Monday, October 12, 2015

MENOS LOS TIEMPOS DE LOS ERRANTES MIEDOS...



*Foto Estación Andant. Circa 1910.
-Fuente: Colección Juan Pablo Andant http://www.plataforma14.com.ar/andant.html









*


No sé nada del imperio Otomano,
ni nada del abuelo pobre que pisaba uvas
y fue despreciado también cuando pudo
construir edificios como naves de un sólo envión
para cruzar los mares imposibles
y dejar atrás la guerra, toda en el pasado
toda en su familia. No sé nada
del aceite que llegaba a Italia desde Esmirna,
ni de las botellas diminutas en las que
esas mujeres conservaban su fragancia,
ni si los ojos negros del kajal traído del desierto
ni de Armenia decapitada y sola
goteando desde el filo
por las espadas anatolas. No sé nada
de la guerra del 14 ni del sustento
con el que esos hombres se encajaban el fez
y el pelo negro les salía brillante a las mujeres
y generoso desde de un árbol
viejo como el Asia menor.
No sé nada de la Asturias oscura
y enramada, de sus príncipes condenados
al villorio, ni sé de Galicia y sus familias
en el frío pertinaz de la espuma cantábrica
cuya sal endurece la mirada dulce
de los viejos que no hablan y no
hablan.
No sé de la posesión: una vaca en el retablo
de piedra bajo los cimientos del cuarto
único en la casa que se hiela
de silencio en lo alto, tras el monte de castañas.
No sé por qué la gente se mece
en oleadas de la historia y las manos
son tan pequeña trampa de amuletos
propios de legados propios y sueltan
lo poco que trajeron al mar devorador
de una geografía nueva.
Aunque tampoco sé
si me animo a quedarme
un rato al amparo suelto del paraguas
casual de quien parece un extraño
en lo hondo de esta lluvia.


*De Julián López R.







MENOS LOS TIEMPOS DE LOS ERRANTES MIEDOS…








ELIOT ANDA POR LOS TECHOS*

Faber & Faber, 1942


En medio de la noche de sirenas y
       de extraños
silencios repentinos, y de explosiones
       e incendios
a lo lejos, un hombre, con una pistola
       en su cintura,
camina por los techos mientras otea
       el trizado
cielo, que parece de emboscada
       the future
futureless
…, recuerda su verso, y
       tiembla
desde sus rodillas cuando siente
       sobre su cabeza
a los rugientes cazas que horadan
la noche sin estrellas. Una noche
       ciega
de fines de noviembre, cuando ya
       estaba
concluido su último cuarteto, y eran
       de polvo
algunos edificios, y la vida era eso
       que olía
a pólvora y desecho, como un
       extraño poema
que no alcanza a callar sino lo que
       ya dice,
y the end is where we start from.


*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
2014/ 2015








ALMENDROS*



*De Antonio Dal Masetto.


Sentado en el vagón de un tren que cruza la isla de Mallorca, el hombre recuerda el llamado de su hija hace nueve meses cuando le anunció que estaba embarazada, y aquella frase: “Esto no significa que vaya a dejar de ser tu nena, ¿verdad?”. El fruto maduró y el nacimiento se produjo. Ocurrió esta misma mañana, a las 8.43. El hombre había viajado desde Buenos Aires para pasar junto a su hija la última etapa del embarazo. Ahora se dirige a Manacor, ciudad del interior de la isla, al hospital donde ella trabaja como instrumentista y donde eligió que naciera su bebé. Lo decidió así porque, si bien vive en Palma, quiso ser atendida por los médicos que conoce. La frente apoyada contra el vidrio de la ventanilla, el hombre mira el girar lento del paisaje y habla a media voz en el traqueteo del tren. Le habla al recién nacido. Lo llama por su nombre: Nahuel. “Nahuel —murmura—, creo conocer algo del alimento que nutrirá tus años futuros.” Lo que ve desfilar son tierras cultivadas, montañas al fondo contra el cielo lavado, manchas claras de pueblos con sus campanarios, molinos de viento, olivares trepando las laderas, plantaciones de almendros a ambos costados de las vías. Y son fundamentalmente los almendros los que le aportan esa posibilidad de conocimiento que se atribuye, la progresiva revelación que él llama, a falta de mejor definición, algo del alimento de días y años futuros. Es la voz de los almendros la que se instala allá en los tiempos por venir. Estos almendros en su actitud de espera durante el letargo de los meses de invierno. La pujanza que el hombre presiente bajo la corteza de los troncos y las ramas, la concentración de fuerza trabajando y preparándose para la gran explosión primaveral. Es esa presencia sobre los campos la que llena esta nueva mañana del mundo. Nueva para el hombre, primera para el recién nacido.
De tanto en tanto el tren se detiene en estaciones semivacías y vuelve a partir en un arranque silencioso. El hombre habla, reconstruye los acontecimientos de las últimas horas: “Tu padre me llamó minutos después de tu primer berrido. ‘Nació el chaval’, me dijo. Me contó pormenores del nacimiento. Me los contó aparentando calma, pero estaba excitado, le faltaban palabras, le faltaba tiempo. Habían pasado a tu madre a la sala de partos y preveían una espera de un par de horas hasta que se produjera la dilatación adecuada. Pero tus ritmos cardíacos se alteraban y resultó evidente que tenías el cordón enroscado en el cuello y que al esforzarte para salir te estrangulabas. Así que decidieron intervenir sin perder tiempo, apurar, sacarte, evitar el peligro. Lograron desenroscar el cordón de tu cuello. La dilatación todavía no era suficiente, sólo alcanzaba los siete centímetros. Lo normal hubiesen sido diez. Pero había que seguir. Y ya era tarde para una cesárea, estabas demasiado encajado, demasiado abajo. Por lo tanto debías pasar por esos siete centímetros. Eran dos médicas las que estaban atendiendo a tu madre. Recurrieron a la ventosa, la aplicaron adentro, en tu cabeza. Mientras una chupaba y tiraba, la otra se montó sobre la panza y empezó a empujar desde arriba hacia abajo y poco a poco allá fuiste abriéndote paso. Tu padre mientras tanto la estaba pasando mal. Se encontraba en una habitación contigua y podía presenciar los detalles de lo que ocurría a través de un vidrio, aunque no oía nada. Todo le parecía muy violento, muy brutal. Lo que veía además no era sólo a las dos médicas trabajando, sino de pronto una cantidad de mujeres de blanco que aparecían desde alguna parte. Estaba asustado y se decía: ‘Algo grave está sucediendo’. Lo que no sabía era que, al enterarse de la inminencia del nacimiento y de la situación de apuro, habían acudido las compañeras de trabajo de tu madre, querían estar presentes y además colaborar en lo que pudieran. Para tu padre aquel revuelo sólo significaba una cosa: señal de alarma. Una de las mujeres entreabrió la puerta, se asomó y le dijo: ‘Tranquilo, no vamos a dejar que le suceda nada malo’. Y tu padre se preocupó aun más porque pensó: ‘Entonces algo está pasando, si me dice eso es porque algo está pasando’. Y su nerviosismo crecía y seguía pegado al vidrio tratando de adivinar, sin entender nada. Luego, cuando por fin asomaste la cabeza, lo llamaron, lo hicieron entrar y presenció de cerca el resto del alumbramiento. Así fue. Ahora ya estabas en una habitación con tu madre. Una habitación compartida con otra madre de una recién nacida”.
Una nueva parada, el arranque suave, la marcha. El hombre continúa con su monólogo. Pese a las imágenes que se ha ido formando del recién nacido después del relato del padre, pese a que lo llama por su nombre, siente que en realidad le está hablando a su hija, y que es a través de ella que sus palabras encuentran el camino para alcanzar al destinatario, como si el niño aún permaneciese dentro de la panza. Recién cuando llegue al hospital, y lo vea en los brazos de la madre, que quizá lo esté amamantando, podrá decirse: ahí lo tenemos, ya es alguien independiente, hasta hace unas horas existía como parte integrada de otro cuerpo y ahora se ha escindido, respira su propio aire, comienza su aventura, su pena de vivir y su gloria de vivir, su libertad y su carga.
La habitación es la número 231, segundo piso, lo anotó en su libreta. El hombre habla: “Los padres de tu compañera de habitación son africanos. Una pareja de los tantos inmigrantes que andan por acá. Africanos, asiáticos, latinoamericanos. Gente que emigra. Gente de todas las latitudes que como ha ocurrido siempre huye del hambre, de las guerras, de las dictaduras. Razas desbandadas por el mundo. También parte de tus orígenes provienen de esa clase de dispersiones. No por el lado de tu padre, que nació en esta isla. Una de tus raíces está fuertemente hundida en esta tierra donde florecen los almendros. Pero hay otros componentes con los que está amasada tu carne y ésos vienen de lejos. Tu madre lleva en las venas sangre italiana, del sur y del norte. Del sur, por línea materna, del norte por la paterna. Hombres y mujeres que abordaron un barco y enfrentaron la incertidumbre de las partidas definitivas y más tarde el desarraigo. El que hoy viaja en este tren, el padre de tu madre, yo, viene de un pueblo al pie de los Alpes. Emigrante niño, fue trasplantado a la edad de doce años a la vastedad de la pampa argentina. Tu madre nació en la ciudad de Buenos Aires, allá se crió y se formó y un día, como tantos jóvenes de su generación, decidió partir y tentar la aventura de una nueva vida. También ella cruzó el océano, esta vez en sentido inverso y, por elección o porque el azar así lo quiso, optó por esta isla. Derivó hacia esta isla para que vos nacieras. Orígenes, cruces de caminos, coincidencias, encuentros. Cada uno de nosotros ha venido de tantas partes, de tantas cosas. Somos uno y la suma de muchos. Y en esta suerte de balance no puedo dejar de señalar tu nombre: Nahuel. Un nombre que nada tiene que ver con los Alpes ni con la isla de tu padre ni con la pampa ni con la ciudad de tu madre, y sí con el pueblo mapuche que habitó el remoto sur patagónico antes de la llegada de los conquistadores exterminadores, una tierra sin límites donde el viento es señor y que un día querrás conocer y conocerás. De allá viene esa marca que te identifica y de la que deberás hacerte cargo. Te preguntarán sin duda qué significa ese nombre y habrá mucho para contar si te da la gana. También estás hecho de eso”.
El tren avanza. Los almendros lo acompañan siempre. El sol que da en el vidrio obliga al hombre a entrecerrar los ojos y le provoca una sensación de ensueño. Habla desde ese ensueño: “Soy alguien en tránsito que va a tu encuentro. En estos momentos estoy despojado de todo, salvo de esta expectativa de conocerte. Mi cabeza ya casi no alberga pensamientos. Si algo percibo todavía es el peso de mi cuerpo abandonado sobre el asiento de un tren en marcha. Me agrada sumergirme en este paréntesis de vacío. No es algo nuevo, reconozco este estado de cosas. Lo he vivido en cada hecho importante de mi vida. El viaje de hoy no empieza en este tren. Es un largo viaje. Me parece como si hubiese transitado por los trenes de las vías férreas de medio mundo, remontando tramo tras tramo, jornada tras jornada, para llegar hasta acá. Y en cada etapa, antes de cada decisión, antes de cada salto en el vacío, de cada enfrentamiento fundamental, sobrevino, igual que ahora, esta pausa de inercia y concentración, este recogimiento, esta suerte de suspenso donde soy sólo estupor y silencio. Si entreabro los ojos sigo viendo los almendros deslizándose en ese gran silencio. Sé, como lo he sabido en cada oportunidad, que allá en el fondo de esta aparente deserción del cuerpo y de la mente, agazapado en el sopor, algo sigue trabajando. Siempre algo fermenta detrás del silencio. Lo percibo como una vieja exigencia que me ha acompañado desde el comienzo, una forma de empecinamiento que no espera respuestas, que sólo pretende mantenerse activo, una obstinación en estado puro. Tampoco hoy habrá respuestas. Al menos no las habrá en términos de ideas. Las ideas quedan descartadas de este pequeño universo en el que acabo de enquistarme. Lo que hay, lo que habrá, son hechos concretos. El nacimiento de esta mañana a las 8.43 es un hecho concreto. Hoy es eso lo que se impone, lo que manda. Hoy también yo nazco un poco. Uno más de los tibios nacimientos que soy capaz de permitirme todavía. También vos, en tu futuro, tendrás otros nacimientos. Y sabrás que siempre es complicado nacer. Lo aprenderás una y otra vez a lo largo de tu historia”.
Una nueva parada y otra vez la marcha. Ya apenas faltan dos estaciones. El paréntesis se acaba, pero aún queda algo de tiempo. Afuera el paisaje sigue igual. Los tiernos colores invernales unifican cada cosa. El hombre habla: “Más allá de las montañas y los campos está el mar que ahora no se ve pero cuya presencia se siente. Son todas imágenes amables. Y sin embargo este mundo al que viniste no te aguarda con buenas noticias. La que nos precede, la que te precede, es una larga historia de atrocidades, de crímenes, de violencia. Una historia donde cada atisbo de piedad parece haber perdido la batalla. Desde siempre ha sido así. No le bastarán a la humanidad los siglos de su existencia futura para compensar, para saldar tanto dolor. Y pese a todo, en la luminosidad de este día, creo percibir un aleteo de difusa esperanza. Apelo a la única herramienta de que dispongo, la palabra. Arriesgo una frase: tu venida al mundo se opone a la irracionalidad del mundo. Y vuelvo a los almendros. También los almendros se oponen, también desmienten, también se resisten. Renacerán de su sueño y florecerán en poco tiempo, como lo han hecho cada año. E igual que cada año los campos se cubrirán con el blanco de las flores y serán una vez más ‘la última nevada’, como la llaman acá. La vida insiste. A esto quiero llegar. Puede sonar pueril ver en los almendros una señal de resistencia contra los tropiezos que te aguardan en los años por venir. Y sin embargo me obstino en creerlo así. Me basta mirar mi propia historia para saber que son justamente ciertas imágenes primeras las que nos ayudan a salvarnos. Imágenes aparentemente borradas, aparentemente perdidas, pero que persisten, arraigadas en el fondo de la memoria. Esas que desfilan rápidas ante mis ojos, las de los almendros en flor que pronto enriquecerán la llanura y los valles, son las que frecuentarás e incorporarás, y perdurarán en vos, en alguna parte de vos, intocadas, concentradas en su poder, dispuestas para resurgir y ayudarte a elegir el camino cuando haga falta. No el camino menos doloroso, pero probablemente el más limpio, el más cercano a una forma de dignidad. Y sé que al reencontrarlas recuperarás, cada vez, como recuperé yo, calma y sostén, también algo de la inocencia perdida, y fidelidad por esos principios sin nombre que siento vivir bajo el cielo de esta mañana soleada. Ahora sí estamos cerca, el tren acaba de entrar en la estación de Manacor.









NANA DE LAS PALABRAS*



Mis palabras, suben volando, mis pensamientos se quedan aquí abajo;
palabras sin pensamientos , nunca llegan al cielo.
WILLIAM SHAKESPEARE



Todos los días. Todos.
Menos los tiempos de los errantes miedos.
Ella, encierra todas las mujeres, todas.
Hija, madre, esposa. Nona, hermana.
Acaso amante desterrada.
Las que están acá.
Las que quedaron en la patria lejana.
Las que se fueron en esta nueva tierra.
Guarda sus palabras espejadas.
Ella.

Todo sirve.
El baúl de la abuela.
Las cajitas de sándalo.
Un vaso de cristal de camafeo.
Un cántaro de barro.
Mamushkas.
Una concha de nácar.
Una nuez. Una almendra.
Un poliedro de cuarzo.
Un libro. Un corazón.
Los ojos de un infante dormido.

Las desbroza de penas y las guarda.
Luego las saca, claro.
En tiempos de sequía, en hambrunas.
En éxodos. En destierros.

Algunas, vuelven, en amores tardíos.
Pequeñas rosas negras se enredan en su pelo.
Otras, caen como cascadas de golondrinas blancas.
Salen guaguas, con sabor a frutilla.
Buscan la panza de los niños de barro.
Pájaros surgen. Pañuelitos. Pétalos, Lino. Raso.
Dócilmente calman la exaltación del hombre.
-Saben, que el amor es ardor y ternura-

Las más frágiles, caen en barquitos de papel, al mar.
Ella sube, las acuna, les canta, las escucha, las piensa.
Les da vuelo. Aova.
Deposita nuevamente en la arena...y las nace.
En la arena... las nace...



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar












ECOS DE LA CALLE BREWER*



Desde la ventana del piso alto

del edificio

de la esquina, no tan lejos de

la bulliciosa

calle Oxford, el viejo Marx

derrama

unas pocas flacas lágrimas

por las cosas

de la historia y por los

ensueños

desvalidos, mientras consume

su momento

mirando hacia la calle.

Engels,

ya muy serio, lo acompaña,

entre los ecos

de lo que parece una

asamblea

de obreros, que se acercaron

desde

Shoreditch y otros barrios

para saludarlo y

escucharlo

con sus miradas heridas y

sus boinas viejas.

Porque la historia ya pasó,

y está pasando,

como un tren repleto entre

la noche,

que nunca puede saberse

adónde va.


*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
-Afiche del estribo incluido en el poemario “Dos cigarrillos para Eliot”.
Ediciones del Nuevo Cántaro. Marzo 2015










RAMAJES*



¿Eran los ramajes de aquellos tiempos más antiguos más de todos los vientos y las grandes tormentas?
Guardaban en las hojas de esos árboles las gotas de la lluvia caída cual torrente y las depositaba sobre el piso de tierra como una ofrenda al sol que aparecía entre la separación de las nubes. Comparo los jacarandaes próximos, con sus grandes palomas monteras de esta ciudad donde se hamacaban al embate de todos los vientos.
Por un lado los espacios abiertos, y por otro los edificios que asfixian, pero que no pueden con ese empecinarse en salir de la vida natural, que hace explotar la lasitud de los amaneceres con su silencio de ciudad que el tránsito escaso hace y pondera el vacío.
Yo enumero los árboles o la metáfora usual (los ramajes) de sus tiempos de infantes y saltan como esquirlas de lava los nombres: plátanos, tipas, sauces, casuarinas oscuras, álamos penachudos, robles, paraísos, siempreverdes, fresnos dichosos, y pinos despejados y ausentes como monjes olvidados.
Aquellos esplendorosos ramajes, expectantes a la más leve brisa, firmes en la tormenta, que a veces amputaban alguna rama, que en general eran como un ejército que sostenía firme su posición, por más que los arrasantes vientos silbaran, con una estridente y desafinada música que no tenía en cuenta la sinfonía producida por el miedo en las indefensas almitas temerosas de todos nosotros que nos arracimábamos en el lugar más protegido de la casa, la cocina que hacía crepitar su leña al conjuro de los rezos de las mujeres, pero uno sabía que ese loco viento de arrojado cascabel que rondaba queriendo entrar, no lograría su cometido y cada uno pensaba en sus promesas de no matar n pájaro nunca más y no robar una fruta por más tentadora que fuera, y esperar el escampe o al menos un pequeño amaine, que alejara el temor o el terror de las tormentas.
En ese tiempo era imposible pensar en el ramaje brillante que ostentaban los árboles de tantas ciudades bajo las luce, porque en verdad no conocíamos ninguna.
Sabíamos de memoria toda la flora y aún la fauna de esos pequeños pueblos, sobre todo en el que habíamos nacido o vivíamos, para nosotros ese no sólo era nuestro mundo sino el mundo conocido. Y por más que luego hicimos experiencia, en cualquier situación volvemos allí, a ese lugar primigenio del mito pavesiano, que reduce todo a “esa primera vez” donde la escena imprime la matriz de la memoria.
Entonces cuando las tormentas en la ciudad sacuden los árboles que en sus ramas guardan grandes palomas, me acuerdo del ramaje de los fresnos que plantó mi padre donde hacen nidos unas calandrias peleadoras que alborotan las plumas de otros pájaros al grito chillón de las chicharras y el velo soleado de todos los veranos.


*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar









V *


Hemos llegado a saber lo que realmente es el hombre.
Tanto ha inventado las cámaras de gas como ha entrado
en ellas con la cabeza erguida…
VIKTOR FRANKL



Hemos aprendido
que los trenes no llegan a ninguna parte,
que las vías no llegan a ninguna parte,
que el viaje es hacia ninguna parte.
Hemos aprendido que está bien tener miedo,
que está mal
no tener vergüenza:
el miedo no empuja hacia abajo las cabezas,
no empuja hacia abajo las almas,
no empuja hacia abajo
los brazos, los ojos, la razón.
Está bien tener miedo. Hay que tener miedo.
Miedo a los trenes que no llegan a ninguna parte,
a las vías que no llegan a ninguna parte,
a los viajes hacia ninguna parte.
Está bien tener miedo,
está mal
no tener memoria:
el miedo no escupe a los rostros,
no arranca dientes de oro, no desangra,
no destruye la dignidad
ni la historia.
Hay que entrar a la muerte con miedo
pero sin vergüenza.
Hay que entrar a la muerte con miedo
pero con memoria.
Hay que entrar a los trenes con miedo
porque los trenes no llegan a ninguna parte,
porque las vías no llegan a ninguna parte,
porque el viaje es hacia ninguna parte.
No está mal tener miedo.
El maquinista no tiene miedo.
No tiene vergüenza.
No tiene memoria.
No tiene nada.
Nosotros
al menos tenemos
el miedo.
Somos humanos.



*De Sergio Giuliodibari.
 (Vicente López, 1964, reside en Mar del Plata)
-De su libro “Camino en construcción”, Ediciones El Mono Armado, 2014.





***

INVENTREN



(De la Estación Andant – Ferrocarril Midland)


FOTO*


La foto, en apariencia, no tiene nada de especial. Y sin embargo, la miramos. Sin saber muy bien el porqué. La ausencia de color nos hace suponer que es antigua; también el hecho de estar rasgada en algunos puntos y arrugada en otros. Los años han gastado las esquinas; en una de ellas, arriba a la izquierda, falta un trocito minúsculo, tal vez demasiado pequeño para afirmar que la imagen está incompleta. Al mirarla por primera vez, se tiene una ligera sensación de frío, tan leve que casi no la percibimos. Sólo más tarde (pero ¿cuánto más tarde?) seremos conscientes de ello.

Muestra un pequeño edificio de una sola planta, con una especie de porche o tejadillo exterior que da a un andén. Sabemos que es un andén por la presencia de las vías en la parte inferior de la imagen. La conclusión resulta obvia: El lugar es una estación. En un lateral del tejadillo hay seis letras que nos indican el nombre, seis mayúsculas irrebatibles: ANDANT. Quizá sea esa media docena de letras, que parecen un tanto anacrónicas, lo que nos perturba ligeramente. O el color apagado del cielo, en el que, sin embargo, no se aprecia nube alguna. Lo cierto es que nos asalta una sensación desagradable que, por otra parte, no nos impide seguir mirando la foto; acaso anhelamos encontrar eso que nos molesta un poco no saber definir o señalar con precisión.

La visión de líneas paralelas sugiere el infinito. Aquí, las vías quedan bruscamente cortadas en los bordes izquierdo y derecho de la foto, negando con violencia esa abstracción, segmentando una mínima parcela de realidad -o de ese conjunto de percepciones que llamamos realidad. En el andén hay seis personas. Posan (la contemplación de una foto puede llevarnos por caminos un tanto sinuosos e intrincados; hacernos pensar, por ejemplo, en la actitud del que posa, en la perpetua repetición de ese momento, en la pavorosa idea de que toda la vida es pose). Cinco de ellos miran directamente a la cámara. El otro, el primero por la izquierda, está con los brazos cruzados y parece tener la vista clavada en un punto inconcreto, hacia la derecha del fotógrafo. Nos incomoda ese detalle (¿porque insinúa una ruptura, un desorden?). Nos incita a preguntarnos qué está mirando exactamente. ¿Por qué no hace como todos los demás y simplemente fija la vista en el centro? (si es que el ojo de la cámara es el centro, si podemos atrevernos a presumir la existencia de un centro) ¿Qué es eso que está ahí, fuera del ámbito de la foto, y qué significa esa mirada y por qué los otros no ven lo que él está viendo? Podría pensarse que sólo es un gesto, una pose diferente, una obstinación lícita en no mirar directamente al ojo de la cámara, y tal vez no sea otra cosa, pero nos desasosiega un poco esa asimetría.


-Cabe preguntarse si en realidad tenemos derecho a asomarnos a una foto. No me refiero al vistazo casual o efímero, al frívolo escrutinio de un momento, que con frecuencia provoca una sonrisa o un rechazo o mera indiferencia. Hablo de mirar una foto como quien mira un cuadro, durante un tiempo que no se puede medirse con cronómetros o calendarios, el tiempo dúctil de quien pinta un atardecer a lo largo de infinitos atardeceres o el de aquellos que esperan, agazapados durante toda su vida, el instante exacto del resplandor que les justifique. Esa contemplación, que en el fondo es una búsqueda, ¿no sería una forma de intrusión en ese otro orden que nos es ajeno? ¿No serán, pues, nuestros ojos invasores -camuflados tras el objetivo y el tiempo- lo que miran esas cinco personas, preguntándose acaso el motivo de tal insistencia?

La wikipedia nos cuenta que hace más de treinta años que por ahí ya no pasa el tren y que en Andant, el pueblo, apenas quedan cuarenta habitantes. Visto desde lejos, sólo son cifras. Pero la lenta despoblación de todos estos lugares nos da qué pensar. Pensamos, por ejemplo, si eso que mira el primero de la izquierda, eso que parece estar un poco a la derecha del fotógrafo, ligeramente a la derecha y hacia arriba, no será lo que, sin ruido, sin que casi nadie lo perciba, va limando con paciencia los bordes de las fotos, oscureciendo los paisajes y los rostros, devastando, centímetro a centímetro, los campos y las calles asfaltadas, terminando poco a poco con la vida en los pueblos y devolviendo al desierto lo que, acaso, siempre fue del desierto.

-Y así, la inmovilidad de la foto desborda el ámbito del papel y se expande implacable por la realidad (por este lado de la realidad). Pienso que debería ponerme de una vez a escribir algo sobre ella. Pero no se me ocurre nada. La tengo ahí, delante de mis ojos, dejándose mirar mansamente, permitiéndome atisbar cada detalle, acaso contemplándome, o contemplándose a sí misma a través de mis ojos un poco cansados. Y yo no puedo hacer otra cosa: sólo mirar la foto y dejarme contagiar esa parálisis, esa suerte de espera; inmóviles ellos en su perpetuo instante desgajado para siempre del tiempo; inmóviles todos en nuestro diario periplo por las avenidas de la rutina; inmóvil yo en mi celda sin barrotes; tanto, que ni siquiera me molesto en girar un poco la cabeza, en mirar de reojo hacia atrás, a mi derecha, donde sé que se arremolina en silencio, expectante, eso que está mirando, desde la lejanía y el pasado, el hombre de la foto, eso que siempre ha estado ahí y que no puede verse; que nadie puede ver sino a través de un reflejo, una señal inequívoca en los ojos asombrados de otro, una sombra difusa atravesando océanos y décadas.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com





***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO.

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PARADA KM 79

ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar




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