Saturday, April 08, 2017

ESTACIÓN ENRIQUE FYNN.



*Foto: Horario del Midland vigente desde el 5 de abril de 1948  (De guía Peuser)











La huida *




Un tren en movimiento es una cárcel.

Con más razón para quien está huyendo.
Como a tantos otros, me acusan de un crimen que no cometí. No importa la verdad: Estoy sentenciado desde que tuve aquel desencuentro con el diputado. Lo vi claramente en su mirada. Antes o después, iba a pagar mi atrevimiento. Ignoro qué destino me tienen preparado, pero, en cualquier caso, las opciones de escapar a él son mínimas.
Por eso, cada par de ojos que se posan en mí representan un peligro. Son muchos quienes me buscan. El poder encuentra aliados en todas partes. La única realidad posible es la huida. Ningún rincón del país es seguro ahora. Sólo en el extranjero, lejos, podré eludir los largos tentáculos de mi enemigo. Mas no debo pensar en el futuro lejano cuando en un instante todo puede irse al carajo. Lo urgente es salir de aquí.
Todos los rostros que me rodean son una amenaza.  Por desconocidos, por multiplicados.
Vine a la estación porque me pareció el mejor lugar para pasar desapercibido. En principio, sólo tomé el tren por alejarme de aquí. El destino fue casual –era el tren que en ese momento se disponía a partir-, pero en Enrique Fynn tengo amigos que tal vez puedan ayudarme.
Ahora, cuando el tren ya abandona la ciudad y avanza hacia la interminable llanura, sólo ahora he caído en la enorme indefensión del proscrito que toma la decisión de subirse a un tren –un avión, un autobús, cualquier medio de transporte colectivo, en definitiva-. Por eso, trato de evitar las miradas de los otros pasajeros. Las gafas de sol ayudan, pero no son un muro tras el que esconderse. Sólo un diminuto camuflaje. Si alguno de mis perseguidores está a bordo, soy hombre muerto.
Haría bien, lo sé, en ocupar mi mente con otro tipo de pensamientos. La forma de burlar la vigilancia a que estoy sometido, por ejemplo. La acción que debería llevar a cabo si descubro a uno de ellos… esas cosas. Pero el temor me impide pensar: Un indicio claro de ello es que, justo antes de tomar el tren, he llamado a mis amigos para avisarles de mi llegada. Sólo un minuto más tarde he caído en la cuenta de lo inoportuno de mi visita. Por nada del mundo desearía meter en líos a mis amigos. Pero ya está hecho. No puedo volver atrás. Dejo mi destino en manos de este enorme artefacto que me traslada con rapidez entre campos y pueblos que, a esta hora, parecen abandonados.
A pesar del miedo, el cansancio acumulado en las últimas horas me induce a dormitar. Breves cabezadas de las que salgo con un sobresalto. Cada vez, miro alrededor con aprensión. Nada en el vagón parece amenazarme, pero con esta gente nunca se sabe.
Para un prófugo, todo son ojos. Ojos expectantes, acusadores, irónicos, traicioneros. Ojos enemigos.
Cuando, al volver de alguna de esas ensoñaciones, distingo una sombra en algún punto inconcreto del vagón, mi corazón se acelera. Cada vez que el tren se detiene, temo que suban, que me busquen, que me saquen esposado y vencido a la vista de todos y me metan en un auto verde, uno de esos autos verdes de los que no se regresa…
Una mirada fija es una alarma causando un estruendo insoportable en mi interior. Una inocente sonrisa se me antoja como la señal inequívoca de mi perdición.
Los kilómetros y las estaciones se suceden, pero mi angustia no mengua. No obstante, si he de ser sincero, no hay la menor señal de los sicarios. Se trata sólo de la sensación de ahogo propia de quien se sospecha rodeado.
Miro hacia afuera y percibo que ya estamos llegando. La próxima estación es Enrique Fynn. Allí tal vez pueda estar seguro uno o dos días, mientras decido qué hacer, hacia donde seguir huyendo…
Con suma precaución, la misma que he empleado en las últimas horas o días (en la huida llega a perderse la noción del tiempo), me preparo para salir de este encierro rodante. Abajo todo será distinto.
Sin embargo, la frecuencia de mis latidos no disminuye. Mientras el tren va reduciendo su velocidad y la silueta de la estación se perfila en el horizonte cercano, me asalta una revelación: Ellos están ahí, esperándome. Esta vez no se trata del pánico, sino de una fría certeza. No necesito verlos. Lo sé. Conocían mis planes y no han hecho otra cosa que alimentar mi esperanza, dejando que el viaje llegue a su fin. No habrá escándalo ni una persecución cinematográfica. Simplemente, alguien se acercará a mí y me susurrará al oído unas pocas palabras. Yo le seguiré en silencio, velando así por la seguridad de mis amigos, a quienes me prometerán no hacer el menor daño si colaboro. No me hará falta ver a uno de mis antiguos compañeros, quizá el más joven o aquel que siempre enrojecía al mirarte a los ojos, escondido tras una columna, observando con el corazón en un puño mi detención y, tal vez, respirando aliviado al comprobar mi sumisión. Después, el protocolo se cumplirá con precisión geométrica, del mismo modo que siempre. Y el mundo me olvidará como se olvida todo.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
- Publicó “El alba sin espejos”












DETRÁS DEL VIDRIO*


*De Natalia Litvinova. litvinova25@hotmail.com



Toda esa gente inmóvil esperando el tren.

Los perros y las sombras.

En la ventana parpadea la luz.

Una mujer se desviste. El hombre duerme.

De pronto sale el sol. La noche se entrega.

El hombre se despierta y viste a la mujer.

Toda esta sombra perra sola como la gente.




*Del poemario “Todo ajeno"

-Natalia Litvinova (Gómel – 1986) Escritora argentina de origen bielorruso, dedicada al campo de la poesía y de la traducción. Publicó: Esteparia (Ediciones del Dock, 2010), reeditado en España y en Uruguay, Balbuceo de la noche (Melón editora, 2012), Grieta (Gog y Magog ediciones, 2012) reeditado en España y en Costa Rica, Todo ajeno (Vaso roto, 2013) y Cuerpos textualizados (Letra viva, 2014). Compiló y tradujo varias antologías de poetas rusos. Siguiente vitalidad (Audisea, 2015) es su reciente poemario, publicado en Argentina y reeditado en Chile, México y España.













Estación Enrique Fynn*




Enrique Fynn siempre había tenido problemas con las mujeres. Dejando de lado los traumas habituales provocados por la influencia de su madre, su hermana, su ex esposa y su hija, que ya bastantes horas de análisis y dinero en efectivo le habían consumido en años anteriores, el tema que más lo angustiaba era la escasa fluidez con la que abordaba a una mujer. Siempre le parecía estar a destiempo, dudando de sus posibilidades, desestimando los contactos esporádicos, y por sobre todo, aterrado ante cualquier clase de negativa.
Viajaba a bordo del tren aquella mañana, ensimismado en sus pensamientos editoriales,  cuando a su lado se sentó una mujer. Al principio, apenas la miró de costado, pero algo en aquella fugaz consideración le convocó a girar de nuevo la cabeza hacia ella, haciendo un paneo del pasillo, como si buscase encontrar algún errático vendedor ambulante. Se encontró con una señora que sería unos diez años menor que él, de rasgos sugerentes, cabello cobrizo, y curvas muy interesantes por debajo del trajecito sastre. Pero por sobre todo, le atrajo el simple hecho de que abriese el bolso que llevaba colgado del brazo, extrajera un libro y se pusiera a leer.
Su primer impulso fue otear qué estaba leyendo. Ni siquiera intentó adivinar esas letras diminutas; apenas se conformaba con conseguir darle un vistazo a la tapa ni bien ella tuviera que dar vuelta la página. La tarea se le impuso de manera prioritaria, olvidando los insulsos devaneos que venía practicando hasta ese momento. Tanto se concentró y acercó su cabeza hacia la de ella, que lo inundó un perfume atractivo, hechicero, emanado por la misma piel de su vecina de asiento. Un inesperado cosquilleo le recorrió el cuerpo, y sólo después de unos momentos consiguió aceptar que aquel inusual efecto producido por los sentidos era la simple y llana manifestación de la excitación.
El ser consciente de estar excitado, luego de varios meses sin experimentarlo, lo descolocó. Aunque no tanto como el perfil de su vecina, que de pronto abandonó la inmovilidad de la lectura para echar una fugaz mirada de reojo en dirección a él, regresando de inmediato hacia la página impresa. Enrique se sorprendió, avergonzado al ser descubierto infraganti en sus vicios de mirón, aunque su atención sólo se concentrase en la posible tapa del libro, negándose a sí mismo que su principal objetivo era ese aroma cautivante, desprendido por una piel que imaginaba fresca y suave.
Su vecina, hasta entonces inmóvil, levantó apenas el libro de su falda para cruzar su pierna derecha sobre la izquierda, revelando no sólo la mitad de un muslo conciso, tentador a la caricia, sino la existencia de una falda corta que bien podría ir gradualmente ascendiendo, en caso de continuar moviéndose sobre la butaca, sin despegar las manos del libro. Enrique permaneció rígido a su lado, sin atinar a respirar siquiera, percibiendo cómo se le sonrojaba la cara al quedar absorto por la belleza de esa pierna y la curva oscura que se producía por debajo de la falda. De inmediato, despertó de su letargo y desvió la mirada hacia la ventanilla, cubriéndose el costado derecho de la frente con su mano. Buscó algún detalle banal sobre el cual fijar la atención, algo que lo abstrajera de tal situación incómoda, pero la realidad lo acorraló aún más.
Porque de pronto, mientras ella hacía oscilar levemente el tobillo derecho muy cerca de la pantorrilla derecha de él, movió sus manos para pasar de página, y suspiró. Fue un suspiro hondo, sostenido, como esos en los que definen el futuro de toda una vida en ese preciso instante. Al margen de ello, en apenas ese fugaz movimiento de sus dedos cubiertos de anillos, la tapa reveló ser uno de los tantos títulos de la colección erótica “La Sonrisa Vertical”.
Enrique comenzó a transpirar. El insistente cosquilleo de excitación se volvía cada vez más presente. Y él dudaba, como había dudado toda su vida. Desconocía qué hacer a partir de entonces. No quiso parecer un desubicado acercándose hacia ella, pero tampoco quiso quedarse dormido sin hacer nada. Quería tener la fuerza suficiente para retomar el trabajo intelectual que estaba haciendo, aunque en el fondo sabía que le sería imposible concentrarse en algo más. Y al querer reabrir la carpeta vinílica rígida de tres solapas que yacía sobre sus muslos, donde portaba material poético ajeno que debía revisar para la edición de su blog literario, el nerviosismo de sus manos le jugó una horrible pasada, y el temblor causado por la presente situación le hizo empujar con sus manos gran parte de los papeles que portaba la carpeta hacia el piso del vagón, chocando en la caída contra el tobillo izquierdo de su vecina, cubriendo en desordenada abundancia aquel zapato de tacón.
La escena se sucedió demasiado velozmente como para que Enrique tuviese algún control sobre ella, sin decidir siquiera cuál era su siguiente mejor jugada. Su vecina levantó la vista del libro, miró hacia las rodillas de él, luego se inclinó levemente, y quiso contemplar los papeles y el cuaderno que se habían derramado a sus pies. Al mismo tiempo, urgido, Enrique quiso evitar dejar rastros de su torpeza y lanzó su mano derecha hacia el piso, intentando recuperar parte de lo derramado. En el momento en que él se agachaba y ella giraba la cabeza para contemplar su pie izquierdo, ambos chocaron apenas sus cabezas.

—¡Uuuy…. Perdón! Perdón… —se disculpó él, tocándose la frente, aún más sonrojado que antes.

—Ay… No… No es nada… Disculpame vos— farfulló ella, también sorprendida.

—Soy un desastre…. Disculpame…

Ella permaneció quieta, con el libro en alto cubriéndole la pechera del trajecito, sin perderle pisada a los movimientos de él. Enrique se agachó hacia los pies de ella, descubriendo que los papeles se habían esparcido mucho más lejos de lo que imaginaba, percatándose que el espacio existente entre los asientos era mínimo como para poder sortear la escena con elegancia. Ambos tendrían que ponerse de pie, si él quería recuperarlo todo. Pero el vagón se encontraba casi lleno, y él ya no deseaba incomodarla más.
O sí…. Aunque en otro sentido.
—A ver si es posible…— murmuró él, y extendió su mano derecha en busca de los papeles.
Nunca se le pasó por alto que ella, a pesar del reciente percance, jamás deshizo el nudo de sus piernas, aún revelando el interior de su muslo derecho, como si lo tentara a la caricia. Todavía con dedos temblorosos, Enrique descendió hacia las profundidades abisales del hueco entre los asientos y alcanzó a rozar la tapa de su cuaderno, al mismo momento en que ella rozaba apenas con su pantorrilla izquierda el codo derecho de él. “¿Lo hizo a propósito?”, estalló la alarma en la mente de Enrique, acobardándolo aún más.
—Perdón… Esto es un fastidio —se disculpó, elevando la mirada desde casi sus rodillas hacia el rostro de ella, detenido apenas por un primer plano de aquel muslo imponente y de su inquietante caverna hacia las sombras…
—Tranquilo. Hacé lo que tengas que hacer —convino ella en voz baja, y sostuvo el libro contra su pecho generoso usando sólo su mano derecha, dejando reposar la izquierda sobre el muslo del mismo lado, casi derramándose hacia su lateral externo.
Enrique consiguió izar el cuaderno de espiral con trémulos dedos, pensando que aún le restaba lo peor de la empresa, el resto de los papeles. Al elevar el torso para emerger con el cuaderno desde las profundidades, su brazo se deslizó muy cerca del muslo de ella, quien sutilmente extendió su dedo índice, y con la uña le rozó la mano derecha al pasar.
El la miró, anonadado. Ella le disparó una mirada profunda, directo a sus ojos, de la que él no podía rehusarse, pero que al mismo tiempo le quitaba la respiración. La transpiración le inundó las axilas, sintió una picazón por todo el cuerpo, el corazón le golpeaba rabioso contra el pecho.  Enrique desconocía la manera de quitarse esa mirada de encima, a fin de guardar otra vez el cuaderno dentro de la carpeta. O quizá, deseaba con el alma que aquella mirada lo asesinase allí mismo, sobre aquella diminuta butaca ferroviaria.
—Parece que habrá que hacer algo mejor —balbuceó, tragando saliva.
—Como vos quieras… —incitante, ella, deslizando el libro hacia su axila derecha y oprimiéndolo contra su pecho, logrando que la curva dentro de su escote se marcase a fondo, revelando lo que su ropa aún conseguía insinuar.
Si Enrique hubiera dominado a lo largo de su vida el sentido de la oportunidad, probablemente su destino –desde siempre- hubiese tomado otro camino. Pero no se sentía dueño de las situaciones, ni tampoco se creía capaz de alterar cualquier estado de cosas mediante su deseo. Lo dominaba el pensamiento y la vacilación, y para combatirlos, sólo apelaba a las reacciones intempestivas. Como la que se le ocurrió hacer a continuación.
Metió veloz el cuaderno dentro de la carpeta, la calzó entre su cadera y la pared del vagón a su izquierda, y se agachó de nuevo, esta vez decidido, a recuperar de las profundidades cuantos papeles pudiese rescatar. Mientras hurgaba a los manotazos en busca de las hojas, que lograba agarrar sólo en parte a causa de su premura, llevando algunas hacia su mano izquierda y perdiendo la mitad de ellas en el intento, una mínima porción de su cordura le señalaba que una uña ajena se deslizaba a lo largo del costado de su tronco, realizando un trayecto trunco entre su axila y el borde de su pantalón. En los sucesivos manotazos que propinó, tocó varias veces con su mano derecha el tobillo de su vecina, quien lejos de retirarse hacia un costado, evitando el contacto, permaneció allí, a la expectativa, quizá gozando mediante un disfrute perverso aquella inquietante situación.
Enrique se incorporó en el asiento, acalorado, sonrojado al máximo, respirando agitado. Ella había relajado la mano derecha que sostenía el libro, olvidándolo casi sobre su regazo, y volvía a colocar su dedo índice izquierdo pegado al muslo de ese mismo lado. Su mirada había virado de la inquietud libidinal hacia la premura por una respuesta.
—Bajo en la próxima —le anunció, y abrió el bolso para guardar ese libro que, desde hacía un buen rato, había perdido el interés por leer.
Enrique sintió que todo aquello se definía en pocos segundos. Hubiese querido ser otro en aquel momento. Alguien más osado, sin nada que perder… Pero, ¿qué perdía? ¿Acaso le debía a alguien cualquier explicación que justificase sus acciones? ¿Acaso no se encontraba solo? ¿Qué perdía al intentar algo diferente, si tampoco era dueño de nada? Quizá, perdiera parte de su inacción, y desconocía adónde podría llevarlo tomar una decisión como ésa. Quizá, simplemente lo arrastrara hacia intentar vivir, de una manera muy diferente a la que había conocido hasta ahora…
—Te acompaño —se escuchó decir, entrechocando las sílabas, horrorizado ante las posibles consecuencias de aquella frase.
Ella enarcó las cejas, sin pronunciar palabra, y volvió a suspirar, sin quitarle los ojos de encima hasta que el tren comenzó a detenerse. Para cuando finalmente frenó, ella ya se incorporaba, buscando salir por entre los pasajeros de a pie. Enrique la siguió de cerca, olvidando juntar las escasas hojas tiradas en el suelo, y al mismo tiempo metiendo dentro de la carpeta las que asía en el puño izquierdo, hechas un bollo.
Al conseguir descender, antes de que las puertas se cerrasen, alcanzó a ver entre los demás pasajeros la espalda del trajecito sastre de ella alejándose a paso lento a lo largo del andén. Apuró el paso, eludiendo pasajeros, y la alcanzó, para murmurarle junto al oído:

—Tengo que decirte algo.

Ella se detuvo y lo miró de costado. Palpitante, salvaje, esperando…

— ¿Escribís poesía?

Al escucharse preguntar acerca de uno de los principales valores que encontraba en un alma humana, allí de pie, Enrique se sintió el mayor de los estúpidos. Le hubiese encantado, como fantaseara en una fracción de segundo, que su vecina de asiento respondiese: “Sí, sobre la piel”. Pero ella, lejos de contestarle, reveló la cara de sorpresa y desilusión más inequívoca que pudiese manifestar una mujer tan expresiva como ella. Volvió a enarcar las cejas, entreabrió la boca con expresión de asombro, y meneó la cabeza.

—No lo puedo creer…

Y se alejó, fuera de la estación, fastidiosa y molesta, sin esperar a que él intentase nada diferente.
Enrique había apelado a destiempo, quizá con la mujer equivocada, al rasgo que mejor conocía, queriendo desentenderse por un instante de los encantos de la carne, sintiéndose un completo inexperto en el tema. Sin embargo, y como de costumbre, la realidad lo avasallaba con oportunidades, que él sólo veía pasar, sin aprovechar el momento, único e irrepetible.
El tren abandonaba la estación a sus espaldas cuando percibió el bulto de los papeles abollados dentro de la carpeta. “Poesía de la urgencia”, se lamentó. Y contempló en solitario las vías que se perdían en el horizonte, aguardando por el próximo tren.



*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar
Marzo de 2017














Desear amor es desearlo todo*



Ya me acostumbré a deambular por los vagones. Los recorro mirando a esa gente que dormita o come. Veo a una mujer descargando el mate por la ventanilla, y me digo que la yerba está irremediablemente perdida, que se fue para siempre, siento una extraña sensación de ausencia y de algo indefinible, esa yerba arrojada para toda la eternidad, sin ceremonia, sin despedida. Una ventanilla que se abre, el salto fatal.  Me alejo con una náusea entre las manos.
En el siguiente vagón dos hombres hablan fuerte. El de ojos claros intenta convencer al alto de alguna cosa. No me ven. Me pregunto qué dirán.
Llegan frases aisladas, la conversación se me pierde como la yerba. Estoy inmóvil, las cosas suceden a mí alrededor. El mismo tren es algo que sucede sin mi compromiso.
Sigo caminando.
La yerba y los hombres quedan a mis espaldas. Estoy sola.
Hallar el vagón de cineclub es un retorno. Sigo sin rostro ni voz, pero acaso que esto sea físico, que la obscuridad me borre, es tranquilizador. Si no existo, al menos no existo en la negrura que me devora.
La pantalla iluminada me presta el resplandor para ocupar mi sitio, siempre el mismo aunque el vagón cambie.
Reconozco "Sweet Charity" allí adelante. La prostituta ingenua se deja engañar por el novio, vive su ilusión de ser amada, se deja engañar, desea y propicia la mentira que le otorgue un respiro a la desesperación.
Está tan sola con su ropita y su cara mal maquillada. Lloro. La veo tan preparada para regalarse, tan deseosa de hacer feliz a cualquier hombre que le preste los ojos y las manos un momento. Qué frágil esta mujercita alegre toda imposibilidad, si tiene marcado, tatuado, el fracaso.
A pesar de que sepa el final, hasta el último momento pienso que el hombre común que se equivoca, que cree que es una mujer decente y ordinaria, cuando se entere de su pasado la va a aceptar igual. Si no ocurre en la vida real, debiese ocurrir en el cine.

Y las coreografías de Bob Fosse son deliciosamente vitales. Dicen con el cuerpo, y lo que dicen se expresa sin fisuras, en bloque. Música, canto, baile, el desenlace inevitable de la fatalidad agazapada.
La prostituta es una buena persona, el novio es una buena persona. Sin embargo el hombre no podrá hacer otra cosa que destrozarla, para que no sufra. ¿Cómo condenarla a un futuro en el que por fuerza habrá de reprocharle suciedades? La va a abandonar.
Ella sólo desea amor. Pobrecita, no sabe aún y a pesar de su experiencia que la palabra "sólo" en esa frase no cuadra. Desear amor es desearlo todo.
Me voy antes de que finalice la película. Sé que habrá una sonrisa final, una esperanza forzada, la sugerencia de que la vida sigue y que quizás. Pero la yerba desechada continuará su vida, también, junto a las vías, integrándose lentamente a la gramilla, desapareciendo de sí y del mundo.



*De Mónica Russomannorussomannomonica@hotmail.com











Domador*



Al Doctor Enrique no le gustaban mis monólogos existenciales. Por momentos parecía perder la paciencia: “Te atiendo porque sos un hijo y nieto de polacos pero no me digas más boludeces...” de tanto en tanto remataba su enojo con algo sacado de su manual de frases hechas "hacete cargo de tu vida".


Yo era el segundo paciente de la jornada. El primero -Marcelo- subía con el doctor en Puente Alsina. En la estación Libertad bajaba Marcelo y subía yo, nos conocíamos de vista. A veces intercambiábamos breves comentarios como forma de saludo.
Marcelo era un tipo con ojitos chiquitos hundidos en el miedo. Una vez me preguntó: ¿Cuál es tu tema?

-La reparación...  Dije sin pensar, como me salió.

Y el tuyo? -Pregunté

-El acompañamiento… -Respondió mientras se perdía entre la gente que estaba en el andén.

Mi sesión duraba hasta Enrique Fynn. Eran 45 minutos.

En Fynn me bajaba y no subía ningún paciente. Aprovechaba el resto del día para ir a visitar la chacra de mi tío que vivía entre patos y gallinas pero se consideraba un inventor.

Para mi el doctor era un loco chiflado pero socialmente era considerado como una eminencia a la que le estaban permitidas esas excentricidades como atender arriba de un tren.

A mi me ganó como paciente aquel día en el que le conté que quería escribir una novela a partir del tío chacarero e inventor aficionado. Su obsesión era diseñar todos los aparatos imaginables a cuerda, con mecanismos y engranajes parecidos a los de relojería para evitar usar electricidad. "Cuando la electricidad no pueda pagarse se van a acordar de mis inventos" Se justificaba.
Sin mediar palabra, Enrique se puso de pie y fue caminando como un robot o más bien como una marioneta por el pasillo del vagón. Cuando se volvió a sentar frente a mí dijo: "No te olvides de incluir un psiquiatra a cuerda"

Aquella risa compartida me convirtió en un paciente feliz y al tiempo en alguien cercano con quien se permitió hablar de él mismo.

A los 17 años -recién ingresado a la carrera de medicina- trabajó en el prostíbulo de una famosa Madame.
-Eran chicas polacas bellísimas -dice con sus ojos tirando chispas-  Enrique les enseñaba francés. Ellas le enseñaban a amar. Años después declaró en un reportaje que fue "instructor de modales en un quilombo”. Allí conoció a AGNIESZKA, que además de bella era “Ani, aquella ternura que no se olvida, que se acrecienta cada día más y más”.
Era como una Wrózka que le predijo su futuro de especialista reconocido.
Del lupanar se fue cuando contrajo una neumonía.

“La locura es como la muerte pero reversible” Esa idea lo sacó de la medicina. Lo llevo a psiquiatría.

En un anotador tenía los horarios del Midland e intercalados cuales eran los pacientes que atendía. Ahí supe que el doctor atendía 9 o 10 pacientes en cada viaje y que su jornada terminaba en Carhue. Allí lo esperaba una amante pelirroja -que había sido primero su paciente- con la cual cenaba y compartía lecho en el hotel.

Guarde como recuerdo una hoja de uno de sus días de atención de pacientes con el detalle de estaciones en las que subían. Cuanto tiempo duraba la atención. En cual estación debían bajar. Enrique sabía que los horarios del Midland eran de una puntualidad inglesa por eso podía confiar la duración de las sesiones al tiempo estipulado de viaje entre una estación y otra.

Marcelo, de Puente Alsina a Libertad. Duración sesión: 45 min.
Kalman, de Libertad a Enrique Fynn. Casi 45 min.
Azucena, de González Risos a San Sebastián. 50 min.
Alejandra, de San Sebastián a Baudrix. Son 60 minutos
Javier, de Baudrix a Morea. 50 min.
Alberto, de Morea a Corbett. 55 min.
Eduardo, de Ordoqui a María Lucila. 45 min.
Lucía, de Henderson Hasta Andant. 55 minutos.
 Haydée, de Andant a Casbas 40 min.
Miguel, de San Fermín a Carhué. Son 50 minutos.



Una vez, cuando estaba por bajar en Fynn me tomo del brazo antes de que me vaya para dejar al aire un deseo:

-Cuidame al pueblo de mi otro yo que cuando me retire voy a comprar allí un campito. Quiero vivir tranquilo pero cerca de Buenos Aires. Estoy cansado de la gente.
Seré domador de caballos.



*De Urbano Powell & Eduardo Coiro.









TERRITORIO DE LAS PEQUEÑAS COSAS*



Buen día. ¿Como estás? ¿Has tenido un buen día?
¿Cómo está tu familia? ¿La canción, el lamento?
¿Qué te dice el territorio de las pequeñas cosas?
¿La plancha, la mesa, la taza con café?
¿La alegría descansa esperando en tu silla?
¿Cómo ensamblas el corazón y las palabras?
¿Has descubierto el sortilegio del pan, el canto de las letras?
¿Puedes entender que la vida da pequeñas treguas?
¿Qué mar no se detiene,  ni el carrusel ni los planetas?
Llevamos un blanco infalible en el pecho
Un blanco color escarapela y allí apuntan, certeramente.

Pero hay un exorcismo de hierbas.
Podemos sembrar peces, trenes, veleros.
El beso aguarda, como aguarda el valle de tu lámpara clara.
No importa la cosecha, si, la siembra
Espera en los andenes.
El tren que ha de llegar puede ser el último... o el primero.
El primero. Amor de viento, reloj, fatigado viajero. Niño.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@hotmail.com










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POLVAREDAS. 

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.  FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.  
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY. ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


***
Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PLOMER.

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LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO. ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
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 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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