Friday, May 05, 2017

EDICIÓN MAYO 2017.



*Ilustración: Ray Respall Rojas









BEST SELLER*


*De Abel Guelmes Roblejo. abelgrob@gmail.com


Para Marié, por siempre mi hogar



El vendedor descendió de su cabalgadura luego de recorrer casi todo el reino. Su obsesión por terminar cada trabajo, le había impedido abandonar su empresa. No había logrado deshacerse de aquel último par de zapatos. A nadie le habían servido. Quedaban pequeños o grandes, anchos, estrechos, el color no les sentaba bien...
Frente a él se erigía una casita que más bien semejaba una madriguera. Era el único recinto que le faltaba por visitar.
Por el tamaño de la mesa colocada en el jardín frontal, el número de sillas a su alrededor, de tazas encima del mantel, debían –de alguna apretada manera- vivir unas cuantas criaturas dentro.
Se agachó y tocó la diminuta aldaba sin percibir respuesta. Por su mente cruzó la idea de que el lugar podía estar habitado por una banda de ladrones que se había ocultado para hurtarle los zapatos, pero desechó aquel pensamiento, era absurdo que robaran un calzado que a nadie ajustaba.
Repitió su llamado. La puerta se abrió y vio salir un conejo, una joven, una elfa de pelo azul, un lobo, un dragón de la suerte y un muñeco de madera. Una sirena se asomó, sentada en una patineta, impulsándose con las manos.
Caballerosamente, el vendedor saludó y expuso el motivo de su presencia. La sirena, al instante, se marchó hacia el interior de la vivienda, protestando porque la habían despertado por un motivo que nada tenía que ver con ella. Al conejo le quedaban anchos los zapatos –aparte, protestó porque no combinaban con su reloj-. Al muñeco le bailaban los pies dentro del calzado, además, tenía zapatos pintados en sus extremidades de madera. Para el dragón no había suficientes, pues tenía seis patas. El lobo dijo que eran demasiado femeninos para su gusto. La elfa tenía el empeine muy alto…
El hombre estaba a punto de arrepentirse de haber aceptado ese empleo, cuando la muchacha se los probó. Entró un pie, luego el otro... le quedaban perfectos. Ella saltaba y bailaba de alegría.
Así de grande era la fascinación del vendedor al ver la felicidad que habían ocasionado sus zapatos, la belleza de la bailarina, que en un arranque de euforia le pidió su mano en matrimonio: si aceptaba la llevaría a su reino, donde fundarían un nuevo hogar.
A modo de respuesta, la muchacha lo invitó a bailar con ella. Sin proponérselo siquiera, justo cuando él la iba a tomar de la mano, en medio de su entusiasmo; chocó tres veces los talones y exclamó: “¡No hay lugar como el hogar!”… Y desapareció en el aire.
El vendedor quedó de una pieza, atónito, mirando la caja vacía en el lugar donde había estado su bailarina. La recogió del suelo, le sacudió el polvo y se la colocó de sombrero antes de sentarse en la cabecera de la mesa y preguntar a qué hora se servía el té.





-Abel Guelmes Roblejo. La Habana, 1986. Miembro del Taller Literario Espacio Abierto. Graduado del taller de formación literaria “Onelio Jorge Cardoso”. Miembro de la AHS. Recientemente ha publicado el libro de relatos Últimos Servicios, con ilustraciones de Ray Respall –pintor cubano de amplia trayectoria-, como parte de la colección de autores cubanos Guantanamera, editorial Lantia S.L., Sevilla, España.
Finalista de: “XI Concurso de Cuento Ciudad de Pupiales, 2016” (Colombia), Fundación Gabriel García Márquez; I Certamen Internacional de Relatos Pecaminosos (Estados Unidos, 2013); “Mi mundo fantástico” (España, 2013); Beca de creación “Caballo de Coral”, Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Mención en: Concurso Oscar Hurtado, Cuba, 2014, categoría de ensayo y artículo teórico y en la modalidad de cuento fantástico, 2015. Cuarto lugar en el “Premio Literario "Patricia Sánchez Cuevas” (España, 2015), publicado en la antología de trabajos premiados.
Ha participado en varias antologías internacionales, entre ellas: Historias breves, Letras con Arte, España. Su cuento Últimos Servicios fue traducido al francés por La Universidad de Poitiers (Francia, 2015), para conformar un volumen sobre autores cubanos. Antología de Aforismos, Ediciones DeLetras, convocada mediante concurso por la propia editorial (España 2015). Cuentos y reseñas suyas han sido publicadas en revistas digitales e impresas tanto en Cuba como en otros países, entre ellas: El Caimán Barbudo, La Jiribilla, Korad, Hitcuba.com, Prensacubana.net, Juventud Técnica e Inventiva Social. Ha participado en diversas lecturas y proyectos auspiciados por la Editorial Gente Nueva y la Asociación Hermanos Saíz.








*



¿Recordás el viento,
el ruido del viento,
el huracán que arrebató las casuarinas
ese verano que pasamos en el campo?
Nunca fuimos tan pequeños, nunca
tan indefensos, nunca.
¿Recordás el cielo
entrando en la tormenta,
perdiéndose sin rumbo en el azul?
¿Recordás el miedo
cantando en los oídos,
el simulacro de la muerte
escapando hacia el sur?
Nunca estuvimos tan solos, nunca,
tan desamparados, nunca.
¿Te acordás que me abrazaste
entonces, recuperándome?
¿Te acordás como era el amor,
la vida que tenías
cuando andabas sobre la tierra?
¿Te acordás de mi voz?


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com














LA CAMISETA CELESTE*



En ese sueño todo era real, menos la camiseta celeste que vestía Armando Grillo.
Llovía o había llovido, el arco sur de nuestra cancha tenía un poco de agua en la gramilla escasa, y él estaba parado allí, íntegro antes de que la vida me lo llevara para siempre y desgastara su imagen. Descalzo, en el arco, pero no era arquero sino que jugaba conmigo en la defensa, al parecer se había lesionado el arquero y en ese tiempo no había reemplazo como ahora, y él, gaucho y dispuesto, había tomado su lugar.
La camiseta no podía ser celeste. Él nunca usó otra que la roja sangre de nuestro club, pero lo vi joven como en aquellos viejos tiempos; sin embargo, yo estaba afuera y era este señor adulto que soy y le hablaba desde el costado del arco, le hacía preguntas y él me contestaba con interés pero sin desatender el juego.
Siendo mayor que yo, me trataba con el aprecio de un hermano que con más años se sentía obligado a proteger. Él jugaba con el tres en la espalda. No me olvido de cuando debuté aquel domingo en Firmat, él me llamó aparte, me puso la mano sobre el hombro y me dijo: — ¿Estás nervioso? Vos jugá como sabés, que todo va a salir bien —. Yo entré a la cancha detrás de él, con el dos a la espalda, y Nenucho Faravelli, el capitán, encabezaba la fila india con la pelota bajo el brazo.
Después, en pequeños camiones que transitaban caminos polvorientos por los pueblos que esperaban como una liebre echada entre cardales, fuimos dejando girones de pasión por los colores del club de nuestro gran amor de entonces. El fútbol, puedo decir sin exagerar, me dio las primeras lecciones de solidaridad y de fidelidad a un grupo. Al menos en aquellos tiempos eso era el fútbol para nosotros, la entrega a una divisa que nos había cobijado y una parcialidad que confiaba en nosotros.
Volvíamos de esos pueblos sudorosos, plenos si ganábamos, tristes si perdíamos, llenos de tierra y de cansancio. Bajábamos con nuestros bolsos y nos íbamos a nuestras casas para volver al club a comentar el partido. No viajábamos solos porque nos acompañaban con otros vehículos los hinchas que venían a alentarnos. En eso siempre hubo una gran tradición que se mantiene. No en todos los pueblos sucede lo mismo.
Luego vendrían todos los días de la semana en que en los ratos libres, ya que todos trabajábamos, nos encontrábamos en la cancha para jugar incansablemente, corriendo detrás de esa pelota de cuero con sus raspaduras de alambre. Armando Grillo o el Negro Grillo estaba entre los infaltables. Llegaba primero y se iba al anochecer. Lo veo caminar, chueco, mirando el suelo con sus ojos oscuros y con un mechón negro y reluciente de su cabello cayéndole sobre la frente.
Cuando me vine a la ciudad lleno de sueños y de ilusiones, las ocupaciones de esa época, el estudio por ejemplo, y el trabajo insumían todo mí tiempo. El Negro Grillo lo cruzaba a mi viejo por el pueblo de vez en cuando y le preguntaba siempre si yo seguía jugando. Mi padre con un poco de resentimiento le dijo un día: — Vive en un barrio lleno de canchas y baldíos, pero ni se asoma —. Cuando me lo contó sentí que en algún punto lo traicionaba. Yo le hubiera querido decir que seguía con ese sueño que alguna vez compartimos, de ser futbolistas, pero creo que le dije o pensé, ahora no recuerdo, que uno en la vida debe elegir a veces o casi siempre.
Cada vez que iba al pueblo, lo buscaba en las mesas del club o recorría los boliches donde podía encontrarlo y tomábamos un vino espeso y recordábamos aquel tiempo que se estiraba y nos iba haciendo grandes, pero en un punto tal vez nos había hecho felices y habíamos compartido cosas muy importantes como son la pasión y el compromiso. No diré que me sentía muy cómodo siempre aunque él, fiel a su discreto estilo, nada me reprochara y al contrario, se alegraba porque yo era siempre el pibe humilde, como me dijo una vez, y se sentía orgulloso de que me considerara su amigo.
Después pasó un tiempo en que dejé de verlo, se había mudado de pueblo. Un día me dijeron que había estado preso por un robo menor en el lugar donde vivía.
Pasaron los años y cierta vez que caí por nuestro pueblo había un gran asado partidario, era el albor de la democracia. Iba nada menos que el candidato a gobernador. Fuimos toda la familia, yo conté cuarenta entre varias generaciones. El gran salón del club estaba repleto, habían habilitado los salones de la planta alta y el bar, ya que no cabían en el salón grande. Mi padre me dijo: — Andá al patio que entre los asadores está tu amigo el Negro Grillo —. Salí al patio y lo busqué entre los numerosos asadores. Lo encontré acuclillado dando vuelta un gran costillar. — ¿Qué haces, Negro? — le dije. Se incorporó sorprendido, porque no esperaba verme allí. Nos dimos un gran abrazo y prometimos tomar un vino al otro día en el club.
La verdad sea dicha, no sé si lo hicimos, la vida nos fue separando, anoche se me aparece en sueños con una camiseta celeste y yo creo haberme enterado por alguien que abandonó este mundo donde nada le fue fácil.
Y la verdad es que me gustaría que no fuera cierto, porque habría margen para darnos ese gran abrazo como el que nos dimos en la cancha cuando goleamos a ese equipo de no recuerdo dónde.



*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar












*


Podría ser la última tarde aquí
o tal vez el tiempo se detenga sin pedir permiso.
El cielo es allá afuera, casi árido,
y esta casa se esfuerza en su tarea de abrigar,
de sostener lo suyo.
Las risas de los hijos quiebran
el volumen que permite entender las voces;
la mirada llega sola a cada personaje
y la historia es la misma y otra a la vez.
In the mood for love: insiste
la palabra a través de la muerte.
La música multiplica el instante
y casi invita a olvidar cada tono.
Pero el secreto es un hoyo
pequeño en un muro que brota.


-Poema de “Sin órbitas”, El ojo del mármol, 2016.

*De Valeria Cervero.  valecervero@hotmail.com


















LA TARDE DEL CENTAURO*




*De Flavia Pantanelli.



Centauro salta el alambrado, cae sobre la cabeza de Vaca. Trota por aquí y por allá, se mete en unos charcos, se empapa hasta la verija. Sale, se revuelca en la tierra, se llena de barro. Mueve las patas, ríe de gozo y se queda así, embarrado y quieto, los brazos abiertos, como ofrecido al sol. El sudor le cae por las cejas, las patillas, por el cuello. Jadea. El torso sube y baja, brilla, los músculos tensos bajo la piel enrojecida. A la luz del atardecer, todo él parece prendido fuego.
Vaca, los ojos abiertos por el espanto, deja caer una baba espesa. Amaga con levantarse pero le cuesta. Es lenta. Como al fin él se calma, ella se queda quieta y lo mira con expresión planchada, inmóvil por completo, la única señal de vida la rumia y, cada tanto, una oreja que sacude para espantar las moscas.
Centauro gira, y se levanta, sacude la cola que, bajo el sol es un manojo de hilos de cobre. Yergue la cabeza, saca pecho, la melena refulge, los ojos llamean. Da unas vueltas con un trote liviano y vuelve a azotar la cola que cae como un arcoíris de fuego. Va fijando acá y allá sus ojos anaranjados, profundos.
Vaca lo sigue mirando con expresión de nada, rumia, mueve la mandíbula como si dibujara el infinito. Vuelve a llenarse la boca de esa pasta verde, y a rumiar.
Centauro interrumpe el trote y se queda, de pronto, como de piedra, los ojos clavados en algún punto cerca del bañado. Lleva la mano a su carcaj y agarra una flecha, la coloca sobre el arco y suelta el galope. Clava los cascos con brío, despedaza el suelo: terrones de pasto, de barro, vuelan por el aire. Galopa, tensa el arco y atropella el agua hasta la altura del pecho. Dispara. La flecha corta el aire. Se oye un ruido seco y un chillido.
Centauro se hunde en el pajonal y sale con algo que se retuerce entre sus manos. Descabeza el cuis todavía ensartado en la flecha y bebe la sangre que brota a golpes porque el corazón de la presa todavía palpita. Hunde los colmillos en el vientre, desgarra el cuero, devora las entrañas y arroja lejos los restos de la presa.
Vaca rumia bajo el sauce, escucha el ruido de la carne al romperse, lo oye gruñir, tragar. Una mosca se pasea por el borde de su párpado, otra camina por el orificio de su nariz. Sacude la cabeza con energía, las orejas le flamean; las moscas parece que huyeran pero en realidad solo se desplazan hasta su lomo.
Centauro vuelve del pajonal, saciado. Tiene la cara manchada de un poco de sangre. Trota despacio, levantando mucho los cascos. Sonríe. El triunfo lo ilumina y su pelo, a la luz de esa última hora de la tarde parece de cobre fundido.
Echada contra el alambrado, Vaca mueve una oreja. Es un impulso corto, eléctrico, por las moscas, y cuando él se acuesta a su lado, lo mira con unos ojos que parecen dos huecos, mientras regurgita para seguir con la rumia pero nada le sube. Nada. Nada en absoluto.
Centauro, tan cerca que casi la toca, se acaricia despacio el lomo contra el pasto tibio, se pasa las manos por el cuello, por el cuero. Suspira. Las manos bajan por su vientre que se entibia con el último sol; se agarra la verga, la estira y la deja caer, pesada, sobre una pata. Respira, relajado. Sonríe y vuelve a empezar: estira la verga hasta donde le dé el brazo y lo deja caer sobre una pata, o sobre el pasto. Se queda mucho rato así, aprovechando el último sol, los ojos cerrados, placiéndose en el sexo.
Vaca, el rumen vacío, bosteza; mira hacia un lado, mira hacia el otro, apoya las patas traseras y con esfuerzo levanta las ancas. Las ubres enormes le cuelgan como campanas. Hinca las patas y alza el torso. Vuelve a bostezar. Parpadea una y otra vez, como si barriera lo que queda de la tarde. Mira otra vez a la derecha, después a la izquierda, después otra vez a la derecha; fustiga con la cola más moscas que vuelan, viscosas, de sus ancas al lomo. Son moscas que, al sol, parecen gotas verdes, azules, negras. Gotas de mercurio, parecen, por lo brillantes.
Vaca huele el aire, busca el viento. Avanza un paso, otro, se hunde en la alfalfa. Husmea. Las ubres rebotan pesadas, calientes. Mira a Centauro que canta y se acompaña de una flauta. El pelo anaranjado brilla como un incendio. Vaca estira los labios hacia el pasto suave, abre la boca, pasa la lengua por ese verde fresco. Arranca la alfalfa, traga. Poco a poco se va hundiendo en ese colchón blando, dulce, cada vez más húmedo. Ya solo mira el pasto, no mira nada más.

Centauro deja la flauta, arranca unas flores sólo para tirarlas al aire, para verlas caer. Los ojos lo llevan hasta donde está Vaca que en ese momento sacude una pata. Una nube de moscas revuela, se trenzan en el aire, vuelven a caer sobre ella, verdes, azules, negras. Las ubres van y vienen, rebotan como racimos. Rosados, redondos. Ella hunde la cabeza cada vez más en ese colchón esmeralda, revolea cada tanto la cola, sacude una pata. Centauro se acerca, esas tetas cuelgan como frutas jugosas, pesadas. Vaca come y mueve una oreja, mueve la cola y las moscas zumban, de todos los colores; dan una vuelta, a lo sumo dos y vuelven a apoyarse en el mismo lugar. Él se acerca sin hacer ruido, alarga una mano, toca la ubre: es turgente, la tibieza le llega a la piel. Aprieta, tira. Vaca muge y lanza una patada
torpe. De la ubre salta un chorro de leche que lo sorprende en plena cara. Tira de nuevo y ella muge embravecida, corcovea, salta en sus patas delanteras, patea con las de atrás. Él esquiva las patadas, ríe, y agarra más fuerte las ubres, tira chorros de leche al aire, a su cuerpo, hace centro en su boca, acerca su cara, saca la lengua y lame la dulzura de esas ubres sedosas. Mama. Ella de pronto se aquieta, los ojos dilatados, la cara planchada.
Centauro vuelve a lamer, suave. Ella respira en forma pesada. El mordisquea suavemente. Mama. Su sexo se va irguiendo, despacio, desplegándose hasta convertirse en un palo elástico, enorme. Mama. Vaca se deja, quieta, los ojos redondos, la boca abierta. Centauro baja la cabeza, mira su sexo macizo, lanza una carcajada, suelta las ubres y se deja caer, rodando, por la lomada suave de las cuchillas hasta que el alambrado lo detiene. Queda tirado allí un rato. Se toca y ríe nuevamente.
Vaca sigue en el mismo lugar, gira la cabeza y lo mira. Espera, quieta. Muge. Pestañea una, dos, tres veces. Sacude la oreja y vuelve a mugir. Llama. Golpea una pata
contra el suelo, las moscas zumban. Se escucha un balido desde otro potrero. Ella gira la cabeza hacia el otro potrero y muge otra vez pero ahora con un sonido distinto, más largo, más hondo que pareciera salir de su vientre mismo. Espera. Mira hacia Centauro, gira la cabeza, mira hacia el potrero. Todo es silencio. Un rato después empieza a caminar hacia el bañado con paso cadencioso.

Centauro grita algunas palabras. Vaca se detiene y lo ve mover la boca, señalarse el sexo con las manos. Vaca se sacude, las moscas se espantan: las de la pata se posan en la oreja, las de la oreja se posan en el lomo. Centauro sigue hablando. Ella retoma la marcha hacia el bañado, camina muy despacio por el sendero hasta el agua con una cadencia suave en sus ancas enormes. Las tetas le cuelgan, rebotan a cada paso. Centauro mueve las manos, habla, despliega su cola una y otra vez, rasca el suelo con la pata. Trota ligero, en círculos, la cara en alto, los cascos levantados. Después apura un poco y ya casi galopa cuando la alcanza al borde del agua que a esa hora es oscura, casi negra. Una bandada de garzas pasa volando, cada tanto una se adelanta, las otras se alinean atrás. Centauro respira agitado, el
sudor le cae por la frente, por el cuello. Chapalea alrededor de Vaca, la salpica, la pecha, la busca, mueve las manos, habla. Vaca, en la orilla, espera con cara de nada. Después de un rato Centauro sale del agua con una expresión fiera en la cara. Jadea. Galopa lejos.
Vaca sumerge el morro y bebe el agua barrosa. El agua pasa por su garganta en un trago, otro. Centauro vuelve a pasearse a su alrededor, a dibujar círculos cada vez más cerrados, cada vez más cerca. Se exhibe, rasca el suelo, mueve las manos. Habla. Ella está muy quieta, las orejas alzadas, alerta. Él sigue hablando, los ojos le brillan, su voz se va volviendo cada vez más húmeda, profunda, su sexo duro le golpetea entre las patas, rebota contra el suelo. Ríe. Dice algunas palabras. Ella no comprende esos sonidos, sale del agua, camina lento hacia el alambrado. Centauro le llega por detrás, la aferra con las manos y apoya sus patas sobre el lomo. Vaca se rebela pero él la agarra por las astas, la cabeza inmovilizada. Acerca la pelvis y penetra esa carne cerrada. Suelta la cornamenta y Vaca se endereza, respira. Centauro gime por el esfuerzo. Vaca, inmóvil, aguanta, los ojos abiertos como pozos, de la boca le caen unos hilos de baba. Él la muerde en el cuello. Ella se retoba,
él gruñe y muerde más fuerte y empuja la pelvis y su sexo entra y sale, cada vez más profundo hasta acabar en dos o tres espasmos y un grito largo, ronco. Recién ahí suelta la mordida y sale de esa carne como escurrido. Vaca se queda un rato quieta y después espanta unas moscas de la oreja y se echa bajo el sauce.
Centauro se acerca, recuesta la cabeza sobre el lomo de Vaca y mira las estrellas que aparecen de a poco en el cielo, las señala, las nombra. Vaca rumia. Centauro habla y con su mano va trazando líneas entre las estrellas. Traza líneas y dice nombres pero Vaca no puede verlas porque su cuello es corto y duro y porque su posición no se lo permite. Él habla mucho tiempo, despacio. Vaca se va quedando dormida con la panza llena, la noche tibia. Hace rato que en el cielo brilla una ínfima raja de luna. Centauro no duerme, habla en voz muy baja, acompañado por ese roncar bovino. Después se alza y trota, se empapa de rocío. Galopa por la línea de la alambrada, llega a la esquina, dobla y sigue hasta que otra esquina vuelve a cerrarle el paso. Da la vuelta al potrero, jadea, rasca el piso. Se aleja del alambre y galopa hasta el bañado. Vuelve hasta Vaca, se inclina sobre ella. Acerca un dedo a su ojo, levanta el párpado y mira. Acerca otro dedo y lo apoya en el centro de ese globo. Vaca sacude la cabeza, Centauro suelta el párpado, Vaca muge y vuelve al sueño. El juguetea un rato con la oreja de Vaca, pero ella no se despierta: resopla y sigue durmiendo. Cada tanto mueve la boca, como si rumiara. Centauro se levanta, se mete en el pajonal y atrapa una nutria. Le abre el vientre y bebe su sangre mientras trota hasta la alambrada. Apoya una mano en el poste y un temblor muy suave le alcanza el cuerpo, un temblor que viene de la tierra le sube por las patas. Todo en él se pone alerta. Algo pasa a lo lejos. En la oscuridad de la noche ese temblor puede ser cualquier cosa, puede ser todo, pero todavía no alcanza a
ser nada. Es solo el temblor en la tierra y lo que hay en el aire. Respira fuerte, trota en círculos muy cerrados, corcovea, el pasto se machaca bajo los cascos, con rocío, con barro. Toma carrera y salta la alambrada. Galopa, desbocado y loco, una risa feroz sacude la madrugada, los ojos le brillan como meteoritos, la cola parece una flecha de fuego.
Vaca se despierta tarde, con un sol de aceite hirviendo. La cortina del sauce cae a plomo hasta la tierra. Nada rompe el espejo del agua. Miles de garzas se atornillan con su pie único. Ella se rasca el lomo contra un poste, se lame. Huele el aire. Hunde el morro en el colchón verde, acaricia la alfalfa con los labios. Hace temblar una oreja, espanta las moscas. Arranca el pasto, traga. Arranca, traga.
Después, se echa a rumiar bajo el sauce.





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-FLAVIA PANTANELLI es fonoaudióloga y cuentista. Vive en Buenos Aires, Argentina. Empezó a escribir en los talleres de la municipalidad de San Isidro en 2011. Se formó con los escritores Bea Lunazzi, Ariel Bermani, Silvia Plager, José María Brindisi, Pedro Mairal, Osvaldo Bossi, Félix Bruzzone, Elsa Drucaroff,  Jorge Consiglio y Christian Kupchik. Realizó la Formación Intensiva en Escritura Narrativa de Casa de Letras.
Sus trabajos fueron distinguidos en concursos municipales, provinciales, nacionales  y europeos, como Manuel Mujica Láinez, Lomas de Zamora, Fundación Victoria Ocampo, Colegio de Escribanos de Provincia de Buenos Aires, Consejo Federal de Inversiones, Concurso Federal de Relatos, Cuentos para el andén y otros.
Publica desde 2013 en revistas literarias y en antologías de nuestro país,  Brasil,  España y Estados Unidos.  Participa de los proyectos solidarios PH15 (Argentina) y 30 SONRISAS CON HISTORIA (España). Traduce del italiano y realiza trabajos de edición para editoriales independientes.
En 2015 publicó los siguientes libros: HACEME LO QUE QUIERAS (Ed. Outsider, Buenos Aires, 2015) y CARNE ROTA (Modesto Rimba, Buenos Aires, 2015, Segundo premio del Concurso de la  Fundación Victoria Ocampo).  Su libro  EL EXTRAÑO LENGUAJE DE LAS CASAS es finalista de la convocatoria de la editorial Pelos de Punta 2016. Su libro FARALLÓN  se encuentra concursando en nuestro país y en España. En este momento trabaja en su novela MANUAL PARA NO MORIR.


-Las obras de modesto rimba están en La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en pabellón azul stand 325.
  Hasta el 15 de mayo.














Nutrir al Minotauro*



El difícil calendario de mis años
Tiene hojas que se queman velozmente

Cada vez es más complejo
Nutrir al insaciable minotauro
                                               Conformado por mi amor y por mi instinto.



*De Damián Jerónimo Andreñuk  odesa86@hotmail.com

-Damián Jerónimo Andreñuk nació en City Bell en 1986 y reside en Villa Elisa, ambas localidades ubicadas en el partido de La Plata, Bs. As. Publicó tres libros: Omisiones (2010), Portales al vacío (2011) y Metástasis (2015). Obtuvo, asimismo, varias distinciones; entre ellas, el Primer Premio en el X Concurso Internacional de Poesía organizado por Ediciones Hespérides en 2012, que le valió la publicación de un cuadernillo: Formas concretas (2013). Y el Primer Premio en el V Concurso Internacional Literarte, que le valió la publicación de otro cuadernillo: Silencio de crisálidas (2015).













DE CARLOS MARX A JOHN LENNON*




Ella desconoce
que Carlos Marx y John Lennon
fueron don grandes hombres
con un mismo propósito,
que la historia
no es un pedazo de cuaderno
sino un trozo de vida,
que camina desafiando
al tiempo, que, cuando hablo
de soberanía, hablo
de terminar la explotación
del bosque, de la playa
y de la sonrisa, del que sufre;

que la estética del baile
no puede ser excluyente
en su trato hacia el que educa
desde lo alto de las luces.

Que un niño sano
justifica la enfermedad
de todos los edificios enfermos,

que el museo no puede ser
un cementerio los viernes
a las dos de la tarde;

que no tiene sentido
promover excusas demográficas
en nombre del progreso
en guías turisticas
para que nos perdonen
quién sabe qué carajo. Ella
desconoce, y no la culpo,
por no saber que el término
“macroeconomía”
es un negocio muy próspero
que justifica el hambre
de los niños y la carencia
de la medicina sobre la mesa
del abuelo enfermo. Sí, ella no sabe
quién fue Carlos Marx
y mucho menos quién fue
John Lennon.



*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es









*


No, no es el barro. Ni las letras, los colores, las notas musicales. No es el traje ni el maquillaje ni los abalorios. No es la piedra ni el cincel, tampoco el modelo. No son los pinceles ni el procesador de textos. No. Tampoco la madera ni el marfil. No es la rima ni el ritmo ni la obediencia ciega a los parámetros dictados, a menudo, por la moda.
Es tan solo la luz. Eso solo: La luz. Es hora de abrir los ojos, de mirar de otro modo, de encontrar las señales de la luz por detrás de las máscaras, por debajo del carmín y el colorete, a través de los velos que nos ciegan.



*De  Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

-Publicó “El alba sin espejos”







InvenTren






 Quisiera que Estuvieras Aquí*



Me crié con la idea de que en mi país todos somos holgazanes. Todo lo que producimos es inútil. Que hasta el maíz y el chocolate, nacidos aquí, se hacen mejores si vienen de fuera.

Crecí mirando que a toda Latinoamérica se le educa igual: no aspiramos a otra cosa que no sea tan sólo intentar copiar lo que viene de lejos de nosotros.

Siempre viví despreciando lo hecho aquí, aún cuando las manzanas fueran iguales y no hubiera mayor diferencia entre un pantalón de aquí y uno de allá, que la marca y la leyenda “hecho aquí” o “hecho allá”.

Con el tiempo, me comenzó a resultar difícil aceptar que todo lo que hacemos es inferior.

Un día, comencé a notar que nuevos productos llegaban al municipio en que vivo: fruta colorida como la luz que se refleja en la lluvia, y que se decían ser las mejores, todas ellas venidas del pueblito de Morea, en el Partido 9 de Julio... Ropa hecha en Morea, licuadoras, televisores, computadoras... Todo ello asegurando ser lo mejor.

La gente por acá los compraba y quedaba muy complacida de su adquisición.

Yo me alegré de saber que por lo menos existía un pueblo latinoamericano orgulloso de sí mismo, digno de su historia. Meses después de la llegada exitosa de los productos (ideados, desarrollados y traídos directamente de Morea), se anunció la construcción de una terminal de ferrocarril, aquí, donde vivo, y con destino directo al pueblito argentino, rehabilitando la vieja Estación Morea. La obra se anunciaba como la gran maravilla moderna, y un eje de comunicación y comercio, tan importante que nunca se había ideado algo igual en la historia del capitalismo. No entendía por qué un pueblo como Morea, quería comunicarse con un pueblo como el mío, tan incrédulo de sí mismo y dispuesto en todo momento a negarse.

Cuando la línea del ferrocarril estuvo terminada, compré de inmediato mi boleto para ser de los primeros en viajar, desde la terminal de Cholula, hasta Morea. Todo mi trayecto no pude dejar de pensar en la gente que iba a conocer: imaginaba a todos seguros de su pueblo, de su poder productivo, de su importancia histórica; no como nosotros, siempre tratando de imitar a quien viene de lejos.

El viaje duró a penas unas horas, pues la locomotora, poniendo en alto el lugar a donde nos dirigíamos, era hecha completamente en Morea. Cuando llegamos, noté que la locomotora de regreso estaba hecha en Cholula, lo que me causó algo de asombro.

Me bastó con una inicial caminata para aumentar más este asombro, y desconcierto: la gente allí vivía contenta de sus electrodomésticos, comía lo que, a su parecer, era la mejor fruta, vestía gustosa trajes de todos colores y conducían vehículos muy confortables... Y en todos ellos, y ante la vista de todo quien le mirara, relucían las etiquetas que ponían en alto el lugar de donde habían venido esos artículos: "Hecho en Cholula", y la gente se arremolinaba a la salida de la Estación Morea, para ver a esa gente que venía de aquel orgulloso pueblito mexicano, quienes creían en sí mismos, en su fuerza productiva, en su importancia histórica... Quienes, seguramente, sólo venían para constatar lo buenas que eran las mercancías que producían.




*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







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POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.  FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY. ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



***
Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PLOMER.

KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.  MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO. ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
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