Tuesday, June 09, 2015

Y LA EXTRAÑA ARMONÍA DE LOS MÁRGENES...


*Obra de Cecilia Aguado.
Villa Gesell. Argentina








Los felices días del bombardeo*



*De Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



Al principio había sido una sensación azul en los ojos, un pellizco en los nervios seguido de un estremecimiento en las paredes del túnel.  Las náuseas volvían con la necesidad de escuchar alguna sirena y él trataba de reconstruir una voz suelta que recorriera el túnel como un perro meticuloso, testarudo, entrenado para seguir durante años el rastro de un cadáver.  Al cerrar los ojos imaginó su soledad como un viejo de uñas afiladas, como fragmentos de sombra tan volátiles que parecían jirones de ceniza  flotando en el techo, buscando ganar consistencia para llenar la forma de un fantasma que perduraba minutos, horas, en la silla y que fumaba (en las horas que suponía era de noche) hasta toser, expulsar un poco de neblina y recitar que bajo tierra el mundo era más preciso, el letargo que lo invadía por el aire enrarecido permitía pensar mejor las cosas. “Pensar” repitió mientras volvía a escuchar el bombardeo y sentía necesidad de frío, de calor, alguna señal de vida que estableciera un punto de referencia para seguir investigando, para no rendirse.  Una vez, al regreso de una excursión en busca de comida, creyó oír un carcajada seguida de un reproche: “No intentes subir, allá arriba no hay nada que ver, siempre es invierno” y justo al terminar la palabra se concentraba en la nariz un olor a cerrado, el tiempo que se detenía a escasos centímetros de su boca y que después ascendía para estrellarse en la mente, en las órbitas de los ojos.  Se pasaba la mano por la quijada, trataba de sorprender figuras humanas en las paredes.  Pensó en el año: ¿2030? ¿2035? En realidad no importaba porque con la cifra sólo tenía vislumbres de un vago exterminio, quizá de una guerra que lo había olvidado y que con los años se había ignorado a sí misma, sus planes, mapas, objetivos, hasta reducirse a un golpeteo monótono, el toque marcial de un tambor que semejaba el latido de un hombre, los pasos de un gigante recorriendo un campo infinito que contribuía a mantenerlo vivo, sosegar su respiración hasta sincronizarla con la caída de las bombas.  





II


Cuando cerraba los ojos también estaba dentro del túnel, un túnel un poco distinto, más húmedo, con esporádicas franjas de luz que lo recorrían como la frontera de un vientre materno; un espacio que lo mantenía cautivo, rodeado de oscuridad, que le jugaba bromas, le tendía señuelos como algún destello, la torpe imagen de una cara que lo dejaba embobado aunque la ilusión no perduraba y de pronto se sorprendía hablando, contándose su historia para recordarla, fabricar un instrumento mental que le permitiera revisar un instante, mirarlo en cámara lenta, bajo distintas perspectivas, como si examinara una joya en busca de algún defecto, un error cuya ausencia le obligara a examinar otro momento, hilarlo en silencio al anterior para poder comenzar de nuevo, esta vez con todos los detalles: “Vísperas del año nuevo.  Estamos varados en un vagón atestado del metro.  Hace calor, una mujer se abanica el rostro y me mira.  Es mediodía y la luz en el andén se interrumpe, los tubos luminosos parpadean, hacen intermitentes nuestros cuerpos.  Alguien supone un suicida en las vías.  Una voz hace notar el creciente bamboleo, el temblor en el piso.  A mi derecha un niño mira a su madre: sus ojos se encuentran, se dicen que será cuestión de segundos.  El murmullo en el andén parece el aleteo asustado de un pájaro.  Ocurre la primera explosión.  Algunos corren, otros se limitan a observar los pedazos de cemento, piedras que caen en avalancha sobre las vías.  Me mantengo en el vagón, decidido a morirme ahí, en espera del golpe definitivo en mi cráneo.  Algunos mueren al instante, otros –cercanos al punto de impacto- se arrastran entre los escombros.  Nadie mira a su alrededor con un gesto de tranquilidad.  Nadie tiene lucidez en los momentos finales y por eso huyen, gritan, se pisotean, como si la propiedad de la muerte estribara no en el vacío sino en la locura; no en la parálisis, ni en el adormecimiento, sino en la rabiosa contemplación de un espejo. Trato de ir a la trinchera principal, ser blanco de los fragmentos que caen, quemarme con la brecha humeante que divide las vías, pero el ataque sufre una interrupción y en el desconcierto apenas logro percatarme de que ya no hay gritos, sólo el persistente olor a carne quemada que dificulta la respiración.  Hago un inventario de mi cuerpo.  Toco mis piernas, palpo mi estómago, recorro con los dedos mis costillas.  Mientras me examino el aire antes pegajoso se vuelve más ligero, tal vez el preludio de una reconciliación, la tregua con un dolor que no siento, con la caída libre que se detiene a escasos centímetros del suelo y que me inmoviliza, me obliga a girar el cuello para que observe al otro lado de la ventana a la bomba en estado puro, no un cohete en forma puntiaguda, sino una esfera blanca que detiene el tiempo, lo convierte en un estanque en calma que reorganiza el mundo, le otorga alguna cualidad que no logro descubrir antes de la destrucción final.  La esfera se estremece antes de perder su forma circular y extiende sus límites hasta volverse un manto espeso que colapsa metal, huesos, entrañas.  El vagón es un barco hundiéndose lentamente, haciendo agua por la popa.  Un destello perdura hasta que el vagón se transforma en una pecera luminosa.  Resplandezco a medida que recorro el pasillo.  Puedo ver como la luz ejerce su peso en la ventana.  Un cuerpo inmenso y blando fractura el vidrio, lo trabaja con la obsesión de un orfebre hasta convertirlo en polvo brillante.  Sobrantes de luz trepan por mi cuerpo: insectos blancos buscan las yemas de mis dedos no para incendiarlos sino para volverlos blancos, contaminarme para condenar mi vida y al mismo tiempo separarme de los muertos que yacen a mi pies, reconstruirme en el espacio que me ofrece la luz antes de hundirme para siempre en el túnel, antes de que mi mano se levante no con un gesto de amenaza, sino con la intención de dibujar en el aire la forma primordial de la bomba, su voz; la entonación que le da cuando dice que para mi no habrá muerte.

Al llegar a la última palabra suspiró con tranquilidad.  Se pasó la lengua por los labios en un intento por decir más, añadir un epílogo afortunado a la historia.  Intentó abrir los ojos de una forma distinta, despegó los párpados poco a poco, como si se preparara para dar la bienvenida a una realidad diferente, quizás observar el inventario de un mundo nuevo, el vestigio de una ciudad enterrada que hasta entonces le había negado sus favores.  Abiertos los ojos comprobó la banalidad de su esperanza  Ante él seguía el túnel, la grieta en el piso, muy parecida al cadáver de un gato.  Pensó en anuncios neón, un color en el que pudiera concentrarse para dar un nuevo impulso a la soledad.  La silla estaba vacía aunque el viejo imaginario -la línea chueca de su espalda- parecía perdurar en la penumbra como un objeto olvidado, carente de autor y de memoria.  Alzó la vista al techo.  Las sirenas no llegaban.  Sólo pudo extender las manos en el piso, sentir el corazón pulsante, atropellado, buscando la sincronía con las bombas que regresaban puntuales para darle una absurda seguridad, una íntima medición del tiempo





III


“Sueño de nuevo con las bombas, bombas como copos de nieve, bombas que caen como lluvia lenta, más ocupada en perturbar con el sonido que con la intensidad del daño. ¿Qué pueden romper, volar en pedazos, si con los años, con la mera persistencia han demolido cualquier vestigio de construcción? ¿Qué pueden hacer en la superficie sino volver más fina la arena rojiza, el recuerdo volátil de tantos cuerpos?” Terminó de escribir.  Sonrió.  La idea de la arena rojiza le pareció ridícula y tachó el renglón completo.  Apoyó la pluma en la hoja maltrecha y trató de escribir un nuevo diagnóstico, pero se dio cuenta que pensar era internarse irremediablemente en una cámara oscura, entrar al terreno de las palabras sueltas cuyos significados se resistían, cambiaban para inventar un lenguaje al cual no tenía acceso.  Aventó la pluma.  La mente la sentía retorcida, a ratos hormigueante por el escaso alimento que encontraba a medida que recorría el túnel.  Su experiencia reciente era la de un nómada que recolectaba latas de refresco, fragmentos de galletas, bolsas de papas fritas.  Comenzó a olvidar algunos datos de su vida pasada: su número telefónico, la dirección de su casa.  Temeroso de olvidar la fecha en que abordó el metro la grababa en las paredes del túnel.  El olvido lo llevaba al desamparo, sin embargo, pronto comenzó a asumir cierta noción de orgullo, el natural prodigio de sentirse el único hombre, porque habían caído durante tanto tiempo las bombas que arriba no había vida, sólo un páramo consumido por el fuego, cubierto por una espesa ceniza.  Sin testigos, sin una memoria que ordenara el mundo, el pasado se detenía de forma indefinida en la superficie, como una mancha que mantenía inmóvil el tiempo.  Alzaba las manos como si quisiera tocar el pantano en que se había convertido el mundo.  Alzaba las manos como si ayudara a intensificar el bombardeo, a volverlo un mar vasto, pródigo en aceite, radioactividad acumulada.  Entonces disminuyó sus avances en el túnel, dándose tiempo para reconocer sus propiedades, las maravillas que dejaba la muerte.  Protegido, asimilado a la tierra, sentía por fin su propiedad del futuro real, el destino de la vida y de la memoria reciente que oscilaba entre la lucidez y un intenso desvarío que le hacía avanzar a tientas en el túnel, como un animal ciego, dando tumbos, confundiéndose repetidas veces de camino.  Una noche, después de una jornada especialmente fatigosa, soñó el sueño del único hombre y cuando despertó tuvo miedo porque su originalidad lo volvía frágil, demasiado humano.  Prevenido, comenzó a grabar su nombre, quizá para asegurarse su posteridad, para morir con la dignidad de un dios novato que nunca entendió su papel ni su herencia y cuya potestad apenas servía para retener algunos visos de locura, los laureles de la fiebre que lo coronaban por horas llevándolo a descubrimientos imaginarios en el túnel, a nombrar continentes entre la podredumbre, escalar pilas de cadáveres para otear con desdén el horizonte.  Terminada la grandeza, con el hambre royéndole el estómago, disminuyó de forma sensible su metabolismo; el pensamiento se alentó hasta sólo registrar el tañido del corazón o el pulsar de las bombas relacionado con el progreso de la luz en las paredes.  Utilizó su letargo para fabricar una especie de arrullo, una melodía desconocida que fijaba la voz a su existencia y que le permitía alcanzar una inesperada sabiduría que le motivaba a hablar de nuevo, a entregarse a su historia, repetirla una vez más con una entonación que le permitiera sentirse ajeno.  Habló entonces con la voz de otro hombre, un alquimista que sugería una forma distinta de articular la memoria, echar en reversa el transcurrir de ese día como si cambiara de improviso la ruta del agua: retuvo el boleto, empujó con la espalda el pasamanos y caminó hacia atrás en el andén.  En el camino a casa borró el pensamiento inútil que le provocó un insecto, deshizo algún gesto en medio de la multitud que esperaba cruzar la calle.  Pronto estuvo en su casa, sintiendo una somnolencia anticipada, buscando con el cuerpo el contacto con las sábanas para dormir y despertar nuevo, dispuesto a abordar el mismo vagón repleto, rodeado por las mismas personas que lo miraban en silencio, expectantes, dándole la oportunidad para que esta vez pudiera encontrar la variación, el detalle que hiciera la diferencia.




IV


Un día el bombardeo perdió fuerza hasta cesar por completo.  La monotonía fue sustituida por el vacío y el silencio que ocupaba el túnel le pareció el de una calle blanqueada por el polvo.  Al principio, incapaz de conformarse con la ausencia de un sonido al que estaba habituado, intentó remedar los golpes lanzando rocas, pateando escombros, poniendo la mano cerca del corazón para recobrar la antigua sincronía.  ¿Qué había pasado? ¿Por qué la luz filtrada por los resquicios del techo no recorría las paredes sino permanecía intacta, como un insecto aturdido en medio de las vías?  Juntó sus provisiones, un poco de agua y fue al encuentro de la luz.  Había hecho algunos preparativos en su último refugio y, mientras seguía la ruta obcecado, tentados los labios por alguna canción de fuga, quiso creer que iba a ser sustituido por otro, alguien que repetía por inercia su itinerario y que en poco tiempo estaría husmeando en el mismo trecho del túnel.  Pensó con amor, casi con desesperación, en un rostro indefinido, en un hombre o mujer más aptos para gobernar aquella oscuridad; alguien destinado a la tarea ruinosa, tal vez infinita, de nombrar sombras, dar orden a aquella revuelta de islas y continentes.  La luz dejó su inmovilidad y comenzó a ascender por una de las paredes, al principio segura, después un poco indecisa, como si tuviera que ajustar algún trazo a su recorrido.  Caminó un día entero hasta notar que el haz de luz ascendía.  Cerró los ojos, como si recibiera en pleno rostro una lluvia de hojas: las venas en sus brazos era como ríos.  En su último refugio había dejado una carta, el testamento de un dios arrepentido, derrotado:
“Después de numerosas reflexiones, he llegado a concluir que salir del túnel es posible, en realidad es tan fácil que eso mismo impide su salida.  Piensa en una frontera invisible, una cerca hecha de un olor que a pesar de ser imperceptible te obliga a detenerte.  No olvides el bombardeo, la cuenta atrás con los dedos hasta que, sin darte cuenta, comiences a contar latidos, espirales de pasos.  Mueves un pie, luego otro, cada vez más arriba y así formas escalones en el aire que te elevan hasta mirar el cielo manchado de rojo y te sientes con la consistencia de un demiurgo, de un Adán liberado de la servidumbre, que pasa sus días haciendo malabares con las bombas.  Es tan sencillo como si estuvieras en una historia de ciencia ficción, en una película donde combates con diablos caídos del cielo, acertijos que se desgranan y que parecen una insólita reunión de insectos.  Después de la batalla siempre podrás apartar nubes y a pesar de no destruir por completo al enemigo tendrás ánimo para bajar a tu refugio y preparar una próxima escaramuza.   Sólo ocúpate de pensar, dibujar parábolas perfectas, líneas punteadas que parecen inofensivas pero que en realidad reproducen la trayectoria probable de las bombas.  Imagina las explosiones, piensa en ellas como espectáculos de luz, murmura palabras como ¡pum! y ¡pas! y el sonido en tu boca las obliga a obedecer, explotar donde les indiques.  No duermas, dedica tu insomnio como si ofrecieras una oración a la humanidad y así el exterminio será menos vulgar, más preciso: cae una bomba, 100 personas; cae otra, l50.   Piensa en esa constelación de muertos, en sus brazos blancos, tal vez azules.  Fueron afortunados porque antes de morir hubo un gesto de maravilla en sus ojos, porque un ángel de luz desbarató sus cuerpos y, antes de salir de casa, colocó los retratos en su lugar y apagó la última vela.  Vuelve a dibujar la bomba, no como un proyectil, sino como una esfera perfecta, que regresa el tiempo, lo cambia de lugar, le pone flores”
Llegó a un pasaje que conectaba a un canal de desagüe.  La señal luminosa seguía firme en la penumbra, forzándolo a seguir.  Se arrastró entre desperdicios y un fango oloroso a muerte.  Tuvo la sensación de insectos en la cara.  El canal se abría y al final dejaba ver el inicio de una escalera.  Se aferró a los escalones y comenzó a subir.  Antes de llegar al último peldaño tuvo un presentimiento y preparó su último discurso, el que dejaba a la soledad, al nuevo ser que lo sustituiría: “Te preguntarás por qué me voy, porque en mi convergen el pasado y el futuro, porque el presente no basta y los hombres que alguna vez existieron necesitan que salga”.




V


Al principio es la misma sensación azul en los ojos.  Después comprende que es un estremecimiento distinto, tal vez los nervios de ver cómo la luz se abate entre el polvo, cómo lo aparta hasta deslumbrarlo, volverlo –por instantes- ciego.  Siguen sin llegar las sirenas, sin embargo, puede oír el sonido compacto de los autos, pisadas sobre asfalto caliente.  Se apoya sobre los codos; apenas encuentra apoyo para impulsarse, rodar fuera del vértigo y descansar un momento.  Cubierto de polvo, parece una criatura recién nacida, expulsada de la tierra para ir al encuentro de un sol desconocido.  Se pone en pie.  Tiempo después, mientras grabe su nombre en las ruinas de una casa, se preguntará si hay un mundo subterráneo, si existió el tiempo en que habitó el túnel o si todo es un simulacro, una historia condenada a repetirse.  Por ahora sólo puede alzar la cabeza, caminar entre gente que lo ignora, en un flujo continuo cuyo motor es la indiferencia, la prisa.  Agotado, apenas con fuerzas para sentirse satisfecho, se detiene en una esquina para contemplar los anuncios luminosos, los autos sincronizados y brillantes.  Reconoce el mundo que abandonó y que creía perdido. Siente áspera la lengua.  Se apoya en una pared porque vuelve a sentir el azul en los ojos, pero esta vez parece más real, ya no es un preámbulo, una necesidad, sino la certeza de ver las miradas apuntando hacia el cielo, el azul contaminando otros ojos.  Las manos dejan caer portafolios y bolsas.  Las bombas comienzan a caer.




* Los felices días del bombardeo incluido en “El caso Max Power y otros cuentos”,  de Alejandro Badillo, publicado por Aurora Boreal.











Y LA EXTRAÑA ARMONÍA DE LOS MÁRGENES...









ESTACIÓN DE LOS ECLIPSES DE AGUA*

"Y ya no sé si a ti te estoy mirando, o si contemplo el cielo"
VICENTE GAOS


La espuma desborda por el lecho.
Esta pasión por el río y la piedra es la misma.
No, no es el mismo Río. Pero muerde la pasión.: ay
Imposible desnudar la luna de metal
Esta piedra que Sísifo lleva. Es la misma.
Una y otra vez. No es el mismo camino. No.
Imposible limpiar la hulla que deja el agravio.

Una lluvia de hollín cubre recodos, esquina y rincones.
Y ella aquí, hurgando basurales.
No, no es el mismo basural.
Imposible acortar los pasos del hambre.

El hambre es el mismo.
Es el mismo dolor. La misma estaca.
Ella, misma. No lo es ni lo será. Nunca.
La espuma, otra espuma, la misma.
Quema como odio hirviente.
Y no hay lluvias. Ni nidos. Ni pájaros.

Las cicatrices denuncian que la luna es el quinto satélite.
Pero tiene cuatro fases y metal hirviente.
Y penetra, penetra en todos los espacios libres.
Y hay eclipses que borran hasta las mismas sombras.
Y la luna no es la misma luna. Ni él, el cielo.
No, no hay lugar entonces.
No hay lugar para él, el mismo, otro.
Territorio primigenio de los desamparos.
De los desamparos. Y los desamparados.

La espuma cubre las cuatro estaciones de su luna.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar












Un infortunado nombre*




Tenía razón la Susi cuando dijo que Rosa era un nombre maldito para cualquier mujer. Traía mala suerte, aseguró, antes de tirarle las cartas. Mi vecina, impresionada, empezó a usar un apodo y eso la salvó del infortunio de llevar un nombre señalado para la desgracia.
No olvidé esa sentencia y, a través de los años, cada vez que conocía a una Rosa trataba de averiguar datos de su vida: cómo estaba, como se sentía, para descubrir si el veredicto dado por la vidente era cierto. Curiosidad, nada más.
Pero cuando conocí a la Rosa de la pensión, esa aseveración me pareció realmente certera. Flaca, enjuta, menuda, con un pelo lacio y débil y esos ojos… unos ojos grandes que no eran atractivos. Un poco saltones, como asombrados, parecían haberse detenido en una imagen horrorosa.
Varias veces pensé en esos ojos, tan de acuerdo con ese rostro despojado de vida, de placer, de sonrisas frecuentes. Estaban totalmente en afinidad con los pómulos salidos, el escaso cabello, la boca sin vida. Aquellos ojos eran una imploración de ayuda, un grito largo sin ruido. Parecían llenos de visiones trágicas y  sucesos infortunados.
Yo no le tenía miedo a Rosa. Temía lo que ella había visto.
La esquivaba cuando podía, como a un gato negro o una culebra, como si su presencia fuese un signo de mala suerte.
Pero Rosa me buscaba. No tenía con quién hablar. Admiraba mi energía y cuando podía me tocaba el hombro o los brazos, cosa que me molestaba e inquietaba. Era como si quisiera contagiarme  su penosa condición o atrapar algo de mí que le estaba vedado.
Con toda la diplomacia que en ese entonces tenía, le expliqué lo del nombre y su maleficio. Fue como si no me hubiese oído. Después me di cuenta de que  lo único bello que creía tener era precisamente eso: su nombre.
Rosa era enfermera. No sé en qué hospital o clínica trabajaba, ni en qué sección. No me gustaría, pensaba, que alguien como ella me atendiera si caía enferma. Parecía más el botero que me llevaría al otro lado de la orilla, a través de un oscuro mar, que el ángel que me devolviera la salud. Ella no contaba nada de lo que veía en su trabajo. No hacía falta. Sus ojos lo hacían.
Evitaba encontrarla, pero se me hacía difícil.  Trataba de disimular el escalofrío que sentía al verla, al enfrentarme con esa cara, esa mirada, ese marchito rostro que ensombrecía cualquier alegría. Si golpeaba la puerta de mi habitación me hacía la dormida y estaba segura de que, si la atendía, todo me saldría mal ese día.
Rosa no había tenido suerte con los hombres. Casi no hablaba de ellos, pero yo me daba cuenta. Nadie la llamaba, nadie la buscaba. Sus noches y sus días transcurrían entre el trabajo y la pensión.
Cansada de mi indiferencia, comenzó a frecuentar a otra de las nuevas pensionistas. Marcia, una prostituta pero “de nivel”.
Su nueva amiga la usaba. Le pedía prestado todo lo que no tenía. También le encargaba la realización de trámites sencillos, que Rosa se apuraba a cumplir. Por lo menos, estaba más acompañada.
En esa época yo era joven; estudiaba  y trabajaba y salía de noche. Varias veces en las que volví tarde escuché sus voces al pasar frente a la puerta de su habitación. Miraban la tele y se reían, cuando la otra no tenía una cita concertada antes.
Una noche en la que me demoré más de lo que acostumbraba, escuche algunos ruidos en la habitación de Rosa. Era la única pieza que tenía una pequeña ventana. Había sido tal vez un altillo, o un lavadero que daba a la terraza. Reconozco que la curiosidad fue imposible de controlar. Arrimé un tacho a la pared, me subí y me asomé.
El dormitorio estaba oscuro, pero pude distinguir a Marcia acostada en la cama. Encima de ella, como una blanca mancha, se desparramaba el cuerpo de Rosa.
Todo siguió igual. Me aliviaba haberme escapado de la mala suerte de Rosa y que ella ya tuviera con quién compartir su lamentable vida (en ese entonces, me parecía que la vida de una enfermera era sumamente triste).
Marcia desapareció. Los primeros días creímos que alguno de sus “clientes” la habría llevado de viaje, pero después de una semana la preocupación fue mayor.  Sus pocas cosas estaban como las había dejado. Al mes la dueña limpió la pieza y guardó todo en una bolsa, por si alguna vez  volvía.
Los ojos de Rosa mostraron primero inquietud y luego desesperación. Dos meses después estaban tan fríos y desahuciados como antes.
No hay dudas de que algo de la maldición de Rosa me llegó. Debe ser por eso que fui la elegida. Algo o alguien decidió que me tocara a mí  hacer el descubrimiento.
Nos llamaron a reunión y como Rosa no venía, me mandaron a buscarla.
Cuando abrí la puerta y un triángulo de despiadada luz iluminó la pieza la vi.
Colgaba de una viga, su cuerpo largo y flaco y la cabeza inclinada, como una flor marchita y seca, que hubiese perdido uno a uno todos  sus pétalos.
Su mismo peso y el aire la hamacaban,  acunándola para empezar un sueño nuevo, con otro nombre.


*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar









Sobrevivientes*


El vértice del sendero se acerca
y aún en la memoria llevo
restos de infancia igual a
trozos de buen pan.
En este viaje hay voces submarinas
que no puedo explicar, me habitan,
duelen como arpones. A veces
caen.

Diluvio impiadoso pidiendo:
espacios/mares/aires/barcas/viajes
que no pude revelarles.

Ya el vértice se acerca.
¿Qué ensenada nos recibirá?
Abrazo a mis sobrevivientes,
les doy mi pan.

(Que no sepan del naufragio).



La tarde se adormece como si alguien la meciera.
La voz de un canto
nos des agua .


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar












“Vendrán las lluvias suaves” *



*De Ray Bradbury



En el living, cantaba el reloj con voz: "tic-tac, las siete, arriba, ¡las siete!" como si temiera que nadie se levantara. Esa mañana la casa estaba vacía.
El reloj continuó con su tic-tac, repitiendo y repitiendo sus sonidos en el vacío. "Las siete y uno, el desayuno, ¡las siete y uno!"
En la cocina, el horno del desayuno dejó escapar un silbido y arrojó de su cálido interior ocho tostadas perfectamente hechas, ocho huevos perfectamente fritos, dieciséis tajadas de panceta, dos cafés y dos vasos de leche fresca.
"Hoy es 4 de agosto de 2026", dijo una segunda voz desde el cielo raso de la cocina, "en la ciudad de Allendale, California". Repitió la fecha tres veces para que todos la recordaran. "Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario del casamiento de Tilita. Hay que pagar el seguro, y también las cuentas de agua, gas y electricidad".
En algún lugar dentro de las paredes, los transmisores cambiaban, las cintas de memorias se deslizaban bajo los ojos eléctricos.
"Ocho y uno, tictac, ocho y uno, a la escuela, al trabajo, corran, ¡ocho y uno!" Pero no se oyeron portazos, ni las suaves pisadas de las zapatillas sobre las alfombras. Afuera llovía. La caja meteorológica en la puerta de entrada recitó suavemente: "Lluvia, lluvia, gotas, impermeables para hoy..." Y la lluvia caía sobre la casa vacía, despertando ecos.
Afuera, la puerta del garaje se levantó, sonó un timbre y reveló el auto preparado. Después de una larga espera la puerta volvió a bajar.
A las ocho y treinta los huevos estaban secos y las tostadas duras como una piedra. Una pala de aluminio los llevo a la pileta, donde recibieron un chorro de agua caliente y cayeron en una garganta de metal que los digirió y los llevó hasta el distante mar. Los platos sucios cayeron en la lavadora caliente y salieron perfectamente secos.
"Nueve y quince", cantó el reloj, "hora de limpiar".
De los reductos de la pared salieron diminutos ratones robots. Los pequeños animales de la limpieza, de goma y metal, se escurrieron por las habitaciones. Golpeaban contra los sillones, giraban sobre sus soportes sacudiendo las alfombras, absorbiendo suavemente el polvo oculto. Luego, como misteriosos invasores, volvieron a desaparecer en sus reductos. Sus ojos eléctricos rosados se esfumaron. La casa estaba limpia.
"Las diez". Salió el sol después de la lluvia. La casa estaba sola en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única casa que había quedado en pie. Durante la noche, la ciudad en ruinas producía un resplandor radiactivo que se veía desde kilómetros de distancia.
"Las diez y quince". Los rociadores del jardín se convirtieron en fuentes doradas, llenando el aire suave de la mañana de ondas brillantes. El agua golpeaba contra los vidrios de las ventanas, corría por la pared del lado oeste, chamuscado, donde la casa se había quemado en forma pareja y había desaparecido la pintura blanca. Todo el lado occidental de la casa estaba negro, excepto en cinco lugares. Allí la silueta pintada de un hombre cortando el césped. Allá, como en una fotografía, una mujer inclinada, recogiendo flores. Un poco más adelante, sus imágenes quemadas en la madera, en un instante titánico, un niñito con las manos alzadas; un poco más arriba, la imagen de una pelota arrojada, y frente a él una niña, con las manos levantadas como para recibir esa pelota que nunca bajó.
Quedaban las cinco zonas de pintura; el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una delgada capa de carbón.
El suave rociador llenó el jardín de luces que caían.
Hasta ese día, cuánta reserva había guardado la casa. Con cuánto cuidado había preguntado: "¿Quién anda? ¿Contraseña?", y al no recibir respuesta de los zorros solitarios y de los gatos que gemían, había cerrado sus ventanas y bajado las persianas con una preocupación de solterona por la autoprotección, casi lindante con la paranoia mecánica.
La casa se estremecía con cada sonido. Si un gorrión rozaba una ventana, la persiana se levantaba de golpe. ¡El pájaro, sobresaltado, huía! ¡No, ni siquiera un pájaro debía tocar la casa!
La casa era un altar con diez mil asistentes, grandes y pequeños, que reparaban y atendían, en grupos. Pero los dioses se habían marchado, y el ritual de la religión continuaba, sin sentido, inútil.
"Las doce del mediodía".
Un perro aulló, temblando, en el pórtico de entrada.
La puerta del frente reconoció la voz del perro y abrió. El perro, antes enorme y fornido, en ese momento flaco hasta los huesos y cubierto de llagas, entró en la casa y la recorrió, dejando huellas de barro. Detrás de él se escurrían furiosos ratones, enojados por tener que recoger barro, alterados por el inconveniente.
Porque ni un fragmento de hoja seca pasaba bajo la puerta sin que se abrieran de inmediato los paneles de las paredes y los ratones de limpieza, de cobre, saltaran rápidamente para hacer su tarea. El polvo, los pelos, los papeles, eran capturados de inmediato por sus diminutas mandíbulas de acero, y llevados a sus madrigueras. De allí, pasaban por tubos hasta el sótano, donde caían en un incinerador.
El perro subió corriendo la escalera, aullando histéricamente ante cada puerta, comprendiendo por fin, lo mismo que comprendía la casa, que allí sólo había silencio.
Husmeó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta, el horno estaba haciendo panqueques que llenaban la casa de un olor apetitoso mezclado con el aroma de la miel.
El perro echó espuma por la boca, tendido en el suelo, husmeando, con los ojos enrojecidos. Echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, lanzado a un frenesí, y cayó muerto. Estuvo una hora en el living.
"Las dos", cantó una voz.
Percibiendo delicadamente la descomposición, los regimientos de ratones salieron silenciosamente, como hojas grises en medio de un viento eléctrico...
"Las dos y quince".
El perro había desaparecido.
En el sótano, el incinerador resplandeció de pronto con un remolino de chispas que saltaron por la chimenea.
"Las dos y treinta y cinco".
De las paredes del patio brotaron mesas de bridge. Cayeron naipes sobre la felpa, en una lluvia de piques, diamantes, tréboles y corazones. Apareció una exposición de Martinis en una mesa de roble, y saladitos. Se oía música.
Pero las mesas estaban en silencio, y nadie tocaba los naipes.
A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a entrar en los paneles de la pared.
"Cuatro y treinta"
Las paredes del cuarto de los niños brillaban.
Aparecían formas de animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que daban volteretas en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio. Se llenaban de color y fantasía. El rollo oculto de una película giraba silenciosamente, y las paredes cobraban vida. El piso del cuarto parecía una pradera. Sobre ella corrían cucarachas de aluminio y grillos de hierro, y en el aire cálido y tranquilo las mariposas de delicada textura aleteaban entre los fuertes aromas que dejaban los animales... Había un ruido como de una gran colmena amarilla de abejas dentro de un hueco oscuro, el ronroneo perezoso de un león. Y de pronto el ruido de las patas de un okapi y el murmullo de la fresca lluvia en la jungla, y el ruido de pezuñas en el pasto seco del verano. Luego las paredes se disolvían para transformarse en campos de pasto seco, kilómetros y kilómetros bajo un interminable cielo caluroso. Los animales se retiraban a los matorrales y a los pozos de agua.
Era la hora de los niños. "Las cinco". La bañera se llenó de agua caliente y cristalina.
"Las seis, las siete, las ocho". La vajilla de la cena se colocó en su lugar como por arte de magia, y en el estudio hubo un click. En la mesa de metal frente a la chimenea, donde en ese momento chisporroteaban las llamas, saltó un cigarro, con un centímetro de ceniza gris en la punta, esperando.
"Las nueve". Las camas calentaron sus circuitos ocultos, porque las noches eran frías en esa zona.
"Las nueve y cinco". Habló una voz desde el cielo raso del estudio: "Señora Mc Clellan, ¿qué poema desea esta noche?"
La casa estaba en silencio.
La voz dijo por fin:
"Ya que usted no expresa su preferencia, elegiré un poema al azar". Comenzó a oírse una suave música de fondo. "Sara Teasdale. Según recuerdo, su favorito..."

Vendrán las lluvias suaves y el olor a tierra
Y el leve ruido del vuelo de las golondrinas

El canto nocturno de los sapos en los charcos
La trémula blancura del ciruelo silvestre

Los ruiseñores con sus plumas de fuego
Silbando sus caprichos en la alambrada

Y ninguno sabrá si hay guerra
Ni le importará el final, cuando termine

A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,
Si desapareciera la humanidad

Ni la primavera, al despertar al alba,
Se enteraría de que ya no estamos.


El fuego ardía en la chimenea de piedra y el cigarro cayó en un montículo de ceniza en el cenicero. Los sillones vacíos se miraban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música. A las diez la casa comenzó a apagarse.
Soplaba el viento. Una rama caída de un árbol golpeó contra la ventana de la cocina. Un frasco de solvente se hizo añicos sobre la cocina. ¡La habitación ardió en un instante!
"¡Fuego!" gritó una voz. Se encendieron las luces de la casa, las bombas de agua de los cielos rasos comenzaron a funcionar. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo, lamiendo, devorando, bajo la puerta de la cocina, mientras las voces continuaban gritando al unísono: "¡Fuego, fuego, fuego!"
La casa trataba de salvarse. Las puertas se cerraban herméticamente, pero el calor rompió las ventanas y el viento soplaba y avivaba el fuego.
La casa cedió mientras el fuego, en diez mil millones de chispas furiosas, se trasladaba con llameante facilidad de una habitación a otra y luego subía la escalera. Mientras las ratas de agua se escurrían y chillaban desde las paredes, proyectaban su agua, y corrían a buscar más. Y los rociadores de la pared soltaban sus chorros de lluvia mecánica.
Pero demasiado tarde. En alguna parte, con un suspiro, una bomba se detuvo. La lluvia bienhechora cesó. La reserva de agua que había llenado los baños y había lavado los platos durante muchos días silenciosos se había terminado.
El fuego subía la escalera, creciendo, se alimentaba en los Picasso y los Matisse de las salas del piso alto, como si fueran manjares, quemando los óleos, tostando tiernamente las telas hasta convertirlas en despojos negros.
¡El fuego ya llegaba a las camas, a las ventanas, cambiaba los colores de los cortinados!
Luego, aparecieron los refuerzos.
Desde las puertas-trampa del altillo, los rostros ciegos de los robots miraban con sus bocas abiertas de donde salía una sustancia química verde.
El fuego retrocedió, como habría retrocedido hasta un elefante a la vista de una serpiente muerta. En ese momento había veinte serpientes ondulando por el suelo, matando el fuego con un claro y frío veneno de espuma verde.
Pero el fuego era inteligente. Había lanzado llamas fuera de la casa, que subieron al altillo donde estaban las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del altillo que dirigía las bombas quedó destrozado.
El fuego volvió a todos los armarios y las ropas colgadas en ellos.
La casa se estremeció, hasta sus huesos de roble, su esqueleto desnudo se encogía con el calor, sus cables, sus nervios salían a la luz como si un cirujano hubiera abierto la piel para dejar las venas y los capilares rojos temblando en el aire escaldado. "¡Auxilio, auxilio!" "¡Fuego!" "¡Rápido, rápido!"
El calor quebraba los espejos como si fueran el primer hielo delgado del invierno. Y las voces gemían, "fuego, fuego, corran, corran", como una trágica canción infantil.
Y las voces morían mientras los cables saltaban de sus envolturas como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron y ya no se oyó ninguna.
En el cuarto de los niños ardió la jungla. Rugieron los leones azules, saltaron las jirafas púrpuras. Las panteras corrían en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales, corriendo frente al fuego, se desvanecieron en un lejano río humeante...
Murieron diez voces más. En el último instante, bajo la avalancha de fuego, se oían otros coros, indiferentes, que anunciaban la hora, tocaban música, cortaban el pasto con una máquina a control remoto, o abrían y cerraban frenéticamente una sombrilla, cerraban y abrían la puerta del frente, sucedían mil cosas, como en una relojería donde cada reloj da locamente la hora antes o después de otro. Era una escena de confusión maníaca, pero sin embargo una unidad; cantos, gritos, los últimos ratones de la limpieza que se abalanzaban valientemente a llevarse las feas cenizas... y una voz, con sublime indiferencia ante la situación, leía poemas en voz alta en el estudio en llamas, hasta que se quemaron todos los rollos de películas, hasta que todos los cables se achicharraron y saltaron los circuitos.
El fuego hizo estallar la casa que se derrumbó de golpe, en medio de las olas de chispas y humo.
En la cocina, un instante antes de la lluvia de fuego y madera, pudo verse al horno preparando el desayuno en escala psicopática, diez docenas de huevos, seis panes convertidos en tostadas, veinte docenas de tajadas de panceta, que, devorados por el fuego, ponían a funcionar nuevamente al horno, que silbaba histéricamente...
La explosión. El altillo que caía sobre la cocina y la sala. La sala sobre el subsuelo, el subsuelo sobre el segundo subsuelo. El freezer, un sillón, rollos de películas, circuitos, camas, todo convertido en esqueletos en un montón de escombros, muy abajo.
Humo y silencio. Gran cantidad de humo.
La débil luz del amanecer apareció por el este. Entre las ruinas, una sola pared quedaba en pie. Dentro de la pared, una última voz decía, una y otra vez, mientras salía el sol, iluminando el humeante montón de escombros:
"Hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es 5 de agosto de 2026, hoy es..."











*


Aunque siempre hubo, hay  y habrá, gente dispuesta a dictaminar

el pájaro con el pájaro , el pez con el pez

las cosas como fueron siempre tienen que ser.


El pájaro y el pez se encontraron en un espacio intermedio entre el agua y el aire, de esa extraterritorialidad les quedó

un erotismo nómade y la extraña armonía de los márgenes.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar




INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/



ORTIZ DE ROZAS*


(De la Estación Ortiz de Rozas – Ferrocarril Midland)



La mujer ya no era joven. Últimamente le parecía que ya nadie era joven, que los amigos, los vecinos, los parientes, todos habían ido deslizándose
junto con ella por una cinta que los había dejado así, arrugados, desplanchados, desteñidos, como esos pantalones de trabajo que se van gastando irremediablemente, salpicados y con alguna que otra recosida para remendar lo que ya no da más de si.
La ventanilla no deparaba sorpresas. Tras los campos y los postes alguna casita, alguien trabajando el campo, el cielo. A veces miraba el paisaje, a veces se miraba a sí misma etérea en el vidrio sucio, un reflejo de alguien con la mano sosteniendo la cara, el cabello claro, los ojos mirando sus propios ojos sobre el sinfín de la llanura.
Otra parada. El tren se detuvo y leyó el cartel "Ortiz de Rozas". Le molestó la zeta. Y la repetición de la zeta en los dos apellidos le sugirió la posibilidad de que la segunda fuese un error, pero no, no creo, se dijo.
El cartel era antiguo, alguien lo hubiese corregido. Es raro, se dijo, es raro pero es así.
La próxima estación era la suya. Bueno, falta poco. Pero después de diez minutos y de que no observase pasajeros subiendo o descendiendo, se preparó para la noticia de que algún desperfecto había detenido el tren.
Esperó un rato. Miró por la ventanilla. Allá cerca de la locomotora se veía gente en el andén. Bueno, la ocasión de estirar las piernas, la posibilidad de enterarse de lo sucedido. Comenzó a pasar de vagón en vagón hacia el frente, pero luego decidió hacer el camino por afuera, para recibir un poco del último sol de la tarde. El último sol pone pelirrojos a los árboles, estira las sombras, hace que el cielo se transforme en una escenografía.
Algunos hombres estaban reunidos a la altura de la locomotora. Hablaban entre ellos y uno había encendido un cigarrillo. Cuando ya estaba cerca, un muchacho de campera negra escupió en el suelo. Estuvo a punto de regresar, pero se dijo que toda la vida había escapado ante los gestos desagradables y hoy no. Eso, hoy no. Con los brazos cruzados siguió caminando despacio hasta que pudo ver que en el suelo, en el centro del círculo de hombres, había una vieja motoneta caída de lado, y un hombre con gorra sentado con las piernas abiertas que miraba fijamente sus propias manos. No decía nada.
La mujer se acercó al grupo y preguntó que qué es lo que había pasado, pero los hombres la ignoraron. Su voz era suave, era vieja, era mujer. Los hombres ignoran a las mujeres viejas de voces débiles.
Con las mejillas encendidas volvió a preguntar, "Qué pasó". Uno de los hombres giró un poco el cuerpo y la miró desde arriba pero no se molestó en contestarle. El joven de campera negra volvió a escupir.
La mujer sintió que se arrebolaba y a la vez una ira avasallante y una avasallante vergüenza.
"Me caí" dijo el hombre de la motocicleta. Después la miró.
"No vi el tren, me asusté cuando noté que lo tenía cerca, y me caí" Dijo el hombre que era viejo, que tenía ojos puros y que la miraba. Hacía mucho que nadie la miraba. Ella pensó que este hombre en el suelo la estaba mirando, pensó que le había contestado, notó que él la miraba con la cara abierta como la de un niño que despierta en medio de la noche y vuelve el rostro hallando el de su madre.
"Sana sana colita de rana" pensó ella. Increíblemente, dijo "sana sana colita de rana" y los dos rieron.
El grupo de hombres no se dio cuenta de que se había partido una montaña, no notó que el cielo se rasgaba, no escuchó caer las piedras de la torre que se derretía en estrépito. El grupo de hombres no hizo ningún comentario, simplemente levantaron la motocicleta y lo ayudaron a ponerse de pie.
Era alto, desgarbado, los pantalones le quedaban un centímetro más cortos de lo que debiesen. Ella le arregló un poco el gabán, y mientras se subía a la motocicleta le preguntó que por qué las dos zetas en el nombre de la estación.

Él no sabía.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com



***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

GONZÁLEZ RISOS. 

PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO. 

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



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