miércoles, octubre 06, 2021

EDICIÓN OCTUBRE 2021.

 


*Foto de Paula Novoa.

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Oyes al árbol?

háblame de esas cosas.

 

Dime del agua y del árbol,

del romance del viento y los cristales.

 

Oyes su beso?

háblame de esas cosas,

mientras se desnudan las ventanas.

 

Intenta lo que nace,

el secreto del cuerpo

es una mañana a lo lejos.

 

Usa tus huesos,

el idioma es un animal encendido

celebrando al universo.

 

Oyes la luz?

háblame de esas cosas

 

 

*De Marcela Lokdos.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL HILO TENAZ*

 

 

En la odisea de permanecer soy la eterna

caminante que vuelve siempre por tu cauce

palabra,

a cosechar el núcleo de la tarde.

La molienda de signos que rotura el alma

son mi grano y mi pan en esta

ciudadela que habito.

                con Minotauro y espanto.

Las elijo para explorar la desnudez

de metáforas…y han fluido,

-río de aguas subterráneas-bajo

toda mi vida, uniendo espacios y emociones.

Por su continente, peregrina y fugaz,

voy a caminarlas descalza y sin galas,

temblorosa y consciente de llevar a la espalda

un vacío de médanos si ellas no me abarcan.

Sus arenas imposibles sobornan

                  relojes detenidos

para darme un íntimo interludio sin registro.

Mientras sigan su curso, yo, casi innecesaria

avanzo hacia el final del alba

           salvada por el hilo tenaz

                 de las palabras.

 

*De Miryam Colombotto Seia. colombottomiryam@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

KAFKA*

 

 

¿Qué es lo que nos produce incomodidad en los textos de Franz Kafka?

¿Su evidente angustia y desamparo, su desasosiego, la culpa?

 

Nuestra propia perplejidad pone esos textos de un hombre que buscó inútilmente

(un) su lugar en el Universo.

 

El mismo que se nos niega a nosotros.

 

 

*De Jorge Isaías. jisaias4646@gmail.com

 

 

 

 

 


 

 

Cuando la guerra*

 


 *Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com


 

1

 

Ella decía que había guerra afuera. Un ejército en las puertas de la ciudad, agazapado. Pero él esperaba la guerra en los muslos de ella, cuando la asediaba: el fuego que avivaban las manos.

 

 

 

2

 

“Cuando entren no dejarán nada vivo, ni el polvo”, dijo ella esa mañana, todavía entre sábanas. Las sábanas medio derramadas, por el acto de despertar, por el cuerpo que se movía, por las manos que palpaban. Y en ella la imagen de él, alumbrada. Las sábanas, esparcidas ahora, concluyeron el movimiento en el piso.

 

 

 

 

3

 

Bajaron a desayunar. Los dedos en las migajas. El ascenso del café, el frío de las manos cerca, en contraste, rodeándolo. Ella hizo una pequeña variación: “no quedará nada, ni el polvo”, dijo. Y él extendió las manos cerca de las migajas. Las puso en la luz. Un instante en las nervaduras. Una cesura, las manos, en el tiempo. Pero ella no lo advertía, sumergida como tenía la mirada. Y desayunaron en aparente calma. Alrededor el humo del café, el reciente sudor en las ventanas. Él pensó en una nueva variación: “devastarán todo, también el polvo”. Pero se quedó callado, indeciso, disfrutando del instante y de la espera. Y la luz pulía las tazas de café. Y las cosas del mundo —cucharas, sartenes, demás enseres —brillaban.

 

 

 

4

 

Cuando llegó el crepúsculo salieron de la casa. Escucharon murmullo de peces en las puertas de la ciudad. Los pensaban nerviosos, a punto de saltar del agua. Pero no para boquear, para entre coletazos encontrar la muerte. Una ira apenas contenida por las murallas. Y un rato, los dos, en el descampado, imaginando las volutas sobre los hombres, las sosegadas respiraciones, el último brillo en los fusiles. Se sentaron y contemplaron algunas piedras. Arriba el cielo. Y las nubes eran como las piedras: redondas y muy grises. Las nubes, también, sobre los otros. Pensaron que incluso la misma sombra proyectada, merodeaba por ahí, como una mano acercándose a un rostro. Y seguramente uno de los agazapados, del otro lado, tenía en sus ojos el ansia por superar la muralla y en la parte alta el destello de un cuervo. El ave se desprendió de su altura y su vuelo hacia ellos. Rodeados de piedras miraron todo: el oleaje de las plumas por el viento, testigos por primera vez de la maniobra. Y el cuervo, una vez posado, estuvo a prudente distancia de ellos, el nervio en el pico y la tensión en los ojos. Estuvo un rato ahí y después emprendió el vuelo.

 

 

 

5

 

 

Al día siguiente avistaron un hombre. Su silueta a lo lejos. La espiaron, curiosos, por la ventana. Después abrieron la puerta. Leve viento en los cabellos. En el quicio los dos, evaluando la distancia, imaginando si venía por su cuenta, si era un remanente de los otros. Después de un rato más clara la figura, un poco espantapájaros por la ropa. Incluso, si aguzaban la vista, percibían la premura, la diminuta nube que dejaba.

Entraron a la casa. Llenaron un vaso con agua y dispusieron del último pan de la alacena. Un plato, la silla y un mantel: casi naturaleza muerta. Y desearon que estuviera ahí, que en su boca hubiera alguna sorpresa, alguna señal de lo que acontecía tras las murallas. Transcurrieron unos minutos. La figura se acercó y pronto estuvo a unos metros. Los miró un instante, frágil desde el otro lado, y su saludo fue cosa lenta, dibujada apenas en el límite que imponía el silencio.

 

 

 

6

 

El hombre los miró desde el horizonte de la mesa. El sudor se esparcía en sus sienes y el olor era vivo en sus ropas. La acritud que desprendía su gesto. Una cuesta cuando respiraba, cuando removía los labios como si aún tuvieran polvo. Con boca árida, entonces, les dijo que habían pasado muchas jornadas, que la casa —a la distancia— parecía un desvío de la memoria. Pero conforme los pasos, conforme los días que eran piedra sobre piedra, comprendió que la casa era real, que sus paredes existían. En las noches, después de alimentar una fogata, miraba la casa e imaginaba una respiración, el temblor de una vela, unas manos que acompañaban. Indecisas sombras atrás, entonces, por el efecto; un vaho precipitándose en la ventana. Frágiles arañas y los muebles. La faena de los insectos en la madera. Entonces supo que en la casa era pleno el desasosiego y que intermitente era la impaciencia, como la luz, por su llegada.

El hombre hizo una pausa para humedecer la voz. Su mano hizo penumbra en el vaso. La sombra quedó ahí, un instante, como un despojo en el agua. Miró las puntas de sus botas y bebió un trago. Dijo que atravesó filas y filas de hombres, que muchos ojos, cuando pasaba, lo aguijoneaban. Le imaginaron el paso lento, caminar por ahí como en gran calma: el cielo gris, el sol, su desolación y su nada.

Le preguntaron cuándo entrarían, la fecha exacta del acontecimiento o, en caso contrario, si su paciencia era mucha y la ambición superaría el tiempo. Pero el hombre dijo que no había tiempo en ellos, aunque alzando los ojos, invocando una imagen de ellos, recordó una leve respiración, un siseo que anunciaba la lumbre de una palabra que no decían, quizás por su sustancia, por su filo. Recordó que, mientras avanzaba, percibía el silencio redondo en los fusiles inclinados, en las mandíbulas apretadas, en el odio entrevisto en los dientes. Y supo que no le harían daño, porque no lo miraban, porque en sus cuerpos el sopor y sus ojos eran animales absortos en el agua.

 

 

 

 

7

 

El hombre durmió en la casa. Bajaron un colchón y una cobija. Por si las dudas dejaron una vela y cerillos. La luna era un círculo en el hombre. Y éste, iluminado, les agradeció sus atenciones. Se quitó las botas y abandonó el sombrero en el piso. Estuvo un instante ahí, inmóvil, mirando el sombrero. Comprendieron que estaba inseguro de su presencia, que desvanecido por dentro tenía muerta la boca y las palabras. Un poco de descanso serviría. Le desearon buenas noches y subieron la escalera.

 

 

 

 

8

 

Los despertó un ruido. Fueron al inicio de la escalera. El hombre miraba por la ventana. La espalda encorvada, los ojos tanteando los objetos descubiertos. Giró el cuerpo y fue con dedos nerviosos a los cerillos. El nerviosismo perduró en el incendio, mientras la llama se retiraba de la vela. Absorto, no se dio cuenta que su labor tenía testigos, que figuras varadas seguían el humo, como maravilla su estela. Hasta el techo la nube. El olor de una brizna quemada. El rostro del hombre tornó amarillo. Pero la luz no abundaba y sólo arañaba una parte de la mesa.

Entonces se acercó a la ventana y movió lentamente la vela, como si mandara un mensaje a los convocados, como si les dijera, de alguna forma secreta, que era tiempo de la guerra. Pero la paz de su rostro vislumbraba otra posibilidad, repetir lo de las noches pasadas, ante la fogata. Y por eso cuidaba el temblor de la vela y su respiración cerca de su reflejo, también el vaho, como había imaginado.

 

 

 

 

9

 

Se despidió de ellos en la mañana. No contó más historias. Su sombra sobre la mesa. El último pan se había acabado y, como consuelo, antes de alzar su maleta, demoró la vista en las migajas. Después estuvo al lado de la casa, haciendo mediciones, calculando un imposible itinerario. Tanteó el viento con los dedos y después los llevó al filo del sombrero, a las alas. Afirmó el peso de su cuerpo. Hizo que su respiración pesara. Pero parecía indefenso, con la memoria desvalida por tantos días en el descampado, por tanto vértigo de piedras. Se caló el sombrero y emprendió el camino. Su figura en el atardecer, oscura como el pájaro que lo seguía. Los dos se alejaron. Y recordaron sus palabras.

 

 

 

 

10

 

Desde entonces tuvieron insomnio. Ella sufrió primero su agobio. Sentía que el sueño era una barca que se alejaba. Él sentía, además de la mente revuelta, la impaciencia del calor, el peso de las sábanas. Una noche, en la ventana, descubrió una constelación de insectos. La noche siguiente comprobó que sus cuerpos oscuros medraban en la luz, que su vibración espantaba, de alguna forma, su sueño. El ámbito saturado por la visión. Intentó espantarlos. Pero fijos en la transparencia, objetos incorruptibles, encendían su insomnio, sus pasos en la estancia. Vueltas y más vueltas. Ella, enfrascada en conciliar el sueño, apenas notaba el caminar.

 

 

 

 

11

 

Una madrugada, incapaces de conciliar el sueño, de estar en silencio en la cama, bajaron por las escaleras. Sin mediar palabra fueron a la ventana. Los dispersos cerillos en la mesa. Abierto un libro y las anotaciones, la vejez expuesta de sus hojas. Prendieron la vela. Medio derretida, el pabilo carcomido por las horas. Pensaron que la luz podría ser un anzuelo para otro viajero, recompensa para el nervio de un hombre, en el descampado, frente a una fogata. Y estuvieron un rato, por turnos, moviendo la llama, improvisando mensajes en la ventana.

 

 

 

12

 

 

Estuvieron impacientes en la cocina. Ella volvió a decir que había guerra, que los otros los encontrarían ahí, sentados, uno frente a otro. Él miró la ventana. Ella, esta vez, no mencionó el polvo. Pero estaba ahí, entre ellos, casi intangible, donde antes había estado el fuego. Y las figuras caldeadas miraban la superficie de madera, un pan inexistente y las vetas de luz en la mesa.

 

 

 

13

 

En la cama volvieron a hablar de la devastación. Él acercó las manos a su cuerpo. Ella miró el movimiento, percibió cómo perdía fuerza. Pero el impulso fue suficiente para llegar a su cuerpo y arder en el intento. El incendio fue breve en los dedos y, después de la cintura, acudió a los labios. Cerraron los ojos. Ella pensó en el descampado, en el combatiente que merodeaba en sus labios. Él mantuvo el contacto y quiso evocar una imagen, pero era precisar una forma bajo el agua. Ella sonrió con tristeza. Y pensaron un rato en la demora, en lo aburrida que era la guerra.

 

 

 

14

 

Menguaron los alimentos, más breve el humo del café. Preocupados por las últimas cosas, miraron el vacío en los platos. Las tazas sin uso, su disciplina en el estante. Los insectos en retirada. Las manecillas del reloj, desde hacía mucho, no avanzaban.

Llegaron otros viajeros. Todos tenían palabras similares. Todos mencionaban las filas de hombres, los fusiles en ristre y las miradas en lo bajo, como absortas en tinta derramada, en el cadáver de algo. Un viajero les dijo que habían avanzado posiciones. Otro mencionó que, en el polvo, bosquejaban distintas posibilidades de asedio. Añadió que, con el tiempo, los planes para tomar la casa se habían acumulado y ahora eran infinitos. Bajo las carpas los mapas de los generales, la tinta en los márgenes, las abundantes anotaciones. Los principales, entre los agazapados, conminaban con rabia a soportar la demora. “Su enemigo es el tiempo”, gritaban. Y la promesa de superar la muralla, entre las filas, sin poder apagar las ansias pues la pólvora estaba dispuesta y las miradas ya no tendían a lo bajo, sino enceguecidas todas, juntas como un rebaño, en la altura.

 

 

 

15

 

Pasaron los años. Siguieron visitando las murallas. El tiempo se acumulaba en la casa. La vejez en sus cuerpos, como el agua muchas veces, en el transcurso a la piedra. Dejaron de hablar de la guerra, pero seguían pensando en el asedio, en filas y filas de hombres en el descampado, con las banderas en alto, en dirección a la casa. Pasaron más años. El contagio de viajeros terminó. A veces, en la tarde, un bosquejo en la distancia. En las noches la luna y su luz que a veces hacía círculos o que temblaba como una fogata. Imaginaban a un hombre, pensativo, con luz de lumbre en la cara. Pero en las mañanas no había silueta, ni nube de polvo que acompañara. Comprendieron que morirían sin ver la guerra.

 

 

 

 

16

 

Una tarde ella hizo una última variación: “no quedaremos nosotros”. Él, a un lado, apenas tenía fuerzas para desear más palabras. Pero no alcanzaban para nombrar la guerra, para decir que entrarían y devastarían el polvo. Los dos en la cama. Se tomaron de las manos. Y tuvieron una feliz visión de murallas desmoronadas, de ansias rompiendo, al fin, silencio. En la muerte miraron el acero hundido en la madera, las risas en el brillo de las cucharas mientras las bocas volcaban su hambre en los platos. Los últimos restos de comida en el suelo.

 

 

 

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

 

Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.

Recientemente ha publicado:

 “La Habitación Amarilla” (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-

“Reconstrucción” (novela) Ediciones EyC. -2021-

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

De este lado del viento

ya no hay ruido.

Hay un silencio blanco

como el de algunos sueños.

(todo sobreviviente

es rehén de su tormenta)

De este lado del viento

busco palabras

como de niña

buscaba piedras junto al mar.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

 

-Su último libro MADURA, fue recién editado por Editorial Sudestada (2021)

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

PÁJAROS Y MEMORIA*

 

 

Laurie Anderson escribió en su espectáculo "Homeland" una historia con la que comienza el show. En ella los pájaros, que existían antes de que el mundo exista, vuelan sin tener más que aire y ningún lugar donde posarse. El problema surge cuando el padre de una de las aves muere, y no saben qué hacer con el cadáver ya que es una nueva cuestión, algo que los sorprende por ser la primera vez que algo así les ocurre. Finalmente, un pájaro decide sepultarlo en la parte trasera de su propia cabeza, y ello marca el inicio de la memoria.

Magnífica poeta, maravillosa creadora Laurie, que nos muestra los cadáveres de nuestros padres en las nucas abultadas.

Historias, olores, sabores de antes, pasado y putrefacción, dichas que ya fueron y dolores que retornan. Las voces que no murieron, los asombros, las caricias de manos que no conocimos. Todo detrás de la cabeza, todo allí apretadamente emplumado, tibio y gélido, maravilloso y atroz.

El cadáver del padre. El cuerpo muerto de las generaciones. Los días que gastaron otros, los que pasamos sin advertirlos, las tramas sobre lo minucioso cotidiano, los hilos que conectan continentes, las palabras de las que desconocemos el significado y sin embargo siguen allí, en la nuca, peso y alivio.

Tan cerca que lo sentimos detrás de las orejas, tan lejos como esa propia nuestra espalda que no podemos ver. La memoria.

Cuántas veces habrá deseado el pájaro arrancarse el cadáver de su padre.

Tantas como las que le llevó comprender que ya no hay retorno cuando el hombre comienza a conocer cuando reconoce.

Y llevamos, es cierto, más cadáveres de los que sabemos detrás de los ojos. Alegrémonos si nos ayudan a mirar.

 

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Escribir es simplemente percibir lo extraño del mundo.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 


 

 

 

 Antiguas cicatrices de amor *

 

 

1

 

Después del divorcio, el gringo llegó allí a vivir. 

En medio de la pampa. No era campo productivo sino una franja de tierra rodeada de agua. Graham -su secretario- compró lo que le vendieron: 15.000 hectáreas de las cuales más de 10.000 son de lagunas permanentes. Tenía la intención de vivir alejado del mundo, dispuesto a vivir de la caza y la pesca. Con la tranquilidad de los Apalaches, pero en Argentina.

El inventario incluía la antigua estación de tren Rolito, con un edificio habitado por una familia. La laguna “del Venado” y parte de la “Paraguaya”.

Aprendió algo de español. Mando construir una vivienda pequeña, y ya instalado, dedicaba sus días a tallar en tablas de madera dura frases de la cultura popular que le enseñaban los peones de la estancia. “No hay mal que por bien no venga” una de las primeras.

 

 

 

2

 

En ese invierno cayo nieve después de 52 años. El campo venía con meses y meses de seca.

Eran señales débiles. Lo había anunciado un científico ruso años antes, pero la advertencia pasó de largo. Khabibulló Addusamatov fue quien lo predijo. No fue el único, pero si el más conocido de los científicos que anunciaron la cercanía de una pequeña edad de hielo en el siglo XXI.

El gringo mientras tanto seguía tallando frases, pescando y según decía –aunque nadie encontró ni una línea en un anotador- escribiendo un libro. Más o menos por esa época encargo un proyecto a Glenn, su amigo arquitecto de Carolina del Sur.

El arquitecto le contesto estaba chiflado, él insistió: “El futuro está en el sur” estas tierras y ese proyecto eran el resultado del diálogo a solas –sin asesores espirituales- con su Dios. La noticia de la construcción de un complejo hotelero de cinco estrellas frente a la estación Rolito corrió rápido entre los pueblos vecinos, más aún cuando la obra estaría en medio de la nada. Al borde mismo de una laguna sólo frecuentada por pescadores de pejerrey.

 

 

 

3

 

Fue años después, cuando el complejo ya estaba construido cuando ocurrieron imprevistos o milagros, según quiera verse.

En la primavera del 2028 volvió el tren.

El gringo seguía tallando, de esa época es la frase “Nunca seremos dos sin lastimarnos” de la cual desconocía autor pero que dedicó mentalmente a su ex mujer, a la que seguía amando, aunque detestara en ella esos símbolos comunes que la acercaban a la estética de las mujeres republicanas que llevan collar de perlas en el cuello.

La llegada del tren empezó a generar las condiciones para abrir el complejo hotelero.

El gringo Mark se había hecho devoto de la imagen de la Virgen de Lujan que encontró bajo el alero de la estación. Los paisanos le explicaron que era "milagrosa" la patrona del ferrocarril. El ex gobernador republicano hacía gestos de orar mientras tocaba la base del pequeño oratorio. Nuestra señora del amor a distancia, como la llamaba delante de los paisanos de Guaminí que rezaban como él antes de subir al tren, le devolvería lo perdido y más.

Al hombre quizá no le pasaba desapercibido la esencia egoísta del rezar, pero no le parecía del todo mal ese individualismo de las personas que ruegan por sí mismos, sus seres queridos, y no por el buen destino de la humanidad.

 

 

 

 

4

 

Durante el más crudo invierno del que se tenía noticia. Fue cuando la virgen de la estación lloró perlas de hielo. Mientras en el parlamento se discutía un posible cierre de los ferrocarriles de fomento por el gasto excesivo que generaban al Estado.

Los caminos se congelaron. Los camiones se quedaban varados en la nieve. El tren mixto de Carhué a Puente Alsina circulaba sin problemas. Un conjunto de locomotoras provistas de un barre nieve aseguraban que las vías estuvieran despejadas. A pocos meses de una previsible clausura el tren se volvió imprescindible. La humanidad había dilapidado gran parte de sus reservas de combustible fósil antes de una pequeña edad de hielo que duraría décadas. El tren incluía tecnología apropiada para afrontar un duro racionamiento que permitía abastecer al consumo industrial y doméstico.

 

 

 

5

 

 

El complejo de hotelero del gringo prosperaba. Los turistas llegaban en tren para hospedarse, disfrutar aprendiendo patinaje sobre hielo en las congeladas lagunas. Las parejas venían también en tren para su amor por horas. Los albañiles le enseñaron una forma cruda de nombrar a la fuerza del deseo y él talló en una madera bien visible arriba del dintel, sobre la mesa de recepción del conserje:

“Un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes”

Al llegar en el tren desde la oscuridad de la noche, impresiona a lo lejos las luces que los hoteles proyectan al cielo. De cerca asombraban sus torres y murallas de aspecto medieval recubiertas en hielo. Sólo hay que cruzar la calle para hospedarse en el Stanford Rolito. Al entrar a la recepción quien preste atención puede leer antiguas cicatrices de amor.

 

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar

 

 

 

 

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**

 

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LA PLATA.

 

 

 

 

 

 

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