Saturday, April 02, 2016

DE QUÉ COLOR SERÍA TU SONRISA…

*Obra de Cecilia Aguado.
Villa Gesell. Argentina








Mil novecientos setenta y ocho*



*De Patricia Suárez. cazadoraoculta@gmail.com



Tengo nueve años, pero de pronto salgo al balcón y miro para afuera. El balcón está enrejado; dice ella que a los cuatro le juré que me iba a tirar por el balcón apenas pudiera. Ella me dijo que fuera y me tire y me encajó dos sopapos por insolente. Al día siguiente, hizo enrejar el balcón. A veces parece que me quiere, pero yo no estoy segura. A veces creo que nadie me quiere y cuando lo digo en voz alta, me quejo, ella dice: Ya estás haciéndote la mártir; la detesto cuando me habla así. Afuera están todos festejando, la calle arde de banderitas celestes y blancas. Saltan, silban. Papá y mi hermanito están ahí. Me vienen a buscar, pero estoy terminando de pegar los muebles en mi casa de muñecas. Es una caja de zapatos; acá hay cajas de zapatos por todas partes porque tenemos una zapatería. Mi hermano se llama Crispín porque san Crispino es el santo que protege a los zapateros; tiene tres años y medio; ella no sabía que esperaba otro bebé hasta que estaba muy panzona: creía que se había enfermado de los riñones. La zapatería era de mi abuelo, pasó a mi abuela cuando enviudó y cuando la vieja bruja reviente será de mi papá y mi tío. A mi tío tampoco lo quiere nadie, porque es armenio. Armenia es el sitio adonde estacionó el Arca de Noé; en el Monte Ararat para ser más precisos. La casita de muñecas para la clase es una idea de Miss Nancy, la maestra de inglés. Para que nombremos los muebles y las cosas que componen una casa en idioma inglés. Bed, cama; table, mesa; chair, silla: Miss Nancy es una estúpida. Miss Nancy es mi maestra de inglés en el Colegio Nuestra Señora de los Ángeles; también tengo otra maestra de inglés, en el Colegio Inglés, adonde voy por la tarde a tomar clases de inglés inglés, no de inglés americano. No recuerdo el nombre de esa tipa del Colegio Inglés; es joven y pronuncia mal. Dicen que si en Inglaterra no pronunciás bien, nunca te contestan una pregunta, para castigarte. Les preguntás dónde queda una calle y te dan vuelta la cara; te perdés en Londres por hablar mal. Ella está en cama y me pide que me quede a hacerle compañía. Todavía faltan dos años para que empiece con las pastillas y se haga dependiente de los ansiolíticos; pero ya está triste aunque yo no entiendo bien por qué. Papá y Crispín van a ir al Monumento; se reunirán ahí para saltar y vitorear que la Argentina es el Campeón Mundial de Fútbol 78. Gritan el que no salta es un holandés. Gritan cosas fuertes y comen salchichas y toman cerveza como si fueran alemanes, pero no somos alemanes sino argentinos y además a los alemanes no los tragamos porque si hubieran podido, nos hubieran gaseado en las cámaras de gas, así dice ella. Los odio a todos; odio a mi familia, odio a mi país.
Lo peor son las clases de Actividades Prácticas, labores, que hay. Peor que la flauta dulce, peor que conjugar verbos. Tejer una bufanda en punto santa clara, hacer un jueguito de comedor con broches para la ropa, pegado con una pasta casera que indefectiblemente se despega en media hora. Un día nos enseñan a hacer la choco-torta y cuando llego a casa con eso en una budinera, ella la desmolda con un cuchillito alemán filoso el mazacote en el tacho de basura. Le pregunto por qué lo hace y me dice si quiero que nos muramos todos de un ataque al hígado. La maestra de labores se llama Alicia; dicen que es guerrillera, pero no debe ser cierto porque las monjas la apañan. Una maestra de primer grado que sí era guerrillera, la señorita Patricia, en cuanto la descubrieron las monjas, la echaron de la escuela. Le pregunto a la señorita Alicia si trayendo la labor echa me permite hacer otra cosa en clase; me dice que sí, siempre que sea una actividad silenciosa. Le digo que traeré libros para leer; ella acepta y a partir de ahí llevo Nancy Drew, Los Hardy Boys y Los Hollister. Papá me regaló Bajo las Lilas, pero es de un aburrimiento mortal. Llevo Los Cinco famosos. Nadie en mi clase lee mucho; las chicas no conocen a Los Hardy Boys a pesar de que hay una serie de ellos en la televisión. El actor principal es cantante también, Shaun Cassidy. Ninguna sabe mucho menos quién es Shaun Cassidy, pero yo conseguí un cassette en una disquería de mala muerte y lo escucho en mi grabador todo el día: me gusta. Papá dice que lo único que vale la pena oírse es la música clásica, Bach, Beethoven, porque cuando uno la oye cierra los ojos y se imagina un prado verde y un arroyuelo. Para oír eso –que ella llama música de entierro- hay que sintonizar la radio, porque él no tiene cassettes con qué imaginar el prado verde. Además dice que si sigo escuchando esta porquería de Shaun Cassidy me la va a tirar a la mierda. Como sea, en el curso las chicas me piden que le preste los libros. En mi casa me dicen que no los preste, pero yo los presto igual. Sigo teniendo nueve años, pero le digo a ella si a esta altura voy a privar a los demás de darse un gusto con mis cosas miserables, estoy frita; y aparte Jesús nos enseñó que hay que dar. Ella me dá vuelta la cara de un cachetazo.
Nosotros tenemos muchos secretos.
• Nadie sabe que mi abuelo difunto vio platos voladores cuando viajaba a La Quiaca con mi tío armenio en el Chevy. Fueron los de Inteligencia y lo entrevistaron; salió una nota en el diario local. Mi abuela y otros creen que el abuelo veía visiones cuando estaba borracho.
• Nadie sabe que la abreviatura “Dr”, doctor, delante del apellido de papá en la chapita del portero no indica que él sea médico, sino abogado. La gente cree que él es médico y cuando le preguntan él asiente y dice que sí, especialista.
• Nadie sabe que mi abuelo S. roba estampillas en el correo para su colección de filatelia.
• Nadie sabe que el sobrino nieto de la madre de ella desfalcó el tesoro de la sinagoga en la que otro pariente era el rabino.
• Nadie sabe que mi abuela la zapatera mató a su marido con su propio revólver. Los parientes no tan cercanos creen que fue un accidente.
• Nadie sabe que somos judíos.
Un día voy a la escuela y hay soldados en el taller adonde papá guarda el Renault. En el taller hay una habitación entera llena de pajaritos: hay canarios, cardenales, jilgueros. Hay siete colores, diamantes, mistos, loros, cotorritas australianas. Hay hasta un chajá. No los venden, sino que al dueño del taller le gusta tenerlo y que la gente los vaya a mirar. A los hombres les gusta ir al taller, porque estacionan el auto y dejan a los chicos mirando los pajaritos. Después ellos se van a charlar con él; hablan de autos, de carrocerías, de la pelea del sábado, del fútbol del domingo, del clásico, los clásicos y de política. El dueño del taller asa unos chorizos y alguien descorcha un vino. Al final, los chicos juegan a la pelota porque se aburren de los bichos y nadie logra entender para qué el viejo ése cazó un chajá, que es un ave silvestre, para irlo a enjaular en un lugar así que es peor que la muerte. Ganas de hacer daño, dice mi papá. Todos se ríen mucho y fuerte con los choripanes en el taller, y ahora llegan los soldados y no cantan ni los pájaros. ¿Qué habrá sido del chajá?
Los militares están en el gobierno hace un tiempo largo; tienen lo que se llama gobierno de facto, explicó papá, que es cuando toman el mando de una nación por la fuerza, explica que le explicaron en la facultad de Derecho, en la época en la que él cursaba la facultad de Derecho, pero que esto yo no lo diga a nadie. Un país tiene una Constitución Nacional que debe respetarse, pero por el momento no está siendo respetada, sino que es una Dictadura. No entiendo mucho de que me habla, pero ella, mi madre, lo interrumpe y le dice que por Dios ya se calle y no hable, que ella quiere criarnos como la criaron a ella, derechito. En la casa de ella, recalca, nunca se hablaba de sexo, de política ni de religión y por eso nunca había discusiones. A los siete años voy y le pregunto a la panadera cuándo se irán los militares. La panadera se llama Graciela y el marido Jerónimo y es indio. A mí me mandan a comprar tres felipes y una varilla, siempre el mismo encargo. Aprovecho y espío a un chico que me gusta, se llama Daniel Wexler. Los militares se adueñaron del poder el mes de mi cumpleaños, cuando cumplía siete. A los siete y medio es cuando le pregunto a la panadera. Ella dice: A fin de año se irán, y agrega que no me preocupe. Pero sus predicciones son inexactas y todavía se quedan seis años más. Daniel Wexler tiene la nariz aguileña, muy fina, y ojos verdes achinados. Lo miro y sigo de largo; él no me mira. Me digo que cuando tenga un hijo le voy a poner de nombre Daniel, porque es el nombre más hermoso del mundo. Mi edificio está pegado al suyo, así que mi amor por mi vecino se reduce a trepar de una terraza a la otra y espiar. Así lo hago varias veces, hasta los once o doce cuando me mudo de barrio. El ni siquiera se fija en mí; yo creo que gusta de una chica que se llama Jacqueline y es hija del presidente de la asociación de comerciantes de la calle San Luis. Los nombres raros se pusieron de moda hace un tiempo; pero si no figuran en el Regristro Civil, no los ponen, porque los del Registro quieren que todos los argentinos tengamos nombres cristianos. La amiga de ella que vive en Fighiera le pone al hijo de nombre Peter –Peter también me gusta- que ahora tiene mi edad. Va a un Registro perdido, y un juez de paz que está ebrio lo anota como ella quiere. También le tiran unos pesos al tipo. Otro amigo de ella, de James Craik, Córdoba, le quiere poner a su hija Ximena con X, no con J. Pero como no tiene plata para sobornar al Juez, redacta una carta a las autoridades donde cuenta que Ximena con X se llamaba la hija del Mio Cid que es un gran personaje de la lengua castellana, un buen cristiano y un valiente soldado también que luchó por la reorganización nacional matando a los moros. El juez de turno lo autoriza a ponerle Ximena a la nena y asunto terminado; al juez, dice el amigo de ella entre risas, lo que le gustó era que le doraran la píldora con lo de los militares. Es un juez que está ahí oficiando en James Craik porque lo metió un coronel, sino seguía dando clases en alguna escuelita de curas. Mi nombre, en cambio, no tiene nada de especial, porque ella se olvidó el nombre que quería ponerme cuando fue al hospital y le pidió a mi tía que me pusiera el que indicaba el santoral. Después se acuerda, cuando ya me anotó mi papá. Era Yvonne o Ivonne con i latina; porque Yvonne era el nombre de una mujer, la cabaretera de la que su padre, mi abuelo el difunto, se había enamorado antes de morir y con quien engañaba a mi abuela la asesina. Después, ella dice que quiere mucho a su madre y sin empacho me pone el nombre del almanaque. Si Daniel Wexler la mira a Jacqueline, como yo creía, porque se llama Jacqueline, a mí no iría a notarme. Una vez, como quince años después cuando ya tengo veintipico, abro la puerta de la casa donde vivo con mi marido, y está él, Daniel Wexler. Medio metro más alto y con cincuenta kilos más. Es un tipo gordo que se hace cargo de la tienda textil del padre. Me pregunta: “¿Vos sos…?” y dice mi nombre vulgar, ordinario, que comparto con un alto porcentaje de mujeres de mi generación. Yo niego serlo y entonces él agrega: “Sí. ¿Vos no vivías en la calle Salta y Paraguay?” Repito que no y llamo a los gritos a mi marido, que hay un tipo afuera, un vendedor que lo viene a buscar porque él le encargó un género pesado, parecido al terciopelo, para confeccionar un telón o algo por el estilo.
No me dejan salir a ninguna fiesta; me paso el tiempo como una estúpida leyendo los tres tomos del diccionario o una enciclopedia que se llama “Lo sé todo”. Imagino que si leo los siete tomos del “Lo sé todo”, voy a saberlo todo, pero más adelante descubro en una biblioteca que en realidad la enciclopedia completa consta de veintiún tomos. Tengo un juego de laboratorio que mi hermanito me destroza. Quiero andar en bicicleta, pero no me dejan. Me compran una patineta y me dicen que me entretenga andando en patineta por el balcón. Quiero un perro, pero no me dejan. Un conejo pero no me dejan. Dicen que me comprarán una tortuga. Quiero aprender a nadar, pero no me mandan a las clases de natación. No quieren que salga. Una chica de mi clase tiene una churrería. En invierno venden churros y en verano helados. Cada vez que paso por ahí, me convida y yo acepto. Pero ella me dice que no le acepte porque son unos negros, que la chica es varonera y que anda suelto a partir de las siete de la tarde, el sátiro de la torta frita, que abusa de las nenas. Un día la mamá de la churrera viene a buscarla y ella le regala un par de zapatos para las hijas. Son seis hermanos; una desgracia. Ella dice que verá lo que puede hacer y al día siguiente o a la semana siguiente trae del negocio varios pares de zapatillas y se los dá. Tiene un gesto de generosidad; uno de los pocos que le conozco. Otra chica es mi mejor amiga, Laurita Creus. El padre trabaja en una empresa de seguros y mi familia no pone reparos. Un día, a las once, nos escapamos y nos vamos al club. La Asociación Cristiana de Jóvenes. Nos ponemos la malla y ella me enseña a nadar. Es así: primero, yo braceo mucho y ella me toma de los pies. Vamos nadando largos en la pileta de esta manera; después, el crawl lo hace ella y yo pataleo. Después nada al lado mío, flanqueándome como un delfín. Aprendo a nadar: no hay nadie en el mundo a quien quiera más que a Laurita Creus. A fin de año, al padre lo trasladan a una sucursal en San Miguel de Tucumán y nunca más vuelvo a saber de ella.
En la clase de labor seguimos leyendo a Nancy Drew y cuando acabamos los libros, a mí se me ocurre que escribamos nuestras historias. Nuestros best sellers, dice una. Somos cuatro chicas y somos las protagonistas de las aventuras que yo escribo en un cuaderno viejo, con letra apurada. La señorita Alicia nos suplica que no hagamos el menor ruido, porque sino deberemos hacer las labores como las demás: bordar el Corazón de Jesús en un bastidor, hacerle un vestidito azul a la muñeca. No hacemos ruido; somos felices. Una de ellas dice que a los dieciocho nos iremos de casa, alquilaremos un departamento y viviremos ahí todas juntas. Seremos como Los Angeles de Charlie; es una fantasía, por supuesto, que nunca se realizó. Un día, la señorita Alicia desaparece. Nadie nos ofrece explicaciones, así que a lo mejor la señorita Alicia era de verdad guerrillera, como decían. La monja de cara más adusta la reemplaza. No permite ni la lectura ni la escritura, sino que debemos concentrarnos en el hilo perlé, en los bordados; me concentro mordiéndome los labios, tragándome las lágrimas.
Miss Nancy, sin embargo, sí prevalece; sigue dando las clases de inglés y el día que Argentina gana el mundial de fútbol, ella viene con una escarapela puesta en el guardapolvo y grita: “Argentina is on the top of the world!” y “We’re the champions!” y otras frases imbéciles. Nos hace preguntas sobre el partido, la final contra los holandeses, para ejercitar nuestro inglés, frases del tipo: “Do you enjoy the team?” o “Do you like the party?” “Who is the most player in the world?”, etcétera, siempre en presente porque el pasado, los tiempos verbales del pasado es algo que no manejamos aun –y en un sentido amplio, no lo lograremos nunca-; pero Miss Nancy está eufórica y dá saltitos por toda el aula como un animalito salido de una enciclopedia de Australia, una rata canguro o alguna clase de esas alimañas extranjeras.









DE QUÉ COLOR SERÍA TU SONRISA…








A modo de retrato de María Elena Romero*



Ella soñaba hacer el amor con el Che
y contra eso no se podía competir
yo no era un héroe aun
y él solo moraba en la mitología.

Nos supusimos adultos
pero solo fueron  juegos infantiles
nuestros cuerpos inexpertos
no lograron encontrarse.

Ella sabe que ya no esta
pero no deja de invitarme
todavía la veo en la esquina
con su mirada paciente
y me pregunto
si el horror ya percibía.

Cuarenta años antes
nuestras armas eran las consignas
y algunos libros apenas leídos.

Así y todo
temerarios desde la cuna
nos rebelamos frente a  las sombras
con inocencia provinciana.

Si ella viera el mundo hoy
con los ojos  con que yo lo veo
me pregunto
de qué color sería tu sonrisa.


*De Jorge Santkovsky.











EL CIRUELO DEL MUNDIAL...*



Cada mundial vuelvo a recordar la historia del árbol plantado en el fondo de la casa de los padres de Kalman.
Porque el secuestro ocurrió al principio del mundial de la dictadura.
Quizá será por la tapa del libro, que conservo desde aquella época. La hoja maltrecha que era la tapa de "EL ESTADO Y LA REVOLUCION " de  V.I. LENIN.  PEQUEÑA BIBLIOTECA MARXISTA LENINISTA
En la desesperación el padre polaco de Kalman había enterrado todo lo que encontró en la pieza de sus hijos.
Solo se había salvado la colección de mecánica popular y un diccionario.

La imagen de su rostro recién retornado del chupadero. Su cara, nunca voy a olvidar su cara aunque la imagen este desgastada por las décadas transcurridas.
A los 20 años Kalman había envejecido de golpe: era un muchacho ojeroso con una tristeza madre instalada en la mirada. Me recibió sentado en una habitación deliberadamente sombría, como si sus ojos acostumbrados a semanas en la mazmorra no toleraran la luz.
Me dio la hoja suelta y dijo: -Tenelo de recuerdo, es lo único que quedo de la biblioteca.
De su biblioteca enterrada yo sólo había leído "Para leer al Pato Donald"
Después se largo con el relato del secuestro y lo que soportó en ese campo clandestino.
A menudo pienso en él, más aun cuando se acerca un mundial.
Cuando volvió a su casa, fueron con los viejos a un vivero y compraron un ciruelo bastante crecido.
Fue una ceremonia familiar plantar el ciruelo sobre el bulto de los libros enterrados en la quinta.
La dictadura pasó, años después volvieron a discutir si tenían que desenterrar los libros, el árbol había crecido y ya daba sombra.

Fue Kalman el que decidió: -dejémoslo tal cual, parece que las raíces están bien alimentadas.


*De Eduardo Francisco Coiro.








*


Faltan
sus pasos por la calle,
la voz,
desde la casa,
nombrando al hijo.

Falta
su amar para toda la vida
o sólo un día,
falta su pelo
moviéndose al viento,
su torpeza
trepando la escalera
para armar un árbol.

Falta su sonrisa
cansada y rebelde
frente al café amargo
en los bares
de barrio.

Falta su decepción
o su conquista.
Su historia
chiquita y olvidada
entre los días.

Le sobra al mundo
este número
que reconoce que ha existido
y que ya no es más
que la memoria
que persiste.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com












RÉQUIEM POR LOS PÁJAROS.*




Ella hacía las compras, jabonaba pañales, enjuagaba y tendía.
No había dinero para descartables.
Transcurrían los soles sobre sus necedades y sus manos exhaustas.
Fue el año del Mundial y aquella ceremonia de los niños risueños, vestiditos de blanco. Todo tan ensayado. Todo tan impecable. Los estadios enormes, los partidos de fútbol que miraban en familia desde el refugio tibio de la cama.
Era invierno. Hacía frío. Preparaba pasteles con dulce de membrillo mientras las calles eran un desierto que, de pronto, poblaban millones de gargantas trepándose a las cúpulas del triunfo.
Fue el año de la copa. El mundo en esos brazos, en ese anonimato que invadía balcones, envuelto en la bandera de la patria. Muchedumbres corriendo, dilapidando euforias sobre los bulevares.
Y ella invitando a su hombre a salir a la calle. Justamente a su hombre, inquilino de rabias e impotencias, gritándole que él no se prestaba... que todo era un engaño, una grandiosa farsa para esconder la mugre debajo de la alfombra...
Y el barrio en la vereda, esperando que alzara a la pequeña, que cantara canciones, que acompañara al hijo en su inocencia porque toda la tarde era festejo.
Y en los días siguientes continuar caminando su mundo de manteles, de risas controladas, de limpieza, de pulir las cerámicas, de regar los canteros, de comprar ornamentos para tantas repisas.
Disimulando siempre la pobreza con sus manos groseras, casi toscas, dos simples instrumentos de trabajo que anhelaban, a veces, las caricias.
Después, ese regreso al mundo en democracia. Acusaciones, juicios, testimonios. El corazón sin miedo denunciando. Treinta mil expedientes aguardando en despachos. Volúmenes enteros de nunca más indulto obediencia debida.
Mientras su culpa busca a los que faltan.
Mientras blancos pañuelos se disfrazan de jueves en la plaza reclamando un retazo de plegaria para aquellos que fueron otros hijos.
Mientras Scilingo entrega su cargo de conciencia porque voló la muerte con capucha cuando la noche era siniestra y lúgubre y el Río de la Plata un sepulcro sin nombre cargado de secretos.
Y ella culpable, loca, estupefacta, cómplice del silencio -incapaz de dudar, presentir, darse cuenta de la gran mascarada-, alcanzado certezas, comprendiendo que hay pájaros perdidos en la niebla y hay historias de aullidos y picanas.
Y algo peor todavía, ahora que condena su figura embriagada de cánticos, escuchando las voces de sus padres, sus sandeces rotundas, sus prejuicios, sus sentencias, su nomequedandudas, su algohabránhecho, enalgohabránandado. Su acostumbrado juego de mordazas.
Ahora que comprende que le vendieron un mundial de fútbol y ella compró su cuota de estandarte y la correspondiente oblea distintiva de derecha y humana.
Porque en este país, en este sitio, todo estaba ordenado, circunspecto, prolijo, bien lustrado y pintamos de blanco los parques y las plazas y permitimos que destrocen nidos porque ensuciaban mucho las aceras y adherimos a todos los decretos por que el hombre vistiera como hombre, llevara el pelo corto y no osara meterse donde no lo llamaban.
Tiempos en el que Dios fue indiferencia.
Tiempos en los que nadie tuvo en claro que hubieran terminado con los pájaros porque nunca encontraron los cadáveres.



*De Norma Segades Manias. directoragaceta@gmail.com









*


Dicen
que las fieras andaban al acecho.
Que había
en las esquinas muerte y odio
y personas
que se perdían en el aire.

Dicen
que había gente,
mucha gente,
que se lavaba las manos
cada día
al regresar a casa.

Yo recuerdo
el tele encendido los domingos
y un señor
de bigotes siempre en misa.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com










Recordar*



*Por Antonio Dal Masetto.


Recuerdo cierta noche de verano de 1985 cuando en un bar del Bajo, desde otra mesa, alguien me preguntó: "¿Leyó el Nunca Más?". La voz pertenecía a un anciano que tenía un cuaderno abierto delante de él. Había estado escribiendo, usaba lentes de vidrio muy gruesos y parecía que tuviera dificultades para descifrar sus propias anotaciones. Dijo: "Registran 8.960 desaparecidos, hombres, mujeres y chicos, casi 9.000, pero seguramente son muchos más y es probable que jamás se sepa la cantidad real". Yo asentí. El anciano insistió. "¿Esa cifra le dice algo? ¿Sería capaz de imaginar 9.000 pares de zapatos?". "No, creo que no podría", dije. El anciano se concentró un momento en su cuaderno y volvió a hablar. "¿Sería capaz de imaginar 9.000 cuerpos?". Dudé nuevamente; contesté: "Tal vez pueda imaginarse una concentración de 9.000 personas vivas, en una plaza, en la calle, en una cancha de fútbol, pero no de otro modo". Y el anciano: "Estuve haciendo algunos cálculos. Intenté pensar en 9.000 cuerpos acostados en el suelo, uno a continuación del otro, la cabeza de uno contra los pies del siguiente: ¿Tiene idea de qué distancia podrían llegar a cubrir?". "No podría decirlo", contesté. "Supongamos que colocamos el primer cuerpo justo en la entrada de la Casa de Gobierno a partir de los dos granaderos, y desde ahí hacia el oeste, todos los demás; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿sabe adónde llegaríamos?". "No lo sé". "¿Quiere seguirme en el recorrido?". Asentí. El anciano: "Avanzamos por la Plaza de Mayo, bordeamos el monumento a Belgrano, la Pirámide, los canteros florecidos, desfilamos ante la Catedral y su antorcha, el Cabildo, alcanzamos la Avenida de Mayo; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me sigue?". "Lo sigo". "¿Prefiere que tomemos por la vereda de los números pares o impares?". "Lo que usted diga". "Dejamos atrás la Municipalidad, cruzamos Perú, algunas librerías, negocios, bares y alcanzamos la 9 de Julio, ¿estamos?". "Estamos". "En la primera plazoleta pasamos frente a las dos figuras femeninas que simbolizan la Virtud y la Sabiduría: más allá, enfrente, la ridícula caricatura del Quijote; recorremos las últimas cuadras de la Avenida de Mayo; después viene El Pensador, la fuente, las palomas, el edificio del Congreso, El Molino; seguimos por Rivadavia y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me está acompañando?". "Estoy". "El café de los Angelitos, negocios, negocios, negocios, el último tramo antes de llegar a Pueyrredón y su aspecto de mercado persa; Plaza Miserere y sus árboles, la bajada de Rivadavia, Medrano, la confitería Las Violetas, bancos, inmobiliarias, agencias de automotores, bocas de subte, testimonios de una ciudad civilizada, avenida La Plata, Parque Rivadavia, el monumento a Bolívar, avenida José María Moreno, pizzerías, negocios, negocios, negocios y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me sigue?". "Lo sigo". "Caballito, las rejas de la terminal del subterráneo, Rivadavia que se convierte en doble mano, el cielo que se amplía arriba, los edificios de departamentos más espaciados, Donato Alvarez, Boyacá; y solamente llevamos recorridas unas sesenta cuadras; alcanzamos Plaza Flores, la vieja iglesia, Nazca, mueblerías, casas de antigüedades, los barrios tranquilos que se desgranan a ambos costados de la avenida, las vías del ferrocarril que se entreven a cien metros y nosotros siempre con los cuerpos, ¿los está viendo?". "Los veo". "Cruzamos Segurola y ya estamos a la altura ocho mil quinientos; inmediatamente se suceden una serie de calles de nombres gratos: Virgilio, Dante, Víctor Hugo, Manzoni, Leopardi, Moliere, Byron, llegamos al once mil seiscientos de Rivadavia, exactamente la última cuadra antes de la General Paz, se nos acabó la Capital y podríamos seguir del otro lado, por la Provincia; y siempre la cabeza de uno contra los pies del siguiente, ¿me estuvo siguiendo?". "Lo estuve siguiendo". "Este trayecto y un larguísimo tramo más es lo que se podría cubrir con 9.000 cuerpos". A esta altura el anciano calló. Se sostuvo la cabeza con ambas manos, se dobló sobre la mesa y era como si realmente lo hubiese deshecho el esfuerzo de esa caminata. Eso es lo que recuerdo de aquella noche.











XXII*



Para hablar de perfidias, los vaticinadores desgranan advertencias. En tanto profetizan acerca de momentos posteriores al miedo.
Cuando las patrias nuevas recobran la esperanza. Y entregan a supremos tribunales sus futuros inciertos. Sus pasados oscuros.
Donde ángeles traidores mercaban con pañuelos de ternura.
Construyendo, en las noches, inventarios de ausencias.
Porque apenas el mundo despoje de perfectas cobardías los refugios del asco.
Una causa perdida, un motivo cualquiera, una guerra frustrada.
Los mostrará desnudos en mitad de una plaza sin gorriones.
Y nadie acudirá crédulamente a rodar antesalas, relojes rigurosos, diplomacias.
No aceptarán consejos ni besarán zafiros en anulares mórbidos.
No gastarán rodillas mendigando habeas corpus, presintiendo vigilias preñadas de tortura.
Y sólo las mujeres, solamente las hembras, las madres, las abuelas, portarán las pancartas del respeto.
Tallados en la frente los besos de sus hijos como salvoconducto.
Tal en las agonías balbucearan sus nombres / amuletos mientras los agitados desvaríos.
Durante las fugaces confesiones arrancadas a punta de picanas.
Con anterioridad a las conciencias confirmando los vuelos.
La suerte de esos sueños inmolados por trabajar las villas en el amor de un Cristo solidario.
Por compartir la mesa de su prójimo.
Por rozar la mejilla de los pobres.
Y caravanas de predicadores ofrecían consuelo a grupos de tareas.
Cada capellanía alquilaba indulgencias con la complicidad de una ciudadanía deshonrosa.
Andaban sus fervores eclesiásticos confortando aflicciones.
A esbirros de librea y guante blanco.
A sicarios de insomnios desafiantes.
Y ellos encapuchados, maldecidos,
sin indulto ninguno debajo de la lengua.



*De Norma Segades Manias. directoragaceta@gmail.com









InvenTREN





CUIDADO CON LOS TRENES...*




Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.

Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.

El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!

Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.

El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:

-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…

Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:

-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…

Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad. Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.

A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando un protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…

-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.

-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…
Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.

La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.
Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.
Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.

Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:

-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……

La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.

Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.

Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.

Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.
Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:

“¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”

Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…

La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.

Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.

Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:

-“¿Qué estás haciendo acá vos???”

Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…

Cuarenta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos
de …¿un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…






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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO.

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PARADA KM 79

ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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1 comment:

CRISTO_ANSELMO said...

es una edición particularmente triste pero muy buenos los textos, muy conmovedores