Saturday, April 16, 2016

EDICIÓN ABRIL 2016


*Documento Fotográfico del Archivo General de la Nación Argentina.
 Inventario 124612











EL VIAJERO DE LO IMPOSIBLE*




1

“Mi corazón está ya en estas praderas,
en estas aguas anubladas por la niebla.”
Salvatore Quasimodo.



Llegadas las alas ennegrecidas
de esa inquietud,
hemos de odiarnos
con el amor, sabemos
que no tenemos
otra razón, salvo
ser extinguidos
por el diluvio del fuego
prometido, o por el silencio
de no existir.




2


Extendí el brazo
para buscarme entre ellos
definiéndome
en su soledad
o en sus rostros macerados
por el olvido, y ninguna voz
vino a mi encuentro,
salvo el grito
que no escuché, antes de partir
a su encuentro.




3


Y fue su ciudad
nido en las palmas
de mis manos,
mi lengua se perdió
en la disyuntiva
de sus callejuelas;
la sombra se hizo
con las mentiras
que traía en mi rostro
y en una voluble esquina
me esperaba la vida,
a la que nunca quise conocer
en primer plano.



*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es












EL CAMINO INEVITABLE*




Puede ser que sea ésta una situación injusta, probablemente seamos todos humanos y debiésemos tener todos las mismas oportunidades, pero ya es tarde, definitiva e irremediablemente tarde.
Consideramos que el tiempo y la evolución condujeron a esta situación, que la cadena de acontecimientos era un destino, que con la modernidad se disparó una fatal aceleración histórica que cumplió etapas que vistas desde aquí se presentan como inevitables. Algunos piensan que todo estaba prefigurado desde mucho antes, que quizás e inclusive nuestra propia genética no permitía otra cosa que este desenlace. No lo sé, y las disquisiciones al respecto son totalmente inútiles.
A lo largo de las centurias se fue creando una notoria división entre privilegiados y plebe. Esta separación no era tan clara cuando existían diferentes países, distintas etnias. Muchos siglos hubo de convivencia donde ricos y pobres se mezclaban, fluctuaban, eran culturalmente distintos pero de alguna forma intercambiables.
Fue después de la irrupción de la descontrolada tecnología cuando empezamos a diferir de forma tan radical que físicamente no somos ya la misma raza. Existió mucho tiempo el error de considerar como razas de seres humanos a la gente agrupándolos según el color de piel; la amarilla, negra, la blanca. Claro está que el ser humano es una sola raza, o lo era.
Sólo los ricos pudieron manejar la genética de sus hijos, y acabamos siendo todos perfectos. Todos los ricos, que no solamente fuimos incrementando nuestra inteligencia sino nuestra excelencia física, y con estas invaluables ventajas la brecha entre nosotros y ellos se fue haciendo desmedida e infranqueable. Luego vino la conexión entre nosotros a través de un sistema intracorporal, con la constante posibilidad de recurrir a la red instalada en nuestros cerebros. Todos los saberes aquí, cada cuerpo bello y sano parte de un saber totalizado.
Hubo que organizar grandes purgas en los últimos años de la convivencia. Sé que fue muy discutido y que algunos de nosotros no estuvieron de acuerdo, pero finalmente se hizo. Las guerras impulsadas con el solo fin de reducir poblaciones, algunas enfermedades que se cebaron en las barriadas miserables, y finalmente la esterilización para dejar un número manejable y útil de sirvientes. No los llamamos así, eso sería despectivo. Les decimos ayudantes o trabajadores.
En este momento ya hemos recuperado el ecosistema del planeta casi a niveles prehumanos, y la población se reduce cada vez más pues no tenemos necesidad de grandes comunidades. La tecnologización de todas las actividades no requiere de demasiados trabajadores. No alentamos entonces tampoco la natalidad de los ayudantes.
Yo vivo en mi propio espacio desde hace cien años. Me mantengo en contacto con otros humanos a través de la red, pero contando con toda la música, toda la literatura y toda la ciencia en la propia cabeza, no utilizo demasiado la comunicación con otras personas, sino la interconexión de datos.
Me da miedo la muerte, todavía puedo vivir un buen número de años pero morir es inevitable. Creo que ese pensamiento se me ha ido instalando últimamente, y me ha producido el extraño deseo de encontrarme con otro ser humano. Reunirme con otra persona, realmente qué extraño deseo ya que puedo contactar a cualquiera instantáneamente. Pero algo me insta a moverme físicamente a través del espacio natural en una especie de aventura.
Mi perfección física será puesta a prueba nuevamente. Recuerdo que antes nadaba en mi piscina, trotaba por los extensos jardines, danzaba con la música que sonaba clara y gozosa en mi cerebro. Hace mucho, hace cuánto.
Ahora que lo pienso, las últimas décadas fui cayendo en una introspección y reduje todas mis actividades a lo virtual. Me dediqué bastante a la filosofía y la música, recostado en este lecho donde vivo alimentado por fluidos. Hace mucho que no como con mis dientes, saboreando con mi lengua y oliendo con mi nariz. He recreado sabores y olores virtualmente, gustando todo lo almacenado en la red. Hace cuánto que no toco con mis dedos reales un trozo de comida. Hace mucho, pero cuánto.
Me fui confinando a la virtualidad, transcurriendo mis jornadas dentro de mi propio cerebro, viajando por las conexiones etéreas de una red invisible de datos.
Abro los ojos. Veo el cuarto donde me encuentro y es igual al que veo con las cámaras de la red en mi mente. Me tranquilizo. No puedo levantarme.
He perdido toda a musculatura, me duele cualquier intento de movimiento. He sido descuidado. Me espera una larga recuperación.
Llamo por la red un ayudante. Destrabo las cerraduras. Tengo todos los conocimientos médicos necesarios para rehabilitarme, pero necesito un trabajador que realice algunas acciones por mi.
Lo veo entrar por el parque, es un hombre joven vestido de azul. Escucho sus pasos que se acercan por la casa hasta el cuarto donde me encuentro. Llega junto a mi, me mira y ya puedo seguirlo con mis propios ojos. Es tan extraño sentir cómo huele a animal, a humedad, a algo como grasa o aceite.
No puedo usar la garganta aún, mis labios se han pegado, así que uso los altavoces conectados a la red y le doy las primeras órdenes. Le digo que me desconecte de la máquina de alimentación y se prepare para llevarme a la habitación médica.
Olvido la estupidez de estos seres. El trabajador me mira sin comprender mis órdenes. Ha desconectado la máquina de alimentación pero allí se queda, mirándome yacente en mi lecho.
Le hablo desde el equipo sonoro con paciencia, utilizando palabras sencillas y con lentitud. Lo veo desde abajo, con mis ojos, pero a la vez lo veo de atrás parado frente a mí y la imagen de mi mismo acostado utilizando la camarita del techo.
Me comunico con el resto de las personas perfectas, de los reales humanos que estamos en nuestras casas distribuidos por el mundo. Todos yacen en sus lechos, todos han pasado los últimos años en la somnolienta vida de la red.
El trabajador, lo veo por la camarita del techo, sostiene un tubo de hierro con las manos en la espalda. Alcanzo a pensar que quizás estamos cumpliendo el destino humano y que es tarde, irremediablemente tarde.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







*


¿Qué vienen a buscar,
ellos,
los hijos de la sangre?

Escucho el suave crujir
sobre los entablados
de la casa que fue mía,
el aire entrando agónico,
tenaz,
por la persistente
hendija en la ventana.

Escucho y sé
que es otra vez
la ceguera infantil bajo las mantas
que no me deja ver
a los que buscan siempre,
a los que roen,
a ellos,
los hijos de la sangre.

Vienen por mí,
lo sé.
Y estoy cansada
de asfixiarme bajo las mantas siempre,
de respirar
el aire viciado de sudor y miedo.
Están aquí.
Vienen por mí,
lo sé.
Abro los ojos.

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com










Supervivencia*



Ese fue el día de la tormenta de sangre
y el anunciado linchamiento de las aves.

La amapola comprendió que ya nunca será rosa.
Los árboles, vencidos, fueron despojados de sus hojas
y los parques de invierno clausurados para siempre.
Los sueños quedaron sometidos al toque de queda
y se decretaron nuevas restricciones de cariño.

Se puso precio a la cabeza de la luna
y se prohibió la lujuriosa exhibición de las estrellas.

El mar tuvo que huir para no ser sumariamente ejecutado.

Sus vástagos dolientes fueron condenados
a trabajos forzados en las relucientes turbinas
de las modernas centrales hidroeléctricas.

Todos los defensores de las causas perdidas fueron ajusticiados.

Y los supervivientes se postraron, sumisos,
ante el todopoderoso dios que sonreía satisfecho
desde su regio trono tapizado de muerte.

Nadie advirtió la sombra inquieta del pequeño topo
que ya estaba socavando los cimientos.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com








*


pero no podía escribirte.
buscarte hubiera sido una furia gótica.
y era tan inútil
golpear una puerta
arrojar un florero contra un vidrio
como discutir la ternura autómata en
la velocidad
con que arrojabas
cada uno de tus
párpados.

no me fue dado el poder
de cambiar la
dirección de tus viajes

el hilo dilatado de tu vaga lealtad.
y sin embargo
tu silencio fue anagrama de la lluvia
regenteo absurdo de una alegría imposible,
pero no podía escribirte.

bastó dibujar una palmera en
la persiana de un kiosco subterráneo
para comprender que el amor volvía a
casa, sin ojos, sin lengua.
más hermoso que nunca/


*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar












“UN NIÑO EN LAS MANOS” *



Esa mujer lleva insectos presurosos en la sangre.
No mira hacia atrás. No, no esta vez.
Entre epitafios guarda perfiles de dársena añorada.
Salvo las lunas de sus pechos. Es un gemido de campanas en el páramo. Un polvo de abedules. Un ganso y una almohada.

-No. Niña, no la mires. Que no piense que pronuncias su nombre-

Déjala que mire al mundo de reojo. Detrás de sus ojos yace el miedo.
Para qué volver a paisajes malheridos.
Sus manos son de una marioneta. De un payaso triste.
Ella. Ella misma ha cortado ese dedo. Una y otra vez. Y vuelve. Crece.
Crece y le apunta exactamente el punto vital de sus soles.
Suele ser un fusil. Un vidrio roto. Un falo enhiesto.

Yo he visto caminar al hambre por su cuerpo.
A veces viene en rojo. En zafiro. En aullido de amapolas.
Y la camina. Anda y desanda. En oblicuo. En vertical. En gotas.
El puñal apunta al ombligo y explota entre el verdor de sus cabellos.

-Déjala, niña. Déjala que cante una nana de menta azucarada-

Deja que crea que hay un niño entre sus manos.
Después de todo, corazón mío. Dársena clara.

Ella lleva una tempestad, un hombre y agujas en sus piernas.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar











DESENCANTADOS*




Apenas echados los primeros dientes, a poco de pasar caminando bajo la mesa, a instantes del amamantamiento y el sonajero, un rato después, una nada, el niño ya es un adulto en miniatura. Desencantado, incrédulo, feroz.
Están hartos de todo, todo los aburre.
Transcurren por uno o dos años de infancia para luego, así sin transición, arribar a una espúrea adultez o, peor aún, a una vejez cínica y malhumorada.
Antes del primer amor se interpone la burla por la inexcusable tontería de estar enamorado. Antes del primer real dolor, la insensibilidad confundida con estoicismo
Miedo de ser pueriles a los cinco años, vergüenza, tremenda vergüenza si se los halla disfrutando de alguna bobería. Cómo dejarse sumir en la puerilidad si han pasado casi tres años desde que dejaron los pañales. Ya son grandes.
Con lástima e impaciencia reniegan de las payasadas de los padres, los ponen en su lugar haciéndoles notar que en la vertiginosa altura de sus ocho o nueve años no están ya más para ese tipo de simplezas.
Gusto por la violencia y por la burla. Veo en la página brillante de una revista cuatro pandilleros en actitud desafiante, con rostros que van desde una exagerada mueca maléfica a la inexpresividad del psicópata. Cuatro niños que desde la página brillante publicitan calzado. Cuatro niños.
Que no los molesten con canciones infantiles de osos o ranitas, que no les cuenten cuentitos de hadas con final feliz, que no les pase la mamá la suave mano en suave caricia por el cabello. Eso es para nenes, no para un adolescente de siete pesados años cargados de cien mil imágenes de asesinato, de odio, de la lujuria del sexo sin la ternura del amor.
Cada filme es una enciclopedia, es el in y out, el savoir faire, un código de conducta y el evangelio. Es el compendio de cómo decir la frasecita ingeniosa, cómo burlarse para que duela, cómo ridiculizar cada gesto de buena voluntad y a toda persona demasiado pura. Hasta las películas de dibujos animados se promocionan asegurando que son para todas las edades, que contienen guiños de humor para los padres. ¿Para adultos infantilizados o para niños ancianos?
Les hemos robado la posibilidad de dejar brotar la alegría sin cedazo, esa ternura plena que si no aparece en esa época quizás se seque para siempre. Les robamos la sinceridad, lo espontáneo.
Y creemos que son más inteligentes cuando repiten frases y actitudes machacadas desde las pantallas; que son genios tecnológicos cuando saben responder obedientemente a las señales de las máquinas, como obedientemente salivaba el perro de Pavlov con la campana.
Cuánto daño, cuánto plato roto, cuántos trozos de vidrio por los suelos.
Algún niño sonriendo como niño se entretiene con su autito. Alguna nena feliz dibuja con tizas de todos los colores en el pizarrón de la tristeza, algunos saltan a la cuerda. Aunque el futuro los llegue, habrán disfrutado en su momento justo la justa porción de felicidad.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com











*



El día de hoy oscila entre cimas y fondos

en el cielo –probablemente- esta noche

se fugará una estrella, por eso, en la primera sombra

llegaré por el musgo abstraído de la tarde

con un gajo de sol entre las manos.

Pequeña llama

con potencia de incendio.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar












*


Ya sé que todos saben lo que Freud decía de lo siniestro: cuando lo familiar se nos vuelve desconocido. Siendo así, digo, todo arte y cualquier revelación que provenga de él, parte de eso familiar desconocido, siniestro entonces.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com









InvenTREN







Oráculos*



*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com




Me leyeron las líneas de la mano en La Plata. Los posos del café en Villa Mercedes. Una mujer sumamente vieja y delgada, cuyos ojos refulgían como diminutos diamantes de fuego, me echó las cartas en un oscuro tugurio de Buenos Aires.
Todas las predicciones auguraban lo mismo: Debía ir a ese lugar. Tal coincidencia me alarmaba. Las razones nunca estaban claras. Unos decían una cosa, otros, la contraria; los más, esgrimían la consabida excusa de que la adivinación no es una ciencia exacta y de ese modo eludían dar mayores explicaciones.
Les cuento lo más curioso: yo nunca creí en esas patrañas. Fue una amiga quien me persuadió. ¿Qué mal podía hacerme? -preguntó, con esa convicción inocente de la que sólo ellas son capaces. Así pues, lo hice únicamente por complacerla (y de paso, me dije, tal vez ella, alguna de estas noches...)
Si la primera adivina (su cuchitril era un arquetipo de consulta esotérica engañabobos, con gigantescas cartas de tarot en las paredes, a modo de cuadros, y una bola de cristal sobre un tapete de terciopelo negro, colocado encima de la mesa hexagonal que ocupaba el centro de la sala, sobre la cual había una lámpara de gran potencia. El resto del cuarto estaba a media luz, para realzar el misterio, supuse) no hubiese mencionado el nombre, la cosa hubiese terminado ahí. Un juego inocuo, una frivolidad más entre tantas otras. Pero lo hizo. Y luego me miró, leyendo en mis ojos una intranquilidad que le animó a seguir por ese camino. Cuando salimos (mi amiga me acompañaba), mis comentarios acerca de esos lugares de adivinos y mi risa forzada provocaron su curiosidad. Algo había sucedido allá adentro y ella era consciente. Le conté lo sucedido (realmente no todo, sólo lo necesario. Tampoco es cuestión de airear chismes de otro tiempo) y dije que sólo se trataba de una casualidad, pero no quedó convencida. Propuso visitar otro sitio. Ella se ocuparía. Conocía gente. Yo aparentaba estar tranquilo, pero algo había permanecido dando vueltas en mi interior. Así que, entre risas, y sólo por contentarla, volví a aceptar.
La segunda vez fue en Morón. A Rebeca (mi amiga) le hablaron de un hombre anciano, recluido en una casa a las afueras y cuyo contacto con el resto de los vecinos era muy escaso. Se dedicaba a algo llamado libanomancia, un rito mediante el cual se puede adivinar a través de la observación del humo. Jugar con fuego no me atraía en absoluto, pero ya había dado mi consentimiento previo, así que no fue posible echarse atrás. Fuimos hasta allí, vimos cómo el viejo juntaba un montón de ramas secas y las encendía, sentándose luego junto a la hoguera e invitándonos a imitarle. Mientras aguardábamos, él contemplaba el humo, muy atento. Quizá para hacernos más llevadera la espera, nos estuvo hablando de su especialidad (también llamada capnomancia o ignispecia) y de los múltiples éxitos cosechados en más de cuarenta años de práctica. En un momento dado, enmudeció, me miró con una expresión severa y nombró el sitio. Después nos rogó que nos marchásemos. Dejé unos billetes sobre la mesa de la cocina y salimos a la brisa del atardecer. Mi amiga callaba. Dos veces no podía ser una mera coincidencia.
Pero si por un momento pensé que la cosa iba a terminar ahí, no conocía bien a Rebeca. Unos días después se presentó en mi casa, me obligó a vestirme con prisa, nos metimos en el auto y condujo hasta Quilmes. Allí nos recibió Madame Cheirét (o Chouriet, o algo similar). Su técnica era la fisiognomía. Esta especialidad consiste, según me fue explicando Rebeca durante el viaje, en el estudio de las cabezas y las caras. La mujer, ciertamente amable, me ofreció asiento en una silla antigua. Después, se colocó frente a mí, en un sillón situado sobre una especie de pequeña tarima, y se puso a mirarme con insistencia y atención. De cuando en cuando, se levantaba y pasaba sus manos por mi cabeza o mi rostro, como para comprobar la veracidad del testimonio ocular. Me sentía terriblemente incómodo, pero Rebeca estaba radiante. Aguanté casi una hora entera. Después, escuché la palabra que no deseaba (pero temía) oír, pagué, nos despedimos. Regresamos a la ciudad.
“En Rosario hay un tipo que se dedica a la grafomancia”, dijo Rebeca por teléfono dos días más tarde. “Mañana vamos”, contesté. Mientras yo trataba de fijar una cita para esa misma tarde (cine, cena y unas copas cómplices), ella me explicaba con detalle la “ciencia” en cuestión: Se trataba, según entendí, del estudio de la escritura. Tamaño, forma, inclinación, todo eso. No hubo más discusión. No oyó (u simuló no haber oído) mis razones, casi súplicas, para vernos esa misma noche.
Al día siguiente viajamos hasta Rosario. En tren. No me apetecía conducir tantas horas y, de paso, tenía la esperanza de quedarnos allí a pasar la noche y, ¡quién sabe!
El Doctor Morales –tal era el nombre del grafomante- vestía una bata blanca cuando nos abrió la puerta de su estudio, un lugar atiborrado de objetos de diversa índole, muchos de los cuales desentonaban entre sí, dándole al lugar el aspecto de un trastero, un almacén de antigüedades o la vivienda de un demente. De entrada, me incliné por esta última posibilidad. El tipo nos condujo, a través de aves disecadas, aparatos de radio estropeados y muebles con irreparables desperfectos, hasta su despacho, no muy diferente, en realidad, de lo que habíamos dejado atrás, salvo por la luz, más nítida.
Me sentó a una mesa –previo desalojo del montón de objetos amontonados sin orden sobre ella- y me conminó a escribir. “Cualquier cosa”, dijo. “Da lo mismo si es una idea, unos versos de Dante o una colección de chistes sobre gallegos. Usted escriba. Para ponérselo más fácil, esperaremos aquí al lado. Cuatro o cinco folios bastarán. Lo dejo a su elección”. Después de proveerme de unas cuantas hojas de papel en blanco, lapiceros y una botella de agua, el doctor desapareció con Rebeca por una puerta diferente a la utilizada para entrar. Sospeché que conducía a la casa, a sus habitaciones. Sentí una cruel punzada de celos, cuyo aguijonazo aplaqué escribiendo casi furiosamente.
No me seducía la idea de dejar allí constancia de mis ideas, así que recurrí a los clásicos. Recordaba pasajes del Decamerón, del Quijote, de La Ilíada. También el cuento Ante la Ley, de Kafka. La rememoración de esos textos, leídos tantas veces en la soledad de mi cuarto, me sirvió para olvidar dónde estaba y qué estaba haciendo –y, sobre todo, el temor infundado de que, en ese mismo momento, el supuesto doctor y mi adorable Rebeca estuvieran demasiado juntos-. En el cuarto folio redacté dos sonetos de Borges y el quinto lo usé para reproducir El espejo que huye, relato de Giovanni Papini. Sin omitir una coma. Lo conocía de memoria.
Tardaron más de hora y media en regresar. Para entonces ya había usado otros tres folios, dejando en ellos fragmentos dispersos de Lugones, Poe, Chéjov y Pablo Neruda, el poeta con mayúsculas, como le llamaba cariñosamente uno de mis alumnos. Morales tomó asiento frente a mí y se abismó en la lectura de mis garabatos. Mi amiga se colocó justo detrás de él, leyendo por encima de su hombro. Yo la miraba con amargura y también un poco de ira, pero ella no me prestaba atención, concentrada como estaba en la contemplación de los folios escritos. Deseé estar lejos. Aunque fuera en ese lugar al que todas las señales parecían ligar mi futuro. El “doctor” tomaba notas, subrayaba algunas palabras, hacía círculos rojos alrededor de párrafos enteros. Yo esperaba el veredicto sin interés. La voz de Morales pronunció el nombre como una sentencia. Al oírlo, el rostro de Rebeca resplandeció, o eso creí ver. Fue sólo un chispazo, pero esa sonrisa borró de un plumazo mi malhumor. Caminamos charlando hasta un hotel. El conserje nos recibió con suma amabilidad. Hubo suerte (sin duda apoyada por el billete que deslicé con disimulo sobre el mostrador de recepción): Había, en efecto, dos habitaciones contiguas con puerta de comunicación interior.
En la cena me mostré encantador, conseguí que Rebeca tomase un par de copas de champán tras el postre, le prometí un nuevo viaje para la semana próxima: iríamos a ver al siguiente de su lista (a esa altura ya había confeccionado una vasta nómina de “especialistas” en asuntos esotéricos), pero la puerta de comunicación permaneció cerrada toda la noche. No dormí bien. En la madrugada, creí oír un ruido. Fui hasta la puerta con la esperanza de que ella, por fin… Traté de girar el pomo con precaución, mas no se movió ni un milímetro. Decepcionado y triste, volví a la cama y caí en un sueño entrecortado, repleto de imágenes tenebrosas. En medio de dos pesadillas, me juré terminar con todo aquello de inmediato.
En el desayuno, Rebeca me anunció que debía permanecer en la ciudad un par de días, trámites burocráticos para su madre, quien no andaba bien de salud. El viaje de vuelta fue una tortura. Me encerré en casa y juré no volver a salir en mi vida. Leí furiosamente, escuché música a un volumen que mis vecinos seguramente juzgaron excesivo, jugué al ajedrez contra un rival imaginario, ordené toda mi colección de sellos antiguos. No habían pasado tres días cuando Rebeca se presentó en mi puerta, se declaró asustada ante mi aspecto, me obligó a tomar una ducha, afeitarme, vestirme “decentemente” y acompañarla a un sitio. “Es una sorpresa” dijo. Esa energía suya siempre me desarma, así que obedecí. Sin la menor objeción.
Todos padecemos adicciones. Sean graves o insignificantes, nos acompañan a lo largo de nuestra vida y, a veces, ni las percibimos. Puede ser el alcohol, las drogas, el sexo, el ego –la más común y menos diagnosticada-, el chocolate o las bebidas dulces. En esa ocasión, mientras íbamos hacia Trelew, para visitar a un experto en ornitomancia (observación de las aves), descubrí que la adicción de Rebeca eran los gabinetes esotéricos. Y me arrastraba tras ella como a un perrito, con la excusa de hacerme un favor: era yo quien necesitaba “consejo espiritual”. El asunto resultaba muy extraño –no voy a negar lo evidente-, y mi curiosidad crecía con cada nueva respuesta afirmativa. Pero ¿quién necesita conocer el futuro? Bastante tenemos con soportar el peso del pasado y vivir lo mejor posible el presente.
En Corrientes fue la enomancia (lectura de símbolos en el vino).
En Mendoza la numerología.
En Luján, la sicomancia, que utiliza hojas.
Fueron semanas de viajes, escenas sacadas de películas en blanco y negro, habitaciones contiguas pero siempre separadas y esperanzas renovadas por la mañana, que veía arder cada noche en el fuego glacial de la soledad. La boca de Rebeca era una promesa eternamente pospuesta. Y el dinero empezaba a menguar de forma alarmante.
En  Bahía Blanca, botanomancia (como se deduce del nombre, usa las plantas).
Xilomancia (madera) en Paraná.
Aluromancia (adivinación practicada con harina) en Junín.
Se ha dicho que la locura es hacer siempre lo mismo esperando un resultado distinto. Nosotros hacíamos justo lo contrario: Probar diferentes medios y obtener un mismo resultado. Llegó un momento en que ya parecía imposible la existencia de otra respuesta. Si eso hubiera sucedido, si se hubiese producido un cambio, tanto Rebeca como yo nos hubiéramos quedado atónitos y, con seguridad, hubiésemos pedido la repetición de la prueba.
Bibliomancia en Córdoba (El libro utilizado fue La Eneida, de Virgilio. Así solían hacerlo, se nos explicó, los romanos).
En Catamarca, ceromancia (se usa la cera de una vela).
Si al principio nos guiaba la búsqueda de una comprobación, ahora era más bien la esperanza del error: que en una de esas gravosas visitas, alguien pronunciase otro nombre, abriendo así una ventana a otra realidad, un agujerito minúsculo por el cual escapar de esta condena que se cernía, implacable, sobre mí.
Aeromancia (observación de los fenómenos atmosféricos) en Salta.
Tarot en Resistencia.
Al borde de la extenuación y la ruina, Rebeca insinuó una última posibilidad: En un lugar llamado La Serena, en Chile, existía un viejo cuya habilidad consistía en interpretar los signos de la arena. Tras dos horas caminando por la playa, agachándose de cuando en cuando para observar algún dibujo más de cerca, el anciano meneó la cabeza: Su dictamen fue implacable.
Era el último viaje. O más bien el penúltimo. Faltaba uno, naturalmente. Yo ya no tenía ni para gasolina. A la vuelta, vendí el auto y fui a la estación. Saqué dos pasajes para Ingeniero Williams y llamé a Rebeca, pero no obtuve respuesta. Dos días estuve telefoneando sin resultado. Fui a su casa, pero la portera sólo me informó, secamente, de su ausencia y no condescendió a dar más explicación. Me miraba con desconfianza. Pensé en contactar con la policía y denunciar su desaparición, pero algo me urgía más: Terminar con eso que me estaba calcinando por dentro. A la mañana siguiente, tomé el tren hacia Ingeniero Williams.
Hice la mayor parte del viaje dormido. O abstraído. Al llegar, bajé del vagón con un sentimiento de derrota en mi ánimo. Como si los fantasmas del pasado me hubiesen obligado a regresar. “¿Y ahora?”, me pregunté. En la estación no parecía haber nadie más, lo cual me contrarió, porque charlar dos minutos con el encargado o un viajero cualquiera, me hubiera servido para serenarme. Para sentir el suelo bajo mis pies.
Me senté en un banco, al sol. Recordé, como había venido haciendo durante esas últimas semanas, las escenas de veinte años atrás. Quise razonar que tal vez este regreso era mi expiación. Sin duda, no estaba preparado para lo que ocurrió a continuación.
De un rincón en penumbra, a mi derecha, a unos diez u once metros, surgió una voz que no pude dejar de reconocer.
- Te estaba esperando.
Pensé que se trataba de un espectro, pero el contorno del hombre de quien provenía el sonido parecía muy sólido. No podía verle el rostro (¿era realmente necesario?). Sólo el gabán, el sombrero, los zapatos. Las manos enguantadas.
- Te creía muerto – respondí, con un aplomo que no hubiera supuesto.
- He esperado mucho tiempo –dijo, como si no me hubiera oído.
- Veinte años – susurré.
- Veinte años – repitió él, como un eco acusador.
Podría excusarme alegando que lo ocurrido entonces fue accidental. Que yo no pretendía su ruina ni seducir a su mujer. Y mucho menos hacerle daño a él, a quien consideraba un buen amigo. Simplemente ocurrió así. Sólo defendía mis intereses. Eran las reglas. Pero incluso a mí, tras tanto tiempo, todo eso me sonaba a palabrería sin sentido. Había llegado la hora de la venganza y yo estaba dispuesto a dejarme matar sin una sola queja. Me parecía justo.
Fue entonces cuando percibí el perfume. Miré hacia el rincón. Tras la sombra del hombre, había otra, más pequeña, casi imposible de ver desde la zona soleada donde yo me encontraba. Y lo comprendí todo. Sin decir palabra, fijé la vista en el suelo, ante mí. Otro tren acababa de llegar. Iba en dirección contraria. Nadie bajó. Oí pasos a la derecha. Cuando miré, en el rincón no había nadie. Por un instante, aún tuve la esperanza de haber sufrido una alucinación provocada por el sol. Pero al volver la vista pude ver, como en un destello, un abrigo de mujer desapareciendo en el interior del vagón. La puerta se cerró y el tren echó a rodar sobre las vías. La estación quedó desierta. Pronto, el sol se pondría y la noche austral lo invadiría todo.



-Sergio Borao Llop, publicó “El alba sin espejos”




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***

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ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
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1 comment:

CRISTO_ANSELMO said...

me encantó la selección de textos, muy buenos, con gran cakidad literaria y contenido, muchas gracias por haberme hecho participar en esta edición