Friday, March 10, 2017

UN MOMENTO DE INCERTIDUMBRE…



*Dibujo de Erika Kuhn.
https://obraerikakuhn.blogspot.com.ar
 









*


Y no es

el esmalte gris de los dientes lo que me preocupa

no es

la toxicidad de este ph sulfúrico

el cartílago petrificado de mis tendones

no es

la retícula porosa del pelo

uñas picadas

no

no

son las máscaras de amianto que uso

para disimular

la quemazón

cuevas en mí

agujeros

donde iría

entre otras cosas

la luz de mis ojos.



*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com

 -Lorena Suez es Lic. en Ciencias de la Comunicación y Psicóloga Social. Participa en los talleres de Siempre de Viaje y en los eventos de Viajera Editorial desde el año 2012. Forma parte de la Antología compilada por Virginia Janza, Tetas. Historias de Pecho,  con su relato “Desde el Mandarino” (Textos Intrusos 2015).
-Publicó recientemente  Intemperie.  Por Viajera Editorial. -2016-










UN MOMENTO DE INCERTIDUMBRE…









Mareo*


*Por Angie Pagnotta. revistakundra@gmail.com



Dejo el espacio. En algún punto siempre estoy dejando el espacio. Insisto, maniática, en la pertenencia irreverente de esa zona sedada, creyendo que es
—finalmente— para mí. Tiemblo ante la idea de evidenciar mi incapacidad de llegar a vos, a cualquiera de esos vos que retumban en mi cabeza, que rebotan estáticos contra todas mis paredes. Temo porque desconfío de todo y de mí, porque aunque te siento, no sé si existe el camino, o si son espejismos que me invento para seguir adelante. Puedo con vos y con nosotros y, sin embargo, me inmovilizo al saber que tengo adentro una llama que me consume, que me desintegra, que me transforma el alma. Supongo que de eso se trata el amor: de transformar, de trastocar, de sentir que el universo, por un instante y en un segundo, merece tener un momento de incertidumbre. Supongo que esa vibración de los dos es tan necesaria que en cierta medida se marca un tiempo, una escala, una pulsión que late constante. Inevitablemente caigo en que me tiembla todo el cuerpo y me mareo mientras me envuelvo en vos durante cada minuto en el que estamos juntos.



*Del libro: Memoria de lo posible (Peces de Ciudad, 2017)
(Se presenta el martes 28/3/2017 a las 19.30 hs en Espiche: Humberto Primo 471, San Telmo, Buenos Aires, Argentina)



-ANGIE PAGNOTTA: Nació en Godoy Cruz, Mendoza, pero a los pocos meses se vino a Buenos Aires, por lo cual es 99% porteña. Es Escritora y Periodista. En 2012 fundó Revista Kundra: literatura aleatoria y el portal de Arte y Cultura, Baires Digital. Trabajó en contenidos de Redes Sociales y publicidad para Duro de Domar, TVR, Fútbol para todos, 678 y Diario Registrado, entre otros. Colaboró y colabora en distintos medios de Argentina como Revista El Gran Otro, el suplemento Cultura Registrada, Continuidad de los libros, Diario Femenino, el portal de entrevistas Entrevistar-Te, Solo Tempestad y Revista Kunst. En 2013 obtuvo una mención en Narrativa por su cuento “Alejandra”, otorgado por Guka, revista de la Biblioteca Nacional. Escribió Nada que no quieras, su primera novela que se encuentra en proceso de corrección y Memoria de lo posible (2017, Peces de Ciudad), es su primer libro de cuentos. En febrero de 2017  “Versiones sobre el río”, el relato que abre Memoria de lo posible, fue traducido al portugués por Felipe Buenaventura para FRONTERA, un proyecto que une escritores latinoamericanos alrededor del mundo.











Fragmentos de otros*




*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com




Una noche de junio salí del departamento. Me sentía optimista. Mi cuerpo se hundía en el calor del pasillo. El noveno piso tenía el aroma de una fruta navegando en el tiempo. Me dirigí al elevador para bajar a la tienda. Tenía antojo de una limonada para combatir el calor de la noche. Mientras caminaba podía escuchar el susurro de las cucarachas. Era como el transcurrir de un río muerto. Había montones de esos bichos por todo el edificio, sobre todo en verano. Trataba de pensar en otra cosa, deshacer la imagen, cuando vi a un hombre joven afuera del departamento número 6. Parecía esperar a que le abrieran. Miraba la puerta, dubitativo, como si tuviera dificultades para reconocer su existencia. En ese lugar vivía una mujer de unos sesenta años de edad. No sabía su nombre pero a veces la encontraba en el elevador. Me llamaban la atención el tinte rojo de su cabello y sus zapatos blancos de tacón. Supuse que el hombre era un visitante confundido. Para los extraños el edificio era confuso, algunos números no estaban marcados en los departamentos o no había una secuencia. Podría estar el número 3, luego seguir el 10 y, adyacente, el número 1. Cuando pasé junto a él, me detuve y le pregunté:
–¿Buscas a alguien?
El hombre me miró un poco sorprendido. Sus ojos chispeaban. Sus manos tenían un leve temblor.
–No.
Se quedó en silencio, mordisqueando la siguiente palabra. Sabía que esa negativa era, más bien, una invitación a seguir indagando. No suelo intercambiar palabras con extraños, pero el hombre tenía un aura de vulnerabilidad, parecía un niño perdido en un centro comercial, un objeto extraviado de pronto.
–¿Conoce a la señora? –me dijo antes de que intentara una nueva pregunta. Su voz, macilenta, un poco torpe por el nerviosismo, salió como un lamento.
–No la conozco, sé que vive aquí desde hace varios años.
El hombre me miró con una mezcla de asombro y preocupación. El silencio, en los siguientes segundos, fue el de un globo detenido en el cielo.
–Escuche, yo vivo solo en este departamento, el número seis, desde hace años. Hoy regresé del bar y me encontré a esta señora. Me saludó con toda naturalidad, como si yo fuera su esposo, y me empezó a decir un montón de cosas.
–¿Tu departamento es el número 6 del noveno piso? –pregunté.
–Así es.
Cuando mencionó el bar pensé que el alcohol era parte de la confusión. Sin embargo, sus palabras eran firmes. Su gesto, detenido, aún uniforme en su asombro, me seguía interrogando.
–¿Qué haré? Salí un momento a despejarme, pero no sé qué hacer.
–¿Pero es tu departamento?
–Sí. No hay confusión.
Junto a la puerta de entrada de cada uno de los departamentos hay una ventana rectangular. No entra mucha luz y muchos vecinos prefieren tener las cortinas cerradas. Desvié un poco la mirada hacía ahí. El hombre, comprendiendo mi intención, me dijo:
–Acérquese, mire.
Me asomé por la ventana. Había un resquicio entre las cortinas que permitía ver el interior. Ahí estaba, en efecto, la mujer que conocía. Estaba de pie, mirando por la ventana del comedor, dándome la espalda. Distinguí un par de sillones con cojines de terciopelo, un escritorio de madera y un pequeño librero. La mujer miraba las luces de la ciudad. Su cabello, a la distancia, semejaba el turbio contorno de una nube. Me sentí como un improvisado espía. Abandoné la observación y le dije:
–Esa señora ha vivido sola aquí desde hace años, pero tú afirmas otra cosa. Estoy confundido también.
Nos quedamos indecisos. El calor aumentaba en el pasillo. Casi no corría aire. Olía a soledad, a cartón viejo. Tuve la idea de decirle adiós y seguir mi camino al elevador. Sin embargo, comencé a sentirme culpable por no poder ayudarlo; además, quería llegar al fondo del dilema.
–¿Y si la saco a la fuerza? –me preguntó
–Hará un escándalo, te lo aseguro –le dije para disuadirlo.
Meditó mi respuesta. Sopesó, con un ligero movimiento de cabeza, las posibles repercusiones.
–Vamos a mi departamento –le dije dándole una palmada amistosa en el hombro –ahí podremos pensar mejor.
El hombre asintió y nos dirigimos a mi puerta. Adentro prendí la luz de la sala. El hombre dejó su portafolio cerca de la mesa de centro y curioseó el lugar con la mirada. El nerviosismo había desaparecido o, al menos, estaba apaciguado.
–Tengo un par de cervezas en el refrigerador –le dije, desde la cocina.
Mientras tiraba las corcholatas a la basura pensé en la solitaria vida del hombre. Pensé en el calor que nos mantiene, siempre, al borde la locura. Miré las gotas que resbalaban en los cuellos de las botellas.
Nos sentamos en la sala. Para postergar el tema de la mujer le conté que mi esposa había salido de viaje a un congreso para maestros de inglés. El hombre asintió por cortesía. Su mente aún estaba nublada. Vivos pensamientos le hacían parpadear más rápido. Movía los ojos por la sala. Se levantó y dio unos pasos hasta acercarse al comedor. Exploró, en el librero, una esfera de cristal con un barquito en su interior. La nave se balanceaba en un mar azul. Abajo se leía: “Recuerdo de Acapulco”. Había ido con mi esposa hacía un año y el objeto, lo único que habíamos comprado, estaba medio perdido entre libros y una maceta roja de la que emergía, tenebrosa, una planta enredadera. Era lo único que prosperaba en la atmósfera viscosa y caliente.
Mientras regresaba al sillón le dije que trabajaba como administrador de una fábrica. Había días en que los papeleos me volvían loco. Papeles y sellos; visitas a proveedores; interminables llamadas telefónicas. Él me dijo que estaba en busca de trabajo. Lo habían despedido, justamente, de una fábrica y dedicaba mañanas y tardes a visitar agencias de empleo. No quise ahondar más para no exacerbar sus problemas. Puse el ventilador a máxima velocidad. El zumbido nos llevó, por un instante, a un lugar más calmo. Después de unos minutos de comentarios triviales nos dimos cuenta de que la noche avanzaba. Apresuró el último trago a su cerveza y me dijo:
–Tengo que volver.
–Voy contigo –le dije sin esperar su aprobación.
La historia se repitió. Nos asomamos por la ventana. La mujer, ahora, estaba sentada en una silla del comedor. Había un vaso en la mesa. Nos daba la espalda, como si presintiera nuestra observación y quisiera preservar, a toda costa, el misterio.
Regresamos a mi departamento. Era poco más de medianoche. Parecía que estábamos metidos en el lento ensamblaje de un sueño. Para distender los pensamientos, jugar un poco con ideas, le dije:
–Lo único que puedo pensar es en una anomalía del tiempo.
–¿Cómo? –murmuró.
–Quizás ella es tu esposa en un futuro posible, por eso te reconoció…
–O es una loca que encontró la forma de entrar a mi departamento –continuó él intentando, casi desesperado, dar con una explicación más lógica.
–Podría ser –contesté tratando de no llevarle la contraria.

Mientras volvíamos a nuestro mutismo comencé a burlarme de mi idea. “Vaya cosa. La mujer, un espejismo; el futuro de este hombre que, de repente, se ha adelantado”, pensé.
El hombre miraba la puerta de mi departamento. La miraba como si fuera la orilla de un universo desconocido. Su gesto parecía estar hecho de escombros. Inició el movimiento para levantarse del sillón. Sin embargo, a medio camino, se detuvo. Su rostro, algo turbio, se inclinó un poco. La penumbra y el ventilador mezclaban nuestras respiraciones. Iba a decirle que olvidara mi teoría, cuando alzó de nuevo la cabeza, emparejó el torso, y me dijo:
–Creo que la única explicación a esto tendría que ser fantástica, aunque no sé si es la suya.
–Podría ser cualquier cosa –le dije, tratando de llevar las palabras a otro lado.
Él juntó las manos. Quedaron al descubierto sus uñas opacas y cuadradas. Me preocupé porque intuí que le añadía detalles a mi teoría. Murmuraba frases ininteligibles, juntaba pensamientos y trataba de embonarlos como las agrias piezas de un rompecabezas.
Volvimos al exterior de su departamento. Nos acercamos a la ventana. Vimos a la mujer salir de la cocina y, después de echar un vistazo a una esquina del comedor, dirigirse al estrecho pasillo que conducía a las recámaras. Íbamos a abandonar la observación, decepcionados una vez más, cuando miramos que una sombra emergía de la cocina. La sombra, frágil, temblorosa como una vela, antecedió a la aparición de un hombre. Cuando la luz del comedor lo descubrió por completo comprobé que su rostro repetía el de mi compañero. La única diferencia eran las considerables canas, la espalda ligeramente encorvada y los hombros caídos. El descubrimiento hizo que nos flaquearan las piernas, el cuerpo entero.
Regresamos de nueva cuenta a mi departamento. Nos sentamos, silenciosos, en los sillones. Él tenía la mandíbula apretada, los ojos huidizos y brillantes. Si lo que habíamos visto era real, entonces el tiempo, por una terrible confusión, se había adelantado. Quizás era un futuro posible, un escenario aún evanescente que había escapado para instalarse en aquella calurosa noche de junio.
–Tengo que entrar ahí –dijo él.
–Quizás mañana ya no esté el viejo –respondí simplemente para no estar callado.
Mientras caminábamos otra vez a su departamento pensé que mi frase debió haber sido “quizás mañana ya no estés tú”. También pensaba, sin mucho orden, en un futuro acaso ineludible que, de repente, se nos presenta en el momento menos imaginado.
El hombre se asomó por la ventana rectangular. Yo, un poco atemorizado, decidí esperar. Los ojos de mi compañero permanecieron muy abiertos, sin ningún pestañeo. Abandonó la observación y me dijo:
–No hay nadie.
Parecía que todo había vuelto a la normalidad. Me asomé para comprobar su dicho. En efecto, la pequeña sala estaba despoblada y el comedor sólo era recorrido por la bocanada luminosa de la ciudad. Le iba a decir que quizás la mujer –incluso él mismo– podrían estar en la recámara principal. Sin embargo, su gesto de triunfo, la premura con que llevó su mano izquierda al bolsillo de su pantalón para buscar las llaves, me hicieron desistir. Antes de abrir el picaporte me dirigió una sonrisa que mezclaba tranquilidad y agradecimiento.
La puerta número 6 se cerró. Quise comprobar si, en realidad, había recuperado su departamento, así que eché un vistazo a la sala y miré, de nuevo, al hombre viejo que dejó las llaves sobre la mesa de centro, detuvo la mirada en cada uno de los objetos del comedor, como si los reconociera después de un largo viaje. Después caminó, lento y satisfecho, por el pasillo principal hasta desaparecer de mi vista.






-Alejandro Badillo
(Ciudad de México, 1977)

Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.














MUTACIÓN DE ANA*



Estaba trabajando en el jardín. Lo hacía con talento. No se limitaba a limpiar o renovar plantas, creaba un pequeño mundo cerrado, combinando colores y formas, sintiendo la vida de cada brote en sus manos hábiles. Con cuidado y delicadeza elegía a los protagonistas para la nueva coreografía de una obra que duraría sólo unos meses. Estaba concentrada en la contemplación de las violetas, colocando a su lado dos plantas de flores amarillas, indecisa entre el tono más pálido y el más intenso. Pensó que una de ellas le daría el color, pero quizás no la perfección de forma que buscaba. Cuando se decidió y estiró la mano para tomar el pequeño recipiente con la elegida, sintió una extraña sensación que bajaba por su brazo hasta los dedos, pequeñas pulsaciones, un temblor leve, nada doloroso, pero inquietante. Por un momento detuvo su mano extendida y la contempló. Le parecía que algo estaba cambiando en su cuerpo. No se alarmó, sintió curiosidad ante el fenómeno. Entonces notó las pulsaciones en todos su cuerpo, no sólo en los brazos. Toda ella parecía empujar hacia distintos lados, suave pero firmemente. Los límites de su estructura corporal parecían rebelarse. Su columna se curvaba en un movimiento de danza exagerado. Trató por un instante de contenerse, de oponer resistencia, pero luego se entregó a esa fuerza interior que la dominaba. Sus brazos se apoyaron levemente en la tierra removida, junto a las violetas. Su cabeza se alzó grácil, y orgullosa, los ojos de amatista brillando en su cara redondeada, de un negro brillante. Por un instante, recordó sus clases de danza en la adolescencia. Su cuerpo volvía a la flexibilidad de entonces. La sensación de plenitud era total. Extendió los brazos se estiró con blandura, apoyando la cabeza entre las manos de terciopelo. Luego se irguió en forma lenta, gozando su cuerpo sin huesos, perfecto y liviano. Recorrió despacio el jardín que había creado con sucesivas formas durante tanto tiempo. El rincón de las orquídeas la detuvo interrogante, la cabeza ladeada hacia la izquierda, los ojos dilatados y fijos. Trataba de entender el porqué de esa atracción casi dolorosa. Pero el recuerdo ya no estaba. Se apartó despacio hacia el muro de jazmines, tomó impulso y se sentó en lo alto. Desde allí observó el escenario que la había contenido tanto tiempo, Luego saltó grácil hacia el otro lado, el diferente.



*De Sonia Arismendi Pignataro.
Uruguay. (1939 – 2016)














UNA MIRADA*




He observado los bosques para ver únicamente los árboles de corteza caduca y hojas desnaturalizadas por las babosas. He visto los hongos comiéndose la oscuridad de la tierra, pájaros parasitados y animales moribundos en la maleza. He visto tormentas destructivas en la espesura, y no me es ajena la cicatriz del rayo en los troncos torturados. No me es ajeno el dolor de los bosques, no comprendo cuando dices "mira" y sonríes a tal espectáculo de muerte y sufrimiento. No me es ajeno el espanto de la espesura.
Me muestras los mares, y las olas de sucia espuma rompen en playas formadas por millones de cadáveres calcáreos. Cómo mirar el mar, me pregunto, cómo admirarlo. Cómo evitar en él el naufragio, el llanto de las viudas, la extinción de los roncos mugidos de los cetáceos. No me son ajenos, te digo, los espantos oceánicos.
Diriges mi vista hacia las humanas multitudes. Señalas un niño, veo en él presentes y futuras crueldades, veo la lenta degradación de los órganos, el velo enquistado de los saberes falsos, de la dureza que hará de él soldado de inquisiciones, verdugo y juez de sus semejantes.
Alumbras para mí a un par de enamorados. Se devorarán, te digo, no hay forma alguna de que no acaben tironeando de sus propios despojos. Acabará la caricia en garra, el beso en colmillo, la ternura en cuchilla afilada. No me es ajeno, tampoco, el amor. Que ya lo he visto. No me es ajeno el amor, y no conozco donativo más oneroso.

Meneas la cabeza tristemente. Me dices que tu paisaje es bello, que hay ternura en tu universo, que las sombras están, pero debajo de los claros objetos.
Dichosa de ti, dichosos los dichosos. Cíclope soy. Esto veo.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com











*


Dentro de su ojo
casi por azar el otro día
descubrí un bazar de antigüedades,
abierta la puerta y picada la curiosidad
entré sin llamar y me detuve azorado:
mascarones de proa
viejos daguerrotipos de pájaros
atriles
tipos móviles de imprentas decimononas
toda una variedad de exóticos vestidos
osos embalsamados
dos Ford T con sus tapizados originales,
y un perro terrible y su sombra funesta
y su ladrido encapsulado en un tiempo duro.
salí de aquel ojo tosiendo por el polvo
encendí un cigarrillo
y pasé aquella tarde cavilando
acerca de Dios, la técnica,
el crepúsculo abarrotado de tornillos,
y el párpado aquel cayendo sobre el mundo
como el tótem de un animal prehumano.



*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar












Una conversación*




Kafka pareció sorprenderse un poco al verme.
- Creí que seguías vivo - dijo sin preámbulos. El tuteo le salió natural, como si ya nos conociéramos de antes, como si, en cualquier otro lugar o tiempo, tal vez posibles pero inequívocamente teñidos por un aura de irrealidad, hubiésemos sido amigos.
- Anoche, al acostarme, lo estaba - respondí sin mucha convicción - Así lo creo, al menos. Como sabes, no es tan fácil fijar con precisión los límites entre un estado y otro.
Se quedó pensativo unos instantes. Luego sonrió levemente antes de volver a hablar:
- Probablemente estás durmiendo y esto no es más que un sueño.
- Esa me parece la explicación más lógica. - concedí. Él sabía o sospechaba que no era eso: sólo trataba de ser amable, permitiéndome a la vez tener algo más de tiempo para adaptarme a mi nueva circunstancia. Pensé que ese gesto exigía de mí una respuesta un poco más extensa - Sin embargo, tampoco me atrevería a asegurar que sea yo el que sueña. Como ambos sabemos, en este mundo gelatinoso el cálculo de probabilidades no existe y nada es más cierto que su opuesto. Acaso en realidad (si es que hay realidad) se trate de tu sueño y no del mío.
- Podría ser... Aunque no recuerdo muy bien dónde leí, o escuché, que los muertos no soñamos, luego si es sueño ha de ser por fuerza tuyo, salvo que haya un tercero en todo esto y ambos no seamos más que meras formas que su delirio ha creado por motivos que jamás nos serán revelados. Imágenes, sonidos, sombras que danzan en la imaginación de un desconocido, sin esencia propia. Simples figurantes en un teatro que nos es ajeno.
- Esa descripción se asemeja bastante a lo que llamamos vida.
- Cierto. Y no obstante...
Ambos callamos durante unos segundos. Me miró sin sonreír, esperando mis palabras. Como si todo estuviese ya escrito desde mucho tiempo antes. Dije:
- De cualquier modo, sea sueño o no lo sea, y en el primer caso, sea uno u otro el soñador, hay dos cosas que siempre quise decirte y éste me parece el mejor momento para hacerlo. No sé si habrá otro. Quizá, después de todo, el que está soñando sea un dios sin suerte, un dios anónimo que ve llegar su hora postrera y que, como un último acto generoso, a modo de despedida, ha querido concederme este instante y estas palabras.
- Habla pues. Te escucho.
- Lo primero que he de decir es que yo, que te he leído, sé cuál fue realmente el motivo por el que ordenaste quemar tus textos. Mucho se ha escrito sobre ello, pero creo que nadie hasta ahora ha mencionado lo esencial. Puesto que ambos sabemos de qué estoy hablando y no hay aquí nadie más a quien pudiera interesar éste, nuestro pequeño secreto, me parece innecesario dedicarle una palabra más.- Hice una breve pausa, quizá algo teatral, para observar la reacción de mi interlocutor. Kafka enrojeció levemente. Después se encogió de hombros y, adoptando una pose un tanto patriarcal, dijo:
- No hay escritor que no crea saberlo. Incluso la mayoría de los lectores silenciosos. Cada uno tiene su opinión, todas igualmente respetables. Alguna de ellas, sin duda, se acercará más o menos a la verdad, lo cual tampoco importa; si lo miramos bien, verdad y mentira pueden ser sinónimos, sólo la perspectiva del que contempla o escucha o lee cambia. Pero siento curiosidad: ¿Qué es lo otro que deseas decirme?
- Lo segundo es que, gracias a tus obras no quemadas, pude finalmente hacer caso al impulso que desde niño me había estado empujando a escribir. No es probable que alguna vez sepamos si esto fue algo positivo para mí o, por el contrario, una más de las causas de mi desgracia, pero en uno u otro caso, así sucedió, y por ello, ahora que tengo la oportunidad de hacerlo, te doy las gracias.
- Agradécele a Max. Como ya sabes, yo había condenado a la hoguera hasta la última línea. Pero no comprendo del todo bien el motivo de tu agradecimiento. Por un lado, me parece que escribir no es algo que te haga demasiado feliz; por otro, tú mismo acabas de decir que acaso el hecho de haberte decidido a emprender ese camino pueda estar ligado a tu propia desdicha.
- Tienes razón. Escribir no es algo que me cause una especial satisfacción. Si bien tampoco puede decirse que me resulte detestable, en ocasiones llega a molestarme un poco tener que hacerlo. Tú sabes a qué me refiero. Me alegra poder hablar de todo esto contigo, porque a casi todo el mundo le resulta extraña, incluso incoherente, la idea de que un escritor pueda no disfrutar con lo que hace. Para la mayoría, esto debería ser una especie de juego o distracción.
- Es comprensible. Sin duda, ellos no han padecido las pesadillas, la obsesión por transformar lo indefinible en términos concretos, el irrefrenable impulso de completar aquello que, aunque no lo sepamos, es, en esencia, incompleto…
Durante un larguísimo instante escuché. Ni el más leve sonido perturbaba nuestra charla. Luego respondí:
- Y sin embargo, aunque intuyamos que hay vacíos que no se pueden llenar, no queda otra opción que seguir en el empeño.
- El camino en sí será suficiente... Creo que tú mismo dijiste eso o algo parecido alguna vez, en un poema.
- Es posible. Ya no me acuerdo.- Hice un gesto vago con la mano abierta. - Palabras escritas, reflejo de palabras leídas u oídas, reflejo al cabo. No tiene importancia... Pero me alegra que lo hayas leído.
- En realidad ya no recuerdo si lo leí yo mismo o alguien me habló de él. Como puedes imaginar, aquí todo resulta un poco confuso. En especial, los nombres. De hecho, no conozco el tuyo. - Hizo un leve gesto de impaciencia.- Pero no hace falta que te molestes en pronunciarlo; lo olvidaría en pocos segundos. Importan las obras, los nombres son tan sólo una más de las muchas máscaras que solemos usar en nuestro deambular por el mundo. Aquí carecen de importancia.
- El tuyo, no obstante, ha perdurado. Incluso ha dado para acuñar un término -kafkiano- que mucha gente utiliza sin el menor reparo -y en muchos casos de forma arbitraria- aun desconociendo por completo tu obra.
- Mero accidente. Reflejo de la superficialidad que gobierna las cosas del mundo de los vivos. Más acentuada en tu época que en la mía, según he podido escuchar por ahí.
- Creo que así es. El culto a la apariencia nos ha llevado a valorar la forma y olvidarnos casi por completo de lo importante. Somos, en esencia, lo que aparentamos ser. Lo demás es abstracción, algo que no goza de la simpatía general.
Después de un corto silencio, Kafka preguntó:
- ¿Cuál sería entonces la razón que te impulsa a escribir contra viento y arena, según tu propio testimonio?
Uno nunca está preparado para una pregunta como ésta, pero por alguna razón, no me incomodó. La respuesta surgió de forma natural, sin siquiera pensar lo que estaba diciendo.
- No es fácil saberlo con certeza. Yo mismo me lo he preguntado muchas veces y no me atrevo a afirmar que conozca la respuesta. Podría inventar algunas explicaciones más o menos verosímiles, pero ninguna de ellas sería del todo cierta; como mucho servirían, quizá, para mitigar la incomodidad de algunos lectores y disimular vagamente la impenetrable verdad. Sólo puedo decir que, mientras escribo, hay momentos en que estoy fuera del tiempo. Mientras eso dura, presiento que soy inmortal, invulnerable. Aunque entonces se viniese todo abajo, el verso que acabo de terminar es único y es mío, y yo suyo. Sólo por un instante, algo trasciende, va más allá del mero devenir inconsistente de esta parodia que habito o que me habita; por un instante, o una mera fracción del mismo, hay un resplandor. El mundo, durante esa millonésima de segundo, parece tener un sentido. Ahora mismo...
- ¿Ahora? ¿Estás, pues, escribiendo en este momento?
- En este sueño, si sueño es, escribo que tiene lugar esta conversación. Tal vez en otro seas tú quien dialoga con el fantasma de un oscuro autor no nacido. Si hay alguien más, tal vez sea ese alguien quien finalmente cuente que tú y yo, en un tiempo inconcebible, brindamos en algún lóbrego bar de una ciudad que ninguno de los dos conoció en vida.
- Sea como dices, pero ahora ¡despierta! Está amaneciendo.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
- Publicó “El alba sin espejos”










*

Me encanta que los minutos se tuerzan de golpe en una vida equilibradamente monótona y den lugar a que se entre en un espacio que resulta del todo inimaginable, que suceda lo que nunca se esperó, y que aparezcan palabras que jamás uno imaginó pronunciar ni en el sueño más absurdo. Y descubrir que no es literatura, ni fantaseo idiota y que sí: cualquier cosa es posible y no sabemos ni mínimamente quiénes somos.



*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com








InvenTREN






Pesadilla*




¿Quieren saber acerca de la pesadilla que me atormenta durante las noches? Sólo hoy, habiendo pasado algún tiempo desde aquel fatídico día, puedo ponerlo en palabras, aunque no sin cierto espanto…

En aquella época, yo era conductor de locomotoras. Transportaba mercaderías a lo largo de toda la provincia de Buenos Aires. Ni remotamente hubiera podido imaginar tres años antes que terminaría viviendo de eso. Pero, ante la falta de laburo, y coincidiendo con la repentina muerte de mi viejo a causa de un aneurisma cerebral, la necesidad me llevó a buscar una solución urgente para procurarme el sustento. El mundo que conocía hasta entonces desapareció de un plumazo, y mi vieja, entre mares de lágrimas y miradas de inconsolable tristeza, me instó a que saliera a buscar lo que fuera. La pensión que nos había dejado mi viejo no alcanzaría para nada, si queríamos seguir viviendo como hasta ese momento.

Busqué laburo en todos lados, de lo que pude, y nada; la recesión económica hacía estragos, liquidando sin tregua lo que aún quedaba de la clase media. Sin embargo, cuando ya estaba a punto de desesperar, el tío de un amigo me dio una mano: el "New Midland Express", flamante inauguración ferroviaria impulsada por los gobiernos provincial y nacional, necesitaba conductores de locomotora. Yo no tenía idea alguna acerca de la tarea a desempeñar, pero el tío de este amigo me palanqueó con las autoridades para que me instruyeran de apuro en las artes básicas de la conducción ferroviaria, y allí me lancé, atemorizado por la inexperiencia, pero con la adrenalina propia de intentar probar suerte con lo que fuera. En definitiva, había que comer.

Al principio fue como querer domar un mastodonte prehistórico, furiosas toneladas de metal dotadas de vida propia, y apenas un par de simples palanquitas como arnés metálico para dominar a la bramante fiera. Hasta que me fui acostumbrando, y con el tiempo, la doma de la bestia se transformó en algo rutinario, casi mecánico.

Primero conduje acompañado, sirviendo de chofer de reemplazo; hasta que una noche el Gordo Santos se descompuso, la carga tenía que llegar sí o sí a Carhue, y me largué solo al volante de “Sophrosyne” 209, una locomotora alimentada a energía solar, con el corazón en la boca, los músculos agarrotados y las axilas continuamente empapadas. Desde entonces, los dueños de la empresa me adjudicaron el manejo de “Sophrosyne” a mí solo, ya que la descompostura del Gordo derivó en una hepatitis que lo mantuvo cuarenta días en cama y lo dejó no sólo sin el mote de “Gordo”, sino también sin laburo. Crueldades de la flexibilización neoliberal…

Creí que sería un trabajo temporario. Sin embargo, ya llevaba casi dos años de conducción cuando me tocó hacer aquel viaje a Henderson, en busca de un cargamento de trigo que jamás llegué a ver.

El horror me salió al paso en plena vía. Y mi vida cambió para siempre.



*



Recordaré las imágenes de aquella madrugada mientras viva.

Los primeros resplandores del amanecer brillaban en el horizonte a mis espaldas, y yo podía otearlos sin esfuerzo por encima de mi hombro. Hacia delante, aún titilaban trémulas las últimas estrellas. El mate yacía desde hacía horas, frío y lavado, sobre el tablero de instrumentos. En una pequeña radio portátil escuchaba un bonito programa de folclore. Y, de alguna manera, me sentía satisfecho. Los viajes me daban el espacio necesario para estar solo y pensar. Sobre todo, en lo que haría respecto de mi vida personal. Me andaba haciendo la falta la compañía estable de una mujer desde la ruptura con Marcela, tres meses atrás. Pero muchas otras veces, me descubrí también pensando en mi viejo, y las lágrimas brotaron sin poder evitarlo. El duelo que no había podido hacer a causa de la urgencia de la situación económica, finalmente podía concretarlo en aquella soledad, rodeado por mis propios fantasmas.

En eso estaba, recordando con nostalgia una reveladora conversación con mi viejo durante una cena, poco antes de su muerte, cuando alcancé a divisar, a punto de llegar a la Estación Coraceros, sobre un perdido paso a nivel de una ruta provincial, la borrosa figura de un camión frigorífico atravesado sobre las vías, doscientos metros delante, con la trompa apuntando hacia mi izquierda.

Accioné los frenos de inmediato, mientras hacía sonar la sirena de “Sophrosyne”, que emitió una brillante lluvia de chispas durante unos cuantos metros sobre los rieles, y me pregunté qué podría haber pasado para que aquel Mercedes Benz –si mi vista no me fallaba- quedara varado en diagonal sobre las vías, obstruyendo el paso, y en peligro de ser arrollado. “Sophrosyne” emitió un resoplido vaporoso, deslizándose con suavidad antes de detenerse. Intuí que necesitaría algo de ayuda; la situación me resultaba harto sospechosa. Así que tomé una barreta de acero que el Gordo había dejado a bordo y usaba con fines diversos, apagué la radio, abrí la puerta de la locomotora y salté sobre el suelo pampeano.

Lo primero que me alertó fue el silencio. A excepción del rumor sostenido del motor de “Sophrosyne”, ninguno de los clásicos sonidos campestres, grillos, teros, ni el viento siquiera, se escuchaba alrededor. Avancé con cautela, mi mano firme sobre la barreta de acero. La puerta del conductor estaba abierta de par en par, el motor ronroneaba en punto muerto, las luces del tablero estaban encendidas.

-¡Hola! -, llamé al acercarme a la cabina. -¿Hay alguien ahí?

Nada. Vacilé un instante hasta que decidí treparme al estribo. El interior parecía haber sido abandonado pocos minutos antes. Me asomé un poco, estirando la cabeza por encima del borde del capot, para otear hacia el costado del camión que no podía contemplar a bordo de “Sophrosyne”. Recién entonces vi el cuerpo, yaciendo de costado, de espaldas a mí, apenas iluminado por el resplandor del amanecer.

Bajé de un salto, rodeé con decisión la trompa del Mercedes, pero me acerqué con cierto temor. ¿Sería el chofer? ¿Qué lo habría hecho detener? ¿Y por qué yacía sobre el pasto ralo, cercano a las vías? Las dudas me acosaban mientras cubría los últimos dos metros, cuando reparé en el charco de sangre que se extendía como una raquítica raíz por delante de aquel cuerpo.

Un escalofrío me recorrió la espalda. En aquel último segundo tuve el impulso de dar media vuelta y escapar, cuanto más rápido mejor; que se encargase algún otro del problema. Pero la curiosidad, así como la necesidad de apartar el Mercedes de las vías para continuar camino a Henderson, fue más fuerte. Así que rodeé el cuerpo para verlo de frente.

Desde entonces, sentí como si me desplazase a tientas a través de un sueño. O mejor dicho, de una horrible pesadilla.

No sé cómo pude contener el vómito. Se trataba del chofer, no había duda. Pero donde debería haber estado su cara había un agujero. La piel de la frente, del borde de las orejas y del cuello se hundía sobre los huesos sanguinolientos de la calavera como si tuviese puesta una máscara de Carnaval, demasiado realista para ser un disfraz. La sangre se escurría a través de las cuencas de los ojos, debajo del tabique de la nariz y por entre la mandíbula entrecerrada, desprovista de barbilla. Algo…o alguien…le había arrancado los ojos, y probablemente la lengua, además de todos los músculos de la cara. El escalofrío me revolvió los intestinos.

Estaba a punto de lanzar un alarido y huir, cuando escuché los ruidos, apagados, imperceptibles, provenientes de la hermética caja del Mercedes.

Casi contra mi voluntad, intuyendo un nuevo terror, mi cuerpo avanzó hacia la puerta cerrada de la cabina y se desplazó vacilante a lo largo del costado derecho del camión. Mi mano se tensó con fuerza sobre la barreta, hasta que los nudillos me dolieron. ¿Qué había allí detrás? Sobre el lateral, una puerta entreabierta, invisible desde la imponente silueta de “Sophrosyne”, proyectaba una trémula luz sobre al azul acero de las vías. El vapor de la refrigeración emanaba del interior con aire amenazante.

Otra vez los ruidos; ahora podía identificarlos, aunque quizá imbuido por la macabra escena reciente, imaginase más de lo debido. Lo que creía escuchar eran gruñidos… Como si algo…o alguien…estuviese atacando las medias reses allí colgadas, y su dentadura desgarrase, triturase, masticase, con plena ferocidad.

“¡Rajá de una vez, boludo!”, chilló una voz dentro de mi cabeza.

Y aunque el más absoluto sentido común me impulsaba a la fuga, mi mano libre se extendió temblorosa hacia la puerta entreabierta. Mis dedos se aferraron al borde y comenzaron a abrir aún más aquel lateral hacia fuera, mientras contenía la respiración y sentía palpitar todo mi cuerpo. Los goznes chirriaron, el escalofrío retornó, la pálida luz de la bombita me iluminó la cara, tuve la penosa sensación de haberme equivocado, y los gruñidos se detuvieron de inmediato.

Entonces, de pie en el umbral del portón de la caja frigorífica, brotó una figura imposible, recortada contra la mortecina luz, jadeando como una bestia. Fue la única vez que lo vi. Pero la impresión me atormenta hasta el día de hoy.

Tal vez, en algún tiempo, había sido un hombre. Sin embargo, poco quedaba de su condición humana. Vestido con harapos, su silueta encorvada, los hombros volcados hacia delante, la cabeza oteando salvaje la madrugada, aferraba el lateral del camión con una de sus garras, empapada de sangre –posiblemente la del chofer-, mientras en la otra sostenía parte de un costillar vacuno, roído por sus enormes colmillos. La cara parecía carcomida por la descomposición, casi sin nariz, los músculos tirantes y sin piel que los cubriese, la dentadura filosa y amenazante, los ojos brillando con un fulgor rojizo que les otorgaba una vida autónoma a la de la propia criatura. Lo que le quedaba de cabello oscilaba sobre su cabeza como una mata de ralos pastos secos.

El escalofrío fue tan violento que quedé paralizado. Mi sentido común no sintonizaba con lo que mis ojos contemplaban pero se negaban a aceptar. ¿Qué… era… ESO? La criatura gruñó, en alerta, y olfateó con ahínco a través de sus tumefactas fosas nasales. Quise escapar, pero el terror me detenía. Hasta que la criatura abrió sus fauces, lanzando un gruñido de advertencia, y saltó del camión.

Fue como si me hubiesen picaneado a 220 voltios. De pronto, recuperé el control total de mi cuerpo, como si un extraño reflejo inconsciente supiera acerca de los mecanismos indispensables para la supervivencia. La criatura dio un paso adelante, decidido a atacarme, quizá defendiendo aquella inesperada y generosa reserva de comida que había encontrado en medio de la nada. Yo retrocedí, mis músculos en palpitante tensión. Él levantó la garra sangrante con la que había sostenido el lateral de la caja frigorífica. Y le asesté un violento golpe en la cabeza con la barreta.

La criatura se sacudió por un instante, su cabeza se giró hacia la derecha con un ruido seco, como si le hubiese pegado al tronco de un árbol muerto, pero no se desplomó. Al contrario, volvió a girarla hacia mí como el efecto de un latigazo, y me miró con ojos brillantes y desencajados, mientras aullaba con un gemido que ningún animal hubiese podido emitir.

“¡Carajo, estoy muerto!”, pensé, sabiendo que nada podría hacer para evitar su ataque.

Entonces, desplazó de abajo hacia arriba la garra sangrante que tenía libre, sin dejar de aferrar los restos del costillar con la otra, me aferró por debajo de uno de los brazos, y con el mismo movimiento, me lanzó por los aires. No conseguí darme cuenta de nada hasta después. Su horrendo semblante desapareció de mi vista, la caja frigorífica del camión pasó a mi lado como una exhalación, el horizonte amanecido rotó delante de mis ojos, y mi cuerpo exangüe, agitando brazos y piernas, se desplomó a varios metros de distancia, golpeándome la espalda contra el suelo.

El dolor me atravesó sin piedad. Creí haberme roto la columna, imposibilitado de moverme. “Es mi fin”, certifiqué, inmóvil, la mejilla izquierda contra los ralos pastos de la pampa, los tenues resplandores del amanecer iluminándome las doloridas facciones. Cercano, continuaba oyendo el rumor del motor en punto muerto del Mercedes, y más allá, el de “Sophrosyne”, haciéndome a la idea de que había descendido de ella muchas horas antes, tal vez muchos días.

Aguardé allí, entregado, a que la criatura se acercase. Me dolía horrores la cabeza y la espalda. Durante un período de tiempo que jamás logré precisar, supuse que mi vida terminaría y comenzaría algo diferente. De manera inexplicable, acudió a mi mente la idea de estar a punto de ser transformado, al estilo de los vampiros, en una criatura similar a la que me atacara, mediante alguna siniestra incisión. Sin embargo, nada sucedió durante un buen rato. El intenso dolor comenzaba a adormecerme; hasta que, por fin, con enorme alivio, me desmayé.




*



Cuando volví a abrir los ojos, el sol ya estaba alto, lastimándome la vista. Giré la cabeza hacia el cielo y volqué mi cuerpo de espaldas sobre la pampa. La punzada de dolor me hizo chillar, hasta que volví a quedar inmóvil, temeroso de volver a lastimarme. Creí que sería imposible ponerme de pie, y sentía la garganta reseca. Pero al menos estaba vivo. O eso creía.

Entonces, comencé a prestar atención a los sonidos que me llegaban del entorno. El rumor del motor de “Sophrosyne”, inconfundible. Una brisa en los oídos. Otros motores. Voces, algunas alarmadas. Pasos que se acercaron. Y alguien que gritó:

-¡Acá hay otro!

Un rostro cetrino y redondo se agachó sobre mí, analizándome en detalle. Mis ojos lo estudiaron, algo confusos. Y el tipo, de unos cincuenta años, volvió a gritar, sin dejar de mirarme, para que otros lo escucharan:

-¡Y está vivo!

Otro tipo, un poco más joven, se acercó y entre los dos me ayudaron a incorporar. Tenía miedo de que me movieran, aterrado con la posibilidad de tener la columna fracturada, pero me dolía demasiado como para que la espina se hubiese seccionado. Ambos me sostuvieron de los brazos, cruzados por encima de sus hombros, y me trasladaron hasta la locomotora, sentándome en el estribo. Otros tipos corrieron para ver cómo me encontraba. Apenas conseguía verlos; eran todos camioneros, y hablaban entrecortados entre ellos. La cabeza me daba vueltas. Le pedí al tipo más joven que trepara a la cabina y me alcanzase una botella de agua mineral que tenía debajo del asiento. Varios tragos después, milagrosos y refrescantes, pregunté:

-¿Dónde está?

-¿Quién, pibe? -, preguntó el cincuentón de cara redonda.

-La cosa ésa que me atacó.

-¿Qué cosa? Acá hay dos muertos, tres camiones varados en la ruta, y un desastre de mercadería desparramada por el campo. ¿Me podés explicar qué carajo pasó?

-¡¿Cómo dos?! -, exclamé.

Me puse de pie, vacilante, y avancé dolorido algunos pasos, intentando distinguir algo en el resplandor de la mañana. Más allá del Mercedes, un Scania que transportaba verduras aparecía cruzado de la misma forma que el otro, sólo que no sobre las vías, y su chofer yacía destripado sobre el capot. Varios camioneros habían vomitado a su alrededor, entre las desperdigadas mollejas del Mercedes y los tomates del Scania.

-¿Vos viste lo que pasó, pibe? -, me preguntó el cincuentón, acercándose hasta mí. Tenía la cara sudorosa, y el miedo instalado en la mirada.

-Sí… -, murmuré, ignorando si lo que recordaba había sucedido realmente o no.

-¿Me podés explicar qué mierda …… los mató? -. En su voz vibraba una nota de auténtico terror, aunque posiblemente no hubiese tenido noticia alguna de la criatura. -Y vos, ¿cómo te salvaste?

Lo miré incrédulo, sin saber qué responder. Tampoco sabía qué había sido ese ser infernal que me había atacado. Pero si después del Mercedes, había matado al chofer del Scania, ¿por qué me había perdonado la vida? ¿Habría creído que con aquel golpe ya me había matado? No entendía nada.

-No sé… -, alcancé a balbucear.

El cuerpo me dolía de pies a cabeza, y nada tenía sentido. Apenas conseguía asimilar la idea de seguir vivo después de aquella locura. Y supuse que, con el tiempo, lograría reconstruir la escena y entender lo ocurrido.

Sin embargo, hasta el día de hoy desconozco qué fue lo que pasó. Pero sí me temo haber asistido al origen de un horror inenarrable.

Desde aquella mañana, siento que la pesadilla no ha hecho más que comenzar. Una feroz criatura demoníaca ronda por la pampa, errática y voraz, en busca de alimento.

Y quizá nada pueda detenerlo…


*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar




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