Wednesday, December 25, 2013

EDICIÓN DICIEMBRE 2013.

 
 
 
 
*Obra de Cecilia Aguado.
Villa Gesell. Argentina
 
 
 
 
 
LA CORDILLERA*
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
Al norte de los montes pelados, allí donde la vegetación se adueña de las piedras y cubre los caminos con su suave pero ineludible abrazo, hay un pueblecito.
Se trata de una pequeña aldea formada por un rudimentario templo que data de épocas remotas y un puñado de construcciones antiguas, fabricadas toscamente con barro y piedras, que se encuentran dispuestas alrededor de la iglesia. Visto desde el aire, el conjunto pudiera parecer una galaxia de planetas negros sometidos a la atracción de un sol apagado, ya que los muros de la iglesia, de un marrón oscurecido, delatan su edad, la acción del clima siempre húmedo de estas regiones y la falta de cuidados.
Frente a la puerta de la antigua capilla se extiende una amplia plazoleta cuyo centro adorna una hermosa fuente de piedra, no menos antigua que los edificios circundantes, de la que no cesa de manar un agua fresca y cristalina.
Las construcciones que rodean la plaza son fuertes y austeras, con paredes muy gruesas y enormes chimeneas por las que, en invierno, puede verse surgir un humo denso y oscuro, producto de la combustión de los tarugos de leña, algo húmedos en esas fechas a causa de las heladas y de la nieve que poco a poco va blanqueando los tejados negros y cambiando el aspecto del poblado. Es un pueblecito aislado al que sólo puede accederse por un intrincado camino de algo más de metro y medio de anchura al que los aldeanos denominan pomposa y llanamente “carretera”.
“...No, señor. No somos muchos los que vivimos aquí. No más de dos o tres cientos, casi todos tan viejos como yo. Pero no crea que, aun siendo tan pocos, nos conocemos todos. ¡Qué va! Siempre está viniendo gente, como si aquí hubiera algo... Sí, vienen de otras aldeas pobres como la nuestra, de la sierra de abajo. Y también, fíjese, de la ciudad. Sí, sí, como le cuento. Pero siempre vienen del sur”.
Invariablemente del sur... Hacia el norte se halla la cordillera.

Nadie sabe qué hay al otro lado. De cuando en cuando, llegan hombres curiosamente ataviados, con largas barbas grises. Van provistos de extraños artefactos con los que parecen medir algo. Después de un par de días disfrutando de la hospitalidad de los aldeanos, famosa en todo el contorno, y trabajando con sus instrumentos que califican como “de alta precisión”, se marchan aparentemente satisfechos, pero unos meses más tarde vienen otros hombres con idéntica apariencia, con similares aparatos, con parecidas maneras y el mismo propósito. Realizan, con igual concentración, con pareja entrega, las ya sabidas mediciones y vuelven a marcharse hacia el sur del que vinieron. En sus rostros se refleja el sabor del éxito. Las investigaciones han debido ser fructíferas. Pero al poco tiempo, un nuevo equipo visita la zona.
“... y así desde hace años. Pero, ¿sabe? Algunos se quedan aquí en secreto. Abandonan sus modales, su pedantería y muy pronto se confunden con nosotros. Pero nunca conseguimos enterarnos de nada. No sabemos qué es lo que miran y remiran tantas veces por los aparatos. En el pueblo se dice que igual quieren saber cómo son de altas las montañas. Cuando llegan se les ve ansiosos, preocupados. Se ponen a trabajar como si no hubiera otra cosa en la vida, sin importarles que pueda descargar una tormenta, noche y día, hasta que encuentran o creen que han encontrado algo. A veces se pasan tres o cuatro días sin probar bocado, y eso que nuestras mujeres les llevan algo de comer, ya sabe, somos buena gente. No duermen. Sólo están pendientes de la montaña, como si hubiera ahí algo que nosotros no podemos ver y que es importante. Yo, la verdad, no creo que estén midiendo las montañas. El viejo Colás me dijo una tarde que lo que hacen es mirar a través de ellas para saber qué es lo que hay al otro lado. Debe ser algo muy bonito, digo yo, cuando todos se van tan contentos. Aunque mi hermana dice que son los guisos que preparamos para ellos lo que les pone de tan buen humor. Dice que en la ciudad se come muy mal. Y ella debe saberlo, porque estuvo una vez.”
Otros ancianos, más leídos, consideran que se trata de hacer un estudio sobre la composición de la roca que forma la cordillera, para excavar un túnel o abrir un acceso a través de la piedra. Desde tiempo atrás, dicen, corre el rumor de que el gobierno está construyendo una carretera que ha de atravesar la montaña y que pasará muy cerca de la aldea. Pero todo son conjeturas de viejos y rumores de gente desocupada cuya única función parece ser la de sentarse a las puertas de sus hogares, bajo los porches de piedra y tejas negras, viendo pasar los días y las estaciones y entablando largas conversaciones mil veces repetidas con sus vecinos más cercanos o con aquellos que se detienen a descansar un rato de su paseo matutino. Eso en verano, porque durante el invierno no son muchos los que se aventuran a alejarse de sus casas.
Los jóvenes, ante la falta de expectativas, se van hacia el Sur o hacia el Este, donde se dice que hay trabajo en la industria y buenos salarios; pero siempre regresan, cansados, viejos y sin riquezas, a su pequeño pedazo de tierra apenas cultivable. A veces, en la madrugada, es posible ver a alguno de los aldeanos con un macuto al hombro dirigiéndose hacia el Norte, hacia la cordillera. Nunca regresan. Jamás envían correspondencia.
“... Al principio organizábamos batidas por el bosque, rastreábamos las laderas y las cuevas, buscábamos en el riachuelo, pero nada. Nunca les encontrábamos. Al final, hasta de eso nos cansamos. Ahora ya no buscamos a nadie. Quien se va, sabrá por qué lo hace. Antes nos asustábamos. Ahora ya no se preocupa nadie. Sabemos que no han de volver y por eso nos hemos ido haciendo a la idea de que es algo natural. Los primeros días, su familia los echa de menos, pero muy pronto se acostumbran a la ausencia y todo vuelve a ser como antes...”
Desde tiempo inmemorial, estas escenas se vienen repitiendo año tras año como en una secuencia interminable. Siempre con idénticos resultados. En verano, muchos vienen a la aldea para, desde aquí, intentar el ascenso a las escarpadas cumbres de la cordillera. Todos los días llegan automóviles cargados de personas provenientes de los llanos del sur. Todos vienen ligeros de equipaje. Los automóviles, una vez que todos los pasajeros se han apeado, giran en la plaza y parten de nuevo por el camino en dirección a las ciudades del llano, en busca quizá de más intrépidos escaladores. A la mañana siguiente, los aventureros parten hacia la cordillera para no regresar.
“... En todas las conversaciones se habla de lo mismo. Nos preguntamos qué puede ser lo que hay al otro lado. ¿Qué es eso que hace que quienes se marchan decidan no volver nunca más? A muchos de nosotros nos gustaría verlo, pero somos demasiado viejos y el ascenso parece bastante difícil. Lo mismo no podíamos subir ni las primeras cuestas, que según se dice son las más tendidas. Aunque, entre nosotros, el viejo Colás, que estudió en la capital cuando era joven, dice que sí, que también nosotros, cuando nos llegue el momento, subiremos a esas montañas y pasaremos al otro lado aunque no seamos tan ágiles y nuestros huesos pesen demasiado.”
De momento, el pueblo se está quedando desierto. Los jóvenes se van al valle, a buscarse la vida en las ciudades. Y los viejos a la montaña. La tarde, ahora que se acerca el otoño, apenas logra reunir a media docena de ancianos en torno a la antiquísima fuente de piedra o en las toscas sillas de madera y anea de la taberna. Allí, sentados, van dejando pasar los largos inviernos y las hermosas primaveras mirando por las ventanas y hablando del tiempo y de los forasteros, en espera de lo que el viejo Colás llama el momento definitivo: El momento en que cada uno de ellos, cada uno de nosotros, sentirá la llamada en su interior. Entonces, aunque el día sea frío, aunque nieve y los senderos estén helados, meteremos en una bolsa los recuerdos y partiremos, con las primeras luces del alba y sin una lágrima, hacia las altas cumbres, en busca quizá de otros bosques, de otros valles, de otros barrancos y hondonadas, al otro lado de la Cordillera.



-Sergio Borao Llop, publicó “El alba sin espejos” por el sello eBooks Literatúrame!
 
 
 
 
 
 
 
 
LAS MADRES DE ENTONCES*
 
 
 
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
 
 
Estoy lleno de cosas. Quiero decir de voces de antes que me rondan de cuando había  mucho tiempo, mucho lugar para esa memoria que luego con los años ardería.
Era invierno y todavía oigo el picoteo de la máquina de coser de mi madre, con su ruido de lluvia parejita como si fuera real y cayera sobre el cinc de los techos oxidados de mi casa cuyo borbotear iba a través de una canaleta al aljibe de los primeros tiempos a un tanque de quinientos litros cuando aquél pereciera de un derrumbe por culpa de un hormiguero.
En principio mi madre nos hacía la ropa a todos, hasta que en un tiempo “cosía para afuera”, como ella gustaba decir. Sobre todo luego de hacer un curso de “pantalonera” bajo la dirección de doña Santina Spessot. La acompañaban en su carácter de alumna mis primas mayores: Gladys y Ketis.
De aquel tiempo me queda el recuerdo de aquel costurero de mimbre, cuyo origen y posterior destino desconozco. Ese costurero donde había agujas, hilos, tijeras y un centímetro con su inevitable tiza para marcar los cortes sobre todo recuerdo ese dedal brillante, que tengo en mi escritorio y que siempre me recuerda el poema de José Pedroni, que narra el dedal de su madre (la dulce  mamá Felisa del libro “El nivel y su lágrima”):
“Dedal de mamá Felisa/tantas veces perdido/debajo de viejos muebles/donde cantaban los grillos”  …/“Dedal de mamá Felisa,/siempre colgado de un hilo;/arañita de la noche sobre mis medias de niño”
Puedo escribir que la mamá de Jose Pedroni y la mía, compartían otras cosas además de estos objetos de trabajo. El origen italiano, la propensión al llanto y la hermosura.
No me resulta para nada difícil, mejor dicho me agrada compartir estas y otras cosas ligadas a nuestras vidas. Además de la poesía, también una ética fundida con una estética muy particular y acotada que se presume luego universal.
No nos resulta difícil conjeturar hoy que el trabajo silencioso y nunca reconocido de estas mujeres eran la base muchas veces fundamental de las economías domésticas de aquellos tiempos idos. Pedroni recuerda a su madre, como ”la que nunca dormía”.
Vaya como ejemplo, del mismo libro arriba citado, su poema “Mate” dedicado a Amaro Villanueva del cual reproduzco la parte final:
“Cuanto trigo se ha cortado/cuánta paloma se ha ido/desde aquel mate ofrecido/por aquel ángel nublado./Todavía está sentado/porque no sabe dormir/y yo me quiero morir/Para que su punto avance/y el sueño por fin alcance/y el sueño por fin alcance,/con su mate de zurcir”
Es decir, que aquellas madres (nuestras madres) no sabían dormir, porque luego de trabajar fogoneando todo en la casa y así echando una mano a los hombres en la cosechas, cuando todos dormían, ellas pedaleaban para hacer nacer “aquella lluvia que no existe”, pero que subvenía el vestir de toda la familia.
Los hombres por otro lado, levantaban las cosechas, cortaban leña para las cocinas económicas que también eran surtidos por marlos y  herraban  los caballos o marcaban la hacienda y hasta levantaban esas casas precarias que le hacían pata ancha a los vientos. Pero a veces también descansaban. Con las mujeres no pasaba lo mismo. Ella ayudaban en todas las tareas a los varones, pero el descanso no existía porque en la  edad juvenil tenían hijos, uno tras otros, Mi abuela paterna tuvo seis varones y dos mujeres ayudada por alguna vecina, nunca la revisó un médico ni la asistió siquiera una partera. Entre las mujeres cercanas a su chacra se echaban una mano, porque quien más quien menos tenía la cantidad de hijos que tuvieron mis abuelos. Cuando yo logro recomponer, recordar, memorizar o inventar sobre ese magma querible que me persigue, atento, solo veo sacrificios donde el goce era el trabajo y la diversión no  existía.
Estaba todo aunado como en un estuario donde los barcos estaban siempre dispuestos a partir, o tal vez a pernoctar allí mientras el afecto de aquella gente mayor se prodigaba, se daba en brillar como “la niña que iba de pana azul sobre los campos”, como alude Juan L. Ortíz en ese bello y conocidísimo poema.
Las muchachas de entonces no terminaban la adolescencia si no veían como los partos comenzaban a ensanchar sus cadenas y crecer su pecho con los embarazos que se traducían en hijos en ese paisaje bucólico, no tanto como en principio aparecía, pero sí lo suficiente para que el vuelo de las garzas por el cielo tan azul no fuera una excepción ni un extravío ni una rareza que todo ese mundo primigenio y viril, lo desconociera.
También el cansino andar de aquellas mujeres sufridas, donde hay varias generaciones que pertenecen a mi familia y que nunca nunca le hicieron asco al trabajo, porque cuando yo las recuerdo se me aparecen cantando, con la sonrisa cruzándole esos rostros ingenuos, quemados por el sol, cuando el mundo devenía azul y perfecto.
Tan perfecto,  cuando luego  nunca más sería posible que volviera. Ni con toda la fuerza de nuestros más voluntariosos recuerdos.
 
 
 
 
 
 
 
Estás en mí*
 
 
 
Esta mañana
pasé frente al espejo
y te hallé en mi mirada
que, húmeda por verte,
te siguió contemplando...
 
Y sentí que emergías
desde mi propio centro
supe que me escuchabas,
que para encontrarte tan sólo necesito
mirar profundamente en el espejo.
 
¿Te acordás de las siestas de verano,
de nuestras charlas
-sandía por medio, grande y  generosa –?
Consumíamos zumos y dulzuras
soñábamos proyectos.
 
Durante tantos años
dejó de haber sandías en mi vida...
¡Cómo dolían...!
Pero hoy pasé frente al espejo,
sonreí sin temores,
con clemencia,
y te hallé en mi mirada,
 
¡Estás en mí!
en mis costumbres y en mis genes
en mi amor por la paz,
en mi respeto
por la naturaleza,
sus leyes y sus seres,
su belleza.
 
Por eso
cuando más duela tu ausencia
te buscaré en mi centro
debo lograr que vuelvas
con los brazos abiertos al consuelo.
 
Pondré sobre la mesa
un par de platos hondos y un espejo
quitaré de mi alma las malezas
y comeremos juntos nuevamente
sandías a la hora de la siesta.
 
 
 
*De María Amelia Schaller  mariameliaschaller@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
MIRADAS*
 
 
Las personas somos muy distintas unas a las otras, pero hay una cosa que compartimos, con la que estamos de acuerdo y que a todos nos gusta hacer: Mirar. Nos gusta contemplar a los demás, lo que hacen, como lo hacen, donde lo hacen.
 
Una de los espectáculos maravillosos que nos brinda la ciudad es el de las obras. No hay nada tan cautivador como ver una gran obra en ejecución, los grandes agujeros en el suelo, los andamios, los obreros en movimiento, alguno trabajando, las maquinas. ¡Ay, las máquinas! ¡Eso es sublime! ¡Una escavadora haciendo un agujero! ¡Madre mía, que placer!
 
En eso de los mirones también hay clases: El ocasional que va de paso y se detiene unos minutos, los niños que se quedan embobados y llegan tarde al colegio y los ancianos que no saben que hacer y se distraen con cualquier cosa. Si es una grúa grande y hace sol, mejor.
 
Yo me encuentro en este último grupo y paso las horas apoyado en la valla de la obra viendo como se mueven los trabajadores y compartiendo algún comentario con los otros jubilados habituales del sol, petanca y plaza.
 
Hoy estoy especialmente triste. La vida me robó la juventud trabajando en el campo, la adolescencia en la fábrica después del traslado a la ciudad, el tráfico a mi mujer y, sin darme cuenta, me he quedado sólo con mis recuerdos. Hoy las máquinas los están borrando, dejando una gran fosa donde antes estaba mi casa. Ahora si que estoy totalmente solo mientras van desapareciendo ante la mirada aburrida de todo el mundo.
 
 
 
*De Joan Mateu. joan@cimat.es
 
 
 
 
 
 
 
 
ATRAVESAR LA MADEJA CRISTALINA DE LA BÍBLICA NOCHE*
 
 
 
Atravesar la madeja cristalina de la bíblica noche
recorrer la sequedad de tu pecho marchito.
 
 
Tus huesos con el tiempo despojados
perdieron el aroma brillante de las flores.
Tu redondez fue poblada
por el efluvio solitario de la casa.
 
Todavía recuerdo,
cuando descubrías en la barba del patio trasero
el nacimiento dolido y puro del arroyo
(los ropajes inclinabas lavándolos en orilla).
 
Antiguas palabras cantabas
ablandando los pómulos salientes del aire.
Resucitabas los colores del poniente
sus párpados se abrían desatando una llama.
 
Y en  el substratum humano y delicado
de un alba deshojada de llagas
tu vuelo infante de campana
atravesaba los vespertinos caminos del Sur.
 
La oración cotidiana y profunda
alcanzaba  el alma de la savia.
Después los nuevos rumbos
bajo los pies atónitos.
En el periplo de los años ocultando
la sumersión noctámbula
(el humo hormigueante de la vigilia).
 
Tus pasos de nardos desolados
tiemblan hoy sobre mis hombros callados…
Y así los dejas
ansiando palabras de luz.
 
¿Cómo devolverle la paz tardía
a tus esqueléticas manos, madre?
¿Cómo no querer
que en el relieve de tus párpados vencidos
una ciudad de música se levante
 
y te viertas hasta mí?
 
 
*De Natalia Lara. cpc.larag@hotmail.com
© 2013.TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LOS SILENCIOS DEL PECADO*
 
 
“...Dudo que alguien pueda leer o escuchar tu historia sin que las lagrimas afloren a sus ojos.
Ella ha renovado mis dolores, y la exactitud de cada uno de los detalles que aportas les devuelve toda la violencia pasada...”
(Carta de Eloisa a Abelardo)”...
 
 
 
Amo el “Jardín de las delicias”
El resultado del cruce de dos rectas....
Imprevisibles , inesperados triángulos.
La fuente de la juventud y el huevo.
Oscuridad y sigilo, fecundados. Silencio.
El silencio del inmortal deseo.
La sombra quieta de mi padre.
Las abejas inquietas en el pelo de mi madre.
Amo al silencio. Los ecos del silencio.
De las voces calladas. Antiguas profecías.
De la metamorfosis de una boca.
Del cazador. Cabalgando. Huyendo siempre.
De la manos. Números cardinales. A veces círculos.
De los pies que se van cuando amanece.
El búho y el martín pescador.
Amo los hombres-pez.
Las mujeres desnudas .La tentación.
Los sabores frutales, tan hondos, tan profundos.
Las uvas. El cielo y el infierno.
La bola de cristal craquelada. La inconstancia.
Los álamos. Los jinetes. Los espinos
Los adioses de corcel, patria en el vientre.
Amo la lechuza y la flecha.
Los silencios golpeando mis umbrales.
El abrazo intacto, embriagado, tendido.
Tu fatiga descansada en mi cansado pecho.
El miedo de la lluvia sobre tu piel de jade.
El temor y el milagro y lo dulce y lo amargo.
Las mariposas y los mejillones.
Amo la serpiente.
La serpiente, el verde y el azul profundo.
Los campos rojos y los blancos lirios
Y los ojos, ah, amo los ojos.
Y los muertos que veo en los ojos de los gatos.
Los ojos que han mordido mi nombre.
Los ojos que ven alambiques y matraces.
Los ojos que mueren sin mis ojos.
Los ojos que aman los estanques turbios.
Y los ojos de Delfina e Hipólita.
Buscándose, huyendo en su hondo penar.
Y los ojos de Abelardo y Eloisa.
El ojo azorado del infierno de Rimbaud y Verlaine.
De Baudelaire y Louchette.
De Zorba y Bubulina.
De Medea y el hombre con un pié calzado.
Atados a una lira y una cítara.
Los ojos del vacío que apuestan a la vida.
Los ojos de la trasgresión y el pecado.
Amo, los silencios del pecado, entonces.
 
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
EL JUEGO*
 
 
 
Si hoy el viento viniera
a vaciarme la frente
le diría que aún recuerdo
aquel fragor inicial.
Estábamos presentes en el
estallido formador de universos,
en su matriz, expuestos.
Protagonistas del pulso primero.
Integrando la evolución,
partícipes del portento.
Resabios en la voz del viento
trae cada día en remolinos
de absurdos y esplendores,
la intención de la vida
que surge para decir: yo quiero.
Ella es un presente eterno.
Se canta a sí misma y se celebra
aún en lo que muere, para volver
a ser. Trasmutada su forma
pero no su esencia.
De aquel material primero somos
ardiente y encendido, fecundo,
constante y singular…
Cuando el viento final
deje vacía mi frente
otra chispa saltará de ese
fuego inicial
sobre mi pensamiento ausente.
Y un Dios que no conozco
jugará incansable
el juego circular…
 
 
 
*De Miryam Seia. miryamseia@cablenet.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Piedra, tijera, papel*
 
 
El lenguaje es una piel
Roland Barthes
 
 
 
Delante de un mar desconocido
 
una mujer con la memoria herida
 
sangra lo que no recuerda,
 
 
 
Ella frágil, entre las hojas
 
verdes y las blancas donde pone
su cuerpo para inscribir palabras o
 
huellas o espera que aparezca
 
por el hocico húmedo de la lengua
 
eso de lo que no se sabe;
 
una piedra
 
la tijera que desgarra
 
y las gotas
 
que desde el borde del
 
himén forzado
 
en la cabeza
 
hacen tatuajes
 
en el papel ...
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
*
 
 
de la sorpresa de existir
darnos cuenta a cada vuelo
a cada duelo
 
de estar ahí
y repactar con la vida
cualquier absurda confianza
 
de celebrar
 
de recibirnos
 
al decir de las crisálidas.
 
 
*De Alejandra Alma.
https://www.facebook.com/alejalma
http://alejandraalmapoesias.blogspot.com.ar/
 
 
 
 
 
 
***
 
 
Inventren Próximas estaciones:
 
 
 
 
EMILIANO REYNOSO.
-Por Ferrocarril Provincial-
 
 
 
LA RICA
-Por Ferrocarril Midland-
 
 
 
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