Friday, March 07, 2008

GAVIOTAS...


GUITARRA*


*de Nicolás Guillén


Fueron a cazar guitarras,
bajo la luna llena.
Y trajeron ésta,
pálida, fina, esbelta,
ojos de inagotable mulata,
cintura de abierta madera.
Es joven, apenas vuela.
Pero ya canta
cuando oye en otras jaulas
aletear sones y coplas.
Los sonesombres y las coplasolas.
Hay en su jaula esta inscripción:

“Cuidado: sueña”.



*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






GAVIOTAS...




EL QUE SIEMPRE DA LA RAZÓN*



*Roberto Arlt.


Hay un tipo de hombre que no tiene color definido, siempre le da a usted la razón, siempre sonríe, siempre está dispuesto a condolerse con su dolor y a sonreír con su alegría, y ni por broma contradice a nadie, ni tampoco habla mal de sus prójimos, y todos son buenos para él, y, aunque se le diga en la
propia cara: "¡Usted es un hipócrita!" es imposible hacerle abandonar su estudiada posición de ecuanimidad.
Incluso cuando habla parece llenarse de satisfacción, y da palmaditas en las espaldas de los que escuchan como si quisiera hacerse perdonar la alegría con que los agasaja.
Esta efigie de hombre me produce una sensación de monstruo gelatinoso, enorme, con más profundidades que el mismo mar.
No por lo que dice, sino por lo que oculta. Obsérvelo.
Siempre busca algo con que halagar la vanidad de sus prójimos. Es especialista en descubrir debilidades, no para vituperarlas o corregirlas, sino para elogiarlas y echarles aceite como a la ensalada.
Es usted haragán. Pues el tipo le dirá:
-¡Qué macanudo "fiacún" es usted! Lo envidio, Jefe...
En cambio, usted tiene la pretensión de ser buen mozo. El fulano lo encuentra, y, parándolo, le pone las dos manos en las coyunturas de los brazos, lo mira dulcemente y exclama:
-¡Qué elegante está usted hoy! ¡Qué bien! ¿Dónde compró esa magnífica corbata? Hombre dichoso.
Usted camina preocupado de encontrarse enfermo. Mi monstruo localiza su obsesión y exclama, casi indignado:
-¿Enfermo usted? No chacotee. ¡Qué va a estar enfermo! Enfermo estoy yo.
E ipso facto desembucha tal colección de enfermedades, que usted casi lo mira con terror... y contento de hallarse doliente de una sola enfermedad.
Se me dirá: "Son características de individuo enfermo, débil".
Más que hombre mi individuo es una enredadera, lenta, inexorable, avanzadora. Puede cortarle todos los retoños que quiera, puede ofender a esta enredadera, del mejor modo que le dé la gana. Es inútil. El monstruo no reaccionará.
Crece con lentitud aterradora. Clava las raíces y crece. Inútil que el medio le sea adverso, que nadie quiera ayudarlo, que lo desprecien, que le den a entender que lo peor puede esperarse de él. Tiempo perdido. La enredadera, a cambio de injurias, le devolverá flores, perfume, caricias. Usted lo
despreció y él se detendrá un día asombrado ante usted, exclamando:
-¿Quién es su sastre? ¡Qué magnífico traje le ha cortado! Sinvergüenza, no hay derecho a ser tan elegante.
Usted dice un mal chiste; el hombre se ríe, lo "lomea" y después de ser casi víctima de una congestión por exceso de risa, dice:
-¡Qué gracioso es usted!... ¡Qué bárbaro!...
Y nuevamente vuelve a ser víctima de un ataque de risa, que le sube desde el vientre hasta la nuca.
Está bien con todos. Algunos lo desprecian, otros lo compadecen, rarísimos lo estiman, y a la mayoría le es indiferente. El, más que nadie, tiene perfecto conocimiento de la repulsión interna que suscita, y avanzacon más precauciones que una araña sobre la red que extrae de su estómago.
Está bien con todos. Puede usted comunicarle un secreto, en la seguridad que él lo embuchará más celosamente que una caja de hierro.
Puede usted hacerle una barrabasada. Antes de que tenga tiempo de disculparse, él le dirá:
-Comprendo. Olvidemos. Somos hombres. Todos fallamos. ¡Ja, ja! ¡Qué rico tipo!
Imperceptiblemente sus gajos van prendiendo. Enroscándose a las defensas fijas. No es necesario verle a él, para comprender dónde se encuentra. Más aceitoso que una biela, se corre de un punto a otro con tal eficacia de elasticidad, que allí donde haya alguien a quien festejar o adular allí tropezaréis con su sonrisa amplia, ojos encandilados y sonrientes, y manos beatíficamente cruzadas sobre el pecho.
No le sorprenderán en ninguna contradicción; salvo las contradicciones inteligentes en que él mismo incurre para darle razón a su adversario y dejarlo más satisfecho de su poder intelectual.
Otros se quejan. Hablan mal de la gente, del destino, de los jefes, de los amigos. El, de la única persona de quien habla mal es de sí mismo. Los demás, para los demás, exuda no sé de qué zona de su cuerpo tal extensión de aceite, que en cuanto alguien encrespa una palabra él ahoga la tempestad del vaso de agua con un barril de grasa.
Dije que este hombre era un monstruo, y que me infundía terror, terror físico, igual que una pesadilla, porque adivinaba en él más profundidades que las que tiene el mar.
Efectivamente: ¿se lo imaginan ustedes a este bicharraco enojado? ¿O tramando una venganza?
"La procesión va por dentro." Exteriormente sonríe como un ídolo chino, eternamente.
¿Qué es lo que desenvuelve dentro de él? ¿Qué tormentas? No me lo imagino... puede estar usted seguro que en la soledad, en ese semblante que siempre sonríe, debe dibujarse una tal fealdad taciturna, que al mismo diablo se le pondrá la piel fría y mirará con prevención a su esperpento sobre la tierra:
el hipócrita.


*Fuente: http://www.elortiba.org/arlt.html






La tierra incomparable*


(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto



CUARENTA Y DOS.


Antes del mediodía Agata se dirigió a la casa de Carla.
Habían quedado en almorzar juntas. Tina no estaba, por lo tanto Agata se encargó de cocinar. Le gustó adueñarse du­rante un rato de la cocina de su amiga. Puso la mesa, sirvió y se ubicaron frente a frente. El almuerzo era una ceremo­nia de despedida, pero no hablaron de eso. Charlaron so­bre el viaje de Agata a Venecia. También sobre Silvana y aquella situación con Vito que no se terminaba de definir. Agata se dio cuenta de que ése era un terreno en el que Carla se movía con cautela, se notaba que la preocupaba.
-Lo que más deseo en la vida es verlos juntos. No pido otra cosa -dijo.
Agata ignoraba si estaba enterada de lo que había sucedido en los últimos días y no lo mencionó. Le preguntó: -¿Cómo es Vito?
Carla tardó en volver a hablar. Después solamente dijo: -Para mí son un misterio.
Agata levantó la mesa y se puso a lavar los platos. Carla trató de impedírselo, protestó:
-Tina llega en cualquier momento.
Agata no le hizo caso:
-Son dos minutos.
-Cuando estés en la Argentina te vas a acordar que lo último que hiciste en mi casa fue lavar los platos
-se la­mentó Carla.
Tina apareció cuando estaba terminando y les preparó café. Agata miró la hora y comentó que quería ir a ver su casa.
-Quedáte un poco más -dijo Carla-. Tenés tiempo.
-Mientras voy y vuelvo se va a hacer noche, camino despacio.
Agata se colocó su abrigo y Carla insistió en pararse y acompañarla hasta la puerta.
-Aunque se vayan temprano, mañana pasen a saludar­me -dijo.
-Claro que pasamos.
-De todos modos -ahora Carla sonreía y apretaba con fuerza el brazo de Agata-, hoy o mañana, quiero que nos despidamos así nomás, muy sencillamente, porque estoy segura de que nos volveremos a ver.
Era un domingo plácido y destemplado, sin gente en la calle a esa hora. El cielo estaba cubierto. Agata no eligió el camino de atrás, por donde había ido con Silvana el pri­mer día y después a rescatar el tesoro. Tomó por la calle ancha y recién después del orfanato y algunas construccio­nes nuevas que tapaban la vista pudo ver la casa sobre la loma. Había pasado varias veces por ahí, con Silvana, pero siempre en coche.
Ahora avanzaba por la vereda opuesta a la subida hacia la casa. Cuando llegó a la altura de los escalones de piedra se detuvo para cruzar. Los escalones, el pilar y un par de metros de muro a cada costado
-piedras ennegrecidas, ar­bustos en las grietas- eran de las pocas cosas que no habían cambiado en ese tramo de la calle. En el pilar todavía quedaba el cuadrado de mármol con el número: 77. La pa­ta del segundo siete se había borrado. Desde donde Agata estaba no se veía la casa. Antes de que cruzara apareció un chico, arriba, en el sendero. Bajó saltando y se sentó en el primer escalón. Aquella presencia la detuvo. Fue como si el chico hubiese tomado posesión del lugar, excluyéndola. No quería cruzar con ese testigo ahí, deseaba estar sola cuan­do se acercara a los escalones. El chico se metió un dedo en la nariz, sacó algo del bolsillo -una pastilla, un chi­cle-, y se lo llevó a la boca. Agata decidió esperar a que se fuera. ¿En cuál de las casas de allá arriba viviría? Pasaron algunos minutos. No se veía a nadie más, estaban solos, enfrentados, uno en cada vereda. De tanto en tanto aparecía un coche y la cabeza del chico giraba de un lado al otro y a veces sus ojos se detenían en Agata. En el cielo apare­ció una avioneta, ambos siguieron sus evoluciones y, cuan­do el zumbido se esfumó, el chico volvió a mirada. ¿Qué pensaría de esa anciana detenida del otro lado de la calle? Las nubes se abrieron y un golpe de luz iluminó las ramas, el muro y los escalones. Agata seguía esperando. ¿Va a quedarse todo el día sentado ahí? Después en el sendero apareció una chica, un poco mayor, bajó y ambos se fue­ron por la calle ancha hacia el pueblo. Tal vez el chico hizo algún comentario, porque Agata los vio darse vuelta una vez para mirada.
Esperó que se alejaran aún más y entonces cruzó. Tocó la pared y deslizó los dedos por las piedras. Había subido y bajado esos escalones durante casi cuarenta años: de niña, de adolescente, de mujer. Para ir y volver del colegio, de la fábrica, para ir a casarse, para huir del toque de queda. La última vez para partir a América. Ahora, en esta tarde de domingo, a punto de irse de nuevo, quiso subirlos y bajarlos una vez más. Se paró en el primer escalón, pasó al se­gundo, al tercero. Juntaba los pies en cada uno. Cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Eran nueve. También aquel ritual le devolvía un viejo sabor familiar. Era como si sus piernas hubiesen conservado, al cabo de tanto tiempo, la memoria y la medida exacta de la distancia entre escalón y escalón. Cuando alcanzó el último se dio vuelta y, sin tran­sición, empezó a bajar, lenta, cuidadosa. Pisó la vereda y subió de nuevo: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Se demoró unos minutos arriba, para descansar. Miró hacia el fondo de la calle que llevaba al pueblo y otra vez la golpearon los recuerdos. Vio a Mario en la bicicleta nueva, a los chicos regresando del colegio, a las banderas de los partisanos el día de la liberación. Hubiese podido quedarse toda la tarde recuperando y recuperando.
Siguió por el sendero, pasó frente a una casa nueva y a otra de su época que con las refacciones estaba irreconocible. No pudo avanzar más. A su lado, casi tocándola, aso­mandose entre los ligustros y el alambrado, apareció la ca­ra de un perro. Al principio no ladró, emitía gemidos desesperados y todo su esfuerzo estaba dedicado a empu­jar y tratar de salir. Era un animal enorme, negro, la ca­beza tan grande como la de un ternero crecido. El cerco temblaba. Agata retrocedió, dio media vuelta y regresó hacia los escalones. Entonces el perro ladró. Seguía la­drando cuando ella llegó a la calle. Agata permaneció unos minutos con la espalda apoyada al muro, para reponerse del susto. Después buscó un lugar desde donde, aunque fuese de lejos, pudiese mirar la casa.
Camino un trecho corto, calle abajo, bordeando un cer­co de alambre tejido. En su época toda esa zona era terre­no abierto y en el invierno, por la pendiente que bajaba desde la casa, se deslizaban los trineos. Ahora ya casi no se veían espacios libres. Apenas una cuña de tierra con un huerto descuidado, un manzano, un laurel, ropa tendida. Había un feo edificio de cuatro pisos, color ladrillo sucio. Y detrás otras construcciones del mismo estilo. En el decli­ve, muritos de piedra, escalonados, para aprovechar las partes planas. No alcanzaba a distinguir qué habían sem­brado en esos escalones. Y allá arriba estaba su casa. En las paredes, revocadas, sin pintura, se veían grandes man­chas oscuras. Las persianas estaban pintadas de marrón, igual que el alero del techo. Los marcos de las ventanas, color crema. Detrás de los vidrios cerrados se adivinaban cortinas blancas. Sobre el techo, plateada, una antena de televisión. En el frente, las ramas sin hojas de una planta de caquis, cargadas de frutos anaranjados, tocaban la baranda de hierro del balcón. Viéndola desde abajo, la casa aparecía todavía más oprimida por las dos construcciones que la flanqueaban, la superaban en altura y le quitaban espacio y luz. Agata se quedó ahí, con los dedos de una mano enganchados en el alambrado, mientras detrás de ella aparecían, crecían y luego se perdían los motores. De cuando en cuando cerraba los ojos unos segundos y los volvía a abrir para comprobar si había grabado bien la imagen. Después ya no los cerró. Los mantuvo fijos hasta que se le nublaron y entonces sólo existieron la casa y ella. Y comenzó a ver la casa como era en el momento de partir, y antes todavía, cuando ella era joven, cuando era una ne­na. En la figura clara de la casa hubo un parpadeo y allá arriba las ventanas se poblaron de fantasmas. Entonces la casa le habló. Agata se esforzó por identificar la voz. Se quedó quieta, sin moverse, sin distraerse, por temor a que la visión y la voz se esfumaran. Al principio fue un mur­mullo tenue y confuso. Pero después fue creciendo y se impuso a todo. Lo que surgía de la casa era un llamado en el que había cansancio y cosas distantes y nostalgias. Agata prestaba atención. Aquella voz se parecía a la suya. Sintió que era el corazón de la casa el que le hablaba. Y el cora­zón de la casa estaba amasado con tantas cosas: nacimien­tos, muertes, tribulaciones, miedo de los años de guerra. Y trabajo, trabajo: el de sus abuelos, el de su padre, el suyo, el de Mario. Todo eso era la casa. En la tarde de domingo, no hubo más que esa voz. Y entonces Agata percibió que en el largo y uniforme discurso de la casa había, además, un reclamo. Era como si la casa albergara una queja por el abandono de años y años a que había sido sometida. Aho­ra Agata la estaba percibiendo como un ser vivo que había sufrido abandono y olvido. Entonces sintió pena por la ca­sa y por sí misma.
Hubo un silencio que fue como una señal de despedida y otros llamados llenaron el aire quieto de las montañas. Allá arriba, detrás de aquellas ventanas, resonaban otras historias, vivía gente que ignoraba la existencia de ese viejo corazón de la casa. Agata se quedó un tiempo largo miran­do hacia la cima de la loma, mientras los motores seguían pasando y pasando a sus espaldas. En las ramas de la plan­ta de caquis se movían algunos pájaros oscuros. Después Agata regresó hasta los escalones y se sentó a descansar en el primero, igual que el chico un rato antes.



*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.







Viernes, 07 de Marzo de 2008
Gaviotas*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Dublín y Barcelona


UNO

Empiezo a escribir esto en Dublín y voy a terminar de escribirlo en Barcelona, y es lunes por la noche y me doy cuenta de que es el segundo (y último) debate entre Zapatero y Rajoy que me pierdo por estar con un escritor. No me parece una mala situación lo de cambiar a dos políticos por dos escritores. Elijo eso en tiempos de elecciones.


DOS

Mientras el pasado lunes 25 de febrero trece millones de españoles sintonizaban sus televisores para contemplar cómo los candidatos del PSOE y del PP se tiraban por la cabeza datos falsos y estadísticas cuestionables (y Rajoy invocaba eso de "la niña" angelical e ibérica por cuyo futuro hay que velar y cuya fantasmal y jocosa presencia ha llenado páginas y sites y comentarios en los noticieros), yo estaba entrevistando en público al escritor inglés Martin Amis. En un momento le pregunté a Amis si un escritor alguna vez llegaba a alguna parte o si moría, siempre, en el camino. Amis respondió algo así: "Mi padre falleció a los 73 años y hacia el final de su vida estuvo muy enfermo. Digamos que se volvió loco. Se debatía entre la razón y la locura, y hubo un momento en que ya no pudo escribir. Aun así, hasta su último día se sentaba frente a su máquina de escribir. Y sólo tecleaba una palabra: gaviota. Yo ahora tengo 58 años y durante mis 40 tuve la crisis que tenemos todos, la de la madurez. Esa crisis donde descubrimos que la muerte ya no es un rumor. Entonces todo se viene abajo y sufrimos y pensamos que todo terminó. Sin embargo, ya en los 50 descubrimos un empuje inesperado en algo que hasta entonces desconocíamos: el peso del pasado.
Arribamos a un punto de la vida donde nuestro pasado es tan grande que nos revitaliza y conmueve. Luego, al final de los 50, tenemos otra crisis: el miedo a envejecer. Y me imagino que luego viene una última crisis que combina a las dos primeras y que acaba con la muerte. Alguien dijo que la juventud es ese estado en el que te miras al espejo y piensas que todo el mundo envejece menos tú. Pero ese estado no dura. Cuando uno es joven, antes de tener 20 años, llega un momento de la vida donde uno se vuelve muy
consciente de sí mismo y empieza a investigarse a sí mismo y a escribir sobre uno. Se escriben pequeñeces, cuentos, poemas, y hacia los 21 o 22 deja de hacerlo. Los escritores son esa clase de ser que nunca supera esa etapa, que siempre sigue narrándose, que atraviesan todas las crisis y que nunca se
dan por vencidos, aun cuando alcanzan ese momento terrible en que, una y otra vez, sólo pueden escribir nada más que una palabra".
Me acordaba de eso mientras, una semana después, caminaba por las calles de Dublín junto al escritor irlandés John Banville. Había gaviotas en el cielo y -en la tapa del último número de Newsweek- aparecía una foto de Zapatero y un título donde se leía "El fiasco español: de cómo Zapatero pasó de ser una estrella europea a convertirse en desilusión nacional", y yo pensé entonces en que los políticos envejecen tanto más rápido que los escritores y en que, ya desde el principio, repiten una y otra vez la misma cosa. Más como loros que como gaviotas.


TRES

John Banville y yo miramos dos portadas de Time. Una de 1934 y una de 1939, y en las dos está James Joyce. "Eran otros tiempos... Un escritor de verdad era cover-story de un semanario internacional", me dice Banville. "Ahora, cada tanto ponen a un escritor. Pero suele ser un escritor más internacional
que verdadero", comenta.
Banville y yo estamos en el James Joyce Museum, en Sandycove, donde se alza la Martello Tower y transcurren las primeras páginas del Ulysses de James Joyce. Una construcción circular de piedra, no muy alta, erguida allí para contener a una posible invasión napoleónica que nunca tuvo lugar y en cuya
cima ondea una bandera azul con tres coronas doradas. Ahora, ahí adentro, hay una recreación poco fiable del recinto en el que conversan Stephen Dedalus y Buck Mulligan y Haine en el amanecer del 16 de junio de 1904, día en que Joyce salió por primera vez con la arrolladora Nora Barnacle. Más
parafernalia joyceana: primeras ediciones, fotos, manuscritos, una de las dos máscaras mortuorias y postales que se agotan cada junio de cada año cuando hordas de turistas que jamás leyeron ni leerán la novela llegan muy temprano por la mañana del 16 para iniciar, sobrios, la ruta del llamado Bloomsday que concluirán borrachos y abrazando a sus respectivas Penélopes o Mollys Blooms sin siquiera sospechar lo que pasa por las cabezas de esas mujeres que piensan sin puntos ni comas mientras, en España, los machos del país siguen matando hembras. En España casi todos los días son Bloodday.


CUATRO

De regreso en Dublín, Clinton le ganó a Obama y se perpetúa el tenso duelo entre la supuesta novedad y la supuesta experiencia. O algo así. Aunque están los que dicen que Obama es más novedoso que novedad y ya se sabe: los juguetes novedosos duran poco y se rompen rápido. O los rompen. Ulysses, está claro, fue una novedad y sigue siéndolo. Leo que Rajoy -quien ya es añejo y se juega sus últimas cartas- cometió el error (esta vez ante 12 millones de espectadores, Debate II) de sacar el tema de la guerra de Irak y de sacar a pasear a Aznar para sus últimos mitines. Y Aznar no hace otra cosa que lamentarse por la injusticia de su destino y se presenta casi como un mártir de la historia. Aznar. Graznar. Gaviotas y... ¿es una gaviota el pájaro que vuela en el logotipo del Partido Popular? Llamo por teléfono a mi mujer y le pregunto si Rajoy mostró la tapa de Newsweek durante el segundo debate y me contesta que no lo vio, que ya está agotada de todo el asunto, que estuvo viendo a House quien, pienso, sería un gran jefe de gobierno o, lo que es lo mismo, un eficiente y nada piadoso diagnosticador de la crisis económica que ahora padece España y para la que cada candidato propone diferentes tratamientos. Zapatero dice que no es para tanto y sana-sana.
Rajoy dictamina que el paciente se muere y que la cosa no pasa por cambiar de medicina sino por cambiar de médico. Y millones de españoles, cansados, son como esa enfermera que se lleva el dedo a los labios y pide un poco de silencio en las paredes de los hospitales.


CINCO

Y falta menos para el domingo de elecciones y ahora estoy en la terminal del aeropuerto de Madrid esperando que se presente la tripulación (retrasada) del vuelo de Iberia a Barcelona. Llegué aquí vía Dublín y no me sorprendió descubrir que el adaptador de enchufes que en el avión de Aer Lingus (viaje
de ida) costaba 15 euros, en el de Iberia cuesta 25. Y mis amigos ya están preocupados por mi obsesión casi patológica con la línea aérea española. Y, sí, tal vez de aquí a unos años yo termine en un asilo tecleando una y otra vez la palabra Iberia, quién sabe. En cualquier caso, hago tiempo leyendo
Newsweek y hojeando la muy linda edición conmemorativa de Ulysses que me compré en Martello Tower.
Y horas antes, almorzando, Banville me contó que varios años después de la muerte de Joyce, las autoridades del lugar decidieron invitar a los festejos del Bloomsday a su hijo Giorgio. Así que lo llevaron allí, le mostraron la torre y esperaron a que pronunciara unas emotivas palabras por estar en el sitio exacto de uno de los dos más grandes Big Bang literarios del siglo XX.
Parece ser que entonces Giorgio sonrió, agradeció a la concurrencia, dijo que el sitio le parecía hermoso, pero -para pasmo de joycecitas y bloomófilos- añadió algo así como "lo que no entiendo muy bien es por qué me han traído a esta torre... ¿Pasó algo importante aquí? ¿Hay algo interesante para ver?".
Arriba, sobre sus cabezas en crisis, debatían como locas las gaviotas y sí, decían, sí quiero. Sí.


*Fuente: Página/12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-100252-2008-03-07.html







MÚSICA*


Como se sabe, la música es extremadamente peligrosa: Incita a la evasión. Por eso los presos la tenemos prohibida.
Es cierto que no podemos hablar de una prohibición explícita, pero en ninguna celda hay aparatos capaces de reproducir música ni se recuerda que tales objetos hayan existido aquí alguna vez; tampoco se tiene constancia de que haya sonado entre estos muros una sola nota musical (si omitimos que todo sonido lo es); para los más antiguos en la institución, cuyos recuerdos han ido erosionando a partes desiguales el transcurso del tiempo y la rutina de la reclusión, el mero concepto resulta extraño.
Otro detalle significante es la actitud del carcelero ante la menor amenaza de ejecución musical por mi parte. Siempre que he tarareado algunas notas (principalmente algunas mañanas en que mi estado de ánimo denotaba los evidentes rastros de haber soñado con Ella) ha aparecido en la entrada de la celda con una expresión severa y ha permanecido allí, firme e imperturbable, hasta ver bruscamente truncada mi pequeña serenata privada. Nunca dice una palabra, pero su sola presencia hace que desaparezca cualquier deseo de seguir en el empeño. Así, la música se arrincona de nuevo en su propia celda y el perenne silencio retorna como una maldición. A veces, ni fue necesario que mis labios emitieran sonido alguno: la simple intención de silbar unos compases provocaba la inmediata comparecencia del carcelero.
Por eso supuso una inexplicable sorpresa escuchar, en medio de la tediosa calma que rige nuestras noches -tan parecidas, en el fondo, a nuestros días- unos acordes provenientes del piso de arriba, donde, según los rumores, se halla la habitación del carcelero (si es que hemos de suponer que existe un sitio semejante). Tuve la perturbadora sensación de haber escuchado antes aquellas notas, que no fui capaz de identificar.
Como hecho aislado, resultaba anecdótico, casi gracioso, pues vendría a demostrar que también el carcelero posee cierta sensibilidad, teoría jamás reconocida por el gremio de carceleros ni tenida siquiera en cuenta por el de presos; pero cuando la audición nocturna se convirtió en costumbre, hubo que tomar medidas: Así, cada vez que la noche se llena de música lejana, -tan tenue que resulta imposible disfrutar de ella, pero no lo bastante como para poder ignorarla- me refugio en mi propio claustro interior hasta anular por completo todo sonido.
Entonces, aterrado por el silencio, el carcelero se aleja con tristeza de su tocadiscos y se pierde entre las galerías en busca de las palabras de aliento de cualquier otro funcionario.


Capítulos anteriores en: http://www.aragonesasi.com/sergio/celda.htm



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com





*

Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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