Friday, March 15, 2013

EDICIÓN MARZO 2013.



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana Cuba.
 
 
 
 
AVE PRESA*
 
 
Tu amor me rodea como el silencio,
Dulce pájaro de alas recogidas.
Escucho tus historias
Y el dolor no me toca.
No quiero verte preso.
Sé que, con solo abrir la puerta, volarías.
El ave pertenece al cielo,
Pero... ¿qué sería de mí sin tus sonidos?
 
 
 
 
HABLA EL AVE*
 
 
 
La historia que te cuento,
Amada mía,
Es de peces y de pájaros.
De un juglar
Con cascabeles en el sombrero,
De extraños barquichuelos de avellana.
He emigrado muy lejos,
A castillos sobre nubes,
De enormes puertas cerradas.
He volado sobre torres
Donde aguardan, prisioneras,
Las doncellas.
Sé de copas de árboles no vistos,
De dorados frutos que harían
Palidecer el jardín de las Hespérides.
De nidos de hipocampos,
Rocosos escondites de quimeras,
De la tumba donde yace la Serpiente.
Sé de estatuas de sal,
Canteras de diamante,
De morir en la hoguera de los condenados.
De un amor que me espera...
Y todo, todo he dejado,
Para venir a tu jaula.
 
 
*Poemas de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.
 
 
 
 
 
LAURA*
 
 
*Por Jorge Isaías. Jisaias46@yahoo.com.ar
 
 
A los siete años de edad mi abuela paterna vino en un barco desde Italia con el temor de sus padres porque venía enferma.
Me sabía contar luego que venía aterrada, escondida bajo la cucheta inferior de tercera clase que  traía a un grupo grande de inmigrantes italianos, la mayoría marchegíanos, de la ciudad de Macerata, de donde ella era oriunda.
El terror de ser descubierta y ser desembarcada en cualquier puerto anterior a su destino, que era Buenos Aires, la acompañó siempre, pero pudo superarlo porque tenía, pese a su cuerpo más bien enjuto, una valentía y un tesón a toda prueba.
Se radicaron, no sé cómo ni por qué, y ahora es tarde para saberlo y tal vez ni ella misma lo supiera, en un campo vecino al pueblo de Villada en nuestra provincia de Santa Fe.
Nunca supe cuántos hermanos y hermanas tuvo, pero yo conocí a varios: tía Pascualina que vivía en Firmat; Nello, Cholo, Luisa y Juana, en Chabas y tía Pepa que se había radicado joven en Ramos Mejía, con su marido. Hubo otra, Elena, que había muerto antes de que yo naciera, cuya foto anduvo por toda mi infancia y por lo que recuerdo era muy bella, tal vez un tributo de Dios, para que los que mueren jóvenes.
Cómo conoció a mi abuelo es un misterio, porque hasta donde yo sé, éste se había radicado en campos de la provincia de Córdoba, cerca de Capilla del Monte.
Una de las versiones que circulaba en la familia es que él vino a trabajar en  la cosecha fina a la chacra donde arrendaba mi bisabuelo, don Francisco Francisconi y de allí al poco tiempo salieron casados para campos de mi pueblo. Ella tenía dieciséis años y el veinticinco. Ella era baja, de pelo largo, negro, tenía grandes  ojos oscuros que todo lo miraba con asombro. Cuando se casaron ella estaba embarazada. Al poco tiempo nació mi padre, Al que siguieron: María, Juan, Kelo, Pancho, Eduardo, Aurelio y Teresa, a quien sus padres llamaban Nena.
Según mi abuela me supo contar antes de morir, mi abuelo nunca la quiso y se casó con ella por despecho porque estaba enamorado de una de sus hermanas y nunca fue correspondido. Ella justificaba o trataba de entender por que la maltrataba tanto.
El primer recuerdo que tengo de mi abuela, que se llamaba Laura, tiene que ver con la última chacra que arrendaron a  dos  leguas del pueblo. A la casa  la había hecho levantar don Luis Burki; un suizo alemán que vino con el colonizador de esa zona fundador  de hecho de mi pueblo: don Emilio Vollenweider. Como buen germánico, Burki levantó una sólida casa de ladrillos, vecina a un canal que todavía desaguan los campos de la zona y que se hizo en la década del treinta del siglo pasado. Allí todavía recuerdo ese hermoso puentecito de madera donde  me ponía con mis tíos a pescar bagres y mojarritas cuando venía la creciente. Puentecito que no volví a ver y que me llega en sueños con su bandada de benteveos y petirrojos o carpechos que se tiraban en bandadas sobre un campo de trigo.
Esos pájaros merodeadores que siguen zambulléndose entre las espigas doradas, permanentemente en mi memoria.
La casa tenía el frente que daba al norte una gran galería y su piso de baldosas coloradas donde mis tíos menores se ponían a cuatro patas como si fueran un caballito y me subían a su espalda y me paseaban hasta arrojarme al suelo.
Hasta que aparecía mi abuela, el cabello peinado con una gran trenza oscura sobre la espalada, y con una olla en una mano y una cuchara de madera en la otra, diciendo a sus hijos:
-A ver grandotes, dejen a ese chico tranquilo que quiero hacerle probar este dulce de higo que estuve haciendo para él.
Y yo, en mi agrandado orgullo de cuatro años aprobaba esa exquisitez que se derretía en mi boca.
Mientras mi abuelo andaría en el campo con sus animales y en el monte de naranjos seguramente zurearían las torcazas anunciando un tórrido verano donde no se quedaba atrás la estridencia de todas las cigarras.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
OASIS DE UVAS*

 
Cuando es remanso la oscuridad y remolino la vigilia.
Cuando los pasos temblorosos del sueño huyen como ratas hambrientas.
Vuelven tus ojos de mora con preguntas secretas,
Y el canto no es un canto.
Es racimo de zorzales inquietos.
Negra uva. Negra boca. Negro vuelo.
Negro que te quiero negro.
Entonces canto a la madre vid, su tronco de tortuosa pasión.
Sus venas palpitantes, un oasis de uvas en tu boca.

Piedra, raíz, sangre, ceniza. Dos soledades,
Un imán, un espejismo.

Muerdo y lastimo la boca trémula del día
Enciendo el párpado cerrado de la noche.

Pulso implacable de la tierra, Alud de fuego y piedras.
Duelo gozoso hasta morir. Cuadratura del vino.

El cántaro ha sido roto.
La sed no se ha acabado, la noche si.
Así, el oasis de uvas juega con tu lengua inquieta.
Viña florecida a destiempo?

Espera. Remanso. Oscuridad que amo. Vigilia.
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
ESPACIOS*
 
 
 
Espacios. Cuando no existen,
 
cuando los límites ahogan
 
sencillamente, los creamos.
 
Es lo único que no ocupa lugar.
 
Como el universo.
 
 
*De Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Metáfora sobre huesos*
 
 
Cargo sobre mis hombros mi esqueleto cada día más roído, más pesado. De entre sus ranuras brotan anémicos árboles, hambrientos de savia nueva.
No florecerán.
No habrá frutos.
... Pasa un tiempo y no los siento, pero de pronto descargan todo su peso sobre mí, las rodillas flaquean y debo apoyarme para no caer.
Amo estos viejos y sufridos huesos. Conozco de sus luchas, de sus largas caminatas sobre piedras punzantes.
Debo seguir con esta carga.
En algún minuto de éste milenio nos fundiremos y con una sonrisa cómplice, descansaremos en paz.
 
 
 
*De
 
 
 
 
 
 
 
EL ACTOR*
 
 
 
Era el mejor actor que jamás se había visto sobre un escenario. No importaba la obra, el personaje ni el género. Cada actuación era un éxito. Cada temporada un record. Cada actuación mejor que la anterior.
 
... Tenía, además, una facilidad endemoniada para aprenderse los papeles. Podía memorizar un libreto nada más leerlo, podía interpretar cualquier personaje con tal veracidad y mimetismo que parecía ser la persona que el papel precisaba.
Tomaba cada vez más riesgos haciendo todo tipo de papel en cualquier idioma y salía del compromiso victorioso y convincente.
 
Se descubrió su secreto cuando aceptó el reto de interpretar una obra de vanguardia en la que, al final de la segunda escena, debía quedar desnudo. Cuando se quitó el traje, que le había comprado al diablo a cambio de su alma, se quedó mudo, estático y desconcertado. Nadie volvió a contratarlo.

 

 

 

 

Almacén La Estrella*

 
 
 
 
 
Era de esas edificaciones que los hombres hacían realmente decididos a soportar cualquier arbitrariedad de la intemperie.
Pararse en esa esquina era observar el modernismo en sus bastiones más elocuentes: orden y progreso.
Se había transformado, además, en la referencia de la zona, tomáte el colectivo que dobla en la estrella, de la estrella la primera curva hacia la derecha, te espero en la esquina de la estrella.
Era como vivir en el espacio de una lógica de dibujitos animados galácticos, pero sorteando el adoquín y los pequeños tramos de brea en el asfalto más reciente. Uno podía imaginarse un colectivo albóndiga maleable doblándose al pasar por la estrella o a uno mismo parado en una punta de la estrella esperando y esperando.
Mi casa quedaba a una cuadra y mi padre pasaba por esa esquina tantas veces como las que la soñó suya.
La soñaba como se sueña la libertad, sin importar cuánto cueste alcanzarla y defenderla.
En cada pedaleada de la bici, de ida y de vuelta de la fábrica, de noche y de día, de madrugada de escarcha o de siesta de verano, de amanecer de lluvia o atardecer de viento en contra, en cada pedaleada, digo, le empeñaba una cuenta más al ábaco de su libertad.
Era como la semilla que germina en la tierra rígida y reseca prescindiendo del agua y del miedo de lo que vendrá, por el sólo impulso de liberarse y de alcanzar la vida, por poco que dure.
Para el tano no había San Perón, ya había desertado de las camisas negras de Mussolini, de la megalomanía de Hitler, de las amenazas totalitarias de Stalin y de la grasada yanqui de nuevo rico con poder.
Su Italia europea ya había quedado atrás y no soportaba más fascismo que se entrometiera en la tarea de vivir.
Como todo tano fanfarrón hablaba de Viplastic, la fábrica, como si fuera el gerente o el fundador, hasta que muy entrados los años, en los que yo ya no era niña pudo contarme cómo hacía de caballo tirando del carro para trasladar los materiales en esos entonces del ’57.
Recuerdo que lloré, no sé si de orgullo, de lástima o de impotencia, pero lloré como cuando el Topo Gigio se despidió una noche jurando no volver y viví por primera vez la sensación de muerte, más real que cuando se murió mi nonno.
Cuando el nonno murió yo veía a todos llorar y sabía que algo muy malo pasaba, porque logré escaparme de la casa de Evelina, con la panza llena de las milanesas más ricas que comí en mi vida, y entré al lugar prohibido.
El comedor gigante de la nonna, donde estaba la mesa que llevo conmigo a cada casa donde construyo mi hogar y convido el alimento a mis hijos y amigos, era una galería de ropas negras y cabezas cubiertas por guipur y encajes que flameaban entre el llanto, los suspiros jondos y una afluencia de pañuelos bordados, blancos radiantes y acuosos que iban y venían de los ojos a la nariz a la perilla al cuello.
Supe que mi nonno no estaba enterado de lo que sucedía allí, porque ni se movía, pero nunca imaginé que sería para siempre.
Tampoco sabía que para siempre quiere decir nunca más.
Era la muerte y yo no lo sabía.
Miré hacia la chimenea del comedor y volví a verlo bajando por el tiraje que él mismo había construido, después de haber lanzado los caramelos, los chocolates y los regalos con el nombre de cada uno de sus nietos, las nochebuenas de vino, sidra, almendras y ese olor del agua de azahar del pan dulce recién levado y horneado.
Era enero esa vez, y la última navidad ya no había sucedido nada de eso.
Supe después de mucho tiempo que una bala se le había quedado a vivir, desde la primera guerra mundial, en una parte de la cabeza que no podían operarle, hasta que se infectó y la septicemia se lo llevó.
¿Vivió esos años de regalo? O ¿Regaló, por una guerra vana, su única vida, la única que tenía para vivir?
La cuestión es que los relatos de mi padre haciendo de caballo o burro y, aún así, dar gracias a la vida por haber tenido siempre trabajo, justificaban ese sueño de libertad que él desplegaba cada vez que atravesaba la esquina del almacén La Estrella.
No era el American Dream ni la tarjeta dorada de Visa, ni las ventajas del yogur Ser ni el mundo inasequible de los que lo tienen todo y no tienen nada.
Soñaba con no tener patrón y eso era para él, la libertad.
Recién en el ’72 pudo decidir, contra todos los designios conservadores y los rezos de sensatez y mesura que lo avenían a recatarse y reconsiderar, pegarle una verdadera patada en el culo a todo.
Y así fue.
Se apropió de La Estrella.
Allí fuimos, la familia tipo, tipo tirando a pobre, a rasquetear, pintar, matar lauchas, desinfectar, descubrir lo que guarda el machimbre tras los años de abandono, desafiar la fobia a las arañas, cantar con el eco y la resonancia del cielo raso que no era raso sino abovedado y las carcajadas se ensanchaban y apocaban en cada ángulo misterioso que íbamos descubriendo.
Y salir a repartir volantes de inauguración con ‘precios módicos’.
Mi viejo inauguraba su propio pastificio.
Y allí nos encontró la nochebuena del ’72 brindando entre cajas que había que apilar, dos en sesgo confluyendo sobre el centro de una plana y así hasta el infinito de una torre que venía a significar prosperidad y trabajo. Papelitos ravioleros, olor a grasa de máquinas, jamón serrano, Asti Gancia, almendras, cerezas y dátiles.
No había chimenea ni mesas de parientes ni arbolito de navidad, pero había un gran regalo: la libertad de mi padre, que sería la de todos, nuestro emblema. No había patrón.
Yo tenía once años y era muy menuda. Entre mamá y papá me habilitaron un cajoncito de madera de pino bien firme con el que llegaba perfectamente a la cortadora de fiambre y desde ese momento supe, no sólo lo que significaba trabajar sino que empecé a consolidar mi propia cartera de clientes.
La cola para el fiambre era especial y selecta: la despachante cortaba rápido, sonriente y tímida, del grosor a pedido del cliente y con una distribución que hacía parecer cada feta de mortadela o salchichón primavera, el manjar más exquisito que podía ofrecer esa época de deterioro del modernismo, en que los soldados de Perón habían tomado su propia causa como la causa del pueblo, de todo un pueblo que se pelaba sin conocer de estrategias ni de recursos blindados ni armamentismo, que no sabía de secuestros extorsivos ni de alias, y que no quería del poder lo peor que el poder podía poder.
El pueblo siempre quiso su libertad y la libertad, a mi criterio, no tiene nada parecido al poder.
O eso he preferido pensar toda mi vida, aún hoy.
Sucumbieron años de escasez. Ya la escasez empezaba a ser el estandarte de la gran mentira mediática. Escaseaba el aceite, el papel higiénico, el azúcar, la harina, las verduras, las frutas, la verdad.
Había veda de carne, sólo podíamos comprarla los martes y los viernes, no vaya a ser eso de dejar al pueblo peronista sin el asadito del fin de semana.
A mis once o doce todo era fácil de creer porque la palabra era un segmento de significados que circulaban en el único posible sentido de la verdad y alterarlo desembocaba inevitablemente en mentir.
Y mentir es un compromiso muy difícil. Requiere de mucha memoria, y sobre todo, de saber, qué es lo que el otro necesita escuchar para fabricarle el mensaje más adecuado y oportuno. Tarea infeliz, si las hay.
Entonces, reservaba las raciones para los clientes más frecuentes y leales.
A la vuelta de los años se me ocurrió pensar a cuántas viejas oligarcas de mierda les habré facilitado limpiarse el culo con el papel higiénico que les reservaba con nombre y apellido en el depósito gigante del almacén La Estrella, de mi padre. Perdón, la Fábrica de Pastas de mi padre, que no quería patrón ni fascismo.
Empezaron los misterios de los vecinos que desparecían de la faz del barrio, de la ciudad, del cosmos. Unos por jipis. Otros por promiscuos, otros por pone bombas. Empezaron las razzias, las palpaciones a la entrada del subterráneo de la estación Burzaco, las demoras por averiguación de antecedentes, los unimogs, las preguntas a la salida de la escuela, la amiga del seleccionado de volley de la escuela que yo capitaneaba en ese entonces, que nunca volví a ver, hasta ver su nombre en el informe de la CONADEP, una vida toda, mi plaza, mi avenida, mi estación, mi ombú, inundado de fascismo al mejor estilo argentino genuflexo de mierda.
En ese escenario de librecambio y arrogancia de poderes superpuestos y medición de fuerza bruta, en el que desaparecíamos todos los que no bregábamos por ninguna de esas opciones, el Almacén La Estrella cerró.
Los dueños de ese local abandonado plagado de lauchas, desidia y desdén, que habíamos resucitado después de tantos años, habían resucitado como los piojos en sangre dulce, endulzada por otra mentira de las tantas de un país que no sabe otra cosa que venirse abajo desdeñando sus propias herramientas y recursos.
Mi madre y mi padre, que eran tanos y pobres, pero no boludos, respondieron con la cordura que tenían a su alcance frente al embate, y abrieron su propio local en febrero del ’77, sin reclamar ningún esfuerzo que pudiera ser traducido en costos y valores de mercado.
Empezaron de nuevo, como se empieza siempre y en realidad nunca se ‘vuelve a empezar’ en este país de iluminados con la vela en el culo que se les apaga cada vez que estornudan.
Eran otros tiempos, otro idioma. Ya el enemigo era cualquiera o ninguno, todos fuimos sospechosos y sospechados. Se rompieron los lazos. La confianza pasó a ser una postal del recuerdo de alguna inocencia perimida y demodé.
La identidad pasó a ser un documento ajado por el uso y el abuso de ponerlo y sacarlo del bolsillo trasero del Jean a cada paso.
La Estrella cumplió su cometido, de todos modos.
Y el poder, también.
 
-Octubre de 2009
 
 
 
 
 
 
Festín Efímero*
 
 
 
La mirada acerca lo lejano. La noche es un  tapiz bordado de luces entre las montañas. La ciudad, Quito, cae desde lo alto, las casas prendidas se imaginan detrás de las ventanas del restaurant. De este lado, en la mesa, el salmón toma un tinte naranja. Como si lo recubriera una seda de cítricos cremosos. Pequeños trozos de almendras proveen  la dureza que  contrasta con la suavidad del pescado. Pienso, si ese gusto lujoso, encanta   porque se evade de lo cotidiano. O si en realidad, cierto estado en que el alma  se escapa por las ventanas del cuerpo, puede hacer  maravilloso lo común.
No lo sé. El esplendor quiere guardar algún secreto, sólo sé que en  esos momentos hay que  poder gozar del festín efímero de la vida.
 
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
COMANDANTE PRESIDENTE*
 
 
En memoria a Hugo Rafael Chávez Frías
 
No puedo imaginar tu ausencia, Presidente,
que nos falte tu palabra generosa,
tu sonrisa franca,
tus bromas,
tus cantos,
tu derroche de amor,
tu alegría de vivir.
 
Tus acciones solidarias.
 
No puedo imaginarte lejos, Comandante,
de la lucha por los pobres,
y de la unidad latinoamericana.
Sé, que seguirás guiando a nuestros pueblos.
Pero duele, duele mucho,
en lo más profundo duele
que ya no estés entre nosotros.
 
¡Latinoamérica, no te imagino sin Chávez!
 
*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu
Cuba
 
 
 
 
 
 
*
 
 
estar en el medio
es estar en el miedo,
el miedo, un no lugar
un no topo
un no logo
una cornisa delgada
divisoria de realidades inexistentes
por eso el miedo tiene tantos adeptos
porque en la irrealidad en la que vive
los fluidos de los que se nutre
la pista donde corre y entrena a diario
es el medio sodomizado
y hace hombres miedocres
medios gris
medios ocre
 
 
*De Vanesa Álvarez. vanesui@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Lo felicito por conocerme*
 
 
 
Parado a un costado del mostrador de la librería lo veo a Don Joaquín, según dicen va por los 95 años.
Tan pintoresco el hombre con su sombrero negro alpino.
Juega en su patio de la memoria.
Recita publicidades de su época:
 
- "5 de pan, 5 de vino y 20 de queso El Peregrino."
 
- "Casa Muñoz, donde un peso vale dos".
 
- "Sastrerías Braudo, la casa de los dos pantalones".
 
- "Casa La Mota... Donde se viste Carlota".
 
 
Cuando ve entrar a una mujer linda se emociona y canta:
 
Donde veo una pollera
No me fijo en el color;
Las viuditas, las casadas o solteras,
Para mí son todas peras
En el árbol del amor.
 
Luego vuelve a quedarse quieto como una estatua, y al rato se va con su saludo: "lo felicito por conocerme".
 
 
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
* * *
 
 
 
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