Saturday, March 23, 2013

LA IMAGINARIA VOZ DE LO TANGIBLE...

 
 
*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010) http://galeria.walkala.priv.at/main.php
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam
 
 
 
 
 
 
Por qué marchamos*
 
 
y..., sí
para exigir, recordar
y repudiar
y desafiar
y que no marche
la ausencia ¿no?
 
y
para ser
el ciempiés hinchabolas
del que prefiere
ver marchar su café
en la vereda
o con el auto en marcha
putea a la marcha
que sí, marcha
para desafiar
la inconciencia
 
y para respirar
la hermandad
y sentir en marcha el sueño
incluso a contrapie
cuando disputamos el lugar o la palabra
hasta que el dolor nos recuerda
por qué marchamos
 
y
por esas charlas
que a veces
nos iluminan marchando
porque la multitud
en la marcha
derrocha intimidad
 
che, si hasta el levante
y el cafecito más tarde
son distintos
¿no cierto?
 
y por los que no están
o por las piernas ya gastadas
de marchar
 
y porque intuimos
que es más fuerte
que las armas
 
que la marcha apaleada pero terca
a la larga
es más fuerte
 
y que el arma es no rendirse, marcharles
las calles, marcharlos
a ellos
respirarles en la nuca
no porque entiendan
en su puta vida
que multiplican los pies
del ciempiés
sino porque
 
volvieron imparable
la marcha
 
 
*De Héctor Cepol. hectorcepol@gmail.com
 
 
 
 
 
 
LA IMAGINARIA VOZ DE LO TANGIBLE…
 
 
 
 
 
Aparecidos*
 
 
*Por Victoria Mora. mvictoriamora@yahoo.com.ar
 
Los aparecidos lo tomaron por sorpresa una noche y ya no lo dejaron nunca. Eduardo tenía sesenta años y llevaba muchos viudo viviendo solo en un departamento que le quedaba grande. Una noche después de cenar apenas un sándwich se fue al living a ver la televisión. Hizo zapping un rato, se encontró con una escena de película: Jack Nicholson frente a una mesa revisaba papeles y fotos, era una película que ya había visto y lo había conmovido, un hombre como él en una vejez solitaria. Apagó la televisión y fue a buscar sus fotos viejas que guardaba en aquel baúl que todos los que habían vivido allí sabían no se tocaba.  Fue a su estudio, buscando primero sus lentes  acercó una silla al baúl y lo abrió. Se encontró con las fotos familiares que él había tomado. Frente a sus ojos desfilaban sus hijos de bebé, sus hijos dando sus primeros pasos, en el jardín de infantes, en la escuela, en la universidad, fiestas de bautismo, comunión, cumpleaños, millones de momentos que el captaba con su cámara. Cuando miró el fondo del baúl asomaron muchos sobres prolijamente catalogados por mes y año: las otras fotos que sacaba con la misma cámara.
Apenas empezó su trabajo se decidió a tener un archivo personal, era una pequeña obsesiva compensación extra. Estaba haciendo Patria y quiso tener un registro de aquello.  Entró en la SIDE por sus habilidades como fotógrafo. El año en que su suegro, militar retirado, le habló de la propuesta de trabajo era un año de mucha convulsión. Se necesitaban fotógrafos para tareas especiales de investigación, a él la idea le gustó de entrada, por fin iba a poder sacarse de encima esos trabajos que odiaba: las fiestas ajenas. No tenía ningún interés en ocuparse de buscar buenas tomas frente a gente que le era indiferente. Este laburo era otra cosa, estaba aportando la punta del ovillo para poder salvar a la Patria de esos que querían contaminarla, malditos bolches, siempre los había repudiado, no entendía de que se la daban ¿Qué se creían que Argentina era Cuba? ¡Que tentación tan grande! Hacer uso de su pasión para torcer el curso del país, el lente como un arma. Dijo que sí.
Ahora los tenía otra vez frente a frente, jóvenes mujeres y hombres, incluso adolescentes, en la puerta de la quinta de Olivos, Junio del 73 su primer trabajo, después vinieron miles: gente saliendo de universidades, clubes, departamentos, casas, encontrándose en estaciones, plazas, imágenes que lo llenaban de orgullo. Era imposible hablar con nadie de su pasado, el país estaba dado vuelta, aquello que treinta años antes fue motivo de medallas y honores, se había transformado en un riesgo de cárcel. Por suerte nadie lo había nombrado nunca en ninguna causa. Él trataba de no preocuparse por lo que podría pasar pero a veces era difícil controlarlo, cuando abría el diario o en el noticiero se hablaba de un nuevo juicio, el pulso le temblaba, y por un tiempo no lograba desprenderse de una sensación de inquietud difícil de sobrellevar. No se arrepentía, la guerra se peleó desde todos los frentes, él daba el primer paso, la investigación con su grupo de tareas, las fotos, los datos que iniciaban el principio del fin para los otros que había que exterminar.
Se detuvo en una foto en particular: las escalinatas de la Facultad de derecho, dos chicas bajan las escaleras, una de ellas le llama la atención, el nombre no se lo va a acordar, aunque de ella se acuerda muy bien. El pelo lacio largo, sus ojos celestes profundos, un cuerpo que lo hacía estremecer y su sonrisa amplia dirigiéndose a la otra chica que a su lado era insignificante. La sostuvo en la mano minutos eternos, sabía como había terminado. De ella se encargó de saber. Mucho tiempo quiso creer que podía ser una de las elegidas para la rehabilitación, hasta que le confirmaron su final: el río de la plata, un vuelo de la muerte, unos meses después de que él sacara esa foto. Todavía lo emocionaba verla, necesitaba prepararse un té. Dejó la foto en el escritorio y fue a la cocina. Cuando estaba a punto de entrar sintió un ruido, creyó que el viento habría entrado por la ventana y tirado algo. No recordaba haber dejado la ventana abierta, cuando abrió la puerta ahí estaba ella mirándolo fijo, los mismos ojos, apoyada en la mesada de frente a la puerta ¿podía ser posible? ¿Se estaba volviendo loco? Con paso apurado regresó al estudio, con la respiración agitada buscó la foto, cuando la tuvo en la mano, trastabilló, tuvo que sentarse de  golpe en el sillón para no caerse: en la foto solo quedaba la joven insignificante mirando al vació y de ella en la imagen ni el rastro, dio vuelta la foto como si pudiera haberse escapado hacia la otra cara del papel, allí tampoco la encontró. Tomó aire con todo el coraje que pudo encontrar y entró a la cocina, ahí seguía ella en la misma posición sin hablarle, solo mirando delante de la mesada donde tenía que buscar sus cosas para el té. No supo que hacer, cerró la puerta y la trabó con una silla bajo el picaporte, decidió irse a tomar el té al bar, quizás cuando volviera ella se hubiese ido. Deseó que fuese una mala pasada de su mente, últimamente se olvidaba algunas cosas, no encontraba los objetos donde creía haberlos dejado, tenía que ir al neurólogo urgente.
Cuarenta minutos, un té cargado y una caminata más tarde, puso la llave en la cerradura para entrar, camino sigilosamente como si alguien durmiera y no pudiera ser molestado. No fue a la cocina directamente, primero fue a ver la foto,  lo inesperado volvió a asaltarlo por sorpresa: las escalinatas de la facultad estaban desiertas. Corrió la silla y abrió, tal como lo imaginaba, las dos en la cocina lo miraban en silencio.
Se encerró en su habitación. Durante una semana no volvió a ver las fotos, ni fue a la cocina, bajó al bar para cada una de las comidas. Compró los mínimos utensillos que necesitaba para un té o un café y una pava eléctrica que instaló en su habitación. ¿Cómo seguir ahora? El neurólogo que lo vio de urgencia no encontró nada fuera de lo común en la batería de estudios y técnicas que le administró, en el motivo de consulta omitió hablar de los aparecidos, no era cuestión de quedar como un loco.  Lo cierto es que aunque no los quisiera nombrar ahí estaban, permanecían.
Cada vez eran más, en cada foto que iba a buscar se encontraba con vacíos que directamente se convertían en presencias en cada rincón de su departamento. Recuperó la cocina e intentó vivir como si ellos no estuviesen. Los días pasaban y la convivencia era cada vez más complicada, no se puede vivir con gente que te mira a cada momento de tu vida. Salía un poco más pero no tenía donde ir, y salir presionado por los aparecidos era una forma de cobardía que lo abrumaba. Hasta que tuvo la idea de exterminarlos por segunda vez, la segunda muerte. Juntó todas las fotos en una olla grande, las roció con alcohol, mucho alcohol, buscó la caja de fósforos y le tiró uno al montón.
 
Los bomberos lograron apagar el incendio cuando para él ya era tarde, no hubo que lamentar más victimas.
 
 
 
 
 
DESCANSANDO*
 
 
 
Cansa el viento zonda, amor,
tu ausencia mucho más.
Languidece la luna desteñida
Jazmín del aire, en aire marchitado.
Tenuemente ilumina
el relincho cansado del caballo.
 
Cansa la sequía, amor,
tu ausencia mucho más.
Magullados los cardos,
siguen las huellas vacilantes
de los perros flacos.
 
Cansa la vigilia del carancho,
tu ausencia mucho más.
Las penumbras vacilantes de la
noche
huyen, tras un lagarto azul.
Mi corazón muere de sed.
 
 
Cansa la soledad, amor.
Despojados, la rosa y el espejo
de presencias errantes,
buscan la plenitud del aire,
del agua, del fuego y de la tierra.
 
Cansa el olvido, amor
tu ausencia, mucho más.
El caldén, tan callado,
con destino de poste,
con vainas despreciadas,
con leños desechados,
camina lentamente sumándose
a mis pasos.
Enciende la lámpara y la luna
trayéndome el descanso
profundo de tus ojos.
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
El congreso de futurología*
 
 
 
A Maximiliano Kosteki
y Darío Santillán
 
 
*Por Héctor Cepol. hectorcepol@gmail.com
 
 
La mente –se dijo– es la mente. Uno piensa en el futuro del mundo y termina con cosas medio intelectuales. Sí, nos acordamos de Goya, y del sueño y la razón y los monstruos pero... intelectualmente. Nos acordamos intelectualmente.
 
¿Y Hiroshima, Chernóbil, el neoliberalismo..?
 
Goya se quedó corto. Deleuze lo mató con que lo que engendra monstruos no es el sueño, es el insomnio de la razón.
 
Pero, ojo, ninguno de ellos le pega a la razón. Le pegaron al racionalismo de mierda que hace una pesadilla del sueño o que lo pierde. Pero los dos...
 
Caminaba por Ayacucho hacia Pellegrini, donde los altos de la Facultad de Ingeniería y los horizontales entuban el viento y hacen increíblemente feroz el invierno. Por lo menos para los que no transitan los pasillos villeros de su lejano oeste rosarino, donde militaba en un movimiento de Trabajadores Desocupados. Ahora buscaba el ómnibus tras una reunión, y en el bolsillo le empezaba a tiritar Congreso de futurología, una novela de Stanislaw Lem que tenía por la mitad.
 
Militar en política y literatura es cargar con el boletín, las actas, pulir redacciones colectivas de volantes, cruzar la Circunvalación a la mañana hasta el barrio-barrio y el cíber por el correo. O andar en estas reuniones donde arregló con unos teatreros unas clases para la villa.
 
Y leer mal, leer a los saltos. Eran piqueteros autonomistas, esos que en vez de morfarse individualmente los planes sociales surgidos tras el estallido del 2001 armaron ladrilleras, bloqueras, quintas. Y no solo para subsistir. Para resistir, para cortar las rutas y la circulación comercial como desocupados sin derecho a huelga que eran. Y cortar también el clientelismo al comprar un chancho entre varios o criar gallinas. (Encima ayudaba justamente en un gallinero cuando no estaba en la ruta o con papeles o de reunión). Y, ojo, rechazando no solo a los punteros oficialistas sino a los propios porque el único líder es la asamblea. Ahí donde se es por encontrarse en el otro, o intentarlo, donde se busca consenso y no aplastar con el número. Donde al más rezagado se trata de ayudarlo. ¿Y..., por qué Santillán volvió a asistirlo a Kosteki frente a los fusiladores que tampoco lo perdonaron?
 
(Chanchos y gallinas, o harina y bloques –Maxi horneaba pan, Darío hacía bloques– qué van a joder, ayudaron a que Santillán fuera periodista e ideólogo como los necesarios: “El que no lucha por lo que quiere, no merece lo que hace”, colgó por ahí, y Kosteki un poeta y un plástico que sorprendió a todos con los cuadros que se conocieron después).
 
Extrapolemos –pensó en el bondi cerrando a Lem–, ¿algún futurólogo podrá calcular cuánto demorará la conciencia de los sectores medios en llegar hasta la de ellos..? ¡Ja..! ¿llegarán?
 
A Mario (así, sin apodo porque a veces un curandero, un cura o un literato en la villa se gana esa prerrogativa), primero lo celebraron y después algunos le sugirieron que la corte con tanto méil sobre los yanquis y el terrorismo. Eran vigilados, y un correo machacante... Y eso que ignoraban sus posts en wikileaks que no comentó porque se vio venir a los compañeros. Sabía, por supuesto, del monitoreo en la red, del Acta Patriótica de Bush y la mar en coche. Pero la ridiculez causa gracia y, además de la bronca, o por eso mismo, le gustaba joder; decir, por ejemplo, que si en la segunda guerra los miserables le ganaron a los monstruos, hoy el fascismo religioso le zampó flor de piña al IV Reich. O que si los yanquis se sienten libres solo con un rifle en la mano y gozan faraónicamente y hacen una estética de lo descomunal y lo bestial, con las torres simplemente se consiguieron un traje a medida.
 
Y siempre la posdata: ¿Cómo es, yanqui, saber que la guerra llegó a tu casa? (carta de García Márquez a Bush).
 
Se acordaba de aquel viejo arquitecto, que en Roma, en casa de un amigo en los setenta, andaba indeciso en elegir espectáculo para la noche. Agarró el diario y tácate, dijo, acá está, en el Coliseo Aída de Verdi...
 
–¡Noo! –le gritó el amigo– es para yankis.
 
–¿Qué..?
 
–Sí, hay cañonazos al por mayor, meten elefantes, fuegos artificiales, parece que van a aparecer los aviones...
 
Una puesta a lo bin Laden, pensaba Mario...
 
-Ey, bin Laden, le gritó el Chueco, un compañero, cuando bajó del colectivo. Pero el frasquete les cerró la boca. Balbuceó de los teatreros, y apretaron el paso por el asfalto que se hacía tierra antes del caserío. Quería llegar, tomar unos mates con el Chueco y seguir el libro.
 
Porque el polaco qué hijo de puta, qué genio. Justamente, también a ellos se les venía un congreso en la villa, previo a otro en la ciudad de las organizaciones piqueteras y los movimientos sociales. Y los tres congresos (Lem incluido) venían con pimienta. No todos acordaban pero su grupo entendía que por las urgencias y el día a día, medio se olvidaba el largo plazo y lo estratégico. El saldo no era déficit teórico –no lo tenían– pero algunas tácticas se expandían, divergían demasiado por el norte difuso. Así que el tema, sí, era la futurología. Y él no iba a dejar de chequearlo –de paso– con un poeta jodón como Lem.
 
Incluso lo contó, y lo escucharon. Pero no se entendió lo de la benefactorina y otras drogas galácticas en asuntos más bien latinoamericanos (aunque explicó que era metafórico y transcurría en este planeta). Como sea, no obstó para que Mario apoyara después cuestiones mucho más cotidianas que dominaron el congreso del barrio y el grande. Allí concensuaron que la mejor reforma política es cuento chino si no la empujan cambios culturales. Y que estos no llegan sin cambios subjetivos; y que el arriba no es pavada pero las cosas las va a decidir el abajo; que el camino es combatir el individualismo preservando la individuación, y que más que el hombre nuevo hay que buscar el hombre mejorado recuperando algo del buen salvaje. Aunque él con esto del buen salvaje, bueno... Rousseau era del palo pero el otro le parecía tan poco individuado como los que hoy siguen buscando caudillos (aunque, es cierto, debió ser menos individualista y más solidario). Pero, además, Rousseau sostenía que la única democracia digna de ese nombre era la directa o plebiscitaria –la asamblearia–, para, acto seguido, pegarle un escopetazo diciendo que por desgracia no era para este mundo. El principal defensor de la democracia directa... ¡era su principal sepulturero!
 
Claro, las alternativas tampoco lo ayudaban a Juan-Jacobo. Como no ayuda hoy esta falsedad de votar cada dos años mientras los grupos económicos votan todos los días. O que repudiemos eso y olvidemos que la democracia indirecta es un piso mínimo y tal vez el útero de la democracia profunda. O tomarse de ahí y no dar la pelea.
 
¿Pero cómo darla..?
 
Y acá Mario, que vamos a decirlo, fue uno de los redactores del congreso grande, consiguió meter algunas definiciones. Todo indica, escribió, que Latinoamérica está llamada a ser vanguardia de otra construcción social. En el siglo XX la revolución rusa no hizo sino retomar la apuesta de la mexicana. Y hoy aspiramos a una democracia participativa o semidirecta (no la de Juan-Jacobo). Una aleación de metales finos y metales duros como exige el oro para servir.
 
¿De qué hablamos? De que la representación (inútil en la autogestión e incapaz de llegar a democrática por si sola pero necesaria en algún momento) se combine con lo participativo. Es decir, que emerjan de verdad el referéndum, la iniciativa popular, la revocatoria de mandato; lo revulsivo de ciudades realmente autónomas, de presupuestos participativos, de municipios desconcentrados y barrios administrados por comunas en manos de los vecinos. Carajo (decía pero lo tildaron para desvolantear), y combinando eso con liquidar el monopolio partidario de las candidaturas que, como todo monopolio, echó a perder a los partidos políticos. Hay que reemplazar la ley seca para otras representaciones, la pura partidocracia, por un sistema mixto que se equilibre con candidatos asamblearios y de las minorías más viscerales, hay que profundizar la división de poderes y conseguir que el pueblo gobierne. O mejor aun, que alcance la nueva categoría política de gobernado en función de gobierno, porque no otra cosa es respirarles en la nuca a nuestros representantes.
 
El remate del Documento Final (un códice de proporciones que sería prudente que el lector pase por alto y siga la historia) afirmaba que:
“En cuanto al mundo, es posible que la democracia se profundice en la Europa latina y eslava, y entre a lugares insospechados. Latinoamérica, que hace punta, muestra el rizoma más potente (acaso por su mestizaje entre el humanismo y el comunitarismo de la tierra); Europa, aun lejos de repudiar sinceramente su viejo colonialismo, inicia su crispación y hace punta en el alienado primer mundo. Y los árabes, que hasta ayer nomás permanecían –y fue en lo único en que se los ayudó– en un atraso inconcebible para quienes fueran una cumbre de la civilización, hoy estallan y exigen democracia, retoman su camino desde abajo pero con el nuevo capital social de la época, con genes de un pasado imponente, con las nuevas tecnologías (y quizás las venideras) de su parte y con la ventaja de una lengua común aun más homogénea que la nuestra. En cuanto a los anglosajones, prevalecientes en los últimos cuatro siglos a fuerza de empirismo, individualismo y humanicidio, acaso se retrasen por lo mismo, aun sin dejar de ser una amenaza por su poderío residual y su dificultad de ser en el otro (al menos hasta que el mestizaje cultural los antropomorfice, como inexorablemente le ocurrirá también a un Israel). África seguirá nuestro camino, y aun sumando apoyos que no tuvimos, como los de los europeos no anglosajones, de los árabes, tal vez los asiáticos, y por cierto los nuestros y los de un factor casi escondido y en alza del que enseguida hablaremos. Finalmente, Asia, hoy en un desarrollismo salvaje y en una velocísima mutación contra natura de su milenaria historia, quizás bascule hacia un rol arbitral si rescata su viejo espíritu comunitario y, sabiamente como le es propio, combina lo ganado en individuación con la desilusión por el individualismo. Los tiempos se aceleran, y eso determinará que el par de siglos que nos llevó en América del Sur pasar de la independencia formal a dejar de ser un patio trasero, se acorte para Arabia y África negra y para todo el planeta. ¿Ilusión? La precipitación de los hechos sociales y políticos sigue encubierta por el vértigo aun mayor de lo tecnológico y acaso por la desazón ante tantas calamidades. Pero así como llevó tres siglos alumbrar las grandes revoluciones de finales del siglo XVIII –incluida la decisiva caída de la imagen de autoridad–, nos llevó solo un siglo incubar los partidos políticos surgidos a fines del XIX, medio siglo reciclar los partidos tras la Segunda Guerra tal como hoy los conocemos, la mitad de ese tiempo para que el mayo francés oficialice la crisis de representación, solo década o década y media para que erupcionara la modernidad líquida. Y aquí estamos, viendo cómo se resquebraja la fachada neoliberal y pugna por comenzar otra cosa. ¿Qué? Pues exactamente lo que permite intuir un prisma latinoamericano que deja de serlo al universalizarse sus preliminares. Hoy y aquí lo que asoma es la transición y el desafío de multiplicar grupos que tejen nuevas relaciones laborales y humanas con el mayor grado posible de autonomía ante el sistema pero abiertos y en contacto con la comunidad. No somos vanguardia de nadie sino parte de todos; solo reivindicamos un territorio existencial y/o su proyección fáctica dentro de la diversidad. Y esto, se dirija a donde se dirija, ya es revolucionario. Las tácticas, naturalmente deberán seguir aprovechando los huecos y las fisuras crecientes del capitalismo global. Pero también la experiencia histórica que dejó colgados del pincel a los viejos manuales. Hay que cuidarse del poder queriendo tomarlo tanto como darle simplemente la espalda. El reto es otro: es cambiar o seguir cambiando la correlación de fuerzas. Ni buscar iluminados ni esperar o pedir permiso como pretendía aquel campesino de Kafka de “Ante la ley” (una perfecta parábola del Estado y aun de la democracia indirecta, ambos esperanzadores y frustrantes y que habría que dar a leer en los secundarios). El reto es presionar con una sociedad civil más fuerte, de mayor peso, que resignifique las instituciones y que interactúe con ellas. La historia del siglo XX ha sido la del repliegue de las simples dicotomías en favor de lo plural, y, aunque los poderosos nunca parecieron tan poderosos (que no lo son porque solo es más polimorfa su malignidad al obligárselos a redoblar la apuesta), paradójicamente y a contrapelo de esa percepción, creció y se esparció el poder desconcentrado y fue infiltrado el concentrado acelerando la multiplicación de los tableros políticos. Seguir creyendo en un único tablero y en dos oponentes es un error aún más lineal y maniqueo que en el pasado. Lo que hoy tenemos trasciende, incluso, la partida esencial entre el utilitarismo y sus víctimas (dirimida en cada cambio de época o sistema con movidas siempre insuficientes: tras la Ilustración, la democracia, la economía planificada, los vuelcos tecnológicos). Hoy tenemos un cóctel de lo conocido más un desafío ambiental decisivo, más una crisis alimentaria y otra energética de alcances imprevisibles, más una brecha social escandalosa y revulsiva como nunca, más la necesidad de cambiar la diversidad autoritaria –clases, estamentos, castas– por la diversidad democrática y plurinacional, más la rigidez cada vez más implacable de los problemas que, precisamente nos garantizan estímulo y empuje, más las propias víctimas ganando la calle y autogestionando. Digamos, un cambio de época infinitamente más visceral y cualitativo que los anteriores. Porque, y esto es lo principal, aunque perdidas las últimas certidumbres y tocando fondo con la banalidad, el consumismo y la fragmentación, también asistimos a las crisis de sus usinas y a la eclosión de las minorías, a la menor tolerancia al abuso, al crecimiento inédito de la autoconvocatoria y más que a acampar en el espacio público a ocuparlo definitivamente (como probó el 2001 por estas pampas cuando, al replegarse las asambleas populares, se generalizó el reclamo sin intermediarios y el asambleismo se extendió por las organizaciones sociales, incluidas algunas que hasta le tenían alergia). De hecho, nos vinculan a la anomia y al salto al vacío. Se busca impugnar el impulso contestario y la pelea por otras reglas. Pero es tarde: ya se hizo carne que ‘nuestros dirigentes –como expresa Saramago– son los comisarios políticos de los grupos económicos’. Y no por no existir políticos honestos. No olvidamos las honrosas excepciones ni desconocemos que la disolución lisa y llana de los partidos devendría inaceptablemente en partido único. Sino por saber que si no los refundamos seguiremos con el destino en manos de trepadores y cazadores de fortuna. La estructura partido no está agotada, no puede estarlo, pero sigue deformada por el bipartidismo, por el monopolio de las candidaturas y por no educar a sus miembros en la democracia interna y en la fidelidad al votante. La tarea, por tanto, es que la sociedad civil –Y NADIE MÁS– siga esmerilando el exceso de autonomía del Estado y de la vieja política, y fuerce otro equilibrio mediante una auténtica división de poderes. No hay futuro en redistribuir la riqueza si a la par no se redistribuye el poder, no hay futuro. Pero el palacio de invierno a tomar no es el gobierno con miras a controlar las reglas y la partidocracia –la lógica del dinero y otras dictaduras–; es al revés: es tomar las reglas y la partidocracia para controlar a los gobiernos, que es la lógica de la democracia. Está claro que los grandes relatos no han caído, se han renovado y son estos para quien quiera verlos.”
 
Cuando terminó el congreso grande, Mario se dijo que Lem hubiera acordado. Lem tenía alma piquetera, de futurología piquetera. Porque ¿tiene importancia el destino tecnológico del 2100, como tanto joden? Bueno..., sí –pensó–, las nuevas herramientas también nos modelan. ¿Pero no cuenta más, el rumbo social que elijamos? Que elija el paquidermo insomne, no dormido sino de sueños dormidos, o no despiertos del todo, que somos nosotros, y no las máquinas.
 
Esa tarde había cruzado al barrio-barrio por el cíber, sumido en cavilaciones.
 
El padre se acordaba de un profe de historia en el secundario que no hacía rendir a nadie; le interesaba solo que los pibes debatieran. Y que al día siguiente de la llegada del hombre a la luna, después de escucharlos, les dijo: muchachos, festejemos pero, ojo, vean bien qué hombre chiquitito mandamos a la luna.
 
Llevaba el congreso de Lem para el Chueco que se lo había pedido.
 
Habrá futuro si el Dr. Jekyll absorbe a Hyde. Con Hyde suelto, un carajo. Y... sin él, que es una especie de siamés inextirpable, no hay Jekyll. Solo si este lo chupa, lo reabsorbe (y recupera esa energía en sus propias venas) habrá futuro. Si antes que reventemos el planeta, lo conseguimos a través de lo único dable (la única transmutación que Jekyll logró aunque trágicamente al revés): hacer oro con mierda.
 
Y ahí casi lo hace mierda un auto, frenó a unos metros y saltaron unos tipos que los tiraron adentro a él y a Lem en el bolsillo. Y arrancaron. Fue todo lo que se supo por un par de vecinas (y la novela ausente cuando el Chueco la buscó por toda la casilla). ¿Qué ocurrió? Se habló de esto, de aquello, hasta del lager de Guantánamo. Pero nada concreto.
 
O aterradoramente concreto.
 
En la vivienda, en una mesita, quedó un apunte a birome.
 
Es prodigiosamente simple. La ceguera, los insomnios que fabrican monstruos (Deleuze dixit) persisten y hasta parecen incurables porque ¿qué nos prescribe la Doctora Razón? Psicofármacos disciplinantes o contar ovejas versión postmoderna. Lo primero nos esclaviza (y aun buscan perfeccionarlo como dice Stanislaw Lem que denuncia la criptoquímicodemocracia). Y lo otro ídem porque ni siquiera son las ovejas de nuestras abuelas, son las de la sociedad-espectáculo.
Lo eficaz y natural, sí, es un conteo pero no de ovejas, los peores bichos para identificarse, sino... de seres queridos. Y no saltando sino, detalle fundamental, atiéndase por favor: bostezando. O sea, pasar revista mentalmente a mi mujer, mi marido o mi amante bostezando, después a mi madre, mi padre, los hijos, bostezando; después los compañeros, los amigos. Marx, Kropotkin y el Che y Marcos. Uno tras otro hasta emborracharnos con el maravilloso sueño que destilan y que nunca conseguirían las estúpidas ovejas Pero, ojo, al principio, Ud. contará y notará que sonríe. O que lo ataca la risa. Es normal, no se alarme, tonifica, refluye muy pronto en placer. El secreto es agarrarle la mano.
Le será revelado que vencer el insomnio es despertar a la inteligencia colectiva, que los sueños de todos, inevitablemente son más fuertes que el insomnio de cada uno. Y por supuesto, que sin alegría no hay revolución.
Juegue–se.
 
Atreverse a soñar. Y a gozar. Pareciera la fórmula. Aunque nos busquen los soldados del insomnio que, es cierto, no pueden, no podrán nunca con todos.
 
 
 
 
 
 
El pueblo ...*
 
 
 
*Por León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 
 
en la calle en la calle en la calle
que el pueblo cante en la calle
que no se calle la calle y que grite
con la voz hermosa del pueblo
en la calle
en la calle
quiero ver a los muertos
en los rostros de los que vivimos
porque los siglos
son siempre siglos
y somos siempre los mismos
también
los que morimos
y son siempre los mismos
también
los que nos matan/
pueden cambiar las vestimentas
y el acento y las armas
pero el motivo
por qué nos matan
siempre es el mismo:
la tierra y sus tesoros
bauxita, cobre, estaño, petróleo
plata, cobre, diamantes, oro.
que cante que cante que cante
siempre
el pueblo en la calle
porque el día que ya no cante
ya no habrá ni pueblo
ni calle
ni mundo
que cante que cante que cante
siempre el pueblo en la calle
hasta que ya no existan
ni desaparecedores
ni desaparecidos!
 
 
-León Peredo
La Plata/ 1978.
 
 
 
 
 
 
 
 
EL RASTRILLO DE SAKIAMUNI*
 
 
 
1
 
 
 
heralda voz del eco
pálpito,
subyugación
tierna
al ojo que vibra
al paso
de la rueda
que su silencio
nombra.
 
 
 
2
 
 
sus huellas
se disuelven al mirarlas
formarse
mas el vacío
en tanto
apuntala su existencia
como perenne.
 
 
 
3
 
 
la luz sin la luz
que la
origina
la voz sin eco
que
sostenga
su principio
caerá
del labio
con el atardecer.
 
 
 
4
 
 
quien mire a su sombra
suyo hará
el orbe que sostiene
la imaginaria
voz
de lo tangible.
 
 
 
5
 
 
... frágiles huellas de rastrillos
desafían
la brisa primaveral.
las coloridas
lágrimas del cerezo
se confunden
en el lago
con las escamas de las truchas.
abajo,
el monje divide el tiempo
con los escarceos
de sus manos viejas.
 
 
*De Daniel Montoly ©. danielmontoly@yahoo.es
 
 
 
 
* * *
 
 
 
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LUCAS MONTEVERDE.
-Por Ferrocarril Provincial-
 
 
 
 
 
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Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
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Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.


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