Saturday, January 24, 2009

UNA IDEA QUE TE SALVE DEL ABISMO DEL CORDERO Y DE LA FLOR...


*Ilustración de Ray Respall.



UNA IDEA QUE TE SALVE DEL ABISMO DEL CORDERO Y DE LA FLOR...







EGGBERT*



Su hijo lo trajo de una de sus inspecciones previas a derrumbes de viviendas inhabitables… era solo un huevo, pero varias cosas en él llamaban la atención; decidió colocarlo en una cesta, al lado de la lámpara de su mesa de trabajo. Warren, el cachorro de labrador no paraba de ladrarle, Humphrey el loro le echaba miradas de reojo, Lauren, la gata barcina, arqueaba el lomo y emitía peculiares maullidos cuando pasaba por su lado…

¡Es solo un huevo, dejadle en paz!, les gritaba al entrar cada noche a reanudar mis lecturas, y ellos hacían caso, pero algo intrigante había en él, de eso no cabía duda. Algo más grande que el de pato, no tan enorme que el de avestruz, con la cáscara gruesa – tanto que no dejaba ver el embrión a trasluz a pesar de la enorme bombilla del escritorio -, de color crema con manchas carmelitas y una suerte de pelusilla recubriéndolo (podía ser un hongo, a saber el tiempo que llevaba en el sótano de la vieja casa donde lo encontraron). En su manía de poner nombres en inglés, y para no ofender a ningún actor, le puso Eggbert.

Pasados tres meses, le pareció advertir extraños bultos que aparecían y desaparecían en su cáscara, como los movimientos de un feto en avanzado estado de gestación. ¿Estaría aún vivo? Decidió colocar la cesta bajo estricta observación, pasando más tiempo que de costumbre en su estudio.

Esa noche su curiosidad se vio colmada, el huevo comenzó a agitarse, primero lenta y luego febrilmente; la cáscara, revelando una elasticidad no sospechada, se resistía a romperse, como si en vez de tal, fuera un saco vitelino. Decidió ayudar a la criatura que se debatía en su interior y con la ayuda de un abrecartas hizo una ligera incisión en el huevo… si es que se le podía seguir llamando así.

Lo que emergió de su interior fue algo repugnante, sin forma definida y al mismo tiempo adoptando las formas donde iba posando sus enormes y múltiples ojos, ora tomaba la apariencia de Humphrey, ora, sin haber borrado del todo el plumaje y las alas, comenzaba a transmutarse en un Warren sin cola de donde emergían las alas de una mariposilla nocturna colada en el estudio, o incluso el pelaje rayado de Lauren…

Horrorizado, levantó el abrecartas para abatirlo sobre el engendro, cuando algo inesperado congeló su gesto. Aquello se volvió hacia él y, mientras borraba poco a poco los pelos, plumas, picos, alas y hocicos anteriores, comenzaba a semejar un monstruoso feto humano, cuyo absurdo parecido hacia él aumentaba por segundos, un insólito feto anciano, con su calva manchada de setenta y cinco años, su nariz prominente y sus rodillas reumáticas…

En un momento dado, él y su copia en menor escala se miraron fijamente. Aún con el afilado objeto en la mano, se resistía a matar a algo que si bien le infundía un desconocido terror, cada vez tomaba más de su esencia, perfilando hasta las arrugas de la frente, aún enorme y abombada como la de los recién nacidos, pero cada vez con más forma humana, el lunar en el hombro en forma de clavel, la cicatriz de apendicitis, casi invisible por los pliegues del abdomen…

Eggbert seguía mirándolo, dejándolo paralizado ahora ante el nuevo fenómeno de verlo crecer, agrandarse centímetro a centímetro, a una velocidad inaudita, hasta alcanzar su estatura en menos de media hora.

- Hola, papá – le dijo echando la cabeza hacia atrás en una risa diabólica.
- Pero… ¿quién eres? – apenas pudieron balbucir sus labios temblorosos.
- La historia sería demasiado larga y acabo de nacer, padre, no seas desconsiderado… digamos que soy una especie extraterrestre que lleva tiempo colonizando tu planeta.
- ¿Acabas de nacer, y hablas perfectamente? – esta vez a pesar del miedo pudo articular mejor la pregunta.
- Hablo tan perfectamente como tú, puesto que he tomado todas tus pautas físicas y mentales. Venimos al mundo con la memoria de nuestra especie, sabemos quienes somos y por qué estamos aquí, sabemos que debemos transmutarnos en la especie superior para sobrevivir, a pesar de sus limitaciones, conocemos nuestra única enfermedad: creernos humanos al paso del tiempo y no ser capaces de recordar nuestra esencia, pero no será mi caso, he nacido con setenta y cinco años, artritis reumatoide, inicios de catarata y tos de fumador que revela un avanzado enfisema… no creo que viva cinco años más.
- Entonces… ¿por qué? – su cuerpo entero temblaba como la llama de una vela.
- No me dejaste opción. Fuiste el único humano a la vista, pasé por las criaturas vivas presentes hasta encontrarte, no más verte supe que eras tú a quien debía mimetizar. Tengo tus recuerdos, sé dónde fui encontrado por Kirk, tu hijo mayor, sé que no le hablas hace dos años a Ingrid, la menor, por casarse sin tu consentimiento, conozco tu pasión por el cine, tus manías de filatélico, los insomnios que pasas leyendo… Creo que ya puedo matarte.
- Pero – las lágrimas le nublaban la vista, nunca pensó amar tanto la vida a pesar de su pasión por el encierro -, alguien notará la diferencia, en algún momento has de fallar.
- Claro, y usaré mi sentido del humor para salir airoso de la situación. Tus amigos se reirán y aplaudirán al “nuevo Claude renacido” que hay en mí. Incluso puedo hacer las paces con tu hija, digo… mi hija. Magnífica oportunidad para dejar mis huevos en su casa, además de en ésta que compartes con Kirk y su esposa, en el club de fumadores, en el alquiler de videos y en la biblioteca municipal por donde pasas cada semana a renovar tus lecturas. Hay que dejarlos en varios sitios porque no todos llegan a término, ni todos nuestros anfitriones son tan amables de colocarnos bajo una bombilla. Para no parecer malagradecido, te mataré de modo limpio, un ligero golpe en el sitio adecuado y, ¡au revoir, Claude!

Intentó retroceder y cayó en el suelo, presa de agudos temblores.

- ¡Alguien encontrará mi cadáver y pagarás tu crimen!
- Olvidé decirte algo – aquella aberración soltó de nuevo esa risa que helaba el alma -, no sé si has escuchado esas historias de insectos que se alimentan de sus madres, de arañas que se comen a sus parejas… el acto de reproducirse y el de nacer incrementan de modo salvaje el apetito. Hoy estoy que me comería a mí mismo si pudiera. Afortunadamente, tu Dios ha puesto en mi camino una copia, no muy apetitosa, pero a quien extrañarán menos que al perro, al loro o a la gatita con nombre de belleza americana. Querido padre, tu Eggbert tiene hambre.

Pero ya el viejo no lo escuchaba.



*de Marié Rojas.







Mudanza*



Sale arrastrándose por la puerta que se está desplomando sobre él. Tiene que abandonar su hogar porque algo caído del cielo lo ha destrozado, aplastando la mayor parte de la vivienda. Se aleja despacio, meneando la cabeza de un lado al otro en una negación continua mientras va dejando un rastro de espuma que marca una huella larga y espesa.

Llevaba toda su vida en aquella casa y ahora, solo y desnudo, camina por los bosques y prados en busca de una nueva morada. Se desplaza muy lentamente, pero no se distrae mirando el paisaje porque se sabe vulnerable y precisa encontrar refugio lo antes posible. Su vida peligra.

Inesperadamente se encuentra una casa abandonada y aunque es algo más pequeña que la que tenía hasta ahora tiene que conformarse ya que no puede arriesgarse a pasar más noches fuera debido a los peligros del frío y de los depredadores. Sabe que ha arriesgado mucho y de estar más tiempo al descubierto seguramente no llegaría vivo al día siguiente

Suspirando profundamente se conforma y se prepara para entrar en la nueva casa, ahora vacía. Se arrastra decididamente encarando la puerta, y plegando los cuernos se introduce en la pequeña concha.




*de Joan Mateu. joan@cimat.es







Las imágenes terribles de El pequeño príncipe*




*Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com

19/1/2009


El piloto de la Segunda Guerra Mundial, Antoine de Saint-Exupery pudo habernos dejado escrito un tratado filosófico sobre la soledad, la incomunicación humana y el valor de la virtud, pero prefirió escribir "El pequeño príncipe":
"- ¿Dónde están los hombres? - preguntó el pequeño príncipe - se está un poco solo en el desierto.
- También se está solo entre los hombres - respondió la serpiente. (.)
A quien toco lo devuelvo a la tierra de la cual ha venido. Pero tú eres puro y vienes de una estrella".
El pequeño príncipe habla con la serpiente la lengua de los seres del desierto; el lugar axiomático de la más completa soledad. Su último recurso, inscrito en la ley implacable del Sahara, será hacer valer la promesa de la serpiente, el animal más sinuoso, falaz y lesivo de la Creación. "Soy más poderoso que el dedo de un rey", le advierte sutilmente a su joven interlocutor. "Puedo llevarte más lejos que un navío. puedo ayudarte algún día si extrañas mucho tu estrella." Le dice finalmente para tentarlo y
seducirlo.
Cuando el pequeño príncipe encontró a su amigo, el piloto con su aeroplano averiado en medio del desierto, se cumplía el aniversario de su llegada a la Tierra y rondaba por el mismo lugar donde le había hecho una promesa la maligna serpiente. ¿Buscaba la muerte, entendida como una forma básica de
ensoñación y misterio? ¿Era, de este modo, la muerte la única vía practicable para regresar a su estrella, el diminuto asteroide?
Preguntas como estas nos puede inducir la lectura de ese breve volumen perteneciente, por derecho propio, al compendio de la literatura universal; una de las fábulas del siglo XX que mayor prosecución ha tenido entre los lectores, sensibles e imaginativos, de narrativa juvenil del planeta.
Existe, sin embargo, una gran fábula matriz de la cual surge, en buena medida, el constructo ideológico y moral de la cultura en Occidente. Dicha fábula ha devenido en una doctrina que contiene toda una serie de pliegues imaginarios, atribuciones simbólicas y un corpus dogmático, sobre los cuales se ha asentado un credo milenario, una tematización incluso de alcance artístico y filosófico: La predicción y genealogía (convenientemente establecidos según las antiguas escrituras religiosas hebreas) de la encarnación en Palestina de la vida - pasión, suplicio - muerte y resurrección - exaltación de Jesús, el Verbo; el Cristo de los cristianos.
Tal vez no nos damos suficiente cuenta hasta qué punto nuestra estructura mental -nuestra muy subjetiva existencia-, moldeada en la persona occidental por el paso de los siglos, ha sido preestablecida por los predicados psicológicos de la paciencia y la espera; la esperanza por el "próximo" advenimiento de un ser que no sabemos con certeza qué "buena nueva" nos trae, o de quién se trata en realidad.
Dos finas líneas trazadas a lápiz por Saint-Exupery ilustran esta circunstancia mental culturalmente adquirida: un dibujo infantil que esboza,
al final de la narración, el lugar donde se realizaría el hipotético regreso del pequeño príncipe y que posee, en el borde inferior, una leyenda que consuma, ante el lector, el carácter testimonial del libro propuesto por el autor: ((.)Para mí, este es el más bello y el más triste paisaje del mundo):
"Escríbanme pronto que él ha regresado".
En "Crónicas marcianas", del escritor norteamericano Ray Bradbury, reaparece un tema muchas veces soslayado por la ciencia y el pensamiento filosófico: la naturaleza básicamente emotiva de aquello que buscamos; la fundamentación última del conocimiento en nuestra perentoria estructura mental. Un
personaje de Bradbury, concebido como una entidad alienígena, pudiera explicar muy bien la razón de la universalidad del pequeño príncipe: en él vemos lo que necesitamos ver, el reflejo idealizado de nuestras necesidades afectivas. Esta señalada entidad producto, en este caso, de la imaginación libérrima de un creador de ciencia ficción, deviene así, ante el lector, en curiosidad anfibológica: un sujeto recreado por las emociones en el que una pareja de abuelos cree haber encontrado al nieto perdido; un hombre, a la novia amada de su adolescencia; la policía, a un prófugo de la justicia (por ejemplificar al azar).
Cuando la escritora Elena White publicó hace mucho, el libro que se convertiría inmediatamente en un bestseller mundial, "El deseado de todas las gentes" estaba, por su parte, sintetizando comercialmente el modo psicológico en que las multitudes tienden a relacionarse con la figura emblemática de Cristo.
La cultura occidental, sustentada por una psicología y un lenguaje previamente configurados, ha sido originalmente edificada como una cultura mítica, fundada en la esperanza de un Advenimiento. Por su parte, aquello que hace de "El pequeño príncipe" un libro esencial en medio del trasiego de los días, un ejemplar bibliográfico al que acuden -para citar a Borges con su recurrente definición de lo clásico- "las generaciones de los hombres con idéntico fervor", es porque ha sido capaz de estremecer los mecanismos de relojería de nuestra muy condicionada alma occidental.
Partiendo del hecho que la narración de marras es un fenómeno estético establecido, cabe entonces citar estas palabras del poeta Goethe: "En el símbolo lo particular representa lo general, no como un sueño ni como una sombra, sino como una viva y momentánea revelación de lo inescrutable".
Ignoro si en la vida agitada y aventurera de Saint-Exupery tuviera, en algún momento, la experiencia del contacto con una verdad esencial. Aunque de lo que no debería dudar es que él llegó a entender la vida como algo constituido del más hondo e impenetrable misterio. Un libro como "El pequeño príncipe", para llegar a constituirse como hecho literario, tuvo primero que rondar un sentimiento, una percepción en particular, que en religión se le da el nombre de Epifania. O sea, ese encuentro con una persona única, una realidad fundamental, que sólo a los verdaderos artistas les es dado acceder, y en el que el sentimiento religioso se nos aparece como la forma más aguzada - sin oropeles y sin dogmas- de sensibilidad.
Según nos lo narran las escrituras bíblicas, Jesús, como el pequeño príncipe, habitó una temporada en el desierto; la parábola del Nuevo Testamento coloca al "Hijo de Dios" en una situación extrema, hambriento, flagelado por los golpes de arena lanzados por el viento sobre su carne desnuda y finalmente tentado por el demonio. Estos "hechos" se encuentran incorporados a la tradición religiosa; lo ilusorio, o fantástico, de esa narración se disuelve en la fe del creyente; en la severa constricción que realiza el individuo religioso mediante la obliteración de su razón frente a lo que algunos teólogos han llamado la locura de Dios. Pero si somos partícipes de una de las interpretaciones de Borges, la Biblia debería ser leída como una suerte de literatura fantástica y, junto a ella, libros como "La Fenomenología del Espíritu" de Hegel y "Los siete viajes de Simbad, el marino", también lo serían indistintamente. Sin embargo, el volumen que nos ocupa se ofrece para traernos a colación una relación hasta ese momento
obliterada, una experiencia extraviada en los anales de la historia y en los primeros testimonios Neo - testamentarios.
¿Quién sería, para el piloto que fue siempre Saint-Exupery, ese gran amigo que le inspirara a escribir esta extraordinaria crónica, ese inusual documento humano? Redactado con la brevedad y simpleza de un parte de batalla y salpicado de dibujos.
Bien pudo ser el judío León Werth, "cuando era niño"; como el autor enmienda en la dedicatoria, para hacer entendible que un texto como ese fuera dedicado a una persona mayor. "Es que mi amigo puede entenderlo todo, incluso los libros para niños"; nos explica. Mas sobre todo, este amigo padece de hambre y frío en un campo de refugiados y "tiene necesidad de ser consolado." ¿No es acaso esa dedicatoria el hermoso símbolo de una amistad que, como afirma Goethe, se nos muestra como "revelación de lo inescrutable"?
Testimonio que tuvo el poder de convertir la vida del piloto en leyenda y su desaparición física, casi sin dejar rastro, en pura indagación poética: ¿Se habrá ido con su aeroplano en busca del pequeño príncipe?
¿Qué relación tan absolutamente radical puede contraerse con las verdades más íntimas y cotidianas de la existencia, capaz de renovar en nosotros las fuentes más originales de la vida y la religión? De esta relación fundamental con la existencia y el destino humano nació, sin ribetes religiosos, el pequeño príncipe. Lo engendró Saint-Exupery en su sedienta caminata por el desierto en pos de una fuente:
"El agua también puede ser buena para el corazón -le dijo el pequeño príncipe al despuntar el alba".
En esta narración abunda una aguda crítica al marco figurativo del arte, a la verdad formalmente entendida como estricta realidad sensorial. Para el escritor, en cambio, lo verdadero tiene visos de abstracción, porque llegamos a ello por vía de una intelección. Esa parece ser la verdad enunciada por el personaje del zorro que hace de esa historia un libro de aprendizaje, una curiosa epopeya del conocimiento moral y estético: "Es el tiempo perdido por tu rosa lo que la hace importante." No obstante, el mismo transfondo conceptual parece disolverse en aras de la sensibilidad interior;
en aras de aquello que, a pesar de estar más allá de las formas elementalmente descriptivas, no es un concepto puro, sino una intuición lograda al nivel de las emociones, carente, por tanto, de severos
condicionantes teóricos, que la convierte en una verdad subjetivamente constituida y en una intelección sentida, percibida.
Fue el pensador Federico Nietzsche quien escribió que -en última instancia- la verdad era sensual; entendiendo con esto que existe una unidad indisoluble entre aquello que se expresa por medio de la vida y aquello que la vida esencialmente expresa. Las múltiples y variadas formas de la vida sólo se perciben si son comprendidas, si son aprehendidas mediante la sensibilidad. Por tanto, en nuestra comprensión conceptual del bien y la belleza se manifiesta la presencia de un modo en especial de sensibilidad,
la cual es siempre correlativa, aunque esto pueda parecer contradictorio, al mundo de las ideas.
Cuando el pequeño príncipe contempló por primera vez a su cordero dormido en el dibujo de una caja cerrada estaba arribando, ante su amigo el aviador, al corazón mismo de la intuición, poniéndose intencionalmente al abrigo de una idea que hacía posible la existencia invisible de un cordero. Colocando además en juego su alma, pues la idea del cordero implicaba el peligro de la flor y la enorme responsabilidad del pequeño viajero que había dejado su asteroide inmerso en ese conflicto insoluble: la estrella que necesita un cordero, el cordero que, con su presencia, pone en peligro la supervivencia
de la flor que, a su vez, es la esencia intelegida de su estrella. "Yo pintaré un bozal para tu cordero; yo pintaré una idea que te salve del abismo del cordero y de la flor." Parece balbucear el autor, como si se
esforzara por comprender la idea que ata el mundo invisible de los conceptos con la naturaleza original de las cosas. Es en ese preciso instante, en que las ideas parecen conducirnos a una nueva relación con la realidad y apuntan al corazón subjetivo de la verdad, que el pequeño príncipe se nos muestra -como una radiante aparición en medio del desierto- en toda su grandeza, tragedia y postulaciones.
El hecho real del recusar invariable de las agujas del reloj revelan la íntima soledad de la conciencia abandonada en el fondo del tiempo; su primitiva y justificada ansiedad: ¿Qué es lo que esperamos de la vida? ¿Hacia dónde vamos? ¿Por qué persistimos en olvidar que lo definitivo nos espera siempre al final del viaje? Esa es la parábola cruel del guardavías: trenes que parten y regresan invariablemente de uno a otro lugar; ¿hacia dónde se dirigen? ¿qué buscan o qué necesitan? Pregunta extrañado el pequeño
príncipe:
"No persiguen nada -dijo el guardavías-. Ellos duermen dentro o bostezan.
Sólo los niños aplastan su nariz contra los cristales".
No creo que el aviador francés haya tenido ocasión para leer a Eugène Ionesco, -ni siquiera coincidieron los dos en una misma época literaria- pero hay mucho de teatro de la paradoja, la crueldad y el absurdo colocado en el oculto intersticio de esas páginas: Un niño trashumante en el desierto, enfebrecido debido a su imaginación desbordante, y que fundamenta, en su lealtad incondicional a una flor -a esa estrella-, la renuncia ética a los valores del mundo; su crítica más esmerada a los presupuestos
corrompidos de la existencia.
En su periplo por varios asteroides el pequeño viajero visitó los diversos estereotipos humanos. Aprovechó para evadirse de su propio asteroide una migración de pájaros salvajes y cuando llegó finalmente a la Tierra, en vías de completar su misión, se encontró con altos cerros montañosos que
convertían en meros ecos sus palabras. "¿Qué tierra es esta - se pregunta asombrado- donde los hombres no tienen imaginación y repiten lo que se les dice?" Una flor silvestre, descubierta por azar en el camino, le habló entonces irónicamente de los hombres, -la flor había visto un día pasar una
caravana: "deben existir cinco o seis, los pobres no tienen raíces y el viento los esparce de un lugar a otro".
En un breve apunte el autor finalmente nos relata la caída del pequeño príncipe mordido por el ofidio:
"Sólo hubo un relámpago amarillo cerca de su tobillo. Se quedó inmóvil un instante. No gritó. Cayó suavemente, como cae un árbol en la arena. Ni siquiera hizo ruido."
De todas formas, no creo que nos encontremos ante la idea de la muerte del pequeño príncipe, sino ante un hecho que justifica, ante el lector, su inevitable ausencia; su partida irremediable. El sentido lógico del texto opera generalmente por elipsis: su ausencia es la garantía de su presencia invisible, alojado ahora en el corazón de nuestra intimidad; su visita a la Tierra supone, por paradoja, una misión que la desborda; y su misión ultraterrena contiene el significado de su fugitiva existencia. Lo realmente
curioso es llegar a entender que el autor escribió un texto de tanta capacidad poética que no sólo nos muestra su privilegiado sentido, sino que parece ofrecer nuevas perspectivas al arte y la literatura, como si en el terreno de la pura recreación simbólica irrumpiera un mensaje hasta ahora sólo patrimonio exclusivo de las religiones.
Según la tradición de Occidente existen tres grandes textos sagrados: La Biblia, La Divina Comedia y el Quijote. El primero es un texto esencialmente religioso, el segundo oscila entre lo religioso y lo profano, el tercero es esencialmente profano. En el marco general de esa profanidad cultural, inaugurada en el siglo XVII por Miguel de Cervantes, se inscribe perfectamente El pequeño príncipe. Lo novedoso en él es que nos implica en una nueva interpretación de la experiencia cristiana, aunque de raíz prominentemente mundana. Hay en el texto un culto a los valores sensibles de la vida, pero sin dejar de entender que el bien y la belleza operan en nosotros como resultado de una intelección, de una gestión del pensamiento abstracto, que a la vez incorpora las verdades del corazón como las verdades
fundamentales de la existencia.
Debido a esta vocación mundana en busca de un sentido que clarifique la vida, es que el pequeño príncipe permanece fiel a la esencia intelegida de su flor, -el tiempo dedicado a ella que la hizo importante y única. Por esa razón, es que la esencia y la existencia van juntas y producen de consuno el significado real de lo humano; porque el hombre es ese ser a quien mediante su existencia le está permitido aprehender el concepto de su esencia. Y también por esa razón, es que el cuerpo de verdades invisibles que nos acompañan - entre otras, las "pascalianas razones"- se vuelve tangible, singular y único, como los símbolos que un día creara, para cada uno de nosotros, la pasión innegociable del artista.










ESPERANZA*





Una obsidiana
despechada de la entraña
rozó
en sus ínfulas
a tu ultrajada ingle
Pero
una guagua guinda
esplendorosa
ante lirones imperturbables
en palcos impostores
será cosecha
de la siembra del
casal
Epilogando.




*de NOELIA JUDITH GUIÑAZÚ. judith.guinazu@hotmail.com









*







Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 25 de enero de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de la cantautora argentina Natalia Pérez. Las poesías que leeremos pertenecen a Juan Carlos Galeano (Colombia) y la música de fondo será de Darío Robayo (Colombia). ¡Les deseamos una feliz audición!




ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!




REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com


Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067








Convocatoria*


El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,



*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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