Thursday, August 04, 2011

BAILAN LOS PERSONAJES DE LA AMBIGÜEDAD...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu



Redes*


En un puñado de redes azules
Bailan los personajes de la ambigüedad
En el vibrar de los hilos que teje la araña
El odio y el amor se entrecruzan
El calor y el hielo de las miradas
Laten en escritura sutil
La envidia y la pureza se fusionan
En un entretejido de aparente suavidad

Entre el abandono y la compañía
Entre el sueño y el despertar
La estrella de los espejos
Desliza máscaras empalagosas

Donde está el verdadero amor
En qué línea se enuncia la poesía
En cual hilván se suspende la verdad
En que punto del tejido me ubico
Dejando que la brisa ilumine
Y localice la paz.



*De Azul. azulaki@hotmail.com
3/8/11








PUNTA MARGARITA*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Hoy seguramente del lugar nadie se acuerda, salvo algún memorioso empecinado, como yo.
Enterarme del nombre, como quien dice, fue como un aprendizaje, porque cuando me desayuné, largas lunas y soles salitrosos me habían percudido el cuero, pese a que el lugar en sí no era una novedad para mí.
Creo haber observado ese lugar en algunas de las incursiones de caza a las que me llevaba mi viejo, munido de su escopeta de un caño, belga, y su viejo revólver Orbea, 32 largo, que usaba para hacer puntería con latas de conservas que yo le colocaba encima de los postes de los alambrados. Cuando fui un poco mayorcito -muy de vez en cuando- me dejaba probar. Obvio es decir que de todos los Isaías el único que no tuvo puntería, fui yo. Ni por aproximación.
Cuando salíamos hacia el Sur, por el “Camino del Diablo”, pasando por los campos de Zampelungue, Ramón Camiscia, Paco Aguilar, los Gabarra, don José Cinel, que era justo donde el Camino del Diablo terminaba y si se doblaba a la derecha íbamos hacia Colonia Terrasson y nos topábamos con la escuela y si doblábamos el sentido nos llevaba a Gödeken, y siguiendo terminábamos en Caferatta. Pero si lo hacíamos hacia la izquierda, como quien dice, hacia el “Boliche de la Lata”, pasando el cruce que lleva a Murphy, La Chispa, El Cantor, San Francisquito.
El camino que lleva al paraje llamado “Punta Margarita”, que tiene su espejo de agua y su puente de madera y su monte de casuarinas oscuras es el que desemboca en el cruce Chovet-Melincué, para lo cual hay que dar luego un largo rodeo y cruzar la ruta 33 que va hacia Venado Tuerto, Rufino y ruta a Buenos Aires.
De este paraje, hoy olvidado, nadie recuerda nada, pero doy fe que en mi infancia lo frecuenté muchas veces, siempre acompañado de mi padre y muchas veces con algunos de mis tíos numerosos. Algunos de ellos –como mi padre- viajaban como peones golondrinas por un gran radio que cubre la Pampa Gringa con sus cultivos. La mayoría de ellos terminaron emigrando hacia las grandes ciudades en busca del trabajo, mejor pago en las industrias que eclosionaron como hongos en el primer peronismo llevando progreso y bienestar.
Todos o casi todos mis tíos se habían ido afiliando al Sindicato de Obreros Rurales que funcionaba frente a la cancha de Huracán, en el caserón que era (y es) propiedad de la familia Correa.
Si las incursiones de caza eran esporádicas y las de pesca aún más con mi padre, ya que dependía de sus días de ocio, las incursiones a las salas o aún a los patios del Sindicato eran cotidianas. He escrito más de una vez que el mismo estaba enfrente de la Cancha de nuestro Club, por lo tanto no teníamos más que cruzar la calle para ir a tomar agua del aljibe, sobre cuyo brocal descansaba un jarrito de aluminio para beber el agua fresca que sacábamos por medio de una cadena y una roldana chirriante de las profundidades. Esto si andábamos solos, pero si había un mayor cerca no nos dejaba acercar al pozo por una mera precaución de seguridad.
Estas visitas fueron en un tiempo de las cosas más importantes de mi vida, ya que marcaron para siempre en mí un ideal de justicia social que mi padre abonaba con toda naturalidad en la mesa familiar, también todos los días. Allí me hablaba de gestas obreras que habían sucedido en el pasado, porque ahora, repetía “tenemos a Perón” como ejecutor de aquella justicia por la que tantos se habían sacrificado.
Eso recuerdo, el pasado ominoso, el presente justo y un luminoso porvenir. Los avatares de la historia me mostraron luego que la cosa no sería tan simple y terminante.
Releo y noto que me alejé de mi intención primitiva de recuperar ese espacio bajo el sol de los eneros, de las lluvias arrasadoras, de las numerosas lloviznas, las heladas, el frío, la escarcha, y sobre todo ello, las excursiones de caza o de pesca que ponían tan contento a mi perro, cuando atravesábamos potreros y saltábamos alambrados a campo traviesa, mi padre con su escopeta, el perro cinco metros delante “apuntando” alguna perdiz, y yo, con mi bolsito cruzado sobre el pecho, vacío por ahora, mientra no hubiera piezas que cobrar.
Y luego todo ese campo en calma como una mujer dormida, con el vuelo de sus garzas tan blancas y sus gaviotas y sus flamencos como una línea roja sobre el horizonte de papel maché celeste, sin una nube navegando por ese cielo marfilíneo, los patos que vuelan bajo sobre el espejo de esa laguna, donde ya las bandurrias festonean sus orillas, en ese lugar mágico y hoy recuperado que todos en un tiempo llamábamos Punta Margarita.






Historias de vida
Juan, el criancero del canal*

31/07/2011


La poliomielitis le impide caminar desde los 6 años, pero no se rindió.
Con un carrito tirado por perros saca a pastar a sus chivos.



Sentado en el carrito en el que se traslada, que ubicó en una posición estratégica sobre una pequeña loma frente al Canal Principal a la altura de J.J. Gómez, Juan Alberto Leiva parece tener todo bajo control. Desde allí domina el panorama: ve pasar las camionetas y las máquinas del Consorcio de
Riego del Alto Valle, las chatas de los chacareros que traquetean los caminos de tierra y piedras de ambas márgenes, la casa de ladrillos abandonada 50 metros a su derecha, los yuyos y las plantas que sobreviven al frío y el lecho casi seco, con algunos charcos esparcidos y tramos más extensos con unos 10 cm de profundidad. Pero, sobre todo, observa a su rebaño de 130 chivos que pastan en los alrededores. Si alguno se desbanda, como esos diez que ahora bajan a tomar agua al cauce, le basta un grito seco y grave para que Choco y Negra corran hacia ellos y con un par de ladridos y algún amago de tarascón pongan las cosas en su lugar.
Con los chivos otra vez arriba, Juan cuenta su historia, la del chico al que la poliomielitis le arrebató la movilidad de las piernas cuando tenía 6 años.
-Antes de eso caminaba un poco y me caía. Después, no pude caminar más. Ni con la rehabilitación, ni con las operaciones, con nada -explica sin un gramo de autocompasión. Ahora tiene 37 y vive con sus padres y uno de sus siete hermanos en un puesto a unos 3 kilómetros de aquí. Es un día de invierno con niebla y choques en la Ruta 22, pero diáfano en el canal hasta el mediodía, cuando las nubes cerraron el cielo. Juan se protege del frío con una gastada campera marrón y un gorrito coya.
-Yo tengo pies. A veces intento pararme, pero no hay caso, me voy para abajo -agrega. Desde pequeño se moviliza en silla de ruedas, pero para salir con los chivos usa el carrito que le preparó su hermano el Negro, con el que se enorgullece de llegar a los 60 km/h: tres ruedas de bici, elásticos de una cama como soporte, la caja de metal donde va sentado sobre sus piernas dobladas, manubrio y pedales a la altura de sus manos y la potencia de Choco y Negra, que ya regresaron de su misión y están echados a sus pies. Hay otros tres perros alrededor: el aprendiz de tirador Mono y la pareja de custodios, el gran danés Sansón y Jura: no trabajan con el rebaño, pero defienden al grupo si son amenazados por otros perros.
-Yo les chumbo y ellos van. Y la pelea termina cuando los otros perros están muertos o se escapan -relata para explicar la ley del canal.
La idea del carrito al estilo trineo se le ocurrió una vez que tuvo que ir hasta Roca. Llegó agotado después de recorrer 5 km y al final, ya en la ciudad, le ató una manga del pulóver a su perro de entonces, Colita, y la otra a la silla de ruedas. Así transcurrió el último tramo, entre miradas
curiosas de los vecinos. Su amigo Rubén Campos llevó su lucha contra la enfermedad y la necesidad de una nueva silla hasta el "Río Negro", que publicó un artículo que conmovió a un grupo de bomberos de Piedra del Águila, que un día se le aparecieron en el puesto con lo que necesitaba más un par de botas de caña. Era 1993.
-Cinco años me duraron esas botas -recuerda Juan, con algo de nostalgia. Y cuenta que después también salió en el diario en 2002, cuando se le incendió el cuatriciclo un día de sol furioso en el que salió a buscar a un chivo extraviado. Se arrastró y se lastimó para volver a su casa, hasta que un vecino lo subió a su camioneta y lo llevó.
-Era un cuatriciclo chico, de 50 m3. ¿Sabe cuánto me costó? 3.500 pesos.
Pagué 2.000 con la plata de unos chivos que había vendido. Y el resto en cuotas de 90 pesos. Mi pensión por discapacidad era de 97 pesos, así que me quedaban 7 para volver en taxi -explica.
Ya es hora de regresar a casa. Le basta un golpecito en el manubrio para que Choco y Negra se incorporen. Y un chistido para que salgan arando.
-Fíjese la velocidad -alcanza a decir antes de perderse en el camino. Hay pozos y el carrito salta, pero él se ríe mientras el carrito se bambolea o derrapa en la arena. El velocímetro del auto de "Río Negro", que lo sigue, marca 45 km/h.
-¿Y nunca volcaste?
-Sí, un montón de veces, pero ahora difícil, ya tengo cancha -responde un kilómetro más adelante, antes de cruzar el puente. Los perros ladran y ningún chivo equivoca el camino. Ahí va Juan, a cargo de esos 135 animales que obedecen sus gritos y silbidos. Todos hacen un kilómetro más por el asfalto poceado y luego giran 50 metros a la izquierda. Ahí viven. Es una casa de material, de tres ambientes, con un puñado de vecinos esparcidos en los alrededores de Colonia 17 de Octubre. El más cercano está a 200 metros.
Hay electricidad, pero el gas y el agua se quedaron a un km.
-Ojalá llegara el gas. Usted no sabe lo que lo necesitamos. El agua la trae la municipalidad y la descarga en ese tanque de 500 litros. Hay que ir a pedirla unas tres semanas antes de que se acabe, porque a veces tardan mucho y podés llegar a estar un mes sin agua- dice. Enfrente, apilan la leña con la que se calefaccionan, a 900 pesos o tres chivos la camionada. Mientras los animales entran al corral, Juan cuenta que el año pasado se murieron muchos, porque faltó pasto.
-Y al precio que está la leche, difícil darle a las crías -afirma mientras hace girar las ruedas del carrito con las manos y se mete en el living. Ahí están las fotos de los hermanos, los cuadros de caballos, la silla de ruedas que le prestaron y la tele donde mira sus programas preferidos: las películas de vaqueros y las aventuras de Tom y Jerry.
Cada tanto pasa algún vecino a ofrecerle un perro tirador. Él los examina con un golpe de vista. "El que va a tirar ya se conoce. El que viene vago, viene vago" -explica y recuerda que una vez le envenenaron cinco.
-¿Por qué? No sé, uno era muy bravo, por ahí por eso -dice y cuenta que él sale todos los días con sus chivos, llueve o truene.
-Es que si no sale no se halla -dice su mamá, Robustiana Veloso. Luis, el padre, minero de la bentonita toda su vida, calienta algo en el horno de barro. Juan cruza otra vez la puerta. Afuera, ya se ha despejado: el sol entibia y el viento levanta polvareda. Se acerca al corral.
-Parece que va a estar lindo, mañana voy a salir bien tempranito -dice Juan y se despide con una sonrisa.


*javier avena. javena@rionegro.com.ar

*Fuente:http://www.rionegro.com.ar/diario/rn/nota.aspx?idart=675242&idcat=9521&tipo=2

-Enviado para compartir por Iris. iris_neuquen@yahoo.com.ar






Mudanza al infierno*



*Por Lourdes Uranga López. lourdesuranga@hotmail.com



¿Cuántos infiernos me esperan en la vida? Si éste se prolonga no saldrénunca más; regresaré a la posición fetal y jamás caminaré en dos pies.
Regresaré a la oscuridad nunca conocida, a la animalidad humillada.

Entré (entramos[1]) por un estacionamiento, de ahí me bajaron, siempre sometida, siempre bajo la superficie del suelo; focos y rendijas que no hacen sino gritarme sobre la falta de aire y luz natural. Estábamos los ocho.
Llegamos juntos: Roberto, Paquita y su amigo, Elena y yo. En esas mazmorras ya estaban, Pancho, Margarita y Carlos. Ahí nos juntaron y aunque ya nos habían reunido en el sitio de detención clandestino, no nos habíamos visto.
¡Ahí nos vimos, en la presentación que hicieron a la prensa! flashazos y preguntas que nos hacían sentir que seguíamos vivos aunque acosados, como vacada a la entrada del matadero.
Bendito el día en que demolieron Tlaxcoaque, debieron invitarnos. Siempre soñé con poder participar en ese trabajo humanitario, poner una bomba generosa que destruyera esa cloaca. No estaría mal; había que castigar ese pasado destructivo más allá de lo humano, más allá de lo posible... Yo estaba sola en una galera para 14 o más. ¿Una galera muda? ¡No! La mugre también habla. La soledad grita, me gritaba, aquí se ha doblegado a la humanidad, se ha envilecido al hombre y a la mujer, se le ha acostumbrado a la miseria, a la vida retorcida, a la inmundicia, a la oscuridad, a la injusticia, a la degradación. Nadie me había hablado de Tlaxcoaque pero me bastó ese día o esas horas para reiterar que la revolución es necesaria. Y lloré, pero no por mí sino por cada persona que dejó ahí su mensaje de mugre, su mensaje de soledad, de sangre, de microbios muertos a falta de anfitrión en donde multiplicarse, muertos de esperar, microbios muertos de competir entre tanta mierda. La cloaca abierta con todo su muestrario de
inmundicias, formato tumba, ratas nadadoras que desafían el tifo y otras cuarenta enfermedades, para pasar orondas por la galera, dueñas indiscutibles del reino de la fetidez. Y yo segura que de ahí -si es que salgo- seré una mutante llena de plagas, no sabré hablar, habré perdido mi capacidad de comunicarme con otros seres humanos. Las últimas personas con las que he hablado han sido policías; ellos también están mutando de la degradación a la nada.

Mi entorno es Tlaxcoaque; las pequeñas ventilas que dan al nivel del suelo de la calle exterior están en los pasillos, no en las galeras, no en los sótanos. Mi conexión con el mundo son mis compañeros a los que veo en los momentos de las entrevistas a los diarios. Los periodistas fueron los que nos informaron que eso era Tlaxcoaque. Mi conexión es también una pequeña llave de agua donde lavo, maniáticamente sin jabón, mis manos, mis pantaletas, la parte de los pantalones que han estado cerca de los genitales, y los sacudo sin osar colocarlos en ninguna parte. ¡Todo es tan sucio!

Cuando emprendí esta pequeña limpieza me tuve que quedar desnuda de medio cuerpo; cuidando que el guardián no estuviera cerca. Nunca había estado tan desnuda, tan vulnerable como si unos ojos pudieran liquidarme.
La galera tenía aproximadamente doce metros de frente a un pasillo por dónde pasaba la vigilancia, pasillo de rejas, sin sitio alguno, ni cosa alguna con que arropar mi desnudez. Intenté reconocer la parte interior de la galera por si tenía que refugiarme en la oscuridad, estar segura de dónde poner mis
pies, la galera no tenía sino las planchas de cemento, un escuálido foco en el pasillo que aventaba una tenue penumbra al frente de la galera, en el mismo frente pero de este lado de las rejas, estaba el grifo, y una pequeña cañería debajo. Al intentar limpiarme me exponía a los ojos homicidas, sacudir y volverme a poner la ropa húmeda era la única solución. Una vez logrado, cansada, venzo mi repulsión y me siento en una litera apenas alumbrada. Reflexiono en el foco y el agua, los veo como un contacto con la
actividad humana inteligente, como los libros que no tengo. Sin darme cuenta comienzo a cantar un suave arrullo, me estoy arrullando ¡me estoy consolando! Y, el sueño me vence y duermo en la cama de cemento cuarenta centímetros levantada del suelo. Pienso en mis compañeros - tan ultrajados como yo- no saben cuánto los amo.

Cuando el celador me llevaba al galerón, me dijo que debía portarme bien, porque en caso contrario me enviaría a una celda con hombres para que me violaran. No le hice caso, pensé que tenía órdenes precisas sobre nosotros y sólo me decía eso por bocón. De otra manera no se podía explicar que cada uno de nosotros estuviera en una galera que sirve para un montón de desventurados, en lugar de una celda individual. Veinte literas de cemento(¿camas?) para yacer y sí entran más desdichados, no importa.

Habían desalojado Tlaxcoaque para nosotros. Pensé en mi madre que seguramente ya habría recorrido muchas cárceles buscando a sus hijos; y en mis hijos con un estremecimiento más, deseando que el odio que me tenía su padre, sirviera para alejarlos del drama que estábamos viviendo.

Mi humanidad bajo tierra, pero no en la tumba honorable, no en la región de la transformación de la materia en su canto a la vida, sino en la región de lo innombrable, de las regresiones insondables.


[1] El verbo llegar implicaría voluntad por eso empleo entrar, aunque sería más preciso fui llevada.






UN SOLO CAMINO*


Solo un dios, decenas de magos.
Escucho tu voz, del bosque cercano
Pidiendo que el agua te quite la sed,
Rogándole al fuego caliente tu cuerpo.


Me besas con ansias, de forma sincera,
Te miro del alto de una montaña y...
Sonríes con tanta inocencia, que logras,
Así, que el Halcón, no pueda dañarte.


Manejas la vida con tu juego de cartas,
Tus consejos son buenos, pues miras el alma.
Te dice la bruja: háblale a los extraños,
Él es cazador, y sabe cuidarte,
Sin ser de tu mundo entiende tus labios.

Le dices “escoge una carta”; él toma en sus manos
La suerte de sabios; se ve una pareja, ya retirándose,
El sol los espera y solo hay encanto, ni dios, ni los magos,
Pusieron su gracia...
Son seres humanos.



*De Mario Quiroga Fernández. jossuexy56@yahoo.com
Cuba, residente en México




*

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