Friday, November 14, 2008

LA HISTORIA QUE VEÍA SE HIZO OTRA...



*ILUSTRACIÓN DE Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com


EL RÍO*




Hondo
lejano el cielo
es de añil
y zafiro,
aguamarina
y turquesa.
Y luego el verde,
verde pino
verde oliva.
Verde
verdoso
verduzco.
Sumergido,
ondulado el río,
se pierde
sube
baja
contonea.
Entre blanco
pedregullo,
de nácar
de marfil.
El río
musical
en la tarde.
Todo el mundo
lo sabe:
El río
nombra a Heráclito.
Lo nombra.


-De: Inventario en Otoño. Poemas



*de Ana María Broglio. anabroglio2@yahoo.com.ar






LA HISTORIA QUE VEÍA SE HIZO OTRA...





Ulrica*


*Jorge Luis Borges



Hann tekr sverthit
Gram ok leggr i methal theira bert.
Völsunga Saga, 27



Mi relato será fiel a la realidad o, en todo caso, a mi recuerdo personal de la realidad, lo cual es lo mismo. Los hechos ocurrieron hace muy poco, pero sé que el hábito literario es asimismo el hábito de intercalar rasgos circunstanciales y de acentuar los énfasis. Quiero narrar mi encuentro con Ulrica (no supe su apellido y tal vez no lo sabré nunca) en la ciudad de York. La crónica abarcará una noche y una mañana.
Nada me costaría referir que la vi por primera vez junto a las Cinco Hermanas de York, esos vitrales puros de toda imagen que respetaron los iconoclastas de Cromwell, pero el hecho es que nos conocimos en la salita del Northern Inn, que está del otro lado de las murallas. Éramos pocos y ella estaba de espaldas. Alguien le ofreció una copa y rehusó.
-Soy feminista -dijo-. No quiero remedar a los hombres. Me desagradan su tabaco y su alcohol.
La frase quería ser ingeniosa y adiviné que no era la primera vez que la pronunciaba. Supe después que no era característica de ella, pero lo que decimos no siempre se parece a nosotros.
Refirió que había llegado tarde al museo, pero que la dejaron entrar cuando supieron que era noruega.
Uno de los presentes comentó:
-No es la primera vez que los noruegos entran en York.
-Así es -dijo ella-. Inglaterra fue nuestra y la perdimos, si alguien puede tener algo o algo puede perderse.
Fue entonces cuando la miré. Una línea de William Blake habla de muchachas de suave plata o furioso oro, pero en Ulrica estaban el oro y la suavidad.
Era ligera y alta, de rasgos afilados y de ojos grises. Menos que su rostro me impresióno su aire de tranquilo misterio. Sonreía fácilmente y la sonrisa parecía alejarla. Vestía de negro, lo cual es raro en tierras del Norte, que tratan de alegrar con colores lo apagado del ámbito. Hablaba un inglés nítido y preciso y acentuaba levemente las erres. No soy observador; esas cosas las descrubrí poco a poco.
Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad de los Andes en Bogotá. Aclaré que era colombiano.
Me preguntó de un modo pensativo:
-¿Qué es ser colombiano?
-No sé -le respondí-. Es un acto de fe.
-Como ser noruega -asintió.
Nada más puedo recordar de lo que se dijo esa noche. Al día siguiente bajé temprano al comedor. Por los cristales vi que había nevado; los páramos se perdían en la mañana. No había nadie más. Ulrica me invitó a su mesa. Me dijo que le gustaba salir a caminar sola.
Recordé una broma de Schopenhauer y contesté:
-A mí también. Podemos salir los dos.
Nos alejamos de la casa, sobre la nieve joven.
No había un alma en los campos. Le propusé que fuéramos a Thorgate, que queda río abajo, a unas millas. Sé que ya estaba enamorado de Ulrica; no hubiera deseado a mi lado ninguna otra persona.
Oí de pronto el lejano aullido de un lobo. No he oído nunca aullar a un lobo, pero sé que era un lobo. Ulrica no se inmutó.
Al rato dijo como si pensara en voz alta:
-Las pocas y pobres espadas que vi ayer en York Minster me han conmovido más que las grandes naves del museo de Oslo.
Nuestros caminos se cruzaban. Ulrica, esa tarde, proseguiría el viaje hacia Londres; yo, hacia Edimburgo.
-En Oxford Street -me dijo- repetiré los pasos de Quincey, que buscaba a su Anna perdida entre las muchedumbres de Londres.
- De Quincey -respondí- dejó de buscarla.
Yo, a lo largo del tiempo, sigo buscándola.
-Tal vez -dijo en voz baja- la has encontrado.
Comprendí que una cosa inesperada no me estaba prohibida y le besé la boca y los ojos.
Me apartó con suave firmeza y luego declaró:
-Seré tuya en la posada de Thorgate. Te pido mientras tanto, que no me toques. Es mejor que así sea.
Para un hombre célibe entrado en años, el ofrecido amor es un don que ya no se espera. El milagro tiene derecho a imponer condiciones. Pensé en mis mocedades de Popayán y en una muchacha de Tezas, clara y esbelta como Ulrica que me había negado su amor.
No incurrí en el error de preguntarle si me quería. Comprendí que no era el primero y que no sería el último. Esa aventura, acaso la postrera para mí, sería una de tantas para esa resplandeciente y resuelta discípula de Ibsen.
Tomados de la mano seguimos.
-Todo esto es como un sueño -dije- y yo nunca sueño.
-Como aquel rey -replicó Ulrica- que no soñó hasta que un hechicero lo hizo dormir en una pocilga.
Agregó después.
-Oye bien. Un pájaro está por cantar.
Al poco rato oímos el canto.
-En estas tierras -dije-, piensan que quien está por morir prevé el futuro.
Y yo estoy por morir -dijo ella.
La miré atónito.
-Cortemos por el bosque -la urgí-. Arribaremos más pronto a Thorgate.
-El bosque es peligroso -replicó.
Seguimor por los páramos.
-Yo querría que este momento durara siempre -murmuré.
-Siempre es una palabra que no está permitida a los hombres -afirmó Ulrica y, para aminorar el énfasis, me pidió que le repitiera mi nombre, que no había oído bien.
-Javier Otálora -le dije.
Quiso repetirlo y no pudo. Yo fracasé, parejamente, con el nombre de Ulrikke.
-Te llamaré Sigurd -declaró con una sonrisa.
Si soy Sigurd -le repliqué- tu serás Brynhild.
Había demorado el paso.
-¿Conoces la saga? -le pregunté.
-Por supuesto -me dijo-. La trágica historia que los alemanes echaron a perder con sus tardíos Nibelungos.
No quise discutir y le respondí:
-Brynhild, caminas como si quisieras que entre los dos hubiera una espada en el lecho.
Estábamos de golpe ante la posada. No me sorprendió que se llamara, como la otra, el Northern Inn.
Desde lo alto de la escalinata, Ulrica me gritó:
-¿Oíste el lobo? Ya no quedan lobos en Inglaterra. Apresúrate.
Al subir al piso alto, noté que las paredes estaban empapeladas a la manera de William Morris, de un rojo muy profundo, con entrelazados frutos y pájaros. Ulrica entró primero. El aposento oscuro era bajo, con un techo a dos aguas. El esperado lecho se duplicaba en un vago cristal y la bruñida caoba me recordó el espejo de la Escritura. Ulrica ya se había desvestido.
Me llamó por mi verdadero nombre, Javier. Sentí que la nieve arreciaba. Ya no quedaba muebles ni espejos. No había una espada entre los dos. Como la arena se iba al tiempo. Secular en la sombra fluyó el amor y poseí por primera y última vez la imagen de Ulrica.



-Jorge Luis Borges
El libro de arena (1975)







ROSA DE EBANO*



Pampa con cicatrices de destierro.
Flores de sal.
Espejo trizado por hielos de silencio.
Agua quieta dormida.
Agazapada, una rosa de ébano.
Sagrario oscuro semiabierto.
En la puerta, al acecho, la indefensión aguarda.
La indefensión es un lagarto negro que devora los pájaros sin sueño.
Paisaje duro.
Sábanas blandas de alhucemas fragantes.
Anidan las preguntas, la lluvia y el tintero.


Siete años de respuestas ausentes.
Una respuesta ausente es un collar de zarzas incendiadas.
Una zarza incendiada electrocuta las preguntas
Las preguntas cortan los hilos de acero de la noche.


La niña, una mitad salvaje, otra, jazmín de lluvia.
Obstinadamente se balancea en el topacio de los ríos de enero.



*de Amelia Arellano arellano.amelia@yahoo.com.ar








REALEZA*



Una hermosa mañana, en un pueblo muy amable, un hombre y una mujer soberbios gritaban en la plaza pública. "¡Amigos míos, quiero que sea reina!" "Quiero ser reina". Ella reía y temblaba. Él hablaba a los amigos de revelación, de prueba terminada. Se extasiaban el uno junto el otro.
De hecho fueron reyes toda una mañana en que las colgaduras carmesíes se desplegaron en las casas, y toda la tarde, en que juntos avanzaron hacia los jardines de palmas.



*De Jean Arthur Rimbaud.







Veo veo*


*Martín Caparrós
14.11.2008


Mirar es un error. Cuando subí, en México, al avión que me trajo a Nueva York, vi a una mujer muy bella de cincuenta y tantos, con ese estilo escandinavo de cara rubia dibujada fina, todo tan perfecto. Y con ella un fulano bastante arruinado: un sesentón con profusión de arrugas, que debió haber sido un tipo atractivo pero se veía que la vida le había pegado duro.
Yo le miraba los jeans negros gastados, las bolsas en los ojos y me preguntaba, entre otras cosas, qué hacía ella para seguir con él, para ser fiel a lo que él había sido en algún antes, cuando se conocieron, cuando podían creer en aquellas ilusiones. Lo pensé, lo olvidé, me concentré en mi libro de Fuentes. Después, ya parados esperando que se abriera la puerta del avión, me fascinó mirar cómo el fulano se metía una birome en la oreja, la revolvía, la sacaba, la estudiaba con placer de connaisseur, se la ponía en la boca, la chupaba. Más degradación, pensé: el fulano está al horno. Pero fue justo entonces
-¿cuando lo vi chupando cera en la birome?- que me di cuenta de por qué me sonaba su cara: era Paul Auster. Y la escena, de pronto, pasó a ser tan distinta: esa mujer era su esposa Siri, escritora
correcta que prospera a la sombra del escritor famoso; la birome en su oreja una anécdota simpática, graciosa; los surcos en la cara las marcas de una vida bien contada. No es que viera otras cosas; fue que, de pronto, la historia que veía se hizo otra.


*

Busco efectos. Camino por Nueva York y busco efectos. El mundo, se supone, se derrumba, Estados Unidos está en su peor crisis de los últimos 75 años, los bancos arden en el infierno de los bancos y no veo nada. En las calles de Nueva York todo brilla, reluce, los negocios repimpan, los carteles, los
autos. ¿Cómo se ven en la calle las historias que se leen en los diarios?
Camino, busco efectos, desespero un poco.


*

Claro que podría contar las historias que me cuentan: que ahora es más fácil conseguir un taxi, que los restoranes ya no rebosan, que mucha gente tiene miedo de quedarse sin trabajo porque los diarios y la tele dicen que el mes pasado hubo 250.000 que lo perdieron. Pero entonces estoy volviendo a las cosas que salen en los diarios: que Starbucks, después de veinte años de crecimiento imparable, pierde clientes y McDonald's, que ahora sirve cafecitos, se los llevó porque muchas personas están cuidando el dólar y Starbucks era un lujo pequeño que representaba la bonanza de estos años, y que por eso en el último trimestre ganó cinco millones cuando, en el mismo período de 2007, ganó 160. O que Circuit City, una gran cadena de venta de electrónica con 40.000 empleados, acaba de pedir la quiebra o que DHL, el correo paralelo elegante veloz, va a echar a 4.000 trabajadores de su central de Wilmington, Ohio, un pueblo de 12.000 habitantes donde todos dependen de esos empleos, o que la demanda en los comedores comunitarios de la ciudad creció 25 por ciento, y así sucesivamente.

Claro que puedo contar esas historias, pero lo que yo quería era verlo en la calle, y que un vendedor de panchos y otro de bufandas me digan que la calle está dura no alcanza -seamos honestos- para nada.


*

Llevo más de treinta años viajando, mirando, contando lo que veo, y todavía no sé cómo mirar. Camino, busco efectos. Estoy en Nueva York para la presentación del Informe sobre el Estado de la Población Mundial que hace todos los años el Fondo de Población de Naciones Unidas; yo escribo las historias del Suplemento Joven. Son vidas ligeramente desesperadas, esperanzadas -una chica etíope que se escapó de su pueblo para que no la casaran a los 10 años, un pastor mongol que trata de arañar algo de la
modernidad, una cantante de hip hop vietnamita entre dos culturas, un estudiante palestino entre dos fuegos-, pero lo que más me impresiona, esta vez, es otra cifra: los 700.000 millones de dólares del plan de rescate de los bancos y aseguradoras y grandes industrias americanas es diez (10) veces más que lo que el mundo gasta cada año en su famosa "ayuda humanitaria", o sea: las limosnas para que no haya tantas personas que se mueran de hambre, de sida, de tuberculosis, de aguas sucias.

-O sea que esos 700.000 alcanzarían para dar ayuda por diez años.

-No, si tuviéramos ese dinero todo junto se podrían hacer tantas inversiones productivas en los países más pobres que el hambre se reduciría a casi nada.

Me dice un experto de la ONU: que ésa es la verdadera crisis y que cuando mira esos números, piensa esos números, casi le da gusto que acá la estén pasando un poco mal. Por eso, me dice, prefiere no mirarlos.


*

Camino, busco efectos: los americanos acaban de votar un presidente como no lo habían votado en muchos años. Por toda la ciudad hay vendedores con mesas en la calle que ofrecen botones Obama: Hagamos Historia, Yo fui Testigo, Sí se puede, Victoria, Esperanza, y tantas otras. Lo veo como una muestra del entusiasmo americano por su nuevo presidente y su orgullo renovado, y así lo contaría, pero quiero saber más y entonces me paro a charlar con uno de los vendedores negros y le pregunto si está contento con Obama.

-Sí, se vende bastante.

-Con él, digo, con el presidente.

-Ah, quién sabe qué va a hacer.

-¿Vos lo votaste?

-¿Yo?

Y después otros dos vendedores, negros ambos, y uno solo me dirá que lo ha votado. Lo cual se podría usar para decir que el entusiasmo es fingido, a lo que se podría contestar que fingido puede ser el de los vendedores pero si venden es porque hay suficientes compradores entusiastas y que la compra es la forma americana del fervor, y me quedo parado frente a una de las mesas, pensando qué significa todo esto y entonces veo que el vendedor negro vende varios prendedores del presidente mulato a compradores blancos, y se me ocurre que es una metáfora de algo y después me arrepiento. ¿Quién sabe qué significan los gestos, las palabras, los relatos? ¿Quién aprendió a mirarlos?


*

Mirar es más errores. Un rubio anteojos negros nariz de lobo cara de asesino serial de película mala se arrodilla para dar de comer a una ardilla en el parque; un petiso pelado paticorto atruena el aire en una Harley tres veces su tamaño, un policía lo para y él le ruega; un señor viejísimo judío con dos bastones viejos y una vieja esposa china medio ciega suben al colectivo y no se sientan en el primer asiento porque él le dice a ella no querida vos siempre igual no ves que estos asientos son para las personas con
incapacidades. Cada uno de ellos me engañó, a primera vista, de algún modo.

Igual lo intento, miro más, camino más, pregunto: ya estoy harto de oír a americanos tontamente orgullosos de que Obama vaya a ser su presidente, tan vanitos:

-This is America. This could only happen in America.

Te dicen todo el tiempo: esto sólo podría pasar en América. A un par me atrevo a preguntarles qué: ¿que los negros fueran esclavos hasta 1870, que fueran ferozmente discriminados hasta 1960, que todavía sean la enorme mayoría entre los pobres y los presos? ¿Es eso lo que sólo podría pasar en América? Digo, porque el resto -que un no-blanco presida un país no-africano- pasa en muchos lugares. Sin ir más lejos: Morales es muy indio, Chávez bastante más negro que Obama, por ejemplo.


*

Camino, ya no busco. Pero me quedo con ese afiche de publicidad en muchas calles: Cheat Death -engañá a la muerte-, dice, en letras muy grandes, y te dice que comas granada, una fruta llena de antioxidantes, pero a esa altura a quién le importa. Engañá a la muerte, hacele trampas: si eso no es la civilización, si eso no es lo que venimos buscando desde que empezamos, es cierto que me olvidé de todo. Cheat Death, dicen, que es mucho más ambicioso que decir Cheat Crisis, Cheat the World, Cheat, Obama. Camino, encuentro algo.



*Fuente: Crítica Digital.
http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=15404





*


seca
apenas adolorida
con una sensación de vacío
que remonta la soledad

más enojosa
estéril
deshabitada


*

no es noviembre
ni el sol
ni el perfume de las especies
las que me invitan
a un lujurioso banquete
sólo
un día más
entre los muchos que se fueron
no hay cometas
ni niños en la plaza
ni manos apretadas
ni sueños compartidos
sólo
un domingo de sol


*

podría decirse
sin miedo al equívoco
que estoy en un infame día
craso error
sólo destapé e hice incuestionable
sentimientos persistentes



*de Beatriz Martinelli. beatrizmar@ciudad.com.ar






Intervenir*



*De César Hazaki. cesar.hazaki@topia.com.ar


Luego de sesudas largas cavilaciones y secretas consultas, en las que no hubo coincidencias, Luna y su abuelo decidieron intervenir enérgicamente, se convencieron de que la situación no daba para más y que lo mejor era accionar en forma rápida, clara y que no dejase espacio para malas e intencionadas segundas o terceras lecturas producidas por los causantes de todo este monumental lío. Lo decidieron de común acuerdo sabiendo que el mundo, en especial en éste momento de crisis, no es un lugar apto para débiles y mucho menos para timoratos. También entendieron y aceptaron los peligros de la tarea emprendida.
Se comprenderá que un cúmulo de pequeñas circunstancias (esas que hacen a la pequeña historia, íntima y secreta, pero que influyen sin lugar a dudas en los grandes y turbulentos acontecimientos, siendo injustamente sólo éstas últimas las únicas que dejan su marca indeleble en la historia) influyeron en forma decisiva en el rumbo a seguir. Mencionaremos sólo algunas de ellas: El calor y el sol intenso que la hacen, a la niña, andar casi todo el tiempo desnuda y correteando de la casa al patio trasero, allí la aguarda la pileta de lona grandota y nueva para zambullidas diversas. Como se ve es una actividad que ocupa todo el día y le despierta un gran apetito -para solaz de sus padres, dado que Luna recibió el nacimiento de su hermana, hace un año, con una prolongada lucha en defensa de sus derechos civiles, la misma fue una dilatada y eficaz huelga de hambre que ha cedido desde que el verano afincó sus reales. Conjuntamente a los chapuzones han aumentado sus ganas de comer en forma variada y sistemática, lo que la hace curiosear la heladera a cada rato. En uno de esas incursiones se dio cuenta que se habían terminado las aceitunas que el abuelo le había dejado en su última visita, sin dudar reclamó ante los mandos familiares. El reproche dirigido hacia sus mayores era el que nadie se hubiera ocupado de volver a llenarlo, pero la realidad era que Luna no quería que esa minúscula presencia de su abuelo en la heladera se agotase. Ante el evidente acto de desinterés por parte de sus padres, se dirigió hacia sus hadas madrinas: Campanita o alguno de sus ayudantes tendrían que haber hecho pequeños abralascalabras para que no se terminaran las aceitunas. Pero como las desgracias no vienen solas otra circunstancia le hizo comprender que lo anterior no fue casualidad y éste último fue el disgusto mayúsculo (si es que se pueden medir o establecer con nitidez cuáles son las diferencias entre las pequeñeces o las gravedades de los males que sufre una niña) que completó la serie de asuntos que andaban por demás torcidos: una de las alas de su disfraz de Campanita se había doblado dejando un surco difícil de subsanar, Luna consideró la misma como la muestra vergonzosa de una caída desde las alturas del hada. Declaró a quien quisiera escucharla que eso no podía ser cierto y mucho menos en su casa donde Campanita se halla a sus anchas. No hay más que ver la cantidad de veces que ve la película en su televisor, también el poster enorme, todo en tonalidad verde, de la pequeña heroína de Peter Pan y lo entretenida que Luna arma y desarma el rompedecabezas del País de Nunca Jamás.
En síntesis, así como los emperadores de la antigüedad leían las tripas de una gallina para saber si los dioses favorecían el curso de las acciones que iban a tomar, los detalles descriptos fueron suficientes para que la niña y su abuelo se decidieran a incidir con las reservas de su alcancía en el mercado cambiario.
Es que la falta de monedas acuciaba a los buenos ciudadanos atrapados por los temibles filibusteros de siempre. Estos las acaparaban para venderlas muy por encima de su valor, lo que llenaba de angustia y temor a todos los pobladores de la comarca. Producto de esta crisis, que llenaba de tristeza y temor a los humildes habitantes, las doscientas monedas de un peso que la alcancía de la niña albergaba en casa de su abuelo habían dejado de ser un juego secreto entre ambos. Había problemas de Estado en curso y el tesoro familiar no debía impedir u obstaculizar la pelea por una mejor vida de los temerosos vecinos que veían peligrar sus costumbres por la ausencia de monedas. Además la actitud cruel e injusta de los acaparadores de dineros daba mayor valor a la intervención de volcar los doscientas relucientes doblones, en la verdulería, el bar de la esquina, el diariero y dos o tres señoras que trabajaban de mucamas en cuatro o cinco casas de la cuadra que llevaban su cartera llena de aspirinas, apósitos y caramelos comprados con el único fin de conseguir cambio para viajar de retorno a sus lejanos hogares, tarea que les demandaba horas por kioscos y que disminuía, aún más, su exiguo salario.
Claro que fue necesario el feriado bancario del jueves, el ascenso del nuevo presidente norteamericano y opiniones varias de amigos y familiares para llegar a la conclusión de que el viernes era el día. Pero, como siempre, hubo personas que pedían que fuesen vendidas y no simplemente cambiadas. Hay que reconocer que la tentación era grande dado que por cien de las brillantes monedas, que había llevado dos años juntarlas, se debían reclamar por lo menos un veinte por ciento más del valor de las mismas. Otros decían que la niña debería recibir por el largo esfuerzo realizado golosinas y alfajores en cantidad, que esto era un acto de justicia, que tanta nobleza y desprendimiento debía ser premiado.
Ante las dudas ayudó que el padre de Luna le terminara de contar la verdadera historia laica del Gauchito Gil, ese correntino, que le robaba a los ricos y repartía entre los pobres. Con ello Luna y su abuelo decidieron mantener la pureza de la acción, se negaron a aceptar esas ruines pequeñeces y decidieron lanzar la operación de cambiar cada una de sus monedas por pesos de igual valor.
Tomaron también valiente decisión de no entregarlas a los hipermercados franceses, chilenos y argentinos todos ellos vinculados, como las empresas de transporte, al espurio tráfico de la venta de monedas.
Envalentonados iban de negocio en negocio con una sonrisa y con las manos llenas de relucientes monedas animando así a la rebelión contra los acaparadores de monedas. En la verdulería, en el bar y en el kiosco de golosinas no sólo daban una arenga para animar a los temerosos -con un apartado especial para niños y abuelos que guardan tesoros en sencillas alcancías a que se sumen a la batalla por la libertad incondicional de las monedas- también advertían que de seguir los sacudones del mercado en la alcancía todavía quedaban treinta billetes de dos pesos para volcarlos sin dudar a la plaza y así acabar de una vez y para siempre con los especuladores.






ALBA*


He abrazado el alba de estío.
Nada se movía aún en la fachada de los palacios. El agua estaba muerta. Los campos de sombras no abandonaban el camino del bosque. Avancé, despertando los hálitos vivos y tibios, y las pedrerías miraron, y las alas se alzaron sin ruido.
La primera empresa fue, en el sendero ya repleto de frescos y pálidos destellos, una flor que me dijo su nombre.
Reí a la rubia wasserfall que se desmelenó a través de los abetos: en la cima argentada reconocí a la diosa.
Entonces levanté uno a uno los velos. En la alameda, agitando los brazos.
Por la llanura, donde la denuncié al gallo. En la gran ciudad ella huía entre los campanarios y las cúpulas, y corriendo como un mendigo por los muelles de mármol, yo la perseguía.
En lo alto del camino, junto a un bosque de laureles, la rodeé con sus velos amontonados, y sentí un poco su inmenso cuerpo. El alba y el niño cayeron al fondo del bosque.
Al despertar era mediodía.



*Fuente: http://www.lamaquinadeltiempo.com/Rimbaud/iluminac1.htm






Enigmas*



Siempre con esa sensación al despertar.
La sensación de no haber encontrado.
Quizá ni siquiera estar encaminado a reconocer mi lugar en el mundo.
Lo que quiero. Puedo, necesito ser.


Es lunes.
Es el final de una terapia.
O el final formal después de la cantidad de sesiones que paga la obra social por año.
La psicóloga prefiere guardar sus certezas subjetivas y dejar flotando los enigmas.
"No todo entra en una relación de pareja" -dice.
Pregunto. Sigo sin entender después de su nueva explicación.

A falta de respuestas vuelvo a leer mi libro de Rimbaud. El que leía a los 15 años.
Los poemas de "iluminaciones". Vuelvo a buscar esa relación con lo inalcanzable que creo entrever de poema en poema.


En los rostros de cada cual quedan los rastros de las guerras de las que venimos.
Pero la guerra interna no cesa.
Y están los que trasladan la guerra interna latente hacia afuera.
Se actúan. Se representan en su hostilidad latente.


El otro.
Quien es ese otro. El espejo donde elegimos vernos y hablarle y decirle lo que necesitamos decirnos casi con certeza a nosotros mismos.
Paradojalmente ese otro existe y aun proyectando su escenario interno acierta.
Y más que uno mismo.

Le digo a la psicóloga:
Quedarse solo implica que alguien deberá seguir la lucha ahí. Justo ahí donde un otro deja de hablarle a su espejo en nuestra imagen. Nos deja girando en el vacío. Quedamos hablando solos.
-Y cual era la discusión que precedía y cual la queda por seguir? -responde.


*

Muchas personas eligen no tomar nunca el riesgo de la verdad.
Porque la verdad es un riesgo.
En mi cabeza, escucho con mi voz interna ese fragmento del artículo de Leopoldo Brizuela donde hace suya una frase de Pablo de Santis: "dudó porque toda verdad es una forma de despedida".
Puede que la verdad también sea un camino de libertad. Puede que sea otorgar la posibilidad de elegir.


Los sin...
¿Como deberían ser las cosas?
Sin urgencias.
Sin presiones.
Sin ocultamientos.

*

Y esta el dilema.
La verdad es lo que se "hace" o lo que se dice que se "hubiera" querido hacer.


Se pusieron de acuerdo en decirme en 1984 y en el 2008 casi la misma frase. Casi calcada de la original: "Vos te crees que tenés todo el tiempo del mundo"
Y no, no tengo todo el tiempo del mundo. Quiero tener un "presente", porque es el presente la única llave que abre a pensar "futuros posibles".
Y esta la frase tomada del reportaje a Guy Sorman -un pensador liberal pero lúcido- que es concluyente: "El futuro por definición no existe".


Y esta el enigma que dejo la amiga desde Cuba: "El pasado es otra persona".

Somos los otros que fuimos. Los otros que prohijamos en silencio.
Los otros que no dejamos partir de una vez, o quedarse de una vez por todas (aun en ausencia), pero con una sonrisa al viento.



*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com







Convocatoria*


El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,



*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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