Monday, January 12, 2015

LAS PALABRAS DEL FUEGO...


*Dibujo de Erika Kuhn.







*


Suena a álamos

la voz

que duerme en el letargo

de estos ojos

mis ojos

ya sin el picaporte

de bronce antiguo

quemando

lo que miro.



*De Paz Bongiovanni. pazbongio@hotmail.com







LAS PALABRAS DEL FUEGO…





Masacre*



El estallido rompe el silencio de la noche. Rodolfo se despierta. Le cuesta creer lo que escuchó. Necesita confirmarlo. Se viste y sale. Camina siguiendo el rastro del sonido. Escucha un camión. Lo ve alejarse. Corre hacia allí. No piensa en el peligro, piensa en los noticieros: subversivos muertos en enfrentamientos. Llega. El horror se aparece ante sus ojos. Ve restos de hombres y mujeres que ya no son. No puede contener el vómito. Sabe que las pesadillas lo perseguirán por siempre. Creyó que ser clandestino en un pueblo como Fátima lo mantendría a salvo. Tiene que huir. Por más que lo piense, sus pies no se deciden a andar. La sirena suena cada vez más cerca.


*De Victoria Mora. mvictoriamora@yahoo.com.ar
 (En homenaje a las víctimas y familiares de la Masacre de Fátima)












La voz del fuego*



Un vestido revuelto, un árbol con raíces hacia el cielo, el calor elemental, historias, la inabarcable llanura.

Había una vez una princesa triste desandando su reino paso a paso, el crepúsculo y el amanecer perseguidos por la niebla y el gris. A la princesa todos le decían "tenés qué" o mejor "no tenés que". Conquistar el mundo con puntillas es casi imposible. Por eso no te preocupes le decían, el príncipe se va a ocupar. Para lograrlo cada reino trataba de matar a los contrarios. Cada fuente de luz era apagada. Hasta que un día la tierra fue un terreno baldío. Algunas  princesas y príncipes decidieron escuchar las palabras del fuego. El fuego era sabio porque sentados a su alrededor la gente contaba historias. Las historias eran palabras enlazadas con un sentido o varios, hasta encontrar belleza. Descifraron como en una novela las claves de la vida.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








*



Cambié los cromos de domingo
al salir de misa.
Puse viseras al sol del mediodía,
mientras en las aceras lisas
las sombras bailaban mazurcas
al ritmo de brisas.



El dulce del domingo
en la pastelería de la esquina
siempre tiene sabores de fiesta
y se remata con una guinda.
La sonrisa inocente,
ilusiona la cara lavada;
tan limpia
que no hay palomas que crean
que pueden aterrizar encima.



Y un cuento magnífico
de tortugas ninja,
otro del gran héroe
con su capa y esta pinta
de fuerza invencible,
no busca pelea
pero hace que sufra y que sienta,
que sueñe y que viva,
que espere y que lea...



Pausada mañana de la lejanía.
Una acera y un cuento
un dulce, una vida.



*De Joan Mateu. joan@cimat.es










Celda*



Estoy sentado en un banco, en el extremo septentrional de la pequeña plazuela. Probablemente fumo un cigarrillo. Las palomas van y vienen, deteniéndose a veces a cierta distancia. Hay niños jugando al otro lado de la fuente. Los surtidores me impiden verlos, pero escucho sus risas. Tres mujeres, quizá sus madres, conversan animadamente en otro banco, lo bastante lejos como para que no llegue a mis oídos el tintineo de sus voces ni el eco de alguna palabra prendida en los flecos de la leve brisa que sopla entre los arbustos. Un hombre uniformado barre las hojas que el naciente otoño va depositando, obstinado, sobre el asfalto y entre los setos que rodean la estatua del centro. En esta mañana clara, apenas pueden oírse unos pocos automóviles atravesando, raudos, las calles adyacentes. La acariciante brisa y los débiles rayos del sol son acaso los únicos testigos de la paz que invade mis pensamientos.

Mas, de pronto, la aparente tranquilidad se transforma: Todo cobra vida. Todo parece haber recuperado en un instante la velocidad que gobierna el paso de los días en las grandes ciudades. Ella se acerca, caminando erguida por el sendero que separa los macizos de flores. Alta, elegante, bellísima, viene hacia mí sin que yo pueda hacer nada por llamar su atención. Como en respuesta a mis ardientes deseos, una rosa roja, fragante, y húmeda por las pequeñas gotitas de rocío aún adheridas a sus pétalos, ha nacido repentinamente entre mis dedos. Cuando Ella pasa a mi lado, dolorosamente arranco la flor de mi propia carne, y se la ofrezco. En esa ofrenda va implícito un destino. Pero he aquí que Ella rechaza mi ofrenda con un gesto dulce y enérgico a la vez. Con una sonrisa, musita algo que no me es dado escuchar. La rosa, despechada, se arroja al vacío, suicidándose. Ha ido a caer bajo los pies de ella, que no puede evitar que su fino tacón pise, aplastándolo, el hermoso cadáver de la flor. El mío se levanta del banco, contempla una vez más la silueta que se va perdiendo entre la suave neblina, y regresa con cansancio a la celda. Doy dos vueltas a la llave en la cerradura y la arrojo lejos, entre las sombras del rincón donde todo pierde consistencia.


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com











Estación Neptuno*



*De Teresa Iturriaga Osa.


Estuvo paseando por las puntillas del mar. Un vestido de agua azul se movía con la brisa cubriendo las rodillas de la arena. La señora Kore veía a la gente en la playa, las familias reunidas en círculo, los enamorados en la orilla, las mesas llenas de niños disfrutando su vida con un espejo de colores, un regalo de risas envueltas en celofán color púrpura, lazos de sueños coronados por el sol, un ornato feliz. Y, sin embargo, ella pensaba que nunca había sido dichosa. Siempre tuvo la sensación de que le faltaba algo... Siempre. Incluso con sus hijos, nunca en plenitud. Siempre añoraba un no sé qué. Esa había sido su sensación desde niña. Por eso se fue de todas partes como alma en pena, sin dar un portazo de corta y rasga, sin atreverse a romper el cascarón, y así se le habían pasado los años... buscando y buscando, y el tren no llegaba y no llegaba. Y no llegaba.
Hasta que, de repente, un día se palpó la voz gracias a Rone.
A base de constantes peleas, amores y celos, desvaríos y locuras, es cierto... sin ninguna perfección, pero así y todo, había recorrido un camino de encuentro hacia ese lamento interior que siempre estuvo allí, rondándole la piel secreta. Se pasó el día desmigando su enfado y bendiciendo a aquel hombre, agradeciéndole a la marea el instante en que le conoció, porque sabía que todas las angustias y penas que le había ocasionado ese contraste, en realidad, no serían sino la antesala del magma que ya brotaba de su ser.
Ahora era otra mujer. Se tocaba más adentro de la pose, alejada del simple formalismo, de la doctrina y de la moral, la señora Kore había aprendido a ser valiente y a apostar muy fuerte. Eso es lo que sentía. Sí, señor. Quería ir a buscarlo al final de la playa y rescatarlo del banco frente a la estatua sumergida del dios Neptuno donde solía sentarse a ver el atardecer. Y quería decírselo muy despacio, con un beso de amor teñido bajo la sombra de las sabinas.
Por todo, por todo, y más allá de todo.




***


-Teresa Iturriaga Osa. Doctora en Traducción e Interpretación por la ULPGC, ha participado en proyectos de investigación europeos como Euromed Heritage
II / "Mediterranean voices"; Seminario del Departamento de Historia Moderna del CSIC, "España desde fuera"; "¿Verdades cansadas? Fabrication et emploi de stéréotypes sur le monde hispanique en Europe", Congreso de la Université de Cergy-Pontoise, el Instituto Cervantes de París y el CSIC. Publicación del libro Mi playa de las Canteras (2005). Traducción al español del libro Modou Modou, del senegalés Seydi Ababacar Mbaye (2005); Traductora de textos africanos en www.laveudafrica.com (2005-2006) y www.africainfomarket.org (2005-2007). En 2005 presenta el relato Hurto blanco en Orillas Ajenas. En 2006, Namoe en Hilvanes y, en 2007, El violín y el oboe en Fricciones. Publica Tu nombre es Véronique en el libro Que suenen las olas, una colección de relatos de escritoras canarias y marroquíes, de la que también fue directora y coordinadora, realizando con Leila Chafai la adaptación de los textos árabes al español. En 2008 presenta la colección en el Instituto Cervantes de Rabat. Gana el III Certamen Internacional de Poesía El verso digital 2008. Publica Juego astral, relatos de género fantástico. Primer premio del III Certamen de Poesía Encuentros por la Paz. En 2009 publica Yedra en vuelo en la colección Acordes armoniosos. En el libro El ojo Narrativo. Ecos [2] participa con el relato El mandala de Malick y en Doble o nada con el relato Tumulto de trazo y latido. Asimismo, su poesía se incluye en la antología Madrid en los Poetas Canarios. Ha trabajado en radio, prensa digital y revistas culturales; miembro de jurados literarios como el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria y el Premio Canarias de las Letras. En 2010 edita Revuelto de isleñas, una colección de relatos sobre la escritura y la cocina. Con motivo del Día Internacional Contra la Violencia de Género, presenta su libro Desvelos, con relatos inspirados en las experiencias de mujeres de las Casas de Acogida del Cabildo de Gran Canaria. En 2011 publica su poemario Gata en tránsito, prologado por J. M. Caballero Bonald. Sus últimas publicaciones son Lavirotte al azar en la antología de relatos París (M.A.R. Editor, 2012) y Rosas rojas para María Walewska en la Antología Mujeres en la Historia (M.A.R. Editor, 2013). Recientemente, ha publicado en e-book el poemario Campos Elíseos en la editorial danesa Aurora Boreal.
















Incendios*


-Recordando a Osvaldo Soriano
(Mar del Plata, 6 de enero de 1943 – Buenos Aires, 29 de enero de 1997)



Es una vieja promesa: tenemos el desierto por delante y dos motos que responden bien. La mía es una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Mi padre, desde su Vespa, se vuelve y me grita que ahí el general Roca chocó con los indios. No sé si es verdad porque mi padre es un mistificador de la historia nacional, un mentiroso de aquellos. Va con el pucho en los labios y las antiparras blanqueadas por el polvo, estira el cuello como si se asomara por encima de la historia. En el maletín lleva pastelitos de dulce de membrillo y tortas fritas que compramos en Acha antes de internarnos en el puro desierto. Para mí es como estar en un cuento de Kipling, pero sin árboles africanos.
Mi padre había prometido volver a su mocedad de motores y distancias y esa aventura calzaba bien al esplendor de mi juventud. Ahí donde él dice que fusilaron a los indios hay como un paredón de piedras que han llegado de otro sitio pero cómo, para qué. Vamos por el huellón que años después será una ruta y al entrarle a la curva, cerca de los abrojos, mi padre hunde las ruedas en el polvo y sale lanzado por encima de los matorrales. Es un polvillo liviano y traicionero que cualquier buen piloto habría tomado en diagonal, como se encaran los rieles o las grandes verdades. Pero mi padre no es el avezado rutero que dice ser. A tantos nos pasa. Sus consejos son siempre buenos pero no hay manera de que los ponga en práctica a la hora de necesitarlos. Y ahí va, volando como una gigantesca águila blanca, planeando sobre el campo y los lejanos tiempos en que estuvo enamorado por primera vez. La caída es estrepitosa y ridícula; una rodada de anchos pantalones de sarga a los que van a pegarse los abrojos y los malos recuerdos. Lo jodido de ser joven, supongo que piensa mi padre mientras me mira avergonzado, es que lo peor todavía está por venir. Creo que habrá pensado así mientras se sacaba los abrojos como si fueran pulgas.
La cantimplora se ha volcado, la moto no deja de bramar ahí tirada; el matorral de espinillos petisos se inclina con el viento. Dejo la Tehuelche en la hondonada y voy a buscarlo. Tiene una sonrisa boba, metida para adentro, como si lo hubieran sorprendido robando naranjas. Se levanta las antiparras y me dice que un golpe de aire le torció el manubrio justo cuando buscaba la diagonal. Si fuera a creer todo lo que dice no estaría detrás suyo, en esas fronteras que ahora vuelven a mí para cruzarse con otras que intuyo adelante. Le paso las manos por debajo de los brazos y lo levanto hasta que al fin hace pie. Le da una patada furiosa a la Vespa y de pronto me señala un resplandor: una mancha roja que se abre paso por debajo de las nubes, allá donde nuestro camino se pierde en el horizonte. Ya había visto otros incendios me dice, pero en el río, cerca de Campana, nunca en el desierto.
Levanta la moto, comprueba que está bien y me indica unos arbustos que pueden darnos un rato de sombra. Saca los pastelitos y prepara el mate en silencio. Al rato me doy cuenta de que se está devanando los sesos para encontrar una manera de atravesar el incendio sin quemarse el bigote. Le digo como al pasar que tal vez sería mejor volver a Acha con el fresco de la noche. Enseguida se le tuerce la boca en un gesto sobrador. Otra vez me quiere mostrar su omnipotencia. Sólo que ya soy grande y no me creo lo suyo.
De chico me impresionaba porque sabía hacer cálculos complejos y se conocía de memoria las capitales de todo el mundo, pero después empezamos a alejarnos, a mirarnos con respeto, pero sin ternura. Ahora me daba cuenta de que ya venía jugado. Andaba buscando incendios no para apagarlos, sino para desafiarse a sí mismo; cruzaba ríos por el gusto de ganarle a la correntada y si le inventaba historias a los próceres era porque anhelaba haberlas vivido en carne propia. Como si fuera Roca peleando contra los indios. Así le iba: desde que salió a las provincias llevaba rotos un brazo, la cabeza y varias costillas. Piloteaba cualquier cacharro a toda velocidad sin enterarse de que era pésimo al volante. A veces iba preso o lo trasladaban por irrespetuoso. Casi siempre terminaba mal. Por eso, quizá, rumiaba la idea de irle de frente al incendio y al caer la noche trazó la hipótesis, escuchada en alguna parte, de que la mejor manera de combatir el fuego es ponerle más fuego.
Insisto en volver a Acha y él se pone furioso. Un tipo joven y que lleva su apellido no puede ser tan cagón, me grita y enumera imposibles blasones familiares. Sabe que no vamos a cruzar entre las llamas, pero un día podrá contar que fui yo quien se lo impidió. Al rato abre el bidón de nafta que llevamos de emergencia y se sienta a dibujar en la tierra el círculo de seguridad que se propone crear quemando un kilómetro de arbustos. Lo dejo hacer, lo escucho y me digo que nunca ha dejado de ser un chico. Todo lo hace sin pensar en las consecuencias. Esa clase de tipos que salen a comprar cigarrillos y tardan cinco años en volver.
A la hora de la cena el fuego aparece allá enfrente y una humareda negra cubre la luna. También, por fortuna, se ven relámpagos y pronto empiezan los truenos y las primeras gotas. Supongo que ha estado rezando para que Dios lo saque del apuro, pero lo primero que le oigo murmurar es que así debe ser el Apocalipsis. Fuego y agua, vientos cruzados; víboras que huyen y pájaros incendiados. Mi padre levanta los puños como un poseído, recita salmos de desastre y corre en círculo vaciando el bidón. Me dice que lleve las motos bien lejos y cuando vuelvo prende el encendedor. Un par de veces se lo apaga la lluvia hasta que por fin una mata toma fuego. En ese momento no pienso en el peligro, sino en el ridículo. Para que no entren las víboras, dice, por eso hizo un redondel de llamas. Furioso, lo agarro de las solapas y le grito que basta, que se deje de joder. Ya está lloviendo a cántaros y no tenemos con qué cubrirnos. Al fin me pega un empujón, tose y se sienta a contemplar el desierto que ha elegido para medirse con sus fantasmas. Ya es tarde para salir de ahí porque el agua ha embarrado el camino. Igual, nunca me había pasado de sentirme tan dispuesto a romper con él y sus manías. Fui corriendo a buscar la Tehuelche y empecé a desandar el camino, entre relámpagos. No me importaba abandonarlo a su suerte. Sin público que impresionar iba a volverse más razonable, supuse en ese momento y todavía pensaba lo mismo cuando escampó y me senté a esperarlo en una estación de servicio.
Pero no vino. Pasaron helicópteros, bomberos, tropas de auxilio y mi padre no llegó. Pregunté si habían encontrado gente atrapada allá y me dijeron que a dos alemanes y un viajante de comercio. Dormí un rato en el galpón de la gomería, cargué nafta y me largué de nuevo por el desierto. El campo tenía una extraña tersura esmeralda que fulguraba con el sol. Los arbustos habían ardido hasta que el buen dios que acompañaba a mi padre les mandó un chaparrón. Sobre los huellones había grandes pájaros quemados y eso sí que no pude olvidarlo nunca.
Volví muchas veces a la llanura y siempre pensé en mi padre y en mí, en aquel que era entonces. Ahora el niño soy yo y mi juguete es la palabra: puedo hacer que ardan de nuevo aquellos pájaros y trazar un arco iris al amanecer. Ahí está mi padre, en un boliche a la entrada del pueblo. Lleva un piloto largo y parece Clint Eastwood al final de Los imperdonables. Está un poco borracho y al verme llegar se le dibuja en los labios una mueca de desdén. Me siento frente a él y pasamos una hora en silencio. De tanto en tanto, tose hasta ahogarse. Por fin, cuando se le terminan los cigarrillos, me mira a los ojos y me pregunta a dónde voy.
Al mismo lugar que él, le contesto. A comprarle juguetes para que crezca y de una vez por todas aprenda a andar solo por el mundo.


*De  "Piratas, fantasmas y dinosaurios"
















SEGUNDA
OPORTUNIDAD*




*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar





NUEVE


“Traveling, leaving logic and reason
Traveling, to the arms of unconsciousness” (Madonna)

“You're frozen when your heart's not open
If I could melt your heart / We'd never be apart
Give yourself to me / You hold the key” (Madonna)



Ambos despiertan al mismo tiempo con las primeras luces del alba, compartiendo un temblor inusual. Amanecen tal como han venido durmiendo todas estas noches, y las noches anteriores, remontándose hasta ese punto inicial donde ya no hay memoria, espalda contra espalda, sin tocarse siquiera, en esta amplia cama matrimonial que compraron juntos poco tiempo antes de casarse. Abren los ojos extrañados, sintiendo haber vivido algo nuevo, diferente a cualquier otra situación que hayan experimentado hasta entonces. Las poderosas imágenes de este ¿sueño? los confunden y excitan a la vez. ¿Qué ocurrió? ¿Eran ellos mismos quienes deambularon a lo largo de tan intensa variedad de sensaciones oníricas? ¿Atravesaron juntos semejante maravilla?
Marido y mujer, casados ya hace tantos años: irreconocibles. Mucho más deseables e impulsivos que durante su vida cotidiana. Diferentes, alejados de esa maldita rutina que les aplasta toda clase de iniciativa y de sorpresa. Satisfechos y plenos. Libres de cualquier atadura, prejuicio y rencor…
Potenciados por lo soñado, se desconocen. ¡¡Ojalá resultase así la realidad, sembrada de emociones y aventuras a cada paso!! Pero,…¿habrán soñado con lo mismo? ¿Habrá estado el otro verdaderamente a su lado en esa mágica y misteriosa ensoñación, tan real como esta penumbra de madrugada que habita su dormitorio de siempre? ¿Habrán vivido juntos un espacio intermedio entre la psiquis de uno y la del otro, donde el sueño resulte ser el mismo, pero producido entre los dos, con aportes de ambos? ¿Existirá algo como eso?
Su niña, la única que han tenido, hermosa y en extremo sensible, habla dormida desde la otra habitación, frases inconexas que deja en suspenso, para luego volver a dormirse al girar en su cama y recuperar una respiración honda y pausada. Ambos alzan apenas la cabeza de la almohada, percibiendo que todo sigue en orden, que no hay necesidad de levantarse a arroparla o contenerla a raíz de un temor nocturno. Y vuelven a descansar sobre la almohada, inmersos en la agradable y reconfortante resaca que les ha dejado semejante experiencia, expectantes, deseosos de que algo así vuelva a ocurrirles pronto, quizá incapaces de confiarse tal deseo mirándose de frente.
¡Cómo les gustaría haber soñado en sincronía, compartir con el otro un espacio diferente, de transición, mucho más emocionante que esta diaria indiferencia, este cruento  malestar por lo predecible, esta amarga ausencia de verdadera pasión…!
Ambos parecen querer acomodarse a la vez sobre el colchón, y aún dándose la espalda, sus pies se rozan, con la ambivalente sensación del contacto y del rechazo, del cariño y la indiferencia, del perdón y del rencor. Sin embargo, lejos de apartarlos, permanecen quietos, olvidando sus pies allí, a merced del roce de la piel del otro, ansiando vivir un contacto tan intenso como el recordado en aquella exótica isla del Pacífico. Dudan respecto del próximo movimiento. ¿Permanecer allí, inmóviles, a la espera? ¿Separar ambos pies y replegarse en posición fetal? ¿Levantarse en plena oscuridad y fingir la necesidad de ir hasta el baño, evitando cualquier otro contacto, hastiados de todo? ¿O girar hacia el cálido cuerpo del otro y fundirse en un abrazo sin palabras, que los contenga y relance hacia el abismo, sumergiéndose a dúo en lo misterioso de la pasión?
Dudas y más dudas… Las malditas dudas que los han paralizado durante tanto tiempo, congelándolos en la indecisión…
Aunque no sepan muy bien cómo, aunque hayan perdido toda certeza, algo…, quizá muy remoto en las profundidades de sus mentes, …les dice que aún se están aguardando el uno al otro, en algún rincón de los próximos giros en espiral que les tiene reservada la vida, en ese punto donde los terrores se extinguen, los dolores se restañan, los miedos se desvanecen, las angustias se sepultan, las emociones resurgen, el cariño rebrota, la ternura recrea, las pasiones se desbocan, la eroticidad estalla, los amores se concretan, las ilusiones –infinitas- aún tienen cuerda para seguir adelante…
¿Sería posible acaso que ella y él, en alguna de las noches por venir, soñasen nuevamente con lo mismo, eternizando una fantasía de a dos?
¡Qué magnífica posibilidad! Lástima q la telepatía no exista…
…¿O sí???


“You abandoned me / Love don't live here anymore 
Just a vacancy / Love don't live here anymore” (Madonna)



FIN

(ABRIL / JUNIO DE 2013)









***

INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/


Hemisferios de soledad*


(De la estación Emiliano Reynoso – Ferrocarril Provincial)




“Una pequeña mueca

alzándose soberana en tu rostro

(mi patria / mi exilio)

y estas palabras habrán cumplido su función”

(Anónimo)



Querida -por mí-,

son las siete y media pasaditas. Aunque parezca estúpido, es propio del ser humano encerrar sus acciones en alguna especie de simbolismo, un contorno que le otorgue un poco de sentido a la sustancia. Y aquí me ves. No soy la excepción a la regla (Aunque algunas veces quisiera serlo). Desafortunadamente, sigo siendo el mismo. Aquel que prometió amarte desde la percudida ventanilla del tren. Aquel impuntual hombre vestido de melancolía. Aquel que hoy abraza el pasado /porque te incluye/, aquel que pernocta en endecasílabos /porque te nombran/, aquel que escucha la lluvia llover /porque escucha tu voz en ella/, aquel que te busca en el gris añejo de lánguidas paredes /porque no te encuentra/. Pero siempre, aquel hombre que asume el verso para alcanzarte.

Muchas veces no alcanzan los versos para acercarte a mis orillas: de tanto pensarte mar/ de tanto sentirte cielo/ temo que el horizonte se confunda en tu cuerpo/ temo que eso ocurra/ quiero que ocurra. Llevo un poco de tu sino en mi rostro, mi rostro no es sólo la tristeza que inauguro cuando te vas del campo de mis ojos, mi rostro no es simplemente tristeza de lo que no fue; es, además, porvenir, estrellas fugaces iluminando la liturgia del alba, letras heterodoxas que juegan a ser números que juegan a ser letras que juegan a ser tretas que juegan. Mi rostro no es sólo tristeza, pero la tristeza encuentra un hábitat propicio en él, principalmente si no estás. Si no estás, siento que yo no estoy. Tampoco.

Pero si estás, pequeño caramba del destino, te dejo olvidada en el metro o en la plaza. Como si fueras una maleta. Como si fueras. No puedo tenerte porque el miedo a perderte es casi tan grande como el miedo a encontrarte. Y ese laberinto me define. “Cuidado. No lo olvide en un laberinto”, debería estar escrito en mi  rostro. O en mi piel. Piel que alguna vez fue nuestra. En los tiempos en que aún existía el nosotros. Nuestro nosotros. Hoy es historia o, lo que es peor, prehistoria. Nadie más que nosotros podrá recordar todo lo que nos perdimos por miedo a la rutina, al café de oficina y a unas cuantas lunas borrándose con el vino. Antes me consolaba pensar en la sabiduría del tiempo, en la necesidad de las espinas del tiempo, en las esquinas rotas de un tiempo pasado, en el dolor como requisito indispensable para alcanzar la trascendencia. Hoy me pregunto: ¿puede haber trascendencia que no involucre tus ojos? Si sólo fuera cuestión de pensarte y kabum aparecieras, no habría problema y gracias poesía. Pero no. Lamentablemente no. Entre pensarte y tenerte hay un abismo insalvable. Y hoy preferiría estar al borde de ese abismo, pero al lado tuyo. Decirte despacito al oído: adiós tiempo, bienvenido espacio nuestro. Pero no puedo. Hoy el tiempo sigue alardeando su victoria incuestionable, y el espacio está en suspenso, en vilo y no en vivo.

Ya son casi las nueve y sigo escribiendo. Aún no te pude convocar. Ese es otro problema. No sé convocar tu presencia. Tendré que conformarme con rememorar tus ojos, leve simetría horizontal que asemeja caos y orden. Seguir por tu rostro, hormiguero de besos a contramano. Y terminar en tus manos. Abrir este pecho índigo, atiborrado de rosas pulverizadas, y dejarlo en tus manos. Proteger tus manos del frío. Pero no. Lamentablemente no. No me alcanza con pensarte. Desafortunadamente, sigo siendo el mismo. Aquel que prometió amarte hasta el fin de los tiempos. Aquel impuntual hombre vestido de melancolía. Aquel que hoy abraza el pasado /porque te incluye/, aquel que pernocta en endecasílabos /porque te nombran/, aquel que escucha la lluvia llover /porque escucha tu voz en ella/, aquel que te busca en el gris añejo de lánguidas paredes /porque no te encuentra/. Pero siempre, aquel hombre que asume el verso para alcanzarte. Aquel. Éste.



*De Leonardo Pez. leonardopez@gmail.com





Próxima estación para escribir:
  
J.J. ALMEYRA.

Estaciones literarias por visitar en el Ferrocarril Midland:

INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

***

-Próximas estaciones literarias por visitar en el ferrocarril  Provincial:

GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS

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JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar



InventivaSocial
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Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar




1 comment:

CREADORAS said...

Gracias por esa gran labor de difusión de la literatura. La colaboración desinteresada es la clave de LAS PALABRAS DEL FUEGO. Enhorabuena. Saludos,

Teresa Iturriaga Osa