Thursday, April 07, 2016

PEDACITOS DE CIELO…


*Foto de Mónica Russomanno.










EL ÁRBOL Y LA CRUZ*



El patrón la llevó hasta el río en una jardinera. Ella se dejó llevar sin preguntas, sin protestas, de la misma manera que se dejó violar treinta años atrás, cuando don Felipe se hizo hombre, montándola como a un animal. Tampoco entonces ella preguntó nada ni se quejó ni emitió protesta. Se limpió su sangre de virgen de entre los muslos y continuó con sus tareas de sirvienta, aceptando que eso era lo que demandaba el orden natural de las cosas.
Entonces don Felipe padre le había dado una palmada en la nuca a su varoncito con satisfacción, y María había limpiado su sangre, y después de terminar de fregar el piso lavó su vestido con esmero. Silenciosamente, sin nada que contar sin nada que decir al respecto.
Cuando se cruzaba con el patroncito María bajaba los ojos y sonreía, limpiando el piso mientras él le miraba las nalgas firmes de niña. Cinco o seis veces más Felipe la llevó para los yuyos, pero el padre le dijo que ya estaba bien de andar cogiendo indias, y lo llevó a la ciudad, y en una cama de bronce una prostituta francesa lo introdujo en los primeros goces más refinados.
Hubo un tiempo cuando a Felipe se le arremolinaba el corazón cuando María pasaba cerca, con ese olor a limpio y a hembra joven. Era menuda, toda color canela con una trenza negra que le llegaba a las corvas. Felipe trató de dibujarla, y María sonreía con los ojos bajos.
Después el hijo del patrón se fue a estudiar, hizo amigos, conoció más placeres, perdió un poco de tiempo y mucho dinero en Europa, se casó con una chica de buena familia, sentó cabeza, se estableció en una casona de Adrogué.
Los capataces, medieros, el administrador se encargaron de la estancia.
Y ahora Felipe retornó como don Felipe, la barbita cuidada ya canosa, un carretón con libros, cuatro hijos y algún problema político que hizo le aconsejasen alejarse de la Capital hasta que se aquietasen las aguas.
Cuando volvió, primero fue la emoción de volver a ver los lugares de la infancia y la alegría de mostrar a sus niños la inmensidad del cielo en el campo, la negritud de la noche, el terrible bramido de los toros en lo obscuro, la maravilla de los ocasos rojizos, el griterío de los pájaros.
En esos días retornó el olor olvidado de la cocina, la variedad de matices de naranja y rojo en las tejas, el chirriar de la puerta del frente, la sensación del cuerpo del caballo entre las piernas, todas esas cosas que habían seguido existiendo mientras que él las había depositado en el fondo de su mente. Ahora de pronto todo ese pasado le tironeaba de la ropa con manos pegajosas, real y tangible.
A María la recordaba, pero no a esta india de vientre chato y caderas anchas, el pelo gris y la cara arrugada, de fríos y calores y fuegos y años. Sus manos eran las de una anciana, y la sonrisa sumisa dejaba ver una cavidad casi sin dientes.
Don Felipe se había interesado, en Buenos Aires, por la historia de algunos grupos aborígenes. Era hombre de su época. Un caballero discutía sobre todos los aspectos de la ciencia y la incipiente técnica, exquisita e inteligentemente, fumando en el club o en los entreactos del teatro. También en las sobremesas, claro está, en la que algunos descastados lograban introducirse si contaban con conocimientos de interés o hacían escandalizar a las señoras para diversión de los maridos.
Justamente un antropólogo había charlado sobre las creencias de los indios, entre los que abundaba un politeísmo curioso y un animismo enternecedor. Esa noche había un cura entre los invitados, y los hizo reír contando anécdotas de sus días de misionero, y aludiendo a las disparatadas creencias de los pobres salvajes.
Ahora, don Felipe llevó a María hasta el río en la jardinera. Le ordenó que baje, la mujer acostumbrada a obedecer aguardó con rostro impasible lo que vendría.
El patrón le preguntó si en su tribu, allá donde ella había nacido, adoraban a los árboles. María soltó una risita cortés. Don Felipe volvió a preguntarle, y María otra vez rió con su boca desdentada.
Fastidiado, el hombre volvió a preguntarle si allá donde nació adoraban a los árboles, ya con la voz dura y un ceño de enojo, lo que motivó que María siguiese sonriendo pero silenciosamente. Aguardaba sonriente pero sin dar muestras de haber comprendido la pregunta.
Armándose de paciencia, don Felipe inquiría si los árboles eran dioses para los mayores de su sirvienta, quien asentía con aspecto de no comprender y la sonrisa invariable. ¿Es que era tonta acaso? ¿No entendía lo que se le preguntaba, no deseaba responder?
Finalmente el patrón le indicó un árbol –era un ceibo- y le ordenó que le mostrase los ritos de su tribu.
El árbol al que la madre de María le dedicaba sus plegarias y agradecimientos era, justamente, un árbol retorcido de flores rojas con forma de pájaro. Pero no era este árbol. El árbol al que le cantaba la madre de María era el que tenía una cicatriz en la segunda rama, herida hecha por su abuela, era el árbol que estaba al lado de un espinillo y cerca de un bosquecito de totoras, era el árbol sagrado en suelo sagrado que se veía desde el sagrado río en el que pescaban. El árbol de María no era un ceibo. Era ese el su ceibo, en otro lugar, en otro tiempo, en otra vida.
Ahora María llevaba, como todos, un crucifijo al cuello. Un símbolo. No llevaba la cruz de Jesús sino una reproducción manejable del símbolo del Dios que anda por todos lados y sirve para todo el mundo, como una moneda que pasa de un bolsillo a otro. Una cruz igual a otra y sin embargo diferentes, oro, plata, madera, dos trazos perpendiculares y cada iglesia con su campana.
Pero el árbol de la madre de María era ese árbol individual en ese sólo recodo de ese único río en ese mundo sagrado que se les volvió ajeno.
¿Qué hacer cuando el patrón le ordena que cante, que baile, que haga algo para mostrar la religión de la tribu de sus ancestros? La tribu no existe, la religión estaba unida a la unicidad de cada hombre en su paisaje. No se puede exportar.
María sonríe y sonríe mirando el suelo. Espera que ese hombre se calle para volver a fregar los azulejos del patio andaluz.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com








PEDACITOS DE CIELO…







EL HOMBRE QUE CALLA*



Dijo “no, gracias”. Dos palabras, pensó, está bien, perfecto, simple y fácil. Sensación de tranquilidad, todo encaja, las esferas se desplazan sin escollos por una superficie pulida. Epifanía.
Hace ya demasiado tiempo que cuida sus frases, cuenta mecánicamente las palabras, tacha las que se pueden obviar, siente la satisfacción del avaro que economiza un céntimo.
Es un hombre que calla. El silencio ha venido quedándose a su alrededor como una neblina de esas que al mirar por la ventanilla del autobús se levanta de los bañados, y son jirones y luego un humo transparente y finalmente desaparece el paisaje y sólo los altos follajes sobreviven a la irrealidad.
No es un silencio definitivo, alguna que otra vez una palabra necesaria se le desprende y muere apenas pronunciada. Escuetas frases concedidas a la cortesía, una respuesta, una pregunta o un pedido con el número imprescindible de voces. Ejercicios de contención, sus sentencias son como las palabras cruzadas del periódico: cuadraditos, casilleros más blanco y negro que pintura impresionista temblorosa de pinceladas y manchas.
Este hombre cuando habla sigue callando y no sabe, él mismo, que cuando habla calla.
Ahora sonríe al portero y la sonrisa reemplaza al “buenas tardes”, cabecea al compañero de trabajo y se ha ahorrado un saludo, afirma con un gesto y descuenta un “si”.
Por alguna razón hay datos que se afirman como pilares y se tornan encadenantes. Ciertas supersticiones generan ritos que nos acompañan en lo cotidiano. Habrá quien se avenga a la pueril pulserita roja contra la envidia, quien se persigne cuando transite frente a una iglesia, quien tire sal por sobre el hombro izquierdo cuando involuntariamente tumbe el salero.
En algún momento se le unieron informaciones desparejas. De pequeño leyó o escuchó que los animales tienen el latido de su corazón ajustado de acuerdo a la longitud de su vida, las especies longevas tienen un ritmo cardíaco más moroso, las efímeras redoblan pulsaciones dilapidando impulso vital. Así el pequeño corazón del colibrí es un tamborcillo enloquecido, mientras que los corazones de las lentas tortugas laten con la parsimonia adecuada a su longevidad. Habría entonces para cada uno un número prefijado de sístoles y diástoles, y cada carrera o susto acerca al individuo a su muerte. Pensó en algunas excepciones, se preguntó si esto dado por verdadero en líneas generales será, precisamente, una generalización al gusto de las divulgaciones de nota de relleno en el periódico, o de las páginas de noticias insólitas.
Como todo aquello que nos conmueve, quedó en él sin necesidad de prueba o confirmación. El hecho de dudar de la veracidad del dato lo hizo más cercano a lo mágico y verdadero en cuanto a ser un artículo de fe.
Reflexionó sobre el número exacto de inspiraciones y exhalaciones a lo largo de una vida, en la precisa cifra de parpadeos, en el número de pasos posibles, en toda esta finitud de acciones, esta contabilidad incógnita y sin embargo precisa y finita.
Aquel niño se sentará un determinado número de veces antes de morir. No sabe él el número, no lo sabe su madre, pero es indiscutible que el número existe. Debiese estar ocioso el Dios que llevase las cuentas de todos los mortales, que cuántas veces ha dormido éste y que cuántos pasos le quedan a aquél, pero supone que no es imprescindible contar las hojas que quedan en el árbol para que caiga la última, y del mismo modo determinados actos se gastan. Entonces es bueno y necesario hacer economías y ser cauto al ir entregando las monedas para retrasar la bancarrota inevitable.
Tantas veces me habré calzado, tantas me cortaré el cabello, tantas veces producirá la médula un glóbulo rojo, uno más.
Matemática secreta, oculta, roja, de sangre y órganos, de acciones húmedas, acaso reprobables.
Pensó en los óvulos que nacen con la niña y poco a poco se liberan a su destino de procreación. Todos ya allí desde la beba sonriente en su cochecito. Los futuros hijos, uno por uno los óvulos, muchos, pero ciertamente no infinitos, y uno de ellos, el último.
No practicó el sobresalto, se alejó de parques de diversiones y deportes para no malgastar el número exacto de latidos que se le destinan. Y no fue nunca un hombre que temiera a la muerte, sino que sintió hacia los días futuros cierta clase de extraña avaricia.
Luego, y también por una de esas razones que se pierden en lo borroso, sintió que para él había un número exacto y prefijado de palabras que podría utilizar. Y las palabras entonces –se dijo- no será que las palabras también están contadas en el racimo que nos pertenece. No será que cada palabra achica el período de gracia, no será que al gastar los verbos, los sustantivos, no será que con la palabra de menos nos acercamos a la muerte.
La muerte como bolsillo vacío, como hueco.
Economía.
Sin percatarse demasiado, fue escardando sus frases hasta convertirlas en esqueléticas ramitas invernales. Cada adjetivo era un derroche, alguna vez comparó las descripciones a fumar un cigarrillo que fuera tapando los bronquios y envenenando lentamente los pulmones para provocar el colapso último.
Pero no es algo que meditase todos los días, y si le preguntáramos el por qué de su laconismo lo juzgaría producto de su carácter o de la mera costumbre. Antes, mucho antes de los psicólogos y las terapias ya sabíamos que cada acto es resultado de factores lejanos y sumergidos en el olvido. Ni tan siquiera es necesario creer en algo para ajustarse a sus reglas, seguramente reconocería lo absurdo del razonamiento si se detuviese en ello, pero ya habituado a la caligrafía japonesa de su vida, encuentra natural que para describir un temporal basten cinco líneas en un árbol y un cabello enloquecido.
Pensar la frase perfecta, la más breve. Abreviar, cortar, suprimir. Alejarse del precipicio final a través del ahorro.
Este escaso intercambio verbal se refleja en una notable sequedad en el trato, en poca transmisión de sus sentimientos y, finalmente, en sentir cada vez menos. Nada para decir, nada para compartir si cada palabra tiene un precio que pagará indefectiblemente.
Las palabras dichas son monedas que se alejan de la bolsa, las palabras pensadas se van recortando también, y la pizarra superpoblada de la niñez, llena de dibujos con tizas de todos los colores se le ha ido tornando pantalla de ordenador, campo blanco y letra destacada.
Tamaño ejercicio de estilo lo ha dejado en soledad. Tiene una esposa que lo tolera, dos hijos que lo soportan, compañeros que no notan su ausencia. A su lado florecen las narraciones y los graffitis, las conversaciones se entrecruzan y millones de informaciones innecesarias se derraman y gotean. La gente charla de lo importante y lo intrascendente, mienten, exageran, repiten.
Este hombre que calla es un palote negro, un redondo silencio en la sinfonía turbia de vientos y cuerdas enloquecidas.
“No, gracias” ha dicho. Perfecto, simple y fácil.
Llegará el día en que tanto ahorro encuentre la necesidad de ser dilapidado. Se suicidará sin pastillas ni soga de nudo corredizo. Será por despilfarro. De buenas a primeras comenzará a hablar y pasará del balbuceo al canto, del canto a los pensamientos inconexos, a las estrofas inabarcables y a la superposición de colores. Se le brotarán recuerdos y tirará adverbios a las fuentes, no reparará en gastos y a sus nietos les repetirá el mismo cuento hasta que las páginas manoseadas se manchen de masita de chocolate y crema de leche.
Pero este hombre todavía calla. Le resta un poco de tiempo, aún, para la liberación.











EL SILENCIO Y LA FE*




Hace años que pertenece a la comunidad de la parroquia. Comenzó a ir a la iglesia como todos, cuando le tocó hacer la comunión, y entonces era la simpleza de concurrir un poco por obligación de los padres y porque todas los nenes de su grado en el colegio iban a la parroquia los sábados a la mañana, y fue una clase más de religión como la de la escuela, con papelitos intercambiados, recreo y juego a la salida, y un cuadernito con fotocopias y pintura de dibujos, memorización de respuestas en la misa, y unir cada pecado con la virtud y saberse los mandamientos tan mal como las tablas de multiplicar, que la mayoría llega hasta la tabla del siete pero hay quien se detiene en la del seis para siempre, y acá lo mismo, algunos que no pasaron del honrar al padre y a la madre, y nada de pensar un poco alrededor de las frases, sólo acatar la consigna para subrayar con birome roja o azul según el caso.
Siguió en la parroquia porque le gustaba cantar y entró al coro, y resultó que el movimiento carismático le puso canciones con guitarra y pandereta, y fue muy fácil rodar por el declive de las palmas y los bailoteos, y pensarse en el grupo solamente, y pasar de yo a nosotros, y apoyarse en ese grupo donde los abrazos son fraternos y las sonrisas vienen de veras desde más adentro, desde un lugar que cuando se miraban asomaba a los ojos un reconocimiento y una estima verdadera.
Hubo noches heroicas en que alabaron al Señor desde la tarde hasta la mañana, servicio solidario, retiros espirituales para llorar y abrazarse y derramar sentimiento sobre los amigos, sobre la familia allá en casa, sobre el universo alumbrado y revelado por el amor como una fotografía sobreexpuesta.
Conoció al novio en uno de los grupos, un chico un poco loco, que solía escandalizar a la señora que arreglaba los crisantemos en los jarrones y ponía las sogas blancas haciendo camino los viernes y sábados para las bodas. Estaba bien, todo, en esos días, y no eran nada estúpidos por estar en la iglesia, no eran ni débiles ni fenómenos por estar allí al lado del Padre, yendo al hospital a cantar en vez de salir a dar la vuelta obligatoria por la peatonal. Y a veces el novio decía malas palabras, y ella usó minifalda, y tuvieron sexo antes de casarse porque al fin y al cabo eran modernos, pero estaba bien, también, porque el perdón de Dios es cálido y abrasa, y nunca sintieron frío en el altar.
Se casó en la parroquia con el novio parroquial, los casó el cura con el que tantas veces tomaban mate cuando seleccionaban la ropa en Cáritas, los invitados les gastaron bromas inofensivas, alquilaron una casita enfrente de la iglesia, que era suya y una casa más donde los esperaba su hermano Jesús y su madre María. Eran ellos muy felices, y se vinieron las malas porque las malas siempre llegan, pero allí estaba el cura, y allí estaban los muchachos del coro, y ni hablar del matrimonio guía que expedía luz de tanta serenidad en esas caras. Las malas fueron muchas y variadas, y llanto hubo y noches en vela hubo, y el primer hijo casi se les va de entre los brazos una noche por una enfermedad, pero salieron con bien. Y las heridas cicatrizaban y los vendajes eran los otros, todos los otros que estuvieron y estaban, y que también iban sorteando oleajes y vientos. Alguno se fue, alguno se distanció, pero ella seguía siendo feliz  mientras avanzaba en su treintena, ya con los chicos en la escuela, el marido con barriga y menos pelo, el cura arrugado y sin embargo con las ganas, todavía, de seguir cosechando hombres, mujeres y niños para sumarlos a la Gran Obra, la Gran Fraternidad, la Iglesia.
Era ella la que parloteaba ahincadamente cuando cosían para Casa Cuna, ella charlaba con las más jovencitas y con las viejecitas que planchaban los paños del altar y la sotana del cura. Ella se entretenía con la señora que barría el templo, les contaba historias a los nenes de catequesis, era la cotorra del barrio según el cura.
Tuvo ella, entonces, una vida como la de cualquiera, pero con un abrigo. Ni éxitos rotundos ni rotundos fracasos, pero remedio contra la desilusión. Nada fue perfecto, pero el aceite sobre el agua aquietaba las borrascas. Era feliz con su marido, sus hijos, su Dios acodado en la tapia del jardín.
Fue feliz hasta que tuvo dudas, hasta que debió aceptar que tenía dudas.
Así sin más o quién sabe si desde el principio. La cosa es que en cierto momento era necesario admitir que su fe se había despintado severamente y estaba en franco derrumbe.
No hubo causas directas. Si hubiese sido por una muerte o una enfermedad, ella misma hubiese acudido a las herramientas diseñadas para que la desgracia se transforme en cruz, y hubiese usado el carrito construido en comunidad para mover esas cruces y transportarlas hasta que desaparezcan o se achiquen.
Pero no hubo ni terremoto ni desprendimiento. Por propia gravidez parió la duda, sin desearla ni haber dado un solo paso para conseguir semejante premio.
Así sin más, ella dudaba. Se preguntaba que qué pasaba con todo si Dios no existía, si la iglesia era un edificio presuntuoso, si el cura era un hombre castrado inútilmente, si la comunidad era un grupo de gentes patéticas, si la tierra es un planeta entre los planetas y si la vida es algo que tenga un sentido fuera de un presente fugaz.
Dudando de la trascendencia, dudando de sí y de los otros, pero de sí, se cayó de la cuerda donde había transitado espléndida y con los rayos de un sol de estandarte en oro.
Ya no tenía abrigo para la helada sobre el césped, no tenía cinta para sujetarse los cabellos. No tenía, ella, ni Padre enorme ni Madre amorosa ni Hermanos irrenunciables. Si no creía en ellos, ellos desaparecían, y puede uno obligarse a muchas cosas, pero la fe no se negocia.
Gastó rosarios y procesiones, se obligó a novenas y realizó promesas. Se castigó con renuncias tan absurdas como la de negarse el chocolate. Bajó un poco de peso, pero siguió dudando.
No pudo decirle nada al marido, apartarse de la fe era como serle infiel pero de una forma más auténtica y temible. Ellos eran parte de la parroquia, su familia era ese grupo heterogéneo y amado de gentes reunidas en torno a su religión y a su sacerdote, su matrimonio era un pacto frente a ese Dios, era sagrado y firme y bello su matrimonio sólo porque Dios estuvo con ellos y ellos lo sentían caminar a su lado.
No se confesó con el cura, su cura. Fue a otra iglesia y comenzó a sentir lo que la traición tiene de bajo y las ruindades de lo inconfesable. Con otro cura fue a hablar, y, si en vez de ir en motocicleta a otro barrio hubiese entrado con lentes oscuros a un hotel alojamiento, menor hubiese sido su vergüenza.
Hizo varios intentos, estuvo en uno de esos retiros que antaño hubiese sido gozoso, trató de no pensar y no preguntarse nada. Pensó en el suicidio.
Finalmente hizo más o menos lo que todos hacen con respecto a algún tema. Mintió. Se dijo que actuando como si creyese, llegaría a recuperar la certeza y esa paz que ahora que había desaparecido le dejaba el insomnio y la crispación.
Ahora ella va a la misa, lleva a los chicos a los boy scauts, pertenece a algunos de los grupos, es matrimonio guía con su marido para los cursillos prematrimoniales, cultiva rosas para el altar de la Virgen. Y no cree ni una sola palabra de las que pronuncia, y no siente ni uno de los abrazos que le quedan prendidos a los hombros como un traje mal cortado.
Tampoco reflexiona sobre esto a diario, pero la sensación de ser una farsante le ha quitado el brillo. Es notable. Y no habla demasiado. Trata de no hablar para que no se note.










LA DESESPERANZA Y EL SILENCIO*



La maestra trajo tres láminas; estuvo ayer hasta muy tarde en la noche pintando con témpera el gato negro, el loro verde y el perro marrón con manchas blancas. Las arrolló cuidadosamente y les puso una bandita elástica no muy apretada para no arrugar las cartulinas.
En el colectivo viajó parada, con el portafolios pesado en una mano y las láminas en la otra mano y contra el pecho, para que los apretujones y sacudidas no las ajasen.
A la entrada le contó a su paralela, la maestra del otro tercer grado, que con las láminas (las desenrolló, se las mostró con orgullo), le contó que con las láminas iba a realizar una clase sobre los seres vivos intentando que los chicos escriban una producción un poco más rica. Primero, dijo, voy a dialogar y vamos a realizar un torbellino de ideas sobre adjetivos posibles e imposibles alrededor de los animalitos, voy a proponer la construcción de una historia, y con la maestra de dibujo van a armar una secuencia cada uno creando una pequeño relato.
En la carpeta hizo un proyecto, y había cruzado los contenidos de ciencias, lengua y plástica. Pensó en pedirle a la de música que buscase una canción para hacer un cierre, y quizás programar una clase abierta con familiares para que los chicos expongan la producción escrita, los dibujos y canten la canción. Quizás con la señorita de tecnología se pueda construir algo y regalarlo a los asistentes. Qué podría ser, señaladores, animalitos de cartulina con una frase, hay tiempo para coordinar con la maestra de tecnología, recién tienen el viernes.
Mientras le contaba a la maestra paralela el proyecto, seguía pensando en posibles ramificaciones a partir de las tres láminas otra vez enrolladas con su bandita elástica.
Las porteras le convidaron un mate con una pizca de café, unas hojas de menta y cáscara de naranja. Hablaron de uno de los hijos de la vice que se iba de viaje de quinto año a Bariloche, comentaron el clima, pero entretanto la maestra repasaba mentalmente las preguntas motivadoras y se entusiasmaba con las respuestas que ya suponía creativas y graciosas de Yanina, tan despierta, o de Brian que siempre se destacaba.
En la fila fue lo de siempre; empujones, protestas, alguna mochila que casualmente golpeaba al de atrás o al de adelante. Una vez logrado cierto orden siguió el canto a la bandera y el saludo al personal directivo a coro, “Buenos días señorita Marta”, con los primeritos culminando demoradamente con “se-ño-ri-ta Mar-ta”; las voces agudas de enanitos mientras los de séptimo ya volvían a empujarse rumbo al salón y reían groseramente para demostrar que están a un paso de la secundaria.
La maestra fue al aula seguida por sus chicos de tercero “B”.
En el recurrente caos matinal, una nena que faltó el día anterior encontró su sitio ocupado por un varón, lucharon un rato argumentando pertenencia, la maestra dirimió la disputa territorial sin dejar conforme al desplazado quien siguió quejándose y revoleó la mochila de mala manera demostrando su descontento. La maestra hizo como que no lo había visto mientras hacía correr hacia adelante a Juan Ignacio que siempre apretaba al de atrás contra la pared; le dijo como siempre a Leonardo que no desparramase los útiles desde tan temprano (ya estaba debajo de los bancos detrás de sus lápices y la goma de borrar, que arrojaba mal disimuladamente para hallar el placer de arrastrarse por el suelo).
Finalmente se aquietó la clase y se abrieron los cuadernos y las cartucheras. Un nene otra vez se había dejado la cartuchera en su casa, otro no tenía lápiz porque el hermanito o porque quién sabe. Resolución del problema, pero mientras tanto el nene desplazado del banco que había ocupado el día anterior la había insultado a la propietaria reinstalada. Otra vez la maestra tuvo que poner orden, pero notaba que el silencio logrado se iba desintegrando, y peligrosamente notaban los nenes que podían ir sumando escollos para que se desbarrancase la clase por completo.
Mientras la maestra retaba al que había proferido el insulto, Leonardo había vuelto a arrastrarse por debajo de los bancos, una nena silbaba disimuladamente y tres o cuatro acusaban a viva voz a otros de otras cosas diversas de las cuales éstos también se defendían a los gritos.
Apresuradamente la maestra fue al frente y puso orden a los gritos. Algunos se rieron, ella sintió las mejillas coloradas y se calmó por dentro. Leonardo seguía en el suelo. Si discutía con Leonardo daría un resquicio para que recomenzaran las disputas. Lo dejó reptando entre patas de sillas y lápices que rodaban, y dijo que tenía un material que había traído especialmente para ellos.
Logró captar el interés, y aprovechó para comenzar la clase pues era imperioso sostener el instante. Sabía que una pequeña demora sería la cuña que impide cerrar la puerta. Con disimulada prisa tomó el rollo de láminas, las extendió sobre el escritorio pero volvieron a arrollarse. Esto causó una carcajada que fue secundada por risas estridentes. La nena del tercer banco empezó a gritar mientras giraba la cabeza para lograr adeptos, y logró solidaridad inmediata. Casi todos reían o gritaban.
Otra vez logró orden a los gritos, ¿de qué se ríen, por qué gritan? ¿qué cosa es tan graciosa, que una lámina se arrolle? habló sobre la actitud, el respeto, la importancia de ser educado, habló y habló sobre cosas que llovían y llovían mientras los chicos en sus asientos se aburrían mortalmente. Hubo un bostezo ostensible y ruidoso. La maestra le pidió a Pablo el cuaderno de comunicaciones para ponerle una nota de mala conducta. Pablo argumentó que él sólo había bostezado porque tenía sueño, que no había hecho nada malo. La maestra respondió mientras Leonardo volvía a arrastrarse por debajo de los asientos detrás de un sacapuntas celeste, lo veía por el rabillo del ojo mientras en el fondo había dos parados que no alcanzaba a ver qué estaban haciendo. Dejó de discutir con Pablo que no le dio el cuaderno de comunicaciones, y gritó bien fuerte para que cada uno volviese a su banco.
Habló un rato sobre el respeto, las actitudes, los sentimientos. Pablo no la miraba, empacado con los brazos cruzados; los demás escuchaban llover mientras dos patéticas nenas de los primeros bancos afirmaban modositamente que si, que la seño tenía razón, moviendo las cabecitas de pelo tirante hacia arriba y hacia abajo seriamente.
La maestra desplegó las láminas y tratando de no dar la espalda a la clase las pegó con cinta en el pizarrón. Se escucharon onomatopeyas de guau, miau y papita para el loro.
Los ignoró, y con voz muy fuerte la maestra hizo un repaso del tema dado la clase anterior, les dijo a los chicos que escribiesen la fecha en el cuaderno, que pusieran lengua subrayando con regla y una línea roja, que escribiesen tres adjetivos por cada lámina y debajo tres frases relativas a cada animalito.
Ordenó silencio y fue apagando los focos de rebelión hasta el timbre del recreo. Por suerte en el otro bloque tenían gimnasia, y pudo ir a la sala de maestras a corregir. Las frases estaban bastante bien, el perro es marrón y tiene manchas, el perro come, el perro mueve la cola.
El marido a la noche le preguntó que qué tal el proyecto con el gato, el perro y el loro. Ah, bien, bien, le dijo ella. Salió lindo.










EL SILENCIO POR SUPRESIÓN*




Cuando llegó del supermercado empezó por dejar las bolsas encima de la mesa, y enseguida buscó lo que necesitaba frío; haciendo equilibrio con las salchichas, un corte de cerdo y las bandejitas con pollo trozado, abrió la puerta de la heladera y no se encendió la luz. Pensó que se habría quemado la bombilla, pero en el freezer el hielo era agua dentro de las cubeteras, y las milanesas habían perdido su rigidez. Quizás había dejado de funcionar desde el día anterior, pero recién ahora lo notaba.
Justo ahora, se dijo, pero siempre el día de hoy es el peor momento para que algo salga mal. Justo ahora, se dijo, justo ahora que hay que comprar la ropa de los chicos para el colegio, los útiles, los libros, y se acumulan los gastos de inscripciones y cuotas. Se recostó contra la mesada, justo ahora.
Después de suspirar y peinarse con la mano el cabello, le tocó timbre a la vecina y le preguntó si tendría lugar para dejarle algunas cosas en su heladera. Puso todo en una bandeja y volvió. La vecina le objetó que estando los artículos descongelados no era bueno recongelarlos, que hay que consumirlos o tirarlos. Sucedió la argumentación; ella que no, que en un documental explicaron que no es malo volver a congelar los alimentos, que no, que para nada, y había la cosa de la ruptura de las paredes celulares que cambia la textura pero no hace que las cosas se echen a perder, y mientras tanto con la bandeja arriba de la mesada de la vecina, y las cosas tan a la vista, los envases abiertos, esa desprolijidad expuesta a extraños.
Pero que no importa, de veras, en serio que dijeron que se pueden volver a congelar los alimentos descongelados, y la vecina que no se convencía y ella que se sintió absurda dando explicaciones, casi suplicando que le ponga las cosas de una vez por todas en el freezer, y se hubiese ido si no fuese porque mantenía la sonrisa y la paciencia porque necesitaba salvar la mercadería, más aún ahora que quién sabe cuánto iba a costar el arreglo de la heladera.
Por fin volvió a su casa y se le endureció el estómago cuando pensó que debería decirle al marido que la heladera no funcionaba. Justamente la heladera, que era una de las cosas que habían perdido su existencia.
Si lo que no se nombra desaparece, es como si no estuviese o jamás hubiese existido, entonces en su casa había una enorme cantidad de objetos fantasmas.
Para que ocurriese la desaparición de la heladera había sido lo del hijo menor. Dos años atrás le regalaron un triciclo, y a causa del entusiasmo que le produjo el triciclo rojo, la misma mañana del cumpleaños no esperó a salir a la vereda, se subió a su triciclo y cuando intentó girar en la cocina, la rueda trasera chocó contra la puerta de la heladera y le dejó una dolorosa herida arañada con pintura roja sobre la pintura blanca.
Desde entonces, hacía ya dos años, la heladera había pasado a formar parte de la casta de los innombrables.
Una vez que hubo gritos motivados por algo, el lugar o el objeto involucrado quedaba anulado del registro de realidad de la familia. Era una norma jamás enunciada, pero los niños la acataban perfectamente con esa comprensión animal de los niños por los climas espesos, los rostros mudos y las expresiones de los cuerpos torturados. Habían comprendido perfectamente, los niños, que una vez borrado algo de lo visible y señalable, debían obedientemente enceguecer sus propios ojos a lo molesto, a lo acaso peligroso.
La mujer se dijo que para comunicarle al marido que la heladera no funcionaba, debería nombrarla, decir la heladera no funciona, y ese nombrar la heladera la traería de vuelta a la realidad tangible, y otra vez quedaría expuesta la rayadura roja sobre la pintura blanca, y sería nuevamente el grito, quizás el golpe. Pensó en llamar al service sin decirle al marido, pero jamás lograría que la arreglasen antes de la cena cuando la necesidad de hielo para el vino con soda la dejase expuesta.
Quizás pudiese llamar al service y guardar silencio, y el marido al abrir la heladera no hiciese comentarios, y la heladera siguiese en modo de fantasma, y el marido quizás se contentase con fruncir el ceño y mantener un silencio más espeso y no otra cosa. Quizás se pudiese sortear el mal trago, quién sabe.
Y justo ahora, se dijo, justo ahora tiene que aparecer la heladera. El televisor no se nombra desde que la nena se levantó sigilosamente en la noche a ver el final de una novela, y el padre salió de la cama y arrancó el enchufe de la pared. El piletín está armado todavía en el patio, y los chicos lo usan, pero no se habla de él desde que salpicaron demasiado, el agua llegó a la calle y un inspector municipal les levantó una multa.
La mujer recorrió la casa y faltaban tantas cosas. Tanto sinsabor había desdibujado, uno a uno, el respaldar de una cama, una de las bicicletas, la puerta del placard de los chicos, el piso del baño, un estante del pasillito. Y aquello también, y la azucarera, y tanto más.
Miraba desde el recuerdo la casa, y veía su hogar cuando todavía no faltaba casi nada, y se podía hablar de la cortina, del colibrí en las flores azules, de la película en el cine y de aquellos amigos que, también, uno tras otro habían ido desapareciendo.
Abrió la guía telefónica para buscar un service de heladeras y habló resignadamente. Recién mañana pasarán a hacer un presupuesto.
Sentada con las manos sobre el regazo, la mujer anheló el día en que ella y sus hijos demuestren su absoluta, su inocultable incorrección frente al marido, y puedan desaparecer finalmente, escapando, por fin, de su mirada.










SABIDURÍA*


Edipo se acercó a la Esfinge.
La Esfinge era hermosa y distante.



Simétrico rostro de mujer, bellísimo busto, grácil cuerpo sedente de animal de presa. Patas delanteras extendidas, laxas; patas traseras prontas al salto. Siempre vigilante, siempre en quietud. Ni dormida ni en movimiento, su calma era la de quien demuestra soberanía controlando el músculo y el erizarse de los cabellos.
Frágil solidez de quien no puede darse ni al reposo ni a la furia. Pero desde aquí lo vemos; no vio esto Edipo en la mujer animal. Le fue dado el temor y la admiración frente a lo terrible. Y le fue dada, también, la paralizante atracción que halla su sujeto en quien ha de destruirnos.
La Esfinge proferiría su enigma, su pregunta afilada, certera, aguda; su pregunta que condenaría la falta de entendimiento con la ganada muerte.
Edipo lo sabía. Había realizado su jornada para el lívido momento en que el enigma definiese su suerte. Y ahora aguardaba. Por un instante miró el cielo por si fuese última visión, dibujó con ternura la silueta de un árbol en su memoria.
Los ojos de la Esfinge eran espejos de cristal de roca.
Edipo recibió el peso del temor a la propia ignorancia, le tembló el pecho frente a la belleza exacta de ese ser maravilloso de contornos perfectos. La imaginó invulnerable, casi aceptó como inevitable y lógica, acaso necesaria, la desaparición de su contingente persona frente a la evidente solidez de la criatura.
Este inabarcable ser semejaba conocer los secretos del universo. Su calma merecía ser producto de su seguridad.
Y la Esfinge ejerció la veladura del silencio para mentir sabiduría.
La Esfinge, inmóvil como los dioses frente a la agitación de los hombres, ocultó su ignorancia con la lejanía de una máscara hueca, la arrogancia de una pose estatuaria. Su silencio no era otra cosa que un
oscuro despojo, un muro que protegía la nada. Mostraba sólo lo pasible de causar admiración, ocultaba el vacío del centro.
La Esfinge nada sabía, nada comprendía, y era, como nosotros, hábil para la destrucción pero negada para el acto generoso de crear.
Su majestad no le permitía dudas o inaceptables cuestionamientos.
Estaba condenada a las sentencias y a la brevedad. Si no hablaba, no se advertiría su carencia. No mostraría la cera en la grieta del mármol, no permitiría cercanías que pudieran propiciar el hallazgo de la imperfección.
La belleza exacta no se arriesga a mostrar el perfil opuesto, curvar el cuello, producir modificaciones en la obra conclusa. La ignorancia no es capaz de quitarse el velo que cubre su desnudez.
Edipo, que viendo a la Esfinge veía los ropajes del hierático desprecio; Edipo, quien siendo un hombre se sentía ínfimo frente a un oráculo certero; Edipo, engañado por la Esfinge, la creyó sabia e infalible.
Antes de que la desmesurada voz declamase el acertijo, se daba ya por muerto.
Se alegraba, quizás, de su cercana desaparición. Engañado por la aparente esfericidad del monstruo, deseó que su persona imperfecta no manchase la pureza del ser fabuloso.
Pensó que sería un honor alimentar al prodigio. Se resignó a su destino, acaso lo satisfizo que el hilo de su vida fuese cortado por un adversario de tamaña dignidad.
Otro instante se demoró la Esfinge en plantear el acertijo. Sabía que la teatralidad le era necesaria para no desmoronarse. La ejercía con impecable oficio.
Con voz de Sibila, de Oráculo, con voz de Ídolo de bronce y pedrería la Esfinge desplegó las palabras que serían su derrota.
No era el enigma un cofre inviolable. Edipo halló la llave. Con íntima desazón Edipo halló la llave. Con alivio también, pero con desazón Edipo desató el nudo de palabras.
Y se alejó luego de contemplar cómo se despeñaba la Esfinge desde lo alto de la Acrópolis. Pensó "no he de despeñarme yo por una falla, no he de morir por orgullo ni ceder a la tentación de la soberbia, y no he de confiar ingenuamente en la sabiduría de las estatuas".

Lo olvidó luego, como a todos los alumbramientos que nos proponemos tallar en la memoria.










GUARDANDO EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES*



Mis cabellos matan el sol. Son negros mis cabellos; negros como la boca del traidor, como la nariz de un perro en el bosque, negros son como el centro de tus ojos.
Mis cabellos son negros.
Diría que ensortijados, diría que espléndidos en su derrame móvil sobre mi espalda y mis hombros desnudos. La belleza lisa y bruñida de cada cinta de resumida oscuridad es un fustazo de dicha nunca apropiada, nunca gozada por mortal.
Ah mis cabellos. Ondulo mi cintura blanca, tiendo acuáticos brazos fantasmagóricos. Observo con fascinación mi sombra arbórea y móvil. Y aguardo.
Junto a mis hermanas aguardo, y guardo la puerta del jardín donde los hombres no tienen cobijo.

Yo guardo y aguardo y espero.
Te espero.
Con los ojos del corazón te veo, y no con los del peligro. Detrás de los párpados, detrás de los velos te añora mi frágil corazón de hembra sola.
Te llama mi anhelo. Transparentes vahos de deseo te atraen hasta la puerta que no debes cruzar, que no debo permitir que cruces.
Sé que vendrás.
Sé que por tierra y agua marchas hacia mi destino. Y que más pronto que tarde tu sombra dibujará tu belleza sobre mi tierra yerma. Aquí estarás para cumplir la promesa de la muerte y las espadas. No ruego otra baraja ni otros dados.
Sé que vendrás. Me basta.
Sé que puedo recorrer tu cuerpo duro con mis manos, que puedo atrapar el hombre con mi boca anhelante. Pero sé asimismo que la dicha está contaminada de brevedad, que la fugacidad de la carne tibia se transformará en piedra contra mis senos ansiosos. Te matará mi amor, amor. Mi fatal mirada.
Mi amor te transformará en estatua de piedra. Sólo la dicha de contenerme en tus ojos es mi anhelo, y tal dicha, lo sabemos, sería tu sentencia. Mis cabellos de serpiente se retuercen y anudan en deseo e ira.
Mi amado, debieses comprender que Medusa te ama aunque mi amor confluya con la muerte. No será para nosotros la ternura. Morir o destruir al objeto de mi amor, tal es la torpe suerte que me ha tocado.
Perseo, dejaré que me decapites y te ufanes de tu hazaña.












PEDACITOS DE CIELO*




¿Viste el cielo?

¿Viste cómo el celeste y el azul y el rosa, cómo el blanco, cómo las nubes? ¿Viste las nubes?

¿Viste el mar que corre invertido, esa liquidez de los mediodías, esa lejanía y esas nubecitas que de pronto te bajan el techo antes tan imposible? ¿Viste la luz de fuego, el sol naranja, las capas atravesadas por rayos incandescentes? ¿De veras que vos también viste el cielo? ¿Los borreguitos amontonados, los jirones desgarrados de tules evanescentes, los colores? ¿Viste los colores?

Y las nenas en la terraza. De las nenas en la terraza me contó Rodolfo, esas no las vimos.

Dos nenas en la terraza, magia con palitos, varitas de hadas ingenuas. Haditas pequeñas, hadas.

Dos nenas y una terraza y el cielo perfecto.

Arriba las nubes de algodón, de lirios blancos, nubes de difuso sueño de anémona, nubes de nubes. Nubes sobre fondo de atardecer y en contraste las figuritas bailarinas de las nenas en la terraza.

Las dos niñas. Manos en el aire, manos que trazan círculos que perduran apenas un momento como giro, como rueda invisible, como hechizo en el aire. Palitos, varitas en las manos tiernas.

A las nenas les gustaría comer el mágico algodón de azúcar que venden en ferias y circos. Ellas quieren el algodón de azúcar, y les han dicho que están hechos con pedacitos de cielo. Y entonces ahí están, en la terraza, probando a enredar el cielo en las varitas.

Las nenas giran sus palitos batiendo el aire, giran sus palitos, giran ellas con esperanza, con fe, con los bracitos redondos giran sus varitas para atrapar trocitos de cielo.

Vos sabés, claro. Sabemos que es así, que no hay otra manera. Las nenas atrapan en la terraza recuerdos para el después, cuando lleguen los inviernos del desamparo, los otoños de la melancolía. Las nenas atrapan recuerdos de belleza, danza de aves, sensaciones limpias para esa vida que se les viene. Atrapan felicidades para cuando el algodón de azúcar ya no sea un manjar. Para cuando ya no crean en magias ni en imposibles realizados. Para cuando sepan los cómos y los cuándos pero nunca los por qués.

Y las nenas atraparon, para siempre, al cielo rosa, al cielo blanco, azul, celeste. Y se lo metieron dentro como si se lo comieran.


¿Viste el cielo?




*Textos de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com



-Mónica Graciela Russomanno, de nacionalidad argentina y española, nació en Santa Fe, en 1966,  y es profesora en Artes Visuales.

Fue publicada en los diarios “Hoy en la Noticia”, “El Litoral” de Santa Fe, “La Nación” de Buenos Aires, “Uno” de Entre Ríos, “Ideas” de Cuba, “Xicóatl” de Austria y “Etcétera” de Zaragoza. Editada virtualmente en las publicaciones “Inventiva Social”, “Unión digital”, “La máquina de escribir”, “Página uno”; escribe ensayos en la revista cultural “El Arca del Sur”.

Ha guionado los videos: “El gueto de Varsovia”,  realizado por los 90 años de la radio “LT9”, así como “Relatos de Euskadi” y “El Arca del Sur”, participando como invitada mensual en el programa de radio de LT10 "El hombrecito del azulejo".

Fue premiada en el concurso por los 70 años de la UNL, en el concurso “Nitecuento” de Editorial Mizares, el certamen de la Editorial “Nuevo Ser”, y en el organizado por “Historias para el café”.

Editada en la Antología “En bandada”, participa como autora invitada en encuentros con estudiantes, y es jurado del concurso anual de cuentos juveniles de la organización “El Puente”. En los años 2011 y 2013 fue jurado del concurso de cuentos "Gastón Gori" de la Sociedad Argentina de Escritores filial Santa Fe.

En el año 2009 la Asociación Trabajadores del Estado le editó un libro de cuentos, “Historias versas y perversas” dentro de la colección Bienes Culturales.









InvenTREN






SILBIDOS Y TANQUES DE AGUA*



¿Era Cortázar el que en Francia extrañaba no el país sino los signos de la Latinoamérica que nos atraviesan? ¿Era Cortázar el que extrañaba en su departamento de París el silbido de los hombres que caminaban por las veredas de Buenos Aires, manos en los bolsillos, pensamientos nebulosos, labios fruncidos en el soplo sonoro que modulaba melodías truncas? ¿Era, acaso, Cortázar quien observó que en la Europa faltan los tanques de agua sobre los tejados tan ordenadamente limpios?
La estación de tren de ladrillos, tan como cualquier otra, tan melancólicamente semejante a tantas otras, marcada su solidez por la evanescente silueta de los árboles, afeada la pureza con el tanque burdamente adosado, cañerías de langosta posada torpemente sobre la estructura perfecta.
Quién puso el tanque de agua. Quién destruyó con el cilindro burdo y claro la maravillosa cadencia de los ladrillos quietos, armonizados en rojo y naranja, recortados contra los verdes y terrosos y los marrones vegetales del paisaje.
Tanque de agua contra el silbido descuidado de la arboleda rala. Manos en los bolsillos, peatones indolentes.
Esta Latinoamérica que se repite en estribillos silbados sin razón y sin cálculo. Esta indolencia de abandono, de cielo extremo, de horizonte desolado.
Esta estación de tren sin trenes, sin guardas. Estos árboles que están desde antes y se prefiguran eternos. Este esfuerzo sin tesón, esta forma de hacer a medias, de adosar tanques de agua a las construcciones de líneas nobles. Esta irreverencia por los pasados esta despreocupación por los futuros.
La estación Rolito los silbidos los trenes muertos los despojos. La belleza caduca y mancillada, la belleza de lo que no fue ni será, la belleza del pasado desgastada, desprotegida. La falta de gracia. La primacía de lo necesario aunque los árboles se indignen.
Los que colocaron el tanque de agua habrán silbado en el viento. Descuidadamente. Sin pensar. Sin culpa habrán silbado el albañil y el plomero.
Después se habrán marchado y se perdieron en la sucesión de días inclementes.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PARADA KM 79

ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

ÁLVAREZ DE TOLEDO.

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FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
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ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



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1 comment:

Diego Cardozo said...

Me gustaro mucho lo que escribiste.,en especial como desarrollas los personajes .yo diria que sen historias atrapantes