que la gente del pueblo ha huido, y son los locos del hospicio los que han poblado las calles y las casas.
     Los ejércitos confluyen en el pueblo para destruir la maravilla. Traen el odio. Son los desquiciados. No vienen a vivir sino a matar o morir.
     Hay una batalla observada con interés e incomprensión por los dementes, que desde los balcones aplauden o reprueban las vicisitudes de la lucha. Los alemanes son derrotados, y los que habían partido regresaron con sus carros llenos de objetos, sus niños aterrados, su infinita tristeza de ropajes
oscuros. Vuelven con la normalidad a cuestas, con el desencanto de la realidad increíble de la destrucción y la aceptación de las razones para la muerte. Ellos comprenden y aceptan la muerte y la tristeza. Son los fabricantes, son los cómplices de los verdugos.
     Los locos, uno a uno, se van despojando de sus disfraces y entran al manicomio desnudos. Vuelven a su lugar pacífica, mansamente. Se retiran a sus sueños.
     Al final hubo un desfile, las tropas atraviesan el pueblo, y lo vimos dudar a Alan Bates, lo vimos desertar de su batallón, y conmovidos los cinco o seis espectadores lo acompañamos mientras se quitaba el uniforme y, desnudo, golpeaba la puerta del hospicio.
     Las lágrimas me impidieron ver los títulos.
     En la primera fila un hombre corpulento se echó a reír y dijo "I drink for everybody" mientras a la contraluz de la pantalla pude ver que bebía de una botella casi vacía. Era Oliver Reed brindando por el mundo en general.
    

 Esperé que se encendiese la luz pero la absoluta obscuridad continuó luego de que el último nombre desvaneciese su luz de vela. Continué aguardando en vano, hasta que me levanté y salí del vagón.
     Me pregunto si Oliver Reed sabe que está muerto.

 

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

PÁJAROS ROTOS*

 

 

 

Ya será mañana

aunque no queden ojos

que testimonien...

su origen ciego.

 

 

No sólo a los pájaros rotos

se les caen las alas

cuando la bruma

como una hacha

metafísica las remoja

con lágrimas

con el mismo rocío, que

en lugar de humedecer

las hiere con repiques

de campanas negras

liberadas por el infierno.

 

Aunque los grillos canten

y la mañana disfracen

como verde damisela

la tristeza nos hiere

como daga de sacrificio

que penetra el cuerpo dócil

de las últimas noches.

 

Ya será mañana nuevamente

aunque no queden ojos

conversando con pájaros rotos

bajo las nubes.

 

 

 

*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL VIEJO “B”*

 

 

 

El viejo “B” vivía en diagonal a nuestra casa. Ésta era de ladrillos sin revocar y pertenecía al Club Atlético Ceres. Al este, unos doscientos metros, la ruta 34 sin asfalto; asfalto que llegaba, en ese entonces, hasta Sunchales.

Su casa era un rancho de adobe con un parral enfrente. Miraba, también, al este. Usaba, recuerdo, un sombrero de fieltro en ocasiones y, en otras, un sombrero de paja. Su mujer solía recibir a los chiquilines del barrio. Alguna torta frita ligábamos. Pero él tenía una adición: el vino, sobre todo el tinto. Otra, su adhesión permanente al Gral. Perón.

Los fines de semana con unos tintillos de más, costumbre en él, salía a cubierta del parral y gritaba a los cuatro vientos: ¡Viva Perón! Carajo. La Revolución Libertadora intentaba gobernar el país en ese entonces. Los que adherían al Gral. no la pasaban muy bien pero poco le importaba.

Más bien hosco, de pocas palabras, andaba en cueros, si era verano. Y cuando el calor apretaba, todo él, en bolas, se paseaba gritando a los cuatro vientos: ¡Viva Perón! Carajo. Todos sabían de esto. Pero, vecinos de pueblo, hacían oídos sordos a sus adhesiones y nada veían de sus manifestaciones nudistas.

Esa noche de sábado, recuerdo, se llovió todo. El domingo a media mañana los primeros mates estaban humeando sobre la mesa de la cocina. Mi padre sale a mirar el después del agua y lo ve: en cueros, arremangado sus pantalones hasta las rodillas, pegando un gran cartel con una foto de Balbín, caudillo radical y enfrentado abiertamente a Perón, en la pared lateral del rancho que daba al norte.

Mi padre, asombrado, creía que se había hecho radical por la prolijidad y esmero que ponía en su tarea de pegar el cartel.

Terminada la pegatina, sus pasos se dirigieron a la mitad de la calle, de tierra por supuesto. Se agachó, tomó un poco de barro en sus manos, hizo una bola y se la arrojó al cartel. Hizo otra y otra y otra hasta taparlo sin dejar de gritar: ¡Viva Perón! Carajo.

 

 

 


 

 

 


 

 

 

 

 

 

*

 

como un acorde dado

al pasar

o una visita

que se queda

 

como un abrazo inesperado,

el hombre ciego

acaba de ayudarme

a cruzar la calle.

 

 

*De Alejandra Alma.

https://www.facebook.com/alejalma


 

 

***

 

 

INVENTREN

Próximas estaciones:

 

LA RICA

-Por Ferrocarril Midland-

 

SALADILLO NORTE

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Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.

 

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SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

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