Friday, December 16, 2011

LAS ABSURDAS ESPERANZAS DE LOS CIELOS...



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
-La Habana. Cuba.




Astros negros*


Hay una muchedumbre de astros negros celestes
allende las fronteras que idearon los dioses,
allá donde los niños y los ancianos héroes
juegan sin entusiasmo a juegos no inventados
y las blancas alas de los serafines proletarios
dibujan círculos rectangulares en pos de un ángel
que, mudo, sonríe con maldad infinita
contemplando el tragicómico deshojar de margaritas
de las enamoradas vírgenes armadas de compases y pestañas.

(¡Ah, no!. No me digáis que el escenario está vacío
y los gusanos ya volaron en busca de otros muertos)

Raudos trenes expresos transportan inexpresivos
las tardías sensaciones de los recién nacidos
condenados a viajar perpetuamente en el vagón de cola
o en abrasantes utilitarios desparramados
por las derretidas venas de una vasta metrópoli
mientras se desploman aviones de un cielo tormentoso
entre humo terror y sangre y llamas.

¡Todo es noche incendiada!
¡Todo es infierno y caos!
¡Todo es un sanguinario pico destronando
las absurdas esperanzas de los cielos!

Hoy quisiera contar que entre soles y estrellas
una niña fugaz sonríe tristemente.
Quisiera
convencerme de la inocencia de las flores,
del vago resplandor de los espejos
que largamente reflejan la nada que nos cubre.
Quisiera decir sencillamente "hasta mañana"
y amanecer sin un rasguño al otro lado,
mas la noche, burlona, jugó sus cartas marcadas
y su canción anuncia que nunca volveremos.


Despertar
es la temible venganza de las nubes.



-De Extrañamientos y rescates

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop






LAS ABSURDAS ESPERANZAS DE LOS CIELOS...







Christian y el viento*


*De Eugenia Cabral. ecabral54@yahoo.com.ar



-¡Chriiiiistiaaann!...
La voz de la madre se alargaba con el viento seco, como si la corriente de aire le formara una quena invisible a esa voz, para que corriera a través del campo, buscándolo.
-¡Chriiiiist!...
La voz se cortaba dentro de la mente del Christian. Ya va, pensaba, ya va, estoy pensando.
Hace días que piensa en que el monte se va despoblando de animales, de árboles, y eso que siempre fueron escasos por la sequedad, a pesar de la cercanía a la selva, pero fue hace mucho, en tiempos de los abuelos. Al final, van a despojarlo de gente también, de voces como la de su madre, que lo llama. Y ¿adónde podrá irse la gente? ¿A las orillas de la ciudad, como sapos a la vera del río? ¿A dormir entre los viejos durmientes de quebracho de los ferrocarriles, quebrachos sacados de la selva que antes lindaba con el monte quemado?
El viento sopla cada vez más seco debido a la tala de vegetación cercana que lo humedecía. Y el calor tiene manos de tenaza, porque no hay humedad que lo ablande. En la escuela le enseñaron que no se deben talar demasiados árboles, ya por la ecología, ya por la cultura. Y eso que el maestro les contaba a los changos historias lindas pero que sucedían allá en la Europa central, de donde habían venido sus propios abuelos. Los cuentos nombraban árboles que aquí no existen (como las hayas, los abedules, los saúcos) y los había escrito un señor llamado Hans Christian Andersen. Christian, como él, el Christian.
Uno de los cuentos hablaba de un hada que vivía en un saúco y se comunicaba con los niños para decirles que, en realidad, ella era el espíritu del Recuerdo. Y claro, pensó el Christian, al final, de nuestros árboles sólo va a quedar el recuerdo. Pero ¿dónde van a guardarse los recuerdos? ¿En los jarros pintados, igual que en ese cuento? Porque quebrachos frondosos ya no hay más. Y la soja no tiene recuerdos, sólo futuro, futuro económico.
Y ¿qué me importa, pensó, que la soja tenga futuro, si yo no voy a tenerlo?
Si les entregamos las tierras, también van a sacar los minerales, que no se pueden volver a sembrar. Así que la soja va a quedar sepultada bajo el aceite impermeabilizante de la soja y las minas, que sólo pueden parir una vez sus minerales, van a ser como vientres de hembra vacíos.
-¡Chriiiiistiaaaann!...
Ya voy, mama, ya voy, pensó. Y se echó a andar mirando alucinaciones de desiertos en lugar de monte. Y siguió caminando rumbo de su hogar, guiado por el grito largo de su madre en medio del viento seco, sin percibir que su madre en realidad estaba a su lado, abrazándolo, tratando de parar con su pecho los borbotones de sangre que fluían del pecho del Christian por las heridas de bala.
Los dueños del futuro, de la tierra, de los minerales, lo habían baleado al Christian Ferreyra por negarse a entregar su futuro, su tierra, sus minerales. Y ahora entendía porqué ese viejo señor que contaba cuentos, el otro Christian, escondía los recuerdos de la tierra en las teteras, en los barriles, y sólo los revelaba a los niños y a los enamorados: para que los ricos no pudieran encontrarlos. No fuese que los balearan, también.






EL LIBRO DE LA JUNGLA (DE CEMENTO)*




*De Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com


Qué difícil se hace pensar y tratar de ver con claridad cuando estamos encerrados en la misma oscuridad compartida y padecida, entonces decidir desde qué lugar va a hablar una en ciertos casos, es dar vueltas y vueltas sobre el punto de partida, para no equivocarlo. Pues allá iré, a equivocarme una vez más para poder pensar.

Las coyunturas fatales y escalofriantes tienen entre sus características más visibles la oportunidad de echar andar la palabra, ya que todos tenemos algo para decir sobre lo que sucede, siempre y cuando, lo que sucede, no me suceda a mí.

Lo que intento diferir en mi voz y mi opinión es dejar sentado que a mí también me sucede todo lo que es humano y sin ningún intento de parafrasear a un consagrado del saber, sino con la certeza de hallarme involucrada en la misma trama, con los mismos riesgos y la misma desventaja.

He vivido escuchando hablar de lo violento bajo el manto de la búsqueda de la objetividad. Distinguir el objeto violento y diferenciarlo o diferirlo de mí, de mi mismidad, me permite en primera instancia fantasear una subjetividad, la mía misma, distinta y lejana de cualquier probabilidad de que sea probable que yo me hallare en tremenda circunstancia desagradable, ímproba y deleznable por el contexto que la genera sin piedad y recurrentemente.

A partir del momento en que el ser humano se torna en objeto de estudio, ya nada podrá hacer, en apariencia, para correrse del lugar de objeto, ya ha sido puesto allí para quedar atrapado en la consigna de ser observado, imputado y asignado a un rol que le será inherente o lo transformará en un descarriado.

Hombre y mujer, macho y hembra, varón y nena, parecen no poder ser otra cosa que aquello que la cultura les ha asignado y designado desde el monstruoso ejercicio del poder, desde la hegemonía más absoluta e incontestable.

El acostumbramiento, del corte conductista más severo, al estilo perro que responde al silbido del amo, despierta escalofríos en las personas que se incapacitan de pensarse a sí mismas en un lugar diferente al que le ha sido concedido por mandato.

Se ha naturalizado de tal modo la monogamia, la propiedad, el celibato, las normas, los roles (qué palabra patética!!!), la fidelidad, la obediencia, la pareja, la elección del objeto de deseo (escuchan lo que digo???), la complicidad, la complacencia, la renuncia, la postergación, el cumplimiento, la verdad, la mentira…


Varones y mujeres atrapados en la mentira megalómana del ejercicio del poder en su aspecto más vindicativo para su propio provecho, en abstinencia del ejercicio del deseo y la libertad, sometidas y sometidos a toda regulación y control de sus expresiones y sus silencios, en crisis permanente con la pulsión escotomizada (acotada y subvertida, para que no me critiquen por usar palabras difíciles), derrapando a cada instante sobre la frustración y la desdicha.

El género es la trama, es la tela, el lienzo sobre el cual plasmamos el despliegue en una genuina obra del arte de vivir, para trascender a nuestra perentoriedad.

Esta trama ha sido transformada y manipulada en tramoya con la vulnerabilidad de aparecer enredados y enredadas en un escenario molieresco o shakespeariano cuyo aspecto teatral nos permite jugar apasionadamente el papel de actores o arrojarnos al imbécil lugar de espectadores y críticos, esos mismos que encuentran “visibles la oportunidad de echar andar la palabra, ya que todos tenemos algo para decir sobre lo que sucede, siempre y cuando, lo que sucede, no me suceda a mí.” (SIC más arriba)

Es tiempo de dejar de pretender compartimentar la expresión humana en un decálogo posible de alternativas de respuesta y conducta, de inventar y sostener perfiles previstos y previsibles, de construir un humano ideal y normal a partir del cual todo lo que esté a sus costados o en diferente nivel se constituya anormal y, por ende, se destituya.

Los quehaceres aberrantes a los que las mujeres y los varones fueron (fuimos) mandados en resguardo del sostenimiento de la perpetuación de la propiedad del capital y su herencia inagotable y perenne, se ha tornado insoportable, para ellas y para ellos.

La alienación, esa forma hegemónica de enajenarnos de nuestro deseo, ese modo perverso y psicópata del poder para con sus consumidores, nosotras y nosotros, ese modo pertinaz de obligarnos a cumplir el rol de macho cabrío y de hembra que no puede verse a sí misma fuera del espectro de la monogamia del sapo convertido en príncipe, es el óleo perfecto de la instigación a la violencia.

Omnipotencia e impotencia van de la mano cruzando el puente del éxito y del fracaso sin más remedio aparente que encuadrarse en lo mandado o quedar afuera de la escena.

Algunas personas aprovechan el cruce para arrojarse del puente tras lo insoportable.

Otras se transforman en obedientes feligreses de la procesión.

Otras van cruzando el puente a los ponchazos y a las puteadas.

Otras, lamentablemente, quedan atrapadas en el peaje y aceptan que están obligadas a pagar. Y pagan con sus vidas. O con la pérdida absoluta de la libertad.






De aquellos huevos nacieron los esbirros*



*Por Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com



Golpea el mar el casco del navío

que me aleja de ti patria adorada.

Es medianoche; el cielo está sombrío;

negra la inmensidad alborotada…

Julio Flores



Dicen los ancianos, campesinos sabios que andan por la vida taloneando historia para mantenerla galopando, que en un lugar lejano donde no entra la mirada humana, el horizonte se junta con el cielo formando un pliegue. Dicen que es allí donde anida el amor y adonde van a llorar las patrias, en secreto, cuando son ultrajadas. Cuando el dolor de sus hijos se vuelve constante y la intolerancia se enquista generando ambientes de rencor e injuria.
Cuando la congoja se convierte en úlcera y la injusticia hace su nido desoyendo prédicas, fragmentando auroras, despellejando recuerdos que se niegan al repliegue.
Las patrias, por tener instinto de madre potenciado, sienten que todos sus hijos son maravillosos y los que no lo parecen tanto, es porque erraron el camino como si se hubieran soltado de sus manos a
destiempo. O mejor dicho, porque se los arrancaron.
En la casi penumbra de una tarde que daba la bienvenida al trote apresurado de la noche, antes de resbalar por la pendiente de la sierra, una mujer morena de ojos hermosos, de mirada tan tierna como
canción de cuna de una abuela, se acurrucó en el tronco de una palma de cera, su árbol preferido. A sus pies plegó sus alas un cóndor andino mientras la brisa se iba enfriando de a poco.

Dicen los ancianos que esa mujer, igual que sus hermanas, nunca está sola, que la tristeza acompaña cada uno de sus pasos cuando anda hurgueteado el arcón de los recuerdos, sin embargo, su sonrisa es como una luz de esperanza que no han podido asesinar. Eso es más visible cuando las orquídeas estallan de color tratando de neutralizar ¡como si pudieran! otros estallidos que sacuden la tierra y la parten en mil pedazos y la dejan salpicada de trozos de vida que vuelan hacia otros rumbos donde no existe sendero de regreso.
El rostro de esa mujer está lleno de cicatrices igual que todo su cuerpo. Las heridas no lograron opacar su belleza así como tampoco apagaron el brillo de esos ojos tan negros en los cuales, el dolor, pareció encontrar refugio para siempre. Mantiene una relación estrecha con sus hermanas, el viento es cómplice para que sus voces trasciendan los límites que algunos hombres impusieron con la pretensión de mantenerlas separadas. Como cuando produjeron la ablación que a una, la convirtió en tres.
Uno de los dolores más grandes que ella siente es a causa de las diferencias que mantienen sus hijos, discrepancias que datan de mucho tiempo atrás, que jamás lograron conciliar y que cada día se torna más
evidente.
Incentivando esa disgregación, la hermana también hermosa, la de los ojos que parecen pedacitos de color arrancados al cielo, la que pasa sus días en su búnker de acero, hierro y concreto, hace esfuerzos
increíbles y no cesa en esa tarea macabra, despedazadora, espeluznante.
Cuenta con la amistad interesada de otra mujer. Una que pasa la vida merodeando alrededor de un muro donde todos se desgarran en lamentos personales, en un turismo ombliguista, desde donde son exportados más lamentos.

La mujer, esa tarde casi devenida en noche, alisó con sus manos la túnica que vestía y en la que unos micos graciosos trataban de enredarse para hacerla sonreír.
¡Tan bella es cuando sus dientes asoman por esa boca de cuyos labios tibios mana el amor que mima a la vida!
La vida… Hablar de eso, allí, parece casi una incongruencia, su antítesis irguió su culto en una catedral de infamia programada.
Ciñó su cintura fina con una faja formada por tres franjas, una más ancha de color amarillo como el sol. La otra, azul, donde quedó atrapado el tono del cielo y de los mares, la tercera, roja. En esa
banda ella guarda la sangre de los hijos que la defendieron de agresiones sin lograrlo del todo, hasta el momento.
En el hombro izquierdo lleva un escudo donde quedó grabada la memoria y que brilla dándole más imponencia a su figura de madraza brava incorruptible.
Una bandada de colibríes multicolores entrelazó sus cabellos renegridos formando dos trenzas, las que deslizándose sobre su espalda morena, fueron uniendo sus puntas formando la imagen de un corazón de
azabache y terciopelo.
Rodearon su cabeza con una corona de orquídeas y flores silvestres, esas que nacen libres, que no necesitan cuidados especiales y se reproducen entre la calidez de la hierba, cerrando sus pétalos cuando el sol se desplaza hacia su covacha en el horizonte enlomado. Flores que perviven pese a las bocanadas de nubes que salen de las panzas de los helicópteros degenerando todo.
Pese al agente naranja y al glifosato.
Pese a las ráfagas de M61 que desangran la naturaleza dejando nuevas heridas en el rostro y en el alma de la Matria.

Ella mira los picos de las montañas y de sus ojos parecen escapar signos de interrogación, como si le preguntara al aire por qué causa cuesta tanto lograr que sus hijos dispersos vuelvan a unirse.
Por qué tantos tuvieron que dejar su paisaje como postal estampada en el centro de los sentidos para ir a buscar refugio atravesando mares, tratando de alcanzar otra luz para protegerse de ese odio ancestral casi santificado, bendecido por el silencio y el olvido.
Bendecido por la insensibilidad de alguna iglesia donde un demonio travestido desalojó a algún dios que andaba distraído.
Esa noche, como todas, volvería su sueño recurrente. Sentiría nuevamente la risa de Jairo, de Juan, de Luz, de Yamile, de Mónica y de Enrique, de Iván y de Jorge Eliécer, de Manuel y de Raúl.
De muchas Juana y montones de José.
Sentiría las voces rebotando contra los bananares saludándola antes de partir hacia sus trabajos o escuelas como hacían cada mañana hasta ser devorados por el tiempo, la distancia y la irracionalidad.
Sentiría la risa de los niños e imaginaría la de los que nacieron lejos, aunque ella conocía muy bien sus rostros sin haberlos visto nunca, porque las caras del desarraigo forzado, del transplante sin
consenso previo, tienen los mismos rasgos deschavantes calcados en los poros.
Rasgos de adioses indefinidos que sepultan al abrazo y a las caricias.

Dicen los viejos del pueblo que ella nunca duerme pero sueña, que pasa las horas un poco acá, otro poco más allá. Dicen que sus ojos son tan poderosos que pueden ver tanto de día como de noche lo que ocurre en el norte y en el sur. Que no la mojan las lluvias ni la oscurece la noche. Que no la pudo matar el dolor por más fuerza que hiciera por lograrlo. Igualito que sus hermanas.
Dicen también que ella cambia sus gestos en el momento del recuerdo al que le dedica las últimas horas de los días, cuando el águila cierra sus ojos y al silencio lo rompen estampidos a lo lejos.
En su reminiscencia, la nostalgia se centra en el momento cuando su hermana envió a la serpiente a recorrer su cuerpo dejando huevos que cuando rompieron, dieron luz a espantos que se multiplicaron. Los
bananos también allí fueron el tesoro codiciado que el reptil comenzó a arrancar para llevarlos, por la fuerza, hacia el coloso que se yergue a miles de kilómetros.
Historia repetitiva cargada de tristezas que hace falta mantener en movimiento para que nunca se olvide.

Chiquita nunca anduvo sola, escuadrones militares vigilaban que ella pudiera desplazarse a lo largo y ancho del territorio, como dueña impuesta a fuerza de balacera. Bastaba que alguien osara detener su
paso enajenado para que ellos actuaran como marionetas irracionales, como lacayos despersonalizados que sólo saben cumplir órdenes inconcientes que también afectarían a ellos mismos y a sus familias.
¡Es que la baba de Chiquita se fue enroscando en la chatura de sus cerebros con precio donde pocas funciones se desarrollaron! Donde prevaleció el dinero y la ignorancia.
La primera tarea de la bestia fue la de desovar por entre las matas y los caminos para que de cada huevo fueran naciendo sicarios, asesinos a sueldo capaces de matar hasta los sueños. Esbirros de carne
descompuesta.
La mujer recordaba aquella entrada sin esfuerzo que con el tiempo iría rasgando su túnica, desovillando terrores, acumulando pilas de desperdicios en que se convirtieron algunas almas. Demasiadas, muchas
más de las que cualquiera hubiera podido imaginar o soportar.

Cuentan los viejos sabios que los hijos de la mujer que trataron de parar el paso de la serpiente, fueron devorados uno a uno. Que los productos del desove se reproducían constantemente, pero dicen
también que hasta el momento no han podido cumplir todos sus deseos porque la esperanza se escondió, una tarde, en esa túnica que parece de nube, en el regazo tibio de la mujer morena.
Se escondió una tarde en la que ella se refugió en un ese lugar lejano donde no alcanza la mirada humana, donde el horizonte se junta con el cielo formando un pliegue donde anida el amor y adonde van a
llorar las patrias cuando son ultrajadas. La esperanza no quiso abandonarla, se sintió tan protegida en su seno que nunca cedió el lugar perfumado por la brisa fresca del lugar.

Chiquita y su madre que hasta hoy observa todo desde la estatua, crearon ejércitos legales y otros que no lo fueron, aunque ambos actuaron siempre en concordancia, unos haciendo el trabajo desde una
supuesta legalidad, mientras los otros eran entrenados por hombres que trasladaron los lamentos, contaron para la tarea sucia con el aporte monetario, ideológico, geopolítico, de la mujer desde el coloso donde la basura cae como si fuera un manto dantesco empuntillado de perversión y voracidad.

Dicen que todavía lo sigue haciendo, porque si bien Chiquita parece que se replegó, en realidad lo que hizo fue abrir paso a otras sombras apocalípticas. Fue limpiando el terreno, de respuestas nobles, para
que otros huevos tan perversos como los que dejara, fueran abriéndose convertidos en génesis de los mercenarios.
Décadas de congoja vive hasta el momento esa mujer bellísima pese a tantas cicatrices.
Décadas de andar de un lado a otro sorteando cuerpos inertes.
Décadas de sentir gemidos de dolor, ayes sofocados en pozos comunes de tierra apuñalada que las huestes del crimen organizado cavan con impunidad por la túnica de la mujer.
Décadas de muerte, décadas de lucha, décadas de siembra de viudas y de huérfanos.
De lágrimas que brotan dejando ríos de sal sobre las mejillas de las hijas e hijos que no quisieron convertir al espanto en una amigo inseparable.

Dicen los mismos viejos que entraron por las puertas de la historia, que ven a la mujer sonriendo con la mirada en la selva. Que su ilusión quedó prendida entre el ramaje verde donde duendes de paz van labrando un camino muchas veces teñido de rojo sangre.
Dicen que esos duendes son los hijos preferidos de esa mujer hermosa, por eso son tan odiados por la otra, la entrometida, la que cuando ve felicidad aplica su veneno porque no sabe compartir dentro de su
propio infierno escabullido en su sangre.
Está tan contaminada que su cercanía produce asco en aquellos que pasan cerca y hasta en los que se refugian en ella tratando de encontrar el sueño de las maravillas, que hasta el momento, nadie sabe
muy bien donde se esconde.
En que recoveco inmundo de su vestido, escondido bajo cual de las estrellas que aprietan su cintura, inertes, sin vida, sin brillo, porque las instaló la fuerza cuando las arrancaron del sitio donde debían permanecer si esa mujer no hubiera sido tan abominable hasta para con los suyos.

La mujer morena acomoda tiernamente la corona de orquídeas que los picaflores tejieron antes de colocarla sobre su cabeza negra como la noche, sabe que los bananos fueron su desgracia. Pero sabe también que parió hijos e hijas capaces de dar su vida por ella, por su memoria y ese es el orgullo que aún la mantiene viva.

Dicen los viejos que hace poco tiempo, la mujer repugnante, la que convirtió su alma en concreto, la que no entiende de amor ni de respeto, clavó siete dagas sobre la falda espumosa de su hermana morena.
En cada daga dejó el germen de los cerebros corrompidos, hay baba de desprecio, hay zombis que sólo saben acatar órdenes que llegan desde tan lejos implantadas en un idioma diferente. Ell horror tiene la
particularidad de hacerse entender de cualquier forma.
El horror unifica a la Babel, copia gestos, agudiza miedos, deshumaniza volviendo harapos lo que imagina pudieran ser respiros.
Desde esas siete dagas dotadas de la fuerza de cíclopes errantes, la mujer de la estatua puede controlar cada cosa que suceda donde sus hermanas tratan de amasar el sueño de sus hijos, de acunar el mañana, de amamantar el porvenir que de momento sigue desnutrido.

Dicen los mismos ancianos que en las noches de luna aparecen aquellos duendes en puntillas de pie, sin hacer ruido. Que salen a escondidas rasgando la impenetrabilidad del monte para cerrar cada herida nueva que se abre en ese cuerpo doliente.
Dicen que esas caricias tienen la magia de convertir cada herida en costurón de la memoria, que las dejan allí como para que nadie olvide que el cuerpo de su madre fue ultrajado por la serpiente repugnante.
Los viejecitos que suelen soltar la lengua cuando es preciso zamarrear al recuerdo, fieles custodios memoriosos de la mujer aindiada, cuando la noche se cerró completamente, marcando presencia y espantando a las sombras vampirescas, partieron rumbo al palmar para presenciar la escena trascendente del encuentro entre madre e hijos.
Allí estaban ellas y ellos, acariciando a la madre repitiendo la imagen de cada noche de luna lloriqueosa, mientras el sol se despatarraba en su lecho de horizonte tratando de olvidar los espectáculos macabros.
Esos que se hacen gracias a la impunidad con que cuentan las sombras fantasmagóricas.

A lo lejos se escucha el grito destemplado de dragones escupiendo fuego entre el rugido espeluznante de motosierras desbocadas que van partiendo aquellos huevos de los que nacerán nuevos esbirros.
Los hijos que partieron con rumbo fijo y los que partieron hacia el eterno ¡que se yo dónde! agitan las hojas de las palmas para que cada lágrima de su madre se convierta en coraza que impida que la mujer
muera del todo.

Ella sigue envuelta en su silencio un poco chasqueando arroyos, otro poco acunando ayeres; viendo el rostro descarnado de la muerte que se arrastra sostenida por marionetas, allí, donde sus hijos tratan de
recoger fragmentos para poder recomponer la vida que contaminara la espesa baba de Chiquita.
Esa que ahora tiene otro nombre y que al mudar su piel por los caminos, fue dejando una estela contaminada que se espera no quede para siempre.
Terminan su relato, esos ancianos, dejando una sentencia iluminada
-Sólo los duendes podrán borrar esa huella cargada de veleidad disciplinante que llegó hace mucho tiempo para instalarse en la hoja de vida de esta madre.

Cerca de allí rompían otros huevos, de su yema voraz nacían más esbirros. Ella acariciaba el sol que en un descuido, sin que nadie lo viera, se metió por su bolsillo para alumbrar el recuerdo de tantos
hijos caídos…






Medianoche en un monoblock de San Petersburgo*



*Por Juan Forn



Las últimas fotos que se conocen de él se las sacaron con un celular en un vagón del metro de Petersburgo. Se está quedando pelado pero las mechas largas y desgreñadas le llegan a los hombros, va en zapatillas sucias, un traje arrugado que le queda corto, sin corbata y con la camisa enteramente
desprendida, flaco como un Cristo, la barba igual, la mirada perdida, las uñas largas y sucias y curvadas hacia adentro como garras. El vagón va en dirección sur, a Kúpchino, un barrio de monoblocks donde muere el metro.
Todos los vecinos de Kúpchino saben quién es Grisha Perelman y cuál es la puerta del ínfimo departamento que comparte con su madre. Pero ninguno va a decírselo a los periodistas y a los fanáticos de la matemática que cada tanto merodean por ahí.
Grisha Perelman resolvió, en el año 2002, la Conjetura de Poincaré, el problema insoluble por antonomasia del mundo de la matemática. Venía de esas mismas calles, hijo de madre sola y padre emigrado a Israel, acceso vedado a la universidad por ser judío (increíble pero cierto: en 1983 seguía rigiendo en la Rusia soviética el numerus clausus del zar: sólo dos plazas cada diez mil estudiantes), la única chance que tenía Grisha Perelman de estudiar en la Universidad de Leningrado era entrando en el equipo soviético para las Olimpíadas Matemáticas. Preparado por su madre y un ex presidiario de 19
años, Grisha lo hizo. Viajó con el equipo soviético a Budapest, resolvió todos los problemas que le pusieron delante, ganó con puntaje perfecto la medalla dorada, entró en la Universidad, brilló también ahí, se lo disputaron el Instituto Matemático Steklov de su país y la NYU de Nueva York, que al final lo convenció de aceptar al menos una estadía de un año con ellos. Grisha fue, conoció el parnaso de la matemática, incluso tuvo ocasión de tratar a las dos luminarias de su rubro (el americano Richard
Hamilton y el chino Shing Tung Yau), pero prefirió volver a Rusia, dijo que pensaba mejor allá, se trajo cinco mil dólares de ese año viviendo a leche y pan negro en Nueva York, según sus cálculos le darían para mantenerse con su madre unos doce años, en el Instituto Steklov le pagaban cien dólares al
mes, ya no había Estado soviético, la Rusia de Yeltsin no tenía presupuesto para gastar en matemáticos.
Fundido a negro, placa con el año 2002. Perelman cuelga en Internet, en tres entregas, cada una más corta que la anterior, su resolución de la Conjetura de Poincaré. Ha ignorado el protocolo de la matemática: no se amparó en un padrino, no trabajó en equipo, no mandó su trabajo a una revista seria, no esperó pacientemente que se lo revisaran y aprobaran y le dieran turno de publicación, y se discutiera después en otros artículos. Simplemente lo colgó en Internet. Había sido tan endiabladamente sintético en su formulación (no tenía tiempo de chequear ciertos desarrollos, trabajaba solo) que dos equipos distintos, uno europeo y otro yanqui, estuvieron dos años enteros chequeando cada paso de la resolución y luego sometieron sus resultados a las luminarias Hamilton y Yau, que llevaban décadas rompiéndose la cabeza con ese tema sin encontrarle la vuelta, y al fin todos llegaron a la misma conclusión: Grisha Perelman había resuelto la Conjetura de Poincaré.
El venerable Sir John Ball, presidente de la Unión Matemática Internacional, vuela a Petersburgo a anunciarle a Grisha que se le va a entregar la Medalla Fields, el equivalente del Premio Nobel en el mundo de la matemática, en un magno evento en Madrid al que concurrirán los tres mil matemáticos más
importantes del mundo (la medalla se la entregará el rey de España), además del Premio Clay, de un millón de dólares, por resolver el más difícil de los "siete enigmas del milenio". Ball se espera una entrevista protocolar con el premiado, sonrisa de ambos a las cámaras, apretón de manos y de vuelta a
Cambridge. En cambio, después de dos agotadoras jornadas de diez horas seguidas sentado frente a frente con Grisha en una desangelada oficina del Instituto Steklov, no logra convencerlo de que acepte los honores.
En esos cuatro años, Grisha tuvo que comerse varios sapos. Primero, el chino Yau presentó junto a dos discípulos un paper que desarrollaba ideas de Perelman como propias (lo anunció con bombos y platillos en un megacongreso en Beijing auspiciado por empresarios de Hong Kong), después Hamilton se hizo el oso para no leer el trabajo de Grisha hasta que no le quedó más remedio (estaba esperando que le saliera un fondo fiduciario de cinco millones de dólares para investigar con su equipo lo que Perelman ya había
demostrado solo). En nombre de la comunidad matemática internacional, Ball intenta hacerle entender a Grisha que veía transgresiones al código moral donde no las había. Dicen que Grisha le contestó que podía soportar que el mundo fuera imperfecto, pero no por eso debía aceptar que el mundo de la
matemática lo fuera también.
"Cuando no me conocía nadie, tenía la opción de callar. Ahora no puedo, soy demasiado conspicuo. Sé que la gran mayoría de los matemáticos son más o menos honestos. Pero también son conformistas. Tienden a tolerar a los que son menos honestos. De manera que prefiero renunciar a la comunidad matemática", dicen que le dijo a Ball hacia el fin de aquellas dos agotadoras jornadas. Y rechazó la medalla Fields (el primer matemático de la historia en hacerlo) y rechazó el millón de dólares del Premio Clay, y ahí sí le dio la mano a Ball, pero sin cámaras delante, y se fue del Instituto por una puerta lateral y caminó hasta la boca del metro y se volvió a su casa en la línea sur que va a morir en los monoblocks de Kúpchino, tal como en esa foto que le sacaron hace poco por celular. Dicen los que lo conocen que Grisha toma seguido esa línea, pero ya no para dirigirse al Instituto Steklov, sino para ir al teatro Mariínski (ex Kirov) adonde le gusta escuchar ópera desde el gallinero: no le importa no ver el escenario, dice que ahí arriba la acústica es mejor y que lo que le interesa a él son las voces. Cuando vuelve, prepara el samovar y se sienta a contarle a su anciana madre la función a la que asistió. Dicen los vecinos que la luz queda
encendida hasta tarde. Dicen que se los oye cantar y beber y hablar en lenguas o rezar, o quizá sea simplemente que se están recitando uno a otro parágrafos de teoremas como si fuesen poemas.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-183491-2011-12-16.html





*
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Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

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