Saturday, April 10, 2010

EDICIÓN ABRIL 2010.


EN BUSCA DEL ARCO IRIS*



I


Corramos en busca de un arco iris
Que nos permita derrotar al infierno.
Es posible buscarlo si de la mano
Subimos la senda prohibida
Y anulamos el límite impuesto
Por los rudos dinosaurios.
Si no te atreves te daré mi fuerza,
Mi rebeldía roja y mi paz celeste,
Construiremos tus alas igual a las mías
Y hacia allá iremos seguros, altivos.
¿Crees que es utópico soñar ese vuelo?
Aferra mi mano, verás que no miento.




II


La noche tendrá virajes
Hacia rumbos desconocidos;
Su misión predilecta
Es ocultar lo que es,
Lo que está en la mesa
De la vida.
Es un juego macabro
Que se une a estrellas faltantes
Porque sin darnos cuenta
Las estrellas se visten fugaces
Y destruyen la imagen
Que redime.
El alba aniquila el embrujo
Y nos quedamos a oscuras
Con tinieblas deslucidas
Que gotean su nada
Desde los techos
Y nos hacen creer
Que son lágrimas que restauran
Las heridas.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







ALQUIMIA PARA LA MEMORIA*



Para que no me olvides.
Quiero dejarte, una rosa escarlata hecha fuego y sangre.
Historias diferentes. Lugar común. Mujeres
Para que no me olvides, quiero dejarte, vida.
Vida de amaneceres,
Escarpines rosados para el recuerdo activo de la historia.


Un arpegio de luna.
Mujer de hoy, prolongación del vientre del ayer.


Quiero que recuerdes, aquellas que renuncian
Y que su pena oculta a la sombra del hombre.
Quiero que recuerdes la mujer del labriego
Preñada de malezas. Tierra. Aun florece y canta.
Quiero que recuerdes,
El guardapolvo blanco. Hijos de tiza.
Castigado delito de querer que otros piensen.
Quiero que no olvides aquellas que borronean hojas.
Porque saben que un poema,
Es algo más que eso.


Que silenciada no es igual que silenciosa,
Que una rosa apasionada, puede ser una espada
Y un grito de agonía, una paloma.


Quiero que tomes este pañuelo blanco.
Loca miseria de carmín manchó.
Quiero que denuncies, que la sangre en la nieve se borra.
En la memoria no.
Quiero que te amamantes de los pechos
De las que decidieron no ser madres
Y en vez de una canción de cuna,
Cántales una marcha guerrera.
Para que la recuerdes
Quiero dejarte un canasto de paja y dos trenzas azulinas.
Agüita fresca, en la frente y en la mano.
Graneros, casi ausentes, en su verde mirada gris nostalgia.
Quiero que compartamos un lugar en su regazo
Quiero, por fin, dejarte su vuelo y su coraje,
Para que pongas alas a tus sueños
Alas. En tu corazón. En tu esperanza. Alas.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






FANCY QUIERE VOLAR*




En realidad se llamaba Patricia, pero hubo en el Acuario Nacional una foquita famosa, que hacía piruetas y se hizo muy popular entre los niños, a la cual llamaron Fancy. Según decían, recordaba en mucho a esa niña que una vez se llamó Patricia. Al principio le gritaban: “¡Fancy, foca!” “¡Fancy, gorda!” “¡Fancy, pelota!”... Poco a poco se fue quedando nada más en Fancy.

Cuando la llamaban así, no se molestaba. Ni siquiera le preocupaba su parecido con la foca – color de la piel, peso corporal y hasta algo en la nariz… -, porque en la clase de inglés se enteró de que Fancy quería decir muchas cosas lindas: preciosa, primorosa, fantástica, fina, ¡fantasía!… ¡Mira lo que le estaban diciendo sin saberlo los que le gritaban! Estaba tan orgullosa de su nuevo nombre, que hasta firmó una vez un examen de ese modo, por suerte la maestra se dio cuenta y se lo devolvió para que hiciera la corrección. Hasta la abuelita le decía: “Estás preciosa, Fancy”, y ella se sentía feliz.

Pero Fancy también significa “imaginar”. Llevaba la razón al adoptar gustosa el apodo, porque ella tenía un sueño, de esos que se sueñan despiertos, en medio de las clases, de los que se colocan entre los ojos y las pantallas de televisión o los libros abiertos, entre ella y la maestra, la mamá, y hasta de los niños que no querían jugar con ella porque era lenta, lenta, lenta en sus movimientos y siempre la pelota se le iba.

Fancy quería volar.

Un día, mientras volaba en su imaginación, escuchó al narrador de un documental decir algo que llamó su atención: Aquel señor decía que no hay sueño imposible, solo hay que trabajar mucho para lograrlo, imaginarlo una y otra vez. De este modo se le va dibujando en un mundo paralelo, definiendo sus contornos como el pintor que va llenando el lienzo y, al final, como el pescador que tiende las redes y tira de ellas, se le iba acercando a este plano, llamado “realidad”, donde vivimos y nos movemos cada día.

Ella no era tonta, sabía que no le iban a crecer alas así porque sí. No era un ángel, ni un hada, ni un elfo – ¡con aquella figura! -, y sabía que aunque se envolviera en seda durante muchos días, no iba a salir convertida en mariposa. Entonces tuvo una genial idea: Primero a escondidas, luego a ojos vistas, comenzó a construir diferentes artilugios que la ayudaran a volar. Con ellos subía al tejado de su casa, que por suerte no era muy alto, y se lanzaba.

Las primeras veces que la recogió entre los maltrechos canteros de flores, la mamá pensó que se quería suicidar: “No le hagas caso a los niños que te dicen cosas, mi niñita, tú eres linda así”. Ella tuvo que aclararle que se encontraba muy bonita, con su cara y su cuerpo redondos, su piel oscura, lisa y brillante y su naricita respingada. ¡Solo estaba intentando volar!

La llevaron a un psicólogo que le hizo dibujar un aeroplano y reconocer que la ley de gravedad existía, y que se las devolvió diciendo con aire muy doctoral: “Despreocúpense. La niña solo tiene una desbordante imaginación”.

Y Fancy siguió construyéndose aparatos para intentar volar, alas de varios tamaños, tipos y colores, viejas bicicletas con alas, capas con alas, carriolas con alas, cazuelas con paracaídas, y más alas… La mamá terminó renunciando a sus marpacíficos y colocando un colchón viejo debajo de la parte por donde ella se lanzaba, siempre mirando al mar – a saber por qué -.

Eso hizo que casi le cambiaran el nombre por “Fancyquierevolar”, pero como ella no pareció molestarse, se olvidaron pronto.

El día que cumplía 15 años, con el fotógrafo cargando el rollo en la cámara, la mesa puesta en el patio con un cake y varias bandejas con delicias para picar, el enorme vestido de vuelos (parecía la carpa de un circo) esperándola en un perchero, la peluquera con la pamela y la plancha para estirarle el pelo en las manos, se descubrió que Fancy no estaba en casa.

Iban a comenzar a buscarla cuando alguien gritó “¡Tornado!” Y se vio venir por el mar un remolino en forma de embudo. Todos corrieron a esconderse y a guardar la mesa, los bocaditos, la ensalada, las croquetas y el cake – Fancy no era la única que pensaba primero en la comida -, pero cuando cerraron la casa y recordaron que Fancy no estaba con ellos, volvieron a abrir una ventana, la que daba al lugar desde donde se lanzaba (no pensaron que fuera a saltar justo el día de su cumpleaños, ¡pero tratándose de ella!). La mamá, aterrorizada por lo que se veía acercase a la línea de la costa, gritó: “¡Muchacha, baja y déjate de fantasías, madura así sea por una vez en tu vida!” Pero la abuela alzó el brazo y, con los ojos y la boca como platos, señaló un punto pegado a la línea en que el mar se une con la arena:

Allá iba Fancy, con su nuevo modelo de alas pegado a la espalda y los brazos, corriendo al encuentro de la tromba marina.

Por más que gritaron todo género de disparates, no les dio tiempo a hacer nada, ni siquiera a inmortalizar el momento porque el carrete se trabó en la cámara: Fancy fue atrapada por el tornado, abrió las alas y alzó el vuelo.

Y el viento se la llevó. Nunca más se supo de ella. Solo recuerdan su manita regordeta diciéndoles adiós y su rostro, feliz, tal como lo vieron cuando la tromba se acercó un poco más, como para permitirle despedirse de los que no la creyeron capaz de hacer su sueño realidad. Ahora Fancy vuela por el mundo, girando, girando como una bailarina y, como siempre, no cree mucho en la ley de gravedad, ni en los que dicen que las gorditas no pueden ser felices así como son, mucho menos en los que aseguran que no pueden volar.



*de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






Viaje a las Estrellas*



*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar


A fines de marzo se cumplió otro aniversario del histórico anuncio que hiciera el entonces presidente de Argentina, Carlos Saúl Menem, a los alumnos primarios de la puna jujeña; tal vez entonces la más desamparada del país; prometiéndoles futuros viajes interestelares con naves que despegarían
"de Córdoba, cruzarían la atmósfera y una vez en la estratósfera llegarían a Japón o China en una hora, antes de ir a otros planetas".


Me permito molestarlo mi buen amigo José,
pues quiero invitarlo a usté a compartir la emoción
de ir a conocer Plutón en una nave de aquellas,
que atraviesa las estrellas, la atmósfera y el Japón.


Yo ya elegí ventanilla en sector de no fumar,
total, ¿qué puede pasar si en una horita llegamos?
Desde Córdoba zarpamos y ahí nomás, a disfrutar.


Por un asunto de anillos a Saturno hay que ir casados;
a Mercurio los pesados; a Venus van sólo minas.
¿Quiere bajarse en la esquina? Toca un timbre y lo dejamos.


A la Luna es sin escalas, en Marte amartizan todos.
no olvide su sobretodo porque puede refrescar,
y si piensa caminar lleve zancos para el lodo.


En Neptuno hay buen rebusque para bañarse barato;
si quiere pasar buen rato, Júpiter nos queda al toque:
¡ no sabe qué despelote, todas las minas son 'gato'!


Si hay fin de semana largo viajaremos hasta Urano.
Es un sitio muy lejano, debemos hacernos cargo;
ya podemos visitarlo, fleta un charter "El Riojano".


Hay otra excursión más breve que pronto saldrá del Bajo,
desviando por atajos cruzará Constitución,
Vieytes, Moyano y el Borda: nos iremos al carajo...



*Eduardo Pérsico, pasajero condicional en zona de embarque, en un marzo de los años '90, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.







*


Camina con animales en la cabeza, a veces cántaros. La mirada va más allá, del otro lado del mar: Lo que lleva sobre los círculos de rulos, le da al andar un orgullo ondulante. Los animales de lo íntimo, cerebro adentro, son suaves, seda de pieles que se tocan, soberbios de belleza, inocentes. Los gestos del cortejo la impregnan hacia adentro con la perfección de la selva cercana. Baile de juegos y fuegos, pájaros, gacelas, leopardos, leones, tigres, mariposas. Gritos, susurros, zumbidos.

En la otra orilla del mar a las mujeres les cortaban la selva en pedacitos dejando algún resto verde, distraido, casi gris.

Los libros en la cabeza, orgullo al caminar, ayudan a escaparse por grietas, a nadar contra la corriente.
No hay instinto en los humanos, todo es cultura, aprendió leyendo.
Leer es hacer preguntas. A los que acuestan a las mujeres en la naturaleza les diría:
Es raro que si las mujeres tienen instintos estos sean sólo maternales.

En la copa de los árboles los monos se acicalan, se buscan en la piel, se curan.
Los libros eran el largo cuello de la jirafa, para comer -leer lo que estaba lejos, hojitas francesas trastocantes Mezclum Simone que decía lo que ya pensabamos, solas, en ese hueco fuera del sentido común.
Los libros y la noche, eran los ojos abiertos del tigre,
los pechos opulentos de la sirena a la espera del marfil que la abra
los libros eran el cine, el mar para nadar desnuda, con furia, como el fogonero de los Muelles de Nueva York que escapa a grandes brazadas del barco - destino prefijado..

Eran a veces el llanto, la mariposa que no se sabe si sueña al hombre o si es soñada por él..

Ayudaron a darnos la palabra retaceada, a erguirnos, a acurrucarnos, a tirarnos a veces bajo un tren como Ana, a renacer como Lilith desde un otro lugar.

Los libros fueron nuestra selva.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar





Pinochos*


Sin previo aviso, con una estrategia de marketing perfectamente programada el lunes 28 de octubre empezaron a aparecer Pinochos en las principales tiendas de juguetes de todo el mundo. Eran una réplicas perfectas del famoso muñeco de madera y su aparición en el mercado fue impactante e inesperada.

El éxito fue demoledor y en menos de tres días se agotaron la existencias. La operación se repitió al cabo de dos semanas con idénticos resultados y fue entonces cuando el Registro de Patentes y Marcas intentó retirar del mercado los muñecos aduciendo que eran réplicas de baja calidad. Pero, una vez verificada la manufactura del juguete tuvieron que volver a ponerlo en el mercado incapaces de poder diferenciar las copias del original. ¡Todos eran originales!

Iniciaron una investigación para averiguar la procedencia, y aunque pudieron identificar la fábrica en el sur de Taiwán, fueron incapaces de descubrir la procedencia de la materia prima, parte esencial en la fabricación de Pinocho.

No fue hasta que recabaron los servicios del célebre botánico S. Plumkier que hallaron la pista. La madera procedía del Sahara. De los inmensos bosques del Sahara. Trasladados allí pudieron constatar que cada uno de los árboles del bosque había sido plantado por el padre de Pinocho, y todos tenían su Copyright grabado en la tercera rama de la izquierda con la inscripción "Gepetto"®.

No pudieron detener la producción que fue incrementándose de tal manera que acabó con los bosques convirtiendo aquella zona verde, de naturaleza exuberante, en el desierto que es en la actualidad.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es










Al amanecer*



*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar



Le costó unos segundos de su vida ubicarse en el lugar exacto del mundo en donde estaba cuando al fin despertó. Había dormido profundamente esa noche, con una mano puesta de canto entre los muslos de una mujer, pero ella ahora se había ido. El no la oyó cuando sin hacer ruido había arrimado la puerta,
luego de vestirse a oscuras, para no despertarlo.
El gusto que le había quedado en la boca no se aproximaba siquiera a la resaca, pero recordó que con ella había tomado un par de botellas de vino mientras cenaban, luego de fumar y charlar hicieron el amor despaciosa, larga y dulcemente, no como en la época en que se conocieron donde la furia
imperaba por sobre el deseo como un tigre endemoniado. Miró hacia la ventana con poca luz aún, porque era esa hora en que la noche destiñe su sombra que no quiere desprenderse del mundo, pero cede ante la claridad que pronto la habrá derrotado.
Es aquello que por comodidad llamamos "el alba" porque nunca sabemos con exactitud cuando deja de ser noche y empieza la mañana, pero una convención más bien oportunista o lábil al menos, nos permite ubicar en las conversaciones esa palabra que se pronuncia con los labios un poco cerrados, pero no tanto, como si estuviéramos por dar un beso.
El hombre, como decía, estaba en el momento exacto del alba, se reincorporó sobre los codos y volviendo el cuerpo un poco hacia su costado derecho tanteó la mesa de luz y con una mano tomó el paquete de cigarrillos y un encendedor que estaba encima y se acostó de nuevo, prendió uno y el primer contacto con el tabaco y el humo en su boca le trajo un sabor pastoso que disimuló porque el deseo de fumar era mayor.
Sin pretenderlo deliberadamente se encontró recordando el momento exacto en que conoció a esa mujer y no pudo precisarlo, aunque convino con él mismo y con sus propios recuerdos que esto había pasado muchos años atrás, cuando ambos eran muy jóvenes, tal vez desde sus años universitarios, donde ambos
se habían atrevido a soñar -con muchos otros- un mundo mejor que , era evidente, fue sólo un sueño irrealizable de una generación que terminó parcialmente asesinada . Sí pudo recordar -sabemos que la memoria es arbitraria- una noche en que pasearon por el puerto y ella tenía un vestido rojo que la brisa de la noche apretaba suavemente entre sus muslos que temblaban ateridos tal vez por el frío, pero él se inclina hoy al recordarlo que era por el deseo.
Esa noche hicieron el amor por primera vez, en un cuartucho con los techos altísimos, y, recuerda que no se durmieron contándose de a ratos sus respectivas infancias que no estaban muy lejanas por cierto, mientras fumaban del mismo cigarrillo hasta que la luz del alba -como la de este momento, como la de ahora- los encontró desayunando en un bar donde trasegaban los canillitas, frente al edificio de un Diario de esa ciudad donde ambos vivían, ya que el reparto de los periódicos se iniciaba muy
temprano. Allí los noctámbulos, los bohemios y los insomnes sabían que podían ir a cualquier hora porque al fondo del largo salón había mesas de billar, y mesas donde se jugaba al ajedrez, a las damas o simplemente a los naipes. También recordó que era un lugar con un quiosco al costado donde cualquier fumador empedernido podía llegarse hasta allí de cualquier punto de la ciudad y no sentirse defraudado.
Lamentó que bares de ese tipo ya no existieran, si bien estaban los "minimarquet" en las estaciones de servicio, pero consideró que antes de entrar a tomar un café allí se haría degollar. En fin, se resignó, la ciudad le resultaba cada día más ajena.
Recordó, mientras aplastaba el resto del cigarrillo contra el cenicero de vidrio barato otros rostros queridos que la muerte se había llevado en aquellos años violentos y la angustia de las noches de insomnio, en donde puso su empeño por no ser una más de esas víctimas. Asombrado y culposo se
reconoció un sobreviviente de aquellos días aciagos y celebró de algún modo la felicidad de volver a reencontrarla, luego de mucho tiempo sin verla, cuando la casualidad (¿ o debería decir el destino?) los puso en el mismo bar a la misma hora. Ella hacía poco que había vuelto a la ciudad y él siempre frecuentaba ese lugar donde servían el mejor café del casco céntrico al menos y como se había vuelto fiel a sus costumbres se convirtió en infaltable cliente, tanto que si no encontraba mesa disponible no se sentaba a la barra sino que prefería dar una vuelta y postergar ese café luego de una dura jornada, aunque hubiera podido ir a otro bar de todos los que pululaban por la zona.
Ya en la cocina, puso agua en una pava, encendió el mechero al mínimo y se dispuso a ducharse.
Cuando sintió en la garganta el agua caliente al primer sorbo del mate sintió que eso lo ponía en paz con el mundo y recordó cómo su padre empezaba ese mismo ritual pero con unas gotas de ginebra volcándose sobre la bombilla caliente, en su infancia y cómo una vez ante su insistencia había probado ese mate tan extraño y se había quemado hasta la garganta.
Recordó que nada dijo a su padre, ya que presintió que esa complicidad entre ellos no sería aprobada por su madre, y él, siempre había querido tenerlo más cerca pero el carácter de ambos no lo permitió nunca demasiado.
Ahora su padre había muerto y él daría lo que el mundo pidiera para volver a sentir ese gusto de la ginebra en la garganta y mirarle la cara de felicidad protectora con que lo miraba.
Cuando se hubo vestido, acicalado como hacía mucho no lo hacía, evitó mirarse al espejo porque no quiso descubrirse la última arruga y romper esa sensación de estar contento consigo mismo, con su autoestima muy alta -como dicen ahora- y uno puede aventurar -por qué no- de extrema felicidad que seguramente le trajo la noche pasada, porque uno lo percibe en ese ademán decidido con que toma el picaporte y abre la puerta antes de salir a la calle.





SURCOS*


“Los cabellos del agua aun no tienen memoria.”
SOFIA ARZARELLO



Ha colapsado el universo.
El labriego ha dejado el refugio silencio.
Una mujer de nieve lo acompaña.
El frío muerde.
La sangre es un río congelado.
La muerte vuela en escoba de cobre.
El sol apagado y los cirios arden.


La mujer de cabellos anegados.
Destrenza
El tiempo con sus manos.
Tan quieto, tan antiguo, como castillo en ruinas.
Tiene doce dedos en su mano.
Mil dolores en sus pies.
Doblada en pesadumbres.
Tallado laberinto.


La zanja se hizo cauce y el cauce se hizo surco.


En cada línea de su cara, un surco.
En cada surco, una llaga.
En cada llaga, un parto.
En cada parto, una simiente.


El caballo relincha en verde y malva,
El trigo ha de brotar, turgente, ese verano.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







Sonido del mar azul‏*



De niña, cuando era inocente y vivaz, azul escuchaba los secretos de las olas...algunas estaban furiosas y arrogantes, como si quisieran ser las únicas que pertenecían al océano...Otras frías y tímidas, que las sentía suavemente cuando las palpaba con los pies desnudos hundiéndose en la arena de miel. Aparecían, también, las que con un color marrón y espuma en su coronilla, escondían los movimientos de algún ser marino sospechoso y malintencionado.
Ella esperaba con el caracol en su oído, llegar a encontrar un sonido que le indicara todos los misterios de la inmensidad de ese vaivén que iba y volvía, con un sonido de vientos y brumas. Intentaba descifrar su idioma, sus susurros, su música y su infinitud....
Esa niña de gran curiosidad, creía en los cuentos de los héroes y las sirenas, en la maldición de los barcos fantasmas y los piratas con parches en los ojos y su pata de palo. Pretendía que -algún día - iba a encontrar un mensaje en una botella de vidrio flotando por la marea...
Era otra época, cuando también esa pequeña ansiaba enseñarle a hablar a su perra, no podía soportar que no le contestara, porque estaba convencida que le entendía.



*de Azul. azulaki@hotmail.com





AMANECER*




No sé qué de increíble tiene esta mañana
Que los pájaros abandonan de golpe el nido
Transformados en claves, anagramas circunscritos…


¿Será porque no aguardo tu regreso?
Porque no espero que el mundo cambie el ritmo.
Quizás he descubierto, al fin, que soy efímera.
Ya no miro el horizonte en vano acecho:
Bajo mis pasos trasluzco el rocío,
Aprendo a disfrutar las gotas-gemas
Suspendidas en el manto de las hojas,
Reflejando mi rostro cada una,
Reconociéndome en ellas infinita...


¿Cómo hacerte entender que el dolor muere?
Que las heridas sanan
Cuando dejamos de pensar en ellas,
Cuando desdibujamos la impaciencia
Por admirar la magia de un amanecer
En que le brotan alas al olvido.



*de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






Estación Casey*



Me dijiste que un tren es cosa hecha para llegar, me dijiste que los arribos y las bienvenidas y los festones tricolores y las bandas de música siempre desafinadas. Me dijiste hace mucho que los niños correteando en los andenes, que las señoras repintadas que las muchachas anhelantes. Me hablaste de soldados regresando a casa, de trabajadores golondrina (golondrinas, trabajadores con alitas oscuras tal vez, muchachos de cuerpos enjutos), de trabajadores golondrina que retornan y los abrazan los brazos de sus mujeres de mucho niño y olla de hierro.
Que los trenes unen acortan distancias, que los trenes corren de una ternura a un beso, de un suspiro de pañuelo bordado a un caserío perdidito en el campo vasto. De los trenes me hablabas te acordás, de esas máquinas de vapores y truenos, de nostalgias y pasados, de durmientes quietos y las vías relucientes a fuerza de rueda abrasadora.
Entonces llegamos a esa estación, y la estación estaba dormida, y el campo estaba dormido, y el cielo ardiente del verano no reaccionaba. En la estación entonces de pronto. Entonces de pronto tu cara, esa mirada que detenía las ruedas y los pistones, De pronto tu cara y la mirada y el silencio. Y entonces en la estación Casey se nos detuvieron los trenes y se congelaron las gotas en las canillas, las arañas en las telas, se fundieron los pájaros en el azul del cielo, las vacas en el verde, los humos en las nubes inalcanzables.
Mal decorado, pintura descascarada, estaciones donde no hay ni arribos ni risas ni lágrimas de las que lloran alegrías.
De pronto en la estación Casey se detuvo el tren y se detuvo para siempre.



*De Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com




SOBREVIVIR*


Cierro los ojos,
Quiero hurgar en mis abismos.
El antes libera monstruos
Que vienen detrás de mí
Con intenciones ciegas.
El después es montaña
Que crece cuando la miro
Y oculta su cumbre
Tras vapores bronceados.
El ahora es daga
Clavada en las entrañas
Sin concesiones ni credos,
Que juega a cara o cruz
La vida y la muerte
En la magia de sobrevivir.


*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







CON LA PIEL ESCRITA EN GOLONDRINAS (*)



“Nadie estuvo en su ropa, en su patria, en sus raíces.
Un silencio de lobo avanzó y corcoveó por estas calles.
El terror derribó puertas y espió por las mirillas...”
EDUARDO DALTER




He escrito cada una de las puertas de la que fue mi casa.
Me he escrito la piel en golondrinas.
En ojos de carbón. En turmalina negra.
Teñí la patria de trigo desgranado.



Ahora me encuentro en un país con fauces.
Atlas de desamores.
Doblo la esquina del deseo y encuentro casas, puertas.
De todas esas casas, una me ha de habitar.
De esas puertas, alguna, ha de ser la mía.
¿Se han borrado las huellas?
¿Acaso somos Hansel o Gretel?
¿Me han escondido los caminos?
¿Han huido los niños y los nidos?


¿Qué hacer con este temblor de rosedales?
¿Con estas vísceras de toro, en amarillo?
¿Con esta puerta ojival que no me nombra?



Una larga avenida y un grito, me responden.
En bermellón, en azul lirio, en jade.
En sepia. No entiendo lo que dicen.
Pero sé, con la piel escrita en golondrinas.
Que solo soy, una mas, inquilina de amores.
Y un reflejo, una foto, un espejo, de la inmortal palabra.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
(*) Poema basado en fotografías de Pedro Martínez Exposición 2010. ESPAÑA






Teoría de la llegada cósmica de las moléculas orgánicas*


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Dedicado a V: por ser una letra más,
por estar después de la U
y por estar antes de la W:
Gracias.
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Aquella mañana
Me fui a matar hormigas
Debajo de un árbol,
En esa fecha en que la gente
Celebra el día de
“San Nadie”
(un gran santo, se dice)


Llegaste
En momentos en que quizá
No debías de haber llegado.
Tu sonrisa y el juego de tus manos
Desataron una mezcla extraña
Entre el viento y el agua.


De todos esos días
Consagrados a algún santo,
Escogiste ése para aparecer...
Mientras que en todos lados
La gente leía
Lo que uno está obligado a decir
En aquel día importante:
“Lo cierto es que
A nadie debiera irle mal en esta vida.
Y más cierto es
Que ésto a veces no es verdad”


Esa noche miré contigo
Por un instante las estrellas.
Luego dijimos algo,
Y nos olvidarnos de ellas.


Pero sigo insistiendo:
¿Por qué has llegado en aquel día?
¿Por qué en el día
En el que la gente celebra a San Nadie,
Un gran santo, según se dice?


Los grandes santos
Duermen en la basura,
Se tiran en los vidrios
Que han perdido hasta su brillo
Pero sobre todo:
Se llevan tu risa escondida
Entre su cabello sucio,
Logrando tener con qué entretenerse en las noches
Mientras yo repito mis oraciones,
E intento volver a soñar contigo.



*Nota importante del autor: El árbol que aquí se menciona, nunca existió. Tampoco las hormigas (ni las vivas ni las muertas), y mucho menos el día de San Nadie. Del mismo modo que no existe el viento ni el agua, ni sus mezclas extrañas; tampoco han existido las estrellas, ni los ojos de alguien que juega con sus manos... Ni las manos que escribieron ésto, ni el autor, y estas líneas jamás han sido en verdad leídas. Todo es producto de un suceso extraño, que se lo debemos a San Nadie; quien desde hace tiempo perdió todo el cabello.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com





DON ÁNGEL EN EL CIELO*




Escribo sobre el recuerdo, o, de aquellos que creo debe ser el recuerdo, pero también del recuerdo de los otros.
Y de los amaneceres, altos, inalcanzables pero increíblemente hermosos, con el sol que aparecía infiltrando de rosa aquellas nubes que semejaban peñones.
Cuando nombro al recuerdo quiero decir algo huidizo y confuso, casi unas hilachas que apenas son deflagraciones mínimas en un remoto e incontrolable rincón del cerebro. Y también están los sueños, que se reiteran a través de los años o se modifican, pero, y sobre todo está el sueño que nos visita puntual en las madrugadas. Y eso sí, allí se nos aparece íntegro el pueblo, pero no éste con su avenida orgullosa, su parque y sus calles asfaltadas que escoltan los arbolitos raquíticos. No, el pueblo que se me aparece en este sueño –diría en estos sueños porque son reiterativos- es aquel de los grandes zanjones poblados de sapos y ranas, las anchas calles de tierra –huellones en invierno y polvo sobre polvo en los veranos- esas calles que muestran piernas recorrieron, esas piernas infantiles arrasadas por los costrones que nos dejaban las heridas producidas por las espinas de acacia, allí en esa copa alta donde a veces se incrustaba nuestra humilde pelota de trapo, esas heridas que también nos ganábamos con las alambradas de púas cuando robamos aquella sandía preciada y rojísima en el desierto sol de la siesta.
En aquellos tiempos de un pasado realmente remoto, en aquellos tiempos donde nuestra breve vida se reducía a dos o tres cuadras de nuestra casa, incluida la escuela y la cancha del Club, amén de la “cortada de don Pichi” como llamábamos a ese lugar que apenas transitaba algún sulky, un caballo extraviado y un ejército de perros vagabundos. Don “Pichi” no era otro que don Ángel Pichichello ese pacífico viejecito italiano que entre el humo solitario de su pipa nos contaba historias fantásticas. Como ya la sabíamos todas y las teníamos clasificadas, le pedíamos; “la del tren, don Pichi”, o, “la del lobo que mató en Italia con una sola mano”. El viejecito sonreía con sus ojos que tenían el color del Adriático y comenzaba con su chapucero español y su cuasi dialecto. Ante tan numerosa expectativa infantil ponía en juego sus dotes de narrador oral.
Nos mostraba la rota uña de un pulgar, como prueba de su pelea con el lobo a quien venció poniéndole el puño en la garganta y asfixiándolo.
Pero la que más nos gustaba eran las historias de sus andanzas por el Chaco, como empleado del Ferrocarril piloteando una locomotora a vapor y de cómo los indios lo habían enlazado y a él y al fogonista tomados prisioneros… y usados como auténticos reproductores entre un harén de bellas y desnudas aborígenes. Nosotros simulábamos creerle y le preguntábamos:
-Cómo hacia el pito del tren, don “Pichi”, y él, feliz, nos remedaba el sonido ronco, incluía el ruido del viento en la fronda y el atronador grito aborigen sobre los empleados italianos del Ferrocarril que era todavía de la compañías inglesas.
Los más chicos se tiraban al suelo y se revolcaban entre alaridos y risas.
Yo creo que era un hombre feliz, sobre todo cuando le pedíamos que sacara su pequeña “verdulera” y nos tocara unas canciones de su tierra natal. Montaña y mar y cielos que no volvió a ver.
Entonces se sentaba sobre una inmensa piedra cuadrada que había puesto apoyada a un añoso plátano y entrecerrando los ojitos, casi escondido su rostro entre ese gran sombrero aludo que nunca se quitaba y esos grandes bigotes amarillos de tabaco que él llamaba humildemente: “mis mostachos”, se dormía.
Pudimos haberlo llamado –tal vez- don Ángel, nombre al que su bonachona humildad no defraudaba, pero no, tal vez por esa herencia que recibimos de los grandes, seguimos la insobornable tradición del “Barrio El Jazmín” y lo llamábamos como todos: don “Pichi”
En mi tiempo tuvo un carro tirado por caballos, un auténtico carro volcador, el único que vi en mi vida. Con él, un moro uncido a las varas, un alazán de tiro y munido de una pala, todas las mañanas emprendía al paso cansino de sus matungos el repaso de los caminos vecinales, todos de tierra, como es obvio. La Comuna lo había contratado o era empleado fijo, no me acuerdo, para “remendar” esos caminos baqueteados por las lluvias y los carros cerealeros o los numerosos tamberos que en ese tiempo llevaban la leche a la Cremería. Don”Pichi” levantaba a pala tierra de los costados y la iba tirando en esos pozos que la molicie multiplicaba.
El otro trabajo, el que hacía por las tardes era mucho más placentero. En un terreno vecino a su casa –que había levantado con la ayuda de su hijo José, albañil -cultivaba una huerta primorosa, que era su orgullo y el del barrio, por añadidura.
Cuando se jubiló se pasaba desde el alba, muchas horas escondido entre los altos tomatales, los pocos surcos de maíz, las plantas de poleo, agachado arrancando los yuyitos, de a uno, con la mano.
Yo le había regalado una pipa y se lo pasaba fumando. Sobre el hornillo le había incrustado una caja de fósforos “Ranchera” a guisa de sombrero protector.
Me cuenta Roberto Vega, su nieto y de hecho mi primer amigo, que al final de sus días mientras él lo cuidaba en el hospital, pidió su pipa y su tabaco. Se enojó cuando Roberto con toda razón se lo negó. Pero insistió tanto que al final lo encerró en el baño y le dio lo que le pedía. Cuando pasó la enfermera enseguida se percató del olor a tabaco, pese a que mi amigo había abierto el ventanuco del baño. Lo retó la chica vestida de celeste, pensando que quien había fumado era el nieto y no el abuelo.
Mi amigo pidió perdón, asumió toda la responsabilidad y cuando me lo contó con una sonrisa pícara afirmó:
-Yo sabía que era su último deseo-. Fue muy bueno conmigo: ¿Cómo se lo iba a negar?
Y así fue, en esa noche murió, dicen, con una paz en su rostro de gringo bueno, y tal vez soñó con su aldea natal en el último instante de su vida, y ya no lo perseguirían los hombres desnudos de una piel cobriza cuando él era un ferroviario que cruzaba los montes del Chaco.



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






LOS BUSCADORES*



“…Me gustan las nubes… las nubes que pasan…
allá abajo… Las maravillosas nubes!”
CHARLES BAUDELAIRE



Ellos, los eternos buscadores.
No se conocen. Se presagian.
Acaso nunca el espejo de uno se refleje en el otro.
Comparten, día a día.
Una canción en una lengua extraña y conocida.
No saben las formas de cada calendario.
Banales. Sustanciales.
Como respira. Como gime.
De que color son sus jadeos
El sabor de sus manos.
El color de sus albas.
El olor de sus furias.
Como camina.
Adonde va cuando viene.


Llegan al límite que les permite el otro.
Son los buscadores.


El no lo sabe.
La casa que la habita, tiene grandes ventanales.
Enrejados de miedo.
Puertos. Secretos puertos.
Un cuadro de Dalí, almendros. Durazneros.
No sabe.
Que sorbe brumas y colecciona cajas.
Que tiene la manía –peligrosa- de ser niña.


Ella no lo sabe. Lo presiente.
Que por su casa han pasado golondrinas.
Cartas no leídas.
Qué colecciona vientos. Colibríes.
Que tiraría murallas y cercados.
Que toma té color amargo.
Que su mirada ríe o brama, antes que sus ojos.


Son los buscadores.
De la caricia nueva. De la unidad y el caos.
Comparten saudades, tormentas.
Retozos animales.
Rituales…ansias, golondrinas .Vuelo de golondrinas… lejanías
Juegos.
Peligrosos juegos.
Tiernos.
Salvajes, feroces, brutales, insensatos. Vitales.
Pasión encerrada en una almendra.
Navegan desnudos en la costa.
Empeñados en el temblor y el goce.
Nacen .Enfrentan juntos las tristísimas muertes.
Se buscan… se encuentran…se extrañan…se nostalgian.
¿Qué buscan estos locos, preguntan los membrillos de cielo?

Nubes. Solo queremos nubes.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-San Luis- Argentina.





POEMA PARA NO
OLVIDAR*


Hay treinta mil
razones, que no son pocas,
ahumando el
tiempo y el fin de siglo.
¡¿qué digo?!
Treinta mil. Sólo son las más cercanas.
Las más
nombradas por las flores
confirmadas cada
mañana en el barbijo del sol
y navegando,
siempre navegando, en las voces del viento.
Nombres que
siembran despertando historias
donde el dolor
es simiente y la ausencia
una brasa
ardiendo corazón adentro.



*de Oscar Cacho Agú. cachoagu@yahoo.com.ar






Vivir en el silencio*


Quien vive en el silencio
conoce su propia tormenta.

Hay un cúmulo de gritos reprimidos,
expresión desatada de sorda rebeldía,
siempre envuelta en harapos,
siempre ahogada en susurros.

El corazón ansía vendavales,
huracanes de luz, sombras mortales.
Busca infiernos el alma donde arder,
mares donde nadar y naufragar, espacios
para batir sus alas impotentes.

Sólo existe quietud, todo es un vaso
de plomo derretido.

¿Quién desnudará tu grito?
¿Quién se amarrará a tu labio?
¿Quién, en las noches insomnes,
se acercará a tu voz y a tu delirio?



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es





Declaración de intenciones*



Amigo mío: No sé bien si imaginabas que preveo en nuestras próximas vidas, seducirte. Es con la esperanza de lograrlo que en nuestras próximas vidas estaré atenta a volver a conocerte y tratarte, tempranamente, acaso en nuestras respectivas adolescencias. Ansío que en nuestras próximas vidas
sostengamos nuestros buenos humores. Habré de preferirte más crítico que en ésta, menos voluntarista y bien pensado. Opino que mi influencia será rotunda, por no decir arrasadora. Y el así inferirlo, me hace feliz.
Amigo mío que habrás de quedar en nuestras actuales vidas, ya en curso y muy avanzadas, en amigo mío, te acaricio el alma con mi confeso platonismo, en este larguísimo mensaje de texto, que dentro de unos minutos te alcanzará en tu celular, y deseo, te sorprenderá. Es entonces, mientras me despido, cuando juguetona y anónimamente te saludo con afecto.



*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar




*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 11 de abril del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor mexicano Ignacio Moreno Nava (Ainur). . Las poesías que leeremos pertenecen a Cristina Villanueva (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link: MP3 Live-Stream).
Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067



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