Monday, April 10, 2017

DESPUÉS DE UNA VIDA DE LLUVIA…


*Ilustración de Julián Alpízar Blanca.








LA NOVELA DE NATALIA*


*De Marié Rojas Tamayo. kodama@cubarte.cult.cu





Era la conserje más antigua del museo. Menuda y silenciosa, nunca hubo quejas de su desempeño laboral. Por espacio de ocho horas, pasaba su bayeta de limpieza por mesas y adornos, mientras escuchaba una radio portátil que siempre llevaba en los bolsillos del delantal. Sólo a la hora del almuerzo se quitaba uno de los audífonos y lo dejaba colgando.

“Hola, Natalia, ¿qué tal estuvo la novela?”, solíamos preguntarle, dado que era el único momento en que se podía establecer comunicación con ella.

Si no era a esta pregunta, respondía con un encogimiento de hombros. Pero cuando se le tocaba el tema de la radionovela de turno, ella, tan tímida y corta de palabras en una conversación que se diría algo retardada, se transmutaba. Su rostro se iluminaba y comenzaba a hablar con fluidez, haciendo gala de un vocabulario amplio y florido.

Nos ponía al día de las desventuras de la hija del Duque, embarazada de un enmascarado al que odiaba sin sospechar siquiera su nombre, a la vez que se negaba a entregar a las monjas a su hijo recién nacido, a quien amaba pese a todo. Subíamos con una expedición a las cimas del mundo en busca de los secretos de un monasterio, curábamos a sus heridos y disfrutábamos de los blancos paisajes nevados. Nos hacíamos a la mar en una nave que cruzaba el mundo perseguida por corsarios, naufragábamos y éramos rescatados por extrañas criaturas marinas. Participábamos en el asedio a una fortaleza de otra dimensión, plagada de cíclopes, o nos embarcábamos en una aventura futurista a través de un universo ciberpunk. En cada novela –como en toda saga radial que se precie-, surgía, maduraba y florecía un romance.

Era increíble como aquella mujer, diminuta y cabizbaja cual sombra viviente, memorizaba pormenores, nombres de ciudades y de personajes. Resultaba agradable comer con la narración del capítulo del día. Esperábamos su entrada al comedor para comenzar. Ella narraba entre breves interrupciones para tomar algún sorbo de agua o ingerir un bocadillo de ensalada. Ninguno de nosotros escuchaba la radio. Entre el trabajo y los deberes del hogar, apenas teníamos tiempo de actualizarnos con los noticieros vespertinos de televisión y alquilar alguna película los fines de semana.
En esas estábamos, cuando llegó el cambio de administración. A la nueva jefa, no más hacer su aparición, le molestó el radio de Natalia… por absurdo que parezca –gracias a los audífonos no escapaba sonido alguno-, consideraba una indisciplina laboral que “estuviera conectada a esa porquería el santo día, como si esto fuera un recreo”. Comenzó por las buenas, si es que se puede llamar así a aquellas frases despectivas. Ante la negativa insistente de la conserje a dejarlo en la taquilla, la separó del centro una semana con una sanción. Cuando la vio regresar en las mismas, la amenazó con la expulsión, y al ver que sus palabras caían en el vacío, le arrebató de un tirón los audífonos.
El pequeño receptor escapó del bolsillo, siguió al cable, cayó al suelo y se abrió. Una exclamación de asombro superó a nuestra expresión original de lástima. Atónitos, comprobamos que se trataba sólo de una caja vacía, ausente de mecanismo, circuitos, o baterías. Natalia la recogió en silencio, la cerró, se colocó los audífonos y se marchó sin atreverse a cruzar nuestras miradas.
Nos quedamos sin entender… Aquel mundo interior, que dejaba aflorar con la pregunta diaria sobre el rumbo de la novela, ¿qué origen tenía? ¿De dónde sacaba la perfección del diálogo, los escenarios detallados? El vocablo límpido y la trama hilvanada que brotaban como si repitiera lo que acababa de escuchar, ya eran de por sí un prodigio de memoria... Y ahora, ¿qué?
Habíamos sido testigos de algo extraordinario, aunque fuera mejor callar que intentar reconocerlo. No podíamos creer que lo inventara, aunque pareciera una solución plausible, a falta de otra explicación. Era como si estableciera una conexión cuyo emisor no lográbamos adivinar… Las respuestas a tantas interrogantes cruzaron el umbral tras ella. Nunca más volvimos a verla, nadie tenía su dirección, ni su teléfono, tampoco dejó amigos. Su presencia, bayeta en mano, no era parte de la vida del museo, pero a la hora del almuerzo no sabemos hacer otra cosa que mirarnos en silencio.





*Este relato fue Premio en el X CERTAMEN LITERARIO VILLA DE AMPUDIA, Asociación Santa María de la Clemencia, Diputación de Palencia, España, 2016.

-Marié Rojas Tamayo. La Habana, 23 de mayo de 1963. Licenciada en Economía del Comercio Exterior. Miembro de la UNEAC. Algunos libros publicados: La casa sin puertas –Ecos y sombras que cuentan historias-, Villa Beatriz, Mundo circular -Había una vez un circo-, Tonos de Verde; Adoptando a Mini; De príncipes y princesas; En busca de una historia; España. Villa Beatriz; El día que no salió el sol; Laurel y Orégano; El mundo al revés, Cuba. Su obra ha obtenido más de 50 reconocimientos internacionales, entre ellos el XX Premio Ana María Matute, Premio Andrómeda de novela de ciencia ficción o fantasía y Mención de Honor en el Premio Lazarillo de Tormes, España. Publicada en más de 60 antologías. Ha colaborado con publicaciones periódicas de más de veinte países. Miembro de la Red Mundial de Escritores en Español, REMES.









DESPUÉS DE UNA VIDA DE LLUVIA…








DISPARO*



*De Natalia Litvinova. litvinova25@hotmail.com




El tiempo se rompe como un vaso.

Puedo juntarlo con las manos y admirar

el mundo en sus cristales rotos.

O juntar mis manos como quien reza

y luego apuntar con los dedos a mi pecho

disparando sin darme muerte.

Tan solo acomodarlas allí

como a dos palomas

después de una vida de lluvia.



(Del poemario “Todo ajeno", Ed. Vaso roto)


-Natalia Litvinova (Gómel – 1986) Escritora argentina de origen bielorruso, dedicada al campo de la poesía y de la traducción. Publicó: Esteparia (Ediciones del Dock, 2010), reeditado en España y en Uruguay, Balbuceo de la noche (Melón editora, 2012), Grieta (Gog y Magog ediciones, 2012) reeditado en España y en Costa Rica, Todo ajeno (Vaso roto, 2013) y Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014). Compiló y tradujo varias antologías de poetas rusos. Siguiente vitalidad (Audisea, 2015) es su reciente poemario, publicado en Argentina y reeditado en Chile, México y España.












Basural*




*De Victoria Mora. mvictoriamora@yahoo.com.ar




El cana le clava el caño de la pistola en la nuca. Se le hunde apenas la carne. Siente el frío de esa presión. Tiene los brazos sobre la cabeza. Es de noche, la oscuridad está rasgada por la luz de una luna creciente. Cincuenta metros a su espalda dos patrulleros tienen las luces apagadas desde que estacionaron ahí. Lo que él puede ver, robándole claridad a la noche, es el basural que conoce de memoria. Un terreno baldío, con el pasto alto lleno de los deshechos que la gente tira. La vía de acceso o salida a la villa donde vive.  Su barrio se extiende detrás de los patrulleros lo bastante lejos como para que nadie pueda venir a darle una mano.
Sabe que es el fin. Se lo advirtieron: no es gratis dejar de laburar para la policía. No se resignó.  Ahora el caño en la nuca le dice que los otros tenían razón. Te lo dije Chino, le diría el Turco si estuviera ahí. Más que hablar, el Turco,  los cagaría a tiros a estos dos, piensa. Pero está solo, y el frío del caño presiona, apenas un poquito más.
Cuando siente la insistencia del caño se tira al piso a la vez que empuja a el cana. En un segundo se encuentra arrastrándose hacia adelante, se para y corre salta algunos restos de basura que se le interponen en el camino. Cuando corre escucha los gritos, las puteadas, vení acá cagón, negro hijo de puta. Suenan dos tiros, no sabe si son al aire o lo tienen cercado y le están errando a su cuerpo. Le duelen las piernas pero no para. Tiene que llegar a la ruta al otro lado del basural. Si llega se salva.
Mientras corre piensa en la nena, empieza primer grado. Y aunque lo sorprenda lo que más lamenta es no estar ahí para llevarla. Si la cosa sale bien y se escapa se va a tener que guardar. Y si la cosa no sale… prefiere no pensarlo. Está agitado. Llega al esqueleto de un auto abandonado hace tanto tiempo que ahí jugó de chico y se juntó más grande con los pibes.  Se mete adentro, calcula que unos minutos tiene. Está flaco y siempre fue un buen corredor. No había modo que el Turco le ganase una carrera. Iban de la casilla del Chino a la de la Vieja Sara justo a la otra punta del pasillo. Nunca pudo ganarle, hasta que se cansó. En la cancha era al revés. El Turco es un crack. Tiene unos minutos, al menos, los patrulleros no pueden entrar al basurero, imposible circular entre los montículos de mugre. Si quieren ir por él sólo les queda correr. Eso le da una ventaja, un pequeño margen por donde soñar una salida.

Pensó que si se cambiaba de zona iba a poder cortarse solo. Estaba muy mal. No había encontrado nada. Ni changas con José en la obra, ni de limpieza en los avisos que encontraba en los diarios. Intentó en un par de entrevistas para laburar de operario pero vivir en una villa es un ancla muy pesada. No declarar domicilio no es una alternativa. Los gritos de Mariana se le clavaban en el pecho que sos un pelotudo, que no cambias más, que la nena empieza las clases y no tiene una mierda para ponerse, que está harta de comer de fiado y que la almacenera la cague a puteadas cada vez que la ve. Él había apretado los puños, no quería gritarle, no quería volver a pasar por eso, los gritos, los empujones, los llantos. Salió y la dejó hablando sola en el punto justo en que los gritos  pasaban a ser lágrimas.

Siente su respiración agitada y el frío de la chapa oxidada que le trepa por la espalda. Tiene que seguir corriendo ya. Toma aire y sale por el hueco de lo que alguna vez fue la puerta del acompañante. Le extraña no sentir más los gritos, ni las puteadas. No hay un solo ruido. Tampoco siente el olor que le hacía llorar los ojos. Ese olor a podrido que se había instalado hacía un tiempo en ese lugar donde antes se podía jugar al fútbol. No puede parar, piensa y corre manteniendo el paso. Ve que la ruta esta cerca, llega al límite, un paso más y puede pisar el asfalto. Es de madrugada, pero aún así, debería pasar algún auto, no escucha ni siquiera algún ruido lejano. Es una noche sin tiros, ni gritos, ni risas, ni motores que suenen a la distancia. Se extraña pero está demasiado agitado y empieza a ponerse contento de poder escapar. No debería, pero quiere ir a la casa de Mariana. Hace mucho que se separaron, no cree que vayan buscarlo ahí, pero aún así es arriesgado.  Tiene que ir lo decide más allá de la inconveniencia bordea la ruta camina a paso apurado, ya no puede correr, las piernas no le responden para seguir con ese ritmo. Se da vuelta para mirar por encima de su hombro derecho. Nada. Ni una luz, ni un ruido, la calle vacía. Vuelve la vista hacia delante. Mantiene el ritmo, tiene que andar unos cuatrocientos metros costeando la ruta y después bordear el barrio hasta el pasillo que da a la casilla de Mariana. Se va a enojar. No puede llegar así sin más a la madrugada, pero sus pies lo llevan ahí. No puede explicarlo, es ahí donde tiene que estar.
Llega abre la puerta de chapa, está oscuro. Sigue sin oír ningún sonido, se le ocurre la idea de que quizás se quedó sordo por los golpes que le dieron para meterlo al patrullero. No tiene tiempo de pensar en nada más porque Mariana se levanta del colchón y se para frente a él. Él estira los brazos quiere tocarla, lo logra. La abraza y hunde su nariz en el cuello de ella, la aprieta con fuerzas.

Cae al piso. La sangre se mezcla con los pastos y restos de basura. La tierra absorbe el líquido rojo que brota del agujero que el cuerpo tiene en la nuca. El policía le patea las costillas para chequear lo obvio. Vamos Ramírez, tema terminado. Caminan hacia los patrulleros.












AZÚCAR*



Como ustedes saben, mi mundo fue de endriagos y luces malas y espacios abiertos, y el de hoy es virtual, si pronto prescindiremos del pan y el desodorante.
En este mismo momento, me avisan que se me ha muerto como del rayo Azúcar Corso, que fue el hombre más alegre y huracanista que vieron los tiempos y que no verán los venideros.
¿Qué pasa en un mundo donde las ranas croan y los demás batracios hacen bulla por las noches? Ese mundo de las cañadas de mi pueblo, que tanto frecuentó Azúcar con sus hermanos y su padre, el inefable Nicolita Corso, gran bichero y cazador, hombre baqueano que no le hizo asco al cielo abierto de la naturaleza y al trabajo manual y bruto sobre la tierra. Yo no conocí a nadie que pudiera devolverle sus “saques” envenenados cuando venía pegada a la pared, en la vieja cancha de paleta que no sé por qué tiraron abajo cuando hicieron la pileta de natación, si no hacía falta, hoy cualquiera lo dice. Ese fue otro lugar de esparcimiento niño, de aprendizaje en esa escuela libre que nos reunía en el frontón pintado de rojo y blanco. Allí se sucedían los mayores y entre los grandes pelotaris estaban Toni Olaviaga, su hermano el Ruso, el Loco Peralta,  Vicente Molina, a quien llamaban Chacona y nunca supe por qué, que antes de sacar decía “Vamos al baile”, y sobre todo, Nicolita, del quien el Toni advertía que en la época de los choclos su remate era más contundente y no había que jugarle.
Pocas veces vi un ser más pacífico que Nicolita Corso, el mismísimo padre del Azúcar Corso, y me hubiera gustado saber el porqué del sobrenombre que usó en la vida Omar Corso, que se ganó ese mote para siempre como esa gracia de la cual todos debemos dar fe si es que no nos pasamos al bando de los tibios que, como todos saben, los escupe Dios.
— Viste, Massei, que en este mundo siempre se mueren los más buenos — supo decirme hace mucho Albertito Nocino con esa cara de inmenso asombro que no disimulaban sus ojos celestísimos, sino que lo delataban frente al mismísimo mundo que se encaramaba sobre nosotros como una enredadera sobre una columna dórica, que permanece incólume en esa pampa bruta que las palomas volvieron indignas como sus visitas diurnas luego de tragarse todo el maíz que pueden con exquisita insolencia sin tener en cuenta a nadie. Muchas veces he pensado que Dios inventó la palabra “bueno” cuando conoció a mi amigo Albertito Nocino, antes de que se fuera de este mundo.
Si yo hiciera un gran listado para ejemplificar con toda la gente buena que conocí en mi pueblo, no me alcanzarían todas las páginas de este cuaderno y aún las de algunos otros donde la gente anónima no entra, y es por eso que yo quiero nombrar con entusiasmo y sentido cabal de la justicia al gran Azúcar Corso, hijo directo de Nicolita y de mi pueblo, que zozobra bajo las tormentas gozosas que saturan de buen gusto al dominio maravilloso de la patria del choclo donde Nicolita dio existencia en los veranos silentes de mi pueblo en los buenos días que ya se fueron para siempre, y cuando Nicolita no esté más sobre el cuero del planeta, será como si nunca hubiera existido.




*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar















Como una parábola de peces inmóviles*



El tiempo dejó apenas de punzarnos,
las horas, los minutos, esas cicatrices,
de un paisaje donde navegó su nombre
de un destierro que magnificó su sed.

El reloj de agua que aún nos miente,
y que cae desde la copa del océano,
de esas greguerías testifica el hombre
que es solo un lobo preso del tiempo.

Como una parábola de peces inmóviles
y el ingenio de los escaldos al barajar
la maestría de las palabras nórdicas
esa segadora de hombres por espada.

El tiempo quedó lejos en el tiempo,
los días perdieron la orden de partir,
todo es un escenario para marionetas
un imaginario acuario de peces rotos.

No más la negra noche en un poema
ni las falanges rosadas de la aurora,
si todo ya es parte del licor de Odín
y su sangre profana la vara de la ira.

Como una parábola de peces inmóviles
y la osadía de navegar mares brutales
el día nos niega la bravura del héroe
y nos dice que evocar es la esperanza.



*De Jorge Lacuadra. jorgelacuadra@hotmail.com
-2017-












Almacén de oportunidad*


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com



I


Un parque. Pinos, olmos, setos recortados. Algunos niños jugando. Perros. Carritos de bebé. Reflejos verdes. Palomas.
Entrando por el norte y bordeando la plazuela en la que está la estatua, nos adentramos en la avenida que conduce a la zona deportiva. A mitad de camino, en una vereda que se aleja hacia el lago, un banco despintado. En el banco un hombre sentado con el cuerpo medio inclinado hacia delante, como evitando apoyarse en el respaldo. Medita. No. Más bien lee. En su mano hay una carta y en su rostro una decepción.
Si fuéramos ese hombre, si viéramos lo que están viendo sus ojos, seguramente tendríamos una expresión muy parecida. Acerquémonos, situémonos tras él, justo a su espalda, ligeramente agachados, de forma que tengamos la misma perspectiva que sus ojos. Ya está. Pero no es suficiente. La proximidad física no es más que una ilusión. Debemos acercarnos un poco más, acercarnos de otro modo. Eso es. Introduzcámonos en su mundo, pongámonos en su lugar, seamos él y sólo entonces comprenderemos cuál es la causa de su desconsuelo.



II


¿Realmente esperaba otra cosa? No, claro que no. Es lo mismo de siempre... No es la primera vez, aunque quizá sea la última. El rechazo cansa. Y ni siquiera se molestan en escribir las cartas individualmente, en personalizar y humanizar ese rechazo. Son modelos preestablecidos. Siempre las mismas palabras, el mismo tono:
“original e interesante... estilo propio... sin embargo... los gustos del público... lamentamos... a su disposición si en el futuro...”.
Así que arrugo la carta y la tiro a una papelera cercana. Haber acertado el tiro mejora un poco mi humor, pero es sólo un momento. Suspiro. Lanzo una mirada alrededor. El parque es mi único analgésico. Luego me incorporo y camino hacia la salida, hacia la otra soledad, más temible, la que me espera cada noche en el cuartucho alquilado donde dejo pasar los días en espera de... ¿en espera de qué?
Camino, camino, atravieso la ciudad mientras mi mente se libera y el cielo se va oscureciendo. Cuando llego al casco viejo ya es de noche. Me gustaría entrar en un bar, tomarme unas copas que me guiasen al olvido, pero no puedo permitírmelo. Es un lujo al que los pobres no tenemos acceso. Paso por la puerta del Creation, donde sirven todo tipo de bebidas a precios escandalosos. Miro un instante al interior. Está lleno de trajes y vestidos vistosos con escaso contenido. Ropas vacías, conversaciones vacías, palabras que sólo buscan el pretexto para convertirse en actos, en conversaciones cuerpo a cuerpo que tendrán lugar en otra parte, no ya entre las luces y el ruido del Creation, sino en habitaciones silenciosas en las que las palabras ya no serán necesarias y, por lo tanto, no serán pronunciadas.
En cualquier caso, aunque no pueda entrar en ninguno de estos locales, me gusta caminar por estas calles viejas y eso no pueden arrebatármelo (miento, me engaño, sé perfectamente que un día no muy lejano máquinas infernales derribarán todos estos edificios y construirán aquí otra cosa. Casas de lujo o centros comerciales, no importa. Lo que importa es acabar con el pasado, echar tierra sobre lo viejo para olvidarlo. La cosa es olvidar, tal vez sólo para poder edificar después un recuerdo a nuestra medida, uno que no se parezca a la realidad que fue, una impostura amable). Cuanto más angostas y oscuras son las calles, más me gusta permanecer en ellas. ¿Porque se adaptan más a mi propia oscuridad interior? Es posible. Pero tampoco esto es importante.
En una de ellas, la más oscura y la más solitaria, veo un local abierto, una de esas tiendas que no cierran en toda la noche y en las que es posible comprar cualquier cosa. Junto a la estrecha puerta distingo un cartel torpemente rotulado a mano, con tiza.


Almacen
de oportunidad


Me fijo en la ausencia de la tilde en Almacén y en esa palabra final, escrita en singular. Me encojo de hombros (probablemente la tienda pertenezca a un extranjero que no conoce bien el idioma) y entro antes de ponerme a analizar esa tilde y lo que me parece un evidente error de número. Debo luchar todo el tiempo contra mis obsesiones.
En el interior no hay mucha más luz que en la calle, pero sí la suficiente para ver los productos alineados en las múltiples estanterías. Lo que busco es más bien prosaico: una botella de vino. La más barata que pueda encontrar. Eso bastará para esta noche. Mañana...
El propietario observa sin disimulo alguno mis movimientos desde detrás del mostrador. No hay nada de particular en ello si tenemos en cuenta que soy el único cliente en ese momento, pero me resulta molesta esa especie de vigilancia. Así que me apresuro a encontrar lo que deseo y me acerco a él, cuyos ojos escrutan mi rostro como si allí hubiese algo que descifrar.
Dejo la botella sobre el mostrador y cuento las monedas necesarias para abonar mi compra. Pero él niega enérgicamente con la cabeza y dice que ese vino “no bueno” y que tiene algo mejor. Retira la botella y en su lugar coloca una de coñac. No soy un experto, pero no parece un coñac cualquiera. Diría que esa botella queda demasiado lejos de mis posibilidades. Y así trato de explicárselo. Pero no atiende a razones. Sólo agita sus manos y repite “barato”, “bueno” y “señor” varias veces. Finalmente, toma unas monedas de mi mano abierta (el mismo importe del vino que iba a llevarme) y dice “está bien”. Y por primera vez desde que entré en la tienda, sonríe.




III


Llego a mi habitación. Dejo la botella sobre la mesa y enciendo la tele. No es algo que haga habitualmente pero hoy necesito su sonido. Me cambio de ropa y me siento en el sofá. De fondo suena la voz de una presentadora informando sobre algo que ha ocurrido en Nebraska. Voy cambiando de canal sin encontrar nada que me interese o que al menos me resulte útil. En mis actuales circunstancias, útil podría traducirse por entretenido, divertido o algún adjetivo similar. Por fin, me canso de pulsar los botones del telemando y lo arrojo sobre la mesa, donde va a chocar sin fuerza contra la botella de coñac. La miro, un tanto intrigado aún. Me gustaría tomarlo en copa, ya que sospecho que se trata de un buen licor, pero sólo hay vasos gastados por el uso. Me encojo de hombros. Agarro un vaso largo y sirvo en él una pequeña porción de líquido. Huele bien. Sorbo un poco. En efecto, es bueno, muy bueno. Eso me hace pensar en el ridículo precio que he pagado y en la extraña sonrisa del tipo de la tienda. Pero no me apetece conjeturar y trato de sumergirme en las peripecias de una joven pareja que corre a través del bosque en la pantalla.
Paladeo con placer el coñac. Pienso (la película ya empieza a aburrirme) que tal vez la vida ha querido concederme un regalo para compensar la decepción sufrida. “Un último regalo”, piensa algo dentro de mí. Me sirvo otro trago y dejo la botella sobre la mesa, lo más lejos posible, previniendo (inútilmente según mi experiencia) futuras tentaciones.
Al cabo de un minuto (la tele ya es sólo un ruido de fondo que me hace algo de compañía, pero sus imágenes y sus palabras me son ajenas, lo mismo podría ser una película codificada y traducida al checo) mis ojos se fijan en un punto entre ellos y la ventana. Desde fuera entra una luz casi imperceptible, reflejo de alguna farola lejana, una que todavía no haya sido apedreada o derribada. Del cuello de la botella (pero sin duda es un juego de luces y sombras provocado por la claridad proveniente de la calle y los reflejos de la televisión) parece salir un delgado hilo de humo o vapor. Cierro los ojos. Seguramente el espíritu del licor empieza a germinar en mi interior. Además, nunca he tomado algo de tanta calidad. Desconozco el efecto que puede producirme.
Cuando los abro de nuevo (¿ha pasado un minuto, una hora?) el humo todavía sale de la botella abierta y, siguiendo la dirección de su aparente huida, veo que ha ido moldeando una figura. Tiene la forma de un hombre sentado con el cuerpo ligeramente inclinado hacia adelante. Y está frente a mí. Mirándome con sus ojos inexistentes.
Pestañeo dos, tres veces. Me froto los ojos con el dorso de la mano. Pero la visión permanece. No es fruto de la imaginación ni un efecto óptico. Ahora la botella ya no emite más vapor y la figura parece completa. ¿Qué significa? Difícil cuestión. Me viene a la cabeza la vieja leyenda del gólem y pienso que mientras yo no haga algo ese ser permanecerá ahí inmóvil (del mismo modo que en la leyenda del gólem era necesario grabar los nombres de dios en su frente o en una lámina de arcilla bajo su lengua para que cobrase “vida”). Sin duda estoy algo borracho, porque esa idea (tener un ser fantasmal a mi servicio) me produce un placer extraño. Y disfruto elucubrando sobre ello. Es sólo un juego mental, una fantasía. Un juego inofensivo, me digo.
Pero entonces ocurre algo singular. Algo que está a punto de hacerme caer del sofá y que me provoca un violento escalofrío. La figura se ha movido.




IV


Contengo la respiración. En el interior de la figura parecen estar produciéndose algunos cambios. Eso es lo que provoca la sensación de movimiento. Que esa masa blanquecina posea algún tipo de vida, es algo que escapa a mi comprensión. De ahí el miedo.
Sin embargo, conforme van pasando los segundos, la intranquilidad se ve reemplazada por la curiosidad. ¿Quién, qué es? ¿Por qué está aquí? La escena parece paralizarse, como si todo fluyese muy, muy lentamente. Noto que el deseo de levantarme y salir huyendo, que me atacó al percibir el movimiento de ese ser imposible, ha desaparecido. Cualquier deseo, en realidad. Floto en la inconsistencia, igual que él. Alcanzo a pensar que tal vez sólo sea una parte de mí, una proyección de mi subconsciente. Pero descubro que no importa, igual que las respuestas a las preguntas que me hacía instantes u horas antes.
El enigma es otro, y desconozco cuál.
Entonces me escucho y el sonido de mi voz me sobresalta:
—Eres un genio, claro. El genio de la botella.
En realidad no espero una respuesta. Ni siquiera sé muy bien qué me ha hecho preguntar esa bobada. Me siento ligeramente avergonzado. La figura sigue frente a mí, inmóvil. Cuando escucho su réplica, en contra de lo que cabría esperar, no me sorprendo. Naturalmente, es una negación.
Después permanece en silencio durante mucho rato. Parece estar esperando a que le haga la pregunta correcta (o eso es lo que se me ocurre), mas ignoro cuál podría ser. Y callo. Dejando que todo se ordene por sí mismo. Me sirvo un poco de coñac y la figura da su aprobación (pero no sé cómo he llegado a esa conclusión. No se ha movido, no hubo sonido alguno, nada. Y sin embargo, estoy seguro. Así que me llevo el vaso a los labios y paladeo el sabroso licor).




V

En ese momento hay como una agitación en el cuarto y la figura habla. Larga y tranquilamente, como si disertase para un auditorio invisible. Entiendo, de un modo fragmentario, algo sobre la influencia del alcohol en la creación artística, la liberación de las musas por medio de la libación de los sagrados néctares, el estado de trascendencia alcanzado por algunos poetas mientras su conciencia vagaba por las regiones vaporosas de la ebriedad... En algún momento, llevado por ese murmullo suave que resuena por todo el ámbito de la habitación, me parece estar en medio de las bacanales romanas, rodeado de gente que carece de toda consistencia –igual que mi huésped— y cuyos vestidos, al rozarme en su tránsito, provocan en mí una sensación de gozo que no sabría cómo definir.
Escucho nombres que reconozco y otros que no. Puedo entender que se trata de escritores que a lo largo del tiempo han creado sus historias bajo el poderoso influjo del licor. No es sólo una enumeración más o menos imprecisa. Complementando cada uno de esos nombres, mi visitante se explaya en detalles que posiblemente nadie conoce. En algún momento comprendo que ni el catálogo de nombres ni las anécdotas asociadas a ellos importan, y sólo el murmullo de esa letanía parece tener sentido. Como si esa fuese la señal esperada, la voz cambia completamente y ordena:
—Ahora, apaga la televisión y escribe.




VI


Ese latigazo sonoro me sobresalta. Me quedo perplejo. Después pienso en objetar, argumentos hay de sobra: estoy algo bebido, tengo sueño, no sé sobre qué podría escribir y además necesito intimidad. Pero ¿cómo se discute con un ente cuya existencia ni siquiera se comprende? Así pues, sin saber muy bien el motivo, obedezco. Conecto el cable del ordenador portátil al enchufe, lo enciendo, espero a que esté preparado. Luego abro un archivo de texto nuevo y me dispongo a teclear.
Normalmente, ahí llega el momento crítico: las palabras se niegan a salir o a ordenarse debidamente. Las ideas se mezclan, la confusión se extiende, parece inútil ponerse con algo que no vamos a terminar.
Sin embargo, esta vez es diferente. Apuro el vaso, lo dejo sobre la mesa lo bastante lejos para evitar un accidente, apoyo los dedos sobre el teclado y empiezo a escribir.
Las ideas acuden a mí en tropel, pero sin sobreponerse unas a otras; las palabras surgen solas, como si yo no tuviera que ver en su elección, las frases se van formando y llenando una página, otra, otra; escribo, escribo y de cuando en cuando echo un trago, como si el licor fuese un tónico que alimenta la imaginación; escribo y bebo, bebo y escribo, y las páginas se van llenando de signos mientras mis dedos se proyectan con frenesí sobre las letras, nunca antes había desarrollado una velocidad semejante. Supongo que cuando termine deberé pasar el corrector y aparecerán miles de erratas, pero en este momento lo que importa es no parar, seguir pulsando y pulsando las negras teclas cuyo sonido me recuerda el traqueteo de un tren lanzado por la llanura. En algún momento me parece estar escribiendo con mi propia sangre, tan íntimo y personal es lo que siento mientras las letras se desparraman por la pantalla dando forma a pensamientos que germinan y crecen sin que pueda explicar cómo. No sé cuánto rato llevo inmerso en esta tarea, pero el cansancio ha desaparecido y, a pesar del coñac, me siento más lúcido de lo que nunca estuve. Una extraña claridad me llena, y si me preguntasen diría que lo que estoy componiendo es una obra maestra.
Y así, como si en el mundo no hubiese nada más, escribo y escribo hasta olvidar todo lo que me rodea, hasta olvidarme de mí mismo y perder definitivamente la consciencia.




VII


Despierto.
Estoy tirado en el sofá y la claridad diurna entra por la ventana. Me encuentro agotado y hambriento. Creo que tengo fiebre y me duele todo el cuerpo. ¿Qué hora es? —me pregunto. Como si eso tuviese la menor importancia. Mientras mi mente se ordena un poco, paseo la vista por la habitación. Percibo que algo está cambiado, pero soy incapaz de definir qué. Mis ojos encuentran la botella, que está vacía. Y poco a poco voy recordando.
Miro entonces la pantalla del ordenador. Está negra, pero el leve zumbido me indica que no está apagado; sólo se ha activado la opción de ahorro de energía. Con lentitud, con dolor, me incorporo. Muevo el ratón y poco a poco la pantalla se ilumina. Veo un párrafo escrito y más abajo la palabra
F I N. Eso me molesta un poco ya que me desagrada esa vieja costumbre. Sabemos que nada termina. La palabra fin es una falacia, acaso involuntaria.
Compruebo que es la última página. Con estupor veo que hay más de doscientas. Vuelvo a mirar alrededor, como si ese gesto fuese a aclarar cómo es posible haber escrito tanto. Me levanto y paseo despacio por la habitación. Obviamente, estoy solo. Mi huésped etéreo –si alguna vez existió— ha desaparecido. Sólo quedan la botella vacía y ese archivo de más de doscientas páginas. Y el hambre.
Abro el pequeño armario que me sirve de despensa y tomo una bolsa de magdalenas. Mientras las devoro (es anormal que estén tan duras, tendré que cambiar de supermercado) voy leyendo, a saltos, lo que –al parecer— he escrito durante las últimas horas. Con sorpresa al principio, con decepción más tarde, con horror contenido, compruebo que mi “obra maestra” es una novela llena de tópicos, puramente comercial, literatura clínex, sólo apropiada para las estanterías de los hipermercados... Me viene a la cabeza el recuerdo de lo que pensé mientras febrilmente escribía en esa prolongada noche, y por seguir con el símil, asumo que es mi sangre lo que puebla esas páginas (pero una sangre contaminada, llena de virus, maldita) y que al escribir es como si la hubiese donado y ahora miles de enfermos necesitados de una transfusión fuesen a recibirla sin saber del veneno que la infecta...
Muy enfadado conmigo mismo, cierro el archivo y lo tiro a la papelera de reciclaje. Después me marcho. Necesito respirar un poco.




VIII


Mientras camino por el parque, el aire fresco disipa mi malhumor. Sin sorpresa, me entero de que han pasado varios días desde la noche de mi creativa borrachera. Paso la mano por mi barba y, en efecto, está muy crecida. No sé cómo explicarlo ni, a decir verdad, me preocupa. Sólo me molesta un poco el tiempo perdido. Me siento en un banco y converso durante algunos minutos con un mendigo que a veces me cuenta historias de su juventud. Luego regreso a mi cuarto.
Durante un buen rato medito. Es cierto que la novela es mala y que me parece horrible haber escrito algo así, pero no ignoro que ese tipo de literatura es del gusto de un público bastante numeroso. Y no me importaría rentabilizar de algún modo el tiempo que he empleado en ella, aunque no hayan sido más que unos días. Así que finalmente, venciendo el remordimiento, rescato el archivo de la papelera y me pongo a revisarlo en busca de erratas.
Cierto que mientras leía deseé derramar toda mi sangre (la de verdad, no la metafórica) pero somos cobardes, ya lo dijo el poeta; somos cobardes y en lugar de desangrarme ritualmente, lo que hago es repasar y corregir; y más tarde, cuando ya todo está en orden, imprimir, encuadernar y enviar el libro por correo a un editor. Después me encojo de hombros. Lo peor que puede ocurrir ya ha ocurrido antes. Y si bien dije que el rechazo cansa, también diré que llegado un punto ya no duele, o duele lo bastante poco como para poder ignorarlo sin consecuencias.




IX


Cuatro días después recibo una llamada. Es el editor. Está muy excitado. Y contento. Dice que vaya cuanto antes a verlo, que debemos tratar el asunto del contrato y que mi libro va a ser el best-seller del próximo verano. Yo escucho y callo, intercalando de cuando en cuando breves monosílabos. Después fijamos una cita y cuelgo. Es claro que no comparto su entusiasmo ni su alegría.
No obstante, cuando anochece me acerco hasta el centro, con intención de comprar algo de beber. La tentación de lo fácil es irresistible para el débil. De más está decir que me dirijo al lugar donde me hice con el exquisito coñac de la mentada noche. De más, también, exponer que el local está cerrado y que no hay cartel alguno y que en los bares y tiendas más cercanos nadie sabe nada de dicho establecimiento. Así que me meto en un bar que huele a todos los pecados del mundo y pido un vaso de vino, pensando que a veces hay que tener la humildad de prestar atención al número gramatical.




- Sergio Borao Llop. Publicó “El alba sin espejos”











*


¿Qué es el aburrimiento? ¿Una súbita presencia de la nada? ¿Un problema químico al que le llaman depresión? ¿La sensación alegre de que todos hablamos distintos idiomas, nos querramos o no? ¿La sensación triste de estar muy cerca de una revelación y que no entenderemos su resplandor o no lo podremos describir a nadie? ¿La seguridad de que sólo escribimos para nosotros mismos y que eso tampoco está mal? ¿Una paz desconocida cuando se vive con intensidad? ¿El entusiasmo de sabernos vivos en una vida ínfima? ¿Pensar en la muerte? ¿Eso que viene luego que uno se ha divertido muchísimo y ha llorado de risa? ¿Una forma de amor sereno a lo que es? ¿Un modo del miedo a la decepción? ¿Un modo de miedo a tener que enfermarse y morirse? ¿La sensación de que el amor está ahí al alcance pero asusta en su deslumbramiento? ¿El miedo a un Dios? ¿El miedo a que no haya un Dios? ¿El miedo a un sentido posible de las cosas? ¿El simple y tonto miedo de vivir? ¿El miedo a la irrealidad o a la torpeza de una presunta realidad? ¿La dulce certeza del sinsentido o la tragedia de un sentido ignoto?


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com








InvenTren








EL ESPERADOR*



La habitación es pobre, por la ventana entra una luz tamizada por una cortina con agujeros, que producen manchitas irregulares de sol sobre el muro encalado. Una araña de patas largas y cuerpecito minúsculo hace filigrana en el techo. Hay una cama, un escritorio sencillo de madera, una lámpara con el pie curvo, despintada como todo, apagada a pesar de que el sol allá afuera está bien alto pero adentro es penumbra y tristeza.
Revistas viejas apiladas, un ventilador de metal sobre una silla, un ropero al que las puertas no le cierran del todo.
Adivinamos un baño del otro lado de la pared por el goteo lento pero continuo. Suponemos sin verlo que la tapa del botón falta, y para realizar la descarga del inodoro habrá que tirar del fierrito dentro del pozo rectangular abierto como una boca que ni llora ni ríe, abierto el rectángulo como una boca asombrada, suspendida en un grito o quizás inmóvil simplemente, esperando algún tipo de reparación.
Un hombre en camiseta sin mangas está acodado en la mesa de la habitación. No hay relojes allí, sólo las manchitas de luz que imperceptiblemente recorren las paredes y hacen de reloj de sol indicando que el mundo transcurre allá afuera. El sol se mueve, las manchas pasean lerdas por la pieza como constelaciones nocturnas de inmensidad y lejanía, aquí nunca es de día ni de noche, nos decimos, no es un buen lugar para cultivar vida.
Canta un pájaro, algún perro ha ladrado confusamente en algún lugar. Les contestan. Otros pájaros se desgañitan en respuesta, otros perros emiten sus voces destempladas comentando lo que dijo el congénere.
El hombre no se ha movido. Vemos que hay una pavita abollada, un calentador, un mate de madera recubierto en aluminio, una lata de yerba ennegrecida. Otra lata suponemos que contiene galletas, pero no la ha abierto.
El hombre está encorvado, los brazos sobre la mesa y la cabeza con pocos cabellos obstinadamente fijada hacia adelante. Le corre un gota de sudor temblorosa desde la axila. Anacrónicamente, una pantalla de ordenador le ilumina los ojos. Habríamos creído que un lápiz de madera y una hoja rayada serían más convenientes, pero la notebook delante de su rostro está tan deslucida como el resto de las cosas, polvo entre las teclas, la pantalla sucia y en una esquina del aparato una cinta aisladora remendando una quebradura.
Escribe con dedos pálidos "resido en Baudrix", y en el ordenador que desmaterializa el ser y lo transforma en unos cuantos caracteres viajando por el globo, se transforma en una frase maravillosa, él se transforma en un hombre misterioso y fascinante. Baudrix. Una mujer se imagina un caballero hermoso y distinguido en una casa de tejas negras en medio de un jardín con una fuente. Otra mujer se dice "Baudrix" y aparece un muchacho lánguido de nariz recta sentado en el pretil de un puente de piedra sombreado por altos pinos. "Baudrix" se dice otra, y evoca prados verdes y quizás robles, y quizás a lo lejos la aguja del campanario de una capilla medieval.
"Baudrix" ha dicho ella. Y sonríe, y piensa en el hombre en camiseta, en la cama de hierro, en la uña del dedo gordo del pìe derecho que le rompe las zapatillas de lona. Piensa en los cabellos ralos, las mejillas mal afeitadas. Recuerda la mujer la cortina con agujeritos, el comedor con los muebles de la abuela, el patio de baldosas desparejas.
"Escribe él, aquí, en Baudrix", se dice la mujer. "Y está solo, y espera" se dice. Espera aunque en la estación ya no arribarán más trenes. Lanza sus botellas, él, y todavía. Espera. Se dice la mujer.
El timbre no funciona. Unos nudillos golpean la puerta.

El hombre se pone una camisa de mangas cortas sobre la camiseta, se calza las chinelas y gira el picaporte de su puerta.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

POLVAREDAS. 

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.  FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.  
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY. ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


***
Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PLOMER.

KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.  MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO. ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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