Thursday, August 27, 2015

SOMOS PARTE DE LO QUE PERDIMOS…


*Obra de Cecilia Aguado.
Villa Gesell. Argentina







*


Aquí
comienza la intemperie.

Los días
que vendrán
-sabemos-
tendrán
el desamparo
de todos los inviernos.

Abrigame
en tu ternura.
Caminemos.


*De MARIANA FINOCHIETTO. mares.finochietto@gmail.com








SOMOS PARTE DE LO QUE PERDIMOS…










TEN CUIDADO*


*De James Baldwin


Ten cuidado con lo que pongas en tu corazón,
porque seguramente va a ser tuyo.



-Traducción: Eduardo Dalter
-Del libro Harlem: los blues de la historia;
Editorial Leviatán, Buenos Aires, 2013.











PAPELES EN LA NOCHE*



Hay algo que no entiendo,
me dije.
Una tabla, o un retazo de
memoria,
quedó en algún lugar, o
bajo tierra.
Un viento, a veces, alguna
hora,
dan indicios de esa
pérdida
o ese pozo; como si una
raíz extendida
hubiera cesado en algún
tiempo
(y en mí mismo); una raíz
arrancada
y puesta a secar lejos;
lejos
de la vida y de las cosas.


-De Papeles en la noche (2010-2014)


*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
*Uno de los poemas que Eduardo llevó con su voz al Festival Internacional de Poesía de Medellín










Mi sombra*



Mi sombra
no es igual a mi rostro
la impotencia y  soledad
no es que huya de ella
esa soledad que combato
e n los espacios
que no puedo transitar
renegando impedida
en un silencio profundo
intento cobijar el optimismo
tan difícil de llevar a cuestas
por no poder mover mi cuerpo
como los otros seres que habitan
el universo  del caminar
mi sombra mi soledad
es un trabajo diario
donde tengo que hacer pausas
y cuidar cada uno de mis movimientos
para llevar una vida
intentando ser normal.
mi trabajo es incesante
es interno y solitario
ingrato de aceptar
tengo que conformarme
con unas pocas pisadas
que a veces las cuento
para no terminar
mirando unas telarañas del techo
mi sombra  tiene miedo
de quedarse anquilosada
y sin poder actuar
he perdido amores
he buscado tantas soluciones
con desengaños y nuevas recetas
pero ella tiene ese velo
de pausas e  incertidumbres…












Acerca del currículum vitae*



La traducción literal es algo así como "el camino de la vida". Es poético, sin duda. Si en lugar de la expresión latina usásemos su doblaje al castellano, debiésemos decir "le dejo sobre el escritorio mi camino de la vida". Qué cosa linda. Ese sendero hecho de rosas y de espinas, de lluvias, sequías, fuegos fatuos y resplandecientes oasis. Pero la poesía termina en el título. Lo que usted debe calcar dentro de ese texto no es, no son sus espinas, sino sus rosas. A nadie le interesa si usted un día se pinchó la nariz e hizo fuerte hachís. A nadie le va a importar, en una mesa de decisiones importantes, si usted sueña asiduamente con que vuela. Lo que usted debe compartir con el otro son sus realidades objetivas, y no todas, claro está, solo aquellas con las que será reconocido -en un pacto tácito- como sujeto: solo los logros le dan existencia ontológica. Y más aún si esos logros tienen el sello de una Institución legitimada socialmente por la Historia Humana, que no es otra cosa que la historia de la derrota de los supuestos débiles por los supuestos fuertes.
Porque usted no es sus fracasos, ¡cómo se le ocurre! Usted es sus títulos nobiliarios y sus rosas. Porque no me venga a decir que en verdad le creyó a su profesor de historia cuando en la escuela secundaria le hizo repetir que la nobleza se agotó con la revolución de 1789. La nobleza y los escudos nobiliarios permanecen en pie, conviviendo con una burguesía que de revolucionaria tiene lo que yo de matemático. Bien. Entonces en su camino de la vida usted debe especificar, debe justificar su paso por la empresa (su paso por la Tierra). Yo, por mi parte, como he sido siempre un imbécil consumado, consumido, consuetudinario, consentido, consciente de cinismo, de sí mismo, de cismos y cisnes que no sirven para nada; decía, yo voy a trabajar el género "currículum vitae" de otro modo. El trabajo no lo obtendré, eso lo doy por hecho, a no ser que el encargado de decir sí o de decir no sea un irremisible incompetente.
Entonces, propongo, que a partir de hoy en los "caminos de la vida" especifiquemos: gustos de helados preferidos, películas preferidas, libros leídos, una mini narración acerca del otoño, color preferido, cantidad de veces diarias que enunciamos la palabra pájaro o dromedario o amor o gliptodonte, especificar si estamos a favor o en contra de Monsanto, aclarar minuciosamente si somos homofóbicos o no, cuántas veces nos bañamos a la semana (si es que lo hacemos), especificar también la cantidad de veces que nos hemos caído de: hamacas, patines o patinetas y si hemos llorado a boca de jarra por ello.
Bueno. Creo, me parece, que con eso por el momento tendremos bastante para charlar con el potencial interlocutor que nos hará la posible entrevista laboral. Que podrá completarse, por ejemplo, con una buena partida de ajedrez o un partido de tejo o unos penales o un maratón de eructos o quién come más huevos duros en siete minutos. El currículum vitae es un género policial sin suspenso, sin trama, sin argumento, sin belleza. Porque en un mundo que vive de producir y consumir, la belleza (el sentimiento de lo bello) suele estar de más. A partir de hoy, entonces, armemos el currículum vitae con muchos colores, y debajo de nuestro nombre pongamos el nombre de nuestros villanos favoritos.


*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar












SELF PORTRAIT*



Llego a ponchar la tarjeta
para trabajar como no quiso Dios
trabajar, hasta que no haya nada más
para sudar
que mazmorras de cansancio.
Miro a mi alrededor, y todos tiemblan,
porque los nuevos amos
de la fábrica
ya no llevan el látigo en las manos
sino en las mandíbulas.
Antes, era el miedo
de no encontrar trabajo,
ahora, es el miedo al terror sicológico
impuesto por los supervisores,
a ese silencio,
a esa mirada,
mitad indiferencia mitad desprecio
que envenena el aire;
como Charles Bukowski
siento impulsos,
siento que voy a querer echarlos por la borda,
retrocedo, porque la maldición de Adán
ha de volver algún día
de nuevo al polvo.


 *De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es











Confidencias*



Yo no quería oírla, pero nada detiene
a quien quiere regalar sus confidencias.
Me habló de materias pendientes.
De tenaces decisiones que llevaron
su camino por cauces imprevistos.
De sueños que perdieron
su ropaje en el camino...

Cantó algunas alegrías –sus ojos humedecían-

Habló y habló...
mientras el día ovillaba su voz.

Yo no quería oírla.

Pero fue dejando su confesión
entre las plantas, mientras
cortaba gajos del sol
que ya se iba...

De tanto escucharla supe
su alma solitaria y desnuda.
Tuve pena, la vi –no sé si le dolía-
llevaba la espalda

germinada

florecida.



*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar








*

"Somos parte de lo que perdimos"
Pascal Quignard










AVATARES*



La zozobra palpa el corazón
apabullado
enmarañado en celajes extraños


La cercanía distante, respirar casi el mismo aire,
caminar las mismas calles, sin que los pasos
lleguen al encuentro
hoy, el mismo viento que azota mi cara,
despeina tus cabellos


¡Oh!, los avatares de la ruta
y el laberinto en que estamos
sin darnos cuenta de que cuenta nos damos
del sarcasmo de las nubes
pone latidos enamorados al cuerpo
en el límite,
al cuerpo que cruza la frontera
entre ésta
y la otra vereda en la otra ciudad
de los túneles


¿cuándo florecerán las azucenas?
¿cuándo de tu boca un te quiero?
¿cuándo tu piel y la mía compartirán el lecho?


atroz, doliente en extremo
y casi burlesco ja, ja, ja...
poseídos del delirio
Lo siento, lo siento, olvidé que el amor es algo serio,
cuando llega a destiempo
cuando no quedan restos para vivirlo
cuando sólo llorarlo se puede


¿quién desata los nudos?
¿quién pone nubes rosas en el horizonte negro?
¿quién abriga huérfanas sandalias?


y la demencia anclada en la espera
golpea contra las paredes, ¡sí!, ¡sí!,
las paredes blancas, las paredes negras,
como tablero de damas antiguas
hacen eco en metálicas carcajadas
y devanan los algodones
los hacen polvo esparcido,
a nublar tus ojos
a mis ojos, llenarlos de cenizas,
ahítos de imágenes truchas
bailando sobre el iris calcinado por el frío


tus manos no tocarán las mías
tus labios no rozarán los míos
tu corazón, tu corazón
no latirá al compás que danza con la muerte
perdida en el limbo coherente de la locura


la oscuridad luminosa envuelve
tus huellas siguen su camino
las mías se detienen.



*De Ruth Ana López Calderón. Lopezcalderon20013@gmail.com

-Poema de su segundo libro "Sin óbolos para Caronte"






La mano en la palabra (Poetas con Ruth Ana López Calderón)*


El presente libro no es una antología al uso, pero bien pudiera serlo si tenemos en cuenta la calidad de los textos que lo integran. Nació de una idea simple: La de ayudar a la poeta boliviana Ruth Ana López Calderón a conseguir algo de dinero para el tratamiento y, si fuese posible, cirugía, de un tumor que padece. Contactamos con una serie de poetas del ámbito hispano y la respuesta fue casi unánime. Se unen aquí voces provenientes de muchos países: Argentina, República Dominicana, Puerto Rico, Venezuela, Cuba, México, El Salvador, Estados Unidos, Perú, Costa Rica, Colombia, Italia, Chile o España. De todas partes llegan esas voces, palabras unidas en un acto solidario, cantos para salvar una vida, versos que se convierten en un coro de manos alzadas con un objetivo común.


-Autores incluidos en el libro LA MANO EN LA PALABRA (poetas con Ruth Ana López Calderón):
Mari Cruz Agüera, Claudia Ainchil, Elvia Ardalani, Amelia Arellano, Elsa Batista, Rebecca Bowman, Gerardo Cárdenas, Teresa Coraspe, André Cruchaga, Daniela Cruz Gil, Marta Cwielong, Santiago Daydí-Tolson, Teresa Delgado Duque, Adriana Díaz Crosta, Alejandra Díaz, Jorge Etcheverry, Manuel García Verdecia, Beatriz Alicia García Naranjo, Sandra Gudiño, Irina Henríquez, Gabriel Impaglione, Susana Lizzi, Norma Segades Manias, Emilia Marcano Quijada, Anamaria Mayol, Juan Carlos Mieses, Daniel Montoly, Winston Morales Chavarro, Lilí Muñoz, Edgardo Nieves-Mieles, Aldo Luis Novelli, Eugenio Polisky, Sonia Rabinovich, Hugo Francisco Rivella, Juan Manuel Rivera, Kristal Riuno, Pilar Romano, Hernán Schillagi, Rosa Silverio, Nastia T, Jimmy Valdez Osaku, Fernando Valerio-Holguín, Paola Valverde Alier, Rubén Vedovaldi, Ayerim Villanueva, Cristina Villanueva, Paulina Vinderman, Sergio Borao Llop y la propia Ruth Ana López Calderón.


*Link para adquirir el libro:






INVENTREN




(De la Estación Casbas – Ferrocarril Midland)



De la fuerza del nombre*


*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com



I


El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: «¿Podés escribirme algo sobre Casbas?». El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: «¿Por qué no?», pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión.

Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: «¿Te llevo?». Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez —pienso confusamente— hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. «¿Qué es?», me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. «Te gustarán», le digo.

Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca.

Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan). Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.

Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.




II


Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia…). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: «Pero ¿Casbas de España o de Argentina?» digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido, y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.

Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: «¿Acaso quieres tomarme el pelo?». Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. «¡Poeta!» dice él. «¡Poeta!» repite. «No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza». Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: «Ahora lo veremos». Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.

Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, «¡qué linda era!», exclama. Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo. La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren... Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: «...yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes. En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria... Nuestra patria» se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. «Y, entonces, de pronto, llegué aquí»  dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. «De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora. Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces».

No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.





***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

GONZÁLEZ RISOS. 

PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO. 

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



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Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar


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