domingo, octubre 05, 2014

HALLAR LA GRIETA POR DONDE LA VIDA SE DERRAMA...

*Obra de Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam







*


Huir
de la tarde
de humo y niebla
que octubre
abandona
sobre los robles.

Escapar
de las ventanas
de recatado gris,
de la cansada
costumbre de la
siesta.

Hallar
la grieta
por donde
la vida
se derrama.

Entrar
al centro
único
de la palabra.

Hacerme mar.


 *De MARIANA FINOCHIETTO.







HALLAR LA GRIETA POR DONDE LA VIDA SE DERRAMA…







ANTÍFONA*



Hay un orden subvertido en el sueño,
bajo la luna abierta lo persigo
pero él fuga por cornisas temerarias.
La madrugada
es la noche de perfil
cuando huye
para salvarse de mí.
Me abismo en el amanecer,
llega como animal herido
sangrando en el horizonte.
Mil veces inocente y mártir
pone en vigencia la luz.
En este orden subvertido,
el día, acólito que asiste
al Oficiante, es fresca voz
que entona iluminada
antífona de canto llano.
Es hora de no perseguir nada
ni siquiera el sueño.
Doy gracias mientras
en el vidrio de mis ojos
se coagule la luz de la mañana.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar












ESTACIÓN DEL ENCUENTRO *




ESTACIÓN DE LA TERNURA

Tras una ventana desnuda. El mar espía el torso de la mujer.
El hombre tras dos ventanas en ocre, la mira y la desea.
La mujer, tras sus dos ventanas en sepia, con devoción ansía el mar
Sostiene la desnudez de la ventana. Su espalda sostiene la nostalgia.




ESTACIÓN DE LOS TEMBLORES

Un hombre, trémulo, permanece quieto. La ventana se mueve.
Piensa, si ella se volverá a mirarlo.
La mujer se estremece y piensa en el viento marino que respira su nuca.
Piensa, si alguna vez, él volverá. O ella irá.



ESTACIÓN DE LA PLENITUD

El hombre sabe, que el mar la abriga como no lo hace su abrazo.
El mar, la quiere, plena. Henchida entre sus brazos.
La mujer apenas recuerda el hombre de los ojos de mar.
Siente que ama a uno más que otro .Ambos, son inalcanzables.



ESTACIÓN DEL ENCUENTRO

El hombre cavila y retrocede. Su adversario es inmune.
Cree que imaginó sus glúteos de manzana verde.
La mujer cree que soñó con el hombre que le brota en los ojos.
Salta. Salta. Las luciérnagas apagan la noche… y la espera.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar









Secreto*


El imposible sofocar la vida. La vida es como el agua, se escurre por los huecos, en cualquier rinconcito toma vuelo, extiende los apéndices, remonta, cielo arriba, planea. Se expande entre los árboles, bien alto, entre las copas, los pájaros lo saben, ellos han comprendido su secreto.


*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
Villa Gesell










La danza del silencio*



*Por Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com


En medio de una selva donde la vegetación crecía apretujada, cada mañana, antes de que algún rayo intrépido del sol colara por entre los copones de los árboles centenarios - o milenarios tal vez-  la mujer detenía su paso para dar comienzo a una  extraña danza del silencio.
Danza cruel.  Danza sin vida. Danza escrita en pentagramas desparejos sobrevivientes de tiempos inquisidores refrendados por escudos y leyendas escabrosas: «exurge domine et judica causam tuam. Psalm.73  - Álzate, oh Dios, a defender tu causa, salmo 73 (74)
Baile típico de los que no oponen resistencia a los más crueles destinos; el que invita a seguir cada movimiento con la pasividad inadmisible de quien se sabe deglutido por el tiempo sin hacer nada por evitarlo.
Solo ella podía escuchar cada acorde antes de introducirse en ese espiral instigador de ausencias.  Nadie en su sano juicio, mucho menos en las situaciones circundantes que se padecían en el poblado,  podía seguir aquello que parecía un absurdo ritual descolocado  en esos  tiempos convulsionados que perduran hasta hoy día.
Y se extienden multiplicando la tristeza.
Y cruzan mares y sierras, llanos y ríos muchas veces teñidos de rojo dolor, de rojo despedida forzadas, engendrando más odio, más vergüenza.
Parecía ser el descarne de un alma  sin espacio propio integrada a un mundo alocado que giraba a punto de estallar más allá de kilómetros y kilómetros de vegetación tupida amenazada también por un futuro que se acercaba a vuelo de avioneta defecando nubes tóxicas.
Era sorprendente, digamos mejor, era patético,  hasta para la vista de la propia naturaleza adyacente,   ver esa contorsión anómala  producto de la cópula obscena entre la realidad y la inconciencia.
La mujer no hablaba, no respondía cuando terminaba su baile si acaso alguien se cruzara por la misma trocha que la llevaba hacia el lugar. Sendero remarcado por las botas de quienes se atrevían a seguir otros acordes,  en ese caso, audibles: los que empujan la melodía del destino mejor que suele omitir el silencio por considerarlo herramienta funcional para la repetición de hechos execrables y  para el olvido.
Ausente de todo, uno puede asegurar que hasta de sí misma, Johana agitaba con orgullo sus cabellos color noche cerrada  que parecían olas de un mar contradictorio,  tan calmo como tenebroso.
Apenas la acompañaba una manada de corderos cabizbajos,  respetuosos  de  los movimientos que ella realizaba con el celo del artista que ejecuta su mejor obra, hasta que el último acorde del silencio estallaba,  sacudiendo las matas y conciencias, -estas últimas si las hubiera cerca-
Cuando la  estrofa final indicaba el colofón de la danza, el grotesco grupo de corderos alineados en prolijas filas emprendía la retirada rumbo a algún espacio protector que nunca se supo dónde quedaría, aunque fuera muy fácil de intuir.
Y así, con lluvia, sol, sombra y misterio protector de aberraciones, Johana regresaba cada mañana a su lugar impropio para alma humana.
Los corderos, con la mansedumbre incongruente de quien sabe que la muerte lo espera sin hacer uso del más elemental recurso instintivo capaz de garantizar su supervivencia,  seguían a la mujer de edad extemporánea que arrastraba la larguísima cadena de la calma resignada.
Corderos, mujer-danza-mutismo,  conformaban una sola figura que lograba entenderse muy bien con la incoherencia. A  pocos kilómetros de ese búnker entre la foresta, los tímpanos estallaban por los estruendos lanzados indiscriminadamente contra todo lo que representara una esperanza, produciendo la perversa  agonía de la vida.








*


Fueron años de intenso trabajos, labores de minería, kilómetros de túneles, complejos cálculos para escarbar las entrañas del colosal planeta. La Hormiga 4356 del hormiguero H-87236 desenterraba con nostalgia de su memoria, el día aquel en que las dos razas más poderosas del pequeño asteroide habían abandonado el Cinturón de Kuiper en los planes de conquista de territorios para la Expansión Total. La voluntad de su linaje se puso de manifiesto de inmediato, comunicación, organización, suministros, prevención y acopio, hicieron que su bandera recorriera todo el Tercer Planeta. Distinto fue el caso de la Cigarra, su raza siguió siempre añorando los años del vuelo ingrávido y del cohete, el sueño de la carrera espacial, durmiendo en sus crisálidas de nostalgia durante los meses de invierno y despertando en verano para posarse en las ramas de los árboles y transmitir incansablemente su localización hacia las melancólicas vastedades del Sistema Solar.



*De Jorge Lacuadra. jorgelacuadra@hotmail.com







*

Tarea de la poesía: decir como Plotino que cada cosa es todas las cosas. Salgo a la calle entonces y esa persona desconocida que pasa y a la que no presto atención, es nada menos que las estrellas y el mar y las piedras de la playa y los leopardos que duermen en las ramas y yo misma que miro y un niño con un rompecabezas y la ventana abierta de cualquier edificio y el auto que pasa a toda velocidad y la maceta con flores del tercer piso y todas las hormigas de todas las selvas concebibles.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com






***


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viernes, octubre 03, 2014

JUEGAN A ROPA DE LA VIDA DESNUDA...


*Obra de Claudia Marting.
Rosario. Argentina.
http://www.facebook.com/#!/pages/Claudia-Marting-pinta/313325418684014?fref=ts




Hermanos del camino*


*De Horacio C. Rossi
(1953/2008)


Hermanos del camino:
la vida presta un turno feliz: aprovechemos.
Larga es la ausencia, luego. Y mucho más, después.
Estemos juntos aquí y ahora haciendo
aquí y ahora un siempre, un mañana, un por qué…

Es hermosa la ronda ante el fuego encendido,
dejando que el silencio nos llovizne su paz.
Traigamos a la mesa común cantos y penas,
brevas y espinas. Respetuosamente.

Los dioses se encargarán de consagrar…
Ellos están de acuerdo. Ellos sonríen.
Y esperan que aprendamos también a sonreír.
Que es el lenguaje mejor del cielo…

Si los dioses sonríen es de día.
Es de día porque hemos trabajado bien…
Con nuestro rito de mate en rueda hablemos
la palabra azul que dice: estamos listos
para el Amanecer…

Y compartamos la sangre enamorada
la lleganza
la luz
puntual e inexorable.

El abrazo semilla de las lágrimas en flor…


Somos toda la voz del mundo en silencio.





JUEGAN A ROPA DE LA VIDA DESNUDA…






La suave tentación del viento*


Él olvidó la memoria verde del Nilo mientras miraba a la turista sobre la pequeña embarcación. Ella veía el arte de la túnica blanca del negro ondulándose con la suave tentación del viento. La túnica voló desamparándola de todo lo conocido. El río, esa cintita de paz, se desvaneció. La oscuridad del cuerpo alto y delgado se recortó como una paradoja en el vértice de la luz. Las palabras, puro sonido.
Sostuvieron un duelo. Sol negro sobre blanca, blanco sol sobre negro. Ganaron los dos.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
-De “Relaciones textuales”, Ediciones Patagonia, año 2009








A mis hermanos*


*Horacio C. Rossi
(1953/2008)


Ustedes son mi casa y mi lámpara y el espejo de todo mi camino.
Haberlos encontrado
me muestra y me confirma la siembra que he venido haciendo.
Ustedes son otro nombre de la vida.
Cuando me encontraron yo estaba cantando
y nos pusimos a cantar
y todo ha sido entre nosotros canto.
Cantando hemos atado y hemos desatado
y estamos aprendiendo a comprender
a sonreír.
Si ustedes no estuvieran en la terraza
la luz mía sería una foto sepia
al margen y ya estéril para siempre.
Del mate en rueda y del riego desde los hermanos mayores
cada uno seguirá su rumbo
que nos mantendrá juntos en la participación del tiempo.
Mi parte del puente ha sido inmensamente completada.
Cantando agradezco el regalo que ustedes me son
y la sonrisa mejor insuperable de la luz
consciente…







Menesteres mínimos*



tengo los recuerdos de la infancia
tendidos al sol, en un patio con malvones
como la ropa blanca que mi madre lograba
–sólo con sus manos- darle fulgores azulados
patio con higuera y limonero que, muy temprano
en tiempo inesperado, se puso a echar flores
como loco, con desconcierto. Como un enamorado.
Creo que por allí aún anda mi padre, en su mundo
de rudas, tomillo y menta, albahaca y poleo...
Seguro traigo de ellos
los menesteres mínimos
para hacer los versos.
Inaugurada la sangre
con sus largos silencios.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar









Sombra*



esta sombra difusa
que parece la mía
pero que yo no sé
si es mía o de ese otro
ser que vive a mi lado
-si ser es la palabra
si vivir es el verbo-
y junto a mí pasea
y se acuesta en mi lecho
para soñar mis sueños
y amar a mis amantes
y llorar por mis ojos
cuando muere la noche
y la luz desparrama las ausencias
por todos los rincones de la casa


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
-De Por si mañana no amanece










Diamelas*


*De Horacio C. Rossi
(1953/2008)



Nunca antes había contemplado diamelas.


Las tengo ante mí, tan virginales, preciosas, aromando,

envueltas en la hora vespertina como una fiesta latente de luz y redención,

de tranquila y fundada esperanza.


Mis palabras les labran un saludo al que ellas buenamente, sí, consienten

con el gesto de feliz placer que importan nomás existiendo.


Me han regalado diamelas. Las miro cautivado.

Y entiendo mejor de algo que hay, s i e n d o .

Que sigue, sin pasar.

Que, tan amando: suena.


Danzan con quieto modo y honda gracia,

enamorantes, vibrátiles, intensas,

las diamelas,

regaditas apenas, puestas ante este enorme atardecer,

por ellas, sí, diré que por ellas, sin ocaso.


Suscitan levemente.

Arden existencia.

Mueven la casa de la fe.

Juegan a ropa de la vida desnuda in son dable.


Diamelas:

Nunca antes me habían hablado así de la paz…









El HOMBRE QUE NO ENVIDIA LOS DELFINES (*)



Esa mujer tiene los ojos sabor uva moscatel.
A ella le gustan los hombres oscuramente tristes.
Que, caminen desnudos, en la noche de los cementerios.
Que sus obsesiones se plieguen en el cauce del Leteo.
Hombres que no envidien los delfines.
Que arrastren su ternura por el aquilón.
Que hablen con los perros vagabundos.
Que la tristeza haga nido en su barba.
Que beba, ávidamente, las lágrimas de mi ombligo.
Que deje cerrados los postigos de la noche.
Un hombre que se esconda en los campanarios.
Que le muerda los pezones a la lluvia.
Que sea cobra, bamba y coral, al mismo tiempo.
Que me muerda la boca, el girasol y la locura.
Un caballo de pezuñas negras que me hable al oído.
Que me deje dormir en sus zapatos.
Un hombre intemporal y eterno.
Que me pueble ambos hemisferios de roedores tristes.
Que camine a mi lado con zapatillas rotas.
Beba vino barato y devore pan sin levadura.
Un hombre que comparta mis harapos y mi duermevela.
Un hombre que sea fronda y me deje aovar entre sus brazos.
Un hombre que sea lluvia y mar y diamante mojado.
Un hombre terrenal, levemente corvo.
Que corte mis espejos y multiplique panes.
Mis panes y mis peces, multiplique.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
(*)Los romanos comparaban la envidia con la anguila pues estaban en la creencia que este pez tiene envidia a los delfines.






*


Era mi voz
-aquella voz que tuve
cuando dios cabía en mi mano-,
la que nombró
los signos olvidados
mientras el mundo
se caía,
se hacía pedazos.
Era la inocencia
que perdí en el laberinto.
Era mi voz,
con el alma de rodillas,
buscando
a ciegas
en mi fe deshabitada.


*De MARIANA FINOCHIETTO.








CELAJE*


De sus propias herrumbres reo,
ruge o se queja por su muerte:
sabe que no son los barrotes
los que hoy le duelen.
Francisco José Cruz


En la punta del cristal desnuda y primitiva savia
cabellera de nísperos niños derramados en silencio
aurora empapada de blancuras desde el hondo cielo.

Gajo de luces matinales sobre el trigo
una casa de flores, fragancias inhaladas por los huesos
el ángel de pan y sus paseos en bicicleta.

Sendero quebrado incendiado con el tiempo
la noche incrustada con sus llaves en las lámparas
derrumbe del alba, de puertas, de sueños.

El cigarrillo encendido pisando espaldas congénitas.
Oculta la soga en la lengua repleta de sangre.
Un labio muerto sepultado en el filo de la mesa.

Recobrar el violento celaje, ebrio de amarguras
transformarlo en una estrella oculta bajo la nieve.
Regresar a la niñez, efímera heredad.



*De Natalia Lara. cpc.larag@hotmail.com









Desayuno en sueños*


*Horacio C. Rossi
(1953/2008)
(Escrito en su cuaderno de apuntes el último día que escribió.)
Mayo 2008



Estoy hombreando hondo.

Y soñé como que había escrito.

Prolijo. Encuadernado con cuero.

para nunca más.

Como que esa “oscuridad” se fue.


Realmente, cosa de sueño

pero indicando turno cumplido

tarea hecha.

Cabeza fregada

a chorro de algo que lava

nutriendo luz.

Es como una claridad blanca

una claridad limpia

frotada a paño – repasado digamos.

Y escribo, escribo

en la cocina de mi hermana

sonriendo.




***

*El 4 de octubre era el cumpleaños de Horacio C. Rossi, los textos incluidos en esta edición de Inventiva Social son parte de la antología realizada por Oscar Ángel Agú con obra de siete autores santafesinos: Gastón Gori, Hugo Mandón, Beatriz Vallejos, Elda Massoni, Adriana Díaz Crosta, Oreste Abbiate y Horacio C. Rossi.




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