Sunday, April 18, 2010

TANTO VIENTO Y MORIR DE CALMA...



*ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL (CUBA)

CONDENA*




No me preguntes, no, no me preguntes

Por qué mi voz se ha oscurecido.

No me preguntes por qué mi sombra no refleja mis horas.

Y no hay mirada, solo cuencas vacías.

Y la piel se ha esfumado

Y aferrada a los huesos, una jungla de desoladas lianas

Y el latido del viento

¡Ah, el latido del viento que me agobia!

Juro que lo he intentado.

No he podido acallar, sin embargo,

Su latido en mi sangre.

El viento empuja las antiguas velas,

E indefectiblemente

Mi pobre corazón,

Condenado a una barcaza abandonada,

Zozobra, mas no se hunde.




Tanta agua y morir de sed.

Tanta luz estelar y morir de noche.

Tanto viento y morir de calma.





*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







TANTO VIENTO Y MORIR DE CALMA...




LA NUEVA*



Allá se han ido a pasear la muñeca y su niña, vestidas con ropas iguales.
Gato de trapo
Enrique Pérez Díaz


Me lo habían advertido, pero me costaba creer que pudiera sucederme. Éramos inseparables, nos hacíamos los mismos peinados, nos vestíamos iguales, dormíamos abrazadas… Ahora es la recién llegada la que duerme a su lado. ¿Cómo pudo olvidarme así? ¿Cómo relegarme después de tanto amor?

Es cierto que mis cabellos no relucen como antes, que mis ojitos no se abren y cierran al moverme, pero es por las veces que me dejé peinar y abrazar. La otra tiene cabellos rizados y brillantes ojos negros, pero ¿la mirará con el mismo afecto? ¿Estará dispuesta a seguirla a donde quiera que vaya?

Ni siquiera llegó un día de reyes, o de cumpleaños: Una tarde cualquiera apareció con la nueva muñeca, y si bien es cierto que hace más cosas que yo cuando era nueva, ¿dónde dejamos el tiempo juntas, los juegos, las veces que la ayudé a espantar el miedo, a ahuyentar las pesadillas, a reír…?

Me lo habían avisado el oso y el carrito de bomberos de Emilio y Fernando, y yo - ¡tonta de mí! -, les decía que mi Anabel no podía caer jamás en tal veleidad. ¡Estaba tan segura de que no me sustituiría por otro juguete, por brillante, novedoso, o colorido que fuera! Por eso lloro. Lloraré tanto que se romperá mi corazón de plástico, y tal vez entonces ella verá cuanto daño me ha causado, y pensará con un suspiro: ¡Nadie llenará el vacío dejado por mi vieja muñeca!

Siento pasos, ratoncito, es mejor que te marches, fingiré que nada sucede… No, mejor escóndete debajo del sofá donde me han abandonado, y sé testigo. Ahí viene mi dueña con ella en brazos. Se acercan. ¿Qué hace? ¡La sienta a mi lado! ¿Tan pronto la van a sustituir? Anabel, querida Anabel, ¿en qué te has convertido? ¿No te duele mi abandono? ¿Le harás lo mismo?

¿Por qué me miras con esa expresión, como si nada hubiera sucedido? ¿Me alzas de nuevo en brazos? ¡Me colocas frente a la nueva!

- Mira, Natacha, esta es mi muñeca favorita, mi mejor amiga… si sigues como hasta ahora, siendo una niñita tan buena, dulce y cariñosa, te dejaré cargarla un ratito. ¡Quién sabe si se hagan amigas!

La muñequita de cabellos ensortijados se ríe y me tiende los brazos; tiene razón Anabel, ¡tal vez lleguemos a ser grandes amigas! No te rías, ratoncito…



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.







SUCCUBARE*


Diga lo que diga de mi, el común de los mortales, no ignoro cuan mal hablan de la Estulticia , incluso los más estultos, soy, empero, aquella, y precisamente, la única, que tiene poder, para divertir a los Dioses y a los hombres.

“Elogio de la locura” -Erasmo de Rótterdam (1467-1536)



Su boca húmeda buscó la mía con desesperación. Como sería que me sorprendió. (A mí, que no me sorprende nada) Tuve que hacer un esfuerzo para no engancharme y mantener la mente fría. Había violencia y posesión. No hubo preludio. Cabalgó sobre mí, una y otra vez.
Temblé cuando deslizó su mano por mis nalgas. No interrumpió sus movimientos, lo que me tranquilizó, en parte. Empezó a moverse con más ímpetu, mientras mordía mi boca. Me tomó la cabeza y mirándonos a los ojos, en la oscuridad, ascendíamos y descendíamos en la cima del deseo.
No salimos del cuarto en todo el día. Ni para comer.
Al atardecer se durmió. Parecía exhausto.
Aproveche su sueño y me fui a casa. Allí, me saqué despacito la piel, la puse en una tinaja con agua y desnuda, salí.
La noche me esperaba.
Antes de iniciar el vuelo, dije en voz alta:
“¡Sin Dios ni Santa María!”

Me desperté a media noche.
Extendí la mano y al no encontrarla, me alteré preso de un presentimiento funesto. la busqué en el baño y no estaba. Mi temor y mi angustia aumentaron. Temía lo peor, que para mi era no verla más.
Desde el principio me pareció algo rara, pero no me intereso. Además como artista, temía tantos amigos raros.
La deseé desde el momento exacto en que la vi. Venía de Chile. Había ido a una exposición de cuadros y venía en el camión de un vecino de la infancia, el flaco. Después que pasamos el control, la vi. Parada, al lado de la ruta. Parecía una leona, con su pelo rojo largo y rizado, desparramado por el viento de la cordillera y destacado por el leve tinte rojizo del amanecer.
También roja era su remera, que destacaba sus pechos prominentes. Me recordó a las pinturas del Renacimiento. No era delgada, al contrario, pero tenía todo en su lugar.
El amigo camionero paró y cuando se sentó a mi lado, sentí correr la electricidad en mi cuerpo. Dijo que iba hasta “La cuesta” un pueblo que estaba a 80 Km. No se habló casi nada en el trayecto. Me corrí hacia ella y no se movió, al contrario, creo que se apretó más a mí.
Cuando llegamos al lugar, el flaco del camión se había dado re cuenta por lo que me dijo
“¿Te quedás?”
“¿Me quedo?”
Respondí mirando la muchacha.
No contestó y me tomó la mano.
El flaco me miró con mirada cómplice y tiró el bolso que agarré al aire y se quedó mirando, como nos dirigíamos abrazados a una casa con tejas que decía “Hospedaje Las Hortensias”
Cuando entramos a la habitación, parecía loco. Me le abalancé encima como animal en celo. No quiso que prendiera la luz. Empezamos un juego de amor tan salvaje, que por momento sentí que sus dientes eran colmillos, sus ojos brillaban en la oscuridad como una víbora. Cuando tomé sus nalgas tuve la fantasía que tenía un rabo. Eso me excitó mas. Cuando le pedí que se pusiera de costado, no quiso, por lo que seguí cabalgando en el potro del deseo por horas y horas. No comimos al mediodía. Parecíamos afiebrados, con una sed que no se saciaba.
Debe haber sido el atardecer que me quedé dormido, pero era como si no hubiera dormido, la sensación es que en ningún momento ella se había alejado de mi lado...
¿Y ahora que hacía? Estaba seguro que era la mujer de mi vida pero no sabía nada de ella, donde buscarla. Sentí ganas de llorar No sabía que hacer. Pasaron pocas horas que a mí me parecieron siglos...
Debe haber sido la madrugada cuando escuché sus tacos en el pasillo y supe que era ella. Me le abalancé como un poseso.


Sus amigos, artistas, como él, no me recibieron muy bien, me miraban con desconfianza y le dijeron si no le parecía extraño que saliera todas las noches y no me mostrara de día. No pareció importarle.
Yo volvía generalmente al anochecer y me iba a la madrugada y el me esperaba todas las tardes, con el mismo miedo, con el mismo deseo.
Casi no hablábamos. Hablaban nuestros cuerpos.
“¿No te cansas’?”
Me pregunto una vez
“ ¡Nunca! ¿Y vos?”
No habló pero me respondió. Estábamos parados al lado de la cama. Me empujó y volvimos a la lucha del amor, una y otra vez.
Estaba cada vez más flaco y parecía que toda su energía la ponía en el amor.
Muchas veces, interrumpía el juego amoroso, para mirarme. Era en esas veces que me distraía, fascinada al ver como la energía escapaba de su cuerpo.
Mi deseo se iba incrementando en la misma medida.


Sabía que ella tenía otra vida, no me interesaba, mientras siguiera volviendo, es decir volviendo era una forma de decir, porque sentía que ella se quedaba conmigo haciendo el amor.
Cuando ella no estaba muchas veces me despertaba mojado, con poluciones involuntarias. Había adelgazado mucho y mis amigos me decían que esa loca me iba a matar. Yo reía y le decía linda forma de morir.
Cuando ella se iba, por pedido de ella pintaba cuadros, descubrí que los que mas le gustaban eran los que la representaban como una santa. Sentía que se encontraba en el cuadro. Así la pieza se llenó de cuadros con santas opulentas y con alas.
Me sentía raro, como sin energía pero cuando ella llegaba me transformaba y me sentía lleno de vigor.
Empecé a tener problemas para dormir. O no me dormía hasta la madrugada. O me despertaba antes del amanecer y no volvía a conciliar el sueño.
A veces dormía un ratito y tenía sueños extraños.
Se me empezó a confundir la realidad con los sueños.
Una noche tuve un sueño en el que veía como envasaba mi semen en una probeta. Me desperté mojado por la transpiración y por la polución. Aun despierto, el sueño seguía porque vi como ella salía, volando por la ventana abierta riendo y balbuceando frases inteligibles.
Esto siguió hasta que acepté que estaba enfermo.
Quería expresar algo, pero me salía otro discurso, a veces incoherente.
Cuando acepté la internación fue cuando sentí los taconeos habituales y al abrirse la puerta en vez de ella apareció una perra preñada.
Fue un solo momento. Luego la pesadilla desapareció e hicimos el amor hasta que el sol insinuaba sus primeros rayos.
Me sorprendió cuando ella me dijo.
“Ahora me toca a mí “
Y cambió de posición quedando yo abajo y ella arriba.
Esa fue la última vez que la vi. Me internaron un tiempo en una Clínica Neuropsiquiátrica. Una vez estando solo en enfermería saqué la ficha y decía: “Diagnostico: Trastorno esquizofrénico”.
Nunca me quedó claro si la muchacha que veía en los cuadros era producto de un sueño o de la enfermedad
Ahora ya estoy recuperado. He empezado de nuevo con mi trabajo.
Ayer tenía que ir de nuevo a Chile y me conecté con el flaco camionero que me dijo que me encontraba muy flaco y agregó
“-Y, que tal la pelirroja?”
Casi me desmayo de la sorpresa. Le conté toda la historia. Toda.
El flaco no dijo ni una palabra.
Antes de llegar al control, encontramos una viejita jorobada, vestida de negro, con la cabeza atada, que nos hacía señas. Yo le dije que suerte que esta vez era una vieja. Tampoco el respondió. El flaco frenó y le gritó.
-“Bruja de mierda. ¡Mañana vení por sal!”-
Yo lo miraba asombrado y no entendiendo porque le faltaba el respeto así a una pobre anciana.
El flaco parecía que se había contagiado del aire agreste y helado de la montaña.
No habló en todo el viaje. Cuando llegamos a Chile me abrió la puerta del camión y me dijo.

“-Sos un boludo-“

Y así me siento porque no he podido entender que pasó con la muchacha y menos aun lo que me dijo el flaco.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-Del libro: LA MORADA DEL ÍNCUBO








PICHON*



Si yo digo que los amaneceres eran altos estoy afirmando que el cielo adhería al aire como unos caminos certeramente agrestes al sol orondo que reinaba allá arriba.
El humo de las chimeneas ascendía directo como un poco de niebla brumosa que partía sin intermitencias ese laudo celeste y ponía un hilo conectado a la tierra donde los animales pacían tranquilos, campantes.
Gilberto ”Pichón” Bucelli, sentado frente a mí, (café de por medio) se entusiasma contándome sus anécdotas de un tiempo que ya es pasado irremediable.
Como vive en las afueras del pueblo en un terreno que tal vez no llegue a una hectárea se da el lujo de criar animales, como en una pequeña granja. Gallinas, cerdos, ovejas, conejos, patos, que se han visto diezmados últimamente por una jauría de perros vagabundos quienes literalmente tomaron por asalto a los indefensos animales, una oscura noche en que fueron sorprendidos en el sueño del cual nunca despertaron sólo despojos sanguinolentos –me dice- fue el saldo y un par de tiros de rifle tardíos que dirigió hacia ellos, perdidos en las sombras.
En sus orígenes, él, “Pichón” vivió en el campo, por eso no puede desprenderse de sus queridos animales.
Su historia está fuertemente amarrada a esa herencia campesina, ya que fue criado por sus tíos, en cuya chacra lo conocí yo en mi más remota infancia, y estoy nombrando a dos seres inefablemente buenos –Domingo Clérici y María Paulini- que permanecen intactos en mi memoria remota y obsesiva, mi memoria que los guarda como lo más preciado de esos lejanos años iniciáticos en el primigenio camino por la vida, se entiende. Según muchas veces me relató, fue criado por este matrimonio sin hijos a merced una enfermedad de su mamá (hermana de doña María) a los pocos meses de nacido.
Sé que lo criaron como a un hijo y heredó las pocas hectáreas de la que este matrimonio era propietario, ya que el resto del campo se lo arrendaban a la familia Vollenweider.
En ese pequeño espacio que rodeaba las instalaciones y la propia casa era para mí –por mi edad y experiencia- tan vasto como el propio universo.
En los ciclos de la cosecha del maíz, o la cosecha gruesa o simplemente “la época de la juntada” como se metaforizaba esos meses de invierno yo compartí todo ese paraíso para mí y ese tiempo que era el mío. Mis padres con otros juntadores y sus esposas. “Sete” Paulini y doña María; el “Nando” Clérici y doña Rosa, hermana de doña María Paulini, el primero y el segundo de don Domingo Clérici, junto a mis viejos, y un poco más lento, más limitado por sus muchos años estaba “Chiquín” el quintero lombardo, también importante en mi vida de niño asombrado, que recorría incansable todo ese mundo más amplio que las limitadas y polvorientas calles del pueblo.
Ahora estamos en la cocina, y no ha encendido la luz y las sombras descienden de pronto, apenas esas rodajas de naranjas en llamas se escondieron en el horizonte y claro que sí, acá sabemos muy bien qué cosa es el crepúsculo. Quiero decir que las sombras invadieron toda la casa, entrando por las ventanas y las puertas, que permanecen abiertas porque el tono memorioso de la conversación y su alto tenor emotivo ha hecho que nadie se levante a encender una luz y rompa esa magia que como por encanto siempre nos mezcla cuando estamos así, a puro recuerdo a llaga viva.
Cuando monte nuevamente la bicicleta encontraré otra pregunta que olvidé hacerle sobre este tiempo diluido entre las hilachas colgantes de la vida que se sumerge de verdad en otro gran vacío donde sin exagerar podemos nombrar ese tiempo, con mayúsculas. El tiempo que pasa sin tropezar como escribía Quevedo no ya sin detenerse como todo humano puede observar sin esforzarse demasiado.
Al comenzar escribí que en aquellos tiempos los amaneceres eran altos, pero olvidé mencionar que los trigales se inundaban de pechirrojos y tordos que los volvía como fuego, como carbón para delicia nuestra que mirábamos el costado del campo esa maravilla a la que no podíamos darle un sentido, pero tal vez lo tuviera, como todo en la naturaleza sin que nosotros logremos comprenderlo.
Con él, con “Pichón”, tratamos anárquicamente de compartir aquellos recuerdos, teniendo en cuenta que a mi niñez él ya era un muchacho. Algo que me reitera en estas charlas: mi desesperación cuando mi madre iba hacia el rastrojo a juntar maíz con mi padre, y yo gateando al principio intentaba seguirla, y así fue por unos años, cuando ya un poco más grandecito emprendí la maravillosa aventura de explorar
-sin alejarme mucho por el campo- ese universo para mí fascinante.
Estas incursiones eran siempre alrededor de la casa: la quinta, las conejeras, los potreros, los corrales, el molino y los chiqueros. También ese gran espacio donde las aves moraban libremente y llamaban “el gallinero”, donde todos los sábados, puntuales y alternativamente venían las hijas de doña Rosa Clérici a barrer ese gran espacio que cubierto de bosterío de gallinas y patos y de bolitas amarillentas y arrugadas de paraísos añosos se extendía.
Una se llamaba Clara –era delgada, alta y activa y muy habladora-, y la otra, rubia, seria y el pelo siempre cortito enmarcaba una cara redonda donde sobresalían un par de ojos celestes y se llamaba Eva. Yo era el encargado de ayudarles a barrer prolijamente todo y hacer montoncitos donde al Otoño irían esas hojas cobres u oscuras, para una vez limpio todo, encender cada una de esos montículos en un fuego que echaba uno un poco de humo y otro poco de escándalo entre los pavos y los gallos peleadores.
Las dos eran más grandes que yo, unas señoritas que me comentaban a mí sus fantasías puestas en el próximo baile del Club, tema que a mi me tenían sin cuidado y en pleno aburrimiento, pero Clara a veces me hablaba de fútbol, y sin coincidir en nuestros intereses –ella era hincha de los “raneros” de Federación- de algún modo concitaba mi atención.
Todo esto conversamos en este último encuentro con “Pichón”.
Y cuando me iba recordé que en la próxima deberé preguntarle por ese caballito de la mano rota, que doña María Paulini tenía sobre esa cómoda de caoba de color oscuro como es el olvido.


*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar









El hermano civilizado*




*Por Juan Forn


Cuando murió William Faulkner, su hermano menor escribió un libro sobre él, que empieza así: "La muerte de Bill tuvo lugar una noche de verano que podría haber salido de su novela Luz de agosto, sólo que fue en julio". La chambonada, que da un poco de risa y un poco de compasión a la vez, resume
en una cápsula la historia de todos los hermanos menores que siguen los pasos de su hermano mayor artista. La gran diferencia en el caso de John Faulkner es que él no quiso ser escritor desde la infancia, ni durante la adolescencia, ni siquiera en su juventud, sino cuando ya era un hombre hecho y derecho que rondaba los cuarenta, y para entonces llevaba casi veinte años trabajando para su hermano famoso, primero como piloto de un avión que Faulkner había comprado para divertirse y después como capataz de una granja que su hermano adquirió con dinero traído de Hollywood (y quiso poblar de mulas porque no le gustaban ni las vacas ni la siembra). Hay que hacer, sin embargo, la siguiente salvedad: en ambos casos, el pequeño John terminó superando a su hermano mayor. Llegó a ser piloto comercial de una aerolínea regional y luego salvó la granja de Faulkner de ser otra de las catastróficas empresas comerciales en las que dilapidaba el dinero que ganaba como guionista de la MGM. Es que el pequeño John padeció desde chico una confusión que haría las delicias de un psicoanalista: como él cumplía
años el 24 de septiembre y William el 25, estuvo convencido toda su infancia de que él era mayor.
Como dijo el propio Faulkner: "La gente se cree cualquier cosa en el Sur, si suena lo suficientemente bizarra". Vaya a saberse si le sonaba lo suficientemente bizarro el despertar de la vocación literaria de su hermano menor, que ocurrió así: la esposa de John lo escuchó contar cuentos para dormir al hijo menor de ambos, Chooky, y le dijo que valía la pena ponerlos por escrito; al menos eran más comprensibles que "esas cosas raras que escribe tu hermano Bill". John tipeó uno a máquina y se lo llevó a su madre.
Mamá Faulkner era todo un personaje: después de enviudar relativamente joven, dedicaba todo el día a leer y pintar, sola en su casa, que quedaba exactamente a mitad de camino de las casas de sus dos hijos (había otros dos hermanos Faulkner, pero uno se mató muy joven en un accidente de aviación, y el otro dejó el Sur para hacerse agente del FBI, de manera que no cuentan en esta historia). Mamá Faulkner se mantenía sola vendiendo los cuadritos que pintaba y no aceptaba que su hijo famoso le pagara ni la cuenta del almacén, pero exigía a cambio que la visitara todos los días (a John le exigía lo mismo). En una de esas visitas, John le mostró el cuento a su madre. Esta se lo pasó a Faulkner y después le anunció a John: "Dice tu hermano que lo vayas a ver". John llegó a la casa de Faulkner, lo encontró sentado en el
porche mirando a la distancia, con el cuento en una mesita junto al sempiterno vaso de bourbon. Sin mirar a su hermano, Faulkner dijo: "Un cuento te lo compran o no. Si te lo rechazan, nunca te pongas a corregirlo.
Escribe otro y tendrás dos para mandar a otras revistas. Si te los rechazan, escribe otro y tendrás tres para mandar. Nadie puede ayudarte a publicar un cuento. Una novela es otra cosa. Si escribes una, yo me encargo".
John tomó el consejo al pie de la letra y a los seis meses volvió con un paquete bajo el brazo. Qué es eso, preguntó Faulkner. "La novela que me dijiste que me ayudarías a publicar", contestó John. Faulkner dio uno de sus legendarios tragos de pajarito a su vaso de bourbon (se pasó la vida convencido de que, si bebía a traguitos, no se emborrachaba) y contestó:
"OK, se la mandaremos a mi agente literario. Pero yo no la voy a leer". A los pocos meses llegó una carta de una editorial de Nueva York diciendo que la novela necesitaba ciertos ajustes pero querían publicarla. Faulkner se enfureció porque le habían mandado la carta a él y no a John. No avisó nada a nadie y dejó pasar el tiempo. Los editores creyeron que el hermano menor era tan quisquilloso como el mayor y terminaron publicando el libro tal como estaba. John fue a pedir consejo a su hermano para el viaje a Nueva York, adonde nunca había estado. Faulkner lo recibió otra vez en el porche y le dijo: "Tengo un solo consejo para ti. No le hables a nadie en la calle. Con tu tonada y tu lentitud para hablar, van a creer que eres retrasado y te encerrarán en un asilo. Así que ve, pero no le contestes a nadie que te hable". Más bien atónito, John fue a contarle a su madre. Ella le dijo: "Es que te dan un anticipo de 500 dólares. A él nunca le dieron más de trescientos, hasta que se filmó Santuario".
Los años pasan y, una tarde, Mamá Faulkner está leyendo en su mecedora la revista Colliers cuando se topa con un cuento de su hijo mayor cuya trama es un calco (sólo que retorcida a la manera de Faulkner) de aquel que había escrito años antes su hijo menor. Cuando éste llega a visitarla horas más tarde, le tiende el cuento sin palabras. John lo lee, se aclara la garganta y le dice a su madre: "Un escritor nunca sabe de dónde viene lo que escribe.
Puede pasarse cuarenta años recogiendo, pieza por pieza, los elementos que conforman una historia. Hay veces en que no sabe que tiene una historia hasta que encuentra la última pieza. Todo lo que sabe es que de repente tiene una historia que contar. No se pone a pensar de dónde sacó cada parte.
Una vez que cuajan en una historia no hay manera de diferenciar lo que uno escuchó en un lugar, de lo que vio en otro o lo que leyó en otra parte. Esa es una de las primeras cosas sobre el oficio que hay que entender, me dijo Bill".
Mamá Faulkner contestó desde su mecedora: "Johnnie, esas mismas palabras me dijo Billie hace años, sólo que usó sin tapujos la palabra robar. Dijo que lo primero que hay que aprender en su oficio es que todo escritor roba sin pudor a otros escritores". Años más tarde, en el reportaje post Nobel que le
hizo el Paris Review, Faulkner se extendería famosamente al respecto: "La única responsabilidad de un escritor es con su arte. Lo que tiene para contar lo impele de tal manera que arrojará todo por la borda en el intento: su orgullo, su honor, su decencia, su seguridad, su felicidad. Incluso si tiene que robarle a su propia madre no va a dudarlo. Una oda de Keats vale más que un puñado de viejitas".
Mamá Faulkner vivió hasta los 88 años, recibiendo cada día la visita de sus dos hijos y repitiendo a quien quisiera oír que su hijo John era una versión civilizada de su hijo Bill. Para los sureños, seguro: el pequeño John nunca cuestionó la segregación racial como sí hizo, sin pelos en la lengua, su incivilizado hermano mayor. John prefería pensar, como escribe en el triste libro que escribió sobre su hermano, que "el Norte se limita a tratar bien a los negros como raza pero los maltrata como individuos; nosotros quizá los maltratemos como raza, pero los tratamos bien como individuos". Sólo le faltó agregar: "Cuando son nuestros", para sonar como un perfecto caballero sureño.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-143967-2010-04-16.html







TRACTATUS DE LA BREVEDAD MORBIDA*



*por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



CAPUT PRIMUM

La brevóloga mórbida tiene razones (minúsculas, claro) para estar en desacuerdo con el mundo y sus treces. Si yo le doy lugar en mi pensamiento es porque además de mórbida, es breve, o sea, su vanidad dura poco: no viene atestada de grandezas. Ella apenas comunica las astillas de sus verdades y no considera que su lucubración sea siquiera superior el dedo meñique de Bachelard y su episteme. Por eso me permito repetir algunas de sus relampagueantes conclusiones a saber:
"Tan pronto como hablamos de alma le damos a ésta una entidad glorificada. En cambio, si hablamos de cuerpo a éste le reconocemos una existencia de escasa reputación y honradez. Pero, ¿acaso no es ella la infectada, la traicionera, la oscura"


CAPUT SECUNDUM

Queda claro que la brevóloga no es una reconocida profesora de física y matemática en la Universidad de Gotinga ni en ninguna otra. Además nunca será leída por Goethe, ni por Tolstoi, ni por Kierkegaard ni por Cortázar, pero acaso, precisamente por la escasez de pretensiones, resulta tan llamativa su lucidez de dos palabras elevadas a la enésima potencia del imposible:
"El inventario, en términos de recuerdo amoroso, resulta de la búsqueda de la esencia. ¿Por qué, si una va con su sexo a todos lados, con alguien puede ocurrir todo aquello que con otro no ocurre? De este acontecer una puede distinguir en todos lados el ser del ente. Y esto comprueba el carácter metafísico del inventario".


CAPUT TERTIUM

Sólo por intriga, o tal vez curiosidad, o mínimamente por misericordia, cedo espacio en esta página, siempre honrada por autores que la colman generosamente de palabras, a la modesta hazaña de la brevóloga mórbida, empeñada en economizar lenguaje para expandir significados. Entiendo que, por su empecinamiento, está a un paso de soledad absoluta, muy lejos del oído masón de la cofradía literaria: "La gente que anda por el mundo como cigarro erguido y no comprende el amor por los relámpagos, se niega a penetrar el silencio y a leer con más cuidado".


CAPUT QUARTUM

Como si no fuera suficiente el propósito de enfrentarse contra el género dominante, al negarse a escribir todo aquello que no hace falta sea escrito, a la brevóloga hay que reconocerle también el bizqueo con el que nos propone mirar lo que el mundo pretende como establecido y derecho: "El entorno visible detesta los procesos invisibles. El entorno comprobable rechaza los estados ilusorios. Los destiladores sólo confían en lo que ven con los ojos y se creen dueños de lo que atan de pies y manos".


CAPUT QUINTUM

A esta suma de obstinaciones agreguemos también el ejercicio empedernido de la poética del reverso: "Cuentan las aves dignas de volar que si no levantaran los ojos creerían que ellas son el punto más alto, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de los pájaros".


CAPUT SEXTUM

Si una quisiera conseguir para la brevóloga, algún tipo de perdón, no digamos ya, un reconocimiento, podríamos focalizar en sus esmeros por hacer alto lo bajo y por reconocer lo puro de lo impuro: "Con la esperanza encima del corazón, cada mañana, cuando te veo despertar, doy gracias al cielo por el llamador de ángeles que se balancea entre tus piernas".


CONCLUSION

Para concluir, digamos que las brevologías de la mórbida son a la densidad novelesca, como un David desamparado de toda profecía a un Goliat con manager literario. De ahí que su mérito consista en la insistencia por transitar la literatura por el costado prohibido, como un arcángel desmelenado que cuestionara los negocios de su propio Dios: "Yo, desterrada de todo orden y verdad, siempre caída hacia la noche, cansada del día, con mi suavidad de lobo, con el trazo precipitado de palabras, declaro que no he tendido en mi cuerda los calzones divinos de Dios".
Queda claro que la brevóloga sostiene su absurda causa, apoyada en una lucidez anárquica e hiriente, que prefiere la orfandad a la sumisión.



*FUENTE: Contratapa Rosario 12. sábado 17 de abril 2010
-Enviado para compartir por Ruben Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar





*


Este domingo 18 de abril del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Martín Matalón. Las poesías que leeremos pertenecen a Mario Markus (Chile) y la música de fondo será de Buena Vista Social Club (Cuba). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link: MP3 Live-Stream).
Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067



*


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