Friday, November 21, 2014

EN EL OCULTO LATIDO DE LOS RAMAJES DEL MUNDO...


*Obra de Claudio Uzal. ©
Gijón.








Uno de diez*



En cierto minuto quieto de la vida,
exploré a mi alrededor y los conté,
esos, los diversos rostros que reían
y probé mirar más allá de sus ojos.

Reduje así las multitudes del orbe,
a un grupo en que pudiera reflejar
aquello que atiné en mis caminos
y aún insistiría, errando al ocaso.

Serian diez personas y dos de ellas
tan dueñas de su propio pobre ego
que anublaban apenas mis miradas
y no quise azogarme en ese espejo.

Otras dos tasaban a todo el mundo,
con la misma vara y legal romana,
cuchicheaban entre sí, ni confiaban
como si no hubiera aún un mañana.

La quinta, que aducía ser la media,
hería de orgullo todo lo que tocaba
como el rey aquel que bebía del oro
y sin embargo ya estaba maldecido.

Estaban las siguientes, extraviadas,
una, en un amor no correspondido,
otra en pasiones que correspondían
pero ajena a todos los sentimientos.

Seguía el indiferente, el sujeto nulo,
gélido y calculador, pero ya muerto,
y el soberbio, mi principal enemigo,
de todos es el que más herida causa.

La última persona que vi me amaba,
una sola en el mundo, única especie.
sus ojos tenían la certeza de conocer
lo que impulsa el latir de un corazón.

En cierto minuto quieto de la vida,
exploré a mi alrededor y los conté,
esos, los diversos rostros que reían
y probé mirar más allá de sus ojos.


*De Jorge Lacuadra.  jorgelacuadra@hotmail.com











EN EL OCULTO LATIDO DE LOS RAMAJES DEL MUNDO…






Bosque*



esta inocencia de animal

buscando un hilo

para bordar el bosque.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar









GLORIA*



*Por Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu


Entre las cosas que recuerdo con mayor agrado están las vacaciones escolares que disfruté durante la infancia y los primeros años de la adolescencia. Mis meses favoritos coincidían con el final del curso escolar y del año. El resto del tiempo lo pasaba en un mar de fantasías, esperando que llegara el momento en que se cerrara temporalmente la puerta del colegio para irme a la finca de la abuela Alberta, ubicada a menos de un kilómetro del barrio Cuatro Caminos, a dos del pueblito La Prueba y a unos 30 de Santiago de Cuba.

Montar a caballo, cazar, pescar e ir de gira al río y a los arroyos que estaban dentro de la finca; disfrutar del circo ambulante que acudía los domingos a La Prueba, acompañado de un tiovivo; y comer “ayaca”*, frituras de maíz, empanadas y carne de puerco asada, eran fantasías que se convertían en realidad y lo más cercano que yo conocía como paraíso.

Sin embargo, no siempre ese paraíso se comportaba como era de esperar y otra cosas se convertía en el acontecimiento más importante y recordable del período vacacional. En el verano del año 1959 lo fue, sin duda, el regreso de Gloria al caserío Cuatro Caminos.

Una parte de la historia de ella la escuché, en esa época, de boca de los hombres más viejos del lugar y otras las conocí por las quejas y maldiciones de las mujeres que de una manera u otra se vieron involucradas, pero pude presenciar todo cuanto ocurrió el día de su retorno.

Cuentan quienes la tuvieron como vecina, que nunca fue de una belleza tal como para volver loco a ningún hombre, pero su presencia los trastornaba y por algún magnetismo los atraía hacia su entrepierna sin importarles las consecuencias; que casados y solteros la perseguían como hembra en celo dispuesta a recibirlos y que varios de los más jóvenes perdieron la virginidad dentro de ella. Algunos creen que un lunar al lado de la boca, dos labios gruesos que siempre parecían llamar y la fuerza con que sus caderas balanceaban las flores estampadas en su falda, pudieron ser la causa de tantos desatinos. Otros, que dicen haberla conocido íntimamente, aseguran que era el olor y el calor que desprendía su cuerpo. No había brujería ni plegaria ni promesa a santo alguno que apaciguara su cuerpo y llevara la paz a los hogares de Cuatro Caminos.

Había pasado más de un año desde aquella mañana en que no la vieron desde muy temprano barriendo el patio y el pequeño jardín del bohío en que vivía con Seledonio, su padre, y tampoco en el resto del día ni en los  sucesivos.


Su desaparición dio lugar a diversos rumores: “que si se había ido a vivir al Rantel con uno de la familia Carbonell”; “que Seledonio, avergonzado, la tenía encerrada dentro de su finca en un “vara en tierra”*; “que cualquier día aparecería muerta en alguna cañada”. Hubo hasta quienes aseguraron que la noche  anterior había pasado un guardia rural y ella iba montada en las ancas de su “quarter horse”  y otras tantas versiones, con que las mujeres del entorno pensaban haber encontrado la paz y los hombres el desconsuelo. Ninguna cierta.

A las dos semanas de estar ausente, Rosa, la hija mayor del farmacéutico de La Prueba y única amiga que se le conocía, llegó  a Cuatro Caminos agitando una carta por encima de su cabeza  y  gritando a toda voz: “Es de Gloria y está en La Habana”. En poco tiempo todo el vecindario conocía lo que le interesaba de la carta. En ella decía que desde su adolescencia, a cualquier hora del día o de la noche, había tenido un macho encima solo por placer y para complacer, por lo que había decidido irse lejos y sacarle provecho a lo que durante demasiado tiempo había estado dando gratis, y terminaba: “Estoy bien, en uno de los bayú del barrio Colón, haciendo todo el tiempo lo que más me gusta sin que nadie me critique y además, gano dinero.”

El día y la hora en que regresaba se supo por Ñico, un botero que hacía regularmente viajes entre Santiago de Cuba y La Prueba, y el comentario de este fue suficiente para que se decretara el estado de alerta entre los vecinos.

Desde  el momento en que Gloria se bajó del carro en el entronque del camino con la carretera,  empezaron a correr las voces que señalaban el sitio por donde iba pasando: “ Llegó a la curva de los Milanés”, “ Está frente a la casa de Trigilio y Agustina”, “ Se acerca a la entrada de Domínguez”…  y en sentido contrario a ella se iban aproximando vecinas y curiosos a la cerca que separaba la casa de Seledonio del camino, para quien ya nada alteraba su rutina de vestir guayabera blanca, pantalón de caqui  y pasar la mañana  sentado en un taburete junto a la puerta del bohío.

Gloria caminaba despacio, segura y con la vista al frente como si ya conociera de antemano y en nada le importara las habladurías ni la desconfianza de las vecinas, que de inmediato achicarían la soga a sus maridos y alertarían a sus hijos de los daños que provocaban las enfermedades venéreas.  ¿Será descarada? ¿Qué sinvergüenza? dirían éstas, sin la menor tolerancia.

Al llegar a la entrada de la que había sido y volvería a ser su casa se detuvo y  mirando a los congregados removió su falda estampada como para disipar el calor que guardaba e improvisó, en tono profesoral, unas palabras para quienes la “recibían”:
“He vuelto- dijo- los tiempos han cambiado. Las putas, las criadas, los chulos y los ricos están por acabarse y yo estoy muy vieja para empezar otro trabajo o ir a una escuela a estudiar como propone el gobierno”. Y agregó en tono irónico, conciliador o misericordioso: “mis vecinas, no tienen de qué preocuparse.  Lo que hacía cuando estaba aquí ya lo he hecho demasiado y no siempre por mi gusto, por lo que no abriré más ninguna de mis puertas al público. El que no tenga como aliviarse, que se busque una yegua o use sus manos.”  Se volteó, atravesó el jardín, se abrazó a su padre y juntos penetraron en el bohío.

El sorprendente “discurso” enfrió los ánimos de las mujeres que se habían preparado para hacerle la guerra y desmayó el apetito de quienes recordaban y pretendían volver a obtener sus favores sexuales. No hubo aplausos, solo algunos comentarios de aprobación por parte de las mujeres y alguna que otra risita de incredulidad por parte de los hombres. Luego, el grupo se fue disolviendo en silencio y con menos prisa que con la que se había formado.

Pasaron los años y aquélla mujer, que había regresado en una de mis vacaciones de verano, siguió el destino que anunció aquel día. Desde entonces y hasta su muerte, en 1997, nadie pudo censurarle el menor desliz en su conducta, se integró a las actividades sociales de la comunidad y llevó una vida tranquila, en la finca que heredó del padre.

En ninguna casa, en ninguno de los caminos que partían o llegaban a los Cuatro Caminos se volvió a hablar de la “otra” Gloria.


* Ayaca: maíz tierno molino y sazonado, envuelto en hojas de la propia mazorca y hervido.
* Vara en tierra: techo de dos aguas con una pequeña puerta de entrada, que descansa directamente sobre la tierra.









POMPEYA*



En el oculto latido de los ramajes del mundo
infrinjo la esencia de la noche remota
mis vísceras anuncian una danza relegada
en los balcones de ensueños tu cabellera salina.

Depongo la investidura y me muestro huérfana
de ideologías ceñidas al hielo de la sombra
por el deseo henchido de reconciliar tu carne
y amarrar mis sudores a los tuyos.

Sé que crepitas al otro lado del espejo
que mi cuerpo sorbes en un haz de luz
y que parado sujetas solitario y desnudo
la perennidad de mi inmanencia

salpicada en ti.


Recuerda que resbalo en todos tus confines
y te amamanto bajo el Vesubio.



*De Natalia Lara. cpc.larag@hotmail.com








EMBRIAGUEZ *


“El escepticismo es la embriaguez del atolladero”.
CIORÁN, EMILE M-


Todas las muertes anteriores.
Todas, el hombre, las hizo bajo discretas sombras.
Casi en penumbras. En atolladeros.
Fueron incuestionables. Indemostrables.
Solo él lo sabía.
Hubo rumores de las muertes, en cuclillas.
Algún dios testarudo también dudó.
El resto afirmó que todo era mentira.
El, cara de plomo afable.
Besaba día a día el espejo.
(Excepto los días muy nublados llevaba gafas)
Hambre de sexo y fotofobia.

A su forma, amaba su desnudez oscura.
Cuando derramaba sus ubres relucientes.
Sus grandes pezones le recordaban a su madre.
A uvas maduras, A cabras. A preñez de yegua.
Le embriagaban la noche y sus manzanas de oro.
Deliraba por su rosa lívida de carbón y litio.

El temblor de palomas en sus muslos negros.
Olvidó el lucero del alba.
La mujer era un cardumen de abejas al sol.
Era luz, pura luz atroz y amor amargo.
Llegó a dudar de si mismo. De su cordura.
Escéptico. Loco. Sin salida.
Por eso, por eso, la mató. A plena luz del día.
A plena luz del día, la mató.

Dicen, que cuando el espejo se oscurece la besa.
A escondidas, frenético, la besa.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar











La Venus de Euston Road*



*Por Juan Forn



Si sonaban las alarmas antiaéreas en las calles de Londres durante la guerra, se sabía que el mejor refugio antibombas era el sótano de Faber & Faber, que tenía buena luz y una estantería de buenos libros. Allí descubrieron los pintores de la pandilla de Lucian Freud a una chica preciosa que vivía justo enfrente del galpón que usaban de atelier. La llamaron la Venus de Euston Road y la cortejaron tupido, pero les ganó de mano el gordo Cyril Connolly, que se la llevó como secretaria para su revista Horizon. La chica se llamaba Sonia y era tan despierta y lanzada que pronto empezó a mandar cartas en primera persona del plural a los escritores famosos que colaboraban en la revista (“Creemos que su texto es demasiado largo & falla en el principio & agradeceríamos lo enmendara –adjuntamos estampillas para el reenvío”–). Al final de la guerra, el gordo Connolly volvió un día de sus habituales almuerzos de cinco horas con un personaje inesperado: su viejo compañero de colegio Eric Blair, que había abandonado la casta de los privilegiados para convertirse en George Orwell, la molesta e insobornable conciencia moral de Inglaterra, el paladín de la integridad, el pobretón George Orwell. “Ahí tienes lo que mantiene funcionando a Horizon”, dijo Connolly, señalando a Sonia. Orwell la invitó a tomar una copa, le habló de su soledad crónica (su esposa había muerto dejándolo con un bebé adoptado, acababan de diagnosticarle tuberculosis) y le propuso matrimonio. Sonia prefirió irse a París enviada por Horizon a fichar autores para la revista.
En el sótano del Tabou, donde Juliette Greco servía copas y Boris Vian tocaba la trompeta, frecuentó a Camus, Bataille, Lacan y Marguerite Duras y conoció al amor de su vida, Maurice Merleau-Ponty, el único filósofo que sabía bailar. El flechazo fue mutuo, él la visitaba en Londres y la recibía en París, pero se negaba a dejar a su mujer. Luego de cuatro años de esta rutina, Orwell reaparece en la vida de Sonia. Es casi un muerto en vida: su hermana se ha hecho cargo del bebé y él ha gastado las energías que le quedaban escribiendo una novela que piensa titular 1984 y cuyo personaje femenino está basado en ella. Orwell está en el hospital, Sonia va a visitarlo diariamente. El le habla de la Policía del Pensamiento de su novela, ella le dice que así eran las monjas de su internado: nadie tenía derecho a ningún secreto, a ningún pensamiento propio. Le dice que por eso escupe cuando ve una sotana por la calle y se acuesta con quien quiere y su bebida favorita es el Campari, la verdadera sangre de Cristo. Orwell vuelve a pedirle casamiento (“Tengo 46 años, cinco dientes postizos, várices en las piernas y esta maldita tos. Sólo te pido honestidad y humor”). Ella cree que realmente puede curarlo, si se lo lleva a los Alpes suizos. Le dice que él le dictará sus libros y ella tomará nota y que el aire de montaña hará el resto. Ella misma compra su anillo de compromiso con un cheque por regalías que le da él. Pero cuatro días antes de partir, Orwell muere. El casamiento duró menos de tres meses. Por la delicadeza del estado del paciente, marido y mujer podían verse sólo una hora al día, y ninguna si Sonia se pescaba un resfrío, cosa que ocurrió y le impidió estar junto a él cuando murió.
Sonia fue a refugiarse a Francia, con su amiga Marguerite Duras. Merleau-Ponty iba a visitarla a escondidas, pero seguía negándose a dejar a su mujer. Sonia volvió a Londres y Connolly le avisó que Horizon iba a cerrar. Un buen amigo de ella, Michael Pitt-Rivers, cayó preso en una redada de homosexuales. El asunto era un escándalo: Pitt-Rivers era de la nobleza y además era un don de Oxford. Sonia aceptó casarse con él para librarlo de los rumores, pero después se autoconvenció de que podía “curarlo”. El matrimonio duró poco: Pitt-Rivers prefirió ejercer libremente su sexualidad fuera de Inglaterra, le cedió su coqueta casita de Londres y le pidió el divorcio. En esa casa recibió Sonia la noticia de la muerte de Merleau-Ponty y tuvieron lugar sus dos intentos de suicidio y la decisión posterior que le ganó la mala fama que padeció hasta su muerte: ser en cuerpo y alma la viuda de Orwell.
Los ingleses pueden ser tremendos cuando quieren, y fueron tremendos con ella. Nunca le perdonaron que se hiciera llamar Sonia Orwell, en usufructo de fama ajena (si no quería usar su apellido de soltera ni el de Pitt-Rivers, la portación de apellido que le correspondía era Blair). Además, la acusaban de alcoholismo, promiscuidad y derroche de la fortuna que habían empezado a dar Rebelión en la granja y 1984, convertidos por la Guerra Fría en explosivos best-sellers, como metáforas del totalitarismo. Lo significativo es que la santificación de Orwell se debió en gran parte a Sonia: a ella le pidió antes de morir que evitara que se escribieran biografías sobre él (temía que le pasara lo que él mismo había criticado a Gandhi) y a ella se quejó con amargura del tiempo que había perdido haciendo periodismo en lugar de escribir más libros. Sonia creía lo contrario, estuvo diez años seleccionando de una montaña de notas de prensa, cartas, cuadernos y borradores, y en 1968 publicó un tomazo formidable que tituló The Collected Essays of George Orwell y demostró, con esa suma de papeles dispersos, los alcances del pensamiento y la pluma de su marido. Hasta entonces nadie en Inglaterra ponía a Orwell a la altura de los verdaderamente grandes; fue Sonia la que corrigió el error, y el establishment literario no se lo perdonó: canonizaron a Orwell y la crucificaron a ella.
Si la CIA hacía una versión propagandista de Rebelión de la granja y bombardeaba con ella los países comunistas, era culpa de Sonia. Si el hijo adoptivo de Orwell, ya adulto, vivía modestamente en un pueblo perdido de Escocia, era culpa de Sonia. Si se ocupaba de que Jean Rhys, Ivy Compton-Burnett y J. R. Ackerley no pasaran necesidades en sus últimos años (Sonia les hacía enviar desde Harrods la mermelada, el té y el gin favorito de cada uno de ellos y les organizaba almuerzos con escritores famosos para levantarles el ánimo), la acusaban de dar la espalda a los verdaderos necesitados, como hubiera querido Orwell. Si se hacía cargo de la viuda y los hijos de Connolly era porque sólo le importaban sus amigos bienudos. Si prohibía biografías era porque no quería quedar mal parada.
Lo que recién se supo con su muerte fue que Sonia hacía esas cosas con dinero que sacaba a sus amigos ricos y que ni un peso de la fortuna que daban los libros de Orwell iba para ella, o para el hijo en Escocia. Orwell nunca pensó que sus libros darían plata; antes de morir firmó un documento de plenos poderes a un contador para que no quedaran deudas en el hospital, y todo el dinero acumulado había ido a manos de él. Después de una batalla judicial que duró veinte años y le costó su casita londinense, Sonia logró recuperar los derechos de Orwell, los cedió enteramente al hijo adoptivo y se fue a morir a París a un departamento en un quinto piso, sin baño y sin ascensor. Marguerite Duras, la viuda de Connolly y la de Merleau-Ponty le mandaban dos veces por semana botellas de Campari, libros y cigarrillos.
















¿ME VES?*



Caminar camina cualquiera, la cuestión es cómo.
Chesterton era un gran observador, genial diría yo, anotando esos detalles que hacen que uno se sorprenda y diga "pero claro, si", y uno lo vio mil veces pero no lo dibujó en su cuadernito.
En uno de esos misterios del Padre Brown, detective y cura, personaje como Holmes o Monsieur Poirot, se comete un crimen en un club de caballeros, y pese a la imposibilidad de la cuestión nadie ha visto al asesino.
Imposible, las habitaciones estaban ocupadas, el criminal debiese de haber sido invisible para atravesarlas todas sin ser notado.
Como maligna espectadora de película de misterio, me regocijo contándoles el final. El Padre Brown llega a la sorprendente conclusión de que no hay diferencia entre el oscuro traje de los caballeros, el oscuro traje de los mozos. Nadie repara en ello, porque les es evidente que las dos clases se diferencian de inmediato. Es ridículo siquiera pensar que un caballero pueda confundirse con la servidumbre. Pero, ¿es así realmente?
Pues bien, cuál es la diferencia entre hombres trajeados y atildados que transcurren los mismos espacios. La forma de caminar.
Cuando en un salón había sirvientes, el asesino daba trancos largos, despreocupados, erguido y un poco echado hacia atrás. Cuando pasaba por la sala de fumadores donde departían los señores, por ejemplo, daba pasos rápidos y cortos, un poco encorvado, los brazos junto al cuerpo.
Se había vuelto invisible.
¿Cómo se operaba el prodigio? Simple. Uno no nota más que a los de la propia clase. Los demás son decorado, comparsas, extras.
Ni los mozos ni los caballeros lo veían, ninguno lo registraba en la memoria.
Consultado un testigo de un episodio en la calle, el hombre pudo describir a la señora, al hombre que manejaba el auto, al policía. Cuando debió precisar las notas de un chico de la calle dijo "qué se yo, era como todos". No recordaba la ropa, la cara, nada de nada. Si son todos iguales,  ¿no?
Y me pregunto si es esto un reproche o una constatación. No nos engañemos, por más conciencia social a la que reguemos todas las mañanas aplicadamente, no podemos dejar de sentir allá en la trastienda que los semejantes son los semejantes, es decir los que se nos asemejan.
La cosa sería que las categorías de semejanza se expandieran, que abarcaran a toda la humanidad, que cuando uno va por la calle pudiese ver a la mujer en el suelo, no a una aborigen más difusamente marrón, que el nene en el semáforo sea un niño y no uno de esos limosneros que ya me tienen harto; que cada ser humano sea eso, un ser humano y no una categoría, un exponente de su estrato.

Sólo así cambiaríamos algo. Viéndonos al mirar.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com









*


Muerde la noche
el fruto silencioso
y la realidad
se escurre,
ávida y brutal.

La vena abierta,
los signos ominosos
de ser una y ser otra
y nunca yo,
la que sucede
en los días.

Ser y existir
son sinónimos
de un sarcástico lenguaje.



*De MARIANA FINOCHIETTO.











*


Era una compañera de escuela y se llamaba Paulina. Caminaba como distraída del mundo, con los carteles que le colocábamos en su espalda: "no sirvo para nada", "estoy loca", por ejemplo, los más suaves. Si supiera que la recuerdo siempre y que regresa en todos mis cuentos, asoma la cabecita un poco extraña y diferenciada de todas, en muchos de mis poemas y novelas. Ella era de otro mundo, de algún paraíso único y absurdo, lejano a nuestras risas, a nuestra grosería, a mi propio miedo de ser como ella, de otro planeta.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com






***

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