Sunday, December 29, 2013

UNA MÁQUINA QUE HACÍA LO QUE NUNCA HABÍA EXISTIDO...

 
 
*Obra de Cecilia Aguado.
Villa Gesell. Argentina
 
 
 
 
METAMORFOSIS DEL DESEO *
 
 
 
El telón ha caído. Las falacias. Los sofismas.
-Ay amor mío quédate en mi-
Tucanes. Ciegos. Maniquíes.
Los espectros se llevan los aplausos.
Genuflexos. Títeres sin cabezas.
 
Tiresias separa las serpientes apareadas.
-Ay amor que fría está la noche-
Poco a poco se apagarán las luces.
Vendo y compro. Aúllame
Huyen las calles, No saben donde van.
No saben donde nacen. Rosa o celeste.
-Dicen que lloverá, vamos a los pinares-
El desamor se disuelve en un vaso con agua.
Dios no confió en nosotros. Brámame.
Déjame la boca con sabor a sal.
-Ambigüedad es mi nombre y así me amas-
Soy lo que soy. Apasionadamente.
Metamorfosis del deseo.
 
Cae el telón, otra y otra vez. Y los mitos
Las ficciones. Las fábulas.
Caracol. Tulipán. Flor de fresno.
Dos y uno. Yo y vos. Vos y yo
 
 
*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
 
 
 
UNA MÁQUINA QUE HACÍA LO QUE NUNCA HABÍA EXISTIDO…
 
 
 
 
 
Objetos perdidos*
 
 
 
 
*De ALEJANDRO BADILLO. badillo.alejandro@gmail.com
 
 
 
 
Uno
 
 
Había una silla junto a la ventana. El calor se extendía en la pequeña estación de autobuses. Los pájaros eran infinitas figuras antes del vuelo. Un vaso sudaba su fiebre en la penumbra. La humedad del vidrio dejaba su huella en la mesa. Inútil esperanza porque era puro despojo, cosa inútil e inacabada. Las moscas formaron una nube inestable. Volátiles se movían en la escena. "Ayer dejaron algo", dijo el viejo. Su compañero de trabajo —un muchacho— se acercó. El primero se balanceó en la mecedora. De gimnasta su vaivén por la precisión y el tino: los pies al aire y luego al suelo. Una secuencia donde destacaban la espalda, la camisa a cuadros y los pies alumbrados. Los pájaros, contraste entero del viejo, estaban prendidos al esqueleto de un árbol y desde ahí, al unísono, medraban. Los dos presentían nubes pero, por una absurda superstición, no lo decían. Las palabras del viejo, inacabadas todas, aún perduraban como la estela de humedad en el vaso. "¿Qué dejaron?", preguntó el muchacho. La mano fue al vaso, pero no para beber, sólo era distracción del tacto mientras llegaba la respuesta. El viejo se levantó: imagínese su lento andar, su respiración que apenas rompía el silencio. La silla conservó la inercia del movimiento y su sombra anegó una parte del suelo. El viejo abrió un cajón y señaló con solemnidad un sobre amarillo. La mirada quedó ahí, en todo el cuerpo, vibrante y estancada. El muchacho abrió el sobre. El contenido era una hoja y una leyenda: "Vendrán más cosas". Remiró la frase. Las palabras eran tres pájaros en la escena. En una delgada rama los imaginaba, listos para volar una vez seca la tinta de sus alas.
La labor del muchacho era vender los boletos de la única corrida del día. También, desde hacía meses, cuidaba al viejo. Alguna vez pensó que no llegaría el camión: un derrumbe en la carretera, una avería en las llantas, una jauría de asaltantes despachando a los pasajeros. Entonces, como es natural, pasarían el día aturdidos, sin nada qué hacer, como estancados peces. "¿Quién dejó el sobre?", preguntó el muchacho. "Cuando llegué ya estaba aquí", respondió el otro. Imaginaron una broma fruto, quizá, de la ociosidad: un adolescente de los alrededores, con pluma en mano, garabateando en la noche una hoja en blanco. Después, oculto en la penumbra, oscuro gato en la ventana. Habría caminado, leve, al escritorio. La luna alumbraba el sobre y, seguramente, el intruso, en un solo acto, se habría dirigido al cajón repleto de lápices y sellos para dejar su anzuelo.
 
 
Al siguiente día llegaron a la estación muy temprano. El viejo estuvo un rato en la calle, ensimismado en el horizonte. Una conjura eran las nubes. Apenas empezaba la trampa del calor. Como endebles sustitutos el humeante café, los sorbos que avivaban y se repetían. El vaso, en el mismo lugar, ahora libre de humedad por la acción del tiempo. Los dedos del muchacho se acercaron a los cabellos para distraer el nervio. Los pájaros como parroquianos, como en una cantina sus trinos. Acomodaron las sillas. Barrieron la entrada. Verificaron la hora en el reloj. En una hora llegaría el camión. El sobre seguía en el mismo lugar como animal en silencio, interrogante.
Evitaron acercarse al escritorio. Los dos eran nerviosas moscas alrededor. Imagínese una mezcla confusa de aprensión, duda y silencio. El sobre era un estorbo, pero no lo podían quitar del escritorio. Su lugar en el mundo, para ambos, era estar ahí, confusos, revoloteando. "¿Qué pasa?", dijo el muchacho. "El sobre", murmuró el viejo, molesto.
Transcurrieron varios minutos. Las calles encendieron sus piedras, los pájaros se volatilizaron en el resplandor de la mañana.
Más tarde llegó el camión. Imagínese un barco salitroso, lleno de agujeros, haciendo agua por todas partes. Una cordillera de nubes dejaba a su paso: polvo flotando sobre polvo. El camión detuvo su marcha entre resoplidos. El chofer bajó y estiró las piernas. De juguete, la estación, por la lejanía. El chofer se acercó al viejo:
 
–Algo raro ocurre en estos días –dijo oteando el horizonte.
 
–¿Qué pasa? –preguntó el viejo.
 
–La niebla baja más. Casi todo el tiempo tengo las luces prendidas.
 
–Será la época del año.
 
El chofer suspiró. Los disparejos bigotes eran leve huella sobre los labios.
El viejo miró el esqueleto de un árbol. Las descubiertas manos temblaban. Sus ojos, quizá por inercia, enfocaron al suelo. Y los escasos pelos de su cabeza, encendidos por el sudor, coronados por el mediodía. Sin saber por qué sintió lástima por el chofer, por la corbata azul, por los zapatos llenos de polvo. Los pasajeros, medrosos como los peces, permanecían en silencio tras las ventanillas. Un par más se unió a los aglomerados. Casi inmóvil el ámbito allá adentro. El chofer abrió con dificultad la compuerta para las maletas. El reloj indicó la partida. El camión reanudó su camino impulsado por su lluvia de polvo. Un lago en reposo era la sombra de la silla y lo vadeaban, indecisas, las moscas.
El muchacho tomó la libreta, abrió el cajón con las monedas y verificó la cuenta del día. El viejo dio unos pasos en dirección a la calle. Contempló, dios devastado, sus dominios: no había nadie. Y entonces prendió un cigarro. Las volutas, en un primer impulso, flotaron desvalidas, buscando agotar el tiempo. Pero su deshilache fue severo y sólo quedó la respiración del viejo, entrecortada, como agobiada por un largo esfuerzo. En aquel paraje, pensó el muchacho, la gente entretenía los ojos en lo nimio, en lo absurdo, en lo descompuesto. Las escasas personas que compraban boletos se sentaban en una banca de metal blanco y miraban la carretera, resignadas. Imagínese un hato de bestias que esperan la muerte; un montón de peces boqueando, asfixiándose lentamente en el aire. Ensimismado en sus meditaciones estaba cuando escuchó la voz del viejo: "Mira, encontré algo". El muchacho regresó a galope. Los dos se acercaron, de nuevo merodeadores. A una prudente distancia encontraron una chamarra de color verde.
 
 
 
 
 
Dos
 
 
Esa noche el viejo soñó que abría la puerta del local. Con luminosas nubes la mañana, blanquísimas por el sueño. Encontró una caja de cartón, de color amarillo, sin identificación. Se acercó con tiento, midiendo los pasos, la respiración y los latidos. La miró un buen rato bajo la luz muerta de una lámpara, sin atreverse a ejecutar un movimiento definitivo. Enfiló el temblor de los dedos a las llaves, sopesó el filo y, una vez seguro, cortó la cinta adhesiva. La caja, a punto de develar su secreto, emitió un crujido. Era lenta puerta que se abre, demorada quizá por goznes demasiado espesos. Entonces los ojos se hundieron en la caja, en el sueño profundo que la contenía y cuyo abismo repetido recordaba el juego de las muñecas rusas. Imagínese la habitación del viejo, la figura naufragando en el desorden de la cama; los párpados cerrados, su revuelta. En el sueño miraba el fondo de la caja y hubo vértigo y náuseas. Una luz empezó a surgir. El viejo despertó entre sudores, tosiendo, como si humo imaginario enredara los hilos de su respiración, su pensamiento.
 
 
 
 
Tres
 
 
El viejo y el muchacho llegaron a la estación con la sospecha afianzada. Los segundos quitaban vitalidad, aire. Sentían maligno el despunte de la mañana. Presagios en todas partes. "¿Qué pasará hoy?", dijo el muchacho, pero no eran interrogantes sus palabras, sólo eran un pensamiento a la deriva, pronunciado por accidente. Abrieron la cortina y, casi inmediatamente, encontraron sobre el escritorio varias camisas. En una esquina destacaba la silueta de un sillón de terciopelo rojo y, junto al bote de basura, una guitarra. Volvió el rito del café mientras inventariaban. En los cajones descubrieron un reloj-despertador, un manojo de llaves, una boina de color negro. Revisaron los candados de la puerta trasera pero no había nada anormal. ¿Qué harían con los nuevos objetos? El silencio de los sorprendidos acompañaba las suposiciones. "Tendremos que preguntar en el pueblo", dijo el viejo mientras consultaba el reloj. "Después de que pase el camión", completó el muchacho.
Reanudaron sus escasas labores. La guitarra era lamida por el sol. El rojo sillón semejaba una fruta madura. Las sombras morían en la escena. Mientras llegaba el camión miraban los nuevos objetos. El pasajero que esperaba no hacía preguntas pero de cuando en cuando curioseaba. El muchacho se abanicó el rostro con una revista, imaginó probables lugares para preguntar: la cantina, la única peluquería, el casi deshabitado palacio municipal. El viejo, por su parte, se enfocaba en la razón por la cual las pertenencias eran abandonadas. Ya no era una broma, la manía de un adolescente urgido de notoriedad, ni siquiera una provocación ingeniosa. Era algo que trascendía lo superficial, que buscaba una explicación profunda. Imagínese a los dos desconcertados, azuzando sus escasos pensamientos: avivaban con teorías sus imaginaciones que vagaban en despoblado, sin nada a qué asirse, como malabares en el aire. El viejo bosquejó una fila conformada por todos los habitantes del pueblo. La fila, muy recta, ocuparía varias calles. Todos cargarían algún objeto. Algunos, por el tamaño de sus pertenencias, utilizaban diablitos. Tal vez no hablaban entre sí, como si el evento fuera algo cotidiano, ordinario, incluso tedioso. La clave, quizás, era la relación de las personas con lo que abandonaban: un mal recuerdo, una memoria dolorosa, por ejemplo: muertes, divorcios, alejamientos. Entonces quiso encontrar los vínculos del sillón, de la guitarra, de la chamarra verde, de todo lo restante. Pero la mente se enfangaba en decenas de suposiciones. Como abrir una caja y encontrar una caja más pequeña que contiene, a su vez, otra.
Pasaron los minutos. Tan entretenidos estaban que apenas atendían el calor y al único y paciente pasajero. Los pájaros trinaban en un inútil llamado a la lluvia. Las cosas, una vez más, eran derrotadas por el sopor y por el tiempo. Con el retraso habitual llegó la única corrida de la jornada.
El chofer bajó del autobús. Se acercó trabajoso a la oficina. Saludó al muchacho y firmó su hoja de llegada. El viejo apenas atendía la operación, ensimismado como estaba. El chofer le dijo:
 
–Casi no hay pasajeros
 
–Disminuyen todos los días.
 
–Si no mejora esto cancelarán la ruta.
 
Las palabras del chofer eran serenas, probablemente lo reubicarían en otra línea de autobuses, algo habitual la región. Ya no más aquella parada, ya no más orillarse en la carretera, intercambiar palabras, recoger a uno, dos pasajeros. Una breve sonrisa alumbró su rostro.
El viejo remiró las cosas abandonadas. La mano derecha, los huesudos dedos, rascaron la barbilla. Después, sin pensarlo mucho, aliviado, como si se estuviera confesando, dijo:
 
–Han estado dejando cosas.
 
–¿Quiénes?
 
–La gente.
 
–¿Objetos perdidos?
 
–Así parece.
 
El chofer se encogió de hombros. Mordisqueó las puntas de sus bigotes. El tedio ganaba a la curiosidad, mejor irse para evitar la creciente niebla en la carretera. Se despidió.
El camión reanudó su camino.
El viejo y el muchacho observaron las huellas de las llantas. Imagínese un par de pajarillos contemplando el infinito desde una rama. Después volvieron a la oficina, acomodaron cosas, calcularon la cuenta del día. El muchacho fue a la puerta y, por no dejar, verificó la cerradura y el candado. Incluso trató de vislumbrar huellas en la mesa y en las sillas. Miraba todo de cerca esperando un golpe de suerte, una aproximación novedosa, para encontrar alguna señal. El viejo, cansado, le dijo:
–No vale la pena.
–Vamos a investigar –dijo el muchacho.
Se dirigieron al centro del pueblo. Imagínese al viejo renqueante, farfullando en su mente el interrogatorio. ¿Quién fue? ¿Es un movimiento organizado? ¿Quién o quiénes podrían ser los sospechosos? El joven, por su parte, pensaba en el fracaso, en no descubrir ningún entramado, ninguna conjura. Su rutina sería alterada por más objetos. A lo mejor los podrían vender. A lo mejor podrían abrir una nueva oficina, más grande, para las cosas perdidas. No quisieron comentar la probable cancelación de la ruta. El joven podría emplearse en otros trabajos, quizá viajar a una ciudad grande.
Apenas encontraron gente en las calles. Había más perros que humanos. Los perros eran casi iguales, negros, de orejas afiladas, costillas expuestas en los tristes esqueletos. Algunos, belicosos, se disputaban los restos de la basura. La cantina, antes encendida por sus vivos oficiantes, estaba abandonada. Sólo oscuras moscas en el reflejo de los vasos. Ceniceros extrañando su humo, botellas añejando sus fondos cenagosos. Los autos estacionados parecían detenidos en el tiempo. La ropa tendida en las azoteas se agitaba con el viento. Fino polvo rodeaba todo.
Después de varios minutos de marcha llegaron a la plaza principal. La tienda de abarrotes tenía algunos clientes. Una viejilla sobaba las cuentas de su rosario. No tuvieron que buscar mucho para dar con el alcalde. Estaba sentado en una de las bancas de la plaza. A un lado una paloma picoteaba el suelo. Su traje, arrugado, apenas contenía su figura. Sus zapatos eran grises de tanto polvo. El muchacho y el viejo saludaron.
– ¿En qué los puedo ayudar? –dijo el alcalde.
– Verá...–dijo el muchacho pero no encontró palabras para seguir.
El viejo intervino:
–Han estado dejando cosas en la oficina.
–¿Quiénes?
–No sabemos, cuando abrimos en las mañanas las cosas ya están ahí. Hay de todo, muebles, ropa, hasta una guitarra.
El alcalde miró fijamente al viejo. Suspiró y se abanicó torpemente el rostro. La paloma voló a un árbol.
El alcalde dijo que no había que hacer mucho caso. Dijo que era una broma quizá llevada a más. Dijo que los suicidios habían aumentado, también la migración, los desplazados por la violencia creciente en los pueblos cercanos. En resumen: el pueblo se estaba despoblando. El viejo y el muchacho percibieron, sin embargo, algo impostado en su voz, como si el alcalde hubiera estado al tanto de su visita. Las generalidades de sus respuestas parecían, más bien, mentiras rudimentarias, gestos que buscaban despachar lo más pronto posible las preguntas. Se sintieron ridículos. Imagínese al alcalde, esforzado actor, ensayando sus respuestas en la noche, frente a un espejo. Y a pesar de todo el esfuerzo, de la obstinada memorización, no había logrado engañar por completo a su público. Y como no había nada más que hacer, una palabra para convencer, al menos para agradar, el alcalde se sumergió en el silencio apenas roto por algún auto, por el aleteo de la paloma. El muchacho y el viejo se despidieron.
De regreso hicieron más preguntas. Entraron a tiendas, preguntaron a dispersos peatones. Pero sólo encontraban rostros incrédulos, miradas que se regodeaban en su vacío. Parecía que todos se habían puesto de acuerdo. Parecía que, tras sus palabras, latía una verdad pura, incorruptible, secreta. ¿Por qué era vedada sólo a ellos? El nerviosismo reemplazó la incertidumbre. "Vendrán más cosas", pensaron y recordaron la hoja de papel y su misterio.
 
 
 
Cuatro
 
El viejo no había podido dormir bien y, varado en su cama, remiraba el techo. El insomnio pesaba aún en sus párpados. Se vistió, desayunó frugalmente y enfiló a la carretera. El sol aún no encendía las piedras. No encontró a nadie en su camino y supuso que la gente, por alguna razón, se había quedado dormida en sus camas. Quizá el cambio de horario. El muchacho, por su parte, había soñado con los que abandonaban los objetos. Pero el sueño había sido desmenuzado por el tiempo. Imagínese tinta derramada en una carta, letras naufragando, diluidas por la humedad. En eso se había convertido, por el desgaste, su sueño. Caminó embebido en sus imaginaciones.
El viejo cruzó las últimas calles, aguzó la vista y percibió, a lo lejos, la silueta del muchacho. Algo llamó su atención: la oficina estaba oculta por una montaña. Una inmensa figura ocupaba todo el horizonte. Cuando se acercó percibió que la montaña estaba conformada por diminutas partes de distintas texturas y colores. Apresuró el paso. A medida que avanzaba las cosas se hacían más nítidas: no era una montaña, era una acumulación que ocultaba, además de la oficina, las casas cercanas. Incluso sus restos llegaban a la carretera.
El muchacho estaba en la calle, la entera expresión aturdida, las manos en la cabeza, como si un dolor creciente lo menguara. El viejo se detuvo a escasos metros de la acumulación. Había de todo: muebles, electrodomésticos, ropa, fotografías, envases de cerveza, tapetes. Todo guardaba perfecto equilibrio. Parecía, en su diversidad, organismo vivo. Miraron incrédulos las casas en la lejanía. En el espacio libre de la carretera había una desbandada de perros. Los pájaros siguieron la misma ruta migratoria. Entonces, cuando el último aleteo, cuando los sorprendidos empezaban a tocar los objetos, la luz del sol comenzó a desaparecer. Parte del paisaje quedó en anonimato. No había nada que sustituyera la oscuridad: quizás una estrella, las redondas bocanadas de la luna. El muchacho y el viejo retrocedieron. Imagínese un espacio vacío, una superficie oscura que se acercaba y que quitaba sustancia a todo: al aire, a las inquietas respiraciones de los que atestiguaban. El espacio oscuro, después de engullir casi todo, se detuvo a unos metros de ellos. Y esperaron.
 
 
 
 
***
 
-Alejandro Badillo (México DF, 1977) es narrador y crítico literario, ha publicado cuatro libros de cuentos: Ella sigue dormida, Tolvaneras, La herrumbre y las huellas y Vidas volátiles. Además es autor de la novela La mujer de los macacos. Es colaborador habitual de las revistas Crítica y Tierra Adentro, entre otras publicaciones.
 
 
 
*Fuente: Aurora Boreal®
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1600:objetos-perdidos&catid=81:puro-cuento&Itemid=198
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
ESTACIÓN DE LOS TREBOLES Y UNA TRISTEZA MENOS*


“Nos morimos, amor, muero en tu vientre que no muerdo ni beso, en tus muslos dulcísimos y vivos,
 en tu carne sin fin, muero de máscaras, de triángulos oscuros e incesantes”
Jaime Sabines




Un hombre añora tréboles. Tréboles pide.
Clamo por las siemprevivas de tus muslos.
La mano se ahueca en el pecho ingrávido.
El amor, leve sombra, cruza el monte.


Una mujer suspira en tréboles maduros.
Puñal y tropel. Mi gruta umbría espera.
Ofrece la quieta monotonía de sus pechos.
El amor, sol radiante, sigue la raíz del viento.


Un hombre, una mujer y rescoldo de luna.
Lluvia nocturna y cuatro pétalos de trébol.
Perfección de fragancias y estaciones.
El amor es un potro embravecido


Un hombre, una mujer y un niño
Parejos. Semejantes. Desiguales.
La mano se ahueca en el pecho grávido
Madre, padre y trébol de 60º.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Paiva, voces entre rieles*
 
 
 
VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.
 
 
 
*Por Florencia Scholnik.
 
 
"En sí mismo, el tren no era gran cosa, no era más que una máquina. pero eso es lo genial. No era una máquina que hacía lo que mil hombres podrían hacer.
Una máquina que hacía lo que nunca había existido. La máquina de lo imposible."
Alessandro Baricco, Tierras de Cristal
 
 
Laguna Paiva o simplemente Paiva, ubicada a 40 kilómetros de la capital santafecina, supo ser una ciudad esencialmente ferroviaria. La mayor parte de su población estuvo abocada a las tareas del ferrocarril, ya en la reparación de coches, ya en la fabricación de piezas o el cuidado de las vías, el mantenimiento de la estación.
Laguna Paiva, también conocida como "Ciudad del Riel" se vio profundamente afectada por la privatización del Belgrano, cuyas vías la atravesaban como arterias, otorgándole trabajo e, incluso, una identidad. El cierre de los talleres, y el decaimiento hasta la desaparición casi total de la actividad,
generó una situación de grave descomposición social.
Paiva sufrió una devastación, lenta pero sostenida, demoledora. Trataré de reconstruir ese fenómeno a partir de relatos, de las voces de los protagonistas, que irán sumándose como piezas de un rompecabezas hasta permitirnos una panorámica del cataclismo, desde la perspectiva de la memoria colectiva. Podríamos pensar a Paiva como una comunidad imaginada en la cual sus miembros poseen olvidos y recuerdos comunes, elementos compartidos que les permiten sentirse partícipes de un todo mayor, y no de una ciudad destrozada por el ferrocarril.
En las entrevistas realizadas a distintos miembros de la sociedad Paivense, empleados municipales, ex ferroviarios, sus esposas, comerciantes varios, hay ciertos temas que se repiten. El lugar del Estado como fuerza motora principal de la economía, la salud y educación; la definición del perfil ferroviario de la ciudad, la identidad y ciertos acontecimientos que funcionan como hitos memorables.
En todas las entrevistas agrupadas bajo la constante del papel del Estado encontramos una fuerte concepción asociada con el Estado de tipo keynesiano.
Para todos los entrevistados el Estado es el encargado de garantizar y representar las necesidades de sus habitantes: salud, educación, trabajo.

"Acá la gente empezaba a trabajar muy joven, de adolescente y estaba la escuela de Artes y Oficios que de ahí, iban directo a trabajar al ferrocarril"... (Empleada Municipal)

"Empecé de aprendiz a los diecisiete, por unos convenios que había entre la que era, en ese entonces, la Comisión de Aprendizaje y Orientación Profesional, de la que dependían todas las escuelas - fábrica. Había un convenio por el que los quince mejores promedios, de acuerdo a las especialidades -había mecánicos, electricistas, carpinteros, algún herrero-, y entrábamos como aprendices. Hacíamos un ciclo de dos años de práctica en el taller, nos pagaban el sueldo de aprendices y luego rendíamos un examen
y, si lo aprobábamos quedábamos como aprendices con curso terminado, fuera de dotación, a la espera de que fueran surgiendo vacantes. De ahí íbamos tomado las categorías de oficiales, especialistas, hacíamos la carrera". (Ex trabajador ferroviario)

"Entonces yo salía del servicio militar y. ¿qué hacemos? dice papá. Mirá dice, si te podés conseguir un trabajo por ahí, porque para nosotros tres ahora, es mucho, y entonces le digo voy a tratar de rendir para aspirante de conductor de vapor, de la máquina del ferrocarril, porque tenía un compañero que había ido a la escuela junto, y ya había entrado de aspirante, y había entrado de aspirante acá en Paiva y ganaba bien, entonces yo me entusiasmé" (Ex Ferroviario)

En El imperialismo etapa superior del capitalismo de Lenin se plantea claramente la afinidad entre capitalismo y ferrocarril "Los ferrocarriles son el resumen de las industrias capitalistas fundamentales, el carbón, el hierro y el acero; el resumen y el índice más notorio del desarrollo del comercio mundial y de la civilización democrático burguesa."
El interrogante se plantea cuando esta correspondencia entre el modo de producción y la máquina se distancian: ¿Dónde quedan y qué les queda a todos aquellos que supieron ser explotados?¿Cuál es la respuesta cuando aquella empresa, que el propio Lenin cataloga de opresora, abandona el juego?
Nosotros como los habitantes de Paiva, la conocemos. Conocemos el destino de los ferrocarriles, de sus trabajadores, como así también la actitud que tomó el estado frente a ellos.

De aquel Estado intervencionista, "entrometido" en la formación de mano de obra calificada fueron quedando sólo vestigios, debido a la lenta pero sostenida implementación de políticas liberales, a mediados de la década del 70 y neoliberales en los 90.
".porque hubo mucho, mucho intento de cerrar las puertas del ferrocarril acá, se venía y. de la época de Onganía por ahí, por ahí en el se. si. se venía se venía con intento de cerrar, y después a lo último lo vino a cerrar Menem. Pero de anterior a Menem claro porque en esa huelga que fue ya. Fue con gente. Corrió hasta sangre porque hubo gente baliada. Y después ya (.....) volvieron a marchar los ferrocarriles, los trenes todo, como era. Pero después en el noventa vino, ahí vino ya. Cerrojo por completo." (Ex empleado del ferrocarril).

".y en el setenta (laguna, bache, en general los entrevistados que nos tocaron, no han hablado de los 70), bueno, ahí, ahí, ahí se trabajaba en el setenta, en fin. se trabajaba. en el ferrocarril, o sea acá en los talleres. Trabajaban normalmente pero cuando llego ya. por allá en el. a fin de siglo, no cierto, el noventa, ahí ya se empezó ir a menos hasta que después se cerró por completo, ahí no pasa nada, se cerró, esta como está hoy, esta. Hoy está peor que aquella época porque acá teníamos una planta de oxigeno que podía abastecer toda la provincia de Santa Fe, y queda nada más que los techos y las paredes. El transporte, el transporte, ¿cuánto más barato es el transporte por ferrocarril al del transporte por ruta? Hay mucha diferencia." (Ex empleado del ferrocarril).

Con estos relatos comprendemos la devastación producida por las políticas de privatización llevadas a cabo lentamente en las últimas décadas del siglo XX, y expresadas en su máximo esplendor en la década del 90, en la que se las dotó de un discurso según el cual la idea de mayor productividad era, y sigue siendo, asociada a la menor contratación de fuerza de trabajo.
Produciendo almas perdidas dentro del sistema laboral, en tanto invisibles en su condición de ser explotados.

"De pronto, familias que venían más o menos bien educando a sus hijos, de pronto estaban es esos Planes Trabajar, más bien humillados, porque estaban acostumbrados a poner su esfuerzo en el trabajo y cobrar su sueldo. Todos esto fenómenos se notaron muchísimo". (Ex trabajador ferroviario)

Espejismo y discurso. Los inadaptados.

En ese desplazamiento en el que los grandes capitales privados vienen a subrogar al Estado en el cumplimiento de sus cometidos, se instala una lógica perversa en donde los incompatibles son los hombres que no se reacomodan a las "nuevas" condiciones del mercado. El desarrollo económico en manos privadas sólo admite a quienes "se adaptan"; los que no están suficientemente preparados para la nueva modalidad, los irresponsables, no son las empresas, sino los individuos. "Es la relación capitalista la que sólo los trata [a los hombres] como portadores de funciones económicas y nada más. (.) tratar a los individuos como simples portadores de funciones económicas no carece de consecuencias para los individuos. (.) Tratar a los individuos como portadores de funciones intercambiables, equivale a (.)
determinarlos, marcarlos de una manera irreductible en su carne y en su vida. "

"El 90%. nosotros hicimos el mea culpa: nacimos estatalmente, vivíamos del Estado, cosa que nunca se nos ocurrió decir, che, por qué no empezamos a hacer alguna cosa que no tenga nada que ver con el Estado por las dudas".
(Ex ferroviario)

"Pero creo que los responsables somos nosotros. Y me hago cargo. Nosotros que éramos los principales interesados en conservar esta fuente de trabajo no la supimos defender. No salimos a defenderlo". (Ex empleado ferroviario)

"Acá [en el '91] no hubo huelga, porque, pareciera que todo el mundo [estaba] resignado de que las cosas tenían que ser así. Yo no sé si tanto nos metieron que los ferrocarriles una vez privatizados iba a ser una joya, y acá vemos en diez años o más de diez años, que siguen tan desastre o peor que cuando era estatal, y aparte pagaban lo mismo y mantenían mucha gente"...
(Ex ferroviario)

"En el 93 o 94, lamentablemente se cerró. Venían amenazando, porque ya en los 70 se decía que iba a cerrar y como esto es la razón de ser y la identidad, sobre todo de una población, no se puede creer que el único sostén de todo eso, la principal fuente de trabajo se cierre... no se puede creer, entonces nunca se creía... pero llegó en momento en que sucedió". (Ex ferroviario)

El discurso predominante que homologaba lo estatal con lo inservible y desechable fue incorporado por los empleados del ferrocarril, en este caso, tal como se lo enunciaba desde el gobierno, esa famosa capacidad de resignificación se produce, tal como lo enuncia un ex trabajador a continuación, con el paso del tiempo:

"Creo que ha habido un lavado de cerebro, nos han metido eso de que la industria privada iba a ser mejor y que el ferrocarril no sirve, tiene déficit, que lo pagamos todos, que con ese déficit se podrían hacer tantos hospitales, etc. No sé si han estado en contacto con APDFA"... (Ex trabajador del ferrocarril)

"Acá en Paiva se absorbió todo el discurso de Argentina 'primer mundo' la idea que a cada uno la indemnización era de 30.000 o 40.000 pesos-dólares. se imaginan que sensación de exitismo, de fantasía en la localidad. en Paiva no hubo resistencia en los 90 porque la resistencia la llevó adelante los
grupos comunistas que son combativos por naturaleza y generaba en el resto de la población incertidumbre de decir: ¿Dónde estoy parado?...la sensación entonces se genera la cooperativa y s indemniza a todos los ferroviarios y el negocio automotor y el de electrodomésticos funcionaban a pleno y las indemnizaciones se licuaron en un año y el más visionario empezó a especular y se puso el traje de financiero haciendo depósitos". (Comerciante de la zona)

En lo referido a la capacidad del Estado de asistir a los desempleados, también dejó de ser conveniente.

"El ferrocarril tenía noventa mil empleados, que en cierto modo era una solución a la desocupación también, ¿no? Sí, a lo mejor, donde tenía que haber uno había dos pero, por lo menos, la gente trabajaba. Ahora es peor porque se tiene que pagar planes sociales, se llamen Jefes y jefas de hogar
o Trabajar, y en muchos casos para no prestar ningún servicio". (Ex trabajador del ferrocarril)

Este quedarse huérfano de actividad laboral que sufrieron grandes grupos es vivido por los paivenses como una metamorfosis social en tanto surgimiento de figuras sociales nuevas y lamentablemente permanentes:

"Laguna Paiva quedó con todo ese tejido social que sostener, y también está el tejido que sostiene a las instituciones, que está conformado por gente desocupada, gente de los Planes Jefas de Hogar". (Ama de casa)

"... se estaba perdiendo la dignidad de la gente, y a eso se le suma la falta de trabajo, los Planes Trabajar, las mujeres barriendo las calles... todo eso es una transformación muy grande, y acá en una ciudad chica se nota más, porque nos conocemos todos". (Empleada municipal)

Además existen transformaciones en otros aspectos de la vida cotidiana, como puede ser en el plano familiar, la desarticulación entre la herencia de la profesión y el futuro laboral. En este sentido entra en escena la memoria generacional entendida como algo que abarca mucho más que la familia: "Es la
conciencia de ser los continuadores de nuestros predecesores. (.) del peso de las generaciones anteriores es manifiesta en expresiones de fuerte carga identitaria"

"Todos llevamos muy adentro al ferrocarril en Laguna Paiva porque se viene transmitiendo de generación en generación. En mi caso, mi padre fue ferroviario, mis hermanos han seguido el mismo camino. Y con la idea de que esto siga, que el día de mañana mis hijos, como los hijos de mis compañeros,
también sigan este camino". (Empleado del ferrocarril)

"Aparte, mi papá había sido ferroviario, no trabajó en los talleres porque era maquinista, pero tenía tíos, primos, parientes, vecinos que eran todos ferroviarios". (Ex trabajador del ferroviario)

"Yo no llegué a trabajar en el ferrocarril porque soy joven. Mi viejo, mi abuelo, mis tíos ellos están jubilados y otros quedaron fuera, como mis tíos .ellos hacen changas. Algunos tienen el Plan". (Trabajador de la construcción)

El eje central que ocupa el trabajo como organizador de la sociedad, como constructor de valores y sentidos, es un factor que todos consideran fundamental a la hora de sentirse miembros de su comunidad. Esto queda evidenciado en las propias familias paivenses, para las que "el legado ferroviario" se vio quebrantado

"Lo que pasa es que hasta le quitaron eso al padre, ahora dice trata de no ser ferroviario mirá lo que me hicieron a mí, 35 años en la empresa a ver si te pasa lo mismo, buscá otra cosa". (Trabajador de la construcción)

"Estimular a los chicos hoy cuesta horrores. Buscan lo más fácil. Hay dos cárceles cerca y los chicos apuntan a terminar el secundario y hacerse policía o guardiacárcel. Incluso los profesionales, con carreras universitarias, se tiran al escalafón de oficiales. La población de Paiva es media envejecida, porque toda la gente que salió del ferrocarril se puso su kiosquito, su almacén, para hacer lo que se puede. Y los adolescentes que pudieron se fueron a estudiar afuera". (Docente)

En tanto el trabajo se "flexibiliza" y las viejas estructuras se modifican, la ocupación como formador de identidad, se desvanece. Quedan individuos destrozados, sin trabajo, sin ferrocarril, desaparece ese lazo invisible que ataba a cada habitante de Paiva que, así, quedó sin su razón de ser. Sus habitantes quedaron sin su actividad, ergo, sin identidad. Lo único que se escucha es el mero recuerdo.

"y La Fraternidad se mantiene, ya no como comisión ejecutiva sino como delegación, porque al no tener personal activo, pasa a ser delegación, se trabaja con un delegado titular y uno suplente. Yo tuve la mala suerte que el otro periodo anterior se me falleció el suplente, ahora que iba a tenerlo de suplente también, me fallece también, y ya inicié yo por cuatro años (risas) como titular. Y La Fraternidad se mantiene, la delegación ahora, le dan por gastos seccional $60 cada seis meses. Con $60 no me alcanzaría ni para pagar la luz ni el agua."


Ciudad dormitorio

El cerramiento de los talleres no provoco únicamente frustración y desamparo, sino conllevó también a una sensación de soledad.

"Empezó a haber un problema social muy, muy grande. Nos fuimos transformando en lo que es hoy, una ciudad dormitorio. Los que tienen propiedades acá por más hayan conseguido trabajo en Santa Fe no pueden vender acá y comprar allá, porque no compran nada, alquilar es lo mismo. Una serie de cosas que
hacen que vos viajes, son 40 km., viajas una hora y media antes y una hora y media después. Y si te ponés a pensar qué es lo que hay, son los jubilados, que quedan muy pocos porque van falleciendo; maestras, policías, guardiacárceles. No se hace nada para tratar de revertirlo". (Docente)

"Ayer charlábamos que no se percibe del todo que pasa con la generación posterior. Porque los pibes tienen que haber absorbido ese discurso del orgullo de ser ferroviario, pero llegan a los 18 años y no hay ferrocarril donde trabajar. El quiebre tiene que ser muy grave, me parece". (Comerciante de la zona)

Así, con el cerramiento de los talleres, se hizo tangible, palpable, lo que flotaba en el aire: Paiva perdió lo que hacía de ella un lugar en el mundo, un destino; "se van de Paiva porque en ella no queda nada.", salvo su todo pero no es suficiente para vivir, así. Lo que les queda es el recuerdo de ellos mismos.
El transcurso del tiempo es un tema que aparece en algunas reflexiones "Las representaciones del tiempo varían según las sociedades y, también, dentro de una misma sociedad (.) El tiempo puede percibirse de manera cíclica, reversible o continua y lineal, y cada una de estas representaciones constituye el fundamento del modo de búsqueda de la memoria"

En el caso de Paiva, se trata siempre de un tiempo material, ligado a una actividad concreta, por eso no importa el tiempo verbal de la expresión de los relatos (presente, pasado o futuro) pues la percepción está inexorablemente amarrada a aquella actividad pretérita y ferroviaria.

"En general, si no mejora la cosa, tampoco mejora acá. En Rosario han recuperado mucho, pero es un polo muy industrial, siempre lo tuvo. Santa Fe no, en su momento tuvo la Fiat, tuvo la ¿?, tuvo la Bahco, tuvo la Siderar que fabricaba tornos, tuvo ¿? Que hacía aparatos para la industria lechera, pero después se paró. Siderar desapareció, ¿? [la segunda] también, Bahco restringida sigue. Paiva nunca tuvo una industria fuerte, siempre se usó en economía el ferrocarril". (Comerciante de la zona)

El tejido social se entramó en base al trabajo, no sólo como actividad genérica sino como formador de identidad. Ser ferroviario fue sinónimo de esfuerzo, de dignidad. En ello residió el orgullo, de sí mismo y de su país.
Esa trama tendida al costado de las vías, quedó deshilachada por el cierre de los talleres ferroviarios. Los paivenses continúan pensándose como miembros de una entidad que supo ser colectiva y que hoy, crisis de por medio, perdió aquella mítica unidad. No obstante, el contar durante las entrevistas, recordar la actividad febril de antaño, el ferrocarril y los talleres, les permiten una suerte de unión momentánea, no en lo concreto (porque no es suficiente el recuerdo), pero sí en lo simbólico. Lo que necesariamente viene ligado al recuerdo es, de inmediato, la ausencia de un eje promotor de actividad laboral.
Es innegable la supervivencia (mera y penosa) de todos los pueblos ferroviarios que subsisten luego del cierre de los distintos ramales, estaciones, talleres. Quedaron allí hombres y mujeres sin ocupación,
quedaron máquinas en suspenso, desheredados adolescentes y niños, gente sin un futuro laboral, es decir, sin futuro, quedaron comunidades espectrales, fantasmas sin riel.
El recuerdo de la época de oro de Laguna Paiva es productivo en tanto que enlaza a sus habitantes, pero es también negativo en tanto los paraliza. Así cuando escuchamos sus palabras notamos que "(.) Cómo en cada ocasión el pasado que se resiste al futuro se mortifica perdidamente con tal de continuar poseyendo el presente aunque sea con el tiempo caduco, obstinado y obtuso."

La huelga

Hay un hecho altamente significativo en la historia del pueblo: la huelga ferroviaria de 1961.
Sin embargo retomamos las distinciones entre memoria e historia desarrolladas por Joel Candau en donde "la historia apunta a aclarar lo mejor posible el pasado, la memoria busca, más bien instaurarlo,
instauración inmanente al acto de memorización. La historia busca revelar las formas del pasado, la memoria las modela (.). La preocupación de la primera es poner orden, la segunda está travesada por el desorden de la pasión, de las emociones y de los afectos."

En los relatos escuchados se asoman estos dos elementos: hechos concretos y sentimientos. Sin embargo, el uso y la reutilización de la memoria parecen borrar el límite entre lo acontecido y el significado del acontecimiento.
Pero esto no es, a nuestro entender, lo importante; lo relevante es cómo esta situación, de quienes vivieron en una ciudad de apogeo ferroviario, y otra, que únicamente conoce las ruinas de lo que supo ser, continúa entrelazando a los paivenses.
Hablan los entrevistados, y describen lo acontecido en la huelga; aunque con algunas diferencias y distintos grados de participación, todos se sienten atravesados y partícipes del hecho:

"Una resistencia única a la destrucción de los ferrocarriles que quería hacer Frondizi. Duró 42 días la huelga. Cuando ya querían aflojar algunos ferroviarios -algunos habían trabajado toda la huelga y otros a mitad de la huelga, escondiéndose para que no les hicieran algo a ellos o a la familia-, pero ahí fue cuando en Rufino, pasa un tren manejado por un carnero o un policía por un paso a nivel, para tratar de romper la huelga. Un conductor o un foguista con otro compañero le gritaba de abajo a los tipos que iban conduciendo el tren, y de ahí le manda un tiro la policía que le pega en el pecho y lo mata. Ahí se encendió la pólvora, pero la pólvora grande se encendió acá en Laguna Paiva, donde reaccionó otra vez las ganas de luchar, a la gente que estaba medio desanimada. Acá empezó fiando el comercio, pero en cierto punto no aguantaba más tampoco. En una de esas perdían todo lo que habían fiado, pero se la aguantó. Largan un tren de Santa Fe con un vagón de carga. Avisan acá que había salido de allá, entonces e amontonan todos en las vías para no dejarlo pasar... Entonces pensamos que venía custodiado con la policía, había que tener cuidado. De un poco más allá de la estación venía el tren, conducido por un ferroviario que había sido exonerado -de paso, era un alcohólico-, bueno a ese tipo lo compran para que conduzca el tren. Todo lleno de policías el tren. Pasa y hay que hacerse a un lado" (Ex trabajador del ferrocarril).

" si yo en el 61 vivía, no que vivía, yo había ido a visitar a mis padres en el 29 y estábamos escuchando en la radio por LT10, que había ido un tren de esos que querían romper huelga que querían pasar a San Cristóbal, y acá lo pararon le cruzaron durmientes y le prendieron fuego, y allá se veía la humareda, en el 29, son 12kms". (Ex Empleado ferroviario)

" en la huelga del 61, conflictos que hubo, como le estuve diciendo, eso que prendieron fuego los vagones, y rompieron todas las palancas de los ladines y dieron vuelta dos o tres vagones, los dieron vuelta y los tumbaron en la vía, y  ah, y después el tiro que le pegaron al compañero Oliva y Gómez". (Ex Empleado ferroviario)

"Ese día que venía el tren era a la hora de la siesta, la tranquila siesta pueblerina, entonces venía tocando pito, haciendo señas, avisando ¿no? Un grupo de mujeres, muy bravas y luchadoras -en realidad no eran luchadoras históricas, sino que lo descubrieron ahí- que vivían cerca de las vías dijeron "por acá no va a pasar", se lanzaron a la vía, se llamaban entre las vecinas, fueron a las vías y había una pila de durmientes por ahí y comenzaron a levantar esos durmientes pesados y los atravesaron en las vías... y el tren tuvo que parar. Lo mismo hicieron del lado de atrás del tren, de manera que el tren quedó en una trampa. Hubo tiros y hubo dos muertos. No recuerdo si uno murió enseguida. Fíjense que acto heroico el de las mujeres... cuando se desataron las mujeres, se sumaron los hombres que estaban por ahí, todos se lanzaron a las vías y ahí fue donde hubo el tiroteo, ya que venía con gendarmes el tren, porque quienes custodian el patrimonio es la gendarmería y también la policía local tuvo que tomar parte... no sé qué música tocaría el comisario de turno... no sé". (Ama de casa)

". yo acá tuve un grupo, bueno el grupo era. No era siempre la misma cantidad, a lo mejor muchas veces había 7 u 8 como había 25 o 30. allá en el campo, en un terreno que yo tengo, allá tenía como una. Un refugio teníamos allá. El refugio estaba hecho. habíamos hecho, en los mismos espacios donde yo explotaba la arena, quedaban como casamata, y bueno entonces ahí le poníamos varas de sauce y una lona, eso estaba cubierto, era el techo y abajo en la parte donde estaba el pozo hundido -no había agua nada, era toda tierra- ahí dormían. Estaban adentro de una casamata (o cajamata) yo le decía, tipo del ejército, o vizcacheras le llamábamos también, igual me tuvieron muchos días y la mantención yo se la llevaba. Venía a Paiva a repartir los pedidos de arena y llevaba la carne, los alimentos para allá".
(Trabajador agrario)


En las entrevistas emergía la emoción; como grupo nos sentíamos interpelados por y hacia estas sensaciones. A través de sucesos y pequeñas anécdotas, los habitantes de Paiva nos narraron su historia y con sus palabras construyeron y reconstruyeron una comunidad arrasada. Es tal vez allí, en el propio
discurso, donde se encuentran los lazos que permiten y posibilitan pensar nuevamente en un futuro para Paiva
"descontando el perfil ferroviario, creo que lo mejor que tiene Paiva son las escuelas y la biblioteca.. En el corto plazo se puede potenciar la educación y tratar de insertar a los chicos en fábricas. Creo que el perfil de Paiva en tres o cuatro años es hacer una ciudad cultural. Hacer alguna facultad." (Empleada municipal).
El relato de los entrevistados recrea una idea del pasado, que actúa como memoria cohesionadora, como elemento pedagógico transmisible. Ello sucede con el Día del Ferroviario, evento conmemorativo en la ciudad que dejó de ser celebrado en el año 1992, cuando no hubo más motivos para festejar:
"y bueno, se dejó de hacer, desde el 92. Anteriormente, sí, yo soy el ferroviario de bronce y bueno por mejor compañero, por la trayectoria. 20 años de servicio y usted lo ve. En la estación no hay nada. No tenemos nada".
(Ex Empleado ferroviario)

Cabría preguntarse por qué lucen decadentes, abandonados, la plaza, la estatua, el vagón, si estos elementos son concreciones de los relatos de ese pasado "lejano y dorado". Justamente esta contradicción este recordar y la necesidad de olvidar, es aquello que los paivenses nos trasmiten una y otra vez. Somos conscientes que es por medio de reelaboraciones del pasado como el hombre construye mitos, creencias y los traslada al presente desde distintos estados de ánimo. Si hay un sentimiento que se transmite y por el cual nos vimos afectados ese es la nostalgia que gobierna las entrevistas, y
la impotencia, agazapada detrás de cada recuerdo.

"..sobre todo que acá hay una identidad ferroviaria, es como un espíritu sin cuerpo. Está en el aire y hay una sensación en los jóvenes que si seguimos pensando en el ferrocarril no vamos a salir nunca de esa encrucijada. hay que borrar, no negar la historia, simplemente encontrar un cambio, otras expectativas, que surjan otros sectores, buscar una identidad distinta y que dejen de decir: 'Paiva la ciudad del riel, la ciudad ferroviaria. Que no sea un museo.'" (Empleado municipal)

La remembranza no funciona como recuerdo activo, al estilo del mito prospectivo que proponía Fanon para la acción sino, por el contrario, como elemento petrificador que trae como consecuencia la imposibilidad, la inmovilización, la cancelación de todo tipo de transformación.

A modo de conclusión

No importa la forma del discurso, ni su contenido (el taller que supo ser, la huelga del 61, los primeros retiros voluntarios, las situaciones cotidianas afectadas), en todas las voces, sin distinción de género, ni edad hay una sensación de abandono, de orfandad, de incertidumbre. No hay hilo capaz de recomponer el tejido deshilachado que la desaparición del ferrocarril causó entre los habitantes de Paiva.
Se advierte, en ese sentir colectivo, una pequeña grieta por donde se vislumbra algún tipo esperanza, pero no desde la acción concreta de los propios paivenses, sino desde la espera a la llegada de un Mesías anónimo, genérico. Que las soluciones lleguen a Paiva de algún lado, ya sea por políticas ferroviarias nacionales, de la mano del Intendente, o de un grupo de universitarios.
La comunidad está devastada y no encuentra en ella misma las fuerzas ni un camino para salir de la situación.
La circularidad que encontramos tanto en los tópicos de las entrevistas, como en los recuerdos terminan asfixiando, puesto que plantean una situación sin salida.
Volver sobre aquellas glorias pretéritas, sobre el destino o la identidad usurpada, ¿contribuye a reforzar la identidad, o ancla a los paivenses en un paraíso perdido y cada vez más lejano, impidiéndoles ver el presente?
Sin memoria, se sabe, somos vagabundos del presente. Pero vivir sólo de la memoria, o más bien sólo en la memoria, no es menos atroz. No es posible prescindir de la historia, la experiencia social o política, pero tampoco es posible ese viaje recurrente a un pasado remoto, porque ello funciona como un gas paralizante.
Precisamente en línea con esa preocupación, cabe entonces volver sobre los relatos aglutinados aquí deteniéndose ahora sobre aquellos que denotan resistencia y, a partir de allí, imaginar líneas de regreso al presente, y rieles hacia el futuro, sin ferrocarriles, sin talleres. Se impone a los paivenses la trémula y difícil búsqueda de una identidad y de un lugar en el mundo, lo cual de ordinario no se obtiene cruzándose de brazos a la espera de un Inspirado, ni dando giros interminables en el patio del pasado, como una noria de penas y glorias.
 
 
*Fuente: VÍAS ARGENTINAS. Ensayos sobre el ferrocarril.
Editorial milena caserola. 2010
-Contacto con los autores: viasargentinas@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
(uno)
 
 
lo malo de la poesía es que no haya reforma agraria.
lo malo de la poesía son las várices.
lo malo de la poesía son los pies planos.
lo malo es que 500 obreros trabajen para un capitalista.
lo malo de la poesía es la policía.
lo malo de la poesía es el hambre.
lo malo de la poesía son las manchas de humedad en las paredes.
lo realmente malo de la poesía son los ingleses imperialistas.
lo malo de la poesía es la tortura en las dictaduras militares.
lo realmente malo de la poesía son las torturas en democracia.
lo malo de la poesía son los hospitales precarios
en medio de edificios estrafalarios.
lo malo de la poesía es pedir perdón sin haber hecho nada.
lo malo de la poesía es la usura del negocio inmobiliario.
lo malo de la poesía es Monsanto.
lo malo de la poesía es la casita de chapa de los pobres.
lo malo, lo verdaderamente malo de la poesía es que no hable.
lo malo de la poesía son las Marchas Multitudinarias por la Seguridad.
lo malo de la poesía es Norteamérica.
lo malo de la poesía son las cárceles.
lo malo de la poesía es que esté escrita en versos y no en hombres.
lo malo, lo miserable de la poesía, es que calle.
lo malo de la poesía es que se quede en casa.
lo aborrecible de la poesía son los desaparecidos.
lo malo de la poesía son los Bancos y las comisarías.
lo malo de la poesía es la propiedad privada.
lo malo de la poesía es que en las escuelas latinoamericanas se enseñe inglés.
lo peor de la poesía es su ceguera intermitente.
lo imperdonable de la poesía es que solo se acueste con intelectuales.
 
 
 
(dos)
 
 
habrá que calzarse botas para la lluvia
o ir a la Recoleta y profanar cadáveres aún tibiecitos
jugar blackjack, beber whisky, andar con muchas lentejuelas en la peluca
escuchar música country y Leiv Be On dark
beber más whisky
acostarse con mujeres y con hombres y con ex ministros del Buenos Aires Affair
habrá que andar desnudo y pintado de amarillo
tener cara de buen tipo
nariz de payaso
un departamento bonito según feng shui y según Tun Tan
habrá que dejar una costilla sobre la mesa
de un juez de la Nación
y bajarse los pantalones en plena reunión de Arzobispos
habrá que vestirse de pájaro y saltar desde una torre encantada
habrá que ser huérfano de padre y de madre y no tener cabeza de mascota que tocar
habrá que ser físico/nuclear o físico/culturista o tener síndrome de campera de cuero
habrá que insultar de pie y orinar sentado
o citar las sagradas escrituras en alemán o en arameo mientras afuera nieva oro
habrá, en definitiva, que sentarse y llegar a un buen acuerdo
habrá que decirle a los niños que Dios finalmente, finalmente/
 
 
*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
*
 
 
si tuviera poesía, si acaso pudiera escribir lo que nos toca
si algo me animara, como un sueño
sería dibujarte una sonrisa
que surja en lo apacible
del cuenco que ha cavado en el dolor
como si fuera luz
mañana
 
 
*De Alejandra Alma.
https://www.facebook.com/alejalma
http://alejandraalmapoesias.blogspot.com.ar/
 
 
 
 
 
 
***
 
 
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