Tuesday, August 04, 2015

LA ESPALDA DE LA AUSENCIA...


* "TANGO ALADO" Obra de Griselda Roces.







TANGO…. Ella *



Rasguña provocadora
la espalda de la ausencia
y desarropa el compás

Grita
y aúlla el bandoneón en celo
desafía la danza
que traza con despecho
el que robó tu nombre

Despojada de lo humano
humo espeso
abrazo cruel
huesos
cobardes

Tango

Taco de terciopelo
que hunde todas las palabras
negra la noche
y la cinta que hace cerco
en la cintura
roja la boca
sangra
sobre el escote.


*De Griselda Roces. griseldaroces@hotmail.com








LA ESPALDA DE LA AUSENCIA…







Secreta ofrenda*


Con la prestada luz
de un antiguo recuerdo
que conserva aún
su claridad meridiana,
avivo cierta hoguera
que se niega a morir
de escarchas, acosada.
En secreta ofrenda
se retraen
los bordes punzantes
de la noche, se quitan
se alejan. Ya no hieren.

El ritual comienza si la piel
reclama su sed
si la sangre acelera el pulso
cuando el recuerdo impera
y puedo volver a amar
como la vez primera.

En secreta ofrenda.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar










Historia del durmiente despierto*



*De Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com




Con calma, casi con familiaridad, tomándolo en sus manos
comprendió la profundidad de los sueños y la suerte de las lágrimas.
Estaba a punto de besarlo cuando recordó la advertencia del ángel Gabriel:
– Si entras en este sueño, Amaril, dejarás de soñar.

Mario Satz  “Azahar”





Uno


Al inicio de la tarde tuvo ganas de fumar.  Tomó la pipa de agua y distrajo la mirada en el humo que salía de su boca y que formaba nubes amarillas, ámbar rescatado del cielo  Abou-Hassán, comerciante de seda y dátiles, recordó el verso del profeta: “El mundo es una gota de agua, el azahar que se desvanece en el tiempo”.  La aspereza del tabaco le devolvió las fatigas del viaje, la imagen de un ave teñida de rojo; un aleteo que le transmitía una somnolencia pegajosa, producida –tal vez– por una comida abundante.  Sus labios exhalaron una tenue colina de humo, la última.  Afuera, el harmattan –producto del invierno sahariano– soplaba del noreste, bajo su influjo la corteza de los árboles se agrietaba y las plantas desvanecían sus colores.  En las noches, Abou-Hassán acostumbraba subir al torreón en el centro del patio para vigilar los diminutos reptiles que salían de sus madrigueras en busca de presas.  El torrente de huellas dejado en la arena recordaba el tránsito de las estrellas y en las mañanas el desierto parecía una superficie viva, surcada por venas.  Abou-Hassán regresó al diván, dejó escapar un bostezo, se tapó con una manta de pelo de cabra y durmió.





Dos


Abrió los ojos.  En los párpados pudo sentir las patas heladas de un par de mariposas blancas.     Un poco de aire frío se filtraba bajo la puerta, traía los restos de una canción, la gesta de los amantes, sus besos de humo.  Pidió vino de dátiles pero sus sirvientes no acudieron.  Repitió el llamado en vano.  Al fondo del cuarto bailaban sombras.  El ritmo de una respiración removía el silencio, hacía temblar las sombras como a las hojas de un árbol.   Abou-Hassán examinó su cuarto y descubrió varios objetos de madera, nuevos a su vista y oscurecidos por el tiempo.   Ánforas y vasijas se alineaban sobre una mesa baja.  Cuando volvió la mirada encontró que la luz incidía en las sombras y les daba forma.  Así, una mujer surgió de la penumbra, sin reparar en él, alcanzó uno de los recipientes, le quitó la tapa y revolvió el interior buscando las hojas de naranjo que Abou-Hassán usaba para el té.  Las pulseras en sus brazos tintineaban.  Sus ojos eran brillantes y negros; manojos de arrugas permanecían estancados en la frente y en las mejillas.  Quiso preguntarle qué hacía en su cuarto pero no se atrevió.  La luz se movía por el piso, entretenida en el vislumbre del fuego descubrió por accidente más objetos: un sillón encorvado, cojines dispersos en las esquinas, repitiendo en sus arrugas lejanos vestigios de hombres.  Un gran espejo duplicaba paredes, encaminaba al mundo a una consistencia de naturaleza muerta.  Abou-Hassán se levantó, pasó junto a la mujer que lo miró en silencio y contempló su reflejo con perplejidad infantil, le hizo votos solemnes.  Un examen más detenido reveló que la superficie no era inerte sino que se esforzaba en imitar la piel del invierno, sus formas de agua.  Se miró hasta observar que el reflejo envejecía, como si el tiempo pasara de ave en reposo a una en continua migración, entretenida en las líneas de su rostro y  pensó –en el desfiguro– que su memoria comenzaba a inventar.  Sintió oleadas de vértigo.  Advirtió una revuelta de lunas en el techo.  En los ojos duplicados manaban transparencias.  Abou-Hassán intentó hablar pero una voz le murmuró que aún no estaba preparado: su mente era demasiado elemental para la fantasía, su pensamiento el torpe dibujo de un niño.  La somnolencia volvió; el sopor fue un vaso de agua rebosante.  Bostezó.  La mujer lo guió con calma al diván.  Volvió a dormir.






Tres


No supo cuánto tiempo había pasado.  Esta vez no quiso abrir inmediatamente los ojos sino que se mantuvo atento en su oscuridad, expectante.  Afuera seguía la inmovilidad de la tarde, recorrida por instantes de frío.  Podía escuchar la pesada respiración de los camellos, los hocicos abrevando en las tinajas del patio: las fosas nasales se dilataban y de ellas emergían vahos circulares que al elevarse en la tarde adquirían una intensa luminosidad verdosa.  Abrió los ojos.  El remedo de una nube dejó en las ventanas su impronta de humedad y río.  Se apoyó con dificultad sobre los codos: brazos y piernas estaban entumecidos.  En el desconcierto pensó que había dormido largo tiempo, que diminutos insectos se reproducían en sus articulaciones.  La mujer seguía en el cuarto, esta vez acompañada por una joven.  Abou-Hassán alzó la cabeza para verla mejor: estaba ataviada con un sencillo vestido de algodón, de mangas largas, sin ningún estampado.  El cabello castaño –suelto y largo– oscilaba en la mitad de la espalda.  Observó con detenimiento la redondez de los hombros, el largo perfil del cuello iluminado tenuemente por los restos de luz esparcidos en el suelo.  Apretó los párpados al sentir un montón de plumas flotar en su cabeza.  La joven se acercó a él, sonrió mientras detenía una mano tibia cerca de la barba.  Movió ligeramente el cuello, lo suficiente para que la luz ascendiera en el rostro y los ojos se volvieran profundos y acuosos.  Un lunar  sobre la ceja derecha brillaba en la penumbra de la frente.  En su mirada habitaba la seda y el olvido y esa deficiencia en la memoria la tornaba vulnerable, dispuesta a los espacios blancos.  Abou-Hassán se preguntó por el origen de la sensación voluptuosa que lo envolvía y que al no poderle darle cauce se transformaba en un sentimiento de tristeza.  La mujer habló:

–Al fin abres los ojos.

–¿Qué hacen aquí?

La mujer fingió no oírlo y encendió un brasero.  Hilillos de humo buscaron el techo.  Las aletas de su nariz se dilataron al recibir el olor que despedían las hojas de naranjo.

–Has tardado mucho, debes estar cansado –dijo con afabilidad mientras tomaba un cuenco y lo llenaba con agua –pero no te preocupes, pronto te recuperarás– las hojas de naranjo se ablandaron al contacto con el agua, le dieron tiempo para mirarlo, retrasar las palabras como si encontrara un placer secreto en ellas

Abou-Hassán se estiró para desentumecerse, dedicó unos minutos a justificar un desvío de la mente, la posible alucinación del tabaco; aunque la fatiga en los miembros –perenne desde que había abierto los ojos– le sugirió una larga caminata, la pendiente de la locura, el combate prolongado contra las arenas viscosas del sueño.

–Estás despierto, muy despierto –dijo la mujer con una sonrisa.

Con el sonido de la última palabra llegó un alivio prematuro: la voz perduraba con una sabiduría lejana, tal vez antigua, que unida a la reiteración de su vigilia le obsequiaba liviandades, el poder de controlar el agua.  La mujer se sentó junto a una mesa, con gesto cansado limpió las hojas de naranjo restantes; el cuerpo de la luz, en medio de sus manos, se esparció en la vejez de la madera, la volvió el fragmento brillante de una playa.  Abou-Hassán recordó las playas de su infancia, verdes y azules, repletas de caparazones abandonados.  La joven, asombrada, acercó las manos al fuego que reaccionó con azules y ríos de chispas.  Burbujas emergieron de inmediato en la superficie del cuenco, se reunieron en una espuma compacta que recordaba la molicie de los barcos.  La mujer se sentó, entrelazó las manos sobre el regazo mientras el humo del brasero terminaba de envolver el cuenco.  La joven lo contempló con curiosidad, al flexionar las piernas el vestido había subido unos centímetros dejando al descubierto sus pies calzados con sandalias púrpuras, decoradas al frente con pavo reales en vuelo; pulseras plateadas alrededor de los tobillos.  Los pájaros, antes ruidosos, se mantuvieron en silencio, esperando el ocaso en las ramas de un pino.  Abou-Hassán entreabrió la boca, varios puntos de humedad se acumularon en la frente, uno de ellos se separó del resto y descendió con pereza hasta la mejilla.  La mujer retiró el cuenco del fuego, las burbujas perdieron fuerza y culminaron su alboroto con un siseo apagado.

–Té de azahar, te quitará la somnolencia.

–¿Estoy en mi casa? –preguntó Abou-Hassán, esmerado en recuperar una certeza que se le escapaba.

–No... vienes de muy lejos –le respondió mientras soplaba al cuenco y la superficie del agua se estremecía entre delgados brazos de humo.

Abou-Hassán enderezó la cabeza.  La mujer inclinó el cuenco sobre su boca, la mano temblaba y en el temblor las venas azules que descendían a los lados se abultaron, invadidas de pronto por diminutos ríos de sangre.  Bebió con la mirada fija en sus ojos.  El té recorrió su garganta dejando una cadena de palpitaciones.  Una oleada de calor bajó por su pecho, diseminó el aire frío entre sus pies.

En medio de mareos se sentó en el borde del diván.  La habitación parecía distinta a cada momento: las vigas del techo eran imprecisas en sus colores, los motivos geométricos de una alfombra mudaron a las paredes, el polvo que flotaba y se hacía turbio recordaba un banco de arena submarino, agitado por la tormenta    La joven, después de pasearse por la habitación, de observar el frágil pabilo de una vela como si no lo comprendiera del todo, le tocó la frente.  El contacto prolongó una extraña sensación de pesadez que culminó con un bostezo, ella pareció darse cuenta del efecto que causaba y se volvió, al hacerlo, la cinta que ceñía el vestido al cuerpo quedó flotando un instante y al descender se atoró en la esquina de una mesa; la inercia del movimiento hizo que la cinta se desanudara y el vestido resbaló lentamente por el talle hasta yacer en el piso como una segunda piel abandonada, aún con restos de perfume en las costuras.  La joven dejó que el resplandor de las ventanas descubriera el relieve de las costillas, el suave hueco del ombligo que parecía alargar la parte inferior del torso.  Se acercó a él con una sonrisa calma.  Abou-Hassán rodeó con el dedo índice la incipiente rigidez del ombligo, usándolo como pretexto para aventurarse a la extensión cercana a los senos.  Varios lunares desperdigados en el vientre le recordaron granos de arroz, arrojados al azar en una planicie nevada.  Extendió la mano y sintió escalofríos cuando sus dedos llegaron al espacio entre los senos y cruzaban con un ligero temblor la breve línea de sombra que se desplazaba entre ellos.  La joven respiró profundamente, pudo sentir cómo su respiración se trasladaba a él, cómo se tensaba un momento, guardando impulso, como si tuviera que esperar algo, quizás una palabra desconocida, aguardando ser dicha por cualquiera de los dos.  La mujer asistía la escena con ojos quietos, los labios apretados y firmes.  La joven le ofrecía su cuerpo desnudo como una historia latente, en espera de ser escrita para así poder ser fuente de otras; historias tristes, historias contadas una y otra vez hasta lograr que las palabras perdieran paulatinamente el significado y el perderse en ellas fuera algo inevitable.  Mientras su mano derecha vagaba por las caderas imaginó que el vestido no se había enganchado por accidente, que todo, desde las palabras intercambiadas, hasta la mano de ella que ahora bajaba para guiar la suya a la zona interior de los muslos, había sido ensayado meticulosamente.  Imaginó a la joven repitiendo frente al gran espejo cada uno de los movimientos que formaban parte de esa puesta en escena; una coreografía que ignoraba, pero que después, al tomar conciencia de la importancia de sus palabras, de su peso específico, se obligara a adoptar una sabiduría escondida y engañosa.  La trató de encontrar mientras las manos, enlazadas, volvían a subir por las caderas, como si la primera exploración no hubiera sido suficiente y necesitara reafirmarse en la invención de formas circulares sobre el vientre.  Abou-Hassán vio a la joven en la pausa de la madrugada, con la luna roja en la cara, imaginándolo a él y a la estela de frío dejada en su piel cuando por fin el vestido cayera.  Se vio ignorante, atenido al tacto de las manos que, unidas, parecían ser las de una persona dependiente de impulsos largos, uniformados en el deseo.  Su ignorancia le hizo sentirse como un impostor, alguien sujeto al azar de las tormentas de arena y que trasladado a un escenario desconocido sintiera la falsedad de una vida para la cual aún no estaba preparado.  La joven pareció entender su inquietud y estrechó los ojos dándole a entender que era el indicado, que la incertidumbre cedería con el tiempo, la torpeza de sus manos estaba a salvo en las suyas.  En medio de la confianza pudo intuir un engaño sutil, aludido en el aura de frío que perduraba y que parecía bosquejada por una inteligencia tenaz e inexperta.  Las puntas de los dedos humedecieron el inicio del sexo, y cuando llegaron a su depresión se separaron, comprendiendo que su llegada obedecía a una búsqueda individual.  La joven cerró los ojos para seguir a ciegas el endurecimiento de los muslos, de los senos.  Abandonada, acercó la boca esperando un beso.  Juntó los labios.  Abou-Hassán trató de encontrarla pero los labios se hacían de aire y las mejillas perdían consistencia hasta dejar juegos de luz sobre la piel.  La respiración de la joven se perdía como el viajero que se obstina en un imposible laberinto.

–¿Qué pasa? preguntó Abou-Hassán a la mujer.

–Ella está de paso.  Mira, ahora está por despertar.

La joven fue invadida por fragancias dulces, fosforescencias amarillas.  Sus ojos se llenaron de nubes y un poco de azahar impregnó el lugar donde habían estado los labios.  Aún pudo verla, estremecida, como si presintiera la ilusión del invierno, como si su perfil fuera el cuerpo de una llama y alguien, en secreto, intentara apagarla.  Antes de desaparecer dirigió una mirada de sorpresa a su alrededor.




Cuatro


Consumió las horas obstinado e insomne.  Recorrió salones, fatigó el movimiento de los pájaros y el transcurrir de los relojes.  La mujer le advirtió la inutilidad de sus esfuerzos, le explicó que ese sueño en particular no era pausa ni arribo, sino un punto de partida interminable; él –como ella– tendría que afrontar la postergación, la espera de otros viajeros, espejismos que al desvanecerse lo recordarían con la vaguedad de un trazo borroso.  Uno de ellos, cuyo sueño tuviera la lucidez suficiente, sería su reemplazo.  Al acabar su explicación, con gesto satisfecho, se desvaneció.  Abou-Hassán no le hizo caso y siguió alumbrando los rincones con lámparas de aceite, vigilando el polvo de los corredores.  Al tercer día, derrotado, fue por la manta de pelo de cabra y durmió; pero cada vez que abría los ojos no podía despertar y pasaba de un sueño a otro, como quien recorre las habitaciones de una mansión infinita.




*Texto incluido en “El caso Max Power y otros cuentos”,  de Alejandro Badillo, publicado por Aurora Boreal.











LATIDO*


Desata todos los nudos esta noche
por cábala
y libera los rehenes del sueño.
No hay más nada que tejer,
sólo conjeturas.


*De Griselda Roces. griseldaroces@hotmail.com











Su piel *


Su piel hosca geométrica abandonada de caricias escarlatas, cual una hoja de otoño respiraba escuetamente.
Un cerrojo yacía en su pubis cercenando estallidos en reactivas circunstancias.
Su rostro veteado de cicatrices de ausencias, padecía miradas.

Pero:
Una tarde encendió el deseo de ser conquistada.
Es que surgió un explorador con sabias palabras de doctorado.
Fue delineando su silueta, en volumen, sensibilidad, confianza.
Su epidermis rígida y rugosa, fue tornándose flexible, húmeda, traslucida.
En silabas y en vocales fue abriendo a la aventura., tibia casi propasada.
Pues su voz tranquila le musitaba, reconciliándola en el edén de semillas encapsuladas.
El ilustradamente fue despacio iniciando la entrega, con uvas y arándanos atrevidos.

Ella sucumbió en sus bálsamos sin resistencia.-











El lector*



La mujer se extiende como un libro. Se va hacia adentro, él la mira, le prende ojos en el desliz de la línea cuando se curva. Ella se parte en ángulos a golpes de miradas, fosforece. Quiere ser un libro que él leerá y en el que él hará marcas. El señalador es la escritura, la palabra. No hay cuerpo sin palabras. Un idioma se busca, se articula en el borde. La mujer sin saberlo tiene la historia de la literatura en la piel, la Biblia que no leyó. Es Sara dándose vuelta, Madame Bovary, una Lolita, princesa en la torre del castillo, la isla desconocida, Es Nora, una virgen, Cordelia, Lilith, la Malena del tango, una Dulcinea imaginada, Medea y la Medusa, Ariadna generosa en los hilos y las chicas de Flores cortándose en pedacitos para ofrecerse a los ojos  de los hombres. La voz es una mirada, los roces escrituras. Ella tendida entre los siglos, espera su lector. El cierra el libro que leía antes de desear leerla a ella. El libro que tenía abierto él con un símbolo que le decía "sos esto".

Ahora  se deshacen las certezas y esas dos lenguas se mestizan, escriben.

Saben el comienzo y nada más. La cortina se cierra como el libro y ellos balbucean en el intento de decir lo imposible.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar










NAUFRAGIO*


“Pero soy solo un hombre más. Cansado de correr en dirección contraria, sin podio de llegada.”
BERSUIT VERGARABAT


Muchas veces, sin darnos cuenta mordemos las ventanas.
Esa vieja costumbre de vivir con las puertas de luto.
Sabemos cual es el punto de partida, imperceptible sucesión de días.
Alguna vez reconocemos rostros y saludamos a la pólvora y al libro.
Pero las cosas ocurren en dirección contraria al viento.
El recorrido es largo y el tiempo de la oruga, muy corto.

Y ahora aquí, en esta calle – que sigue siendo mía-
Con un tiempo de horas que no son mías.
Extraño modo de poseer la hora que pasó.

¿Hay olvidos posibles con los brazos en cruz?
Hay días, solo días que nos van disgregando.
Creía que en la extrema distancia nos reconoceríamos.
Pero lo oculto, lo secreto, lo escondido. Lo increíble.
Es descubrir que la chicharra vive bajo tierra.
Y aun en el llano el naufragio fue posible.

A veces las cosas acontecen y es difícil parar, es difícil correr.
Es difícil… difícil… es difícil llorar cuando no llueve.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar









La otra confesión*


*Por Guillermo Camacho. info@auroraboreal.dk



¡Lo estamos observando!
Esas tres palabras, simples pero contundentes, estaban escritas en una caligrafía perfecta y con un estilógrafo de los de antes. La nota del papelito amarillo venía pegada a la carátula de la última versión del folleto sobre Acoso Sexual que había publicado la oficina unos años atrás.
¡Me quedé helado!
Tuve que sentarme y volver a leer pausadamente la nota.
Me volvió a parecer que las tres palabras eran categóricas, concluyentes.

Todo había pasado muy rápido en los últimos diez días. Esto era curioso, porque si hay algo que caracteriza a nuestra institución, además de ser tal vez la mayor organización internacional del mundo, es la lentitud en el ritmo de las acciones y la toma de decisiones. Dos semanas atrás se había decidido que mi división se mudaría tres pisos más arriba, a las antiguas oficinas del departamento de recursos humanos. A ellos los habían trasladado a un nuevo y hermoso edificio frente al río, donde también estaba ubicada la Secretaría General y los Consejos Generales, de Seguridad, Económicos y de Administración.
Me olvidé por completo de que a la mañana siguiente partiría en misión a un país caribeño. Estuve fácilmente media hora sentado, revisando mis veintitrés años de servicios en la organización. Repasando cuidadosamente episodios que pudieran ser la causa para que hubiera recibido aquella nota insinuante y atrevida con el folleto de pautas y comportamiento sobre Acoso Sexual. Aquel documento ya tenía sus años. Había sido presentado como parte de una serie de manuales sobre formas de actuar y seguridad después del ataque a las Torres Gemelas. Pero todo eso era pasado.
Sentado en aquella silla de mi nueva oficina, aún con la piernas temblorosas y la boca reseca, me vino a la memoria mi época de estudiante universitario y las apasionantes discusiones sobre la conciencia moral. Me enfrasqué una vez más en el concepto de que ciertas personas observan una determinada conducta moral y que otras se conducen de forma inmoral.
Pero yo, ¿cuál principio moral había violado?
No encontré en el archivo de mi memoria durante los años de servicio ningún acto que mi conciencia rechazara. Ninguna obligación a reparar algún mal. Aquella reflexión ayudó a que mis piernas dejaran de temblar, la saliva me volviera a fluir humedeciendo mi boca y la temperatura de mi cuerpo subiera otra vez. Descubrí con placer mi reflejo en el vidrio de la ventana. Ya no estaba lívido. Terminé de desempacar cajas, agarré mis notas para el viaje y me fuí al Caribe a mi misión de trabajo.
Las dos semanas de trabajo en el Caribe fueron intensas, pero gracias al clima tropical marítimo de la isla, que en esos días estuvo influido por unos vientos agradables, y su rica comida, una mezcla de sabores del África y de la India, me hicieron olvidar por completo el papelito amarillo con sus tres palabras contundentes.
Regresé del Caribe a mi nuevo despacho. A pesar de que lo encontré en orden -ya todo el equipo se había mudado a sus respectivos cubículos y lentamente cada cual empezaba a agregarle ese toque personal que humaniza la oficina-, había algo extraño en el ambiente que no pude identificar.
Tal vez al único que le noté un aire distinto, algo nervioso, fue a Huguito, el empleado de menor rango de mi unidad. Lo conocía de antaño. Huguito había estado encargado durante los últimos veintisiete años de los aspectos logísticos de mi unidad, llámese boletos aéreos, suministros de papelería, mantenimiento de fotocopiadoras, el café y hasta las flores de la sala de reuniones por mencionar tan sólo algunas de sus tareas más evidentes. Era querido por todos. Algunos incluso lo apodaban cariñosamente Don Hugo, porque efectivamente era un as para hacer milagros y solucionar problemas de última hora. Y gracias a Huguito siempre quedábamos bien. Con las mujeres del equipo era detallista, especial. Todo un caballero. Se acordaba de sus cumpleaños, les hacía favores personales. Realmente un gran elemento en el grupo. Estuve tentado de preguntarle qué le pasaba, pero me contuve concluyendo que debía estar exhausto después de la mudanza, porque éramos diez y seis hombres y diez y ocho mujeres en toda mi unidad. Supuse que durante mi viaje en misión al Caribe todos habían abusado de sus favores.
Para sorpresa mía, a los dos días de mi regreso Huguito me pidió audiencia. Al entrar a mi oficina se disculpó por interrumpirme, cerró la puerta y me aclaró que me iba a hablar como amigo y no como subalterno.
- Doctor llevo quince días que no pego un ojo, me dijo cuando se desplomó en la poltrona de cuero de mi despacho.
Su cara estaba demacrada. Unas bolsas debajo de los ojos daban fe de que llevaba días sin dormir. Su respiración estaba acelerada. Empezó a hablar, pero a la segunda palabra se deshizo en un llanto que me asustó. Lo dejé llorar en silencio, temiendo que me iba a anunciar lo peor, mientras le servía un poco de agua. Me juró por sus dos hijos a quien yo conocía desde el nacimiento que él no había hecho nada de mala intención. Él era incapaz; y a estas alturas de la vida, si llegaba a perder el puesto sería el fin. Todavía le quedaban doce años por pagar de la hipoteca de la casa. El menor acababa de empezar en la universidad. A la mayor le faltaba un año para graduarse de profesional. De hecho, me había nombrado padrino indirecto de la hija mayor. Me recordó el esfuerzo monumental que estaba haciendo por educar a los hijos, por darles una educación para que tuvieran un futuro mejor que el suyo, que aunque no se quejaba porque el salario era bueno, no le deseaba a los hijos que se quedaran sirviendo el café o preocupados porque el papel para las fotocopiadoras no había llegado a tiempo.
Dijo muchas otras cosas, algunas incongruentes, pero se detuvo y me miró fijo a los ojos cuando me confesó que las palmaditas en las nalgas que le daba a la secretaria de Sandro Trombatore eran de puro cariño. Después de esa confesión le volvió a dar rienda suelta al llanto.
Cuando se calmo abrió el puño y me lo mostró:
Un post-it de color amarillo, arrugado, con tres palabras simples pero contundentes escritas en una caligrafía perfecta y con un estilógrafo de los de antes:
¡Lo estamos observando!
Volvió a llorar a moco tendido como un niño indefenso mientras se le retenía la respiración y se ahogaba en unos suspiros. De repente dijo:
Este post-it me llegó pegado a la carátula del folleto de Acoso Sexual. Pero le juro Doctor que mis palmaditas en las nalgas de la secretaria del Doctor Trombatore son inocentes. ¡Si ella podría ser mi hija!
Cuando Huguito se volvió a calmar me pidió que intercediera ante los grandes jefes. Es más correcto decir que me rogó que abogara por él. No lo podían botar. Confesó que sí era cierto que cuando subía el papel de las fotocopiadoras hablaba con los otros empleados de las piernas de la Doctora Pinto -porque efectivamente las tenía muy buenas- pero que era ella la que le pegaba el culito en el ascensor cuando iba lleno. Él nunca le había dicho nada porque suponía que desde que el italiano la había dejado plantada a la Doctora Pinto le debería hacer falta un macho en casa. Además, él entendía que ella con la cara insinuaba que sí le gustaba ese roce del ascensor. Antes de dejar mi oficina y obligarme a jurar que intercedería por él ante la administración, aceptó que había tenido una aventura con una secretaria, pero que eso había durado unos pocos meses y sólo en una ocasión habían hecho el amor en las oficinas. Además recalcó que esa aventura no valía porque por aquellos años no existía el tal folleto de Acoso Sexual.
La historia de Hugo me dejó perplejo. No pude concentrarme en toda la mañana. Decidí salir a almorzar más temprano que de costumbre. En el ascensor me encontré con Roda, quien me preguntó si me importaba que fuéramos a comer juntos. Quería comentarme algo, pero como yo había estado en misión en el Caribe no había tenido oportunidad. Sugirió que no comiéramos en la cafetería del edificio porque lo que me iba a comentar era delicado y prefería un lugar más discreto y alejado de la oficina. Dijo que él invitaba. Me llevó a un restaurante costoso que usamos cuando tenemos invitados importantes. Ordenó una botella del mejor vino blanco sin preguntar y a pesar de que yo le dije que tenía que volver en la tarde a trabajar a la oficina.
No he hecho nada en toda la mañana. Tengo que volver a terminar el reporte del viaje al Caribe, pero no me escuchó. Cuando iba por la mitad de la botella, ya tenía las mejillas rojas y se había fumado cuatro cigarrillos desde que habíamos llegado, le pregunté:
Bueno Roda, ¿de qué se trata la vaina?
Después de un rodeo, en el cual me dijo que yo sabía que él era un verdadero amigo mío, que podía confiar en mí, que nuestras esposas también eran buenas amigas y que no era sólo porque jugaban al tenis juntas desde hace tantos años, tenía que confesarme que llevaba tres años enredado con la uruguaya de la unidad. Que no pensaba separarse porque eso destruiría a su señora y que él no pensaba dejar a sus hijos. Pero que tampoco estaba en sus planes dejar a la uruguaya. La uruguaya y él habían encontrado un equilibrio que no molestaba a nadie. Sólo se veían cuando estaban juntos de misión en el extranjero y que cuando volvían muy rara vez se veían por fuera de la oficina. Tomó una copa de vino de un sorbo y sacó del bolsillo de la chaqueta un papelito amarillo en el que pude leer claramente:
¡Lo estamos observando!
No había duda. Aquel post-it amarillo también había sido escrito con un estilógrafo de los de antes y con una caligrafía perfecta. Era contundente. Lo volví a leer en silencio y muy despacio. Una vez más me volvió a parecer categórico y concluyente.
Viejo, me dijo cariñosamente, llevo noches sin dormir. No me puedo concentrar. Me irrito por cualquier cosa. Stella se huele algo pero eso lo resuelvo yo. Lo que me tiene preocupado es este papelito de mierda que me llegó con el folleto de Acoso Sexual. Lo curioso es que nadie lo sabía en la oficina. Hemos sido muy cuidadosos conociendo las reglas. Alguien nos tuvo que haber delatado. Algún envidioso. Alguien que no tolera que tenga de amante a una uruguaya quince años más joven que yo. Tal vez es Lucía la del Consejo de Seguridad. Ella quiso tener algo conmigo pero yo la rechacé. Pero ahora creo que ella nunca lo superó y se está vengando. ¡Viejo me tienes que ayudar si hay una investigación!
No me quedé a tomar el café. Inventé cualquier disculpa y me fui asqueado. Desilusionado, sorprendido de mi ceguera. Mi incompetencia quedó demostrada. Durante las siguientes semanas el ambiente de la oficina empeoró. Catorce de los diez y seis hombres de mi unidad desfilaron por mi despacho con diferentes pretextos, pero todos confesaron un mismo delito. Por supuesto que hubo variaciones en los personajes, y en un caso, uno de los personajes era elemento central de varias historias simultáneamente; pero el delito y el detonante fueron siempre el mismo: una nota escrita con un estilógrafo de los de antes en una caligrafía impecable con tres palabras contundentes pegada al viejo folleto de Acoso Sexual de la oficina:
¡Lo estamos observando!
Todos de una u otra forma me pedían lo mismo, que abogara por ellos ante la administración central en el caso de que hubiera una investigación. El único que no había pasado por mi oficina era Sandro Trombatore. A Sandro lo conocía desde la época en que fuimos a Columbia e hicimos un posgrado juntos. Luego el destino nos volvió a juntar en la misma oficina. Desde entonces habíamos consolidado nuestra amistad. Estaba tan decepcionado de todos que no le quise comentar el asunto. Estuve tentado, pero lo vi tan contento y alejado de esa problemática decadente de nuestra unidad que no quise contaminarlo con ese ambiente negativo. Aunque debo confesar que sí le di tiempo, pues para ese momento estaba convencido de que todos los hombres de la unidad, incluido Sandro, habíamos recibido el famoso post-it con las tres palabras.
Pero Sandro Trombatore nunca se presentó en mi oficina. Y en cierta forma fue un descanso para mí. Al menos otro que podría decir que también tenía la conciencia tranquila.

La noticia de la muerte de Huguito nos llegó como un bombazo. Se desplomó una mañana en la sala de las fotocopiadoras. Un infarto fulminante acabó con él. En el entierro su mujer me confesó que su marido llevaba más de un mes sin dormir, preocupado por algo que nunca le quiso confesar.
Volvimos del entierro. Sandro vino a mi oficina a subirme la moral porque me vio muy afectado. Me dijo que esa era la vida, que es corta, que hay que gozarla, que hay que disfrutarla mientras tengamos salud. Que jamás hay que perder el sentido del humor, porque si no le puede pasar a uno lo mismo de Huguito. Quedarse tieso cuando uno menos lo espera. Que había que tener filosofía de vida.
Entonces me confesó la travesura. El día de la mudanza se encontró en su oficina con una pila de dos mil folletos sobre Acoso Sexual que los del departamento de recursos humanos nunca quisieron llevarse a pesar de que se cansó de pedirles el favor de que vinieran a retirarlos. Mientras yo lo miraba atónito me dijo:
Caro, imagino que los has visto. Es un folleto hermoso de cuatro páginas de instrucciones y pautas sobre lo que no se debe hacer y sí se puede hacer. Están impresos en ese papel semi mate fino. Cuando estaba a punto de tirarlos se me ocurrió la idea y escribí diez y seis notas. Hasta te mandé uno a ti.
¡Lo estamos observando!
Pero definitivamente parece que en esta oficina ya nadie tiene sentido del humor porque hasta la fecha de hoy absolutamente nadie me ha hecho un comentario al respecto. Ni siquiera tú, pícaro, que te conozco todo el recorrido.
Luego soltó una carcajada homérica que aún estoy escuchando en mis oídos.



*Guillermo Camacho escritor colombiano. En la actualidad reside entre Dinamarca y España.







INVENTREN


(De la Estación San Fermín – Ferrocarril Midland)

SAN FERMÍN*



No hay nada que hacer aquí, ni toros ni plazas atiborradas, ni caballos enjaezados ni toreros de brillo y coleta. Nada de nada aquí. Una estación, vías brillantes, la sombra inexistente de una zorra que se atisba por el rabillo del ojo.
Una zorra que avanza por los rieles si una está descuidada y mira un poco al costado, un poco al horizonte, un poco así mirando sin mirar con la típica expectación de quien atrapa fantasmas sobre fotografías desvanecidas.
No multitud, no agitación, no clamores. Sólo dos hombres sudorosos y un tren que eternamente los persigue en un sueño, acaso en una pesadilla, en la zona que es la zona, ese lugar alejado de la realidad y sin embargo tan allí, tan aquí, tan próximo.
San Fermín y la resonancia del nombre pero ni banderillas ni trajes de luces ni rosas rojas entre los dientes apretados. Ni una trenza moruna, ni un tablao ni un atestado lugar que huela a circo y a muerte roja sobre negro.
Solamente estos rieles relucientes que trazan las paralelas eternamente unidas en un horizonte imaginario. Sólo esta planicie, esta llanura, estos yuyos repetitivos estos fantasmas que sudan, que mueven la zorra a riesgo de tren y a riesgo de desaparecer finalmente aplastados por el peso, el tremendo peso del firmamento que vira al violeta.
Por qué San Fermín. Aquí, en medio de la América. Por qué el recuerdo borroso de santos católicos, de iglesias barrocas, de cuerpos torturados de santos de imaginería en madera policromada y ojos vítreos para traer todito el dolor intacto, casi real. Por qué aquí, en medio de la nada es decir en medio de la América, este tren que no existe y esta estación sin toros, hecha de fantasmas y de la única zorra que se apresura en ese viaje eterno de llegar a ninguna parte.
San Fermín. Reloj detenido de estación abandonada. Fantasmas.
No hay toros aquí, ni toreros. Hay, si, la sangre en los rieles, la sangre y la agonía del toro es decir la muerte del ferrocarril. Y el inmenso el inabarcable el marítimo clamor de las multitudes rugiendo frente a la ajena muerte.
Ha muerto el toro de hierros y vapores de ollares sudorosos. San Fermín, señores. El carro lo engancha y arrastrando se lo lleva. Otros se regocijarán en la ignominia de celebrar sangres y derrotas. Cierro los ojos para no ver. Para respetar la muerte de rieles y edificio de cenefas airosas.
Al cerrar los ojos perdura apenas, allí entre las luces de párpados clausurados, la imagen de la zorra y los fantasmas. Nada queda de más. No hay nada, nada que hacer aquí.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com



Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

GONZÁLEZ RISOS. 

PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO. 

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



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