Sunday, November 29, 2015

HASTA QUE DEJEMOS DE SER INVISIBLES…


*Dibujo de Erika Kuhn.







El hombre invisible*



Más allá
del río
encontré
a un hombre
mirando
el agua.

“¿Ha oído hablar
de Trapalanda?”,
pregunté.

“Sí,
pero no la verá
nunca
hasta que
dejemos
de ser
invisibles.”


*De Robert Gurney. bob@verpress.com
-Poemas a la Patagonia, 2004 y 2009.












HASTA QUE DEJEMOS DE SER INVISIBLES…







La mitad de mi silencio*



Llévate la mitad de mi silencio.

Y al cabo de los días
-cuando tú lo decidas-
arrójalo a campo abierto
contra el verde,
contra el cielo
contra la línea azul del horizonte
hasta deshacerlo.

Tal vez elijas la hora mágica
-que la hay, te cuento-
en que Dios baja a buscar
los pensamientos de los hombres
para comprenderlos…

Llevaré en la garganta
la otra mitad de mi silencio.
Intentando decir lo que no puedo.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar
-De “Tiempo Alfarero”









*


¿Quien tiene
la llave de la celda
que está dentro de tu mano?



*De Valeria Pariso.
- “Del otro lado de la noche”, El Mono Armado.










La melancolía*



La melancolía - La niña era hermosa también,
Es para la gente grande – Afirmo con madurez.
La observé jugar, bajo la lluvia, entre tréboles,
intuí que en un rincón de mi certeza, ella reía.

Hay tormentas que son bocetos de la locura,
jirones de angustia derivando hacia el caos.
Como lágrimas en movimiento, como lluvia,
envestimos la tristeza y nos hacemos únicos.

Un día, casi olvide el sueño imposible de Dalí,
la pesadilla desierta del cazador de mariposas.
Soporte hasta el amanecer la espina en mi pie,
luego solo quedo el regusto a sal, en mi boca.

Muchas veces soy dueño, y a la vez prisionero,
de una serenidad, que en verdad, no dispongo.
ciertas veces el delirio está en otra parte, lejos,
detrás del maquillaje, perteneciente a otros.

Me dijiste que amanecerías desde el silencio,
aunque yo, agotado y dueño de mil sueños,
me durmiera ante de las lámparas del día.
No supe niña, si huías de mi o de tu sombra.

La melancolía - Escapo de mis manos la niña
la promesa, la sirena incauta, solo un sueño.
Debí lucir allí mismo el llanto en mis ojos,
el día aquel, en que llovió hacia los cielos.



*De Jorge Lacuadra. jorgelacuadra@hotmail.com









Hasta Luego*



La abuela se moría. Había entrado al sanatorio y sabíamos que de allí su única salida sería hacia la sala de velatorios. Estábamos tristes pero era muy anciana, el cuerpito abultaba ya lo que una niña pequeña debajo de las sábanas, la vida se le había dado con generosidad y la partida era dolorosa pero no trágica. Cosas que deben suceder, aceptábamos su pronto fallecimiento con esa facilidad que da la vejez, cuando esa vejez que justifica la resignación es de otro.
De las sábanas blancas asomaba la cara arrugada, unas manos pura vena azul y huesos frágiles. Cuando la ayudaba a incorporarse en el lecho, era tan leve. Molestaba el olor a comida hervida y el cloro de los pasillos, pero no parecía mal lugar para dejarse resbalar en la muerte. Estábamos todos, turnándonos para acompañarla, secretamente aliviados cada vez que finalizaban las horas estipuladas y no nos había tocado el momento aciago.
Yo, cada vez que sorteaba la puerta, sentía que había tenido la gracia de no ser quien recibiera el dudoso don de anotar la última imagen de vida y la primera de muerte.
Sabíamos que a lo sumo serían dos o tres días. No había retorno, y ella también lo sabía pero lo callaba para no apenarnos. Le comentábamos el cumpleaños del Juanchi, matizábamos la espera de lo inevitable narrando nimiedades y evitando alusiones al futuro.
Parece que si uno está enfermo de cáncer es algo superfluo enfermarse de otra cosa, resfrío por ejemplo. Nos han enseñado en la literatura que si una mujer sufre por su amado no puede justo en ese momento apretarse el dedo con la puerta. No es elegante, enturbia el relato.
Sin embargo la vida esquiva las sutilezas narrativas, y estábamos de duelo prefigurado por la abuela cuando ocurrió la muerte súbita de mi padre.
Víctima de un ataque cardíaco, mi papá, único hijo, debió ser velado antes que su madre. Eso no debía ser, no casa en la línea histórica que la madre sobreviva a su hijo, y que las muertes contiguas no guarden la lógica acostumbrada.
La familia se dividió entre el sanatorio y el cementerio, la abuela seguía con su tranquila agonía en la sala siete, maquillamos las lágrimas para que no tuviese que llorar al hijo. No le dijimos nada.
Con ingenuas poses actorales continuamos la farsa de lo cotidiano, esperando el final para poder entregarnos a los duelos. No fue fácil.
La ancianita se consumía, se apagaba modestamente. Le habíamos evitado sufrimiento, y eso nos tranquilizaba.
La mañana del último día mi madre entró a la habitación. Llevaba un camisón recién planchado, una botella de gaseosa, pilas para la radio que acompañaba el tiempo sobre la mesa de luz, una sonrisa impostada cubriendo su recién estrenada y todavía no asumida viudez. Esa noche había llovido, lo recuerdo, y sus zapatos hacían un ruido que sobre las baldosas imitaba el de las zapatillas de básquet en el piso de madera de una cancha.
Yo había velado el sueño de la abuela en una silla incómoda, había dormido mal, estaba un poco somnolienta y levanté la cabeza precisamente por el sonido deportivo de mamá. Me acuerdo. La abuela también abrió los ojos y habló con su vocecita temblorosa.

"¿Por qué no me dijiste que se murió el Cacho?" -preguntó.

Mamá se suspendió allí en el vano y me miró como retándome con los ojos; yo hice el gesto de que no, que yo no le había dicho nada.

"¿Por qué no me dijiste que se murió el Cacho?" -había preguntado.

Como no hubo respuesta agregó "esta noche vino el Cachito y me dijo viejita, la espero arriba".

Qué lástima haber estado dormida, me hubiese gustado despedirme de papá.



*De Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com












ALBEDRÍO DE URÓBOROS*


TESTIMONIOS

XVII


El mundo está muriendo.
Por la lepra del aire los nubarrones negros convulsionan pulmones.
Lindante a las estrellas pasivas y amarillas.
Donde oculta, el peligro, sus espasmos.
Bajo lunas de sangre y el frío que deviene en escarcha homicida.
Hay tributos de piel particulada fijando lazaretos debajo de las máscaras.
Y atrapado en su bóveda de aliento irrespirable.
Sostiene, hecho jirones, el seco carcinoma que horada las atmósferas a lo largo de roncos desamparos.
Acaso sus andrajos de sonrojos indiscrecionen junto a las purulencias.
Y sin decir palabra ultrajen el mañana.
Con una voz cobarde cual hojarascas trémulas.
Expectorando las expiraciones.
Extinciones.
Salvajes agonías.
Frente a su luz se funda la matanza.
Trinos aniquilados de gorriones asfixiados al borde de las lágrimas que no tienen clemencia.
Hombres, niños, mujeres, arrastrando pisadas entre el fango y extraviando las sendas del regreso.
Montando sobre grupas de jamelgos agónicos.
Clavando sus espuelas en los ijares yermos de los soles.
Cubriendo, a cielo abierto, sus pecados.
Sus culpabilidades indigentes.
De belfos sucios.
De ojos asesinos.
Y cascos extenuados hacia los horizontes de jadeos sangrientos.
Corriendo como nunca.
Desbocados.
Absurdos.
No dejan más que llagas ante sus estertores.
Solamente plegarias, infecciones y el enflaquecimiento de la tisis.
Simplemente leprosos mascarones navegando los mares de la muerte.
Únicamente olvidos perentorios, penetrando las hojas de los fresnos con sus lloviznas breves y salobres.
Encarando al silencio.
Contra la soledad
Desde las sombras agrias de la noche.


*De Norma Segades Manias. segadesmanias@gmail.com











CIUDAD HABITABLE
PROYECTO
1958*



Sería bueno saber
de qué sombras hablamos,
de qué sueños,
de qué gritos,
de qué accidentes luminosos
hablamos.
Todos los terrenos vacíos tienen
el mismo aroma a vida,
la misma extraña ilusión;
todos los proyectos
son eso:
una proyección
de nosotros en nuestras ideas,
de nosotros en nuestro reflejo del mundo.
Pero hay mucho más
que papeles en el escritorio del olvido
y planes
en las mentes más severas.
Hay otro objetivo en la utopía
además de tejer redes,
además
de bombear nuestra sangre.
Por eso
sería bueno saber
de qué sombras estamos hablando:
si de las del delirio
o de aquellas otras,
las de la clarividencia
que se disfraza de futuro.



*De Sergio Giuliodibari.
(Vicente López, 1964, reside en Mar del Plata)
-De su libro “Camino en construcción”, Ediciones El Mono Armado, 2014.










*


te abrazo con palabras

como si la piel rodeara la ocurrencia

de la noche

y el cuerpo fuera el sueño

-ahora desolado-

pero mañana

nuestro.



*De Alejandra Alma. almaalma3h@gmail.com





InvenTREN




El Reynoso*



“El Reynoso”. Reynoso era el apellido del peón que se convirtió en una leyenda  que circuló por años en las obras. Cada tanto cuando le tocaba compartir un almuerzo con los obreros, alguien contaba la historia, modificada con el énfasis y el suspenso que le imprimen los Cuentacuentos a sus narraciones.
Los albañiles son excelentes narradores de historias propias y ajenas.
Al mediodía se contaban historias, mientras se cortaba la carne y se servia el vino tinto.
Las épocas han cambiado, ahora casi no existe el ritual del asado en las obras.

“Fuimos un pueblo alegre” –se dice sin poder profundizar en explicaciones.

El arquitecto no quiere perder el hilo de su relato sobre el Reynoso:

La obra era una casa de campo que quedaba en el medio del campo y no era una metáfora. El campito quedaba a un par de kilómetros de la ruta y a unos 300 metros del apeadero del ferrocarril, se llegaba por una huella que  se hacía intransitable con una lluvia copiosa. Unas pocas casas perdidas. Un solo vecino con el que se compartía el alambrado y una línea de eucaliptos altos a los fondos.
Para comprar cigarrillos o comida había que ir hasta la ruta. Un solo corralón de materiales para las urgencias “El cóndor” atendido por dos hermanos con un apellido inolvidable: los “Cucurulo”.
Costo encontrar un equipo de albañiles que estuvieran dispuestos a viajar horas en tren para llegar hasta el fin del mundo.
Los albañiles trajeron al Reynoso, un correntino fuerte que además de peonar en la jornada laboral acepto quedarse como sereno en el medio de la nada.
Armamos un obrador con chapas bastante grande, una parte se dividió para que sea el dormitorio del Reynoso. Además del catre, ropa y unas pocas cosas el hombre había traído un pequeño altar caserito del gauchito Gil.
El Reynoso hacía las compras para el asado y llevaba los pedidos de materiales al corralón donde teníamos cuenta corriente. En esa época no existían los teléfonos celulares. Un día aviso que le regalaron una mascota.
-Le puse “Tigui” dijo. De la mascota de Reynoso nos olvidamos enseguida,  al hombre se lo vio comprar botellas de leche, juntar los huesos del asado o comprar hueso con carne para el animalito. La mascota se quedaba dentro de un sector bien alambrado pero agreste que ni siquiera fue desmalezado. La única entrada era la puerta del fondo del obrador – casa del sereno.
Esa zona del campito en la que no trabajábamos era el equivalente a una manzana urbana. El proyecto contemplaba en una segunda parte construir allí una amplia pileta de natación, un quincho y parquizar.
En esa mañana de enero había un calor demencial. Era una visita de rutina a una obra que ya estaba en etapa de terminación, estaban los pintores, los albañiles y el Reynoso que recién había vuelto de comprar las provisiones para el mediodía en los comercios de la ruta.
Fue todo muy rápido, como suele ser con los hechos que marcan la memoria para siempre. Escuchamos tiros. Algunos nos silbaron por encima de nuestras cabezas. Uno de los pintores se tiro de la escalera al piso. Se escucho un lamento de animal grande, un ronquido doloroso que venia desde el pastizal. Luego escuchamos el grito que pretendía emular al del Tarzán de Johnny Weissmüller. Ahí ubicamos al tipo trepado al eucalipto blandiendo una carabina con gesto triunfal. No habíamos salido de la sorpresa cuando vimos al Reynoso trepar como un gato al árbol. Sujetó al hombre, lo bajo a los golpes. Desde el piso con el Reynoso golpeándolo ese hombre ya no gritaba como Tarzán sino que pedía auxilio, perdón, piedad…

Los albañiles salieron disparados, cruzaron el alambrado, lograron sacarle al Reynoso el cuchillo antes que lo sacara del cinto, creo que lo iba a degollar como a un cordero.
Fue por esto que supimos que el vecino era un cazador furtivo –denunciado por cuatrerismo- , tenía a maltraer a varios campos de Saladillo. La noticia podría haber salido en los diarios pero no fue así: el dueño del campo que construía su casa era un empresario exportador de lana que compró un acuerdo de silencio: nadie diría ni una palabra, no habría denuncias policiales. Supe que el acuerdo incluía comprarle su chacra a un precio increíble con tal de no tener a un chiflado cerca. Reynoso iría a una obra que teníamos en Barracas.

A la mascota la enterramos en los fondos del terreno. Reynoso que era un hombre grande lloraba como un niño. Se había puesto las mejores ropas y tenia un pañuelo colorado anudado al cuello. Le habían matado a la única compañía que había tenido durante casi dos años en la soledad de ese paraje perdido en la pampa. Ahí nos enteramos de una habilidad de su mascota: como un perrito amaestrado traía en su boca una piedra que colocaba sobre su alpargata, El Reynoso daba la patada con fuerza y Tigui atrapaba la piedra en el aire o la buscaba entre los pastos hasta traerla de vuelta a los pies del hombre.
20 años después en otra obra ubicada en el barrio de Núñez a la hora del relato, el capataz santiagueño volvió a contar la historia del Reynoso, pero esta versión era algo mas verosímil que aquellos hechos ocurridos delante de mis ojos: el vecino era un drogadicto que había ahorcado al gato.  Reynoso había hecho justicia: se había trenzado en lucha y lo degolló sin miramientos.

No dije nada, me limite a escuchar.

Además, lo del tigre de Bengala jamás lo hubieran creído.



*De Eduardo Francisco Coiro.



***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO.

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PARADA KM 79

ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



InventivaSocial
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Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

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