Sunday, December 10, 2006

EL GRITO

*

Una lágrima gorda, húmeda, incontenible
en su mejilla blanca, preciosa y tersa
por causa del amor que lo hace sufrible
que deja el alma en la pena inmersa

Con la ilusión maltrecha, y sintiendo un vacío
con el miedo gris a repetir vivencias
viendo que se acaban los días de estío
y las vacaciones... todo son ausencias

Repetir historias de amores distantes
miedos tan concretos y tan arraigados
no quiero volver a los días de antes
todos los sentidos quedaron marcados

No quiero sentir la melancolía
ni la soledad y la eterna espera
ni la decepción, que tuve algún día
ni esta pena gris, que hace que me muera...


*de Joan. joan@cimat.es


El grito*

¿Es posible que dos seres unidos por el odio encuentren en el placer una comunión impensada? La historia de un enigma psicológico que se desarrolla a la sombra de un retrato de Marcel Proust

El grito agudo quebró el silencio de la madrugada en el pequeño hotel de Castiglioncello. Más que inquietarlo, esa especie de cuchillo que había rasgado la noche le hizo recordar al profesor Loris Montechiaro la serie de hechos que lo habían llevado allí, a esa situación extraña e incongruente.
Ciertas personas necesitan darse una razón antes de otorgarse un placer. El profesor era una de ellas. Amaba los viajes, sobre todo a Italia, pero su modesto trabajo en una editorial de Buenos Aires, a pesar de que era soltero y no tenía hijos, no le permitía recorrerla con la frecuencia y el detalle que hubiera deseado. Por eso, cada vez que se desplazaba creaba motivos, a menudo complejos, para justificar sus excursiones.
Todo había comenzado una mañana porteña cuando leyó en la edición local del Corriere della Sera que en Castinglioncello, una pequeña ciudad balnearia de la Toscana, se exponían obras de Paul Helleu, el pintor francés que había retratado a Victoria Ocampo en su juventud. La nota informaba que, entre los dibujos, estaba el retrato yacente de Marcel Proust.

El profesor era ateo por educación y por convencimiento. Proust y la obra de Proust eran para él lo más parecido a Dios y a la Biblia. Así como algunos católicos devotos se rodean de estampitas de santos, él había poblado su biblioteca de las biografías de quienes le habían inspirado a su divinidad literaria los personajes de En busca del tiempo perdido . También tenía un álbum con las fotografías de esos mismos seres, que contemplaba con placer y asiduidad. Había perseguido varias veces en museos y exposiciones el retrato del joven Marcel por Jacques-Emile Blanche. En cambio, jamás había logrado contemplar la pointe-sèche de Helleu que muestra a Marcel (a esa altura de su pasión proustiana, el profesor Montechiaro se refería a Proust en Marcel terms , como dirían los ingleses) en su lecho de muerte. Sólo la había visto en reproducciones. Ese circunstancia era la excusa que necesitaba para viajar una vez más a Italia y para internarse en la Toscana, ya que preparaba un nuevo artículo sobre A la sombra de las muchachas en flor .

Cuando la tarde que precedió a ese grito nocturno salió de la estación de trenes de Castiglioncello, se quedó admirado por el follaje dorado de los árboles que estaban del otro lado de la carretera. El frío de otoño era benigno. El cielo azul y el sol lo llenaron de contento. Con todo, no dejó de registrar algunos inconvenientes. No había un solo taxi a la vista y él estaba bastante cargado de equipaje; por otra parte, no sabía dónde se encontraba el hotel en el que había reservado una habitación por Internet. A los setenta años la cuesta que se dirigía hacia el centro le resultaba intimidante.
Al lado de la estación, había un restaurante. Arrastró sus dos valijas hasta allí y tuvo la suerte de que un hombre de unos cuarenta años, el propietario evidentemente, le saliera el paso.
-Le doy la bienvenida a Castiglioncello. Permítame que me presente. Soy Giacomo Sgarbi, el dueño de esta trattoria . En toda Toscana no va a encontrar un lugar como éste para comer bruschette . ¿Quiere sentarse en la sala interna?
-En realidad, quisiera llegar al hotel Il Giardino -le respondió el profesor. Pero no veo taxis por aquí. ¿Cómo podría hacer para conseguir uno?
-Mi querido señor, en otoño no hay taxis en Castiglioncello. Usted es el único turista que veo en varias semanas. Si llega un forastero, viene en automóvil, se queda unas horas, recorre la ciudad, mira el mar y se va. Le recomiendo que contemple nuestra bahía. Es muy hermosa. Pero la gente viene, sobre todo, a conocer la villa que tenía aquí Marcello Mastroianni, el actor. Federico Fellini lo visitaba con frecuencia. ¿Quién va a quedarse en un hotel en otoño en Castiglioncello? ¿Usted viene por la muestra? ¿Es un proustiano, de los que se pierden por el art nouveau ? No sé nada de literatura, pero sé que los proustianos, usted me disculpe, son como una secta, como drogadictos. Yo los respeto, no vaya a creer: gente que ha leído miles de páginas de una novela merece respeto. Pero prefiero las policiales de Maigret. Con todo, en algo lo puedo ayudar; le puedo indicar dónde queda Il Giardino. No está lejos de aquí, apenas a unos quinientos metros. Pero me parece que usted lleva dos valijas pesadas y el recorrido es cuesta arriba...
--¿No podría facilitarme el teléfono para llamar al hotel y pedirles que me vengan a buscar?
-¡Cómo no! Yo mismo le marco el número. Tengo los números de todos los hoteles de la ciudad. No son muchos, por otra parte.
Giacomo sacó el celular de su pantalón de corderoy, marcó un número y con una expresión diligente comenzó a hablar.
-¿El hotel Il Giardino, no es así? Señora, a mi lado está uno de sus clientes, que acaba de llegar de Roma en el tren de las 14. Pregunta si no lo pueden venir a buscar.
De pronto, el profesor vio cómo el rostro amabilísimo y sonriente de Giacomo se ensombreció.
-¿Está ocupada? ¿No hay nadie con usted que pueda ayudarla? Señora, comprendo lo que me dice, pero no tiene por qué decírmelo en ese tono. No sé si usted se da cuenta de que le estoy haciendo un favor. Este es su cliente, no el mío. Buenas tardes.
Giacomo se volvió hacia el profesor y, con la cara encendida de furia, dijo: "No vaya a juzgar a los habitantes de Castiglioncello por esa mujer. ¡Qué bruja! Me dijo que está sola en el hotel, que no puede salir y que usted se las arregle como pueda para llegar. Debería dejarla plantada, pero en otoño y en invierno, hay muy pocos hoteles abiertos. Todos cierran hasta la primavera para no tener gastos inútiles. Le voy a hacer un plano así no se va a perder. Yo no puedo llevarlo, discúlpeme, porque adentro estoy sirviendo un banquete de bodas.
Las indicaciones de Giacomo era muy precisas. Con lentitud, el profesor subió la cuesta y se internó en la ciudad. Le encantaron las calles bordeadas de villas del Ochocientos, rodeadas de jardines, en los que se elevaban palmeras, cipreses y pinos. También había casas más modernas, de los años 30, de esa época en que el art déco y la arquitectura fascista se fusionaron alegre y espaciosamente. El perfume marino del aire, mezclado con el de los árboles y las flores, le dio al profesor la energía que necesitaba para caminar y le recordó los viajes que hacía en su juventud a balnearios más conocidos.
El hotel Il Giardino se hallaba, por supuesto, rodeado de un jardín. Era una casa de planta baja y primer piso, seguramente del Ochocientos. Las refacciones se habían encargado de evaporar la gracia pretérita de la villa y hasta el mismo jardín, a pesar de su amplitud, no tenía encanto.
El profesor entró en la recepción. Era un pequeño cuarto donde se amontonaban un sofá destartalado, tapizado con cuerina de color arena, ya agrietada, un reloj de pie más bien viejo que antiguo y pequeños adornos. Todo era de distinto estilo y la atmósfera era la de un hotel de provincia de Europa del Este en la época estaliniana, eso sí, contaminado por el kitsch de los Estados Unidos. Las barbies convivían con las matrioshkas. Contra una de las paredes, había una amplia cortina de terciopelo escarlata, una especie de telón, destinado quizá, en la fantasía de los dueños, a dar un toque de lujo fin de siglo XIX a esa acumulación de objetos inútiles. Detrás de un mostrador, estaba una mujer, de pie, que todavía no había llegado a los cincuenta años. Tenía el pelo castaño recogido en un rodete. Las facciones eran regulares. No era fea, pero tampoco era linda, o quizá lo podría haber sido si lo hubiera intentado. Las mejillas tenían dos manchas coloradas, que no se debían al maquillaje, sino a un tipo de sarpullido de origen nervioso. El profesor conocía bien esa clase de patología, porque la padecía cada vez que aparecían erratas en sus colecciones de libros. Ese detalle sumaba rusticidad al rostro de la dueña, marcado por dos surcos amargos y crueles que bajaban de la nariz hasta la boca contraída probablemente por el disgusto o por el enojo. No había nada amable, nada hospitalario en aquella cara. Así debían de haber sido las empleadas estalinianas, o las solteronas terribles de las novelas de las hermanas Brontë. Los ojos castaños estaban inundados por la decepción de una vida fallida y por la nostalgia de todo lo que no había conocido ni disfrutado. La mujer recibió al profesor con un saludo que era casi un gruñido, le pidió el pasaporte y le dijo que a esa hora ya no daban de almorzar y que ella había estado demasiado ocupada para encargarse de ir a buscar pasajeros a la estación. Además, aclaró, no acostumbraban brindar ese servicio aunque no tuvieran nada que hacer, como era evidente, ya que no había ni rastros de que otro huésped hubiera pasado por allí en la última semana. Ese pequeño discurso fue dicho con tanta dureza que el profesor, a pesar de sus buenas maneras, sintió el impulso irrefrenable de vengarse. Jamás se le hubiera ocurrido, en otras circunstancias, ante otra patrona de hotel, decir con tono imperioso lo que dijo: "Suba el equipaje a mi cuarto".
Loris Montechiaro esperaba ver un relámpago de cólera en los ojos de la mujer, pero no fue así. Quizá estaba acostumbrada al maltrato, quizá la vida era para ella un continuo maltrato que unos y otros se infligían. Tomó las dos valijas de su cliente y comenzó a subir la escalera, seguida por el profesor. Tenía unas nalgas tristes, desilusionadas, que parecían no esperar ninguna caricia. En el primer piso, había un largo corredor al que daban varias habitaciones, obviamente vacías. Loris Montechiaro no dejó ni un centavo de propina en la mano de la mujer. Cuando se encontró solo en el cuarto, el profesor miró con desaliento las paredes descascaradas, pintadas de verde, los muebles de los años cincuenta, que ofendían la vista por su fealdad y suspiró con resignación. ¿Proust era una excusa suficiente para la noche que debería pasar allí? Las canillas del baño pertenecían a juegos distintos. No había una sola regla estética que hubiera sido respetada. No había ningún asomo de decoro ni de confort en lo que lo rodeaba. Se lavó la cara, las manos y no se quedó en la habitación ni un minuto. Salió a ver la muestra.
La exposición de Helleu tenía como sede un castillo neogótico del siglo XIX, un edificio con cierto encanto, sobre todo por el parque y la orangerie que le hacían marco. En una vitrina especial, separada del resto, se hallaba el retrato yacente de Proust. El profesor había visto muchas veces reproducciones de la pointe-sèche . Pero lo emocionaba pensar que la imagen de la vitrina era la que había dibujado el propio Helleu frente al cuerpo de Marcel. Los ojos del profesor se humedecieron. Era sentimental, lo sabía y, hasta cierto punto, se despreciaba por serlo. Admiraba a quienes mantenían su compostura aun en los momentos más trágicos, pero él no podía hacerlo. Además, en el último tiempo, había notado que tendía a lagrimear con frecuencia. Quizá era porque había empezado a despedirse de todo. Naturalmente, los amigos le decían que viviría noventa o cien años. Pero eso era nada más que un consuelo tonto. Aunque viviera cien años, cada vez menos puertas estaban abiertas a su deseo y a su curiosidad. Tenía la convicción, por ejemplo, de que nunca más vería esa pointe-sèche . Su futuro se había reducido. Por eso, acariciaba con la mirada todo lo que veía con la misma ternura con que acarició por última vez la mano de la persona que más había amado en su vida y a la que ni siquiera se atrevía a nombrar para no volver a sufrir lo que había sufrido con la separación.
Cuando salió del castillo, vagabundeó por las calles de Castiglioncello, observó las casas, las vidrieras de los negocios y se sentó a la mesa de un café para dejar pasar el tiempo. No había nada en la ciudad que suscitara su interés, salvo el mar y la muestra. La vista de la bahía, como le había dicho el dueño del restaurante, era espléndida. Una verdadera cartolina postale . Después, hizo algo que hubiera hecho en su juventud para ahorrar dinero. Compró una uvas en una frutería y se sentó en un banco de la orangerie para comerlas, mientras observaba cómo oscurecía. Se preguntó si en vez de ser un personaje de Proust no se había convertido en uno de Chéjov, vencido por la rutina de la provincia. A las cinco de la tarde se encendieron las lámparas de las calles. Ya era de noche. Volvió al hotel. Estaba cansado. Desde que había salido de Buenos Aires, veinticuatro horas antes, no dormía.
Una vez en el cuarto de su hotel, se puso a leer la biografía de una mecenas francesa, pero no podía concentrarse porque pensaba en Proust y en sí mismo, en su vida solitaria. Amaba la soledad como amaba la melancolía. Por todo amor, hay que pagar un precio: no ignoraba que su vida no dejaría huellas. Sólo podía vanagloriarse de la admiración que sentía por las cosas bellas y de haber hablado incensantemente de ellas a quienes lo conocían. Esa difusión estética sería su pequeño, anónimo legado. De todos modos, no se engañaba. Sus gustos ya no coincidían con los de los jóvenes actuales, aunque siempre habría un grupo de perdedores natos, de loosers como él, que amarían los cuentos de Apollinaire y la música de Poulenc.
Tenía hambre. Seguramente el restaurante del hotel ya estaría abierto. En Europa, sobre todo en otoño y en invierno, se come temprano. Se lavó las manos y bajó. En el restaurante, había un hombre sentado a una mesa, que escribía y escribía en un libro de contabilidad. Supuso que era el esposo de la dueña, de la mujer que había subido su equipaje a la habitación. El hombre llamó en voz alta: "Franca". Y, casi enseguida, apareció la mujer. Franca se acercó a la mesa del profesor con la misma mirada amarga de la tarde, con un rencor antiguo que no estaba dirigido a su cliente, sino al mundo, y dejó la carta del menú encima del mantel como si dejara una lista de venenos. El profesor le explicó que sufría de una serie de enfermedades que le impedían comer ciertos ingredientes.

-¿Qué cosas no puede comer?- le dijo Franca con desprecio en la voz.

El profesor procedió a enumerar los alimentos vedados.
La mujer lo contempló sin el menor rastro de simpatía, como si fuera una cámara que registrara, insensible, una escena sórdida de la que es mejor mantenerse alejado. Le dijo entonces con la sonoridad cruel que puede adquirir el italiano si se lo desea: "Bruta vita". El profesor trató de reprimir la expresión de asombro que asomaba en sus ojos. Esa "bruta vita" más que "fea vida" quería decir en aquellos labios mezquinos "vida de mierda" y no existía el menor asomo de compasión en esas palabras.
Había un televisor encendido que, de tanto en tanto, los dueños, cada uno ocupado en sus tareas, miraban. Veían un programa de preguntas y respuestas. Rafaela Carrà no aparecía. El aburrimiento y el silencio estaban instalados entre el hombre y su esposa como una maldición, y eso se respiraba en la sala. Esos dos seres se odiaban calladamente. La mujer trajo la comida. Era mejor de lo que el profesor esperaba. Para terminar, tomó un té lo más rápidamente posible y se fue a su cuarto. Se acostó y de inmediato se quedó dormido.
Fue entre las dos y las tres de la madrugada. Algo despertó al profesor. Era un gemido. Lentamente se fue arrancando al sopor que lo dominaba. El gemido se repitió. El profesor tenía un fondo de puritanismo que lo llevaba siempre a pensar "bien" de todo lo que podía interpretarse "mal". Esa tendencia, producto de un padre anarquista, que identificaba el anarquismo con la santidad, no le había impedido, contra lo que podían pensar quienes lo conocían, tener una juventud y una madurez promiscuas, salpicadas de pequeñas perversiones. Nada hacía sospechar que ese hombre enjuto, de rasgos severos y de ojos inocentes, podía haber tenido encuentros eróticos con una sorprendente cantidad de personas distintas durante sus setenta años: se trataba, por supuesto, de relaciones anónimas, circunstanciales, hechas de sensaciones en que el yo se disolvía y, por eso mismo, muy apasionadas. Sólo había tenido un amor intenso en su vida, guiado por la biblia proustiana. Por todas esas razones, el profesor prefirió interpretar los gemidos del hotel como los de una persona que se sentía indispuesta. Al cabo de un minuto era evidente, sin embargo, que esa voz gimiente, esa respiración agitada eran las de una mujer que goza en los brazos de un hombre. El profesor se desveló por completo y empezó a escuchar con sorpresa. Los rumores, los suspiros parecían provenir de todas partes a la vez. No podía ubicarlos. No sabía si provenían de la planta baja, del primer piso o del jardín. Le parecía imposible que los dueños de ese hotel estuvieran entregados al amor. No, la palabra amor era inadecuada. Esos dos seres no podían amarse. Estaban entregados, en el mejor de los casos, al deseo o al sexo. De todas maneras, esa unión, podría decirse, "hormonal", era un misterio. Quizá los dueños descargaban en cada embate erótico el odio mutuo que se tenían. Los gemidos se hacían cada vez más expresivos y, en vez de odio, eran expresiones de un placer profundo, el tipo de placer que el profesor había sentido en su juventud: un placer deliciosamente insoportable. Hasta que, de improviso, se oyó el grito que invadió el hotel, que pareció extenderse por el jardín y por toda la ciudad. Ese grito de plenitud era la expresión más acabada de la dicha y de la tragedia, de la vida y de la muerte. Aquella mujer y aquel hombre habían alcanzado en ese preciso instante una comunión impensada. Ella repitió el grito como si anunciara una buena nueva al mundo. Después la voz se fue apaciguando y los gemidos desarrollaron una melodía infinita en la que uno podía seguir, por medio de los agudos y de los graves, de sabias e imprevistas modulaciones, del desgarramiento de la garganta acosada por espasmos, el trabajo minucioso que el hombre desarrollaba sobre el cuerpo de su compañera. Era la música que todos, alguna vez, quisimos interpretar.
Algo fastidiaba al profesor. No era el hecho de que lo hubieran despertado a la madrugada, ni tampoco el de hallarse solo en aquella habitación y ser testigo auditivo de la felicidad ajena. Lo fastidiaba no poder imaginarse a los dueños de ese hotel, a esos dos seres amargos, ensamblados en la creación de un momento de placer único. Ni siquiera lo molestaba que no fueran atractivos, que no le causara ninguna excitación pensar en ellos desnudos en una cama. Lo molestaba una cuestión de lógica que él se atrevió a calificar, aunque no le gustaba el término, de "existencial". ¿Cómo podían gozar de ese modo esos tristes ejemplares humanos?
El concierto amoroso continuó durante horas. Era casi una proeza olímpica. Por momentos, volvía el silencio, pero para ser renegado veinte minutos después. Hasta que, por último, hacia las cinco, todo volvió a la tranquilidad. El profesor se dijo que, por la mañana, los rostros de los dueños reflejarían el cansancio de aquella noche, pero también podrían leerse en ellos las marcas de la plenitud, quizá hasta asomaría una sonrisa en la boca de la mujer habitualmente quebrada por la envidia. Volvió a dormirse. Por poco tiempo. A las seis y media, se elevó en el hotel la voz de la dueña que entonaba canciones italianas a voz en cuello mientras limpiaba con la aspiradora sus tesoros de mal gusto diseminados como bacterias asesinas en los rincones. Pero esa voz, a pesar de que cantaba melodías alegres, tenía inexplicablemente el mismo dejo amargo que el profesor había notado en la comisura de los labios de la mujer. ¿Cómo podía fingir, y no sentir, alegría aquel ser privilegiado, tocado hacía apenas unas horas por el placer más intenso? ¿Y por qué fingía? ¿Por qué su canto estaba teñido por la furia? Era como si la aspiradora y esas melodías fueran las armas de una venganza.
Hacia las ocho, el profesor se levantó con apuro. Quería ver una vez más la pointe-sèche de Helleu e irse en cuanto pudiera de Castiglioncello. Su apuro se debía también a la curiosidad. Anhelaba ver los rostros de los dueños. Algún cambio debía notarse en ellos. Bajó al restaurante. El hombre ya estaba sentado a su mesa, escribiendo. Ni siquiera se dio vuelta para devolverle el saludo. Franca se acercó a Montechiaro y le preguntó qué quería tomar. El profesor volvió a encontrar en la cara de la dueña los surcos de fracaso alrededor de la boca. Eso sí, había un detalle nuevo en los ojos: la nostalgia había desaparecido y había sido reemplazada por un odio intenso, el tipo de odio que nace de un reclamo. Pero ese odio, una vez más, no estaba dirigido a él.
El profesor bebió su capuchino y salió. Debía regresar en poco más de una hora para buscar su equipaje e irse a la estación. No quería perder el tren de mediodía a Roma. El aire fresco lo despejó. En el castillo, se despidió con melancolía de las obras de Helleu y dejó para el final a Proust. Se dijo que ese hombre de barba negra y larga, la barba de la agonía y de la muerte, le había anunciado la dicha y las tristezas de la vida, le había enseñado a ver y a nombrar todo lo que merece verse y nombrarse, también las miserias. Le había prestado las palabras para describir los celos, el deseo, la belleza de la música y las intermitencias del corazón. Por todo eso le estaba agradecido. Le dio la espalda rápidamente a la vitrina porque no quería volver a emocionarse y regresó al hotel. Se sintió orgulloso por el corte abrupto que había dado a sus sentimientos. Pensó que se había comportado casi como un inglés.
Lamentaba tener que enfrentarse a Franca. Se aproximó al mostrador, pidió la cuenta, pagó y se aprestaba a subir la escalera en busca del equipaje (esta vez, no quiso ordenar que se lo bajaran porque Franca ya no le inspiraba odio, tampoco pena, sino desprecio), cuando, de pronto, la cortina de terciopelo escarlata, el lujo ochocentesco de la decoración, se levantó como impulsada por un vendaval, y el profesor vio que detrás se abría una puerta. Advirtió que la puerta daba acceso a una habitación casi secreta. Alcanzó a entrever que era quizá el cuarto más importante del hotel. Pero eso no fue lo que más le llamó la atención. Una mujer alta, de unos treinta y cinco años, con una cabellera que era una mata roja, apareció en el marco de la puerta. Tenía los ojos verdes, que subían rasgados hacia las sienes, como los de una espía de la Cortina de Hierro, unos ojos que dirigían rayos de luz hacia los otros, como si esperara hipnotizarlos o penetrar hasta el último de los secretos de quien tenía delante. El cuerpo hermoso estaba desnudo debajo del vestido negro que la ceñía por completo y que subrayaba más que ocultaba el esplendor de aquella carne que el profesor intuyó firme y ofrecida. La mujer estaba envuelta en un perfume que tenía la persistencia y la profundidad de una obsesión. Detrás de ella, surgió un joven muy alto y rubio, tan espléndido como su compañera: el arquetipo de un príncipe eslavo de epopeya. Era un hombre que no había llegado a los treinta años, menor que Mata Hari (algún nombre prestigioso había que dar a semejante mujer). El se parecía a alguien. El profesor buscó un instante en su memoria y la imagen surgió perfecta. Era el Alejandro Nevski de Eisenstein: una especie de dios rubio, generoso, capaz de guiar un pueblo, de llevar, como en la película del director ruso, un niño sobre sus hombros, símbolo de la fecundidad y de la virilidad triunfante del héroe. El muchacho abrazó por detrás a la mujer y ella fijó su mirada con una sensualidad irónica en los ojos del profesor, mientras sonreía. Era una sonrisa plena de sobreentendidos, de picardía y al mismo tiempo, mundana. Era como si a través de la belleza de esa mujer, de sus uñas pintadas de un rojo profundo, de sus anillos, de la pulsera de marfil que ceñía su muñeca, del perfume que levantaba cada uno de sus movimientos, un mundo de remota elegancia hubiera entrado en el hotel. Ella dominaba la situación, imponía su experiencia sobre Alejandro Nevski con una autoridad ancestral. Esa mujer era una novela. Y el joven rubio completaba la historia. Los labios sonrientes, los blancos dientes del Alejandro Nevski de Castiglioncello hablaban de la música maravillosa que el profesor siempre había estado dispuesto a admirar, de esa misma música que había escuchado en la madrugada. Así como había agradecido a Proust todo lo que le había dado, ahora tenía que agradecer a esos dos seres maravillosos que se ofrecieran ante sus ojos en un ambiente tan deprimente como aquél.
La mujer de pelo rojo se dirigió a Franca y con una voz bella, pero de timbre metálico dijo con la seguridad de quien está acostumbrado a mandar y a ser obedecido: "¿Le pareció indispensable que en este hotel desierto, a no ser por el señor -señaló al profesor-, usted se pusiera a limpiar y a cantar a las seis de la mañana para despertar a sus huéspedes? Deme la cuenta".
Franca no le contestó, pero la miró con un odio renovado; esta vez sí, dirigido a una persona y no al universo.
El profesor no podía arrancarse a la contemplación de esos dos seres novelescos, pero debía irse. Preguntó a Franca con desesperanza: "Por supuesto, no hay taxi ni nadie que pueda llevarme a la estación". Antes de que Franca le contestara, la mujer del pelo rojo lo tomó por el brazo y le dijo: "Me llamo Lavinia Lanza Caetani. Mi amigo es Andrei. Viajamos en coches separados. Andrei lo llevará a la estación". El profesor les agradeció a Lavinia y a Andrei que le evitaran la caminata. Ella, con una expresión seria y protectora a la vez, dijo: "De ninguna manera podemos permitir que usted recorra toda esa distancia a pie y de ninguna manera podemos permitir que se quede un minuto más aquí. Por favor, deme el brazo, necesito apoyarme en alguien para caminar sobre el pedregullo indigno del jardín. Andrei le cargará sus valijas". Del mismo modo la reina de Nápoles le había ofrecido su brazo al barón de Charlus, cuando la advenediza Madame Verdurin de En busca el tiempo perdido se atrevió a humillarlo durante una recepción. Lavinia y Andrei se besaron brevemente en los labios delante del automóvil del joven. El profesor no pudo impedirse urdir varias historias posibles de aquella pareja: quizá ella era casada, por supuesto con otro hombre, quizá había conocido a ese muchacho en la ruta, casualmente, de coche a coche. O quizá ya eran amantes y se habían citado en ese lugar desierto para que nadie los descubriera. Lavinia tenía un apellido aristocrático. Debía de temer ser reconocida. Aunque esa mujer no debía de temer a nada. Los lujosos coches de la pareja contrastaban con la fachada desprolija del hotel. Lavinia le tendió la mano por última vez al profesor y se subió al Mercedes. El profesor se instaló en el Jaguar de Andrei. Y entonces se dio cuenta de que el perfume obsesivo de Lavinia había sido reemplazado en el interior del coche por el aroma fresco y viril de Andrei. Del cuerpo del joven, se desprendía una fragancia que no provenía de ninguna eau de toilette de moda. Uno podía reconocer en ese aroma el rastro de la agitación de aquella madrugada, algo así como la esencia, el combustible sutil y eficaz que ponía en movimiento aquel cuerpo atlético.

En el corto trayecto a la estación, Andrei y el profesor casi no se hablaron. Se limitaron a sonreírse. Quizá él no hablaba italiano. Cuando llegaron, Andrei bajó el equipaje del profesor, lo cargó hasta el andén del tren que partiría hacia Roma y, una vez más, los dos se estrecharon las manos.

El profesor lo vio alejarse. No esperó que Andrei desapareciera dentro del hall de la estación. Le dio la espalda como le había dado la espalda al retrato de Proust y miró hacia el horizonte de donde vendría el expreso. Otra vez se sentía un personaje de una novela o de una película inglesa. Tenía un poco de frío.

El tren estaba casi desierto. El profesor se sentó junto a una ventanilla. Cuando la máquina se puso en marcha, se llevó las manos al rostro. Hundió su cara en ellas. El perfume de Lavinia, ese perfume extraño, artificial y único, se mezclaba con el aroma vigoroso, ligeramente salvaje, de la piel de Andrei. El sol que entraba a través del vidrio le devolvió el calor. No podia resignarse a dejar de respirar el recuerdo de esos dos cuerpos que yacía en sus manos. Se le ocurrió entonces otro lugar común. En realidad, ¿a qué profesor de literatura no se le ocurren todo el tiempo lugares comunes literarios? No tenía por qué avergonzarse de los lugares comunes, pensó. No tenía por qué avergonzarse de pertenecer al género humano. Iba hacia Roma y hacia el amoR porque se lo habían dado a manos abiertas, porque lo había escuchado en un grito que jamás se borraría de su espíritu. Sabía que, en el momento de la despedida definitiva, nadie registraría la imagen de un profesor desconocido como él: Loris Montechiaro no era Proust. Sólo esperaba poder recordar en ese instante final aquel grito de Castiglioncello y los perfumes que ahora apresaba como un tesoro en sus manos entrelazadas y bañadas por el sol.


*Por Hugo Beccacece
Para LA NACION - Buenos Aires, 2006
*Fuente: La Nación
Link permanente: http://www.lanacion.com.ar/865732





La argentinidad viaja en colectivo*


*Por Beatriz Sarlo bsarlo@viva.clarin.com.ar


Los porteños ya nos hemos acostumbrado a considerar normal que las boleterías de los subterráneos sean también multikioscos, algo inaudito, inédito y difícilmente concebible en otras grandes ciudades del mundo, con las que nos comparamos en nuestras fantasías, donde los gerentes de las compañías de transporte urbano no creen que sus empleados puedan atender al mismo tiempo
dos tareas de naturaleza diferente e inconciliable excepto por el hecho de que se trata de vender.
En otros lugares del mundo, donde la capacidad de trabajo no es tan polifacética, vender el billete de acceso a un servicio público no se mezcla ni en un sueño ávido de ganancias con la circulación mercantil de gaseosas y golosinas. Lo normal es la concentración en una función única. Pero estamos en la Argentina y los trabajadores son los más veloces, los más inteligentes y los más multitarea del mundo; y nuestros empresarios son los más creativos. En viveza, como es sabido, no nos gana nadie. Si quieren mi opinión sincera: Dios es argentino.
En los últimos tiempos, han sido los propios trabajadores multitarea por excelencia, los colectiveros, quienes salieron a la calle a protestar por el estado deficiente de las unidades en circulación y por los horarios, que ellos juzgan imposibles de cumplir, exigidos por muchas empresas. Esos horarios serían los responsables de que los colectivos anden como bólidos, piquen en cuanto se anuncie el verde en los semáforos, pasen otros vehículos en cualquier circunstancia e incurran en un variado elenco de infracciones.
En otras grandes ciudades del mundo, donde el transporte público de superficie no está sometido a horarios de competición, la marcha de un ómnibus urbano es completamente regular, sin aceleraciones ni frenadas. A cualquier argentino acostumbrado a la pista porteña, esos ómnibus le resultan extrañamente lentos y, para nuestra percepción del tiempo, circulan como adormilados, sin empeñarse en ganar esos quince metros libres que están frente al vehículo y que éste, casi perezosamente, no se lanza a ocupar; los ómnibus de otras ciudades del mundo en general no se apartan de la línea recta e ignoran todas las filigranas del zigzag sobre el asfalto. Cuando se acercan a la parada, van tomando despaciosamente una diagonal que les permite llegar al punto justo sin realizar maniobras más parecidas a las de estacionar en tres metros, esas diestras sacudidas que conocemos perfectamente en Buenos Aires.
Claro, también debería decirse que las líneas de transporte público en esas grandes ciudades del planeta circulan casi únicamente por avenidas, y que a ninguna autoridad se le pasaría por la cabeza permitir que tres líneas utilicen en simultáneo una callecita angosta como muchas del centro de Buenos Aires. Son originalidades argentinas, que quizá deberíamos incorporar a nuestro marketing turístico porque a los europeos y norteamericanos que ya han visitado Nepal y han hecho safari fotográfico en Africa, les encanta cualquier nueva forma del turismo de aventura. Y los jóvenes del Primer Mundo, que buscan destinos baratos, toman menos colectivos que los nativos.Como cualquier turista,en cualquier lugar del mundo, prefieren los subterráneos o caminar (estos jóvenes encuentran,con entera justicia,que Buenos Aires es muy caminable).Los turistas, salvo que sea acompañados de un guía,no van desde Lugano o Soldati al centro,ni se preguntan cuál es el colectivo que los deja más directamente en Pompeya cuando han terminado de comer en un restó de Palermo.
O sea que las cuestiones del transporte público nos conciernen y nos importan a los locales, que deberíamos mostrar nuestro reconocimiento a los colectiveros que salieron a protestar por el estado de las moles imperfectas que deben manejar todos los días. Si la legislatura porteña no estuviera tan conmovedoramente ocupada en sancionar leyes como la que obliga a los restaurantes a ofrecer un menú light, quizás encontraría tiempo para pensar, junto con el Jefe de Gobierno, sobre el disparate de una ciudad que no ejerce el control sobre su sistema de transporte, que todavía depende de la correspondiente secretaría del gobierno nacional.
En fin, siguiendo ese camino se podría opinar que es blanda e inconsistente la capacidad de la ciudad de Buenos Aires para autogobernarse. Pero no seguiré en la dirección abierta por este tema porque no quiero olvidarme de los colectivos. En la misma semana de las justificadas protestas, subo a uno de ellos y, al informarle al conductor el precio de mi pasaje, observo que tiene un teléfono celular en la mano.
Es la una de la tarde, el colectivo se desplaza por una calle céntrica donde compite por el espacio con otras líneas, y el colectivero, mientras espera que los pasajeros terminen de subir, está chequeando la pantalla de su telefonito. Mientras arranca, le echa la última ojeada, lo cierra, pero no se lo echa al bolsillo. El celular queda apresado entre la palma de su mano y el volante, listo para otro chequeo, en el próximo semáforo. Estoy convencida de que la escena es imposible de ver en ninguna otra ciudad del mundo.


*FUENTE: REVISTA VIVA- CLARÍN
http://www.clarin.com/diario/2006/12/10/sociedad/s-01325368.htm





Weil y la ciencia*

*Por Federico Kukso

SOBRE LA CIENCIA
Simone Weil
El cuenco de plata. 256 págs

Las cartas y escritos hallados póstumamente tienen siempre cierto reverso melancólico. Tal vez porque tuvieron la mala suerte, el destino trágico y trunco de no haber llegado (sin haber partido). Sin el visto bueno final del autor, estos textos huérfanos, luego de descubiertos, fluyen a la deriva, como piezas incompletas de un mapa mayor inconcluso. En el mejor de los casos, tienen la suerte de caer bajo la mano dócil de un compilador tan astuto como hábil que hace lo mejor que puede y los aglutina con ingenio
para lograr que la desconexión -inherente e inevitable- se olvide al menos por un rato. Más o menos, tal intento es lo que se percibe en Sobre la ciencia de la francesa Simone Weil, una de las mentes más brillantes y combativas del siglo XX que hizo de la vida de los obreros en una fábrica de
Renault -donde trabajó- el núcleo de su pensar (expuesto en su obra clave, La condición obrera) sin pasar por alto las inclemencias de la Guerra Civil Española y su adhesión completa a la Resistencia francesa.
En Sobre la ciencia (escrito entre 1929 y 1930), Weil toma un descanso de las luchas proletarias ("Allí recibí la marca del esclavo", expresó sobre su paso por Renault) y se aleja un poco de la situación rusa, Stalin y la doctrina marxista, para internarse de lleno en la cuna del pensamiento occidental: la Grecia clásica. Allí se siente cómoda. Y se percibe. Con una lucidez filosófica (y un estilo fluido), examina los momentos sublimes de la historia de la ciencia como el (a su entender) "mayor momento de la historia" -la aparición del geómetra Tales de Mileto-, la consagración de la matemática y la ciencia como discurso dominante ("los científicos verdaderamente han sucedido a los sacerdotes de las antiguas teocracias, con
la diferencia de que una dominación usurpada es reemplazada por una autoridad legítima", dice), la física y la percepción en Descartes ("Descartes fue el primero en entender que el único objeto de la ciencia son las cantidades mensurables"), la enseñanza de las matemáticas, el futuro de la ciencia y la teoría de los quanta.
El resultado es sorprendente: una mirada no trivial ni acumulativa (sus ensayos no se caracterizan por ser una sumatoria de fechas y nombres) que retoma los hilos argumentativos que se dispararon con Tales y su invención de la geometría, momento, según Weil, en el que se destruyó el imperio de los sacerdotes y se "empezó a saber".


*FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/14-1613-2006-12-09.html





Ejercicios de escritura:


1. La agenda del año*

Un año puede ser una lluvia. Un vértigo de acontecimientos que apenas pueden ponerse en palabras.
Sea por el dolor, la alegría o el asombro, los invito a construir una agenda de sucesos-sentimientos -ficciones del año. Mes por mes, consignemos frases sobre acontecimientos personales y/o sociales.
Los escritos se publicarían del 26 al 31 de diciembre.
(Para cualquier consulta me escriben)

*Eduardo F. Coiro. inventivasocial(arroba)hotmail.com




2. Collage de frases.

Se trata de construir una narración utilizando en la mayor medida posible una serie de frases:

-El/ella habla desde una antigua devastación.
-No estoy lo suficientemente deprimido/a para ser artista.
-Como a esa gente que se aferra habitualmente a un salvavidas de plomo.
-Cuidame a mi nena, que no le pase nada, por que si no cuando vuelvas te la vas a ver conmigo.
-Hasta que punto del sufrimiento hay que llegar para parir la escritura.
-Lo más inconscientemente feliz que pueda.
-Tenía vocación por remontar ilusoriamente la adversidad.
-Nadie puede amar sin el corazón libre.
-El mundo para el/ella era un gran tedio.
-Para el dolor nunca hay auspiciantes.
-"casi un fracasado como vos".
-Llevaba en silencio la plegaria que dice por mi culpa, por mi culpa, por mi grandisima culpa.
-Pero esa ilusión de futuro ya casi se desvanece.
-Y le pedimos al otro, más que a nosotros mismos.
-Vió una clara vocación por el destierro, por el exilio de propia vida.
-¿Cómo hacer para que la vida no sea morir lentamente en gotas?
-Era una imposición razonable al lado de otras murallas brutales, pero una imposición al fin.
-Aquello era una cienaga sobre la que no se podía construir nada estable.
-En esa lucidez sin remedio que tienen las víctimas.
-Todos somos actores, y no dejamos de representar un papel para los demás.


Para dudas y consultas, me escriben, es para publicar antes del fin de año.


*Eduardo F. Coiro. inventivasocial(arroba)hotmail.com



3. Re-escribiendo a Inventiva Social*

A la largo del año se editaron y titularon muchas ediciones. Quiero proponerles que tamicen, que condensen en algunas frases las experiencias de lectura y/o escritura en Inventiva Social.
Para el 29 /30 de diciembre.


*Enviar escritos a: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar



Una antología personal.
-Sólo para socios de Inventiva-

Los invito a enviarme una selección de sus escritos (ya publicados o no) para editarlos en los últimos días del año y durante el mes de enero del 2007. Con respecto a la extención de cada antología, la idea es no superar los 100 kb.
Cualquier duda me escriben.

*Eduardo F. Coiro. inventivasocial(arroba)hotmail.com





*
Queridas amigas, queridos amigos:

El próximo domingo 10 de diciembre del 2006 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), música del compositor mexicano Mario Lavista. Las poesías que leeremos pertenecen a Luisa Futoransky (Argentina) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes); todo ésto en nuestro programa Poesía y Música Latinoamericana, en español y alemán. ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream) !!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067


*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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