Wednesday, October 26, 2016

COMO LA FRÁGIL CENIZA SUSPENDIDA ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA...



*Obra de Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010)

-Ver galería en Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam








*


Si hemos de volver
que sea después
asidos
de una mano
invisible:

hoja en el viento
pluma del ave
rama caída
diente de leche
fruto maduro

todo

lo que carezca
de una voluntad
que el imperio
de los otros
pudiera detener.



*De María Belén Aguirre.
(Tucumán – 1977)








COMO LA FRÁGIL CENIZA SUSPENDIDA ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA…








La memoria del mundo*


Cada palabra que traemos al mundo
muere en el mundo
y suelta
acaso
la luz
un perro
una bicicleta oxidada
deja de sí
una estela de animal que se arrastró
hasta
vaciarse
con nuestro horror ante la muerte
cabe preguntarse
si el mundo
es algo más
que un enorme osario de cosas dichas
que se sueñan que se dicen
si nosotros mismos no somos más que
[un compendio de fantasmas
reunidos en torno a una memoria
prodigiosa
que pregunta
por ella misma.


*De Jotaele Andrade. elcomensal@yahoo.com.ar

-Poeta. Nacido en La Plata. 1974
Le han publicado:
El salto de los antílopes - Editorial El Mono armado, Capital Federal, 2012
El oleaje del mundo – Editorial Azul, 2013
Elefantes con anteojos (selección) – Ed. de bolsillo, Editorial Morosophos, La Plata, 2013
La mano del verdugo – Editorial Ediciones de la Eterna, Tucumán, 2014
Los metales terrestres – Editorial Añosluz, CABA, 2014
Elefantes con anteojos, tomo I – Editorial Ediciones de la Eterna, Tucumán, 2015
El psicólogo de dios – Editorial Qué diría Víctor Hugo, CABA, 2016
La Rosa orgiástica – Editorial Añosluz, CABA, 2016

-Coordina el Festival y Acampada poética de la Ciudad de Azul.
-Coordina el Taller de literatura de La Coop.

***











Tierra en la boca*



*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



Es agosto y tocan la puerta. Mi madre se levanta del sillón y se acerca a la entrada. Está unos segundos indagando por la mirilla hasta que escuchamos la voz de un hombre. Dice que encontró a mi padre. Mi madre no le cree y le pide una prueba. El hombre le muestra algo pero ella, aún dudosa, no quiere abrir. El hombre le dice que dejará a mi padre en la puerta y se va corriendo. Escucho su carrera nerviosa. Estamos un rato, indecisos, mirándonos en silencio. Es peligroso salir y asomarse a la calle. Los balazos son cosa de todos los días. Sin embargo, puede más la curiosidad, así que abrimos con mucho cuidado y, casi al instante, cae el cuerpo ensangrentado de mi padre. Aún tiene la gabardina con la que salió en la mañana. Su camisa amarilla está roja y llena de agujeros por donde entraron las balas. El pantalón hecho pedazos y la pierna derecha, medio descoyuntada, indican que fue arrastrado. Imagino sus piernas atadas por una gruesa cuerda a la defensa de una camioneta. Imagino, también, las sordas risas de sus ejecutores. Mi padre salió muy temprano en dirección al pueblo vecino. Le dijimos que no lo hiciera. Salir, caminar o asomarse por una ventana son, desde hace mucho, actos muy peligrosos. Pero a él se le metió la idea de ir con su madre. Soñó varias noches que ella agonizaba y, ante la imposibilidad de comunicarse por el corte de las líneas telefónicas, decidió visitarla.
Lo arrastramos por el pasillo y lo llevamos a la cocina. Resoplamos por el esfuerzo. Mi madre siente alivio cuando comprueba que el reguero de sangre no ha llegado al tapete que está en el centro de la sala. Ese tapete, dice con frecuencia, es uno de los pocos regalos de bodas que aún conserva. Recupera el aliento, su pecho se estremece y me dice que no podremos enterrarlo. Me encojo de hombros. Después mira las baldosas blancas de la cocina y se sienta en una silla de madera. Me acerco al cuerpo de mi padre. Aún sale un leve flujo de sangre; pequeños borbotones en el estómago, coágulos que ceden y comienzan a vaciarse. Pienso en los autos viejos, que siempre tienen fugas de aceite o de anticongelante. Hay que limpiar este desastre, sin embargo, no tenemos cloro y el agua que queda hay que racionarla. Así que, quizás para no verlo y suponer que no ha pasado nada, subimos las escaleras y nos metemos en nuestros cuartos. Me tumbo en la cama y escucho las detonaciones que retumban en las calles aledañas. Es tan natural como escuchar el agua hervir o los truenos que anteceden a una larga tormenta. Explosiones grandes y pequeñas. Oscuros fuegos artificiales.
No puedo dormir. El insomnio me atenaza la cabeza. Me pregunto si la abuela ha muerto. Mi madre dice que no existe el pueblo vecino. Está segura. Todos, animales y personas, han ardido. Quizás somos el único lugar habitado del mundo. Recuerdo la necedad de mi padre y las palabras que le dijimos para disuadirlo de su empresa. Pero él nos miró, se puso la gabardina y enfiló por la calle desierta. Trato de recordar más cosas, detalles que hagan vívida la escena. La noche gana en temperatura y en balazos. A veces se oye el motor de un auto. A veces un alarido. No sé de dónde salen tantas balas. Es como si hubiera, en algún lugar del pueblo, una bodega inmensa con armas de todo tipo. No me explico de dónde salen tantos muertos. Tal vez muchos habitantes han sido reciclados y ahora son pólvora que flota sobre los tejados de las casas. Sus voces son humo. Sus almas, quizás, están atrapadas en el olor a carne quemada. Tal vez los muertos recientes, aquellos que aún están de una sola pieza, son apilados como sacos de arena y fusilados una y otra vez, para que nosotros, escondidos bajo nuestras camas, creamos que sigue la fiesta.
Renuncio a dormir. La única ventana del cuarto está clausurada con unas tablas de madera. No hay electricidad desde hace varios meses. Hemos aprendido a movernos en la penumbra. Mi madre y yo tenemos un mapa mental detallado de la casa. Sabemos la disposición de las sillas, de la mesa del comedor y los pasos que hay que dar desde la cocina hasta el pequeño escalón que conduce a la puerta de la entrada. Ahora tendremos que añadir a mi padre como una nueva referencia. En verano, cuando se desplazan por el cielo nubes pesadas, cargadas de lluvia, pienso en que dejarán de arder los esqueletos que se apilan, como llantas viejas, en las esquinas.
Salgo de mi cuarto y trato de averiguar si mi madre duerme. A veces la escucho sollozar, a veces su voz se sumerge en monólogos agrios que parecen retar a los que se solazan con la sangre. Me acerco a su puerta pero no escucho nada. Bajo por las escaleras y me dirijo a la cocina. La luna apenas deshace la penumbra; boquea entre las nubes como un pez que está muriendo. Aprovecho para inspeccionar: aún se percibe el rastro de sangre en el pasillo. Es como un brochazo que se ramifica hasta desaparecer. Miro a mi padre: tiene los brazos rígidos y la cabeza echada hacia adelante. Sus cabellos parecen húmedos. Supongo que seguirá engarrotándose hasta quedar en una posición definitiva e imposible de modificar. Será muy difícil enterrarlo pues son pocos los momentos en que menguan las balas. Lo arrimo un poco más hacia la esquina. Me siento observado por él a pesar de que no pueda verle los ojos. Las calles están oscuras y la luna apenas sirve como referencia. Bebo un poco de agua. Desde hace mucho recolectamos la lluvia en cubetas que dejamos en el patio. Salimos por ellas a pesar del riesgo que entraña alguna bala perdida. Después llenamos un par de garrafones de plástico. El agua está tibia. Bebo sin dejar de mirar a mi padre. El sabor del agua es metálico y pienso que, en este momento, estoy probando la sangre de innumerables muertos. Afuera regresan los tiros dispersos, las granadas y el fuego. La cadena de estruendos es tan cotidiana que, cuando llega el silencio, parece algo ajeno, impostado. Una sustancia artificial. Me asomo por la ventana. Algunos árboles son iluminados por la luna. En la parte superior izquierda, muy cerca del marco, está el agujero dejado por un balazo. Por alguna razón desconocida –mi madre dice que es un milagro– el impacto no ha estrellado la superficie. Ahora tenemos un agujero por el que se cuela el viento. Por las noches se puede escuchar una especie de silbido que se mete en la cocina, sube por las escaleras y llega a los cuartos.
Me siento en la silla de madera. En una pequeña mesa, amontonados, están nuestros últimos bastimentos: un par de latas de atún y un paquete de galletas. No hay nada más. Salimos de casa cuando pierden intensidad las balaceras para buscar comida con algún vecino. Llevamos cosas para intercambiar. Mi madre primero se deshizo de sus aretes de perlas y de algunos electrodomésticos que habían sido obsequios en su boda. Después fueron muebles y algunas herramientas. El último sobreviviente que podrían codiciar es el tapete de la sala. Es color verde y sus contornos ya están deshilachados. Me pregunto para qué querrán los electrodomésticos. Supongo que los guardan por avaricia y que piensan venderlos cuando acabe la violencia. También me gusta pensar que los desmontan para tratar, inútilmente, de fabricar aparatos nuevos, máquinas que no necesiten electricidad. Por eso, en las noches, intento descubrir si hay algún fogonazo de luz en las ventanas de los vecinos. Pero las probabilidades son escasas. Cada vez quedamos menos y es frecuente que, atrás de cada puerta, haya un montón de cuerpos endurecidos, aún calientes.
Me acerco a mi padre. Los arroyos de sangre ya se han secado. Algunas partes de su camisa amarilla se han fundido con la piel. Huele a chamuscado y a una incipiente descomposición. ¿Qué haremos con él? Con el tiempo llenamos el patio con fosas improvisadas en las que enterramos a tíos, primos y a cualquier transeúnte que fuera abatido cerca de casa. Pero conforme se agudizó el intercambio de balas optamos por prenderles fuego y dejar que se consumieran. A veces las personas alcanzadas por la metralla tardaban en morir. Las veíamos retorcerse en el piso, con las bocas llenas de polvo. A veces perdían el conocimiento y quedaban varadas a la orilla de la muerte. Cuando anochecía arrastrábamos a algún caído a la parte trasera de la casa, pero ya no era posible quedarnos mucho tiempo. Simplemente encendíamos un pedazo de cartón y lo metíamos entre sus ropas con la esperanza de que el fuego contagiara todo el cuerpo. Después ya no nos quisimos arriesgar y ahí estaban, náufragos en la calle, mientras nosotros espiábamos.

Me sirvo otro vaso con agua. Por un instante creo que mi padre está dormitando o que ha sucumbido a una espesa borrachera. A veces sueño con una máquina que llora a los muertos. Una caja metálica que activa una grabación de gente gimiendo y lamentándose. En las noches le cuento a mi madre de una máquina aún más sofisticada que proyecte hombres y mujeres artificiales. Le digo que ellos irán vestidos de negro y que enterrarán a los que mueren todos los días. Subo a mi recámara. El agua dejó un latido en mi lengua. Un aire metálico se mete en mi garganta. Me acuesto e imagino que en los próximos días lloverá tanto que el suelo del pueblo se reblandecerá. Entonces saldremos a escondidas, sin llamar la atención, a dejar a mi padre en el patio. Quizás, con un poco de suerte, comenzará a hundirse. Parecerá un barco atrapado por corrientes lentas, algas pegajosas, raíces submarinas que lo llevarán, después de varias jornadas, entre el fuego que nos rodea, a la profundidad de la tierra.










*



Olí el fuego,
en los bosques
donde habitaban
las hembras de mi especie.
Sé que ardían los árboles.
He visto los pájaros huir hacia la estepa;
los escuché cantar.

Me cubrí los ojos
con hojas secas.

Todo es tan sereno,
ahora,
como la frágil ceniza suspendida
entre el cielo y la tierra.
Mi mano
desanda el laberinto
de mi cuerpo sin dios ni cicatrices.

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com












Una casa inclinada*



Me contaron sobre un hombre ciego,
que trataba de acariciar las montañas
con sus dedos, tratando de alcanzarlas
y agitando su nariz hacia las cumbres.

Las había visto cuando era un niño,
luego todo fueron eclipses y niebla.
Pero recordaba aún un cielo de acero
bajo otros cielos que también perdió.

Habitó siempre en una casa inclinada,
cuyos crujidos le hablaban en sueños
de cuadros olvidados en las paredes
que jamás le describirían su historia.

Su juventud fue de a poco diluyendo,
el recuerdo de las nieves y el silencio.
Pero él sabía que ellas seguían por allí
esperándole, regalándole su frío aroma.

Con el tiempo, ya diestras sus manos
en el dócil arte del mimbre y el tejido
aprendió a ignorarlas durante los días
y a recordar su aliento por las noches.

Su padre durmió de frío junto a una vid
en sus manos había un puñado de tierra.
Su madre se entregó a una fiebre blanca
de una fría lavandería y llegó su tiempo.

El viento siguió bajando de la montaña,
como las cosas sempiternas y comunes.
El llamado de los pastores, los pájaros,
el golpe del martillo, el mimbre partido.

Caminó entre viñas mustias y marchitas
y un día aciago conoció el tacto sediento
de una mujer que era totalmente sombras
y que transitados unos años lo abandonó.

Se fueron cubriendo sus horas de quietud
de silencios suaves como viejas cenizas.
Se fue amortiguando el eco de sus pasos
y cayeron los últimos pétalos en el jardín.

Las noches se fueron haciendo más frías
y más blancos sus cabellos y sus vigilias.
Aprendió a comer poco, a dormir menos
y lleno de viejos recuerdos sus bolsillos.

Un día la puerta de aquella casa inclinada
quedó abierta a un cielo que era de otros
y sus viejas huellas se fueron tropezando
hacia las alturas que siempre lo llamaron.



*De Jorge Lacuadra. jorgelacuadra@hotmail.com












HOY, EL FUTURO*



Lo hemos visto en los filmes más antiguos de ciencia ficción. Era ese futuro lejano de plexiglás y personas uniformadas. Mientras tomábamos el café con leche, alguna tarde de sábado nuestros ojos infantiles se asombraron frente a imágenes de atrayente y repulsiva limpieza, donde los hombres y mujeres sonreían con dentaduras perfectas y viajaban en vehículos de cristal.
Pero ese futuro ya está aquí.
La Défense es un sitio donde los lisos edificios de acero y vidrio se elevan sobre explanadas de cemento; imponente como las catedrales de la contrarreforma, con el deber de transmitir desde su concepto estético un orden del universo.
Bradbury en los años cincuenta se quejaba de que los arquitectos habían quitado los porches a las viviendas, para que la gente no pudiese declinar el ocio en charlas con los vecinos, en la contemplación del árbol de la vereda, en la suave magia de un ocaso. Las casas sin porche llevaban a la sala, al televisor, a la soledad. Individuos aislados, virtualizando ya entonces el contacto con el resto del mundo.
En los edificios de la Défense no existen cambios de humedad ni temperatura, se han abolido las estaciones, los olores, el polvo. Y la gente demuestra su pertenencia a ese contexto con la extrema contención; no vestirán telas estampadas, renunciarán con minucia a los colores llamativos, ordenarán sus cabellos lacios, y solamente se permitirán fragancias sutiles. Son los que se quitan los olores, se cepillan las lenguas, aspiran a la delgadez para emular la bruñida superficie que los contiene. El caótico mundo de la diversidad no ingresa en esas salas, donde se maneja el mundo.
Cifras y estadísticas, fantasmas de la realidad, datos y porcentajes. Ese es el universo que digitan los operadores, quienes llegan en el tren aerodinámico, brillo plateado y velocidad. La rapidez, la asepsia, la falta de asideros nos anuncian que todos están de paso, que cada uno es una pieza reemplazable.
En el filme de Jean-Marc Moutout “Violencia en tiempos de calma”, el joven ejecutivo no ha completado su formación. Se vincula a una mujer común, y vemos a Philippe tan extraño en un departamento abigarrado, pleno de colores y objetos, muebles antiguos y adornitos. Demasiado humano ese departamento, demasiado humana esa mujer con una hija, con una madre, con la calidez de quien se siente conectada a personas con peso y besos e historia propia.
Lo envía la consultora a Philippe a la provincia; a una fábrica de verdad, con el encargo de refuncionalizarla y despedir al personal sobrante. No hay lugar para las antiguas fábricas donde se conserva al empleado que es viejo y ya no produce óptimamente, ni hay lugar para producciones diversificadas u operarios problemáticos. Hay que comprimir. Y Philippe se debate entre los dos mundos, entre las torres de la Défense y el cuarto de su novia, entre las personas reales y las estadísticas.
Existe la transición desgarradora, la culpa, el sufrimiento.
Pero en el final lo veremos descender de su automóvil sin aristas, con su nueva novia sin aristas, y habrá alquilado una vivienda amplia y blanca, despojada. Habrá ingresado plenamente al relato de la realidad del poder, una realidad lisa y matemática, virtual.
El resto del mundo continuará sobreviviendo con historias particulares, con personas que se debaten con el desempleo y la explotación, en casas con fotos y cuadritos en las paredes. Pero no serán la realidad. Aportarán, eso si, un número en alguna planilla.
La Défense se clona en Tokio, en Dublín, en Buenos Aires. Las nuevas catedrales de acero y vidrio nos explican estéticamente el relato de nuestra época. Y vemos, con asombro y horror, hombres y mujeres que sonríen con dentaduras perfectas, lisos y bruñidos, de acero y cristal.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com












Suaves entredichos entre el ojo y la voz*



Eran muchos los dioses y las diosas enlazados en las danzas de la creación. Esa palabra en la boca, a punto, caía en gotas. Al principio, no hubo oscuridad, hubo rojo y sus matices. Las diosas desvariaban en telas con forma de almohadones de algún palacio árabe inexistente aún, incrustaciones de espejos pequeños o brillos o sueños con resplandor. Los dioses al besarlas con su poder centrado, daban lugar al movimiento.  Ellas y ellos se fusionaron en todos los matices de lo femenino y lo masculino. Surgieron los verdes y azules, las gotas, los círculos, los huevos con sus frágiles cáscaras pintadas, suavidad del círculo dónde la boca se abrocha a la vida.
Todo  se nada y saltan las gemas, los rojos, los relieves,  ellos y ellas, dioses efímeros,  se dejaban  hacer por el amor.
Saltan las gemas como burbujas de champagne, sonrisas, plumas en el interior del cuerpo.
Las gemas saltan, se deslizan, abren.
Los botones del cuerpo  desabrochados.
Uvas,  pezones, ojos
¿Puede la creación no ser colectiva? ¿No ser amante?
¿Pueden tantas gemas a punto de expandirse ser fruto de una sola cabeza, mano, alma?
En los  encuentros se fecunda lo por nacer.
Gemas de vida


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar












ESTACIÓN DE LOS TEMBLORES*

“De vez en cuando la vida nos besa en la boca”
(Serrat)


De vez en cuando el crepúsculo nos besa las manos.
Y el presagio se cumple. Y la rosa se prende en el costado izquierdo.
Y se juega el último suicidio. Tiemblan peces de plata.
Atrás las brumas tristes y mujeres dolientes. Atrás los jirones de patria.




ESTACIÓN DE LOS CUERPOS

Hay un esencial rumor entre los cuerpos. Galopes.
Y aprieta la carne una ronca voz comprimida.
Y el elixir de dioses que deshace la boca… se derrama.
Y el cuerpo toma la forma de sus manos y arrasa cicatrices.



ESTACIÓN DE LAS FABULAS

Y él recuerda las viejas leyendas de su infancia.
Y comprueba. Es fábula. Mujer. Panal. Desvelo.
Y le duelen las manos yertas de la piedra.
Y la busca. Y la sorbe. Y la encuentra.




ESTACIÓN DE PUÑALES

Ella mira las líneas de sus manos. Canción que asoma.
Y febrero le trae golondrinas nuevas. Brevedad de puñales.
Y sabe: La canción y la herida son la misma cosa.
Ay .Y le duele en el pecho la sed. Y el pan. Y los cipreses.

Ay, no demores la ciudad sumergida te espera.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@hotmail.com








InvenTREN






SATURNO Y LA EXTINCIÓN*



Voy a Saturno. No es una broma. Me voy a Saturno. Me espera una estación sin proporciones, esto es, un edificio pequeño, flaco, como un cuzquito que se ha quedado en una adolescencia de adulto sin madurar. Una estación de tren en Saturno, sin anillos, sin estrellas fulgurantes, sin cometas cíclicos. Una estación baldía unos rieles sin paralelismo, un horizonte desvaído.
(Si, recuerdo mientras tanto la estatua, cómo no recordar mientras tanto esa estatua)

Me voy a Saturno, en tren. Ya no existe el tren, pero me voy en el tren a Saturno, un tren de vapores blancos, de traqueteo cinematográfico. Una estación de polvo y yuyo que huele a sequía y a deshoras muertas.
Hoy me voy a Saturno mirando por ventanillas sucias, en un asiento de madera, sin valijas.
(La estatua de mármol, los niños, el hombre tensionado, los músculos retorcidos, el grito, los chillidos, el intenso chirrido de la piedra)

Sé que me espera el edificio y que nadie ha puesto en hora el reloj.
Arribo. Saturno sigue devorando a sus hijos.
(Me devora el Dios, me devora el coloso a mi y a mis hermanos, o acaso soy yo quien devoro a mis hijos, quizás no importa quién mate y quién muera en medio de tanto dolor pétreo)

Llego a Saturno. No queda nada. Nadie. Todo, hasta el pasado muere aquí. Hay un grito en el cielo.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





***
Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

ÁLVAREZ DE TOLEDO

POLVAREDAS.  JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
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ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
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