Friday, January 23, 2009

ANTE UN SOPLIDO DESDEÑOSO DEL AZAR...



*Ilustración de Ray Respall.




PÁJAROS*




Los pájaros, amor, no hablan, pero se comunican.
Condenados amor, estamos condenados al invierno.
Sella tu boca primavera. Amordázala.
Hablemos con el lenguaje indescifrable de los pájaros.
Vos sabrás, que cuando mi boca muerda las cerezas,
Es tu boca la que muerdo. Yo sabré, que cuando tus labios
Húmedos rojo vino, es mi boca la que te deleita.
Estamos condenados al silencio, amor.
Más, podemos hablar con los ojos.
Rozarnos con las alas y con ellas gemir, y con ellas gozar.
Cuando en la muchedumbre, la gente mire, absorta.
Luciérnagas doradas, sabré que han escapado de tus ojos
y tu vuelo viril se hará suspiro y mi cuerpo se cubrirá de……..
Cuando en formal saludo nuestras alas se encuentren,
y tu vientre galope, palpitando salvaje,
yo, impávida, diré:
¡Qué hermosa está la noche!



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





ANTE UN SOPLIDO DESDEÑOSO DEL AZAR...






La Felipa*



A la belleza del lugar nadie le daba importancia por lo habitual. Las trece calas de arena blanca y gorda que componían el litoral del pueblo eran de sobra conocidas por los pocos habitantes, la mayoría pescadores, que componía el censo del pueblo.

Además no alcanzaba ni la categoría de "pueblo". Se limitaba a ser una de las tres Playas de un pueblo principal que estaba a tres kilómetros en el interior y cuya industria taponera era muy reconocida en todo el país.

Esta playa, con 17 pescadores era tranquila por obligación. No había en ella un aspaviento y eran tan pocos sus habitantes y tan pobres que no tenían ni las ganas ni las fuerzas para mantener discusiones. Cada uno iba a su interés y nadie negaba la ayuda a nadie. Esas cosas que son tan aceptadas por la gente de mar.

Las barcas de pesca, ordenadas en la cala del centro, se subían a la arena cada tarde en el mismo sitio y se bajaban a la mar cada mañana por la misma escala, dando después tres paladas de remo y poniendo el viejo motor en marcha.

La "Aurora", adusta, añorada de barnices y de un fondo y quillas que en su días fueron verdes, era de la Felipa (la mujer del Felip) y ocupaba el tercer lugar por la derecha junto a un escaso embarcadero improvisado en su día sobre las rocas negras que la separaban de la otra cala y que se usaba una sola vez al año: Cuando el cura se empeñaba en hacer la procesión de la virgen por mar. En la festividad de la virgen del Carmen.

La Felipa había olvidado su nombre igual que lo habían hecho los demás componentes de la comunidad, el día de la boda. Las cosas eran así, pero por contrapartida desde aquel momento era la propietaria de todo, porque en este mundo los propietarios de las cosas eran las mujeres y los hombres se limitaban a usarlas y trabajarlas. Podías ir a casa la Felipa a comprar el pescado que el marido pescaba, los mejores remiendos de redes eran los de La Felipa a pesar de que fuera él quien los hiciera, las reuniones al amor de la lumbre en los largos días de tormenta, cuando no se podía uno hacer a la mar, eran en casa de Felipa, incluso el emigrante que se había ido más lejos era "el hijo de la Felipa" que a la vista de las pocas oportunidades que había en la zona un buen día se fue a Cuba a hacer fortuna.

Irse a Cuba estaba considerado como el súmmum de las cosas. De la desesperación y de la suerte. De la locura y de la ambición. Irse a Cuba eran promesas de sol y mujeres de amplios y fáciles favores, de mulatas esplendorosas con poca ropa, de palmeras cargadas de dátiles y de noches de ron a la orilla de la playa. Nadie conocía a ninguno que hubiera estado en Cuba, pero estaba claro que era un paraíso, que era el lugar al que todo el mundo deseaba ir y al que todo el mundo temía ir; por lo lejano y quizás también porque en el fondo no se acaban de creer estas cosas que nadie había contado pero que todo el mundo sabía a ciencia cierta.

Hoy he visitado a la Felipa. Han pasado más de veinte años desde la última vez que fui a pescar con el Felip y desde que nos comimos el pescado de roca, aquel que no tiene salida en la plaza, frito después de quitarle las tripas en el rompiente de las olas.
La Felipa estaba igual de vieja, igual de sola e igual de silenciosa. Sentada a un lado del portalón, en una silla baja y tomando la fresca.
En los pueblos, cuando se oculta el sol, en "la hora baja" la gente saca sus sillas a la calle y calma los calores del día con el frescor del atardecer. Eso es " tomar la fresca" y mientras lo hace , comenta las cosas del día, hace correr los rumores y saluda a los que aprovechan para dar un paseo.

Me he puesto delante de ella en cuclillas, y la he mirado a los ojos, grises y un poco aguados. Me ha mirado sin hacer nada que me hiciera pensar que me hubiera reconocido. He entrado en la casa y he sacando otra silla baja la he puesto a su lado y me sentado.

Hemos tenido una conversación de silencios, interrumpida únicamente con alguna mirada larga, y han pasado las horas. Un mundo. Una vida...

He puesto mi mano sobre la suya y levantándome, después de una larga mirada a los ojos, he empezado a subir la cuesta.

A mis espaldas su voz: "No tardes tanto en volver, siempre me gustó hablar contigo".




*de Joan Mateu. joan@cimat.es








DOS FORMAS DE UNA PASION*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar




Una pasión futbolística, es decir el amor a una camiseta es algo irracional. Y diré más, dura toda la vida.
Se puede cambiar cualquier sentimiento, cualquier color político, pero la casaca de la infancia –con su carga de sinrazón- no se cambia.
Uno se lleva a la tumba esa pasión excluyente.
Tan raro es el corazón humano, quiero decir, el corazón del varón al menos, porque es el único que tengo estudiado.
De aquellas pasiones primarias que consigue o hereda el varón pequeño quiero relatar aquí.
¿A que otra cosa deberíamos habernos aferrado nosotros, pobres almitas, solitaria en un pueblito perdido?
Conste, pero ni cabe aclarar que no es lo mismo haber habitado aquellos pueblitos polvorientos de entonces “donde toda incomodidad tiene su asiento” y éstos de hoy, tan solitarios pero conectados en esta aldea global que navega la estelar noche de los tiempos.
Las cosas en aquellos tiempos eran lentas, estaban siempre revestidas con pátina de lejanía, con un color ocre que hace bastante similares todas las estaciones, aunque fuera en nuestra percepción de entonces. No solo trizaba el límite entre el otoño y el invierno, o entre la primavera y el verano, sino que pintaba de otro color los mismos objetos, difuminaba los rostros y los gestos volverían impredecibles, en ese esplendor a que nos sometía el estertor de un recuerdo. La tendencia era agruparnos para formar un equipo, en el barrio, en la escuela, dentro del mismo club donde participábamos, en la parroquia donde el cura nos seducía con sus canchitas de arcos de caños, sus áreas marcadas con buena cal legítima, la buena pelota de cuero número cinco, siempre bien lustrosa, esperándonos.
También con los buenos juegos de camisetas, flamantes, que parecían estar esperándonos sólo a nosotros.
Todo esto era negociable en el comercio de lo social, en los agrupamientos primarios, pero cuando se trababa de colores, la cosa pasaba por otro lado.
De aquel club lejano y querible, digo lejano en la distancia, nunca en el corazón, pudo tener para nosotros la importancia absoluta que no ocupaban ni la escuela ni la vida de los propios próceres, cuyas peripecias nos relataban las maestras abnegadas de entonces.
Y cualquier juego que armáramos tenía siempre en cuenta sólo dos colores: el rojo y el blanco.
De todos los chicos que vivían en el barrio “Jazmín” de entonces, eran indefectiblemente huracanistas. Los colores del propio barrio y no por casualidad eran el rojo y el blanco y estaban los mayores para corroborarlo. Para trajinar esa pasión cuando declinara.
En primer lugar: Tuto Vega y Juicho Becerro. El primero como zaguero invencible, perseguidor, mordiendo la espalda al adversario, siempre. El segundo más dúctil, más hábil, más pensante para jugar, pero la pasión y la entrega siempre en alto.
Juan Becerro a quien todos llamábamos Juicho podía aceptar cualquier puesto que quedara vacante. Aunque mi recuerdo siempre lo pega a esa camiseta número cuatro, de marcador de punta que él llevó mejor que nadie en toda la gloriosa historia del club.
A Juan además de este puesto que se ganó para siempre, incluso con él se ganó también a la hinchada, lo vi jugar de dos en un clásico y no cualquier clásico sino el del siete a dos.
Lo vi de cinco, de seis, y hasta de nueve.
Pero la hazaña mayor que puedo relatar es un partido en Gödeken donde llegó a cubrir los tres palos.
Fue así. Se lesiona el arquero, a la sazón, el casildense Hernán López y como en ese tiempo no se podían hacer cambios, él se puso –metódico- la camiseta y fue al arco.
Ganábamos uno a cero y todos creímos que nos llegaba la noche. Miramos el reloj: faltaban veinte minutos y en esos eternos minutos nos podían “llenar de pepinos”, tal la expresión de moda por entonces. Pero no. Juan “Juicho” Becerro se dio el gran lujo de mantener la valla invicta, y además divertirse con los adversarios a quienes incitaba al grito estentóreo de: -Tiren gringos, tiren gringos.
Es decir, alentándoles a que probaran puntería, cosa que ellos hicieron toda vez que pudieron pero sin resultados concretos como consignan las crónicas deportivas de entonces.
A los ochenta años, Juan Becerro, quien todos llamaban Juicho, sigue casi con el mismo cuerpo de sus años de futbolista, con el cabello íntegro, casi tan negro como entonces, con algunas líneas plateadas que no disimula con pintura alguna, siempre dispuesto a conversar de fútbol. Charlas que matiza casi sin ademanes pero rubricando cada frase con una gran carcajada que exalta sus grandes dientes parejos.
El otro personaje, Horacio Vega a quien lamamos “El Tuto”, siempre vistió la memorable número tres.
Dueño de una garra visceral y plena de pasión, la racionalidad no entraba en sus cálculos, era puro instinto y espontaneidad.
En un partido lleno de interferencias, complicaciones y lesionados, cuando el delantero “Chañarense” rompió el tabique nasal de nuestro arquero, Hernán López, “El Tuto” en un arranque emocional que nos saldría caro, tiró su camiseta a un costado y se colocó la amarilla de arquero.
Todos pedían que se la pusiera el mismísimo “Juicho”.
Por la anécdota referida más arriba, pero ya Tuto Vega estaba saltando dentro de los tres palos.
Como era de esperar ante tanta improvisación, nos metieron tres goles más de los dos que ya llevaban de ventaja.
Porque el golazo del Negro Cornejo, con un puntazo desde fuera del área, apenas descontó para la indignidad del cero.
Ese día realmente estuvimos para el cachetazo por más que el amor pasional que “Tuto” tenía por nuestra camiseta se diera de bruces contra la realidad de ese partido que había nacido envenenado.












EL CERDO*







El cerdo postmoderno

delibera.

Atípica incertidumbre

Le confiere la inocencia.

Andante de pureza

Enigma de niveles.

Elíptica razón.

Frescor de círculo azular.

Áurea apertura.

Erizado jazminero.

Estremecido

de

Amor.





*de NOELIA JUDITH GUIÑAZÚ.














Vivir para contarlo*







*Martín Caparrós
23.01.2009

Hay ciento cincuenta personas que lo saben y no nos lo cuentan. O quizá no lo saben, pero estamos convencidos de que sí. Hay –hubo hace diez días– ciento cincuenta hombres y mujeres a los que les dijeron, con menos palabras, que se iban a morir en uno o dos minutos, que pensaron lo que pudieron, que se prepararon si es que alguien puede prepararse, que se sorprendieron por lo rápido y lo lento que pasaba al mismo tiempo el tiempo, que se agarraron desgarrados de una manija inútil y esperaron el choque y sintieron el choque y después, de repente, notaron que vivían y que flotaban sobre un río casi helado y que muchos llegaban a salvarlos y que los periodistas les preguntaban cosas y más cosas y los parientes cosas y más cosas y los amigos cosas y más cosas porque todos queremos saber cómo es morirse –y ellos no nos lo cuentan. Yo lo seguí con brío: los leí en diarios americanos y locales, los escuché en radios y televisiones, y no hay manera: no lo cuentan.

Nos dijeron, sí, banalidades: no, no tuve pánico, sólo me dio tristeza, recé, recé mucho, tenía como un frío, pensé que no iba a ver más a mi marido y a mis hijos, miré las instrucciones en caso de accidente, me acordé de una noche en la playa, se me puso dura la mandíbula, me sorprendió darme cuenta de que me iba a convertir en la clásica historia trágica del muchacho que tiene todo por delante y muere en un accidente: ese tipo de cosas. Pero nadie nos dijo lo central, lo decisivo, lo que queremos oír. Los toqueteó la muerte: tuvieron esa experiencia extraordinaria de saber que se iban a morir, de estar muriendo –y de vivir para contarlo. No la historia a la sueyro de ángeles y luces en medio de un desmayo, no: un encuentro perfectamente consciente con la muerte, pero no hay modo de que nos lo cuenten porque, supongo, no saben cómo decirlo o, incluso, no tienen qué decir.

Queríamos oír lo extraordinario. Son los dos últimos minutos, carajo, algo tremendo tiene que pasar: tendrían que ver algo, pensar algo completamente distinto, sentir un terror o calma o éxtasis extremos, pero no. Y lo tremendo es eso: que probablemente no pase nada sorprendente, que sea así, que sea tan tonto como en los relatos de los sobrevivientes del avión sobre el Hudson. Lo tremendo es que, probablemente, morirse –ese hecho extraordinario, que a la mayoría nos sucede una sola vez en la vida– sea tan banal como vivir, y por eso no tienen nada que contarnos. Y que no nos lo digan con todas las letras porque recién lo están entendiendo y porque es aterrador y porque, pese a todo, no quieren asustarnos más aún: privarnos de esa última esperanza.

(Ni siquiera el capitán ha hablado todavía. El capitán del hidroplano se transformó en un héroe porque supo que aterrizar y acuatizar son palabras distintas, y a partir de ahora su vida va a ser completamente diferente: ya tiene ofertas de libros, películas, publicidades, cataratas de dólares. Todo porque tuvo la mala suerte de que le sucediera algo que sucede una vez en millones –que sus dos motores se empajararan al mismo tiempo y su avión se apagara– y la buena suerte de que le sucediera al lado de un río donde bajar sin mayores obstáculos. En un país que inventa héroes todo el tiempo –donde este martes asumió la jefatura un abogado centrista al que muchos saludaron como gran héroe del cambio y la esperanza aún después de que hubiese designado ministro de Defensa al ministro de Defensa de Bush y ministro de Economía a un ex jefe del Fondo Monetario, aún después de que insistiera en que su objetivo es restablecer “el liderazgo americano en el mundo”–, el piloto Sully va a ser uno de ellos, por lo menos hasta que se sepa qué pasó: si tuvo que acuatizar tan bien porque hizo algo muy mal unos minutos antes, por ejemplo, o si los dos pájaros en las dos turbinas fue tanta mala suerte que fue su mejor suerte. En cualquier caso, su vida ya es distinta para siempre. El accidente es eso: la evidencia de que todo puede cambiar en un segundo. El accidente existe para que uno recuerde que nada vale nada y por lo tanto todo vale muchísimo. El accidente es un refinamiento: la irrupción bruta de lo innecesario, ese hecho impensado que define como ningún otro la ligereza, el caos del mundo, la imposibilidad de cualquier previsión, lo iluso de las causas; el accidente es ese momento en que el laborioso edificio que levantaron las ideologías –religiones, moral, ley– se derrumba ante un soplido desdeñoso del azar, y nos permite pensar de nuevo el mundo).

La pregunta es, como siempre, cómo, con qué pinches palabras. Porque, además de todo, decir es muy difícil: lo confirma, si fuera necesario, una pequeña historia de ese mismo vuelo. Cuando el capitán les dijo que estaban a punto de estrellarse, una señora Collins, empleada de 37 años, sacó su celular para mandar a su marido y a sus hijos el último mensaje. Agitada, tecleó su primera frase: “Mi avión se está estrellando”. Quería terminar, diría después, diciendo “los quiero mucho”, pero no tuvo tiempo porque el avión cayó en el agua. Así que su mensaje se limitó a lo obvio, la información que ellos tendrían de todos modos, y no llegó a decir lo que trataba de decirles: que los quería, que los pensó muriendo. Decir es mucho más difícil de lo que muchos creen. Yo creo que lo sé, y nunca sé cómo decirlo.











Desilusión*




El hombre le gustaba, tenía luz. Un resplandor la envolvía cuando estaban juntos. Las amigas pensaban que se estaba enamorando, ella tan reacia, tan racional parecía iluminada. Se habían despertado juntos por primera vez. Las noches pueden ser maravillosas pero las mañanas ponen negro sobre blanco. Cuando el le dijo que le iba a preparar el desayuno sonrío, esta vez parecía que el brillo no se iba a extinguir. Pan de campo, dulces caseros, quesos y el omelette casi listo. Dejó el diario, su pasión de los domingos, se acercó a su nueva pasión. El olor del café le abría la nariz, su cuerpo se cubría de un misterio nuevo. En el momento en que él agregó, al dorado intenso de los huevos, el puñado de luciérnagas, comprendió el secreto y se fue.




*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar









Convocatoria*


El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,



*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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