Saturday, July 04, 2015

SOBRE LOS RESTOS MUDOS DEL NAUFRAGIO...



*Dibujo de Erika Kuhn.









36 *



Volvé a encender el fuego.


Las casas
suelen esconder
fríos eternos,
silencios
que deambulan
por los cuartos
como dueños,
sombras de la nada
en las paredes
velando el tiempo.


Las habitan
por pura compasión
los malos sueños.


Volvé a encender el fuego.



*De MARIANA FINOCHIETTO. mares.finochietto@gmail.com
-Fuente: CUADERNOS DE LA BREVE CEGUERA. La Magdalena Editorial. 2014









SOBRE LOS RESTOS MUDOS DEL NAUFRAGIO…








El caso Max Power *


*De Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



La tarde del 22 de marzo de 1997, Max Power fue al estreno de la película francesa Le rouge et le noir. El título remite a la novela de Stendhal, sin embargo, esa era su única coincidencia, porque la historia –escrita por un guionista especializado en comedias ligeras– giraba en torno a un pintor alcohólico en busca de fama y a su apasionada amante entrada en años. La heroína era una actriz venida a menos, tal vez por sus malos manejos financieros o por su tendencia a involucrarse con políticos corruptos. Trataba de resucitar su fama perdida actuando en filmes poco ambiciosos desde el punto de vista artístico, pero con taquilla asegurada. El actor estelar, en cambio, era joven y talentoso; varios periodistas le auguraban una carrera promisoria. Las personas que vieron a Max Power entrar a la sala y sentarse en la primera fila de butacas (era corto de vista y no podía leer con claridad los subtítulos) concuerdan en que dejó su maleta a un lado, bostezó, y cruzó las piernas como si estuviera en la sala de espera de un consultorio. La película transcurrió sin contratiempos. Algunos recordarían que, por la trama ligera, de enredos y situaciones chuscas, la hora y media de duración se les había ido volando. Al salir de la sala, Max Power se detuvo unos instantes a observar la cartelera con las próximas películas. Todavía faltaban dos funciones más. En la taquilla había una larga fila esperando poder comprar un boleto. Pasó junto a ellos con una sonrisa en los labios: tenía la costumbre de ir a la primera función, por eso no tenía problemas para conseguir boletos, incluso en estrenos. El vendedor que lo atendió dijo: “Llegaba siempre con sus tenis rojos, a veces hasta con media hora de anticipación, sabía que probablemente sería el único en la sala, pero aun así se veía apresurado por llegar apenas abierto el cine. Una ocasión no resistí la curiosidad y lo seguí en silencio para ver qué hacía. Cuidando de no hacer ruido, entorné la puerta, asomé los ojos justo para ver cómo sacaba un libro de su maleta, cruzaba las piernas y se ponía a leer”.

El episodio del cine fue investigado superficialmente, aun cuando entre los espectadores estaban la mujer y su hija con quienes Max Power se encontraría después en circunstancias bastante lamentables. Meses más tarde, cuando la película fue editada en video, alguien hizo notar el parecido de la ropa del protagonista con la que llevaba Power. Coincidencia, dijeron muchos, pues al ser la primera vez que él la veía, era imposible que conociera el atuendo del actor. Aunque pudo haber visto los adelantos que salían en la televisión. Después de la breve polémica de la ropa, nadie se molestó en hacer una hipótesis acerca de su extraña costumbre de ponerse a leer media hora antes del inicio de cada función. ¿Algún rasgo obsesivo en su personalidad o algo insignificante que consideraron no valía la pena investigar? Quizá nunca se sepa.

Max Power abandonó el complejo de cines. Cruzó la calle. Empezaba a hacer frío y sacó de la maleta un suéter azul. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. El cielo tenía ese tono gris, casi mortecino, que precede a la oscuridad completa. Los pájaros se arremolinaban, peleando por un lugar entre las ramas de los escasos árboles que poblaban el camellón. Se detuvo en la banqueta. Veía hipnóticamente los autos, los anuncios luminosos, las personas que esperaban el autobús. A pocos metros de él, un fotógrafo aficionado esperaba con paciencia el momento en que las aves se alejaran un poco de los árboles, y así poder captar el momento en que sus siluetas aparecieran limpias y oscuras frente a su cámara. Verificaba la altura del tripié y ajustaba el obturador. Sabía que no le quedaba mucho tiempo, ya que la noche estaba por echar sus garras al día. En ese instante, una parvada salió de entre los altos edificios de enfrente. Las aves caían como gotas emplumadas. Aleteando con fuerza, describieron círculos para después, manteniendo las alas muy quietas, dejarse llevar por las sutiles corrientes de aire. Cruzaron frente a él como si supieran de antemano que estaban posando para su lente. Extendieron con majestuosidad las alas. Disparó a pesar de no poder evitar a una figura que salía en la parte inferior del recuadro.

La fotografía ganó el primer lugar en el concurso “La ciudad y la tarde” que organizó la revista Contraluz y fue publicada en la portada de aniversario. El organizador del certamen, inspirado por la melancólica figura, de rostro apenas visible, le colocó a un lado un aforismo de Estrabón: “Ciudad grande, soledad grande”. El ganador, después de subir al estrado para recibir su premio, declaró a un reportero: “Sabía que esa tarde era especial. Me quedaba poco tiempo para lograr alguna toma interesante. Desde luego esperaba que los pájaros me ayudaran. Después de estar ahí dos horas pensé que me iba a ir en blanco. Cuando estaba a punto de renunciar a sacar la foto, un hombre cruzó la calle, sacó un suéter azul de su maleta y se lo puso. Se quedó mirando los autos, parecía no tener otra intención que la de estar parado en la banqueta. Tenía cierto aspecto desvalido, como si fuera un niño abandonado por sus padres. Por mi mente cruzó una idea que al principio juzgué fantasiosa, pero que esa noche, al estar revelando los negativos, cobró más fuerza: el pobre hombre no sabía quién era, ni a dónde iba a ir. Me prometí que, después de tener la foto del concurso le sacaría una a él. En ese momento aparecieron las aves, era la toma perfecta. Probé varios ángulos pero el hombre me estorbaba: en cualquier posición que colocara la cámara, él salía. Refunfuñando, disparé varias veces. Mientras lo hacía, me miró, alzó el brazo derecho y señaló con el dedo índice el cielo. Luego pasó junto a mí. Es difícil explicar por qué me puse tan nervioso: las manos me temblaban y no pude cambiar el rollo, ni siquiera el flash que necesitaba para poder sacarle la foto. Tal vez reteniéndolo unos instantes hubiera renunciado a sus planes”.

La célebre foto de Max Power, con los pájaros sobre su cabeza y él levantando su brazo hacia el cielo, es el único testimonio gráfico que se tiene. Nunca se supo nada de su familia; no hay registros de ningún tipo. Horas más tarde, encima de los tenis rojos, en su cartera manchada de sangre, sin billetes ni credenciales, se encontró una tarjeta de presentación. La tarjeta –ahora en el museo central de la capital– muestra, sobre un fondo claro, la silueta estilizada de una persona y debajo de ella, en letras mayúsculas (los peritajes que se hicieron especificaron que eran tipo Courier New, de 14 puntos) alineadas al centro, se puede leer: “HOLA, SOY MAX POWER”. A propósito de esto, un comentarista de radio ironizó: “Pareciera que el señor llegó de otro planeta, trajo un montón de tarjetas para hacer contacto con la gente y, cuando supo que lo estaban fotografiando, señaló la ruta hacia su galaxia.” El fotógrafo fue contratado por una revista de moda, tuvo varios romances con estrellas de cine. Sin embargo su carrera fue corta, porque el incidente con Max Power lo dejó marcado y desde entonces se empeñó en fotografiar pájaros y hombres con tenis rojos señalando al cielo.

Max Power bajó el brazo. Cerró los ojos. Sin importarle el humo que despedían los camiones, respiró profundamente. Las aletas de su nariz se ensancharon y llenaron los pulmones con un poco del follaje de los árboles, el fragmento de la plática de las personas, un pedazo de los autos que empezaban a prender los faros. Las puntas de los árboles se mecían lentamente, parecían arrullar a los pájaros que antes de dormir espulgaban cuidadosamente sus plumas. Continuó su camino y pasó junto al hombre de la cámara que, sumamente nervioso, no atinó a decirle nada. Se internó por una calle lateral un poco oscura. Su atención se concentró en las luces intermitentes de los anuncios. Notó que una de las agujetas de sus tenis rojos estaba suelta. Se agachó y la amarró. Caminaba lentamente, lo que hacía que varias personas lo rebasaran. Al llegar a una avenida transitada, con las manos en los bolsillos permaneció inmóvil, observando atentamente los actos circenses que se escenificaban en los semáforos: pequeños faquires acostándose sobre vidrios, hombres vomitando fuego, ancianas encorvadas pidiendo limosna. El sol se había extinguido, dejando el cielo cubierto por una gran mancha de aceite. Mucho se ha especulado sobre si alguna vez Power tuvo dudas acerca de lo que hizo. Las opiniones se dividen entre los que sostienen que actuó sistemáticamente, como si siguiera los pasos de un manual, y los que ven a un hombre atormentado que tuvo muchas dudas. El oficial de tránsito, asignado a ese crucero, dijo: “Desde el principio me llamó la atención el hombre de suéter azul. Era la hora en que muchos oficinistas salen de su trabajo, el tráfico se intensifica y los cruces de las calles están atestados. Entre el ir y venir de personas, el señor Power resaltaba, pues no se movía ni parecía tener intenciones de querer hacerlo. Era como si estuviera anclado en el piso. Dejaba pasar las oportunidades que le daba el semáforo con una tranquilidad que exasperaba. Yo dudaba de preguntarle si estaba perdido o necesitaba alguna información, porque en el fondo tenía curiosidad por saber cuánto tiempo estaría ahí, sin moverse. Después de un rato, vi como una niña se le acercaba. Él se agachó. Estoy seguro que sacó algo de su maleta y se lo entregó, aunque no pude distinguir con claridad qué era porque la gente que pasaba junto a él lo ocultaba de mi vista. La niña se alejó y, sin saber muy bien por qué, me dio el empujón que me faltaba para encararlo y acabar de una vez por todas con mis dudas. Atravesé la calle. Antes de hablar con él, me di cuenta de que en su cara había un gesto de frustración, como si el encuentro con la niña le hubiera dejado un mal sabor de boca. Sé que es difícil de creer, pero al observarlo con detenimiento me sorprendió el color de sus ojos, o más bien la ausencia de color en ellos. Su iris era una pantalla cambiante que actuaba como un espejo, devolviendo la imagen que tenía enfrente. En sus ojos vi a un auto estacionándose y a una persona de traje entrar a un edificio. Supongo que el señor Power advirtió mi perplejidad porque me observó fijamente, arqueó las cejas en actitud interrogativa. Mientras elegía la mejor forma de dirigirme a él, pude distinguir en su mirada el reflejo de mi insignia y mis lentes oscuros. Me decidí por la pregunta más lógica:

“–¿Puedo ayudarlo en algo?

“Negó suavemente con la cabeza. Por la forma como lo hizo pensé que era alguien sumamente educado. A pesar de la gentileza con que despachó mi pregunta, ya sin meditaciones volví a la carga con la esperanza de oír al menos su voz.

“–Pero... ¿está perdido, a dónde se dirige?

“Quise hacerle más preguntas pero me quedé extasiado viendo en sus ojos cómo un comerciante cerraba la cortina de su negocio. Parecía reflexionar profundamente su respuesta, porque inclinó ligeramente el rostro. Unas líneas de expresión se formaron bajo su nariz y en la frente. Cuando al fin entreabrió un poco la boca y pensé que iba a decir algo, se contuvo, limitándose a pasar la lengua por los labios y quedando de nuevo como estatua. Me sentí un niño pequeño al cual le prometen una golosina pero se la dejan encima de un mueble muy alto, inalcanzable. Tragando mi frustración con saliva, tuve la intención de dejarlo en paz, cuando el señor Power, advirtiendo mi desconsuelo, sacó su mano derecha del bolsillo haciéndome seña de que esperara, luego alzó muy lentamente el brazo y con su dedo índice señaló al cielo. Así, con ese gesto de autoridad, tenía aspecto de general, de un Napoleón de tenis rojos convocando a sus tropas para tomar por asalto la luna o las nubes, sólo que en vez de caballos tenía autos, y, en lugar de soldados, oficinistas ansiosos por llegar a sus hogares. En ese momento me notificaron por el radio de un accidente a muy poca distancia de donde me encontraba. Sin pensar que en pocos minutos me encontraría de nuevo con el señor Power, me dirigí a la patrulla.”

Max Power veía nostálgicamente el otro lado de la calle, como si ésta fuera un mar revuelto, hecho de asfalto, y no se atreviera a cruzar hasta la orilla. Una niña salía de una tienda lamiendo su paleta mientras guardaba las monedas del cambio en una bolsa con forma de manzana. Se quedó unos momentos junto a él esperando el alto del semáforo para pasar. Observó con detenimiento los tenis rojos, sonrió, acercó su mano pegajosa a la manga del suéter y le preguntó:

–Señor, ¿me podría dar la hora?

Power bajó la vista hasta toparse con las trenzas y la pequeña mano sujetándose a su suéter. Se arremangó, pero en su muñeca izquierda no había nada que sirviera para medir el tiempo. Revisó la derecha con los mismos resultados. Mientras se agachaba para estar a la altura de la niña, sacó de su maleta una pluma y un pedazo de papel. Apoyándose en el aire, dibujó un círculo bastante tembloroso. Con la punta de la lengua sobresaliendo apenas de sus labios, como un escolar batallando con sus deberes, le hizo varias marcas transversales y a cada una de ellas le escribió un número. Al finalizar, suspiró satisfecho y le entregó el papel a la niña. Una leve sonrisa, la del que termina exitoso un encargo, estampó su rostro. La niña, observando incrédula lo que le había entregado, volvió a exigir su atención jalándolo de la manga:

–Oiga, pero los relojes tienen manecillas, y éste no tiene. ¿Cómo voy a saber la hora?

Max Power se encogió de hombros, hizo un gesto de sorpresa, su boca se frunció, como si la niña le hubiera hecho una pregunta relativa a física nuclear o matemáticas avanzadas. Pronto el semáforo se pondría en rojo. La niña suspiró resignada, le dio otra lamida a su paleta, y le dijo lacónicamente:

–Bueno, adiós.

La pequeña figura se puso en marcha casi engullida por la estampida de portafolios y trajes que competían por llegar a la acera de enfrente. Max Power se despidió de ella agitando la mano. Después la metió de nuevo a su bolsillo. Al otro lado de la calle un agente de tránsito –entre tímido y curioso– se acercó a él.


Nunca se supo la identidad de la niña. Basados en el retrato hablado que proporcionó el agente de tránsito se pegaron carteles en la ciudad. Al no haber respuesta, extendieron la búsqueda a todo el país. Para muchos, ese encuentro fue crucial, o al menos bastante representativo. Incluso un famoso escritor desarrolló un cuento teniendo como trama esa supuesta plática. Retomando la información disponible en ese momento, el escritor apenas menciona el episodio del cine y básicamente se centra en la efímera relación que sostuvieron Power y la niña. En una entrevista concedida a la prensa internacional, afirmó: “Cualquier intento de una biografía de Power será casi en su totalidad imaginaria, porque los datos que han proporcionado los testigos son pocos y en algunos casos ambiguos. Por eso en el cuento abordo al personaje tratando de evitar datos, y escribo diálogos ajenos a cualquier lógica. Para mí, Power siempre será un ser subjetivo por excelencia, esa característica es la que hace que cada quien vea en él lo que le conviene. Las personas lo visten como si fuera un muñeco de cartón, le pegan distintos rostros, frases, esperanzas. El error radica ahí, porque él es lo opuesto: una hoja en blanco, un espejo que devuelve palabras, una estatua retándonos en silencio. Todo el mundo espera respuestas, soluciones, por eso no pudieron comunicarse con alguien que cada paso que daba era una enorme interrogación. Si tratamos de enfocar los hechos del 22 de marzo desde este punto de vista, todo lo que hizo, desde que salió del cine hasta que llegó al metro, adquirirá pleno sentido: el no–sentido.”

Después de caminar algunas cuadras, Max Power pudo ver un montón de curiosos apiñándose en círculo. El tráfico avanzaba muy lentamente. Los automovilistas, al ver las luces rojas y azules de una ambulancia, trataron entre claxonazos de hacerle un espacio. En el asfalto había fragmentos de vidrio machacados. La escena no necesitaba mayor interpretación porque el auto –con las llantas delanteras sobre la banqueta, el parabrisas destrozado– y la abultada manta blanca explicaban todo. El auto mostraba la dureza de un accidente; la fragilidad de la vida humana, era representada por la manta, que parecía un copo de nieve abandonado en medio de la calle. Dos velas situadas a sus lados titilaban como estrellas fúnebres. Power se fijó en todos los detalles: el cofre salpicado de manchas rojas, la bolsa de mujer colgando de la antena. Un vaso de unicel roto, todavía con restos de café, era arrastrado por el viento. Decenas de miradas curiosas contemplaban a la mujer sollozante, que se aferraba al bulto cubierto de tela blanca como si quisiera retener a un fantasma. Parecía una virgen doliente al pie de la cruz. La levantaron en brazos. Al principio opuso resistencia, sin embargo terminó cediendo y aflojó el cuerpo. Sus ojos no tenían lágrimas pero estaban rojos y casi desorbitados. Fue llevada a la ambulancia para que le administraran un calmante. Power, sumamente interesado en lo que sucedía, se hizo un lugar entre los curiosos. La gente murmuraba los detalles del accidente; alguien mencionó que había visto huir al conductor del auto. Dos paramédicos, sabiendo que ya no podían hacer nada, cuidando de no descubrir el cuerpo, levantaron el bulto y lo pusieron en una camilla. El agente de tránsito que había encontrado a Power calles atrás desviaba el tráfico hacia vías alternas. Observó cómo el sujeto que lo había desconcertado tanto caminaba en dirección de la ambulancia.

–¿Es familiar de la joven? –le preguntó el paramédico.

Max Power no contestó, ni siquiera lo miró. Con lentitud apartó la manta. Quedó tan absorto por su descubrimiento que se acercó todavía más y sin querer movió un poco las ruedas de la camilla. Esta pequeña sacudida fue suficiente para que una gota de sangre resbalara de los cabellos y fuera a estrellarse en su tenis derecho. La gota permaneció intacta en la punta, sin deformarse, brillando débilmente como si fuera un recuerdo del suceso. Acarició las mejillas sucias, llenas de cortes, al mismo tiempo que contemplaba la piel árida de los brazos. Los cabellos revueltos, apenas sujetos por un prendedor con forma de mariposa, le daban el aspecto de una chica recién despertada, lista para bañarse y dedicarse a sus labores. El cerco de curiosos se estrechó todavía más. Una voz murmuró “¿Qué está haciendo?”, pero la pregunta sólo obtuvo silencios e intercambios de miradas. Power observó cómo en los labios de la joven se formaban unas burbujas de sangre. Pasó las yemas de los dedos para limpiarlos. Lo hizo cuidadosamente: parecía temer despertarla de un sueño apacible. En ese momento, en un último acto reflejo, la boca de la joven se movió. Max Power dio un respingo y se apresuró a cubrirla de nuevo.

El accidente fue reseñado en una nota de tres renglones en la sección policiaca de los diarios locales. Sin embargo, una semana después, cuando los rumores de que Power había estado ahí fueron confirmados, la noticia adquirió resonancia mundial. Llovieron los reporteros tratando de saber el mínimo detalle de la atropellada y su madre. Al día siguiente se dio a conocer la historia completa: la joven era estudiante de economía, había ido al cine con su madre (coincidentemente la primera función de Le rouge et le noir). Al acabar la película habían ido a tomar un café. La joven tenía que estudiar para un examen, así que pidió uno para llevar. Se dirigían a la parada del autobús cuando, al pasar por las líneas amarillas que marcan el paso de los peatones, un auto ignoró la luz roja y la embistió de frente. Un testigo mencionó que vio el cuerpo rodando por el cofre, otro salía de su casa justo cuando el auto se detuvo bruscamente y dejó la huella de las llantas marcadas en el asfalto. La joven se golpeó con el parabrisas y salió proyectada metros adelante. Su bolsa ensartada en la antena siguió balanceándose unos segundos, como un péndulo, hasta quedar estática. La madre se llevó las manos a la boca porque al mismo tiempo las piernas de su hija dejaron de sacudirse. Policías y paramédicos fueron entrevistados una y otra vez. El encargado de la ambulancia dijo: “Lamentablemente no pudimos hacer nada, el impacto había reventado varios órganos internos y ya no había pulso. Intentamos reanimación artificial sin lograr respuesta. Íbamos a subirla a la ambulancia para llevarla al forense, cuando un hombre de suéter azul y tenis rojos se acercó a la camilla. Le pregunté si era familiar de la joven, pero no me respondió. Destapó el cuerpo y estuvo así unos segundos, hasta que algo lo asustó y se fue caminando de prisa. Tuve curiosidad por saber que era lo que lo había asustado, así que bajé la manta y me sorprendí mucho al descubrir en el rostro de la joven una sonrisa”.

En el velorio, los esfuerzos por extirparle del rostro esa sonrisa fueron vanos. La joven –todavía con el rostro hinchado, adquiriendo esa palidez que hace a los muertos figuras de cera– ostentaba imperturbable, hasta podría decirse con orgullo, una sonrisa limpia, de esas que sólo se pueden obtener con un buen chiste o una situación graciosa. Al siguiente día, antes de partir al cementerio, a los familiares les fue difícil llorar amargamente porque, al reconfortar a la madre y persignarse frente al ataúd, no pudieron dejar de preguntarse por qué la joven, que reposaba su muerte vestida muy correcta de blanco, con las manos cruzadas sobre el pecho, tenía esa sonrisa descarada que dejaba ver todos sus dientes. Algún primo lejano había comentado, cuando terminó el entierro: “Parecía que se estaba burlando de todos.” Un caso todavía más curioso, al que también le dieron seguimiento los medios, fue el que protagonizó su madre. Ésta, que había presenciado la breve aparición de Power, estaba segura de que era una especie de mensajero celestial; un ángel que había mandado Dios para hacer menos difícil la muerte de su hija. En caso contrario, ¿cómo explicar esa sonrisa? Sólo alguien que se sabe en las puertas del paraíso puede estar tan contento como para demostrarlo de esa forma tan explícita. El dolor de una madre al perder a su hija puede tener repercusiones sorprendentes. La idea del ángel fue tomando cada vez más fuerza en su mente. La prueba que faltaba para confirmar sus fantasías llegó cuando en el servicio forense se enteró del final de Power en el metro. Ya no necesitaba otra cosa, porque el mensaje era claro: el hombre de tenis rojos era un enviado del cielo que había elegido a su hija y a ella como portadoras de la verdad divina. Sintió que debía hacer algo. No podía permanecer indiferente, así que consiguió donativos, amplió su casa y, el 22 de marzo del año siguiente fundó “La Iglesia Universal de Max Power”, cuyos principios eran prácticamente los mismos que los de la iglesia mormona, con la diferencia de que los sacerdotes vestían igual que Max Power y, en la biblia oficial, su nombre era puesto en lugar de Dios, Jesús, y algunos de los profetas más importantes. Un comediante bromeó diciendo que, de ahora en adelante, cuando muriera una persona, un ángel de tenis rojos diera su aval, para que los familiares pudieran librarse de costosas misas y aburridos rosarios, pues el alma del ser querido ya estaba segura en el cielo. Algunos estudiantes que estaban entre el grupo de curiosos, fundaron el efímero movimiento de izquierda llamado “Todos somos Max Power”. Sin ningún documento ideológico, ni pronunciamiento político, lo único que hicieron fue rentar un cuarto y colgar una foto retocada por computadora en la que Power –con una boina sobre su cabeza y la barba medio crecida– simulaba ser una especie de Che Guevara. Con esta foto, vendida en camisetas y carteles, adquirieron fondos suficientes para reunirse todas las noches en su cuartel general y emborracharse a la salud de su héroe. De La Iglesia Universal de Max Power pronto se desprendió una rama místico-religiosa cuyos fundadores, monjes modernos, cabalistas, esotéricos, se dedicaron a estudiar cada paso de Power. Trazaron mapas del recorrido que hizo desde el cine hasta el metro, calcularon el mapa estelar del 22 de marzo, revisaron exhaustivamente la grabación del noticiero donde estaba su última huella. Para ellos, el hombre no había dejado nada al azar, todo tenía un significado críptico y, por lo tanto, sólo asequible a los iniciados. Con esta idea fueron al cine, estudiaron hasta el cansancio la foto de Power, contaron el número de letras de la tarjeta de presentación, las dividieron, sumaron, multiplicaron. Adquirieron decenas de copias de Le rouge et le noir. Como sucede con esa clase de movimientos, poco a poco fueron perdiendo fuerza, y dejaron de aparecer en público. Los últimos miembros siguieron sus estudios en secreto para poder tener libertad de acción. Hace poco publicaron un libro donde aseguran que “El Único e Indivisible Max Power”, como ellos lo llaman, era un iniciado que viajaba en el tiempo, habría recibido enseñanzas de los Esenios, participado en la construcción de las pirámides de Teotihuacán, ayudado a Leonardo da Vinci a pintar la Mona Lisa y, finalmente, en su última escala, había dejado su legado más importante. Aún no sabían cuál era éste, pero especulaban que tenía que ver con el fin del mundo. Entre toda la confusión que se desató a partir del accidente, la opinión más sensata fue la que dio una psicoanalista en un programa de radio: “Seguramente era hipersensible, toda su vida había evitado escenas desagradables. Como sabía que se acercaba el fin, tuvo el valor de enfrentar la muerte destapando el cuerpo de la joven. Es sabido que la gente después de muerta puede realizar movimientos. En este caso fue una sonrisa. Power se asustó y quiso llegar cuanto antes al metro, no soportaba estar un segundo más en este mundo que no entendía”.

A esa hora, la entrada al metro hervía de gente. Las personas caminaban por intrincados laberintos creados por los vendedores ambulantes, que así lograban ganar terreno para exponer mejor sus mercancías. Max Power compró un boleto y cruzó el torniquete. A pesar del frío de la calle, en el ambiente flotaba un aire tibio, pegajoso. Bajó las escaleras sumergido en la multitud que se amontonaba en el estrecho pasillo. Los escalones, erosionados por el continuo paso de miles de zapatos, se habían vuelto resbaladizos, un poco curvos en las orillas. El mar de cabezas se movía en orden, ejecutando una coreografía inmensa y bamboleante. Al llegar a una intersección, la fila se dividió en tres. Manteniéndose en el centro, dejándose llevar por el flujo de gente, llegó al inicio de una nueva escalera, ésta vez eléctrica. Al ir descendiendo, se dio cuenta de que el sentido contrario iba igual de repleto. Ante sus ojos desfiló un enjambre de lentes, gorras, narices, ojos. La escalera llegó a su fin y la fila se dispersó, como si fueran peces que hubieran estado atrapados y ahora pudieran nadar a sus anchas en el andén. Su atención divagó entre los anuncios de cosméticos, ropa deportiva, el rostro sonriente de un aspirante a diputado en plena campaña. Un gusano anaranjado, repleto de pasajeros en sus entrañas, emitió un silbido al entrar a la estación. Las puertas se abrieron. Los que estaban adentro luchaban por salir, mientras los de afuera buscaban hacerse de un espacio. El abordaje fue breve, porque las puertas empezaron a cerrar sus fauces. Una voz grabada pidió que dejaran libres los accesos. La serie de rectángulos naranjas reemprendió el viaje. Max Power observó los rostros apretujados contra los cristales, bajó la vista hacia la línea amarilla que señalaba el límite de seguridad y acercó la punta de sus tenis rojos hacia ella. El reloj ubicado debajo del nombre de la estación cambió de minuto. Los que no habían podido entrar no se intimidaron y tomaron nuevas posiciones para un nuevo intento. Power retiró la punta de sus tenis de la línea, pero inmediatamente los volvió a colocar ahí, rebasándola unos centímetros. Después se puso en cuclillas y, apoyando las manos en el piso, se arrastró hasta quedar sentado en el borde. Su actitud parecía la de un niño inocente que confunde su columpio con el paso del metro. Tal vez por eso la gente no actuó de inmediato. La acción resultó tan inverosímil que los había dejado con la boca abierta, sin saber que decir. Las piernas de Power colgaban y él las movía de atrás hacia adelante dando pequeños pataleos. Un niño riéndose señaló a su madre al extraño que movía las piernas como si estuviera sentado en una piscina. Max Power bajó la vista y, de un solo movimiento –impulsándose de nuevo con las manos–, dio un salto y cayó a la mitad de la vía. Eso despertó a la gente e hizo que reaccionaran las lenguas; primero fue la anciana que gritó: “No lo haga.” Luego el vendedor ambulante, que a falta de argumentos sólo pudo soltar una exclamación de incredulidad. Como una fila de fichas de dominó, una voz empujó a otra y así el efecto en cadena llenó de gritos las gargantas de todas las criaturas que poblaban el andén. En el sonido local pidieron calma. Power se quedó unos momentos observando con interés a la gente que manoteaba, se jalaba los cabellos, cerraba los ojos. Un señor de lentes alzó la voz para llamar su atención: “Dime qué es lo que quieres, yo te escucho.” Power se encogió de hombros dándole a entender que no quería nada y, metiendo las manos en los bolsillos, empezó a caminar. Arreciaron las súplicas, invocaciones a la Virgen, gritos desesperados de “no seas tonto”, “la vida es bella, muchacho”. A pesar del revuelo, nadie se atrevió a acercarse: parecía que se hubiera metido a un océano y la gente no pudiera rescatarlo porque no sabía nadar. El hombre de lentes –sin darse por vencido– hizo acopio de valor y se acercó al borde. Iba a bajar una pierna cuando se escuchó el ruido de unos vagones aproximándose. “Dios mío”, murmuró una voz. El valiente se amedrentó y abandonó su tentativa. Cuando todos esperaban angustiados el fatal desenlace, el suspiro de alivio de los que estaban cerca de la boca del túnel, indicó que el metro entraba por la otra dirección. El conjunto de vagones llegó con su carga, que contemplaba incrédula al hombre sobre las vías. La amenaza más inmediata había pasado; sin embargo Power seguía en su empeño y ya era demasiado tarde para que alguien se aventurara a un nuevo rescate. Caminaba sin prisa, parecía confundir el andén con un paseo dominical en el campo. Sólo faltaba que silbara una canción. La gente, resignada, observó a la figura de tenis rojos introducirse en el túnel. Antes de perderse de vista, volteó sonriéndoles, quizá para calmarlos, para demostrarles que no tenía miedo. El andén, antes ruidoso, se quedó en silencio.

El último acto de Max Power, dado a conocer en el noticiero nocturno, ocasionó que el reportero tuviera problemas nerviosos y que el titular de noticias ganara varios premios. Antes del enlace en vivo, pasaron varios testimonios que habían recabado al llegar a la estación del metro. Una señora resaltó la sonrisa en su rostro; un anciano, conmovido hasta las lágrimas, aseguraba que antes de bajar a las vías quiso decirle algo. En el puesto de control confirmaron que, después de entrar la persona al túnel, había pasado un vagón. El conductor de éste fue interrogado exhaustivamente; pero, por más preguntas que se le hicieron, lo único que pudieron obtener fue la declaración firme de que no había pasado por encima de nadie y que, en todo el recorrido, lo único fuera de lo normal había sido un reflejo minúsculo a la mitad de las vías, como si alguien hubiera dejado abandonado un espejo. Las autoridades anunciaron que habían detenido el tráfico en esa línea. Los pasajeros que salían del último recorrido no entendían la desesperación del joven reportero tratando de sacar algo en claro. Sus preguntas obtenían respuestas parecidas: “no vi nada”, “es una broma”, “estaba dormido”. El único testimonio diferente fue el que dio un hombre de traje y portafolios negro que, con mucha seguridad, dijo: “Se tiran al paso del metro, pero no se van así, caminando tan campantes”.

El conductor del noticiero hizo un enlace a la estación.

–Estamos en vivo. Dime que ves.

–Los rescatistas están alumbrando el túnel, buscando alguna señal del cuerpo... Un momento, voy a salir del aire, estamos arreglando algunas interferencias.

–Muy bien. Aprovecho para ir a comerciales.

Al regresar de los anuncios, el conductor muy serio dijo:

–Amables televidentes, para los que nos sintonizaron tarde les informo que un sujeto de aproximadamente 30 años, de tenis rojos y suéter azul bajó a las vías del metro y se fue caminando en dirección al túnel. Regresamos contigo, ¿hay algo nuevo?

–Parece que encontraron algo.

–¿El cadáver?

–No estoy seguro, nos estamos acercando para verificar.

En la pantalla se veía el túnel, los cascos blancos de los rescatistas resaltaban en la oscuridad. Por momentos la imagen se distorsionaba. La cámara situada detrás del reportero tomaba parte de su cabeza y de sus lentes

–Es una maleta.

–¿Qué tiene?

El reportero abrió el cierre.

–No hay nada.

La linterna de un rescatista distinguió algo, alumbró a la izquierda. Una voz anunció:

–Aquí hay algo.

–¿Puedes acercarte más?

No contestó, sino que se apresuró a llegar lo antes posible. La toma se agitó; después, estabilizándose, mostró la ropa abandonada de Power: calcetines negros, el pantalón arrugado de mezclilla, el suéter azul, los tenis rojos con las agujetas todavía amarradas. Encima de ellos estaba una cartera manchada de sangre.

–Los rescatistas van más adelante a ver si encuentran el cuerpo –dijo, y procedió a describir lo que estaba haciendo–. Voy a revisar la cartera, a ver si encuentro algo relacionado con la persona.

Unos segundos de silencio. La voz nerviosa del reportero, llegó a los oídos de la audiencia, perpleja, frente a sus televisores.

–Sólo hay una tarjeta. Dice HOLA, SOY MAX POWER.

–¿Estás seguro? ¿No hay nada mas?

–No, espera... –se dirigió al camarógrafo–. Oye, ilumina aquí.

El conductor, ya impaciente, iba a preguntar de qué se trataba cuando la toma, un poco borrosa, alcanzó a mostrar, en una de las paredes del túnel, la silueta de una persona trazada con tiza blanca –como lo hacen los peritos después de un accidente–. Era una pintura rupestre en la que se distinguían las piernas formadas por dos líneas irregulares que se unían al trazo más grueso del tronco. El círculo del rostro –en perpetuo equilibrio– tenía en su interior dos círculos más pequeños. Debajo de ellos, el triángulo de la nariz y la media luna correspondiente a la boca. Uno de los brazos estaba levantado; al final de éste, una línea de apenas uno o dos centímetros simulaba un dedo índice que señalaba arriba, hacia el cielo.

Max Power se adentró en el túnel, después de dar unos pasos volteó, parecía un hombre que sale de viaje y le dedica una última mirada a sus recuerdos. Aún podía escuchar las voces de la gente. Un ratón gris salió de un lado y atravesó frente a él arrastrando su cola pelada, inusualmente larga. Continuó su marcha. La oscuridad era apenas perforada por las diminutas lámparas situadas a los costados. Abandonó su maleta que resbaló de su cuerpo como una hoja seca cayendo de un árbol. Sintió la mano derecha pegajosa. Alzándola frente a su rostro, observó la palma teñida en rojo, las líneas de sus manos desdibujándose. Se detuvo y exhaló un suspiro largo. Sus movimientos eran seguros, sólo su mirada húmeda mostraba emoción. Fue poco el tiempo que le llevó quitarse toda la ropa. La piel se le puso de gallina. Dejó los tenis rojos que zafó sin necesidad de desatar las agujetas. Se escuchó el bufido del metro acercándose. Sabía que no quedaba mucho tiempo, así que se apresuró a sacar la cartera del bolsillo del pantalón y la colocó encima de los tenis. Un rastro de sangre la manchó. Poniéndose de pie, enderezando la espalda, aguzó la vista para ver a la incandescencia iluminar débilmente el fondo del túnel. Así, desnudo, Max Power parecía ser un hombre de cristal, un hombre necesitado de mostrar su fragilidad moviendo uno a uno los dedos de sus pies y sacando la lengua al ruido cada vez más fuerte. Transcurrieron quince, veinte segundos. La incandescencia se concentró en un punto brillante que expandía sus fronteras. Max Power sintió que su corazón bombeaba, que daba latidos poderosos. A los treinta segundos, la luz adquirió el tamaño suficiente para semejar un sol tímido que, asomándose al final del túnel, reclamaba sus dominios a la noche. El sonido despertaba ecos, mezclaba el alarido de los vagones con las ruedas metálicas sacando chispas de los rieles. Fue en el límite de los cincuenta segundos cuando el amanecer blanco, brillante, se apoderó por completo de sus ojos. Entreabrió la boca y dio un paso adelante. En sus pupilas se veía al gusano naranja devorar ávidamente las vías. Un resquicio de su mirada pudo reflejar el bostezo del conductor del metro. Cincuenta y cinco segundos y el amanecer inmenso empezó a fundirse en su cuerpo, ocupando cada centímetro. La última respiración, las aletas de su nariz se hincharon. Alzó el brazo. Cincuenta y nueve segundos. El engranaje del reloj de la estación rechinó y lentamente cambió de número. Después de eso ya no hubo nada.



*Incluido en “El caso Max Power y otros cuentos”,  de Alejandro Badillo, publicado por Aurora Boreal.













Trampa*



Sabes? hubo un tiempo en que
las tinieblas estaban de pie, entonces
mis ojos –pescadores de soles-
crearon un mundo donde subsistir
donde no se permitieran llaves
ni relojes. Urgencias ni miedos.
Allí
supe habitar momentos.
Hartaba huecos en su refugio
cuando la ira no tenía respuestas.

Pero quedaron abiertas las ventanas.

Entró la ternura equivocada.

Las tinieblas se pusieron de rodillas.

Y ahora tengo un mundo donde entro y salgo. Es él en mí... mi dueño, mi invento.



*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar












El trabajo de la vida*



La memoria sueña

cavando pozos en el cielo

desenredando del abismo

una joya de luz o una palabra.


En el vacío de la esfinge

pinta barcos, risas,

Una forma de arrinconar la ausencia.

De pararse y brillar

sobre los restos mudos del naufragio.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar










Náufrago*



El náufrago, desnudo frente al espejismo de mares y soliloquios, tañía apariencias de su historia. Afloraban en forma desesperada en la inmensidad de la noche. Como un científico que busca afanosamente en cada punto de luz descifrar la piedra fundamental. En su interior, desfilaban por su memoria interlocutores, sermones, sinsabores, sentimientos ambiguos que en otros momentos lo estremecieron… Tenía tiempo de sobra.
Allí en la amplitud del cielo, no le parecieron tan tremendos. Es más: le hacían compañía.
Comenzó a divertirse jugando con su sombra, como un niño pequeño.-











*


el cartel electrónico que anuncia
los andenes de salida
en los puestos amarillos las revistas, los diarios,
las colecciones de libros,
la mano de un hombre que saluda desde lejos
en respuesta una boca de mujer sonríe
sus dientes son otro cartel electrónico
que anuncia la partida,
el olor de los puestos de comida rápida atrae a los perros
que se rascan el lomo con una pata también electrónica,
por la entrada que da al puente se puede observar la llovizna
un parlante anuncia o advierte no sé que cosas
la voz se distorsiona, se desdobla
deja entrar pasados que llevan en los pies
pequeñas hendijas por donde asoma el futuro.
sentado en un banco una niña pega figuritas
en un álbum de fútbol.
escucho el bullicio infatigable de la vida
en el pecho de una paloma
que mira toda la escena acodada a una viga del techo/


*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar











Besos de arena*


Gris plata la cresta de la ola, gris la gaviota y la orilla.
Lucía el paisaje grisura transparente, pura calina. No era invierno, sin embargo la niebla, densa niebla, me devolvía a la añoranza, al calor de los leños y al recuerdo.
Apenas se veían, a lo lejos, las barcas de velas. Se perdían en el sube y baja de las ondas. El agua era una copia del cielo, tan gris como tus ojos, como tus ojos grises.

besos de arena
llovizna impertinente
los ha borrado


*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
Villa Gesell













HUIDA*


“Huyo de lo que me sigue; voy detrás de lo que huye de mí.”(Ovidio)


Este capricho mío de llorar descalza.
Esa empecinada boca de hierba que me nombra.
Pájaro negro que grazna sobre antiguos cálices.
Recién nacida. Vieja rugosa y desdentada.

¿De que múltiples rumores de espejos me arrancaron?
Yo jugaba entre lápidas. Árboles tristísimos y trigales venerables.
Y robaba flores a los muertos. Nardos y flores de papel morado.
Bravura de polleras cortas. Trenzas y largas falsedades.
Huía y huía y Dios me perseguía. No me alcanzaba
No lo consigue, aun. No lo consigue.
Fugitiva yegua con crines coloradas.
-¿Tampoco viene este domingo, madre?-
Ella alisaba los pliegues de la almohada.
Una desnudez de hierro la arropaba.
Un vaso de agua y cuatro hembras yertas.

Y el reloj se detuvo. Y la noche.
Quise beber, tirada es sus faldas de albahaca.
Sus manos de Magdalena, cruzadas sobre el pecho.
Leve brisa elevando un cansancio de años.

¿Están todos? No. No están.
¿Por qué esa soledad ¿ ¿Quien te obligó a orinar de pie?

¿Escuchas madre? Es la eterna nebulosa.
Es otra vez el mar… y un puñado de sal en mis desiertos.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar











VÍSPERA*


Alguna noche soñé que regresaba.

Ítaca estaba lejos.
Largas travesías y sirenas
me separaban de sus templos.

Escila y la avidez de las tormentas
significaban la frontera.

Fieros vientos y cíclopes
me desviaron muchas veces de la ruta.

La sal marina y los años
-los solitarios años de destierro-
me enseñaron el decálogo del náufrago.

Pero he aquí que está amaneciendo
y mis ojos -pebeteros sangrantes,
heraldos de un rostro endurecido
por imborrables cicatrices-
se asoman a las costas añoradas.


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
- De Arenas de Ítaca


INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/


La muerte y J. V. Cilley*


(De la Estación J. V. Cilley – Ferrocarril Midland)



La muerte de las personas es como la muerte de los objetos, o quizás debiese haberlo dicho al revés. Pero la muerte de los objetos, esos seres inanimados que portan cierta alma que aflora, también es reconocible.
Cómo no decir en la estación "esta estación, que estaba viva, ha muerto". Cómo, frente al patio borrado por la Pampa que devora las construcciones humanas, frente al andén inexistente, los rieles levantados, las paredes apenas esbozadas por una línea de ladrillos ancha y baja, cómo, entonces, no decir "esta estación, que tuvo vida, ha muerto".
Dicen que a la estación la derrumbaron, que a los rieles los levantaron, que dejaron que los yuyos tapen el pozo cegado, y que permitieron que el patio apenas se dibuje brevemente por el perímetro de árboles desolados. Pero a la casa del guarda no la tiraron las manos de las gentes que mataron la vida del ferrocarril. La casa se derrumbó de tristeza, sola por el peso de la pena de ya no ser, de haber quedado despoblada. La vivienda del guarda sin guarda se derrumbó por el peso del vacío, sin ayuda.
La casa se cayó sobre sí misma, como un árbol, como un farol que se apaga, como un amor que desvanece su anhelo y se repliega en el olvido.
Es una tumba la estación J. V. Cilley. Si las personas mueren, si la historia tritura y demuele y desaparece, entonces esta estación, que ya no está, que es apenas un rastro bajo los cielos enormes y definitivos, esta estación es una tumba como la de los gringos, una tumba en tierra fundida en la tierra, un rectángulo de soledad bajo el perfecto azul.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com




***
Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

GONZÁLEZ RISOS. 

PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO. 

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



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