Monday, November 16, 2015

¿PARA QUÉ ESPERAR ALGO QUE NUNCA LLEGARÁ?


*Obra de Julio Ovejero.

-Muestra de las obras de Alfredo Ceverino y Julio Ovejero. En el Espacio Cultural Julio Le Parc
Hasta el 23 de noviembre del 2015.








Caminando*



Mis pies están cansados, de caminar al compás
Mi silencio está cantando, porque no puede callar
¿Para qué existe el tiempo si hacia ti no me lleva?
Me faltan cinco pasos para llegar a la escuela
Mis ojos están cerrados, aún les falta soñar
Y en mis sueños te abrazo, eres un imposible más
¿Para qué esperar algo que nunca llegará?
Me falta sólo un minuto para poderte besar
Mis manos están vacías, y lentas para escribir
La historia de Belgrano, o tal vez de San Martín
¿Por qué te pienso tanto, si estás lejos de aquí?
Me falta un poco de olvido para pensar en desistir
Mi alma está cambiando de color y de sentir
Las hojas secas del otoño se metieron dentro de mí
¿Por qué estar triste si también se puede ser feliz?
Voy escuchando esa canción que me recuerda tanto a ti
Mi vida está cambiando, quizás ya no es tan gris
Le hago caso a mi instinto, ya no me siento morir
Ya no espero ni desespero ¿Para qué tanto sufrir?
Me falta un verso más, para verme sonreír…


*De Aylen Carpio. lachicanerd_14@hotmail.com
-Primer Premio Poesía certamen literario para adolescentes “El Puente2015”








¿PARA QUÉ ESPERAR ALGO QUE NUNCA LLEGARÁ?











La casa no tiene quien la cuente*


¿Cómo puede ser escrita aquella historia que sólo habla de muerte y no ha sido vivida por nadie?
Pasillos circulados por nadie, el aire que permaneciendo estático, casi espeso, rebosante de polvo sólo perceptible cuando se filtra un valiente y minúsculo rayo de luz. Luz condenada a no tocar un centímetro de piel, a no calentar ni dos gramos de carne, luz que de a poco y con actitud suicida, se aventura al imperio de la nada, la soledad y la mugre,  lanzándose a esa imposibilidad de que los ojos de alguien hagan uso de ella alguna vez.
Todo está oscuro, pero en la oscuridad, los muebles no creen en su existencia a partir de los sujetos, porque hace tiempo no intervienen en el paso ni en la vida de nadie. Metros de cuero marrón que ya olvidaron lo que era ser sitio de reposo, luchan contra la constante presión liberadora de los botones, designados hace demasiados años de polvo y abandono, a una tarea que saben ya no será evaluada por ningún ojo ni ningunas piernas.
Las cortinas roídas disfrutan la continua dualidad del enfrentamiento constante a un sol que sale y se oculta, desgastando, decolorando, pero sin dejar de significar la posibilidad de contacto externo, y la mirada a un interior vacío, conocido, siempre tan igual y siempre tan asfixiante. Son dueñas de la tristeza de quien sabe lo que se está perdiendo y del subsistir con el peso del privilegio de ser casi lo único de su mundo abandonado que puede estar de cara al sol. Y en el alma que no tienen, reprimen toda esperanza de filtrarse por alguna hendija, sabiendo la inviabilidad del desafío a la inmovilidad, a su misma naturaleza.
El polvo, que parece ser lo único capaz de moverse en ese paisaje lúgubre y aparentemente por completo condenado a la inmutabilidad, se ha vuelto el protagonista de una realidad sin humanos, de una realidad que no precisa humanidad, pero que la pide a gritos, gritos ahogados y viejos, que no se escuchan porque están en el único idioma de las cosas, sólo posible en la desesperación y sólo audible por quienes están capacitados para distinguir las existencias desahuciadas.
Y en ese adentro indefinible (porque, ¿de qué manera podemos definir adentros que no podrán prestarse nunca a una relación con el afuera?) y más a modo de efecto secundario que de imposición, el tiempo también pasa, también corre, también entra por debajo de la puerta resistiéndose a pedir permiso, y recorre las paredes que no oyen ni callan más a las voces, y mata uno a uno los perfumes, y ni siquiera se rebaja a celebrar la efectividad de su asesinato a las flores, su atentado a los candelabros, ni sus esfuerzos para acabar las ganas de los relojes y cualquier señal de vitalidad que hubiera podido distinguirse en esa casa que no parecía merecer ni el desprecio de la vida misma, ni la atención  de la misma muerte.
Las tablas del piso, agujereadas e hinchadas, luchan con infantil ilusión por mantener una prestancia ya hace tiempo perdida, rehusándose a enterarse de que el más mínimo peso ejercido sobre ellas las haría chirriar con agudos y desgarradores lamentos. ¿Cómo entender el miedo de un cajón que sabe muy profundamente que si vuelve a ser abierto, por su madera podrida y deformada, y sus clavos casi deshechos,  su contenido se esparcirá por el suelo, junto con toda esperanza de volver a sentirse útil para aquellos seres lejanos que marcan toda su razón de ser? Así conviven la sugestión y la esperanza con el miedo a la tan factible probabilidad de que la vuelta de aquello que tanto esperan no haga más que demostrar su ya definitiva obsolescencia.
Detrás de la mediasombra oscura que es el ambiente entero, los únicos rostros que en años posaron sus ojos en las distintas manifestaciones del olvido reposan en sus lienzos, y van olvidando poco a poco sus formas y sus sombras. Van confundiéndose con un fondo al que siempre le dieron la espalda, al poder quitar la vista de un frente eternamente vacío por la impuesta obligación de obedecer a la aspiración ciega de que tan solo una corta y fugaz mirada les devuelva tanta esencia ida, todo el sentido ahogado.
Las teclas del piano que en el rincón que en un momento fuera el más concurrido ahora aparece relegado al miedo ante el avance inflexible de una humedad socia de la putrefacción, son las únicas que parecen haberse rendido a la extinción, porque bajo el paño de terciopelo rojo, que ya está duro y carcomido, han optado por endurecerse, convertir su homogénea blancura en vetas aleatorias y mantenerse más arriba o más abajo del lugar en que les correspondió estar, cuando había a quien le importara la disposición que a los objetos les correspondía. Cada tecla gemela parece abandonarse a una individualidad absoluta y completamente nueva, pretendiendo quizás, decidir por la forma de la cual llegar a ese futuro común que no pueden evitar y que las atrapará a todas juntas, como estuvieron gran parte de su existencia y como fueron desde un principio lanzadas al mundo para ser.
Y el silencio.
El silencio absoluto sólo interrumpido por esporádicos ruiditos que ya resultan hartamente conocidos, porque no puede inventar nada nuevo lo que ya ha sido desplazado a la zona de lo inútil, lo merecedor de desatención, lo prescindible. Un silencio absoluto que si no pudiera ser inmortal estaría colmado de canas, y que con su persistencia sólo logra un paradójico aturdimiento en las cosas que lo rodean y que si no estuvieran solas o circundadas sólo por más cosas, nunca a nadie se le ocurriría imaginar que podrían llegarse a aturdir. Subsistencia plena de este silencio (¿inacabable?) y un vidrio que estalla ante el impacto de una pelota.
Gritos que penetran por la ventana rota y el viento, que se abre paso por los pasillos de esta casa antes prácticamente hermética, barre el hasta el momento siempre protagonista polvo y, con una caricia que desconoce sus efectos y que sólo sucede por un deseo de sentirse descubridor de una tierra olvidada, le devuelve al interior de la casa (por lo menos por un instante) la oportunidad de saborear la vitalidad ya dada por perdida, aunque esto sólo cumpla el rol de muestra de esa última esperanza que precede a una perpetua y consciente desaparición.


*De Agustina Decoud. agusbeldecoud@gmail.com
-Primer Premio cuento Certamen Literario para adolescentes “El Puente2015”











Rompevientos de los cultivos familiares*



Estoy en paz (me siento en paz)
siento un odio tranquilo (perdido)
Avanzo entre mi niebla;
Mi mente nublada no me permite ver sus soles.

Cantares abandonados (antiguos)
Decaen civilizaciones por estos cabellos negros
Tintas de calamar
No aparecen nubes en su cielo poético.

La calma es relativa.
Nunca conseguirás nada completo.
Abre un mundo aun más concreto.

Ellos comen arroz,
Almuerzan con sus monstruos.
Tengo hambre.


*De Albertina Diez. nekoneko_ad@yahoo.com.ar
-Segundo  premio poesía certamen literario para adolescentes “El Puente2015”











*


En el afán de ser dulce lo arruino todo,
arrasó con ese delicado momento,
todo culpa a sus precipitados y torpes pasos de gigante
que lograron estropearlo, harto una vez más.
Eso que una vez consiguieron moldear en conjunto
se tornó caótico,
por los
mediocres
vocablos
de un adolescente desmedido.
Retazos de una obra “musical” suenan y resuenan
en las dimensiones de mi cabeza.
Alborotados,
inquietos, se desplazan de un lado a otro
sin inconveniente alguno.
¡Vivos! Si fueran responsables
de la belleza corrupta que emanan
dejarían de hacerlo.
Pero ruego a alguna deidad,
que nunca sea así.
Lo imploro con fervor,
porque,
esos retazos
son lo único que me queda.

Sucede que le hablo,
pero,
no me escucha.
Le ofrezco el alma desde una extraordinaria apertura,
sin embargo,
no me escucha.
He adquirido cierta inmunidad hacia esas actitudes,
de modo que
la desdicha que supieron provocarme, se alivianó.
Pero,
sigo sin entender,
por qué no me escucha.
Me limito a decaer en el aburrimiento,
tuerzo su sonrisa a mi favor,
coloco las palabras en su lugar adecuado,
conozco las pausas,
entonces,
me detengo.

Desterré el pensamiento,
como solía hacerlo,
todavía lo hago,
no es lo mismo,
pero permanece
al acecho
el impulso.


 *De Tiago Soto. tito_98_kapo@hotmail.com
-Tercer premio poesía certamen literario para adolescentes “El Puente2015”








CERTAMEN LITERARIO PARA ADOLESCENTES “EL PUENTE 2015”


La Asociación Cultural El Puente, de la ciudad de Santa Fe, viene organizando desde el año 2000 un certamen literario para adolescentes. Dicho concurso tiene alcance provincial y permite la participación de jóvenes autores de entre 13 y 18 años. Más de un centenar de escritores noveles ha resultado premiado a lo largo de sus 16 ediciones. Para varios de ellos, el premio otorgado por El Puente ha sido el primer paso de una auspiciosa carrera literaria.




POESÍA



1er. Premio: “Caminando”, Aylen Milagros Carpio (Santa Fe)

2do. Premio: “Rompevientos de los cultivos familiares” , Albertina Diez (Santa Fe)

3er. Premio: Sin título, Tiago Soto (Santa Fe)



Menciones:

-“Cuéntame…esa historia”, Maria Magdalena Zuviria (Santo Tomé)

-“El valor del miedo”, Valentín Sabatté (Sauce Viejo)

-“Y en ese momento..”, Guillermina Puertas (Santa Fe)





CUENTO


1er. Premio: "La casa no tiene quien la cuente", Agustina Belén Decoud (Santa Fe)

2do. Premio: "Catalina nunca más", Albertina Diez (Santa Fe)

3er. Premio: "El almuerzo de la creación", Gastón  Leonel Quiroga (Sauce Viejo)



Menciones:


-"Atrapada", Mailen Münter (Santo Domingo)

-"No confíes en Anna", María Candela López Yedro (Santa Fe)

- "El coleccionista", Aylen Milagros Carpio (Santa Fe)

-"Eterno invierno", Lara Yost (San Carlos Centro)



Jurado de Poesía: Julia Ruiz, Diego Suárez y Ma. Alejandra Tiraboschi.

Jurado de Cuento: Mónica Laurencena, Leonardo Pez y Mónica Russomanno.

-Coordinadora del jurado. Virginia Agretti





***


La Pintura de Julio Ovejero


Nacido en San Miguel, provincia de Buenos Aires, aunque desde muy pequeño vivió en Mendoza. En la Escuela Superior de Bellas Artes de la ciudad de Mendoza, Argentina, la antigua Academia Provincial de Bellas Artes, inicia su formación artística.
Andrés Cáceres, escritor y crítico de arte manifestó en una nota en la sección cultural del periódico Los Andes de Mendoza: “Si algo caracteriza a Ovejero es la elegancia, el buen gusto, cierta temperancia en el cromatismo y un ordenamiento de luces y poses nunca del todo realista, pero sin elementos gratuitos. La fantasía, lo irreal o lo onírico siempre están en función del contenido y por sobre toda otra consideración, están la plasticidad y el efecto visual del conjunto”.
Ovejero establece un equilibrio entre la expresión, la fuerte necesidad de expresarse y la posibilidad de plasmarla en forma accesible. No le interesa proponer incógnitas sino ofrecer un retazo de vida urbana, reconocible, aleccionadora y que sea, por sobre todo, otra consideración, arte genuino.
Ovejero vive en Madrid desde 1977. Su despedida, entonces, fue una primera exposición individual en la sala "Goya" de Cultura Hispánica. Anteriormente, había expuesto en forma colectiva con el "Grupo Plástico Numen", tanto en Mendoza como en Buenos Aires, Viña del Mar y Río de Janeiro y Estados Unidos. En 1986 presentó una muestra en la desaparecida galería "La Brocha", Mendoza.
Sus muestras se multiplicaron y viajaron por toda España, Francia, Italia, Alemania, Japón, Estados Unidos, Venezuela, Colombia, Brasil y Cuba. A los premios que tenía en Mendoza se sumaron otros de carácter internacional y comentarios importantes de críticos europeos
"Ovejero resuelve con el mismo talento lo figurativo y lo abstracto y consigue que el lenguaje plástico sea elocuente y valga por sí mismo, más allá de la anécdota, que no falta y funciona secundariamente. Sus cuadros son de la más alta calidad y ofrecen una poesía lírica con leve tensión dramática en un caso y en otro, sensualidad y musicalidad. En conjunto se aprecia una sólida materia, tal como ocurre cuando la composición está elaborada con seriedad y capacidad y los rasgos, como en este caso, poseen la soltura gestual de la mano hábil guiada por una luminosa intuición”.

"Si a ello agregamos la limpieza del color, la sobriedad de los contrastes y las delicadezas de tonos, semitonos degradée y transparencias, cabe concluir que Ovejero, además de un notable pintor, es un artista pleno, que trabaja con decidido amor por lo que hace".
De sus cuadros exhibidos en Madrid a mediados de 2004, escribió en la revista especializada 'El Punto de las Artes', Leticia Martín Ruiz: "La unión de Ovejero con la cultura hispánica ha quedado patente en multitud de muestras realizadas desde el final de los años setenta y los ochenta en nuestro país. Un artista, que ha vivido y trabajando con su corazón dividido entre dos mundos y dos culturas, que nunca ha olvidado de dónde viene y que no pone límites a su posible futura meta".
Así como tuvo una época abstracta, pero siempre a partir de la realidad, de modo que cada cuadro podía asimilarse al paisaje, a la figura, a las edificaciones, a objetos o a espacios inexplorados, nunca sintió que lo figurativo y lo abstracto fueran opuestos excluyentes, dogmas inequívocos de credos divergentes.
No hubo un regreso a la figuración porque nunca la dejó definitivamente, pero aprendió muy bien las lecciones del expresionismo abstracto y basta un repaso de lo producido de entonces a la fecha para apreciar la diversidad de técnicas, el ajuste cromático, la convicción narrativa, la riqueza expresiva y la misma impronta cualitativa de su estilo.

Ni misticismo ni rebeldía, sino un disfrute y una alegría de vivir, con ornamentos que complementan una narración inquietante, que convoca, a la vez, al misterio y a la nostalgia.
Optimista jovial, observador crítico y perspicaz, Ovejero nos deleita, últimamente, con la poesía elegíaca del tango, su extrañamiento, su impulso vital, su sensualidad arrebatadora y esa imponderable sensación de tener el alma suspendida cuando suena la música inefable de Buenos Aires.
En una de sus últimas muestras en Madrid (2011) en Galería Orfila, el escritor y crítico de arte, Antonio Leyva, dijo de la obra de Ovejero: “La incertidumbre, la simulación, lo reprobable que debe ser ocultado, lo que degrada o corrompe o ridiculiza o enternece -convicciones, creencias, afinidades – son los componentes perturbadores de la pintura de J.C.O. La capacidad del color para expresar estados de ánimo, para vitalizar la materia inerte, para sustanciar lo que es sólo estética por dogmática definición, mediante la proyección sobre esa estética de las conturbaciones y desasosiegos que acompaña al ser humano”. ”….La elocuencia plástica de su lenguaje pareciera provenir de los hallazgos del expresionismo abstracto en el que por algún tiempo militó, si bien pronto lo dramáticamente tensional, impregnado de incitaciones sensuales, en ocasiones resuelto mediante planos-secuencia que sirven a lo narrativo del conjunto, se impondrán al optimismo atildado y falsamente progresista, impostor y convencional, que trata de insensibilizar hasta la piel que envuelve nuestro esqueleto”.




InvenTREN
http://inventren.blogspot.com/


EL BLUES DEL TREN DE LAS 11.40*



El miedo había estado allí; ahora lo sabía. El miedo había estado acompañándolo todo el tiempo, como un monstruo en estado embrionario, en cada instante de las once horas transcurridas desde el histórico "suficiente" pronunciado por Gómez Laurenz para convertirlo en abogado.
Había estado allí, oculto entre los pliegues de su conciencia, aguardando el momento propicio para asestarle esta dentellada feroz y traicionera, para inocularle este hielo en la sangre que lo retenía impávido en la vereda penumbrosa de la pensión, clavado junto a la puerta de calle con el corazón sobresaltado, temeroso de volver a los festejos del patio.
"Me pasaron la mesa de Sociedades para mañana a la 8; vos ya serás todo un doctor, pero nosotros tenemos que seguirle dando, nene". La excusa invocada por Fabiana para justificar su decisión de abandonar la fiesta todavía resonaba en su cabeza, estableciendo crudamente un límite, un antes y un después. El abrazo fuerte y emocionado de su amiga, su largo beso en la mejilla, su promesa de escribirle cartas, su grito cariñoso mientras el taxi se alejaba pidiéndole que no se olvidara de ella, habían quebrado algo en su interior. La sensación de eternidad se había desmoronado de golpe, dejando al descubierto el miedo (el miedo que siempre había estado allí), anunciando el previsible final de la tregua, la confirmación innecesaria de lo que él ya sabía. (Porque él lo sabía, lo había sabido perfectamente durante mucho tiempo, quizás desde aquel lejano recelo experimentado al subir por primera vez las escalinatas de esa Facultad que parecía tan enorme. Era como entender algo sin palabras, sin pensarlo en forma expresa. Sólo que una cosa era presentir que iba a doler, y otra muy distinta comenzar a sufrir el dolor real).
Miró la hora en un gesto casi inconsciente: las 4 y 10 de la madrugada. El sonido de la música y las risas llegaba desde el patio como un rumor asordinado. Cerró la puerta tras de sí y regresó por el pasillo a oscuras con una vaga sensación de malestar hormigueándole en las venas. El patio bullía en animado desorden y nadie lo vio reaparecer desde las sombras. De pie bajo el farol macilento que iluminaba tenuemente la reunión contempló a sus amigos con una mirada melancólica, como buscando atrapar algo sabiendo que no podría atraparlo nunca. Ahí estaban todos: bajo la galería, el Pato riéndose de cualquier cosa, atacando cerveza tras cerveza, Mónica haciendo payasadas parada sobre una silla, José Luis y Gonzalo repartiéndose los restos fríos de una pizza de tomate, Aldo abrumando a Laura con sus cuentos
malos; en el centro del patio, Fernanda y el Negro bailando con incansable entusiasmo, como si se hubieran recibido ellos, contagiando su alegría a Marita y a Willy; allá en el fondo, Jorge borracho bailando con una escoba para delicia de todos los presentes.
Se sintió raro. Recordó que apenas una hora atrás se había deslizado hacia la pared de la enredadera con sigilo, como si temiese romper un hechizo, con el único objeto de gozar del alegre trajín de brazos, manos y bocas, la alborozada evolución de los gestos en torno a la mesa rectangular. Recordó que, merced a una súbita y mágica revelación, había comprendido entonces que se hallaba en el medio de uno de esos infrecuentes y escurridizos momentos plenos de su vida, una de esas seis o siete ocasiones anuales en que podía afirmarse que vivir valía la pena. Y recordó también que en ese instante, justo en ese instante, había concebido la delirante idea de clausurar todas las salidas y secuestrar a sus amigos, tomarlos por rehenes y exigir desafiante a Dios, al Tiempo, a la Vida o a quien fuere, que esa reunión durara para siempre. Pero ahora ya era tarde. Fabiana, sin quererlo, acababa de destrozar la frágil utopía. Ahora que las heridas invisibles comenzaban a sangrar no existía modo de volver a construirla.

-¿Bailamos, caballero?

La voz inesperada lo sobresaltó. Sumido en su confusión mental no había advertido aquella presencia cercana. Giró su cabeza hacia la derecha y pudo ver a Laura haciendo una reverencia burlona que acompañaba la invitación.
Improvisó una tontería para disimular y se dejó arrastrar por la muñecas hacia el centro del patio. Por unos segundos se olvidó de todo -del monstruo y los fantasmas, del porvenir, del tren de las 11 y 40-. Revivir la magia pareció posible. Pero fue sólo un espejismo transitorio. Un instante después, al recibir el perfume de Laura en pleno rostro como una bofetada del Tiempo, no pudo evitar el recuerdo de aquel Baile de la Primavera en que se habían conocido y la grieta en su interior se abrió de nuevo. Pensó en los seis años que habían pasado desde aquella noche, desde aquella Laura aniñada, y lo categórico de la cifra -¡seis años, Dios!- le ocasionó un vértigo fugaz, una suave opresión en la boca del estómago que ni siquiera el ruidoso trencito que los bailarines habían comenzado a formar pudo disolver.
Su malestar se acrecentó. Comprendió que la fiesta -su fiesta, esa misma fiesta que para los demás estaba en su apogeo- había terminado para él.
Descubrió que él y los otros respondían ahora a tiempos diferentes, irreconciliables. No importaba que él volviera a su pueblo y ellos se quedaran. Lo que contaba no era la distancia física sino otra clase de lejanía. "Ahora vas a tener que usar corbata todo el día, bagre", le había dicho Aldo al llegar, y sólo en este momento se le revelaba el significado oculto de esas palabras. No más Facultad, no más pensión, no más trasnochadas en los bares del bulevar, no más vino con amigos. Final del juego; estaba solo otra vez. Él quedaba afuera, como si una puerta se cerrara inexorablemente a sus espaldas. Como si, al igual que la fiesta, la vida siguiera sólo para sus amigos, no para él.
"Si supieran que estoy triste a once horas de haberme recibido dirían que estoy loco", pensó, riendo para sí, mientras se refugiaba en la cocina con la excusa de buscar hielo. Pero era irreversible: el miedo comenzaba a derrotarlo. Había buscado en esos seis años de Facultad un desvío, una salida tan sorpresiva como inexistente y no la había hallado. "Vos querés sacarte una especie de lotería metafísica", le había dicho una vez Gonzalo y era cierto, pero su número no había salido premiado. Ahí estaba el monstruo, entonces, desatando los fantasmas. Ahí estaba él con su ridícula impresión de sentirse un viejo a los veinticuatro años.
Descubrió con estupor que el título de abogado le confería carácter de extranjero. La ciudad lo rechazaba sutilmente, haciéndole comprender su condición de cuerpo extraño, pero el regreso a su pueblo sólo serviría para acrecentar su certeza de que él ya no pertenecía a aquel lugar. Imaginó el orgullo emocionado de padres y hermanos, la alegría vulgar de su novia, la infantil idolatría de sus sobrinos y supo de antemano que en nada ayudarían a aliviarlo. Se vio a sí mismo desterrado en la calma soñolienta de un perpetuo domingo y se sintió vacío, como si la vida se acabara mañana mismo.

Como si la vida se acabara con el tren de las 11 y 40.

Sin embargo, no era eso lo que espoleaba su tristeza. No se trataba de la preocupación por un futuro forzado, previsible y ajeno a sus deseos. Se trataba de algo mucho más urgente y visceral, una etapa desvaneciéndose sin remedio, la desesperante sensación de agua que se escurre entre las manos.
Se trataba de las peñas, los bailes, los asados de comisión, los campeonatos de truco, las reuniones de damajuana y choripán, las mateadas interminables hasta el amanecer, las imponderables horas gastadas en el bar de la Facultad para hablar de Cortázar y de Sartre con Gonzalo, las mil y una revoluciones planeadas y ejecutadas en el aire desde una mesa de café. Se trataba de la nostalgia, ese roedor implacable que había comenzado a mordisquearle las entrañas.
Se acercó con el hielo al grupo que ahora estaba reunido bajo la galería bebiendo vino. Aceptó que el Negro le llenara el vaso por enésima vez y se dejó caer sobre una de las sillas que bordeaba en forma desprolija la mesa rectangular. Se quedó mirando hacia arriba con los ojos fijos en algún lugar incierto de la noche estrellada de diciembre, bosquejando mentalmente el momento en que partiría rumbo a la estación acompañado por los sobrevivientes de la fiesta. Suspiró resignado. Supo que Dios, el Tiempo, la Vida o quien fuere lo había vencido. Se podía, sí, escuchar a José Luis contando cuentos verdes, rogarle a Mónica que recitara poemas de Machado y a Willy que imitara profesores, se podía pedirle al Pato que cantara un blues de los suyos, pero ya nada sería igual. Incluso podía él mismo, como tantas otras veces, ladrar Muchacha ojos de papel o El oso hasta quedar disfónico, pero era inútil; el tren permanecería allí, como una obsesión, ensombreciendo la fiesta. Estaba perdido: ni siquiera quedaba el frágil consuelo de dedicarse a construir un último recuerdo, el recurso demencial de disfrutar del incendio antes de que solamente quedaran cenizas.
A lo sumo, pensó mientras Laura le acercaba la guitarra al Pato y le pedía que cantara algo, quizás fuera posible dejarse llevar hasta el tren con la conciencia adormecida, deslizarse hasta él como por una pendiente suave y confortable. Quizás fuera posible buscar en el fondo del vaso una última anestesia y aislarse del derrumbe, quitarse de la cabeza la hiriente comparación entre la imagen de aquel taciturno muchacho de pueblo que una noche de viernes, recién llegado a la ciudad, había aprendido de una vez y para siempre lo que era sentirse solo, y esta otra imagen, mucho más cercana, virgen todavía de nostalgia, la del abogado recién recibido saliendo del aula después del examen para encontrarse con el abrazo de sus compañeros. Resultaba imperioso saturar las horas restantes, evitar los minutos vacíos, embotar los sentidos y aturdirse para no pensar, vaciar vaso tras vaso hasta hacer que las voces se independizaran de quienes las emitían, convertirlas en ecos que resonaran lejanos, como un ruido más en la madrugada. Había que hacer lo que fuera necesario para perder la noción clara de las cosas y remover de la boca ese acre sabor a final, a despedida.
"Ojalá no amaneciera nunca", dijo Mónica a su lado, con un dejo de melancolía, como si hubiese adivinado sus pensamientos. La miró sorprendido, con una sonrisa entre amarga e indulgente. Vaciló unos instantes, pero no dijo nada. Sólo extendió el brazo libre y la atrajo hacia sí en un abrazo tierno que pretendía ser indestructible. Dejó luego que su cabeza resbalara indolente y se acurrucó en el regazo de su amiga.
Alguien apagó el radiograbador y el brusco silencio de los parlantes se le antojó sobrenatural. Cerró los ojos para no ver el momento en que las primeras caricias del sol desperezaran, allá en lo alto, a la enredadera del fondo. Después se fue hundiendo lenta, tibiamente, en una serena y profunda lasitud, mientras la guitarra del Pato comenzaba a gemir un blues.


*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009



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