Thursday, October 06, 2011

LA ARENA ES UN CUENTO SIN FIN...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu



Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*


Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra...
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.


Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.


Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra “comunismo”,
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto...


Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.


*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com








Tiempo y espacio*



La arena es un cuento sin fin

Incontable

Una infinita alfombra de

estrellas o rocas trituradas


Por eso
a veces en las tardes

cuando los niños se sacan los zapatos

queda un brillo de estrellas

casadas con el mar.

Que juegan al verano

Sobre todos los pisos

oscuros de la muerte.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com







"LA AMISTAD EN EL PLANETA LEJANO"*



*Por Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar


Ellos vivían en un lejano planeta, en comarcas muy distintas y distantes; bajo las luces de dos grandes soles refulgentes que hacían que hubiera una noche cada dos días, y las sombras se cruzaban entre ellas. En ese mundo a veces había dos atardeceres, o dos amaneceres en un mismo día, y a veces hasta un amanecer y un atardecer al mismo tiempo; y de tanto en tanto eclipses entre los mismos soles, o entre las lunas, o mezclados, en una espectacular orgía celestial. Había seis lunas, y la gente era o muy lunática o bien muy romántica.
En ese entorno la locura de ellos eran una normalidad; ser amigos durante siglos y nunca llegar a conocerse.
No se conocieron porque temían decepcionarse entre sí.
Temían ser especies distintas, como reptiles y aves, o siendo incompatibles, o enemigos, y terminar comiéndose entre ellos, como los animales salvajes que poblaban las selvas extensas que aún quedaban, después de la última glaciación y el reciente recalentamiento global; que venían una y otra vez después del gran cataclismo que provocó la caída de la luna mayor, que hizo rotar al planeta al revés durante varios siglos.
La gente primero se volvió loca, y luego moría aparentemente sin motivo. Murieron casi todos. Quienes quedaron se temían unos a otros, y se fueron retirando a lo más profundo de esas selvas húmedas y oscuras. Los animales salvajes proliferaron y se fueron adueñando de lo que quedaba del mundo. La naturaleza cubrió rápidamente de leñosas enredaderas, plantas gigantescas y marañas espinosas, todos los signos de las grandes obras de la antigua civilización. Llovía a torrentes con aterradoras tormentas casi todos los días y los arroyos se hicieron ríos y los ríos verdaderos mares.
Sobrevivir fue un verdadero milagro.
Pero ellos siguieron siendo amigos; aun que no se conocieron nunca.
Dentro de poco, en este mes, en aquel planeta tan soleado y lunático; perdura la antiquísima tradición de celebrar el día del amigo.

"Espero que ellos sigan siéndolo".


*Texto incluido en el libro "Pintando mi aldea" de Celso H. Agretti.
Avellaneda, Santa Fe. 19 julio 2008








Mas no me encontraréis en las batallas*



Mas no me encontraréis en las batallas.

No estaré agazapado en una barricada
ni lamiendo la sangre del cuchillo victorioso.

No empuñaré las armas homicidas
ni la palabra ambigua
ni el rencor permanente del alma embrutecida.

No serán mías las fauces carniceras
ni el estandarte gris del bombardeo.

No seré el cazador
ni ese francotirador de la azotea
que va tachando vidas en la pared funesta
de la ciudad sitiada.

No estaré con aquellos que filtraron
gota a gota la sangre de los pobres
para hacer de cada vena un instrumento
de riqueza enterrada en sus bolsillos.

Tal vez podáis hallarme donde lloran los tigres.

Acaso en la morada del hambriento,
en los ojos del niño moribundo,
en la sangre del ave asesinada.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop
http://twitter.com/S_Borao_Llop







EL DEVORADOR DE REALIDADES.*



*Por Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com



De repente todo había cambiado, todo se apreciaba tan árido y un espectro en el cielo comenzó a teñir todo de gris; el miedo se transfiguró en horror y ello se sentía en el aire, en el viento que se colaba por entre la piel y se alojaba tímidamente en los huesos. Incrédulo vi allá arriba una grotesca nube tan espesa como el humo más denso, obscenamente se retorcía, tenía vida, serpenteaba por debajo de las demás nubes que forraban la atmósfera como si fuese de plomo. La serpiente de vapor comenzó a avanzar hacía mí, corrí no sé por cuanto tiempo, más sin embargo la nube aquella seguía tras de mí, pareciese que se movía lentamente y ahí estaba observando mis espaldas; de pronto se abalanzó contra mi ser, me arrojé a un costado y la serpiente de vapor se impactó contra el suelo, vomitó una especie de líquido verde oscuro pestilente. Después la culebra aquella desapareció, fue cuando miré alrededor, a mi derecha había una escalinata cual conducía a lo que pareciese un templo, de repente mi visión se detuvo en el primer descanso de aquella, ahí, algo se movía con dificultad, estaba reposado sobre el suelo e intentaba incorporarse, me acerqué, necesitaba saber que era; había subido yo unos quince escalones cuando pude descifrar de qué se trataba, aunque mi mente no lo comprendía, yo era testigo, era una osamenta de elefante con la cabeza aún sin descomponerse, el semi paquidermo trataba inútilmente de incorporarse, parecía que sufría mucho, lo pude ver en sus ojos, la trompa golpeaba el suelo, parecía buscar algo de que asirse, de que aferrarse, algo tangible que le dijera que aquello no estaba sucediendo, que no estaba ocurriendo; me acerqué un poco más y pude ver entre sus costillas un trozo de carne ensangrentado que palpitaba. Me dolía el pecho, me supuraba el alma, pero no sabía que hacer, sólo miraba al animal aquel quien se retorcía de dolor. De pronto un ruido atrás de mí subía las escaleras; al voltear, mi pecho comenzó a golpear más fuerte, un perro enorme cual lucía impresionante por llevar cuernos gigantescos como de macho cabrío, fuego en sus ojos y dientes como navajas se acercaba a mí; cuando estuvo a tan sólo unos centímetros de mi ser me observó directamente a los ojos semejando que me reconocía; su enorme cuerpo color carmesí respiraba bruscamente y producía un ruido cual provocaba a la tierra estremecerse, después pasó junto a mí rozando mi costado y mi costado ardió como si hubiese sido expuesto al fuego, la bestia aquella se dirigió al paquidermo quien con una mirada desorbitada continuaba golpeando al suelo con su trompa sanguinolenta, era obvio que pedía piedad. El cánido se abalanzó contra él, clavó su mandíbula en su columna vertebral, la despedazó, el elefante lanzó un sonido tan horripilante que el cielo vibró y los escalones aquellos se agrietaron, las nubes parecieron respirar y palpitar moviéndose sin sentido alguno; todo estaba mal, yo lo sabía, lo sentía, el sudor inundaba mis ropas y mis uñas perforaban las palmas de mis manos hasta que sangraron, no me dolía, quería sentir si verdaderamente estaba despierto y así era, tan despierto estaba que busqué en todas direcciones la salida de ese lugar, pero no la había, lo único que encontré fue un punto en el horizonte cual parecía moverse, y en efecto, crecía al acercarse cada vez más, de pronto dejó de ser tan sólo un punto para convertirse en algo más complejo, tenía alas, se aproximaba hacia este lugar con gran velocidad, por un instante creí que el olor de mi sangre era lo que lo atraía, el monstruo alado llegó después de unos segundos, comenzó a dar vueltas en círculos por encima de donde estaba, mientras el engendro mitad perro, mitad demonio, continuó devorando la osamenta del elefante moribundo. La bestia alada rugió como león herido, era su anatomía bastante interesante pues resultaba ser como una mezcla de pez con algún arácnido, y las alas en vez de plumas poseían cabellos, lo que era el lomo de la bestia estaba cubierto por un caparazón forrado por algo similar al moho cual crece en los muros de las viejas casas, el vientre del ente aquel asemejaba no tener piel, se apreciaba la carne viva tapizada por millones de gusanos amarillentos cuales caían como lluvia al suelo.
La bestia descendió rápidamente, cogió con sus garras los restos del elefante y al cánido; antes de alejarse lo suficiente, volteó y me observó de manera fija, en ese momento conocí en persona al más puro y profundo odio. Caí de rodillas, me desmayé, no sin antes, al momento de ir cayendo pensar en que estaba justo a la mitad de un sueño y de la realidad, antes de perder el sentido miré hacia arriba al final de la escalinata estaba la puerta del templo cual se abrió, después no supe nada más, me atiborró el vacío, la oscuridad, el silencio… no supe nada más.
No sé cuanto tiempo pasó, lo único fue que al despertar todo estaba como adentro de un remolino, por unos instantes creí haber estado recostado sobre mi cama en mi habitación, pero no era así, estaba acostado sobre un suelo que brillaba y reflejaba al igual que un espejo, miré en todas direcciones, las sombras inundaban todo resquicio de aquel lugar que por sus características asemejaba una catedral desquiciadamente enorme, la nave central poseía las características exactas del estilo ultra barroco y las inmensas columnas provocaban un sentimiento de imposición; no comprendía nada, con anterioridad estaba frente a una serie de espectáculos asquerosos y ahora frente a una brutal y descomunal belleza, pues aunque aquel lugar estaba impregnado de penumbras, la poca luz cual se filtraba por los enormes vitrales permitían admirar el esplendor del sitio, permanecí sentado por varios minutos apreciando la beldad de la estructura, pensé que también era grotesco aquel paraje al pensar en la soberbia de quien construyó tal edificación. Una vez repuesto del impacto me pregunté como habría sido que llegué al interior del templo, no era posible. Comencé a buscar a quien pudo haberme conducido hasta aquel lugar, pero no había nadie, sólo yo y el eco de mis pisadas. En tal recorrido me percaté de otra cosa, en las columnas estaban incrustados nichos y en ellos estaban colocadas figurillas de santos muy extraños, nunca fui religioso, pero cuando veía alguna estatuilla de algún santo, por sus características sabía que encajaban en algún tipo de secta, por el contrario aquellas esculturas parecían tener cierto toque cual provocaba salieran del esquema; en primer plano ninguno de ellas tenía ojos, sólo un par de huecos adornados en su periferia de algo que pude haber jurado se tratase de sangre humana ya seca.
Tenía hambre, demasiada para mi propio gusto, de hecho no recordaba cuando había sido la última vez que probé alimento, en aquel lugar obviamente no había nada que ingerir, me dirigí hacia la puerta cual siempre estuvo abierta, eso lo recuerdo aún antes de desmayarme, una vez en el pórtico admiré el frío paisaje, todo se apreciaba aún más grotesco, más insano y lúgubre; como a media escalinata una masa amarillenta y rojiza se movía, eran los gusanos que había arrojado la bestia alada, me dirigí a ellos, no tuve otra salida, me incliné y con mi mano derecha tomé un puñado de ellos, los llevé a mi boca, el sabor era pútrido pero mi hambre superó todo asco, comí bastante hasta sentirme hostigado y por un momento me sentí satisfecho, pero después de un corto tiempo mi cuerpo comenzó a estremecerse, a ser invadido por un sudor extremo, mi piel comenzó a cambiar de tonalidad y de grosor, el dolor se adueñó de todo mi ser, sentía que algo crecía dentro de mí, pero era mi cuerpo el que estaba sufriendo una especie de metamorfosis a tal grado que de repente me había convertido en una bestia, los gusanos que quedaron sobre el suelo comenzaron a alimentarse de mi cuerpo, me devoraban, no pude escapar de ese lugar hasta que me percaté de que los gusanos habían tragado toda mi piel, mi carne, sólo quedaban mis huesos y mi cabeza quien estaba aún entera al igual que mi corazón cual palpitaba con fuerza extrema, quería incorporarme, mas no podía y con mi trompa azotaba el suelo como tratando de asirme de algo, algo que me dijese que aquello no estaba pasando, ya sólo deseaba la muerte; miré escalinata abajo y vi a un ser humano que incrédulo me veía, se acercaba, las nubes parecían estar enardecidas, el hombre aquel me veía con lástima, yo sólo intentaba decirle que se alejara, que huyera lejos de aquí, pero él no comprendía lo que trataba de decirle, después de un breve lapso, ya era demasiado tarde, un cánido subía las escaleras mientras, atrás de él, allá en el horizonte, una bestia alada se acercaba volando cargada del más profundo y oscuro odio.







NO ES FÁCIL*


La noticia llega -una mañana- cualquiera,
con asombro en la cara, con incrédula,
y temerosa,
con el consultorio médico tornando
a fragmentar la vida,
las ilusiones de los sueños como anestesiados
y escombros giran y caen
en derredor
como urna muda
y la ira camina el corazón que encoge
que no digiere y se niega
al veneno cuando corroe
las entrañas en momentos subvertidas
con miles de pinceles que esbozan sin color
el lienzo futuro de mortaja:

y donde había mariposas, desaparecen
y las flores y los pájaros se han echado a volar
y toda la noche nausea su nuevo aroma de fétido
de agónica carne
de huesos que velan,
entierran y lloran sus astillas
sus macabras rondas cruzadas:
hilando del destino con la muerte ansiosa
cogiendo la mano y acariciando la espalda.

Y ahí quedamos, ahí, acongojados,
ahí agonizando, ahí en la tortuosa espera,
la certidumbre de la próxima hora
ahí,
ahí cuando oprime la garganta
hasta producir el tono mortecino de la piel.

No, no es fácil

aceptar esas palabras:

"no queda más por hacer"

Y el pensamiento estalla
Y lo absorbe la locura
Y fragmenta la cabeza,
Y desorbita el alma.

Las sensaciones: escupen
pero no calma
debaten
pero no calma
niegan
pero no calma:

cómo iniciar carrera a ciegas
hacia la nada
que te triza y machaca.

Días grises, de un cielo ajeno, se suceden.
Un brazo extendido de la noche abraza con frío.
Ese que antes era dulzura:
y vamos peregrinos por tinieblas
navegando un mar que atrapa a la deriva.

Comienza el cuerpo su abandono.
Y el espíritu, su rebeldía.
Y gritan , y se cenizan
y claman -un poco más de tiempo-
un poco más
de tiempo
un poco más.

O enmendar errores,
o pedir perdón
o volver a engullir el chocolate prohibido
y mirar en calma la rosa
y correr detrás de la paz del alma,
a escondidas en el bosque de bayas
donde quedamos atrapados,
donde punzan las espinas
donde contamos gotas
y minutos que marcan de sangre
el reloj de un tiempo que se agota enrojecido.

No, no es fácil mirar otra vez el mundo
si ya no son los mismos ojos de antes:

Si mudos de dolor y de furia
de catacumbas donde la belleza quedó como
cráneos vacíos para el regocijo de turistas
y lo que hace tic tac es el horror:

Tic tac:
noches de pesadillas
Tic tac:
grietas en la cama
Tic tac:
el techo quebrado en dos
Tic tac:
los pies hundidos en lo oscuro
Tic tac:
el abismo en los lamentos.

De la actuación, aprender
representar distintos
en diferentes escenarios
y detrás de la máscara
escondidos
el sufrimiento y la agonía
perforan la piel, la propia máscara
milímetro a llanto
y sudamos fríos centímetros
de sangre.

No. No es fácil recluirse
en santuario inmaculado
a pensamientos inmaculados,
cuando se respira infamia,
y los instintos paranoicos,
esquizofrénicos deseos, devastados,
arrastrando sus pedazos
hasta quedar quieta tiritando en un rincón,
y esperando, y esperando,
y esperando.

No, no es fácil.


*De Ruth Ana López Calderón© anilopez20032000@yahoo.es
24-02-2011







Corriendo en gris*



*De Mario Capasso. mcapasso340@hotmail.com


Otra vez sale de su casa, se detiene bajo el umbral y enseguida le viene a la memoria aquel primer lunes, porque descubre el mismo cielo nublado de ese día, y también porque por unos instantes su cuerpo le parece nuevamente enorme, y entonces otra vez lo recorre la misma obstinación, una mezcla de entusiasmo y bronca que lo impulsa a no claudicar, a no dejarse acobardar por una simple amenaza de tormenta y a decirse una vez más: dale, salí, salí y corré. Y entonces sale, vuelve a cruzar la calle como siempre en la esquina de su casa y encara derecho hacia el parque, cinco cuadras al trotecito, como para ir entrando en calor, como para que el cuerpo se vaya adaptando a lo que luego él le va a exigir, porque ahora que han pasado muchos lunes puede exigirlo y ése es su mayor orgullo, piensa. Y mientras recorre el comienzo de esas cinco cuadras al trotecito, como para ir entrando en calor, se dice que el primer lunes la cosa había sido bien distinta, que la determinación sí era la misma, pero las cinco cuadras las había recorrido caminando despacio, muy despacio, arrastrando el pesado cuerpo de aquel día que ahora, en el recuerdo, se le figura muy lejano. Cinco cuadras caminando, recuerda mientras trota, arriba el repetido cielo nublado y la amenaza de lluvia, y él transpirando ya desde el principio dentro de su jogging gris, sí, gris, lo había comprado el sábado anterior a esa primera salida de aquel lunes, apenas lo vio en la vidriera se dijo que quería ése, por suerte encontró el ultimo que quedaba de su talla, como si lo hubiera estado esperando, si hasta el vendedor le dijo que hacía mucho tiempo que lo guardaban allí, y se lo probó y le quedó perfecto, le queda perfecto, le dijo el vendedor, y él sonrió. Pero ahora no sonríe, ahora trota y se acuerda muy bien de aquel primer lunes cuando su cuerpo lo desbordaba y lo marginaba de todo. Nada que ver con el presente, ahora todo es distinto se dice aunque una mueca de duda se dibuja en su cara al tiempo que ingresa ya a la tercer cuadra. Siempre le había gustado imaginarse en esa situación, que todos le hicieran comentarios del tipo che, pero qué bien estás, cuál es el secreto, cómo lo lograste. Le encantaba imaginarse así. Pero le costó, mucho le costó, y por momentos duda de haberlo conseguido por completo, pero no se deja vencer por las vacilaciones y continúa aunque le sigue costando. Porque en verdad hay que tener esa constancia, hay que persistir en la dieta y salir a correr todos los días, sin dejarse vencer por el desánimo ni la persistente amenaza de lluvia. Y él sigue y sigue y ya recorre el último tramo de esas primeras cinco cuadras. Y cuando llega al parque comienza a trotar más rápido, con saltos ágiles, lástima que no hay nadie allí, pero ya está acostumbrado, nunca hay nadie al comienzo, solamente aquel primer lunes en que tanta gente iba y venía, y a partir de esa jornada nunca vio a nadie más, como si la ciudad se hubiera puesto de acuerdo en dejarlo a él solo, para que corra casi solitario y libre. Los únicos que interrumpen su soledad son cada día los mismos, que ya van a aparecer, falta poco, muy poco, apenas dé la vuelta, lo sabe. Lo sabe, entonces corre hacia su destino. Y mientras tanto su cabeza repite las imágenes. Aquel lunes. Fue la única vez que se cruzó de entrada nomás con gente corriendo o caminando, eso recuerda o al menos tiene esa sensación y no la del actual parque desierto, desierto hasta que se le aparecen ellos, los que ya conoce tanto, los que apenas dé la vuelta se le van a cruzar en el parque siempre envuelto en brumas, en el que el verde es distinto al verde, en el que cada mañana corre y corre para mantenerse así, tan en línea, eso es lo que más disfruta de su nuevo cuerpo logrado tras tanto sacrificio, aunque a veces duda, pero valía la pena el esfuerzo, porque claro que le gustaba imaginarse en reuniones donde se lo hicieran notar, sí, que todos admiraran su figura, sobre todo las mujeres, y sobre todo las mujeres de los otros, porque los otros eran todos los que lo marginaban inclusive de las charlas, como si su gordura fuera contagiosa, o signo de estupidez o ineptitud, por eso creía disfrutar a más no poder de ese presente a partir de ese primer lunes cuando al salir de su casa se detuvo bajo el umbral y vio el cielo nublado y amenazante, recuerda, pero no le importó e igual salió a correr determinado a cambiar su silueta y su destino. Y aquel lunes se cruzó al igual que ahora con el mismo pibe, y el mismo pibe le vuelve a decir lo mismo al hombre que lo acompaña, mirá ese señor gordo, dice, y enseguida ocurren las risas alejándose, tal vez el hombre sea el padre del chico que le dijo eso, supone que sí, y el recuerdo del pibe lo sigue acompañando mientras corre y corre por el parque desierto bajo el cielo nublado, con su jogging gris y sus dudas a cuestas y así continúa corriendo sin dificultad, y poco después de la aparición del chico, apenas termine de atravesar el puente, se va a cruzar con las jovencitas, cuatro o cinco, nunca logra contarlas, y eso que allí vienen otra vez, el puente ya casi quedó atrás y se va a cruzar con ellas que lo van a mirar de reojo, y otra vez se van a alejar murmurando algunas palabras entre risitas entrecortadas, y una va a decir callate, boluda, a ver si te escucha, y lo dice, y luego él no va a escuchar más nada ni verá a nadie más. Pero ya nada de eso le importa, si cada día es lo mismo, pero fue aquel primer lunes en que a partir de esas palabras del chico y las risas de las jóvenes su ánimo se encrespó y lo que hasta ese momento había sido un trotecito leve se fue convirtiendo en una carrera contra su cuerpo, ya van a ver, y al diablo los consejos del médico, y no le importó que era el primer día, ya van a ver, un lunes con el cielo nublado, al igual que ahora que corre pensando en todas estas cosas, y recuerda aquella vez, cuando comenzó a transpirar más y más, cuando el corazón pareció salírsele del pecho, cuando un sudor frío comenzó a recorrerlo y él se obstinó y no se detuvo, ya van a ver, nunca se iba a detener, y eso que por un momento creyó que se moría, tanta era la bronca causada por esos dos encuentros, pero ese lunes se las vio mal, muy mal, ya van a ver, creyó que se moría, recuerda ahora mientras sigue atravesando el tramo final del parque ya de nuevo totalmente desierto y mira el cielo más negro que al principio, igual que ese día, muy mal la pasó, el corazón, casi no lo puede creer ahora que lo recuerda y corre, así, así, con su jogging gris bajo el cielo amenazante, y ese lunes no paró y no paró, ya van a ver, ya nadie más lo iba a menospreciar, a denostar por su gordura, ya basta, nadie más, nunca más, se dijo confusamente aquella vez, o cree ahora que se dijo, ahora que corre y ya sale del parque y siente otra vez la esperanza de que alguna mañana cuando se cruce con el pibe, el pibe lo va a observar con admiración, y de que esas cuatro o cinco jovencitas lo van a mirar de frente y con una sonrisa cómplice y a lo mejor alguna se va a detener a conversar con él, aunque eso será otro día porque ahora ya está regresando y entonces cruza la avenida porque justo el semáforo está en verde, siempre está en verde, cada mañana es igual, ni un auto a la vista, y cada mañana piensa en esta parte del trayecto que si hubiera alguien que lo viera cruzar así la avenida, reventaría de envidia, con estas palabras lo piensa siempre, reventaría de envidia si supiera lo que ha logrado a partir de su determinación del primer lunes cuando al salir de su casa vio el cielo nublado y no le importó, y luego corrió y corrió impulsado por las palabras de ese chico y los murmullos de las cuatro o cinco jovencitas bien metidos en la cabeza, ya van a ver, y corrió y corrió y no se detuvo, no se detuvo nunca, nunca, como tampoco se va a detener ahora que ya está por llegar a la esquina de su casa, y de nuevo dobla la esquina, y ya la ve, y en el umbral de su casa ya está listo el hombre ¿gordo? que mira el cielo nublado y se dice que no importa, que él no se va a dejar acobardar por una simple amenaza de tormenta, y entonces arranca y comienza a recorrer al trote, como para ir entrando en calor, las cinco cuadras que lo separan del parque.






MIEDO*


“El miedo es el padre de la crueldad.”
JAMES ANTHONY FOUDE



El jinete del miedo corcovea.
El abandono es más cruel que la muerte.

EL miedo teme a la libertad.
La libertad teme al castigo.
El castigo teme a la soledad.
La soledad teme al miedo.

El niño mira sus pies descalzos.
Piensa que el miedo solo es una palabra.
Existe, para ocultar lo que no se tiene.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





Correo:

Amig@s!

el próximo domingo 9 de octubre se cumplen 5 años de la publicación de nuestro sitio Haciendo Almas en el portal de la cultura cubana.

Parece poco y es mucho tiempo, promoviendo cada semana un pedacito de cultura, de quehacer comunitario y social,
de ternura infantil, de creaciones jóvenes, de poesía sincera, de nuestra bella isla,
de vivencias cotidianas, en fin, haciendo almas a nuestra manera, peculiar y revolucionaria,
en continuo cambio como la vida misma, y como dice el ludo, siendo fuertes, flexibles y cariñosos!!

Quiero felicitarlos a todos y perdirles que divulguen la noticia,
cada quien a su manera, con sus amigos, familiares, por cualquier medio,

que corra la voz!!!

SEGUIMOS HACIENDO ALMAS otros 5 años más!

desde el corazón

*José Miguel R. Ortiz (iskra) desdelcorazon@cubarte.cult.cu
www.haciendoalmas.cult.cu / www.cubarte.cult.cu



*
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