viernes, agosto 12, 2011

LA FUERZA DE LO IRREAL...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




ESTACION DE LOS TREBOLES Y UNA TRISTEZA MENOS*



“Nos morimos, amor, muero en tu vientre que no muerdo ni beso, en tus muslos dulcísimos y vivos, en tu carne sin fin, muero de máscaras, de triángulos oscuros e incesantes”
Jaime Sabines




Un hombre añora tréboles. Tréboles pide.
Clamo por las siemprevivas de tus muslos.
La mano se ahueca en el pecho ingrávido.
El amor, leve sombra, cruza el monte.


Una mujer suspira en tréboles maduros.
Puñal y tropel. Mi gruta umbría espera.
Ofrece la quieta monotonía de sus pechos.
El amor, sol radiante, sigue la raíz del viento.


Un hombre, una mujer y rescoldo de luna.
Lluvia nocturna y cuatro pétalos de trébol.
Perfección de fragancias y estaciones.
El amor es un potro embravecido


Un hombre, una mujer y un niño
Parejos. Semejantes. Desiguales.
La mano se ahueca en el pecho grávido
Madre, padre y trébol de 60º.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar










No habrá revelaciones*



No habrá revelaciones.

No existe magia en cánticos solemnes
ni ocultan el misterio indescifrable
selladas puertas de frías catacumbas.

No hay panaceas ni eldorados ni quimeras
ni altares incendiados por las voces
preñadas de promesas incumplidas,
vagos albores, intuiciones tenues.

Los mapas del pasado ya no sirven;
duerme el oro su sueño milenario
en minas sospechadas hace siglos
y, por insospechables, imposibles.

Se acerca el alba, debo abandonar.
Una imprecisa sombra de párpados rojizos
nos muestra con desidia los caminos
que conducen al arenal interminable
llamado por los ángeles Renuncia.

No habrá revelaciones. Sólo pétreas
constelaciones de páginas en blanco.

Amanece; en el aire se agazapan
sin posible sentido
las palabras desnudas.



*de Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/

-De La estrecha senda inexcusable






La fuerza de lo irreal*



Tenés pajaritos en la cabeza, le decían.
Algunas veces los pájaros bajaban hasta su pecho y aunque no eran visibles, le dejaban una suavidad de plumas en el alma .



*De Cristina Villanueva cristinavillanueva.villanueva@gmail.com






EL DESVÍO*



*De Juan Carlos Cena. ferrocena2011@gmail.com


A Carlos Melidoni



"El tanque de agua es lo más alto", decía cuando fui por primera vez al desvío. Lo comparaba con la señal, aunque nunca los había medido. No es que polemizara con alguien. Lo que sucedía era que el tanque de agua del desvío se presentaba a mi vista como algo vigoroso, algo de mi preferencia. Un grueso caño descollaba de su cuerpo como un brazo robusto que se doblaba en el codo, le colgaba una manga raída, dando la sensación de cercenamiento.
Ahora no se usa más, sólo un goteo pertinaz cava un hoyito entre las dos vías. Ahí beben los pájaros del monte. Las locomotoras de vapor no aplacan más su sed en el tanque del desvío.
Transitan otras, las locomotoras diesel. Pero el tanque está ahí, monumental. Regaba al pueblo, daba de beber a los pobladores y al ganado, aquietaba los médanos que rodean al pueblo. Digo pueblo: un almacén de ramos generales, una carnicería -matadero, un galpón que funcionaba como taller mecánico, el herrero arreglaba arados, rejas, varas de carro, armaba tranqueras, reparaba todo, era un ramos generales metalúrgico. La estafeta de correo funcionaba en la misma oficina de la policía, y contiguo, un
dispensario de primeros auxilios. Casas de ferroviarios no existían. El único personal ferroviario asignado vivía en la misma pequeña estación de ese desvío.
Mi viejo no se movía para nada del cuadro de la estación. No practicaba vida social alguna en el pueblo, no concurría al boliche, a pesar de saber los diagramas fijos de los trenes y tener tiempo de sobra. Los momentos por esos lugares eran anchos y largos, y siempre estaban disponibles. Así y todo, el viejo no quería alejarse. Estaba atento a las campanillas o al repiqueteo del telégrafo. Se apartaba, pero la distancia la medía con el oído. Por las tardes, orillando el pueblo, aparecían hombres silenciosos de
a pie o a caballo, como si fueran un desprendimiento del monte, eran los puesteros y peones de las estancias. Digo, ni siquiera en ese momento tomaba distancia, porque a mi viejo le gustaba escuchar a esos hombres. Era un buen oidor, degustaba la palabra del otro como si fuera un buen vino: entornaba
los ojos y clavaba la rendija de su mirada en los labios del paisano para no perderse ni un gesto
-Puede arribar uno fuera de horario, como el tren de auxilio, un aguatero, uno especial, y yo justo estoy en otro lado, no puede ser-me aclaraba.
Yo comparaba la altura del tanque con la señal de distancia, lo hacía a las tardecitas, cuando mi viejo iba colocar el farol de kerosén a las dos señales, la de media y larga distancia. En ese recorrido de un kilómetro de ida y otro de vuelta inventaba juegos. Uno era una rayuela muy particular.
No podía marcarla con tiza en el piso, pero durmientes y rieles ayudaban a la imaginería. Saltaba con la pierna izquierda sobre dos o tres durmientes y brincaba con la derecha sobre el riel de ese costado, uno, dos, tres, y arriba, tenía que hacer equilibrio tras el brinco, sino perdía; repetía con
la derecha el salto también sobre los durmientes y con la izquierda saltaba sobre el riel izquierdo. Luego, dando trancos largos tomaba impulso y brincaba: uno, dos, tres, cuatro y cinco durmientes, y el rebote con las dos piernas, y en medio de él gritaba "¡cielo!". A veces caía taloneando sobre
un durmiente engrasado, y me daba flor de culazo sobre el balasto (piedras), otras, saltaba cerca de mi viejo y le garroneaba las alpargatas.
Se daba vuelta carajeándome, simulando enojo, y gritaba: "¡Diablo, dejáte de joder!" (de chico me decían diablito). Al llegar a la señal nos parábamos debajo de ella, mi viejo trepaba para colocar el farol en la muesca donde se cambian los colores, bien arriba.
Mientras, con la mirada desde abajo contaba los escalones de la escalera, los memorizaba. De regreso jugaba al equilibrista. Intentaba hacerlo sobre el riel, pero no podía. El viejo me tomaba de la punta de un dedo.
-No mires la vía, chambón. Yo la miraba y, ¡zas!, un resbalón y la peladura de un tobillo.
Él repetía: -No mires la vía. -igual, otro resbalón, otro raspón-. Sos huevón, cuando se anda en bicicleta no se miran los pedales. Siempre hay que mirar más allá de las narices. Esta era una recomendación doble. O si no: -El buen jugador de fútbol juega con la cabeza levantada, es elegante, no mira la pelota, el tacto del empeine le va diciendo como va la cosa, no se le escapa la cueruda.
Al llegar a la estación, al atardecer, contaba la sombra del tanque de agua con mis pasos. Hacía trampas. Las sombras a esa hora son largas. Quería que el tanque le ganara a la raquítica señal.
Mi viejo era relevante de estación, categoría correspondiente al Departamento Tráfico. Relevaba a un compañero que trabajó quince días corrido o más, y luego otro lo reemplazaba, y así. Le llevaba en el tren de carga o en algún mixto (mitad carga, mitad pasajero), la ropa y cosas que mi vieja colocaba en una valija-canasta, junto a una carta trabajosamente escrita, que el viejo devoraba. Estaba tres o más días, según; cuando volvía el carguero o el mixto, el viejo me embarcaba de nuevo rumbo a casa.
El pueblo estaba rodeado por un monte cerrado, un arenal atrincheraba ambos. En los días de vientos todo se opacaba. Se andaba con un pañuelo en el rostro para filtrar el aire, el cuerpo encorvado y la cabeza gacha, como topando ráfagas. El viento era caliente. Cerca estaban las salinas del norte
de Córdoba. Más de las veces esa brisa era ventarrón que se elevaba por sobre los montes acarreando arenilla con pequeños granos de sal. Arena y sal. Todo era sofocante en esa bóveda arenada. Se andaba por las calles sólo por necesidad. Así era la vida en el desvío.
Al calmarse el viento, aparecía la vida en patios y veredas, perros y cristianos salían de su encierro, los pájaros remontaban vuelo. Cuando el sosiego era pleno, mariposas, abejorros, avispas, langostas y otros insectos surcaban viboreando la brisa como un retozo. El tanque de agua se mostraba generoso, surtía agua como nunca, la gente regaba todo, hasta las comisuras de las calles, que eran arenosas.
Mi viejo baldeaba el pequeño andén, limpiaba la arenilla depositada en las palancas de las señales, las engrasaba, y después las probaba. A la noche sacaba los catres fuera de la habitación, que era un horno. Aparecían otras preocupaciones: una, las vinchucas. Tendía mi catre fuera del alero de la estación, entre sus tejas anidaban esos bichos, que de noche se descolgaban a beber sangre y a dejar su picadura maldita. Mi viejo cubría el catre-cama con un mosquitero, yo trataba de resistir esa envoltura. Era inútil cualquier rezongo, las recomendaciones de la vieja se cumplían enteramente.
El viejo era un acatador disciplinado, sabía de sus largos rezongos. Ja, mira si regresaba con una picadura o machucón, pobre mi viejo con mi vieja.
Me acostaba boca arriba, el cielo se presentaba bajo el tul del mosquitero azul, color ceniza, cuadriculado; éste deformaba todo: a las estrellas les limaba las puntas, al brillo lo esmerilaba, y a mí se me escabullía el cielo, era horrible esa turbidez. Al dormirse el viejo, llegaba el destape.
Ah, la brisa suelta y el cielo libre, la frescura y el rocío.
La otra preocupación era el burro. Sí, un burro que andaba de noche. De día se escondía en el monte, era cimarrón.
-¿El burro? -le dije a mi viejo.
-Sí, el burro. Tira mordiscones -me contestó. Al verme la cara de incrédulo comenzó toda una explicación.
-Aquí no hay chocos (perros), la gente no quiere tenerlos. No tienen qué comer ellos, menos para un perro. -¿Y? -le contesté con un ademán y la mirada.
-Por este desvío circulan trenes de pasajeros que van al norte, a Tucumán, y otros por el ramal a Catamarca. Al pasar, desde la cocina del coche-comedor tiran desperdicios, es la hora de la cena. Antes, cuando había perros, recorrían un buen trecho la vía, era una fiesta perruna. Como te dije: hoy, nadie repone perros, se fueron acabando. Apareció este burro, de lomo muy gris y de panza muy blanca, tarasconeador y pateador, muerde de puro traicionero, hay que tener cuidado. Es salvaje. Me miraba el viejo, vaya a saber qué cara tendría yo, pero él continuó dándome explicaciones:
-Ahora él hace el recorrido que antes los perros disfrutaban. Vive en el monte. Sale de noche, o después que pasa el tren de pasajeros. Si es un carguero o el tren aguatero o el de auxilio, ni se asoma -el viejo ya me asombraba de nuevo, nos tenía acostumbrados a esa invención. De la nada, como ahora, ¡zas!, un cuento.
-Con decirte que sabe los horarios de los trenes de pasajeros -dijo sin pestañear. Lo miré como diciendo: "dejáte de joder viejo, cómo va saber este burro los horarios, si los burros son lo más burro de los animales. Si cuando yo no sé algo me dicen burro, y ahí no más me sobo las orejas, por si me crecen".
-Es verdad, ya vas a ver cuando pase el rápido.
Pasó el rápido. Al rato se asomó el burro en la punta del andén. Comenzó a caminar despacio por el medio de la vía, indolente cruzó por enfrente de la estación, se perdió en la noche. A la madrugada regresó con la panza que se le reventaba. Parecía una burra preñada. Retornaba por el medio de la vía,
casi pisando sus huellas. Al cruzar el cuadro de la estación dobló y se metió en el monte. Lo vi varias veces. Me miraba de soslayo, como zorreando. Ni apuraba el trote ni lo hacía cauteloso, tranqueaba con seguridad.
Vinchucas, viento salado, el burro, el tanque de agua y su estatura, y la señal de distancia, flaca y alta, parecía un esqueleto de fierro, con un brazo verde que a veces se volvía rojo. Ése era el desvío, como tantos otros.
-¿No te aburrís viejo? -le dije un día.
-No, yo siempre me ando acompañando...
-¿...?
-Sí, conmigo y con ustedes. Nunca estoy solo -quiso explicar.
-¿...?
-Bueno, ya entenderás algún día.
Terminaron esos viajes y los relevos de mi viejo, lo ascendieron. Mucho tiempo después, pero mucho, vino lo que vino: al ferrocarril lo pararon.
Viajando rumbo al norte, no hace mucho, por la ruta 9, recordé el desvío. Ahí no más me aparté del camino, tomé una carretera provincial Y llegué al desvío aquél. Ya no era el mismo. El pueblo estaba abandonado, la estación era una tapera, los yuyos cubrían el andén, las palancas de las señales
aparecían cubiertas por un montículo de arena grasosa; el tanque de agua no tenía más agua, ese brazo vigoroso ya no goteaba más, el color que le dio majestuosidad se volvió cáscara de óxido, y la señal de distancia perdió los colores. El monte avanzaba, los médanos desdibujaban las calles. El avance
del arenal emparejaba todo, con bravura batallaba con el monte disputando espacios. Sólo un viejo muy viejo vivía en la casa de ramos generales abandonada. Era el herrero. No lo reconocí en un principio. Vivía esperanzado de que alguna vez regresara el tren. Caminamos por el pequeño pueblo abandonado. Me contaba las historias de los que vivieron allí. El cementerio desapareció, el monte lo devoró. Llegamos a lo que fue la estación. Me acongojaba al ver esas ruinas, mis recuerdos se tornaban nubosos.
De repente, el asombro: las vías estaban sin yuyos, limpias. Como si alguien, o la cuadrilla de catangos (peones) de vías pasaran todavía carpiendo los pastizales para evitar los patinajes. Los rieles se veían
medio oxidados, pero nítidos. Caminé hasta el cambio del desvío y observé que para el norte y el poniente, estaban libres de pastos, los durmientes a la vista y los cables de las señales limpias de enredaderas rastreras.
No salía de mi asombro. Este viejo muy viejo apretó sus ojos hasta hacerlos rendijas, enfocó esa abertura en mi rostro y escrutó ese asombro.
-Es el burro -dijo. Después de muchos años puse la misma cara que a mi Viejo cuando me nombró a ese asno por primera vez.
-Sí, es el burro. Vive en el monte. Está todo gris, como canoso, es muy viejo, -dijo el viejo y continuó- todas las mañanas sale a carpir la vía; al regresar, pasa frente a donde vivo, se detiene, me mira, intenta rebuznar y no puede. Parece un quejido ese intento. Pero yo sé qué quiere decir. Porque
tengo la misma esperanza que él: esperamos el tren...




Vivir en el silencio*


Quien vive en el silencio
conoce su propia tormenta.

Hay un cúmulo de gritos reprimidos,
expresión desatada de sorda rebeldía,
siempre envuelta en harapos,
siempre ahogada en susurros.

El corazón ansía vendavales,
huracanes de luz, sombras mortales.
Busca infiernos el alma donde arder,
mares donde nadar y naufragar, espacios
para batir sus alas impotentes.

Sólo existe quietud, todo es un vaso
de plomo derretido.

¿Quién desnudará tu grito?
¿Quién se amarrará a tu labio?
¿Quién, en las noches insomnes,
se acercará a tu voz y a tu delirio?



*de Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/






Habla, memoria*



*Por Juan Forn


Hay una historia entre Cézanne y Zola que siempre me fascinó: el padre de Zola muere, la familia llega a Aix-en-Provence en medio de penurias económicas, el niño Emile es encarnecido en la escuela, por nuevo, por pobre, por raro. Un solo compañero sale en su defensa, no le importa recibir una paliza de los demás por esa causa. El joven Zola le deja una canasta de manzanas en su puerta. Los dos muchachos se hacen amigos, leen a Virgilio, quieren ser artistas. Años después, cuando ya es un escritor de éxito, es Zola quien anima al tímido Cézanne a ir a París. Pero la amistad se malogra: Zola empieza a encontrar molestos los infortunios y las quejas de Cézanne, escribe una novela sobre un pintor incomprendido por su época y con eso hiere y aleja a su amigo. ¿Qué hace Cezanne entonces? Empieza a pintar sus famosas naturalezas muertas con manzanas: como devolviendo una por una aquellas de la canasta que el joven Zola le ofrendó en prenda de amistad, en los lejanos años de Aix.
Hay otra historia parecida, aunque más chiquita y con final opuesto, de otro de los impresionistas. El banquero y bon vivant Charles Ephrussi se fascina con una naturaleza muerta de Manet sobre un puñado de espárragos. Paga por el cuadro diez veces su valor, en un momento en que Manet no es todavía conocido y vive en la escasez. Al día siguiente llega a casa del banquero, y embalado toscamente, un cuadro precioso de un solo espárrago, con una nota que dice: “Creo que éste se cayó del puñado”. Quizá conozcan la historia, está en Proust. Es leyenda que los personajes de En busca del tiempo perdido están basados en gente que Proust conocía. Proust trabajó brevemente como secretario de Charles Ephrussi y le adjudicó algunos de sus rasgos a Charles Swann. Pero yo me enteré por otra vía de la historia de los espárragos, así como del episodio de las manzanas de Cézanne y Zola. Fue por un profesor de dibujo que tuve en sexto grado, un tipo que intentaba inútilmente abrir nuestras cabezas y se enfurecía cuando coloreábamos mariconamente nuestros dibujos para que no se nos gastaran los lápices: una vez me arrancó la hoja de la mano, se apropió de mi adorada caja de Caran D’Aches y fue consumiendo mis lápices y obligándome a sacarles punta y pasárselos de vuelta hasta que aquella hoja canson se convirtió en una masa vibrante, asombrosa, de color (hasta me pareció que pesaba el doble cuando me la devolvió) y mi caja de Caran D’Aches era una ruina.
Consiéntanme ahora otro viraje inesperado. Hay en Inglaterra un gran ceramista llamado Edmund DuWaal. Sólo hace piezas que puedan sostenerse en una mano y que parecen ideas platónicas más que objetos, aunque él es partidario ferviente de que esas piezas se usen, se toquen: cree que ciertos objetos conservan en sí el pulso de quien las talló, incluso el de quien las tuvo en su mano, como si emitieran “un murmullo existencial”. Durante sus largos años de estudio, el joven DuWaal recaló en Japón para estudiar el arte del laqueado. A lo largo de aquella estadía en Kioto, visitaba una vez a la semana a su adorado tío abuelo Ignatz, o Iggie, único hermano de la abuela de DuWaal, Elizabeth. El apellido de ambos hermanos era Ephrussi. La posesión más preciada del viejo Iggie, que vivía en Kioto junto a su joven amante japonés, era una colección de netsuke. Los netsuke son pequeñísimas piezas de marfil o madera talladas a mano que se usaban en el viejo Japón como borlas de las bolsas de tabaco o de dinero. Caben holgadamente en la palma de una mano. Cuanto más antiguas son, más historias cuentan.
El viejo Iggie tenía 264 piezas de netsuke. A lo largo de sus años en Japón no había sumado una sola pieza a su colección. La conservó tal cual la había recibido, y así iría a parar a manos de DuWaal cuando Iggie murió, en 1994. Durante aquellos almuerzos semanales en Kioto, Iggie le había contado distraídamente a DuWaal la historia de esa colección de netsuke, que era su manera de contar la historia familiar de los Ephrussi. Iggie había huido de Viena en 1938, por judío y por homosexual. Su hermana Elizabeth ya se había casado con un comerciante holandés llamado DuWaal y emigrado a Inglaterra, y fue la que posibilitó la huida de Iggie y del padre de ambos, Viktor. La madre su había suicidado “discretamente” cuando los Ephrussi perdieron todas sus posesiones a manos de los nazis. Al llegar a casa de su hija en Inglaterra, la única posesión que le quedaba a Viktor en el mundo era un reloj de bolsillo, de cuya cadena colgaba la llave de su biblioteca (los nazis le habían prendido fuego a los libros de esa biblioteca). La pérdida de su mujer y de su palacio en Viena fueron demasiado para él: no llegó a ver el final de la guerra. Cuando los aliados restituyeron el palacete a Elizabeth, ella descubrió que la doncella que los había criado a ella y a Iggie había permanecido como ama de llaves de la casa mientras albergaba a un jerarca de la Gestapo. Esa doncella recibió con lágrimas en los ojos a Elizabeth, la llevó a su humilde recámara y le mostró cómo había logrado ocultar en su colchón de paja las 264 piezas de netsuke que, en tiempos de gloria de la mansión, estaban en los aposentos de la señora de la casa.
Habían sido el regalo de bodas de Charles Ephrussi a Viktor, enviado desde París cuando Viktor se casó y se instaló a vivir en aquel palacio en 1913. Fue Charles quien inició a los impresionistas en el culto a lo japonés que estalló en Occidente a partir de 1870. Le llevó cuarenta años reunir aquellas 264 piezas. De cada par de netsuke que compraba, conservaba uno y le enviaba el otro a una dama casada, que era su amante. Cuando ella enviudó, la colección se unió. Cuando Charles estaba cerca de la muerte y su sobrino favorito le anunció que se casaba, le obsequió la colección. A Viktor le pareció tan incongruente con el resto de las obras de arte que albergaba la mansión que decidió ubicarla en los aposentos de su esposa, donde los niños Elizabeth e Iggie jugaban con los minúsculos netsuke mientras su madre se hacía peinar y enjoyar antes de cada velada. Sabiendo lo que significarían para Iggie, Elizabeth los hizo embalar y se los envió a Japón. Veinte años después, Iggie trató en vano de transmitir aquella historia al joven DuWaal. Pasaron otros veinte años, la colección volvió a surcar los mares, DuWaal escuchó finalmente el murmullo existencial de esas minúsculas piezas de marfil y se sentó a escribir la historia de su familia en un libro formidable (The Hare with Amber Eyes).
En un momento cerca del final describe lo que le produce tener esas desgastadas piezas de netsuke en su mano, lo que fueron para el bon vivant Charles y para el desafortunado Viktor y para el niño Ignatz y para el viejo Iggie, y no sé por qué a mí me hicieron acordar de repente, con nitidez total, en esa escena de mi niñez en que el profesor de dibujo depositó en mis manos mi venerada caja de Caran D’Aches con todos los lápices mochos y aquel dibujo perfectamente trivial, vuelto asombroso por la frenética, apasionada manera en que le había dado vida.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-174275-2011-08-12.html







"Eras como una prima pero desnuda"*




Alardeabas con tu cabellera violeta y esponjosa
de una laya calificable de furibunda
atiborrada por aritos y otros adminículos
prensores en zonas tiernas

y estabas, en efecto, robusta, impresionante
desnuda por completo

eras como una prima del poeta Rogelio Ramos Signes
pero mejor

ya que eras entonces lo que fuiste siempre
y para siempre
lo que siempre serás:

mi prima.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






*

Inventren Próxima estación: SANTOS UNZUÉ.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/




InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

martes, agosto 09, 2011

EDICIÓN AGOSTO 2011.



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
-La Habana. Cuba.




Carta*


Querido Stefen,

Me encanta tu pelo, con esos dos remolinos que lo agitan en la parte de delante, esos que te dan la apariencia intelectual. Y me gustan tus ojos, aunque quizás debería decir que es tu mirada la que me sorprende. Ese brillo en ellos, como indicando la intención de hacer diabluras… También me gusta tu boca, por que es perfecta, con los labios tan bien dibujados que dejan asomar una sonrisa cautivadora, especial y tan tuya.

Sin embargo lo que más me admira en ti es tu forma de pensar. Ese talante tan lleno de simpatía y a la vez afable y sincero. No es lo mío ensalzar las virtudes de nadie tan abiertamente, pero en tu caso no he podido contener el impulso de hacerlo. Debo reconocer que eres increíble.

Un abrazo.

S. Plumkier.


PD: Recuérdame que pregunte al psiquiatra si eso de escribirme cartas a mi mismo forma parte de mi patología ególatra.



*Joan Mateu. joan@cimat.es







AGUA DEL ARROYO*


Poesía Haiku


Las manos huyen
y hieren al arroyo
que arma viajes.


Los colores son
barcos iluminados,
obras de niños.


El árbol moja
sus hojas esperanza
y las revive,


Así mis manos
labran sus imágenes
y mecen sueños.


Canto rodado
brilla como el alba
en día sin nubes.


Acariciado
en cuna de arroyo
sueña con el mar.


El árbol tiñe
sus bordes alisados
con verde hoja.


En mansedumbre
resigna sus búsquedas,
el agua se va.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






ESTACIÓN PAVÓN, algún día más allá de 2020...*


Mientras subía el asensor, maletín en mano, recordaba anécdotas y sueños que me contaba mi Padre.

En esos escasos segundos desde la planta baja a la plataforma de la estación Pavón del viaducto elevado entre Sarandí, Gerli y Riachuelo, una secuencia de vivencias pasadas por otros, por él y por los sueños de él y muchos más volaban por mi mente.

Ese tren que me llevará hasta Mariano Acosta Sur, a la vera de la Ruta 200, viene de La Plata y sigue viaje por Pompeya hacia Tapiales y las vías del queridísimo Midland. Mercedes es su objetivo, pasando por detrás de la represa y ganando las vías del Sarmiento por detrás de G Rodríguez (Donde comparte el gigantesco taller de mantenimiento de los eléctricos del Sarmiento).

Mariano Acosta Sur es un nudo regional de trenes y colectivos. Es casi un Mundo en sí mismo. Todos los pobladores del antiguo Midland, el Merlo - Lobos y hasta del Compañía a Navarro y Nueve de Julio, deambulan por su hall arribando y partiendo de y a sus pagos. La gran ciudad los llama, igual que a sus abuelos, cuando venían con las vaporeras, los Drewry y los Ganz.

Si un día me pongo a armar un encuentro de Memoria allí, en los espacios de arte del Edificio de M Acosta Sur, seguro que todos los que por allí pasan tendrán algo que nombrar de sus padres o abuelos. Ellos nacieron en aquellos pueblos y pudieron quedarse por el nuevo trabajo que trajo el transporte recuperado.

Muchos, hijos de inmigrantes, quizá llamados por la tierra de sus abuelos o padres, se fueron para allí. Almeyra, San Sebastián, La Rica, Patricios, Comodoro Py, Lozano, tantas y tantas donde hubo que recuperar casas y construir nuevas, pero así, sin generar hacinamiento como en la Gran Ciudad.

Todo eso pasa por mi mente cuando voy de Gerli a la casa de mis amigos de Mariano Acosta. Me traslado por unos instantes a Miramar cuando veo pasar el Expreso Santa Fe - Rosario - Retiro - La Plata - Mar del Plata - Miramar, ese que como tantos otros trenes pasa por debajo de la Ciudad uniendo Estación Buenos Aires con Retiro Norte en la Facultad de Derecho.

Todo cambió. Todo parece como que jamás ocurrieron esos 60 años de destrucción de pueblos, ciudades y trenes. La música de los rieles que se eleva desde el recorrido del Tranvía Midland - Provincial allí, por las calles de Caraza y de Monteverde, contrasta con los años que viví de chico escuchando a mi familia quejarse del transporte y de la destrucción de "los Belgranos".

Hoy puedo escribir poesía sobre trenes que existen, igual que mis bisabuelos que tenían trenes.

Qué lástima que casi tres generaciones solo pudieron volcar poesía de lágrimas y reclamos por sus tierras abandonadas y por los sufrimientos en los viajes al trabajo.

Hoy se puede escribir poesía con Puente Alsina y con La Salada; con Avellaneda P y La Plata P. Hoy esquina negra ve pasar los cargueros y los expresos que entran y salen de La Plata al Oeste y al Sur.

Hoy podemos seguir soñando, más no sufriendo el retroceso.



*Por Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Agosto 9 de 2011 - Ingeniero White - Buenos Aires






SIETE NOTAS DE INVIERNO*

Poemas



Hasta tu cama
entran,

tensos, de esquina,
por tu piel,

y por allí
te andan,

quiebran
tus cerrojos;

los hechos,
las manos, las voces.



*


Como a cada beso lo borra
el viento que sopla y sopla,

ella pocea y pocea la arena,
pareciera, con más fuerza;

es el viento húmedo, poceado,
que escribe, escribe, escribe.



*


Dejá que entre la luz,
dejala que entre,

que se acomode,
que abra su valija;

no vayás a echarla;
dale de comer;

dejá que ande por la casa.


*


Amor marcado
de estos años.

A pesar de todo
vuela, vuelve.

Tibio es él;
a prueba es él.

Memorioso, dúctil
y carnívoro.

El da la hora
de esta hora.



*


Pasás ladeada, vida;
depende el barrio.

O acariciando con un ala,
o dando fuerte con el pico.

No pasás derecha, vida;
vos planeás, planeás.



*


Hermosura que te busco;
electricidad que es hermosura;

hermosura de una mano
en otra mano; de un cuerpo

en otro cuerpo; de una letra
que con otras es palabra;

palabra que te busca, me busca.
La oscuridad no es cosa nuestra.




*


Por la calle fría
un hombre va

metido en sí
hasta la médula

como representando
poemas de Vallejo,

cruza la avenida, tose
y se pierde entre la gente.



*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar








EL HERMOSO VERANO*


Cesare Pavese, i.m.


*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


En ocasiones las chicharras aserraban los veranos más sólidos, los que hacían un aire líquido de cualquier situación donde el sol tuviera su antiquísima preponderancia.
Era también la hora en que las iguanas se asomaban al sol y cuando eso sucedía, según mi madre advertía, ningún ser humano debía animarse, so pena de sentir cómo su cerebro se licuaba en la caja craneana.
Allí no servían los sombreritos humildes de trapo, que la mano hacendosa de la madre cosía en los días de frescor y de lluvia.
El verano traía la ventaja que era como una gran puerta luminosa, era como si el universo abriera todo su espacio para que estallaran absolutamente todos las goznes del moho y el cielo, el campo, las calles solitarias del pueblo flotaban en un vaho que excluyera todo lo que no fuera plena felicidad.
Entre las libertades que se abrían como un poderoso imán estaba la exención de la responsabilidad de la escuela y si, uno había sido lo suficiente preciso para preocuparse un poco durante el año estaría libre para navegar en ese laxo vaso de plenitud que era el verano, "El hermoso verano" como bien podríamos parafrasear aquí el gran escritor piamontés, Cesare Pavese quien sugirió que al venir "la muerte y tendrá tus ojos". ¿Los ojos de quién? ¿Acaso de la bella mujer de la voz ronca? El cianuro se llevó su secreto esa noche de 1950 en Turín.
Esos veranos eran de vagabundeos a veces solitarios. Yo disponía de la mano laxa de mi madre en esta época en que mi padre andaba en la cosecha fina, a mil kilómetros del pueblo y yo podría -no digo el pueblo, eso era excesivo para nosotros- pero en los mandados podría dar una gran vuelta y pasearme bajo los plátanos umbrosos del Veredón del ferrocarril, como ese día que mirando en grandes zanjones que lo acompañaban, encontré en el fondo seco una gran pelota de goma roja con sus correspondientes rayas blancas. Salté rápidamente me introduje en esa gran cuneta hasta desaparecer. Cuando la tuve en mis manos descubrí el motivo, el por qué esa pelota estaba abandonada allí: tenía una pinchadura que su pinta de juguete nuevo no podía disimular. La llevé a mi casa con una alegría desconsolada, ya que comprendí que no tardaría mucho en partirse, apenas comenzáramos el
primer picado en la cortada del viejo Pichichelo. Entré saltando el pequeño portoncito de madera y pasé como una exhalación por el amplio patio de tierra que sombreaban esos añosos fresnos y los altos, coposos paraísos oscuros. Fui directamente al gallinero, busqué un trozo de alambre duro y
cuando ingresé a la cocina sorprendí a mi madre quien se inquietó al verme tan misterioso. Fui al cajón de herramientas de mi padre y tomé unas tenazas para sostener ese alambre que calenté al rojo en la hornalla de la cocina y salí al patio donde me esperaba la pelota sobre la mesa de cemento donde mi
padre salaba la carne para su asado. Mi madre picada su curiosidad ya que yo no había abierto la boca, me siguió mientras introducía ese alambre rojo que ya se estaba volviendo negro o violeta al contacto con el aire, en la pinchadura, cosa de "cauterizar" esa herida que me dolía a mí, como mi viejo alguna vez me había enseñado.
No contesté enseguida al requerimiento de mi madre sobre el origen de esa pelota, tan abstraído estaba.
-La encontré en el Veredón, le dije, lacónico y preocupado. Como estábamos muy cercanos al día de los Reyes Magos y mi padre estaba lejos y las noticias eran que aún no terminaba el trabajo, supuse que ese año no tendría un juguete, ya que mi madre no tenía un cobre, y ni por las más remota imaginación se le pasaba comprar algo al fiado, al ser mi padre tan buen pagador no tendría problemas.
Pero las cosas no sucedieron así.
Yo tuve una idea, más que por mí -sabía a estas alturas que los Reyes eran los padres- sino para hacer quedar bien a mi madre, guardé la pelota como para fingir que era el regalo que me habían traído la noche de reyes.
El seis de enero mi tío Berto nos invitó a cenar, Allí fuimos, yo con mi pelota.
Cuando me preguntaron que me habían traído los Reyes mostré mi pelota, que de lejos aparecía como usada o al menos tengo ese recuerdo. Mi tío me la pidió y al tenerla en las manos exclamó:
-Pero algún camello te pisó la pelota.
Todos rieron, mi madre bajó la cabeza, no se si triste o tal vez un poco humillada.
Pensé mucho tiempo en esta anécdota banal porque yo había querido que ella quedara bien y sin querer la había hecho sentirse humillada.
Incluso tuve tiempo de sobra de comentarle, de adulto, ésto que fue una anécdota.
Para sacarme la culpa es que escribo estas palabras, que son tardías porque mi madre murió hace 19 años, yo ya no soy ese niño que también sufrió la humillación que me costó toda la vida comprender.
Es triste, pero así fueron las cosas. Más tristes no haberlo comentado con ella.
A veces pienso que de estos pequeños dolores tempranos de niño pobre también se hace la poesía. Al menos la idea que tengo de ella.
Termino este relato melancólico volviendo a una cita de Pavese, del cuento "La Langa": "Mi pueblo es chico, pero lo atraviesa una carretera provincial donde yo jugaba de niño ¿No han oído hablar nunca de esos cuatros techos?. Pues bien, yo soy de allí".







Porque toda separación es una herida*



- No estés triste -le había dicho ella- Esto era inevitable. Después de todo, yo nunca hubiese podido amarte.

Luego, le dio un beso en los labios y se dirigió hacia la calle, escoltada por los dos tipos que habían venido a buscarla. Al abrirse la puerta, ella se volvió a mirarle por última vez y un rayo de sol iluminó su rostro. De haber existido esa posibilidad, el destello que se vio en sus ojos hubiera sido el preludio de una lágrima inminente, pero tal cosa era impensable. Cuando finalmente salieron, la puerta se cerró y el silencio ocupó la estancia.

Fumando, él miraba por la ventana. Recordaba el día en que se conocieron, la tarde de los pájaros, los alegres planes, las puestas de sol junto al estanque, el viaje a Florencia... Con inusitada precisión, podía ver en su mente los pormenores de aquellos diez años de vida en común. Era maravilloso recordar así, hasta los mínimos detalles. ¿Por qué, entonces, no se sentía feliz? ¿Por qué ese absurdo nudo en la garganta? Si cualquier otro de los ejecutivos de la compañía le viese ahora...

Pensó que si el recuerdo le resultaba doloroso, también podía optar por el olvido, pero la sola idea le produjo un acceso de rabia. ¿Olvidar? ¿Sumar el vacío del olvido al vacío de la ausencia? ¿Acaso cabe un horror semejante?

¡Cómo haber supuesto siquiera que llegaría a enamorarse de ella! Todo debería haber sucedido de otro modo. Al fin y al cabo, no era el primero ni sería el último. Pero nadie tuvo en cuenta el factor emocional, y ahora, él lo estaba pagando.

Si todo es pura apariencia, ¿qué importaba que los recuerdos fuesen implantados? ¿qué importaba que aquellos diez años hubiesen sido en realidad tres semanas?¿qué importaba que Ella -el prototipo Woman VI, como figuraba en los planos del proyecto- sólo fuese un androide, si le había hecho pasar las horas más felices de su vida? "Por supuesto -había dicho el vicepresidente de la compañía- le compensaremos. La próxima semana le enviaremos un nuevo prototipo mejorado. Y con funciones adicionales. Verá como le satisface"

Sentado junto a la ventana, Harry -Harry 12, según un expediente que muy pocos conocían- supo que sin ella nada iba a tener sentido, que habría otras y que ninguna de esas otras sería jamás Ella, y deseó que ese sol que se estaba poniendo, no volviese a levantarse más. Esa noche, por primera vez desde la incierta y olvidada fecha de su creación, soñó, y eso fue –aunque él nunca llegaría a saberlo- como vivir.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com






DUNAS*


“Yo misma he vertido ayer una lágrima,
Dios mío, cuadrada.”
ALFONSINA STORNI



Estás parada en un universo hecho de piedra y dunas.
Nadie ha de salvarte.
Ni la agonía del polen, ni el parto de la rosa.
Ni las huellas en las ardientes colinas.
Ni la saciedad, ni el hambre.
Ni las ramas que brotan de tus ojos.
Ni los anillos de lluvia.
Ni lo negado, ni lo dado.
Ni la pupila cerrada del Bautista.
Ni la espada, suspendida, de Damocles.
Ni el oro de Siddartha, ni la plata de la traición abrazo.
Ni Lancelot, ni Gilgamesh.
Ni el caballo de Troya.
Nada habrá de salvarte.
Tal vez, los salmos de la historia
Que no has de conocer, hoy.
Acaso, nunca.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






CAÍDA CONTROLADA*


Vemos un laboratorio como imaginamos los lugares de creación científica; como las viejas películas de ciencia ficción imaginaban el desarrollo de la técnica: batas blancas, asepsia, ángulos ortogonales y aristas blancas. En el impoluto laboratorio, un robot que intenta dificultosamente hermanarse con los que nos desplazamos sobre dos extremidades. Sin éxito. El blanco robot en el blanco laboratorio una y otra vez se cae.
Pesado, no demasiado alto, las rodillas dobladas y un aspecto alarmantemente humano. Pero más que hombre, mujer o niño, se asemejaba a un astronauta enfermo con mareos invalidantes.
En la división de cibernética de la SONY intentaban que el autómata diese tres pasos sin acabar de costado sobre el piso. No lo lograban, y menos aun cuando un asistente le propinaba un empujoncito. Más motores en las articulaciones, sensores de gravedad, giróscopos. Nada. El robot, pobrecito, invariablemente terminaba de costado pataleando sobre el suelo del laboratorio.
Para lograr que camine un bípedo, es necesario estudiar cuadro por cuadro y con extremo detalle el desplazamiento de los humanos. De la imitación de la naturaleza se obtienen las maravillas y los monstruos tecnológicos. Precisamente observando videos de movimiento, uno de los ingenieros dio finalmente con la solución simple y obvia, como simple y obvia suele ser cada solución una vez que alguien ha dado con ella.
Nadie camina sin caer innumerables veces; la cosa no es evitar la caída sino intentar controlarla.
El cuerpo se inclina hacia adelante, comienza a caer, se adelanta una pierna que salva al peatón de quedar tendido en la vereda. La columna se tiende hacia el frente, la pierna se extiende con vigor, el atleta corre y equilibra con brazos y cintura la posibilidad de rodar en la pista.
Caminar, entonces, es frenar innumerables caídas en vez de evitarlas. Será que más importante que cuidar la indumentaria es aprender a zurcir las inevitables rasgaduras. Las heridas abren la piel pero se restañan, la red necesita de remiendo luego de cada pesca en alta mar.
Caminar es controlar cada pequeño abismo, poner cintura a las traiciones, manotear algo para asirse cuando se cae el amor, frenar un poco cuando la ira arrecia o la enfermedad desbalancea. Vivir es superar cada grande o pequeño revés hasta aquel que, por profundo o por final, sea el que nos deje tendidos para siempre. Mientras tanto, a extender la pierna hacia adelante muchachos, y a intentar mantener el paso airoso.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







Las hadas*


Tengo un hada de vestida de tules blancos en mi cuarto.
Cuando era pequeña solo creía en el hada Campanita. Ella con sus destellos de brillos volaba por las alturas y con su varita encendía mi corazón de un millar de ilusiones.
Campanita venía los domingos a la tarde, en las pocas horas en que la televisión era para los chicos: la hora de Disney. Allí concentrada en su virtuosismo y su bondad, iluminaba mi espíritu. Hacía que en mi íntimo deseo, las ilusiones se convirtieran en realidad.
También con mi inocencia creía que podía volar, despertar el silencio de las rosas, el capullo de la amistad, sentir la esencia de la nobleza, y que el canto de los pájaros era mío.
También, el sentir la musicalidad de los valses de Viena y la hermandad de mi mascota.
En aquella época, no existían los peluches. Tenía una muñeca de color carne y con ojos saltones que se abrían y cerraban según la posición que la colocaba. Sus ojos de de color celeste, eran de una hechizo inexplicable.
En ese tiempo de la niñez, jugaba a la maestra, las personas grandes eran protagonistas a los que debía respetar sin ningún cuestionamiento.
Campanita me protegía por los pasillos en mi clase de danzas clásicas. Con ella mi baile viajaba hacia las sinfonías con mis zapatillas de media punta y el rodete de una bailarina del Colón. Protegida por Campanita, alcanzaba desplegar mis alas de elegancia y distinción.-


*De Azul. azulaki@hotmail.com





Bajo el Limonero que en las Mañanas da Lluvia Serena*



Me miro dentro de casa por vez primera:
Nunca había entrado,
Y esta parece ser una ocasión especial.


Todos me miran
Como esperando a que me acerque,
El calor que se siente es cada vez más bochornoso.


Me miro dentro de casa,
Y miro que mi cuerpo no es un cuerpo completo.


La tarde tiene un brillante olor de frutas cocidas:
Me adornan con ellas.


Me miran esperando a que me acerque,
Me llevan en platos
Y me dispersan por la mesa.


La tarde tiene aromas alegres
De corazones hervidos con sueño caliente,
Con manojos de hierbabuena.


Mis ojos me miran dentro de casa,
Servido dentro de platos de fiesta
De esos que sólo se usan los días de San Jacinto.


Me miran y les miro:
Mi cuerpo ha alcanzado para cada invitado.


Nos miramos y sabemos que es este un día de fiesta:
Se da el primer bocado,
La sensación extraña
De sentir cómo caigo a los estómagos
Me produce algo parecido a las cosquillas.


Me distraigo del tiempo
Pensando en que ha sido buena idea
La de dejarme entrar en la casa,
Lejos del polvo que hay afuera,
Para poder festejar juntos el día de San Jacinto.



*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com





TU BOCA*

"El primer beso no se da con la boca sino con la mirada"

TRISTAN BERNARD


Calla, amor. Calla y dame tu boca.
Yo te he dar mis ojos, mi mirada, mi pausa.
Es noche de conjuros y de lobisones.
El séptimo hijo cae en los abismos.
La serpiente se arrastra y el ángel cae.
En la cueva de Merlín hay sonidos extraños.
El búho se esconde y la cigarra calla.


Dame tu boca de jazmín de leche.
Tu boca andrógina en mis pechos de hembra.
Se mono. Pez azul. Ballenato
Dame el milagro de tu concavidad de fugas y corcheas.
Tan exacta. Tan certera.
Tan puntual. Como la milenaria brújula del viento.
Tu boca, ansiosamente dolorosa.
Tu boca, rumor de tallos y espumas de azucenas
Tu boca, tu boca universal.


Tu propia existencia te sostiene.
Como el aire tibio, la arena y el deshielo.
Me sostiene tu boca.
Improvisado poema de mí especie: Huerto fértil.
Y tu pulso, mi niño, ah, tu pulso.
Latido. Lirio irredento. Espurio. Casi saciado.
Duerme mi niño, duerme y calla tu boca.
Afuera. Lejos de mis brazos.
Deambula un mundo, sin promesas.
Sin promesas, un mundo.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-Para mis hijos







Pobre amor*



Pobre amor
el mío
si
muerto

capado
por tus ladinas
pestañas.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






DEJÁ VU*



Las mismas copas de vino
Dibujan nuestros rostros en el cristal.
La misma melodía viene del fondo
Colmando el vacío que deja el silencio.

Las mismas velas encubren la tristeza,
Dibujando siluetas en el crepúsculo.
Las mismas promesas,
Los mismos besos.

Las miradas que se cruzan,
Las frases que no se dicen
Y viven a la sombra de la espera...
El abrazo que tememos tanto.

¿Hemos vivido ya este momento?
¿Volveremos a vivirlo?
Sólo quiero saber
Si al final, de nuevo, partirás.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba




*

Inventren Próxima estación: SANTOS UNZUÉ.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/




InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

jueves, agosto 04, 2011

BAILAN LOS PERSONAJES DE LA AMBIGÜEDAD...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu



Redes*


En un puñado de redes azules
Bailan los personajes de la ambigüedad
En el vibrar de los hilos que teje la araña
El odio y el amor se entrecruzan
El calor y el hielo de las miradas
Laten en escritura sutil
La envidia y la pureza se fusionan
En un entretejido de aparente suavidad

Entre el abandono y la compañía
Entre el sueño y el despertar
La estrella de los espejos
Desliza máscaras empalagosas

Donde está el verdadero amor
En qué línea se enuncia la poesía
En cual hilván se suspende la verdad
En que punto del tejido me ubico
Dejando que la brisa ilumine
Y localice la paz.



*De Azul. azulaki@hotmail.com
3/8/11








PUNTA MARGARITA*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Hoy seguramente del lugar nadie se acuerda, salvo algún memorioso empecinado, como yo.
Enterarme del nombre, como quien dice, fue como un aprendizaje, porque cuando me desayuné, largas lunas y soles salitrosos me habían percudido el cuero, pese a que el lugar en sí no era una novedad para mí.
Creo haber observado ese lugar en algunas de las incursiones de caza a las que me llevaba mi viejo, munido de su escopeta de un caño, belga, y su viejo revólver Orbea, 32 largo, que usaba para hacer puntería con latas de conservas que yo le colocaba encima de los postes de los alambrados. Cuando fui un poco mayorcito -muy de vez en cuando- me dejaba probar. Obvio es decir que de todos los Isaías el único que no tuvo puntería, fui yo. Ni por aproximación.
Cuando salíamos hacia el Sur, por el “Camino del Diablo”, pasando por los campos de Zampelungue, Ramón Camiscia, Paco Aguilar, los Gabarra, don José Cinel, que era justo donde el Camino del Diablo terminaba y si se doblaba a la derecha íbamos hacia Colonia Terrasson y nos topábamos con la escuela y si doblábamos el sentido nos llevaba a Gödeken, y siguiendo terminábamos en Caferatta. Pero si lo hacíamos hacia la izquierda, como quien dice, hacia el “Boliche de la Lata”, pasando el cruce que lleva a Murphy, La Chispa, El Cantor, San Francisquito.
El camino que lleva al paraje llamado “Punta Margarita”, que tiene su espejo de agua y su puente de madera y su monte de casuarinas oscuras es el que desemboca en el cruce Chovet-Melincué, para lo cual hay que dar luego un largo rodeo y cruzar la ruta 33 que va hacia Venado Tuerto, Rufino y ruta a Buenos Aires.
De este paraje, hoy olvidado, nadie recuerda nada, pero doy fe que en mi infancia lo frecuenté muchas veces, siempre acompañado de mi padre y muchas veces con algunos de mis tíos numerosos. Algunos de ellos –como mi padre- viajaban como peones golondrinas por un gran radio que cubre la Pampa Gringa con sus cultivos. La mayoría de ellos terminaron emigrando hacia las grandes ciudades en busca del trabajo, mejor pago en las industrias que eclosionaron como hongos en el primer peronismo llevando progreso y bienestar.
Todos o casi todos mis tíos se habían ido afiliando al Sindicato de Obreros Rurales que funcionaba frente a la cancha de Huracán, en el caserón que era (y es) propiedad de la familia Correa.
Si las incursiones de caza eran esporádicas y las de pesca aún más con mi padre, ya que dependía de sus días de ocio, las incursiones a las salas o aún a los patios del Sindicato eran cotidianas. He escrito más de una vez que el mismo estaba enfrente de la Cancha de nuestro Club, por lo tanto no teníamos más que cruzar la calle para ir a tomar agua del aljibe, sobre cuyo brocal descansaba un jarrito de aluminio para beber el agua fresca que sacábamos por medio de una cadena y una roldana chirriante de las profundidades. Esto si andábamos solos, pero si había un mayor cerca no nos dejaba acercar al pozo por una mera precaución de seguridad.
Estas visitas fueron en un tiempo de las cosas más importantes de mi vida, ya que marcaron para siempre en mí un ideal de justicia social que mi padre abonaba con toda naturalidad en la mesa familiar, también todos los días. Allí me hablaba de gestas obreras que habían sucedido en el pasado, porque ahora, repetía “tenemos a Perón” como ejecutor de aquella justicia por la que tantos se habían sacrificado.
Eso recuerdo, el pasado ominoso, el presente justo y un luminoso porvenir. Los avatares de la historia me mostraron luego que la cosa no sería tan simple y terminante.
Releo y noto que me alejé de mi intención primitiva de recuperar ese espacio bajo el sol de los eneros, de las lluvias arrasadoras, de las numerosas lloviznas, las heladas, el frío, la escarcha, y sobre todo ello, las excursiones de caza o de pesca que ponían tan contento a mi perro, cuando atravesábamos potreros y saltábamos alambrados a campo traviesa, mi padre con su escopeta, el perro cinco metros delante “apuntando” alguna perdiz, y yo, con mi bolsito cruzado sobre el pecho, vacío por ahora, mientra no hubiera piezas que cobrar.
Y luego todo ese campo en calma como una mujer dormida, con el vuelo de sus garzas tan blancas y sus gaviotas y sus flamencos como una línea roja sobre el horizonte de papel maché celeste, sin una nube navegando por ese cielo marfilíneo, los patos que vuelan bajo sobre el espejo de esa laguna, donde ya las bandurrias festonean sus orillas, en ese lugar mágico y hoy recuperado que todos en un tiempo llamábamos Punta Margarita.






Historias de vida
Juan, el criancero del canal*

31/07/2011


La poliomielitis le impide caminar desde los 6 años, pero no se rindió.
Con un carrito tirado por perros saca a pastar a sus chivos.



Sentado en el carrito en el que se traslada, que ubicó en una posición estratégica sobre una pequeña loma frente al Canal Principal a la altura de J.J. Gómez, Juan Alberto Leiva parece tener todo bajo control. Desde allí domina el panorama: ve pasar las camionetas y las máquinas del Consorcio de
Riego del Alto Valle, las chatas de los chacareros que traquetean los caminos de tierra y piedras de ambas márgenes, la casa de ladrillos abandonada 50 metros a su derecha, los yuyos y las plantas que sobreviven al frío y el lecho casi seco, con algunos charcos esparcidos y tramos más extensos con unos 10 cm de profundidad. Pero, sobre todo, observa a su rebaño de 130 chivos que pastan en los alrededores. Si alguno se desbanda, como esos diez que ahora bajan a tomar agua al cauce, le basta un grito seco y grave para que Choco y Negra corran hacia ellos y con un par de ladridos y algún amago de tarascón pongan las cosas en su lugar.
Con los chivos otra vez arriba, Juan cuenta su historia, la del chico al que la poliomielitis le arrebató la movilidad de las piernas cuando tenía 6 años.
-Antes de eso caminaba un poco y me caía. Después, no pude caminar más. Ni con la rehabilitación, ni con las operaciones, con nada -explica sin un gramo de autocompasión. Ahora tiene 37 y vive con sus padres y uno de sus siete hermanos en un puesto a unos 3 kilómetros de aquí. Es un día de invierno con niebla y choques en la Ruta 22, pero diáfano en el canal hasta el mediodía, cuando las nubes cerraron el cielo. Juan se protege del frío con una gastada campera marrón y un gorrito coya.
-Yo tengo pies. A veces intento pararme, pero no hay caso, me voy para abajo -agrega. Desde pequeño se moviliza en silla de ruedas, pero para salir con los chivos usa el carrito que le preparó su hermano el Negro, con el que se enorgullece de llegar a los 60 km/h: tres ruedas de bici, elásticos de una cama como soporte, la caja de metal donde va sentado sobre sus piernas dobladas, manubrio y pedales a la altura de sus manos y la potencia de Choco y Negra, que ya regresaron de su misión y están echados a sus pies. Hay otros tres perros alrededor: el aprendiz de tirador Mono y la pareja de custodios, el gran danés Sansón y Jura: no trabajan con el rebaño, pero defienden al grupo si son amenazados por otros perros.
-Yo les chumbo y ellos van. Y la pelea termina cuando los otros perros están muertos o se escapan -relata para explicar la ley del canal.
La idea del carrito al estilo trineo se le ocurrió una vez que tuvo que ir hasta Roca. Llegó agotado después de recorrer 5 km y al final, ya en la ciudad, le ató una manga del pulóver a su perro de entonces, Colita, y la otra a la silla de ruedas. Así transcurrió el último tramo, entre miradas
curiosas de los vecinos. Su amigo Rubén Campos llevó su lucha contra la enfermedad y la necesidad de una nueva silla hasta el "Río Negro", que publicó un artículo que conmovió a un grupo de bomberos de Piedra del Águila, que un día se le aparecieron en el puesto con lo que necesitaba más un par de botas de caña. Era 1993.
-Cinco años me duraron esas botas -recuerda Juan, con algo de nostalgia. Y cuenta que después también salió en el diario en 2002, cuando se le incendió el cuatriciclo un día de sol furioso en el que salió a buscar a un chivo extraviado. Se arrastró y se lastimó para volver a su casa, hasta que un vecino lo subió a su camioneta y lo llevó.
-Era un cuatriciclo chico, de 50 m3. ¿Sabe cuánto me costó? 3.500 pesos.
Pagué 2.000 con la plata de unos chivos que había vendido. Y el resto en cuotas de 90 pesos. Mi pensión por discapacidad era de 97 pesos, así que me quedaban 7 para volver en taxi -explica.
Ya es hora de regresar a casa. Le basta un golpecito en el manubrio para que Choco y Negra se incorporen. Y un chistido para que salgan arando.
-Fíjese la velocidad -alcanza a decir antes de perderse en el camino. Hay pozos y el carrito salta, pero él se ríe mientras el carrito se bambolea o derrapa en la arena. El velocímetro del auto de "Río Negro", que lo sigue, marca 45 km/h.
-¿Y nunca volcaste?
-Sí, un montón de veces, pero ahora difícil, ya tengo cancha -responde un kilómetro más adelante, antes de cruzar el puente. Los perros ladran y ningún chivo equivoca el camino. Ahí va Juan, a cargo de esos 135 animales que obedecen sus gritos y silbidos. Todos hacen un kilómetro más por el asfalto poceado y luego giran 50 metros a la izquierda. Ahí viven. Es una casa de material, de tres ambientes, con un puñado de vecinos esparcidos en los alrededores de Colonia 17 de Octubre. El más cercano está a 200 metros.
Hay electricidad, pero el gas y el agua se quedaron a un km.
-Ojalá llegara el gas. Usted no sabe lo que lo necesitamos. El agua la trae la municipalidad y la descarga en ese tanque de 500 litros. Hay que ir a pedirla unas tres semanas antes de que se acabe, porque a veces tardan mucho y podés llegar a estar un mes sin agua- dice. Enfrente, apilan la leña con la que se calefaccionan, a 900 pesos o tres chivos la camionada. Mientras los animales entran al corral, Juan cuenta que el año pasado se murieron muchos, porque faltó pasto.
-Y al precio que está la leche, difícil darle a las crías -afirma mientras hace girar las ruedas del carrito con las manos y se mete en el living. Ahí están las fotos de los hermanos, los cuadros de caballos, la silla de ruedas que le prestaron y la tele donde mira sus programas preferidos: las películas de vaqueros y las aventuras de Tom y Jerry.
Cada tanto pasa algún vecino a ofrecerle un perro tirador. Él los examina con un golpe de vista. "El que va a tirar ya se conoce. El que viene vago, viene vago" -explica y recuerda que una vez le envenenaron cinco.
-¿Por qué? No sé, uno era muy bravo, por ahí por eso -dice y cuenta que él sale todos los días con sus chivos, llueve o truene.
-Es que si no sale no se halla -dice su mamá, Robustiana Veloso. Luis, el padre, minero de la bentonita toda su vida, calienta algo en el horno de barro. Juan cruza otra vez la puerta. Afuera, ya se ha despejado: el sol entibia y el viento levanta polvareda. Se acerca al corral.
-Parece que va a estar lindo, mañana voy a salir bien tempranito -dice Juan y se despide con una sonrisa.


*javier avena. javena@rionegro.com.ar

*Fuente:http://www.rionegro.com.ar/diario/rn/nota.aspx?idart=675242&idcat=9521&tipo=2

-Enviado para compartir por Iris. iris_neuquen@yahoo.com.ar






Mudanza al infierno*



*Por Lourdes Uranga López. lourdesuranga@hotmail.com



¿Cuántos infiernos me esperan en la vida? Si éste se prolonga no saldrénunca más; regresaré a la posición fetal y jamás caminaré en dos pies.
Regresaré a la oscuridad nunca conocida, a la animalidad humillada.

Entré (entramos[1]) por un estacionamiento, de ahí me bajaron, siempre sometida, siempre bajo la superficie del suelo; focos y rendijas que no hacen sino gritarme sobre la falta de aire y luz natural. Estábamos los ocho.
Llegamos juntos: Roberto, Paquita y su amigo, Elena y yo. En esas mazmorras ya estaban, Pancho, Margarita y Carlos. Ahí nos juntaron y aunque ya nos habían reunido en el sitio de detención clandestino, no nos habíamos visto.
¡Ahí nos vimos, en la presentación que hicieron a la prensa! flashazos y preguntas que nos hacían sentir que seguíamos vivos aunque acosados, como vacada a la entrada del matadero.
Bendito el día en que demolieron Tlaxcoaque, debieron invitarnos. Siempre soñé con poder participar en ese trabajo humanitario, poner una bomba generosa que destruyera esa cloaca. No estaría mal; había que castigar ese pasado destructivo más allá de lo humano, más allá de lo posible... Yo estaba sola en una galera para 14 o más. ¿Una galera muda? ¡No! La mugre también habla. La soledad grita, me gritaba, aquí se ha doblegado a la humanidad, se ha envilecido al hombre y a la mujer, se le ha acostumbrado a la miseria, a la vida retorcida, a la inmundicia, a la oscuridad, a la injusticia, a la degradación. Nadie me había hablado de Tlaxcoaque pero me bastó ese día o esas horas para reiterar que la revolución es necesaria. Y lloré, pero no por mí sino por cada persona que dejó ahí su mensaje de mugre, su mensaje de soledad, de sangre, de microbios muertos a falta de anfitrión en donde multiplicarse, muertos de esperar, microbios muertos de competir entre tanta mierda. La cloaca abierta con todo su muestrario de
inmundicias, formato tumba, ratas nadadoras que desafían el tifo y otras cuarenta enfermedades, para pasar orondas por la galera, dueñas indiscutibles del reino de la fetidez. Y yo segura que de ahí -si es que salgo- seré una mutante llena de plagas, no sabré hablar, habré perdido mi capacidad de comunicarme con otros seres humanos. Las últimas personas con las que he hablado han sido policías; ellos también están mutando de la degradación a la nada.

Mi entorno es Tlaxcoaque; las pequeñas ventilas que dan al nivel del suelo de la calle exterior están en los pasillos, no en las galeras, no en los sótanos. Mi conexión con el mundo son mis compañeros a los que veo en los momentos de las entrevistas a los diarios. Los periodistas fueron los que nos informaron que eso era Tlaxcoaque. Mi conexión es también una pequeña llave de agua donde lavo, maniáticamente sin jabón, mis manos, mis pantaletas, la parte de los pantalones que han estado cerca de los genitales, y los sacudo sin osar colocarlos en ninguna parte. ¡Todo es tan sucio!

Cuando emprendí esta pequeña limpieza me tuve que quedar desnuda de medio cuerpo; cuidando que el guardián no estuviera cerca. Nunca había estado tan desnuda, tan vulnerable como si unos ojos pudieran liquidarme.
La galera tenía aproximadamente doce metros de frente a un pasillo por dónde pasaba la vigilancia, pasillo de rejas, sin sitio alguno, ni cosa alguna con que arropar mi desnudez. Intenté reconocer la parte interior de la galera por si tenía que refugiarme en la oscuridad, estar segura de dónde poner mis
pies, la galera no tenía sino las planchas de cemento, un escuálido foco en el pasillo que aventaba una tenue penumbra al frente de la galera, en el mismo frente pero de este lado de las rejas, estaba el grifo, y una pequeña cañería debajo. Al intentar limpiarme me exponía a los ojos homicidas, sacudir y volverme a poner la ropa húmeda era la única solución. Una vez logrado, cansada, venzo mi repulsión y me siento en una litera apenas alumbrada. Reflexiono en el foco y el agua, los veo como un contacto con la
actividad humana inteligente, como los libros que no tengo. Sin darme cuenta comienzo a cantar un suave arrullo, me estoy arrullando ¡me estoy consolando! Y, el sueño me vence y duermo en la cama de cemento cuarenta centímetros levantada del suelo. Pienso en mis compañeros - tan ultrajados como yo- no saben cuánto los amo.

Cuando el celador me llevaba al galerón, me dijo que debía portarme bien, porque en caso contrario me enviaría a una celda con hombres para que me violaran. No le hice caso, pensé que tenía órdenes precisas sobre nosotros y sólo me decía eso por bocón. De otra manera no se podía explicar que cada uno de nosotros estuviera en una galera que sirve para un montón de desventurados, en lugar de una celda individual. Veinte literas de cemento(¿camas?) para yacer y sí entran más desdichados, no importa.

Habían desalojado Tlaxcoaque para nosotros. Pensé en mi madre que seguramente ya habría recorrido muchas cárceles buscando a sus hijos; y en mis hijos con un estremecimiento más, deseando que el odio que me tenía su padre, sirviera para alejarlos del drama que estábamos viviendo.

Mi humanidad bajo tierra, pero no en la tumba honorable, no en la región de la transformación de la materia en su canto a la vida, sino en la región de lo innombrable, de las regresiones insondables.


[1] El verbo llegar implicaría voluntad por eso empleo entrar, aunque sería más preciso fui llevada.






UN SOLO CAMINO*


Solo un dios, decenas de magos.
Escucho tu voz, del bosque cercano
Pidiendo que el agua te quite la sed,
Rogándole al fuego caliente tu cuerpo.


Me besas con ansias, de forma sincera,
Te miro del alto de una montaña y...
Sonríes con tanta inocencia, que logras,
Así, que el Halcón, no pueda dañarte.


Manejas la vida con tu juego de cartas,
Tus consejos son buenos, pues miras el alma.
Te dice la bruja: háblale a los extraños,
Él es cazador, y sabe cuidarte,
Sin ser de tu mundo entiende tus labios.

Le dices “escoge una carta”; él toma en sus manos
La suerte de sabios; se ve una pareja, ya retirándose,
El sol los espera y solo hay encanto, ni dios, ni los magos,
Pusieron su gracia...
Son seres humanos.



*De Mario Quiroga Fernández. jossuexy56@yahoo.com
Cuba, residente en México




*

Inventren Próxima estación: SANTOS UNZUÉ.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/




InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

miércoles, agosto 03, 2011

EL TIEMPO ES RELÁMPAGO...



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
-La Habana. Cuba.



ESTAMPAS*




I


Dejé de llorar por mí,
las lágrimas no restañan
las heridas de la vida.
Cavé un hambriento pozo
que deglutió mis angustias,
les apagué la luz
y las dejé dormidas.
Mi risa en cascabeles
sonaba a campana antigua,
para el afuera insensible
mi nostalgia era alegría,
era azul, anaranjada,
destellos en el espacio
lavados por la llovizna.



II


Las partidas son
viajes sin retorno.
El tiempo es relámpago
que deja secuelas
porque imprime daños,
heridas sin cura
por ninguna magia.
Pero quedan las imágenes
custodiadas por guardianes
que celosamente impiden
que se conviertan en nada.
Y ocurre un raro misterio,
el nombre que le pusimos
a los adioses furtivos
vuelven todas las noches
a velar junto a la cama.



III


Sueño con el eco
que guardó suspendido
entre dos deseos
de alcanzar utopías.
El grito se expande,
golpea y regresa,
nos dice que existe
cuando es solo un grito.
Y nos esforzamos
por buscar respuestas
a preguntas que exigen
que el eco responda.




IV


La gran aventura,
hallar el camino.
Tiene tantas cruces ,
tantos ecos yermos,
tantas fantasías
montando dragones
que no vemos claro
cual es el sentido
de horadar rincones,
barrer los senderos
para hallar la meta
que nos justifique.



V


No puedo pedirte
que esperes regresos,
hice mis valijas
y casi he partido.
¿Por qué me detengo?
Me angustia el olvido,
ese gran gigante
que al cerrar la puerta
tomará mi cama,
quemará mi cofre
sin mirar adentro,
borrará mi nombre
de todas mis huellas.
Por eso he dudado
y postergo el viaje,
me asusta la nada
dueña de la casa
que será anfitriona
cuando yo me vaya.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar









Querido hijo*


Hace bastante que no te escribo y es que no quiero ser pesada, como dicen los adolescentes. Ja. Pero bueno a mis años, aunque intente renovarme, el peso de mi experiencia me hace ser así.
En ese espejo de tu figura esbelta y varonil, en ese reflejo de un sabroso porvenir, soy testigo de tu fortaleza. Allí descubro en tus carriles, tus aspiraciones por encontrar tu verdad y de afianzarte en tus pasos. Presiento la firmeza de tus convicciones, la frescura de tu amor y defensa por la autentica amistad.

No es tu lozanía semejante a la que pasé. Era otra época, pero creo que sin tenerlo tan claro, tenía utopías parecidas.
Pero… no se me ocurría, reflexionar y cuestionar tanto al mundo de los adultos. Si mal no recuerdo, no teníamos esa oportunidad. Estábamos sumergidos en lo que se debía hacer, quizás porque era del sexo femenino y mi vida transcurría entre el trabajo y el estudio como para poder llegar a tener un título profesional y casarse. Había que tener un marido para toda la vida.

En cambio vos tenés las cosas más claras. Creo, que vislumbras más oportunidades para elegir sin tantas estructuras convencionales, aunque aún existan.

No se cómo expresarte mi admiración en tu forma de ver las cosas. Para vos los acontecimientos son más flexibles y los podes sortear con el ímpetu de lo que son. No con tantos redondeos o cuestionamientos como los de las personas mayores.

Así en el transcurrir de tus acciones, observo tu deseo de independencia, tus proyectos más amplios y siempre la impronta de llegar a la autenticidad. También, tu afán de ser una persona verdadera, que no teme quedar mal o pensar en el qué dirán los demás.
Tu inteligencia, también es diferente. Podes estudiar con música de compañía, mirar programas políticos y bajarte de Internet canciones para tocar con tu guitarra. Casi todo eso al mismo tiempo!!!!.
Sabés elegir con total desparpajo lo que tu apetito desea almorzar. Con la sabiduría y la disposición de un gourmet, te dedicás de lleno a homenajearte con un delicioso plato de fajitas mejicanas o unos sorrentinos de jamón y muzzarela con tu salsa artesanal preparada junto a tu abuelo italiano. Compartieron tanto tiempo para elegir los tomates especiales, hervirlos y envasarlos en las botellas de vidrio! Haciendo un glamoroso ritual de cumplidos a la naturaleza.

Así, como en tus relaciones de amistad, tus compañeros te reclaman para estar contigo (es recíproco). Siempre hay un momento para compartir las risas, las aventuras y los viajes. Las llamadas incesantes, los mensajes de texto en forma simultánea y el arreglar la hora de los encuentros, disponen para la fiesta de estar en complicidad y alegría.

Tantas cosas no te he dicho, tantas otras por decir. Pero creo que por ahora ya es suficiente.

Te quiero mucho. Mamá.-



*De Azul. azulaki@hotmail.com







Copete*


Estás copete me dice mi hijo
Y también un amigo de él
No entiendo el lenguaje de los adolescentes
Que difícil es estar con ellos,
Equipararme a su modernidad

Yo, a mis años estoy saboreando un fernet con cola
La bebida provechosa que tomaba mi abuela
Como una medicina para la mejor digestión

Una aventura entre distintas generaciones
Intentando saber que siento

El copete que sube y baja
Como un juego entre los límites
De la juventud y la antigüedad

El abismo de un lenguaje diferente
Ente los distintos paradigmas de la sociedad.

Podré incluirme en ellos
Quien soy, quien quiero ser
Saltar del barranco de la discreción
Y embriagarme entre la utopia
De la moderación y la insensatez.

Don copete, coquetear con un fernet
Brindar por los más jóvenes
Y recordar a mis abuelos

Ellos que han sido un ejemplo estupendo
De mis presencias, reminiscencias

Y en el momento actual de los que transitan
Los gritos, la música y la inquietud

Las aventuras de mamá en su afán
De paladear el amargo pero intrigante
Sabor de la complicidad.-



*De Azul. azulaki@hotmail.com
Para mis enormes afectos.








La desgracia*



*Por Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com



Pedro levantó la vista.
El calor era pegajoso, polvo y paisaje desvaído flotaban ante sus ojos.
—Debe pasar los cuarenta grados... —se dijo en voz alta, mientras maldecía su suerte.
Los rieles, que atravesaban la ruta luego de un badén, semejaban dos reflectores metalizados.
Brotando en aridez y soledad, un fondo de brumosas siluetas elevadas volvieron a hacerlo reflexionar.
—Espero que en las sierras el fresco me ayude a llegar...
El temor a amodorrarse anidaba su mente entumecida, y la voluntad aprontada encajaba los dientes para neutralizar fatigas.
Febril, la vista fija en el camino polvoriento y secundario le hizo reparar en la depresión que lo dejaba bajo nivel.
—Lo que me faltaba —pensó—, justo ahora, y seguro que no se ve nada...
La camioneta derrapó ligeramente hacia la derecha y su visión quedó anulada hasta algunos metros del paso.
Al frente, y muy lento, emergió un camión gris.
Pedro fijó su atención en el paragolpes y en la leyenda que titilaba su amarillo fosforescente: "La esperanza es lo último que se pierde". Sacudió la cabeza mientras el rodado se le desvanecía en el espejo, como los sueños.
Las ventanillas levantadas a causa del polvo apagaban los rumores exteriores.
La camioneta remontó rugiendo y se bamboleó a ambos lados antes de afirmarse bien.
Aseguró las manos al volante, eligiendo no terminar en la banquina gredosa. Corrigió la trayectoria, una vez más, con enérgico movimiento y pisó el acelerador, sonriendo.
La inminencia del salto sobre las vías lo tensionó, anticipando el golpe en los riñones.
Se aplastó en el asiento, sintiendo que dominaba la marcha.
Las ruedas delanteras, elevadas, presagiaban.
Ya estaba en el aire, cuando, tarde, una sombra larga, agusanada, a su derecha, le marcó la presencia del tren carguero.
Sólo tuvo tiempo de volver la cabeza.
La locomotora naranja se le echaba encima, como un presagio.

La violencia de la catástrofe fue frontera.
Pedro despertó convulso, sudado y aferrado a sabanas remendadas pero limpias, según Marta, que transparentaban el colchón comprado meses atrás, en cuotas duras y lejanas.
Trató de no moverse mientras los latidos le trajinaban el pecho, desenfrenados.
Su mirada recorrió las paredes descascaradas; cielorrasos podridos y colgantes amenazaban la colcha divisoria.
Del otro lado, las hijas se apretaban en el sofá que el primo Emilio olvidó en la mudanza.
Lentamente, los ojos, algo desorbitados todavía, descendieron para detenerse en el hueco que el peso del cuerpo embarazado de su mujer y un elástico quejoso habían elaborado, cómplices con la fatalidad.
Cara al techo y siguiendo el derrotero incierto de una araña, concentró su atención, dispersa por la pesadilla.
El rostro circunspecto del jefe de reparto en la fabrica volvió a aparecérsele, pesaroso en sus gestos, para anunciarle la suspensión “por un tiempo...”
—Como usted sabe, las cosas no andan bien para nadie.
Su vista se clavó en la acompasada respiración del vientre gestante.
Pensó en los quince días que le faltaban a Marta para alumbrar y reflexionó sobre la dura realidad.
Los pocos pesos que le quedaban irían al alquiler, a la cuenta de luz, y a los pasajes de las chicas, que tomaban el micro para ir a la escuela; sin contar la comida y otros gastos.
Todo o nada para salir del paso hasta que consiguiera un rebusque salvador. Pedro era un tipo esquemático, ajeno a divagaciones, permeable a la desesperante situación que lo circundaba. Sus puntos de referencia, escasos.
Sin parientes, salvo Emilio, el del sofá, cuya mujer con un marcapasos y cuatro niños que atender eran una carga suficiente.
Una marioneta que le servía en sobremesas de vino y nostalgias de España o broncas, por trabajos condenados al fracaso antes de empezar.
Después de los cuarenta, las puertas están tapiadas.
—Y eso que les regaló el aporte jubilatorio... —rezongó. Fue como dote, tributo o coima capaz de comprar, algunos días al mes, un poco de dignidad.
Pero Pedro era optimista. Todas las mañanas, en inútiles madrugones, se despedía de su mujer prometiendo regresos triunfales, eludiendo el silencio elocuente de sus ojos oscuros, cansados de interrogar, y sus manos agrietadas en piletones de agua helada, que no se cerraban ya para la caricia; ésta era un recuerdo.

Somnoliento, recordó la imagen de Castillo, el almacenero, con quien, además de deberle parte de lo comprado, compartía el paso de Barragán, el quinielero.
A Carlitos Barragán, los vecinos lo esperaban como su mesías.
Con unos pesos los podía salvar de, por lo menos, un día de rutina igual a vino barato, con destino cirrótico, o el sudor impotente a la hora del amor.
Carlitos Barragán, mesías del número imposible, pasaba diariamente cobrando, pagando y fiando religiosamente, como predicador de ocasiones sagradas.
La esperanza alimentaba su clientela.
En eso, Carlitos Barragán era Dios... Sí, a veces perdonaba.
Pedro nunca jugaba.
Siempre le recomendaba a Marta que no lo hiciera.
—Pensá que si sumás las pérdidas, el día que acertás, con lo que te toca, nunca recuperás lo invertido... —sentenciaba.
Sin embargo, esa mañana, luego de la pesadilla, un presentimiento extraño lo invadió, y la urgencia, anormal, lo incitaba a salir buscando algo que ni en los peores momentos había cruzado su lineal cerebro.
El día gris y lo incierto de la hora; su reloj, regalo de mamá Andrea, quedó demorado en alguna cuota; le hicieron vestirse a prisa y en silencio. Marchó sin los dos mates reglamentarios, no más, para evitar que se “lavara” y pudiera “seguirlo” su mujer.
Procuró no hacer ruido al abandonar la pieza.
En la calle, la brisa helada se estrelló en su carne como un latigazo invernal, imprevisto.
Indeciso, sus pasos lo llevaron al almacén. Castillo no estaba.
—Fue a lo del mayorista... —informó su mujer, adusta como la mañana—. Dese una vuelta dentro de un rato, al mediodía seguro que vuelve... —amplió impasible.
Agradeció con el gesto y partió a la inclemencia familiar.
Recorrió calles y plazas desiertas, haciendo tiempo; la indigencia permite intentarlo, porque es gratis.
Retornó con la idea formada, el apuro ya era sólido y coherente.
La cara colorada por el frío y el alcohol de Castillo parecía una promesa.
Casi sin saludar relató la pesadilla.
—Dígame, Castillo, ¿a qué hora hay jugada?
—¿Cuál es el número?
—¡Yo sé que usted sabe de esto! —enfatizó—. ¿Ya pasó Barragán?
Un tropel de ansiedades mató el parloteo habitual del almacenero. Malhumorado por la reposición de mercaderías y su recargo esterilizante —los precios no podían trepar—, lo demoraron y le hicieron resoplar antes de responder. Apreciaba al hombre.
—Pedro, no recuerdo el dato y tampoco quiero quemarlo interpretando mal el sueño. Además —dijo procurando tranquilizarlo y en tono fatalista añadió—: Carlitos vino a las once; hoy, la jugada es a las dos de la tarde y todavía tiene recorrido antes de pasarlas. Si quiere, intente darse una vuelta por el boliche de los turcos.
Urgencias desesperaban la cara de Pedro.
Castillo le dio la dirección.

Puertas agitadas en la partida enviaron chorros de aire frío, devolviéndole destellos de tardía comprensión. Una luz repentina se hizo en él. Torpemente, sorteó cajas y bolsas desordenadas en el piso, para llegar a la puerta con el mensaje. Sin aceptar su propio apuro, gritó:
—¡Pedro! ¡Accidente! ¡Una desgracia! ¡El diecisiete es el número! ¡La desgracia!
Quedó desalentado en la acera desgarrada, irregular, coincidente, mirando el micro azul que se alejaba llevando a Pedro y su incertidumbre.
Nervioso y acuciante, Pedro consultó la hora y la demora.
Del lugar del descenso debía caminar cinco cuadras y dudaba de llegar a tiempo.
Esos “cierres” son inexorables, como el destino.
Las luces intermitentes del semáforo parpadeaban sobre el pavimento húmedo, cuando Pedro y su angustia abandonaron el micro en busca de la referencia que lo llevara a Carlitos Barragán, el quinielero, el mesías, el objetivo.
Estrujaba el dinero. Lo apretó fuerte, ocultándolo en la palma de su mano.
—¡La hora! —se dijo.
Recorrió la avenida y sus cuadras necesarias. En la próxima esquina cruzaría, y allí nomás estaba el almacén de los turcos. No quería preguntar más, para evitar enloquecer por presunción. Su primera jugada; Dios era justo, tenía que ayudarlo.
Su mente sobrevoló miserias.
El parto inminente y sin esperanzas.
Además, recordó, un trabajo ya es historia.
Pensar está prohibido.
—¡Pedro, no te distraigas...!
El aviso tardó lo que debía y, cuando alzó su vista, la mancha gris del camión estaba encima de él.
El impacto sordo; la muerte sigilosa y artera se perdió en la tarde.
Ni siquiera ruido, como derecho a protesta.
Uno se va, inadvertido.
Llovizna, contorsión y asfalto.
La línea roja abría surco en la superficie sucia y resbaladiza, rumbo a la alcantarilla.
El diariero de la esquina ni volvió la cabeza.
Más tarde, el camión de reparto cumplió su cita.
Los diarios cambiaron de mano.
Al subir al micro, que estaba repleto, por supuesto, el “canilla” acomodó el paquete en el plástico protector, bajo el brazo.
—¡Quinta...! —gritó.
Hojeó la tapa.
—¡Quinta...! ¡Salió el diecisiete en la Nacional! ¡Salió la desgracia! —aulló en coral redundante.
El conductor del micro disminuyó la marcha; una ambulancia aguardaba que recogieran el cuerpo tapado con empapelado piadoso.
—¡Quinta! ¡Salió el diecisiete! ¡La desgracia!
Por el espejo lateral, la ambulancia emitía guiñadas rojas. Delante circulaba un camión gris; el micro superó su línea. El conductor, maquinalmente, espió la imagen de su paragolpes abollado. Allí titilaba una leyenda amarilla, fosforescente: “La esperanza es lo último que se pierde”.







ÁNGEL TRISTE*


Ángel de carita sucia
Que devoras un trozo de pan
Mientras miras al mundo, temerosa,
De que esta dicha también te sea arrebatada.

Conozco tu deambular en las calles
A solas, fugaz compañera de la luna,
Presa fácil de los depredadores
Protegida por las sombras que te acogen.

Sé de tus lágrimas, tu hambre y tus temores,
De la ausencia de besos,
De hogar,
De la falta de todo,
Menos, tal vez, de pesadillas.

Hundiendo los pies en el barro,
Sueñas con Jauja,
Con Nunca Jamás,
Con la Tierra de las Maravillas,
Aunque no sabes nombrarlas.

Mas no hay para ti alfombra voladora,
Ni viajes a través del espejo,
No habrá juguetes bajo la almohada.
No te rescatará de las fauces de la bestia
Un príncipe azul, ni un hada,
Quizás ignores el nombre de tus sueños,
Nadie te lee cuentos.

¡Si pudiera, ángel triste,
Llevarte donde voy!
Si con un solo verso
Lograra regalarte una sonrisa...



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






Cuatro personajes en busca de perdón*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



La Presentidora se pone los anteojos oscuros y sale (una vez más) del oráculo. Los admiradores no la reconocen, no la persiguen, y en el anonimato puede trabajar sin encargos ni recomendaciones. La densidad del aire es omnisciente. Todos los que respiran dejan un halo de remolinos, de alcohol,
de azúcar, de bilis, de fármacos. La Presentidora tiene un don para perseguir esa huella, para adivinar en los jadeos el origen de la asfixia.
Por brutales que parezcan, sus vaticinios siempre están precedidos por un gran estremecimiento que se apaga de golpe y se acurruca a los pies, como un cachorro herido. Presentir no depende de su voluntad pero al hacerlo cree en ello compulsivamente. Su estilo adivinatorio requiere formas de amor inaceptable. Demanda una atmósfera erótica y fantasmal. Instaura un vínculo entre el pubis y el alma. Presiente como un previvir. Aunque el presentimiento no pueda ordenarle los huesos. Presiente como un premorir aunque la vida vaya y venga como una niña que tarde o temprano comerá un sódico azucarado para matar hormigas. Y aunque no haya conexión evidente entre la Presentidora y lo presentido son un mismo punto de un mismo caos.


*

El Imaginador Vicioso, loco de pájaros, traba la puerta de la noche con los brazos y envuelve el corazón en papel de diario. El Imaginador peinado suavemente por el soplo de los astros, sueña una mujer cuyo secreto heroísmo excede todo lo que haya imaginado. Más aún: desde que ella le acentúa las vocales y le restituye las eses que se aspira, él se siente gracioso, moreno, deseable. Le parece que es capaz de evocar a voluntad el sabor sexual de toda madrugada y convertirse él mismo en la sinuosidad de la
noche. Más allá de la orina y de los cisnes, de las cuñadas y los sauces, cree que ya no anda como viejo perro aletargado porque, al cerrar los ojos, tiene a la mujer que sueña. Trabaja el día entero hasta la noche quieta, y trata de dormir con toda su vejez de animal castrado. Cuando no imagina, el Imaginador Vicioso asiste a la mímica del afecto, a la pantomima de la costumbre, a los mohines del cariño, y la noche se le cierra como un ojo de cíclope atravesado por la palabra hombre. El Imaginador Vicioso vicia en el
borde filoso del sueño y desnuda el sexo solo como quien no quiere la cosa, seguro de que la mujer soñada desatará, con una sola mano, el aullido de quien la sueña, a espaldas de lo no soñado.


*

La Contempladora no se centra en sí misma. Su existir surge de la experiencia exterior, con la que conserva un vínculo estrecho. Los fluidos del entendimiento y del amor se derraman sobre lo mirado. La vida, tal como pasa por delante de sus ojos, es una fuerza creativa. La Contempladora contempla lo contemplado que no puede ser separado de su mirar sin que pierda el sentido. Con los ojos un poco grises, un poco ciegos, un poco verdes, entra en lo mirado con furores y cornisas. Ella ve en primer plano lo que el mundo apenas se atreve a mirar con el rabillo del ojo. Ve a la prostituta en el trono. Ve la mala suerte especial que ataca a los hombres al final de sus viajes. Ve el ratón que roe la basura de una familia. Ve el cadáver alegre de las señoras. Desde la primera mirada hasta el timonel su contemplación rescata el misterio que experimenta un hombre al salir de su casa una mañana como ésta. Desde la primera mirada hasta el perfume de lilas, su contemplación observa el abúlico latrocinio de sueños de las mujeres, de los hombres y de los pájaros. Su fatalidad consiste en descubrir que la vida es un apaño sexual sumamente importante pero no demasiado vívido.


*

El Fulgurante Definido ha llegado a concluir que el placer es una ilusión, el amor una puta portuaria, el dulce tañer de campanas una terrible pesadilla, la ética un castillo de naipes, el supermercado una sucursal del infierno. Todo su fulgor definitorio lo lleva a guiarse por un hilo invisible. Esta mañana, al abrocharse la bragueta comprende que su dicha viril quiere ser algo vívido. Comprende que el resultado que da la suma del aguinaldo, más la abundancia de señales que soslaya, más la tristeza que no debe admitirse, más la edad evolutiva de su matrimonio, más la ansiedad sofocada con el vino, alcanza para considerar que su vida no ha sido amasada por una pareja en celo en un hotel de las orillas, sino por un par de neuróticos aburridos de tener que fornicarse, esporádicamente, sin pena ni gloria, hasta la eternidad. Y ésa es la fulgurante emoción de sus definiciones, que en general ocurren cada mañana, al momento de abrocharse la bragueta.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-29569-2011-07-16.html







Interferido*



Había sido en soledad y adolescencia
cuando creando yo las delicadas condiciones
para que con la eyaculación
adviniera el orgasmo
te / me apareciste
y me / reconviniste

"En soledad, no", dijiste
y de mi adolescencia hiciste
lo que quisiste.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





Correo:



Sobre traiciones y monas de seda*


Cuando alguien se torna traidor, no es que mutó, siempre fue traidor nato.
Cuando la oportunidad de trabajo pretende justificar la destrucción del medio ambiente, los trabajadores, si quieren, siempre pueden tener una oportunidad para DECIR NO, ESTO NO SE HACE.
Cuando las minas nos perforan el futuro y se llevan el oro, la historia podrá juzgar a los cipayos pero, mientras, somos nosotros los que sufrimos el desastre y nuestros nietos los que pagan el falso tributo.
Cuando los Gobiernos se presentan bonitos, pero en derredor fluyen la entrega, la muerte y la miseria, ni son gobiernos ni son bonitos, son solo gerentes cipayos de los intereses internacionales.
El Pueblo puede ver a la mona vestida de seda y miles de ciudadanos pueden intentar mostrar las hilachas de su falsa vestimenta, pero sucede siempre que la mona sigue siendo mona, pues el Pueblo, antes durante o después de la mona-rquía se dará cuenta de lo que realmente es y representa.
No hay despertador que sea pequeño, siempre que tesoneramente marque la hora que, algún día, será la señalada.


*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
Ingeniero White, Agosto 1ero de 2011




*



FERIA DEL LIBRO TANDIL 2011


Sábado 6 de agosto (Sala Ernesto Sábato)
Cámara Empresaria (Mitre 856, Tandil)


- 18 hs. HUELGAS Y CONFLICTOS FERROVIARIOS. Los trabajadores de Tandil en la segunda mitad del siglo XX, H. Mengascini, Prohistoria ediciones, Rosario, 2011.

Comentaristas:

Olga Echeverría (IEHS/UNICEN/CONICET)
Daniel Dicósimo (IEHS/UNICEN)
Ismael Fuentes (Ferroviario de Tandil desde 1949 hasta 1992 - Dirigente de la Unión Ferroviaria y del Personal de Dirección)


- 19 hs. VÍAS ARGENTINAS (ensayos sobre el ferrocarril), autores varios, Milena Caserola, Buenos Aires, 2011.

Presenta: Matías Reck.




*

Inventren Próxima estación: SANTOS UNZUÉ.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/




InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.