Thursday, March 16, 2017

UNA TENUE CAPA DE ROCÍO QUE EVAPORA COMO LO REAL...



*Foto de Alfred Cheney Johnston - The Dolly Sisters.









El medidor del viento*



-Hay cosas que solo son útiles para la melancolía.- pensó Francisco- de esas, es de las que más me cuesta desprenderme. A veces temo que mi vivienda esté plenamente tomada y, al contrario del texto de Cortázar, no haya percepción de amenaza ni siquiera, de mi parte, de decidirme a desecharlas, salir de ese entorno.

Francisco, que siempre había soñado con volar y también con liberarse de los trastos que acumulaba por doquier y que los copropietarios del consorcio, llamaban livianamente basura; estaba seguro de que su viejo colchón de plumas, debía tener mejor destino que el de humedecerse en el antiguo lavadero y dormidero de gatos y habiéndosele ocurrido la idea, se propuso crear su propio sistema de vuelo.
Le habían asegurado que imitar a los pájaros era acción imposible para las capacidades del hombre y que ya había suficientes experiencias de fatídicos intentos humanos, de utilizar plumas y armazones, extendiendo alas artificiales. Que se dejara de jorobar con esas invenciones extravagantes que solo serían útiles para que se rompiera los huesos.

Aunque nunca sería lo suyo, hubo quien le recordó historias sobre personas dotadas de poderes divinos que habían intentado volar. Era el caso de Ícaro y Dédalo, que encontrándose prisioneros en la isla de Minos, se construyeron unas alas con plumas y cera para poder escapar. Ícaro se aproximó demasiado al sol y la cera de las alas comenzó a derretirse, haciendo que se precipitara al mar y muriera.

Lo primero era lo primero y terco y metódico como era, consiguió ahorrar cada mes, el diez por ciento de su jubilación hasta obtener la cantidad necesaria para la adquisición de un instrumento que le permitiera medir la velocidad del viento. Compró un armatoste dotado de tres hélices unidas a un eje central, cuyo giro, proporcional al movimiento de las corrientes, las medía sin ninguna dificultad. Con cuidadoso esmero consiguió ajustar, en lo alto de la antena de televisión, la nueva adquisición y era un gusto ver girar sus hélices, mientras marcaba con cercana precisión la temperatura y la velocidad del aire. De ese modo, todas las mañanas, hiciera calor o frío, Francisco, subía al techo. Cuidando, sin demasiado éxito, de no romper tejas para no producir las inevitables goteras, Trepaba al ángulo más alto y estudiaba la intensidad y la frecuencia de los movimientos de los inquietos vaivenes, conocimiento relevante, a la hora de finalmente lanzarse, alas arriba, en delicioso planeo.

Las alas de plumas son un muy buen complemento para cualquier disfraz, realzando desde trajes de aves hasta ángeles y mariposas, leyó en el buscador de su P.C., mientras acercaba pronunciadamente los ojos a la pantalla y masticaba un bocado de pizza fría. Comprar alas de plumas puede ser muy costoso. Una buena opción sería construirlas tú mismo. De esta manera, puedes hacerlas únicas y personalizarlas al mismo tiempo.
-No es tan complicado- pensó. Simplemente había que conseguir unos metros de alambre de gallinero, que estaba seguro de que, en algún lugar del departamento, debía tener; cinta para pegar, correas y animarse…nada más que animarse.

Con bastante menor esfuerzo que armar las alas según las instrucciones, cosió las correas a los bordes del colchón.
La primera parte del proyecto estaba resuelta, una vez efectivizado, faltaba elegir el momento favorable para atreverse a cumplir su sueño.
Esa misma tarde estudió la orientación y la velocidad del viento y colgándose, gracias a las mencionadas correas, el colchón de los hombros, subió a la terraza. Para que el viento no los precipitara edificio abajo, con los metros de alambre se aseguró a las barandas y con las cintas de pegar y un rectángulo de plástico, que encontró en el contenedor de residuos de la planta baja, armó un pequeño cobertor por si se le ocurría llover.
Pero, esa noche, la luna era un disco blanco suspendido del cielo, la ciudad, una alfombra de luces titilando en lo bajo y los gatos maullaban de felicidad.
A pesar de su tos, Francisco se acomodó debajo de las estrellas, la espalda bien apoyada sobre las plumas y extendiendo lo brazos, soñó que volaba, que volaba como nunca jamás lo había hecho.



*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
Villa Gesell









UNA TENUE CAPA DE ROCÍO QUE EVAPORA COMO LO REAL..








Efectos secundarios*




*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



Estoy en mi cama, custodiado por mis gatas. Alzo la vista y miro el techo. Me siento una parte del paisaje. Imagino que soy una nube oscura y pesada. Sólo puedo pensar mientras mis gatas se concentran en mi respiración y parpadean lentamente. Pensar y pensar. Es lo único que he hecho desde que desperté. Supongamos, retomando la idea, que soy una nube. Y me imagino inmaterial, hecho de un aire oscuro, casi algodonoso. Quizás, si profundizo en la imagen, me puedo ver flotando por la habitación.
Cuando abrí los ojos, hace unos minutos, intenté levantarme de la cama pero mi cuerpo no respondió. Las gatas atestiguaron mi esfuerzo y su displicencia pareció, en ese momento, una secreta y fugaz simpatía. Ahora, ante la imposibilidad de moverme, abandono cualquier esfuerzo, miro las puntas de los pies bajo las sábanas y pienso, casi convencido, que son elementos extraños a mi cuerpo. Es como si alguien hubiera puesto ahí, al otro extremo, una elaborada broma, una trampa. Las puntas de mis pies son dos monumentos demasiado pesados para mover, como si su escasa materia concentrara un fragmento del universo. Están ahí, inertes, esperando una señal, el impulso adecuado para despertar y moverse. Me concentro en ellos. Soy un náufrago que mira, con desesperación, un par de islas rocosas.
Imagino que nunca podré salir de la cama. Estas sábanas tibias, el cobertor de cuadros grises, son sutiles mecanismos que detendrán el tiempo o lo volverán irrelevante. Recuerdo las aspirinas que tomé ayer antes de dormir. Eran dos pastillas redondas, pequeñas, blancas, y un poco porosas. Las gatas estaban echadas sobre mis pantalones de pana. Un pertinaz dolor de cabeza me agobiaba. Era una luz que se abría paso en mi cráneo. Fui por un vaso con agua. Me apresuré y di un par de largos tragos. Quizás, desde ese instante, hubo un anuncio, sutil, de inmovilidad. Tal vez un hormigueo en las manos que atribuí, acaso, al invierno. Las pastillas viajaban, veloces, por mi cuerpo. A lo mejor, por misteriosas razones, habían sobrevivido al viaje por mi esófago y estaban muy quietas, escondidas en la profundidad de mi estómago, como piedras en el lecho de un río. Pienso en esta posibilidad. Miro el techo de la habitación. Escarbo una vez más en la memoria. Recuerdo haber dejado el vaso cerca de la estufa. Mis gatas se pasearon entre mis piernas. Había algo de ansiedad en su paseo. Quizás era una advertencia. Las aspirinas seguían ahí, inmunes al desgaste y al embate constante de ácidos y fluidos. Yo, ignorante de todo, apagué las luces y fui a la cama dispuesto a dormir. El dolor de cabeza había desaparecido a pesar de que las aspirinas seguían latentes e inmunes. Tal vez fue la sugestión que, como se sabe, puede generar efectos poderosos. ¿Cómo desaprovechar la oportunidad? Sólo quería un sueño profundo, cerrar los ojos e internarme en un mar estéril. Entonces, ocurrió. Las pastillas dejaron en libertad un principio activo que, en lugar de las acostumbradas propiedades analgésicas, detonó un cambio en mi cuerpo. La actividad de mis músculos comenzó a menguar. El sueño en el que me sumergía era un sutil analgésico que evitaba cualquier reacción intempestiva. ¿Qué mente diseñó este experimento? ¿Acaso soy yo la única persona en el mundo sujeta a un extravagante efecto secundario? Tal vez un laboratorista, un sujeto de lentes gruesos, cobijado por el anonimato y con acceso a los últimos avances en química, descubrió una sustancia para aletargar indefinidamente al cuerpo humano y, de esta forma, acercarse un poco más a la inmortalidad. No fue difícil usar aspirinas como vehículo transportador. Este hombre buscó en una base de datos el perfil de pacientes con migraña recurrente. La información personal es, en estos tiempos, botín para cualquiera que tenga un poco de ingenio. Consultó candidatos ideales y dio con mi nombre. Se enteró, no con poco morbo, de mi tipo de sangre, de la extirpación de mi apéndice y, lo más importante, de la agenda de mis visitas médicas. Se aproximaba una consulta que era requisito indispensable para renovar mi seguro. Recuerdo la tarde de hace un par de días, cuando acudí a la clínica con mis análisis generales y el nerviosismo natural de un paciente poco experimentado. Sentado en mi silla, con las manos tiesas sobre los muslos, ratifiqué mi migraña a un tipo a quien tomé por doctor. “Es importante que controle el dolor de cabeza para que no lo incapaciten. Le recomiendo tomar aspirinas con regularidad”, me dijo asediándome tras los gruesos cristales de sus lentes, imitando el tono paternal de un doctor. Después, con dedos seguros y veloces, tecleó una receta en la máquina de escribir. Disfrutó su victoria, con una escueta sonrisa, mientras me dirigía a la puerta del consultorio. El resto sería sencillo: esperar a que fuera a la farmacia que está en la esquina de la calle en donde vivo y que yo escogiera las pastillas adecuadas, aquellas que él había empacado meticulosamente en cajas y colocado en los estantes, en una sagaz maniobra de sustitución, aprovechando un descuido de los dependientes. Ahora está vigilando mi ventana desde la calle o desde la azotea de una casa vecina.
El movimiento en mis venas está detenido. Los pulsos nerviosos no renuevan su energía y emiten un murmullo vacío. Sólo queda mi respiración que conduce, solitaria, mi vida. Los pulmones se esponjan y distienden, pero no hay mucho más. Una química perversa se ha cebado en cada rincón de mi cuerpo. Por eso me enfrasco en mi consciencia, en mi voz que no es sonido sino pensamiento. Trato, inútilmente, de mover la mano derecha que está oculta bajo las sábanas. Tal vez mi cuerpo es sólo lo que puedo ver y, el resto, que pensaba encallado bajo el cobertor, ha desaparecido. ¿Qué le diré a mi esposa cuando llegue a casa después de su viaje y me pida ayuda para bajar las maletas? Casi la puedo escuchar, bajando del taxi, cerrando la reja. Pero las gatas están tranquilas. Una está cerca de mi pierna derecha y la otra está sobre una cajonera, mirando por la ventana, como lánguida vigía de porcelana. Ellas detectarán el sonido del motor y comenzarán a husmear. En realidad mi destino no es tan terrible. Soy, a pesar de mis limitaciones, un dios inmóvil pero aún con poder para imaginar y encontrar significados ocultos en la línea de luz que entra por la ventana. Tanta inmovilidad me llevará a interpretar el sueño inescrutable de mis gatas. Escucho el taxi. Quizás todo esto es una tontería. Podría inventarme situaciones aún más inverosímiles. Por ejemplo, que el aire estancado de esta habitación (sus enrarecidas moléculas) es el elíxir de la inmovilidad. Desde aquí ese extraño fenómeno colonizará el mundo. Miles de millones quedarán varados en sus cuerpos. Vaya tontería. Reiría si pudiera hacerlo. Las gatas no se mueven a pesar del rechinido de la reja y del cerrojo abriéndose. Intento, desesperado, atisbar desde el encuadre estático de mi mirada. La que está a mi lado ni siquiera dirige las orejas. La otra sigue vigilante en la cajonera, pero su postura –que no ha variado ni un milímetro desde hace minutos– y el brillo inútil de sus ojos, me revelan la verdad. Sólo resta esperar a que mi esposa suba las escaleras y abra la puerta.





-Alejandro Badillo
(Ciudad de México, 1977)


Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.












Como si fuésemos inmunes*


A veces sé que tiene frío, que sufre, que le pegan.
(Lejana. Julio Cortázar)



Como si fuésemos inmunes
miramos el entorno y nada vemos.

Vivimos encerrados
en nuestro mundo invulnerable
nuestra pequeña burbuja de cristal
donde no llega el eco
de los lamentos desgarrados
(como si todo ello no formara
parte de nosotros mismos,
como si esos rostros famélicos o atroces
no fuesen un reflejo abominable
de nuestros propios rostros impasibles)

Encerrados en el cuadro que pintamos
para obviar los colores imperfectos.

Y nos olvidamos.
Irreparablemente.
Nos olvidamos del otro:
ése que sin siquiera percatarse vive
el reverso de nuestra existencia
mientras reímos y jugamos y nos emborrachamos
como si fuésemos inmunes.


-De Por si mañana no amanece.


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
- Publicó “El alba sin espejos”














El susurro*



Los días pasaban, parecidos entre sí como pasan los días. Ya el susurro era un integrante más del grupo, no alteraba los ritmos, las charlas se sucedían fluidamente, el té seguía su ritual, las mujeres tenían sus pequeñas conversaciones, en voz más baja a veces, para no ser oídas por los hombres que a su vez atenuaban sus voces para contarse pequeñas historias privadas. Sólo el susurro participaba en todo. Se deslizaba en suave ondulación hacia uno u otro grupo o alguna mujer en particular. Eso era especial. Nunca prestaba mucha atención a un hombre, prefería la suavidad de la piel femenina descubierta por el escote o un tobillo redondeado que iba a terminar en un zapato delicado, sin agresividad. Se pegaba a esa piel en suave caricia, se enroscaba en una pierna, subía por un brazo que se extendía para depositar un naipe en la mesita redonda. Siempre prodigándose en el grupo, salvo aquellos momentos en que se alejaba hacia los rincones más oscuros, investigaba los libreros o el interior de los jarros de plata.

Esto se prolongó hasta aquel día de mayo en el cual no se movió del cuello de Ana. Se quedó allí apoyado suavemente, sin moverse, sólo modulando sus sonidos en forma casi imperceptible. Todos pensaron que era sólo el capricho de un día. Igual que cuando había estado susurrando desde un tomo del “Orlando furioso” durante casi una semana, sin moverse. Ana estaba halagada. Siempre se había sentido algo relegada dentro del grupo, como más gris e insignificante. Sabía que esto no perduraría, pero esa tarde se sintió protagonista. Los demás opinaron que era un gesto casi caritativo del susurro, que volvería a ser compartido por todos al día siguiente. Pero cuando bajaron y ordenaron las bandejas de galletas, las tazas de té, sus labores o libros, notaron que el susurro ya estaba allí esperando con cierta impaciencia. Siseaba molesto moviéndose malhumorado entre las tazas hasta que Ana se sentó en su sillón habitual, el de pequeñas flores amarillas, con el pelo cuidadosamente recogido en la nuca. Él rápidamente encontró su lugar en el hueco de su cuello y volvió a su ritual de susurro amoroso comenzado el día anterior.

Los demás ya no pudieron desconocer esa clara preferencia. Se miraron unos a otros, mujeres y hombres unidos por su determinación. No podían dejar pasar esa alteración de la rutina. Miraron todos a Ana fijamente, mientras ella algo avergonzada sentía que el calor del susurro sobre su piel era grato y reconfortante. Cuando levantó los ojos hacía los demás, vio que todos estaban rodeándola, con miradas fijas y crueles. Las manos de los hombres parecían demasiado grandes con sus dedos estirados, los de las mujeres tenían las uñas demasiado largas.



*De Sonia Arismendi Pignataro.
Uruguay. (1939 – 2016)













PREGUNTAS AFIRMATIVAS*



Escribo para detener la disolución, para que alguien en algún lugar sienta alguna cosa, para que alguna de las hojas del árbol permanezca un segundo más aferrada al tallo. Escribo para que alguna persona se sienta movida a expresarme una sola palabra de afecto, para que un perro se rasque las pulgas en la mente de algún ser humano un lapso entre un segundo y cuarenta años. Escribo para no irme, para escaparme, para que me vean y para esconderme.
Escribo para que piensen que soy mejor de lo que soy, para exponer mis mezquindades. Escribo para comprender alguna de mis caras que no puedo ver en el espejo, para verme la nuca, para avergonzarme a futuro, para emocionarme por lo que alguna vez pude creer.
Pongo palabras una detrás de la otra, una encima de la otra, trato de obligar al lenguaje a ejercer la imposible tarea de crear algo parecido a la realidad.
Me sorprendo de lo que escribo, me pregunto por qué, para quién, con qué razón y con qué propósito. Con qué sapiencia y con cuántas ignorancias.
Escribo porque no puedo cantar. Escribo para escucharme.
Escribo para reencontrarme y volver a perderme. Para esconder algo secreto en medio de tanta cosa superflua, quizás el nombre del amor en la Divina Comedia. Para vencer los terrores al conjurarlos, para darme cuenta de que le temo a otras cosas que no quiero, que no puedo nombrar.
Escribo para no ser lo que soy, mientras soy yo, profunda, dolorosamente.
Escribo en la noche palabras nocturnas que se esfuman a la luz del sol. Palabras diurnas que suenan falsas a la mortecina luz de las bombillas.
Escribo hoy para hoy, aunque lo leeré mañana. Para reconocer que nunca soy la misma y me repito invariablemente.
Para mentirme alegre cuando aprieta la desesperación. Para convencerme infructuosamente de que escribir tiene algún sentido.
Escribo porque si, y porque me es importante. Escribo porque escribo.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







*

Era la tarde
y era siempre el campo
un largo horizonte sostenido
entre los montes de eucaliptus.
El sol huía,
como huyen,
al fin,
todas las cosas.

Mi mano niña levantó la piedra
y la lanzó
al centro abisal de la corriente.
No supe
hasta después
cuanta presciencia del rencor había
en mi mano vengando lo fugaz.

Sobre mi frente rondaban las cotorras
en un júbilo
parecido al caos.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

















Un futuro que nos espera*

-Año 3623-


El Papa Urbano Powell IV acaba de concluir su intervención en el concilio, la aprobación de las uniones virtuales es un hecho. Él es, el tercer clon de Urbano, el primer Papa negro de la historia, hoy conocido popularmente como el Papa "Sociólogo" por la Orden Teológica del Saber de la que proviene.
La humanidad marcha a la concreción paso a paso de antiguas utopías. Pero, ¿qué mundo es este? Todo ha cambiado mucho en el último milenio, de muchas cosas solo queda el uso inadecuado y melancólico de las palabras que alguna vez designaron esa realidad. Pero las palabras durmientes han resistido más que las cosas, más que la gente que las sostenía con cuerpos y prácticas reproducibles. No hubo discusiones apasionadas, el mundo del amor virtual hace rato que se ha impuesto como forma de intercambio entre seres y sexos. Quizá, la pregunta del hacia donde vamos, nunca tuvo tal penuria, tanta falta de sentido como en este presente.

El amor solo se concibe como una relación de imaginarios. Hace siglos que perdió cualquier relación con la necesidad hormonal - física de intercambio corpóreo.

Estaba previsto, había sido profetizado a fines del siglo XX. El Papa sociólogo, lleva en sus maletas los documentos originales que fundaron su hermandad del saber. Los escritos fundacionales, que ahora son leídos como palabra sagrada y en su remoto origen causaban decepción: De La Seducción, de Jean Baudrillard, La Historia de la Sexualidad de Michel Foucault, y muchos otros textos escritos por apellidos como Castoriadis, Beck, Lipovetsky, Todorov. Datan del momento en que la humanidad luchaba por entender un futuro de incertidumbre.

En este mundo muchas cosas han cambiado, el amor ha quedado emancipado de cualquier decepción. La reproducción de los humanos abandono la sede de la unión
corporal aleatoria entre Mujer y Hombre para ser una cuestión de Estado.  La reproducción  se realiza bajo estrictos códigos que incluyen manipulación genética para evitar patologías hereditarias. Con la aceptación masiva de concepción extrauterina los humanos solo pueden donar esperma y óvulos para los bancos de gestación de hijos de la humanidad. Las parejas pueden adoptar hijos de crianza, aunque los sectores del privilegio prefieren clonarse en descendientes idénticos, en un proceso que se llama mismidad caracterológica, pues no solo se clonan sus formas corporales, sino que también su memoria, sus recuerdos y emociones pueden transferirse desde archivos externos a la edad necesaria.
El tema de las regulaciones se ha desplazado notoriamente. Las características deseables de las futuras generaciones de hijos de la humanidad monopolizan el conjunto de debates y la energía disponible para el conflicto.
El FMI ha abandonado las prácticas de control de intercambios monetarios. Su función principal es el control del cumplimiento de la cuota de natalidad prevista para cada Estado miembro. Una formula matemática compleja permite solo pequeños desequilibrios entre el crecimiento de la población y la producción de los recursos transgénicos necesarios para alimentarla y sostenerla en el planeta. Algunos países han optado por hacer crecer la población en sus planetas colonizados o en ciudades espaciales ubicadas a la distancia precisa de soles benignos.

Sólo restan algunos bolsones de salvaje resistencia. Grupos apocalípticos se reproducen libremente en algunas selvas montañosas. Otros sobreviven en grietas inaccesibles de pequeñas islas volcánicas del Pacifico. Bajo condiciones extremas de precariedad esa población primitiva disminuye década a década. Cuando son rescatados por las fuerzas de la civilización son atendidos por la ciencia médica y una vez compensados en su salud son desactivados para la reproducción directa de la especie.
Existen principios importantes que han logrado ser extendidos con un fuerte consenso. Como una ideología que otorga verdad a todos los intercambios no monetarios se cree que “El cuerpo es un lugar de desencanto”. En sus encíclicas citando las sagradas palabras de Jean Baudrillard, Urbano Powell IV dice una y otra vez que nadie podrá decir que ha engendrado hijos sin deseo, por pura necesidad de contacto sexual.
La vida se crea desde el amor virtual. Los seres se estimulan -evitando la codependencia emocional- De estas formas etéreas de amar surgen los donantes para los bancos de reproducción de la especie.
El mundo se emancipo para siempre de las debilidades y tentaciones de las que prevenía San Agustín, se libero de la culpa por ceder al deseo que describió Lacan. Logró como lo profetizaba Baudrillard, expulsar su parte maldita. Una ética del Preferiría no hacerlo fue imponiéndose lentamente desde finales del siglo XXII.
Las emociones fuertes se buscan viajando en la reversibilidad de las partículas de luz. Se viaja a épocas donde la soberanía del acontecimiento era absoluta.

En cada concilio se hacen debates científico – teológicos en los cuales se estudia con ayuda del cine del siglo XX. En este encuentro se realizó un debate teológico después de ver La Guerra del Fuego. El cardenal para la creación de la fe Dan Tucker lloraba al ver esas imágenes donde el macho poseía a su hembra imitando en la cópula a los mamíferos de cuatro patas. La película de Jean-Jacques Annaud confirmó al conjunto de notables que el mundo no puede retroceder a sus instintos más animales.
Hemos superado para siempre la edad mítica. -razonó en voz alta Urbano Powell IV - La humanidad se ha emancipado. Eros y Thánatos no coexisten más en el interior de los seres.

-Quien verdaderamente ama, concluye el Papa, debe estar liberado de buscar complacerse en lo concreto con otros.



*De Urbano Powell & Eduardo Francisco Coiro.












*


En los albores de la tragedia y de la poesía épica griega se habla de un héroe que es mediador entre el cosmos y el mundo humano. Es víctima casi fatal de la hybris que es el pecado de desmesura. El griego se maneja en la legalidad cósmica, a la que llama justicia (inhumana en el sentido de no humana y también combativa de lo terrestre y lo divino), es decir, la armonía, la mesura. Lo otro, y así por ejemplo la demencia o todo lo que sale de la Ley cósmica, contagia el universo entero como una peste. Es merecedor de la maldición, pero al resignarse, al aceptar el castigo, produce el restablecimiento de la armonía y la catarsis del espectador, la purga, a partir de la identificación. Según Anaximandro las cosas expían sus propios excesos, se trata de un universo en tensión: donde el orden es categoría de ser. Estamos frente a un héroe que devuelve el caos, es decir que exhibe la desnudez del mundo (o sus vísceras, si se prefiere) como un artista. Como hombre es maldecido por una legalidad cósmica inentendible que más bien recuerda a la fatalidad (el misterio, lo inentendible del Destino, aún por encima de los dioses): como artista extrema el Mal- Decir, muestra el caos oculto disfrazado de orden y legalidad cósmica, desenmascara la oculta maldición. Es ya imagen del escritor que utiliza todo el poder destructor de la palabra, su potencia de malentendido, de mentira, de paradoja.



*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com







InvenTREN








KronoX *



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com



Las generaciones futuras no recordarán mi nombre (y en el fondo, quizá sea mejor así), pero yo inventé una máquina del tiempo (a esta altura, utilizar el artículo la sería –probablemente- inexacto. Y algo pedante por mi parte). Por otra parte, esta denominación –máquina del tiempo- quizá tampoco sea del todo correcta. El lector juzgará una vez conozca los hechos. Sin más preámbulos, procedo a relatar la historia.
Mi pretensión, en pocas palabras, era crear un nuevo software, capaz de recrear el pasado y actuar sobre él. Sólo virtualmente, claro (o eso me decía a mí mismo, pero la esperanza, esa maldita…). Tardé años en definirlo, en atreverme a postular una ecuación irresoluble. En el transcurso de mis investigaciones hubo altibajos. Tan pronto creía haber hecho un descubrimiento asombroso, como me abandonaba a la desesperación por no sentirme preparado para llevar a cabo tan magna empresa. Una de esas veces, en medio de la fiebre nocturna, producto, sin duda, de una indigestión, soñé o imaginé que el viaje podría ser real y tener lugar en un único sentido –al pasado- y sólo una vez. Es decir: sin regreso.
Al día siguiente, sin embargo, no me atreví a reírme de tal disparate. Algo había en mi planteamiento –algo que no era capaz de recordar y, no obstante, me corroía por dentro. Aun así, no quise pensar más en ello: Tener una única oportunidad me pareció estadísticamente arriesgado. Ese fue un inconveniente que no supe solventar en la vigilia. El desánimo de esas horas posteriores estuvo cerca de hacerme desistir. Luego, pensé que no tenía derecho a renunciar. Tal vez con base en mi proyecto, me dije, alguien conseguiría solucionar ese defecto formal. (Entonces era joven e irresponsable. Lo sé ahora. Sólo descubrimos eso cuando ya es tarde. Un motivo más para implicarse en la invención de mi máquina).
Pero la amargura no desapareció. Durante unos meses, el vodka y los antidepresivos fueron mis más cercanos compañeros. Con ayuda de una mujer cuyo nombre y rostro (me avergüenza confesarlo) se mezclan en mi memoria con otros muchos nombres y rostros, de otras muchas mujeres, todas ellas memorables sin duda, conseguí salir de ese vil estado y retomar mi trabajo.
Comento ahora otro punto sobre el que medité mucho: El ser humano es capaz de darle un mal uso al mejor de los inventos, es sabido. La Historia lo atestigua sobradamente. ¿Debería eso detenerme? La respuesta lógica, racional (más aún si lo pienso ahora, cuando ya nada tiene remedio), hubiera sido: . Pero el deseo del inventor es impermeable a razones que le alejen de su objetivo. De nada sirve pensar en Hiroshima.
Así pues, emprendí la tarea. Fueron años de caos, esfuerzo, dedicación, fiebre, noches en vela, soledad (porque hube de alejarme de todo cuanto pudiese distraerme de mi meta), multitud de preguntas cuya respuesta sabía informulable, fracasos, depresión y cansancio. Pero lo logré.
Antes de continuar escribiendo este relato de los hechos –o cualquier otro, en cualquier otro lugar-, debería hablarles de la máquina, detallar su funcionamiento, explicar las fases de su construcción… Pero no lo haré. No sé si esta omisión es una especie de escudo ante mi mala conciencia, aunque de sobra sé –ahora- que nada me justifica. Esta narración sólo es informativa. Ni espero ni deseo ser perdonado o comprendido. El perdón o incluso la tolerancia ante mis actos, lo confieso, me parecería injusta.
Voy pues, a los hechos: El día señalado llegó. El momento definitivo –eso creía yo en mi ingenuidad. Me coloqué el casco, programé una fecha y un lugar y presioné el botón Play.
Ese instante se eternizó. Cerré los ojos, asustado, esperanzado, ansioso. Muchas imágenes pasaron por mi cabeza. Muchas posibilidades entrecruzándose, como trenes en la estación de una metrópoli. Respiré hondo y abrí los ojos.
Había funcionado.
Estaba en el lugar y tiempo programados. Con precisión cronométrica. Para esta primera prueba, es obvio, había buscado una fecha lo más próxima posible y un lugar conocido: El día de ayer, en mi taller. En la pared oriental, el reloj marcaba la hora exacta que yo había previsto. Podía moverme, tocar los objetos (el tacto de la mesa me resultó extraño, como si en lugar de madera se tratase de plástico o algún material sintético), oír los sonidos provenientes de afuera. También sentía los diferentes olores. Sopesé tomar un trago de agua; la botella estaba ahí, sobre la nevera. Pero no me atreví. El deseo fue más débil que el miedo. No sabía qué podría ocurrir (Durante la ejecución del programa, uno no es consciente de estar viviendo una simulación. Esa agua, para mí, era real. Pensé que beber de ella podría acarrearme algún efecto secundario indeseado). Sólo fue un acto instintivo, irracional. Seguí moviéndome por la sala. Reconociendo los objetos. Algunos de ellos estaban marcados (para comprobar si la simulación funcionaba, había señalado con tiza roja algunas cosas y luego las había cambiado de sitio) y ocupaban el lugar donde ayer mismo habían estado. Lo maravilloso era la sensación de realidad. Me asomé a la ventanita y pude contemplar el paisaje ya conocido, sólo un poco ensombrecido por las nubes (ayer estuvo nublado todo el día, aunque no llovió), pero tan nítido como en cualquier otro momento. Después de un rato dando vueltas por toda la habitación, satisfecho y moderadamente feliz, decidí regresar (por así decirlo).
Me quité el casco, abrí los ojos. Fui a la nevera y descorché la botella de champán. Es triste beber solo, ya se dijo. Pero me sentía eufórico. A la embriaguez por el descubrimiento, se unió la otra, más concreta: la etílica. Terminé tirado en el sofá, en una posición ridícula e incómoda. En medio de la exaltación y las burbujas, yo tenía un algo removiéndose en mis entrañas y no sabía qué. Lo achaqué a la emoción del momento y me dormí, entreviendo con detalle una sala de variedades parisina que jamás había visitado.
Repetí el experimento varias veces, siempre satisfactoriamente. Al principio fueron “viajes” (los llamo así porque no se me ocurre otra manera mejor) cortos: Unos pocos días atrás, lugares cercanos. Como si esa prudencia fuese necesaria. Como temiendo perderme y previniendo ese azar mediante la proximidad geográfica y temporal. Poco a poco, previsiblemente, extendí el campo de mi experimento. Quise ir cada vez más lejos, tanto en el espacio como en el tiempo. Visité (¿de qué otro modo llamarlo?) Rosario a finales del siglo XX, cuando el Museo de Arte Contemporáneo todavía no estaba ahí. Cuanto más lejos iba, más extraña era la sensación que experimentaba dentro de esa realidad virtual. Cada una de estas recreaciones era como una victoria. ¿Una victoria sobre el tiempo? Creo que mi vanidad no era tanta. Más bien me sentía un jugador inmerso en una partida que no terminaba de comprender. Y ganaba siempre. Embriagado por el éxito, me planteé retos cada vez más difíciles. Fui a Mendoza meses antes de la construcción del Arco del Desaguadero. Y en efecto, no estaba. A Buenos Aires hacia finales del siglo XIX, cuando aún no existía la Avenida de Mayo.
Yo esperaba que al irme alejando en el tiempo, y teniendo en cuenta que los datos suministrados al programa eran, en muchos casos, fotos en sepia y documentos sacados de archivos municipales, no del todo bien administrados –es el caso decirlo-, los objetos, los lugares, irían perdiendo nitidez. Es decir: Se verían como en esas fotos y esas descripciones. Pero (esto debió alertarme) no era así en absoluto. Todo era como debió ser en realidad. Algunos edificios, algunas esculturas, hoy corroídos por la erosión implacable, se veían nuevos, radiantes, en la recreación. Mi juguete cada vez me emocionaba más.
Una tarde de 1876 me encontré paseando por Barcelona. La Sagrada Familia aún era un proyecto en la mente del gran Gaudí. También me aventuré en París, en New York, en Londres, siempre buscando fechas anteriores a la construcción de edificios o monumentos emblemáticos, sólo por el placer de ver cómo fue aquello antes de ser como es ahora (si es que aún puedo pronunciar la palabra ahora sin cometer un terrible anacronismo). Mi ambición me llevó a Granada en el siglo XII, Pisa en el XI y hasta la China anterior a la Gran Muralla. Me sentí colmado. Salí del taller y me di cuenta de que llevaba allí encerrado más de un mes, comiendo mal y durmiendo peor. Pero era feliz.
Decidí dejar de lado mi pasatiempo, al menos durante unas semanas. Ver a unos pocos amigos, salir con una mujer, distraerme. Fue en vano: Dos días más tarde estaba de nuevo sentado en el sillón de terciopelo rojo, con el casco en mi cabeza y viviendo momentos de otro siglo y otro lugar. Me había vuelto un adicto.
Entonces recordé –cegado por la euforia, había llegado a perder de vista el objetivo principal- el motivo que me empujó a emprender este proyecto.
Los hechos capitales en la vida de todo ser humano son pocos. El descubrimiento del amor, la primera visión del mar, la pérdida de un ser querido, un éxito de tipo deportivo o social… En la mía, el hecho trascendental fue una despedida. Ocurrió en el año 1960, en la estación José Ramón Sojo, cerca de Saladillo, en la provincia de Buenos Aires. Era invierno o así lo he recordado siempre. Ahora ya no sé qué pensar. Ni sé si invierno y verano son conceptos diferentes. Ella (una mujer, sí; no podía ser de otro modo. Ya lo dijo Aristóteles) se llamaba Natalia y durante los cuatro años anteriores a ese momento crucial había ocupado cada minuto de mi vida y también de mis pensamientos. Por ello, su marcha me resultó inconcebible. Como un mal sueño del que muy pronto iba a despertar. Desde entonces habían transcurrido más de cuarenta años y la pesadilla continuaba.
Otro, tal vez, se hubiese abandonado a la locura. Yo, en cambio, diseñé una máquina para reparar ese instante del pasado. Si se mira bien, quizá ambas cosas vengan a ser equivalentes, después de todo. Ese fue, es preciso contarlo –por más que la vergüenza me oprima al confesarlo-, el único objetivo de mi invención.
Al pensar con espíritu crítico en ese olvido, no me fue difícil llegar a la conclusión obvia: No es que hubiese olvidado el porqué del experimento. Simplemente, había ido posponiendo el viaje importante. Por miedo, sin duda. Tememos enfrentarnos a nuestros más fervientes deseos, casi tanto como desafiar a nuestras fobias crónicas. Mientras visitaba otras ciudades y otras épocas remotas, mientras me maravillaba ante la visión de lugares que ningún otro ser humano vivo había podido contemplar, ese invierno de 1960 y esa estación casi jubilada (un año después –si la palabra año todavía significa algo para mí- dejó de utilizarse) estaban siempre ahí, esperándome. Como la musiquilla pertinaz que siempre retorna y nos acompaña, sin que acertemos a recordar dónde la oímos o a que hecho va asociada.
La partida de Natalia fue más dolorosa porque me quedó la sensación de haber podido hacer algo para evitarla. No pensé entonces (lo repito, era joven, era inexperto) que tal vez se fue solamente porque ya no encontraba ningún aliciente en nuestra relación. Más bien creí que todo fue culpa mía y, de haber actuado de otro modo, las cosas se hubieran arreglado y la tan amarga separación nunca hubiese tenido lugar. Por eso, debía volver. Para saber. Siempre queremos saber, encontrar una respuesta, aun cuando sepamos que ésta no va a ser satisfactoria. Me obsesioné con esa idea en el pasado. Después no sé. Quizá simplemente actuaba por inercia. O por obstinación.
Había llegado, pues, el momento: Con ansiedad, con temor, introduje la fecha y las coordenadas de la estación. Pulsé el botón. Esperé. Abrí los ojos. Natalia estaba a pocos pasos, mirándome, como extrañada.
Sentí que estaba de nuevo allí. Reviviendo –en toda su magnitud- el momento atroz de la despedida. Me acerqué a ella, pronuncié algunas palabras –imposible recordar cuáles desde este presente borroso, si presente es la palabra, si recordar es el verbo-. Ella –igual que entonces- meneó la cabeza a izquierda y derecha un par de veces. En sus ojos se apreciaba el dolor producido por esa negativa inevitable. Regresé. Abatido, con el peso de los muchos años transcurridos oprimiendo mi corazón. Desolado. Bebí, dormí. Después amaneció y volví a intentarlo. El resultado fue idéntico. Aplaqué mi decepción con otros viajes, pero cada mañana volvía a ese invierno, a esa estación, a Natalia negando, al tren moviéndose, lento, sobre las vías, iniciando el viaje sin retorno.
El dolor por esa separación multiplicada, no me dejó ver, al principio, otro detalle más atroz. En alguna parte había leído que todo acto conlleva consecuencias que ni alcanzamos a sospechar. Yo había actuado, sin saberlo, de forma imprudente. Pronto iba a darme cuenta.
El primer indicio me causó perplejidad. Fue en una cafetería, a media tarde. Estaba leyendo el periódico cuando mis ojos se posaron en una imagen: Era París y el lugar de la Torre Eiffel estaba ocupado por un edificio de ladrillo claro. Alrededor todo tenía unos colores mortecinos. Parpadeé un par de veces, incrédulo. Examiné la foto con atención. No había dudas: Ése era el sitio de la Torre y no estaba. Supuse que se trataba de una imagen trucada; ahora todo el mundo maneja programas de retoque fotográfico. Pero ¿en el diario? No me quedó otra que leer todo el artículo, para averiguar el motivo de esa usurpación. En vano. No había allí la menor explicación. Me encogí de hombros. Ni siquiera me dio por pensar que yo tuviese algo que ver con tal misterio.
Unos días más tarde, escuché una conversación en el metro. Eran dos hombres y hablaban en voz muy alta; era imposible sustraerse a sus palabras. Todo el vagón fue testigo de la discusión. Ésta versaba sobre política y en ella se mencionaba el nombre de algunos dirigentes de países vecinos. No reconocí ni uno solo. Tampoco esto me pareció relevante, porque no suelo prestar mucha atención a las noticias relacionadas con asuntos políticos. No era extraña mi ignorancia acerca de tales nombres. Pero mentiría si afirmase que ese desconocimiento no me causó cierto desasosiego. Podría ser simple desidia, pero tal vez otra cosa. En mi estómago se cocía una verdad que no estaba dispuesto a admitir sin resistencia.
El hecho definitivo, el que me abocó a esta sinrazón que hoy es mi vida, fue algo en apariencia trivial: Marqué el número de mi amigo Celso, a quien llevaba tiempo sin ver, y una voz agria me respondió que no había allí nadie con ese nombre. Revisé mi agenda. Volví a marcar, uno a uno, los números allí anotados. Con sumo cuidado, para no equivocarme. La misma voz. Esta vez acompañó la negativa con un insulto. Desistí. Conjeturé un cambio de número, nada más lógico. Llamé a información telefónica y pregunté: Nadie así llamado tenía vinculado un número de teléfono en toda la ciudad, ni siquiera en la provincia. ¿Deseaba consultar la guía nacional?, me preguntaron. En otras circunstancias, me hubiese mostrado irónico y dudado de la eficiencia del operador que me suministró la información, tal vez hubiera insistido o vuelto a llamar, por ver si esta vez daba con un telefonista más eficaz. Pero de pronto, la verdad me explotó en pleno rostro: En mi ventana, el paisaje no era el de siempre. No supe precisar qué era, pero no hizo falta: Algo no era igual, algo había cambiado. Las imágenes, las palabras, se agolparon en mi cabeza. Esta realidad ¡cómo admitirlo! era otra.
Salí a la calle, poseído por la fiebre. A causa de mi despiste, no me había dado cuenta antes, pero era cierto. Nada estaba en su lugar. Me pregunté cómo, cuándo, qué… pero ni siquiera atinaba a formular las preguntas. Todo era demasiado inverosímil. Un tipo que no reconocí me dio un abrazo en la entrada a un pasaje que nunca había visto. En un cine daban Terciopelo azul, pero en los carteles, el director no era David Lynch. Recorrí la ciudad hasta el cansancio. Quizá era sólo eso lo que buscaba: Agotarme hasta caer rendido, evitando así el caos reinante en mi mente.
Caminé y bebí. Hice preguntas estúpidas, sólo para comprobar que las respuestas no eran las ya conocidas por mí. En algún momento quise creer que todo era un complot de mis conciudadanos para volverme loco. Llegué a casa -¿De verdad podía aún llamar casa a algún lugar?- y me dejé caer en el sofá.
La frontera entre el mundo virtual y el llamado, tal vez erróneamente, real, es más fina de lo que jamás hubiésemos sospechado. Sabemos que son posibles múltiples mundos virtuales, por así llamarlos. Pero nunca imaginamos que pudiesen combinarse o invadir el mundo real. Yo ¡irresponsable! lo había hecho. Al despertar lo vi claro. Cada recreación erigía una nueva realidad -o una nueva ficción, ahora ambos términos vienen a ser sinónimos- y yo iba saltando de una a otra sin percibirlo. Me pregunté si en verdad estaba mirando el río desde mi ventana o permanecía sentado en el sillón, con el casco puesto y buscando una salida.
Desde entonces –y ahora la palabra entonces ha perdido su significado, lo mismo que la palabra ahora- vivo recreando esa escena ocurrida en la estación, sin impaciencia, porque la verdad desplegada ante mis ojos –la coexistencia de múltiples vidas (o reflejos)-, me dice que hay una esperanza. Y sueño con Natalia cambiando ese gesto de negación. Sueño su sonrisa y su mano aferrando la mía, sus palabras diciendo que todo es aún posible, sueño ese tren partiendo sin ella…
Sólo una cosa me inquieta: Si eso llega a suceder, ¿Tendrá esa Natalia algo que ver con la original? ¿Será la misma de quien tanto tiempo estuve enamorado? Y yo mismo: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Soy acaso aquel que sufrió la decepción y el abandono? ¿El autor de estas líneas? ¿La misma persona que proyectó la máquina? ¿O sólo el fantasma de alguien, vagando por dimensiones infinitas y haciéndose preguntas sin respuesta?




-Sergio Borao Llop publicó “El alba sin espejos”
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