Friday, June 26, 2015

AHORA A BUSCAR LA VIDA...

*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam








Buena tierra*


Para Ana María Cursack



Desaprender
(que no es lo mismo que olvidar).

Arrojar en el pozo la basura,
afirmar el terreno
(ya está cerca
la cota circundante).

Dejar que llueva.
Volver a compactar.

Sin rebeldía ni encono
acatar la consigna:

barro
                    basura
                                              esfuerzo
                                                                         tiempo
producen buena tierra.


Los que siguen
podrán edificar.



*De María Amelia Schaller. mariameliaschaller@gmail.com








AHORA A BUSCAR LA VIDA…







 
VISITAS*


Estamos comiendo en la cocina
cuando se nos presenta una gran cucaracha.
Pensamos en matarla con una escoba,
mas no tenemos escoba.
Tratamos de exterminarla a zapatazos:
se nos escapa siempre.
La perseguimos con amenazas y puñales,
la perseguimos con determinación.

Desde lo alto
le enviamos maldiciones, migas de pan,
ortigas, hielo.
Desde lo alto le leemos un sermón sobre el pecado,
un larguísimo poemas del revés.
¡Todo es inútil, todo!

Pensamos que debemos reconocer nuestro
horrible fracaso.
Ella no responde a nuestra persuasión.
No deja de reírse desde sus ojos feos,
desde su cuerpo negro, desde allí.
Entonces comprendemos que lo mejor
es aprender a amarla.

Y no sabemos cómo.



*De Silvia Arazi.
-Fuente: "La medianera. Una novelita haiku", Silvia Arazi, Interzona, 2013


 




La marca doble*



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com



EL DIECISIETE DE MAYO, (el año se me ha borrado y además carece de importancia) comenzaron las celebraciones de la Fiesta de la Primavera. Durante los dos primeros días, fiel a mi costumbre, conseguí mantenerme alejado de los festejos y, sobre todo, del insoportable bullicio. Al tercero, después de anochecer, unos amigos vinieron a buscarme con la irrevocable intención de llevarme con ellos al baile final, famoso colofón de las fiestas.
Si este hecho trivial no hubiese llegado a producirse; si yo, obedeciendo a mi natural inclinación hacia la soledad y la calma, hubiera permanecido en mi casa, ajeno a toda algazara, quizá mi vida tendría otro signo, quizá sería tan insulsa y feliz como la de cualquiera de mis vecinos.
Pero acudí al baile. Como era previsible, bebimos en abundancia. No permanecimos indiferentes a la belleza de las desconocidas, aunque nuestros requiebros sólo consiguieron despertar alguna sonrisa, leves rubores y una que otra mirada no del todo amable. Al filo de las tres, lejana ya la medianoche, unas jovencitas sin compañía nos aceptaron a su mesa. Bailamos por turnos, charlamos de trivialidades, nos divertimos. En algún impreciso momento, se habló de tatuajes, de marcas. El tema me interesó. Una de las chicas (llamada Raquel, creo) mencionó una curiosa señal en forma de cuarto creciente, situada, por lo general, al lado de la pelvis. Más arriba, donde el pecho busca la intimidad en las profundidades de la axila, otra cicatriz, ésta en forma de cuarto menguante, completaba el dibujo. La posesión de tales signos determinaba un horror sin límites, aunque la joven no recordaba los términos precisos en que estaba redactado el artículo que se refería a ellos. Se discutió, hubo matices irónicos, agudas chanzas.
Sólo yo permanecí callado. Raquel hizo notar que, al margen de toda discusión, ella poseía una antigua Enciclopedia, poco conocida, donde figuraba cuanto acababa de decir. Con una sonrisa de triunfo, nos invitó a comprobarlo, invitación que algunos interpretaron como un tácito consentimiento a la continuación de la fiesta en camas ajenas.
Así pues, nos dirigimos a su casa entre mordaces comentarios y esperanzados pensamientos. Las calles ya silentes nos vieron pasar. Alguna farola parpadeaba, como un guiño cómplice. Ajeno a las conversaciones, yo meditaba. Como sus amigas ya parecían haber elegido pareja, nuestra anfitriona trató repetidamente de animarme. Por educación, conversé con ella, pero mis pensamientos se hallaban dispersos por otros territorios menos seductores.
Frente al número cuarenta de una avenida que en ese momento no reconocí, la chica se detuvo de improviso. Entramos a un patio grande, con maceteros a ambos lados. En un ascensor acristalado subimos al cuarto piso. Nos recibió un salón enorme, amueblado con gusto. Raquel (si es que en realidad era ése su nombre, si es que alguna vez existió) nos sirvió licores de frutas y brindamos por nuestra reciente amistad. Tras un rato de charla, hice notar el motivo de nuestra visita, pero nadie hizo el menor caso. Como la conversación comenzó a decaer, una de las chicas cogió a Pablo de la mano, susurró algo en su oído y salieron de la habitación, abrazados, en busca de la intimidad de las alcobas. Gradualmente, los demás hicieron lo propio, dejándome a solas con Raquel. Ella me miró con sus ojos grandes, esperando acaso que me decidiera a besarla.
—Enséñame el artículo, por favor —pedí. Creí percibir una opacidad en su rostro, pero accedió a mi súplica y buscó la vieja enciclopedia. En medio de un extenso párrafo, pude leer:
«...de los designios divinos. Porque aquellos que posean la citada marca sólo podrán alcanzar las impías aguas de la muerte en la misma forma en que accedieron a los complejos laberintos de la vida: A través del acto supremo del amor».
Después de haber leído varias veces esas enigmáticas líneas, de repasar toda la página en busca de alguna posible aclaración, dejé el libro sobre la mesita de cristal y me quedé mirando, como alelado, los entreabiertos labios de Raquel. Lentamente me quité la camisa, dejando al descubierto mi torso velludo. Cerca de la axila, la marca en forma de cuarto menguante me delataba.
—¿Quieres ver el resto? —pregunté. Ella, turbada, apenas fue capaz de abrir la boca para musitar una excitada afirmación.
Desabroché los botones del pantalón. Allí, muy cerca de la pelvis, el cuarto creciente se destacaba desafiante. Ante mi sorpresa, lo tocó. Sus dedos subieron muy, muy lentamente por mi piel hasta llegar a la cicatriz de mi pecho. Muy confusa, retiró la mano y se puso a dar vueltas por el salón. Me aproximé a ella, rodeándola con mis brazos.
—No puede ser cierto —musité—. De serlo, ya estaría muerto.
—Vete, por favor. No podría soportarlo.
—Te deseo. Ayúdame a salir de dudas.
—Déjame. No me toques. Me das miedo. Vete. Quizá podamos vernos en otra ocasión. Ahora necesito tranquilizarme.
—Está bien. Pero vendré a verte. Tenemos algo pendiente.
—Sí, sí. Otro día. Ahora vete.
Así, sin siquiera despedirme de mis amigos, me marché de aquella casa. Ardiendo por la fiebre, tomé un taxi que me llevó a mi barrio. Sin desvestirme, me metí en la cama y me dormí profundamente.

Ni al otro día, ni nunca, pude hallar la casa de Raquel. Ninguna avenida se parecía a la que atravesamos aquella noche. En toda la ciudad no había un sólo portal con el número cuarenta que tuviese maceteros en el patio. Mis amigos no me sirvieron de ayuda, puesto que apenas recordaban lo sucedido. Ensayé diversas alternativas (Un 46, un 48, un 140 a los que se les hubiese borrado una parte) sin obtener resultado. Finalmente, cansado, determiné que todo había sido un sueño de borracho.
Pero las palabras estaban extraordinariamente claras en mi mente. La marca, implacablemente presente sobre mi cuerpo.
Para cualquier otro, en cualquier otro tiempo, la idea de la inmortalidad hubiese podido resultar, tal vez, atractiva. No creo que nadie, en este atormentado siglo, pueda jactarse de desearla en toda su espantosa grandeza.
En ese tiempo, me horrorizaba la idea de sobrevivir a toda una generación, de ver marcharse a los familiares, a los amigos, de asistir a innumerables entierros y volver a recomenzar. Pero, ¿Por qué detenerse ahí? ¿Por qué no imaginar a las generaciones futuras? Podía ver multitudes naciendo y creciendo vertiginosamente, yéndose sin apenas haber podido musitar una palabra de despedida, muriendo una y otra vez ante mi impasible mirada de muerto sin lápida ni responso ni lágrimas sinceras. Los veía como danzantes a mi alrededor, como figurantes de un teatro imaginario, representando los pormenores de una vida gris cualquiera para un único espectador que no podrá aplaudir, ni tan siquiera dedicar una sonrisa de ánimo a los sufridos actores, ya que su papel no ha hecho más que empezar, y habrá de prolongarse hasta el fin de los tiempos, a no ser que sea capaz de hallar el consuelo de la muerte en el amor, en el acto supremo del amor...

Acaso sin quererlo he mencionado el auténtico problema: Nunca quise a nadie. Es decir, a nadie que me correspondiera. Como todos, he cultivado amores imposibles. Como todos, me he acostado por simple placer. Nunca tuve en mis brazos a una mujer de la que estuviera sinceramente enamorado. No podría afirmar que mis amantes ocasionales hubiesen estado enamoradas de mí.
Así pues, de ser cierto lo que leyera en aquel libro, me enfrentaba a un doble problema. La muerte, sin ser atractiva, es un hecho inevitable y, en cierto modo, deseable cuando se ha llegado al final del camino. Pero, ¿cómo determinar ese final? ¿Cómo saber que efectivamente estamos preparados para afrontarla?
Por otra parte, me imaginaba anciano y solo, buscando grotescamente el amor que no he sabido despertar en mi juventud. La alternativa no era en absoluto alentadora. Debía dedicarme de inmediato a la búsqueda de esa mujer que había de rescatarme de mi destino. Si tenía éxito, mi vida se vería truncada en su justo cenit. Si no...
Conjeturé que el destino, ese destino que había sido predicho siglos antes de mi nacimiento, me exigía una entrega total. Como es natural, pronto surgió una nueva pregunta: ¿Sería yo capaz de entregarme hasta ese punto? ¿Cabría en mí ese apasionamiento, esa llama de la que a menudo hemos oído hablar, tan frecuente en las novelas? ¿No sería más bien uno más de los miembros de esa multitud sin nombre y sin rostro que abarrota los autobuses y los vagones del Metro y colapsa las calles con sus utilitarios en las horas punta, esa multitud que parece insensible al dolor, a la desesperación, a la pasión, a cualquier manifestación ajena a la rutina que gobierna los minutos que van eternizándose...?
Excitado, atemorizado, frecuenté las esquinas de los barrios prohibidos. Así conocí a Virna, muchacha joven y bonita cuyos ojos parecían haber estado esperando mi llegada desde siempre.
Unos angustiosos minutos entre el olor a suciedad de la habitación alquilada y a colonia barata y a sexo, sintiéndome incómodo ante la mirada lánguida de amor por contrato que yacía en el fondo triste de los ojos (más prosaicos en la intimidad) de la chica que me acariciaba, de aquella mujer prematura que apenas pudo sonreír fugazmente cuando terminamos y le di el poco dinero que quiso pedirme, me convencieron grotescamente de la inutilidad de tales experiencias. Con el olor aún pegado a mis ropas, fui a emborracharme.
En medio del delirio, comprendí, con la resignación nacida de las continuas frustraciones a las que casi nadie es ajeno, que debía producirse una combinación imprevisible de factores favorables, que tenía que provocar un momento único e irrepetible en el que todo mi ser se concentrase en un miembro, en una sacudida de deseo que me llevase al otro lado en medio del éxtasis embriagador y dulce y, sin embargo, tan cruel; éxtasis liberador y asesino, verdugo y puerta entreabierta, tiniebla y salvación...
Así, esta idea fija guió mis pasos por plazas y avenidas de ciudades sin nombre y sin memoria de mi búsqueda; me introdujo en discotecas, cines, teatros y bares de moda; me llevó, en suma, a cuantos lugares pudiesen permitirme el inicio de una relación. De este modo, conocí a muchas mujeres, deseé a otras, logré trabar amistad con algunas y conseguí acostarme con unas pocas. Pero todo ese intercambio furioso de besos, todo ese ir y venir de cuerpos debatiéndose en camas desconocidas, (¿cómo no lo había comprendido aún?) estaba abocado al fracaso. O mis amantes no me excitaban lo suficiente o no me deseaban en absoluto y tan sólo se acostaban conmigo para saciar sus instintos junto a alguien a quien ya no fuesen a recordar a la mañana siguiente, o ambos nos hallábamos borrachos o ahítos de estupefacientes. Otras veces, incautamente ligaba con profesionales que luego me pedían dinero a cambio de sus servicios. Hubo mujeres a las que de verdad deseaba y por quienes fui desdeñado. Eso me condujo (todos los dioses me hayan perdonado) a cometer una violación, no por lascivia o crueldad, sino únicamente llevado por el desesperado afán de encontrar la llave de mi infame destino. Mas produje dolor y no hallé liberación, lo que me llevó a un vergonzoso estado de apatía y de odio hacia mi propio cuerpo, al que causé brutales heridas en mi loca huida hacia ninguna parte, queriendo acaso destrozarme por tanta culpa y tanta eternidad en lontananza. Todo lo intenté y ni una sola vez había conseguido entregarme enteramente. Sólo había logrado agotarme, entristecerme, embrutecerme y, a menudo, emborracharme.
Vino luego un periodo de inacción, un dejarme llevar por las circunstancias, un ver pasar los días sin hacer el menor esfuerzo por retener esos instantes preciosos que jamás regresan y que constituyen ese algo intangible que llamamos felicidad. Esa pausa en mi desbocada carrera me abrió las puertas del análisis.
Centrar mis esfuerzos en seducir a una única mujer, cribar la multitud de rostros hasta dar con el rostro exacto, hallar el reverso (o el anverso) de la moneda que venía a ser la suma de mis días y mis noches, encajar la pieza que faltaba, la figura que con su ausencia negaba el tapiz de mi existencia.
Muchas noches de vigilia o insomnio, muchas horas de concentrada espera, de arduo espionaje, de metódica observación, de paciente examen, mucho entrechocar de pensamientos, incontables jarras de cerveza, numerosos dolores de cabeza y varias cajas de aspirinas, me convencieron de la inutilidad de la fatigosa tarea emprendida. Mi única opción, entonces, era esperar. Esperar y seguir intentándolo, seguir llamando a incontables puertas, seguir abordando a infinitas mujeres, seguir buscando algún rasgo indefinible, una mirada, unos labios, una manera de hablar o de mover las manos, algo que me permitiera albergar una esperanza, por ínfima que fuese. Seguir fracasando, seguir pensando, con incontenible amargura, que tal vez Ella ya hubiese pasado por mi vida y yo, inmerso en otras búsquedas, no fui capaz de reconocerla. Seguir naufragando, seguir pescando en las traicioneras aguas de la casualidad sin hallar jamás la pieza deseada, seguir hartándome de cervezas y de fármacos alucinatorios, seguir cayendo en insoportables depresiones que no han de tener fin...
Mi tiempo se fue gastando. A pesar de todo, podía envejecer. Envejecí y mis ya escasas posibilidades se fueron disipando en las esferas relucientes de los relojes. Me resigné a la melancolía, a las noches sin nadie, a los bancos otoñales de los parques, a la soledad de los atardeceres...
Fue así como conocí a Sara. Una tarde de Octubre, vino a sentarse en el banco en que yo me hallaba, en el mismo viejo banco del triste parque donde yo había aprendido a refugiarme del tiempo y del miedo que sentía crecer, implacable, en el interior de mi atribulado pecho. Todo fue casual, hubo una mirada que halló respuesta, palabras ya borradas que arrancaron sonrisas cómplices, un encuentro de manos en la somnolienta despedida. Nos vimos otra tarde, en el mismo lugar, y ya todas las tardes desde entonces, y nos enamoramos como se enamoran los adolescentes, intercambiando besos furtivos contra el cielo amarillento del atardecer en la intimidad del parque desierto y en todas las esquinas de la noche. El amor fue creciendo hasta desbordar los estrechos límites de nuestros corazones ávidos de ternura. Fue agigantándose el deseo conforme transcurrían las noches de separación. Algo informe, irresistible, se adueñó de nuestros actos.

Hoy, hace apenas un par de horas, después de muchos besos y de incontables caricias aplazadas, hemos subido por la vieja escalera hasta mi habitación barata, que desde ese momento fue la más maravillosa de las habitaciones que jamás conocí, porque en ella nos hemos entregado al dominio del cariño largamente postergado.
Y henos ahí amontonados, sintiendo llegar el momento, sintiendo que estoy, por fin, a punto de traspasar la frontera maldita.
Pero he aquí el furtivo pinchazo del arrepentimiento. Ya no quiero morir; ahora sólo quiero vivir, vivir intensamente con ella y para ella, entre sus brazos morenos que me acarician despacio.
No, ya no más el reino de lo oscuro, ya no la muerte; ¡la vida!, la vida en su más fabuloso esplendor, la vida... pero el momento llega y es el más dulce, se agitan nuestros cuerpos sobre las raídas sábanas en un éxtasis apocalíptico y final...

Ahora, sobre las viejas sábanas, sucias de sudor y esperma, hay un cuerpo llorando amargamente: Mi cuerpo, que ha sobrevivido, traicionado por ese amor desbocado que llegué a sentir por la adorable Sara. Por Sara, que yace junto a mí, empapada, fría. Sus ojos están cerrados y parece que no respira. Resignado, toco su pecho. Su corazón no late. Al retirar la mano, en medio de la violenta confusión de mis sentidos, distingo, junto al sonrosado pezón ya inmóvil, una cicatriz en forma de cuarto menguante. No me atrevo a mirar su pelvis, en la que, con toda seguridad, hay otra cicatriz que aparenta un cuarto creciente de luna, como ése que desde un rincón de la ventana parece contemplarme con aire de disgusto. Seco mis lágrimas. Ahora ya no me odio, pues mi sacrificio, esta renuncia que no sé si al final fue voluntaria, ha servido, cuando menos, para conceder el descanso a mi amada, en cuya muerte he leído mi amargo destino: Seguiré envejeciendo, viendo pasar las tardes en cualquier parque o en los alrededores de la estación, con el ruido de los trenes como telón de fondo de mi desdicha. Seguiré agonizando hasta esa tarde terrible en que algún viandante despistado confunda mi sueño con la muerte y me entierren en cualquier lugar donde el viento no roce mi piel, en un lugar tenebroso donde nadie traerá flores ni derramará una sola lágrima, donde eternamente viviré y soñaré que estoy muerto mientras el hambre, la sed y los dolores de la decrepitud me atormentan y los hombres me olvidan.




-Sergio Borao Llop publicó “El alba sin espejos” por el sello eBooks Literatúrame!









*


Como
una fiera mansa,
obedezco
los mandatos
sin preguntas.

Cruzo las piernas
al sentarme,
y no apoyo
jamás
los codos en la mesa.

Amo a un hombre,
tengo hijos,
un perro
y las debidas
rosas blancas.

Sigo un destino
marcado
por piedritas
de colores,
que,
a la luz de la luna,
brillan
como la felicidad.


*De MARIANA FINOCHIETTO. mares.finochietto@gmail.com










La piel de la letra*



Pequeños garabatos casi indescifrables en una libretita gris. Números circunstanciales, sin un nombre señal. Claves sin traducción. Letras del orden informático para resolver un problema. Cada inscripción lleva a un asunto cotidiano ¿Y esos días y esas horas y la tinta gastada y el papel? ¿La emoción, el enojo por el desperfecto, el precio, la necesidad? Y los dedos, los ojos, la personalísima arquitectura de lo mínimo ¿Y la imposible reconstrucción? Y el trazo de las letras, ahora mudas, inexplicables teoremas, arañitas de ser, jeroglíficos sin su piedra roseta. Y el pulso, firmeza o levedad del trazo, el orden o la anarquía, lo no dicho, esa inexpugnable fortaleza, libretita gris.

Y el cuadro que mirabas Leggere, palabras de Calvino de "Si una noche de invierno un viajero" y el día que en Roma lo compraste junto al Leggere de Petrarca y en Bs. As. buscarle un marco, y el clavo, y la gente que le dio su mirada, libretita gris y qué mientras anotabas un número de service, de suscripción, con esa letra aprendida en una escuela de un país que casi ya no existe, deseo de igualdad, guardapolvo blanco, mientras sube la Aurora y la letra cambia se hace joven, escribe en las paredes la fiesta de la lucha y en los cuadernos de la facultad fórmulas que ya no sirven, no sólo porque no estás, ni siquiera está el lugar, laboratorio, donde anotaciones y saberes se volvieron prácticas, análisis ahora llevados a otros, que acumulan, tercerizan, chupan ¿Y la igualdad y el guardapolvo y el país y lo que no se hizo mientras se escribían las fórmulas? ¿y lo que no se pudo?. ¿A quién preguntarle?. La letra crece, escribe números de parteros y pediatras en otras agendas que no están ¿Hay un cielo cubierto de hojas intrascendentes? Atravesando el tiempo, niñas crecidas, pediatra muerto, la letra apunta horarios de vuelo, llegadas a ciudades que quizás recuerdo sola y vagamente con mi memoria flotante. La letra, los dibujos de tinta con la misma mano que acaricia el pelo que adorna la cabeza llena de preguntas -dolores: Cuánto tiempo gastado en apuntar, comparar precios de aparatos, acaso inservibles, siempre mudos, absurdas esculturas plásticas ahora a lo mejor tiradas mientras el póster comprado en Feltrinelli, Calvino que no termina de leerse en nuestra casa - libro. Lectores que creaste, más que el jugo de naranja que al final se podía hacer igual sin el aparato, como no es igual la pared sin Calvino que cuenta acerca de los libros que producen una curiosidad, imprevista, frenética, no claramente justificable. Números escapados de un signo monetario inexistente, australes, dólares, dolores de no poder volver atrás a comprar nuevamente las palabras de Leggere en el ocre silencio del espacio italiano donde compartí tu familiaridad penetrante con los libros. Libreta gris, qué puedo yo, en este universo de ganchitos, cómo puedo sacarte del laberinto sin salida, pensaba cuando volvía del sanatorio sabiendo que ya nunca vos, pensaba en eso, qué hacer con la libretita apoyada en la mesa de la computadora, cerca de la pared, donde se lee acerca del leer, palabras de Calvino y de Petrarca, que los visitantes recitan en italiano. Ahora hay nuevos lectores (algunos que no te conocieron) ni saben de la libretita, tan chica, tan doméstica ¿Y si había alguna señal que se me pasó? un grito oscuro de despedida, letras, números, rizomas, perfume de papel. Y si hubiera un abrazo escondido que sale a la luz cuando se unen los puntos de estaciones de trenes, tus piernas adelantándose en alguna selva, en alguna vida, dejándome herida con las pequeñas anotaciones sin sentido, plomero, presupuesto, se trata de abrazarte con la mirada en la libreta, al niño, al guardapolvo, al país, a los análisis transformados en números de vuelo para llegar a un lugar donde nos tocamos de letra a letra a piel, a piel.



*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com











A TRAVÉS DE SUS OJOS*



Creo que primero amé sus ríos, sus bañados.
La iracunda apostasía y su voz de vitrales.
-Amada mía- (mentía) soy tus pies y tus manos, beso tus jirones de mayo-
-Nada te pertenece, ni tu voz en mis manos-
Y cabalgaba, tan callado. Ella ardía. Siempre.
Luego, el espejo, consumida inocencia.
El, citadino, tango sur donde cae la tarde.
-Ella baja las manos, siente lentas sus venas-
¿Quien sabe la geometría de su cruz?
Luego fue el médano feroz en la tierra de los desahuciados.
Quiero aseverar que soy “la cría repudiada”
Fue el único que amé. Quizás otro me amó.
-Nunca lo supe. Todo es igual y sin urgencia-
Yo amé todas las cosas. Las posibles. Las inadmisibles.
Amé las largas avenidas de crótalos. Las catacumbas.
El inquieto sabor a azufre de mis siete lenguas.
Amé los acortamientos hacia la locura.
No se me dio la sensatez ni el juicio ni la sabiduría.
Si, se me dio la potestad de amor de tierra.
En las blancas noches de lobizones. Martes y viernes.
Del centro de sus ojos me nombra por mi nombre apagado.
Y me muerde. Me besa. Me acaricia. Me sepulta.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar












Fogata*



A veces las palabras no llegan
pero las huelo.
Huelen a plumas.
Sin ellas hace un frío de soledad.
Y hoy quisiera lograr un incendio
–aunque más no fuera-
un pequeño incendio...



*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar









SOLAMENTE*



*Alejandra Pizarnik


ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y en mis desdichas
en mis desencuentros
en mis desequilibrios
en mis delirios

ya comprendo la verdad

ahora
a buscar la vida



INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/


Durañona*


(De la Estación Blas Durañona – Ferrocarril Provincial)


Siempre le gustaron las plantas y los jardines, y aunque también se daba maña para hacer arreglos de albañilería y así ganarse unos mangos con la changa, Néstor decidió que tomaría la podadora, la pala y el rastrillo para ganarse "el pan nuestro de cada día". Por esas cosas de la vida, alguien lo puso en contacto con las autoridades del club de campo "Arboleda del Monte" donde, entrevista mediante, tuvo que dar cuenta de sus habilidades cortando el pasto y arreglando el jardín de una de las casas, bastante descuidado después de algunos meses de ausencia vacacional de sus inquilinos. Su trabajo agradó mucho a las autoridades, y muy pronto quedó contratado en forma efectiva para el mantenimiento general del predio.
En un principio le costó acostumbrarse al entorno. La imagen de las casas recortadas contra el horizonte le parecía extraída de alguna revista de decoración que viera en la sala de espera del traumatólogo de su hija. Esos colores chillones que herían la vista, modeladas con el antiguo estilo de los ladrillitos de juguete, y unas puertas y ventanas que parecían construidas en plástico, aunque al tocarlas uno tuviera la desagradable sensación de percibir la consistencia y el sonido del metal. Néstor sentía cierto escozor al contemplarlas, como si fueran ajenas al lugar donde se encontraban. Pero la tarea era abundante, y con el correr del tiempo se fue tornando indiferente a ciertos detalles, concentrándose exclusivamente en los parques y jardines.
Se fue haciendo conocer por todos. Y si bien le pagaban un sueldo fijo por mes, fue haciendo una diferencia al aceptar distinta clase de changuitas de parte de los residentes: cambiar el cuerito de una canilla, encolar una silla, reparar una ventana de enrollar… Tareas que hasta hacía unos años parecían impensables en un country, hoy se habían tornado cosa de todos los días. Había que contemplar la posibilidad de ahorrar unos pesos, con el dólar tan alto…
Pero también recibía algunas donaciones, de ropa que los dueños de casa ya no usaban, o de libros que podían servirle para sus hijos en la escuela, elementos que agradecido guardaba en el carrito que arrastraba detrás de la bicicleta, y que generalmente representaban una alegría cuando llegaba a su casa. Apenas le servía la mitad de las cosas que llevaba, pero nada era despreciable; su mujer bien que sabía darse corte con la aguja y el hilo, y si no, su cuñado sabría vender bien los libros usados. Todo funcionaba en equilibrio.
Néstor vivía cruzando el antiguo terraplén donde, casi treinta años antes, existiera la vía del Ferrocarril Provincial, que unía La Plata con Mirapampa, y del cual hoy no quedaban ni rastros; los rieles y los durmientes habían desaparecido, robados por manos anónimas, o bien sepultados por el paso del tiempo. Cada vez que pasaba en bicicleta por aquel lugar, abundante de ralos pastizales, evocaba aquellas entrañables épocas de su infancia, cuando se escondía entre la maleza que circundaba la vía, para ver pasar aquellos imponentes trenes cargueros, arrastrando una fila infinita de vagones, transportando las más diversas y a la vez misteriosas mercancías.
Recordaba con nostalgia ciertos juegos: cómo solía depositar monedas de cinco o diez centavos sobre los ardientes rieles de la tarde, esperando que el mastodonte metálico llegara en hora y aplastara con su potencia colosal aquella diminuta monedita, revoleándola en el aire y –en caso de encontrarla, luego del impacto- palpando la cruel curvatura que le había impreso a su superficie. Lo mismo hacía con las latas de conserva vacías que encontraba por ahí, contemplando luego con sumo interés el efecto devastador que podían producir tantas toneladas de metal lanzadas a toda velocidad.
Ignoraba por qué, pero esas imágenes habían ido resurgiendo del fondo de sus recuerdos en los últimos días. "Me estaré volviendo viejo", pensaba, con una tenue sonrisa asomando entre sus labios, y la profunda sensación de evocar un pequeño fragmento de su vida donde recordaba haber sido feliz, sin preocupaciones ni dolores en el alma. Esas angustias que luego sedimentan en el corazón, provocando la -quizá inevitable- pérdida de cierta infantil ingenuidad.
Hasta que una fría tarde de invierno lo comprendió todo.
Estaba casi terminando de quitar los yuyos de un cantero, luego de podar una planta que Miss Mary, la dueña de casa, ya no quería ver más, cuando vio llegar a Mister Steven Durañona, a bordo de su flamante Jaguar color azul. Se saludaron cortésmente, y apenas unos minutos después, Néstor lo vio salir otra vez. Se dirigió hacia el cobertizo, luciendo un impecable tweed bordeaux, contrastando con la circunstancial desprolijidad de las ramas de la planta recién podada, desperdigadas a su alrededor, y un par de minutos después regresó, cargando algo bastante pesado.
-Néstor, ¿sería tan amable de ayudarme? -, preguntó al pasar junto a él. –El estudio está helado, y quisiera prender la salamandra…
Él estuvo a punto de aceptar, como de costumbre, cuando vio lo que aquel hombre llevaba entre sus manos: un taco perteneciente a un aserrado durmiente de ferrocarril.
Se quedó petrificado; un escalofrío le recorrió la espalda. Quebracho puro; como el que aserraban cuando era chico cerca de su casa, una vez concluidas las tareas de reparación del ramal, que no tardó mucho en cerrarse, ante la inminencia del cambio económico generado por la dictadura militar. El estupor se vio reflejado en su cara, porque Mister Steven volvió a pedirle:
-¡Néstor! ¿Sería tan amable? Hace mucho frío acá afuera, y esto está muy pesado…
Él actuó de manera automática; le quitó el taco de entre las manos y lo entró en la casa, dejándolo junto a la salamandra del estudio. Mister Steven le pidió que hiciera un par de viajes más, y finalmente, encendieron juntos el primer fuego. Una vez que comenzó a arder, Mister Steven Durañona encendió su pipa y le dio las gracias, además de un módico billete por el servicio.
-Gracias -, dijo él, y señaló hacia los tacos restantes. -¿Dónde la consiguió? Es buena madera.
-Me la vendió un pibe por acá cerca, a unos metros de la autopista. Dijo que la conseguía fácil. Era mucho más barata que comprarla en otro lado. Y por lo que vi, me pareció que prendería bien.
Al salir, pleno de congoja, recogió sus enseres de manera mecánica, juntó las ramas con el rastrillo, limpió todo con rapidez, y se alejó. Mientras avanzaba por el parque, en las últimas luces de la tarde, reparó en unos juegos infantiles que regularmente había visto desde hacía meses, pero que recién ahora le llamaban la atención. Sobre todo, su estructura.
Tanto en las hamacas, como en la viga del tobogán, o el conjunto entero de las vigas paralelas para colgarse, habían utilizado rieles de ferrocarril. Pulidos y sin óxido, pintados de diversos colores, pero rieles al fin y al cabo. Preservados de la muerte, más no de la rapiña…
Desde esa tarde, aceptó muy poco, casi nada, de las tareas que pudieran ofrecerle como changa. Menos aún, las dádivas que solía agradecer con tanto entusiasmo, pensando en sus hijos. Notó que comenzaba a trabajar con menor entusiasmo, así como a faltar bastante, pretextando cualquier excusa.
Y a pensar seriamente que debería buscarse otro pueblo donde poder trabajar en paz. Bien lejos de ese club de campo.







***
Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

GONZÁLEZ RISOS. 

PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO. 

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



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