Saturday, March 04, 2017

EDICIÓN MARZO 2017.



*Foto de Karina Giglio.








*


Una cuerda en el día. No una cuerda que aprese y lastime. Una que sostenga y cuide. Que comunique en la distancia. Tal vez un cordón para confiar.


*De Valeria Cervero. valecervero@hotmail.com









APARICIONES*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Ignoro si los recuerdos de un hombre pueden ser infinitos. Solo sé que son permanentes.
Albas, amaneceres, mediodías que enseñoreaban un destino en la infinitud de la pampa que criaba el estupor de la perdiz y la orondez vigilante de la lechuza bordeando los caminos.
Las luces que expulsaban la cerrada sombra nocturna eran provistas por los famosos soles de noche, tirando una luz blanca, lechosa, envolvente.
Uno podría entonces, guiado por el instinto del mancarrón de turno ir atravesando leguas en un sulqui traqueteante e incómodo, con las piernas heladas si era invierno, a pesar de las frazadas con que las cubríamos.
Uno podría andar largo rato por remotos caminos vecinales, en la pura oscuridad de la noche con los mil ruidos que el campo impone a pesar del engañoso silencio, con el miedo cerval que producía el grito alegórico de las lechuzas y ver allá lejos un halo protector de luz que arrojaba el bendito sol de noche desde una chacra escondida entre las sombras más profundas de los árboles.
Llegar, ser recibido por un tropel de perros toreadores y garroneros amén de bochincheros hasta que el amo saliera a recibirnos y los calmara a su vez, era todo un rito.
Allí podríamos bajar y luego de los saludos de rigor, desentumecer las piernas hormigueantes de tanto llevarlas encogidas sobre el pescante.
Los mayores hablaban de las cosas del campo, mientras apuraban un vino espeso y unos olorosos y ricos embutidos también preparados por toda la familia y gozos del paladar a que también los niños hacíamos honor.
El campo, alrededor de la pequeña casa rodeada de frutales y animales domésticos, iba ciñendo como un anillo oscuro nuestro ánimo. Nos sentíamos más pequeños aún en ese lugar protegidos por el calor de la cocina económica, engullendo siempre sus marlos, combustible del pobre chacarero de entonces.
Si la charla se extendía invariablemente caía en el tema de los aparecidos, las luces malas y las sepulturas. Como aquel a quien la viuda había acompañado una legua desde un cruce oscuro, montada en su caballo blanco, toda ella vestida de negro y con largos cabellos sueltos al viento, bien pegada a los rayos de la rueda del sulqui, sin hablarlo, sin mirarlo.
O aquella historia que se contaba: de las luces malas que seguían a las cabalgaduras y los jinetes que se aventuraban más allá del boliche de La Legua donde según se decía habían muerto algunos hombres en feroz pelea a cuchillo.
O esa otra historia que aún hoy me acongoja: un par de mis tíos pasó una noche por el cementerio en un sulqui cargado de rocío. Venían de una chacra lejana donde cortejaban a un par de chicas. Allí habían jugado al truco con el padre y los hermanos, habían tomado un par de copas de caña porque lo exigía el crudo invierno, pero es seguro que no estaban borrachos, además no era su costumbre el beber en exceso. Al pasar por el cementerio, salió de entre las sombras un animal grande, no tanto como un caballo y no tan pequeño como un perro grande. Se colocó junto al caballo que de puro espanto no respondía a las riendas. Comenzó a galopar casi, y en una loca carrera por despegarse de esa aparición se pasaron de largo la tranquera de su propia casa y terminaron en el pueblo. Como el único bar que estaba abierto a esa hora era el del Gringo Andrina, hacía allí enfilaron. Dicen que el Gringo los vio tan blancos que aunque quiso que le sonara a cuento lo que le decían terminó por creerlo y hasta él mismo se impresionó, pese a que no era ningún nene de pecho como para irle con cuentos de aparecidos.
De todos modos, el Gringo les dio unas copas de espirituoso aguardiente y de tanto insistir les terminó prestando una hermosa escopeta belga de dos caños que era una verdadera belleza.
Ya más repuestos, se volvieron a sus casas, pero por otro camino, por las dudas.
Esas supersticiones populares tan respetadas eran la comidilla de las familias y se incorporaban rápidamente al parnaso de la milagrería que trataba de encontrarle —como la esfinge de Edipo— una razón y un aviso.
Esas supersticiones, digo, eran el magma donde transitaba la infancia con sus miedos, sus angustias, el relato que al otro día haríamos en la escuela, amparados por la aliviante luz del sol.
Aún hoy, confieso, no sé si no apuraría el paso a rebencazo limpio si me tocara pasar una medianoche con vehículos de aquellos como un moderno Auriga que huye de las mismas Erinias sin temor de ser tomado por cobarde, como no lo eran los héroes de la antigüedad clásica cuando huían de los oscuros designios de los dioses.
Esto, claro está, pidiendo disculpas por comparar mi miedo con el de Héctor después de la toma de Troya, cuando no pudo sobrevivir a la cólera del divino Aquiles Pelida, a quien mis simpatías nunca alcanzaron porque estaba ayudado por una diosa mezquina y él mismo no era de la madera imperfecta de los hombres de carne y hueso de cuya debilidad nunca abjuraron.







*


todos somos sobrevivientes de algo.

del amor

de la locura

de la soledad

de la rabia.

sobrevivientes, incluso, de la alegría diaria.

todos hemos alguna vez sobrevivido a un milagro.

somos sobrevivientes de la codicia

con que la lluvia

tuerce las campanas.

cuántas veces te habrás visto

compañero y amigo

sobrevivir

a la mano que te sacaba las pulgas

que te rascaba la espalda.

esto pasará dejando árboles que aullarán a la luna.

dejando mujeres que parirán bosques de fuego.

todos somos sobrevivientes de dioses neuróticos.

estamos hechos de la ceniza de los pájaros

de la roja alegría de la historia.



*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar













LA FORTALEZA DE LA SOLEDAD*




*De Carlos Gardini.



Ese verano tuvo sus ventajas y sus desventajas. En la casa que habíamos alquilado papá podía hacer asado con más frecuencia, pero cenábamos afuera menos seguido, y en ese pueblo casi no había donde cenar afuera. No había juegos electrónicos, ni alquiler de bicicletas, ni tantas heladerías, ni chicas regalando muestras de crema o bronceador, pero todo era más barato y más tranquilo, y mamá decía que papá necesitaba descansar en serio y no podíamos gastar mucho.
La playa era un desierto inmenso. No te pisaban ni te tiraban arena ni te clavaban la sombrilla al lado, y se podía jugar a la pelota, aunque casi siempre había que jugar solo.
A papá y mamá no les gustaba ir a la playa todos los días, pero en ese lugar me dejaban ir solo y yo podía explorar a mis anchas, con el bolso a cuestas, lo poco que había para explorar.
No recuerdo el nombre del pueblo, quizá porque mi memoria lo ha borrado en su afán de borrar la culpa. Recuerdo anchos atardeceres donde el mar era pura luz, y el muelle de los pescadores, y el único cine del pueblo, que se llamaba Gran Fénix y tenía un solo acomodador que también vendía las golosinas. Y recuerdo a mamá leyendo una novela en la playa, y a papá prendiendo el fuego para el asado, y a la familia que alquilaba la casa vecina. Y recuerdo un quiosco, y las pocas calles asfaltadas, y las noches de luna, y recordando tantas cosas no recuerdo lo único que quisiera recordar, una simple sonrisa.
Recuerdo que era una sonrisa, recuerdo el momento y el lugar, pero si intento verla en mi memoria, evocar el dibujo de la sonrisa, sólo veo una sombra, y alrededor la playa y el mar como un planeta desierto.
Ese verano hubo revistas, largas tardes de pescar sin pescar y un par de películas, pero no hubo ruido, y cada vez que llego a un lugar tranquilo y ancho es como si llegara de nuevo a ese verano, donde sé que hay una sonrisa dedicada a mí que yo no podré ver nunca.
En otro lugar, en esos lugares ruidosos y atestados, no habría conocido al Rubio. Habría tenido otros amigos, habría ido con ellos a la playa, al cine y a los juegos, y tal vez después de las vacaciones nos habríamos carteado o llamado por teléfono. No volví a ver al Rubio, y nunca le mandé una carta, quizá temiendo que él supiera y quisiera acusarme. En todo caso fue un temor injusto, pues el Rubio nunca me habría acusado aunque hubiera sabido lo que pasó..
Conocí al Rubio en el muelle de los pescadores, la única construcción que se veía en toda la playa, salvo por un espigón ruinoso y enmohecido donde las olas se estrellaban con fuerza, como queriendo torcer aún más los fierros oxidados que sobresalían del cemento. Le decían el Rubio, pero no sé si era rubio. Recuerdo que tenía el pelo claro, largo y sucio, con algunos mechones atados con piolines que él usaba como ayudamemoria. Esto es para acordarme de comprar el pan a la vuelta, decía el Rubio, tocándose un mechón; y esto es para acordarme de comprar la leche.
Yo iba al muelle de mañana, caminando por la playa, pero el día en que conocí al Rubio fui de tarde, a una hora en que sólo había viejos que miraban el mar como si miraran la muerte. Me gustaba apoyarme en las barandas a mirar el mar, pero no para mirar la muerte. Yo era el Príncipe Valiente, y desde la costa de Thule miraba el mar brumoso añorando la corte del rey Arturo. O era Darth Vader, y envuelto en mi armadura negra miraba un planeta destruido desde el puente de mi crucero estelar. O era Superman, y desde la Fortaleza de la Soledad, mi refugio del Polo, miraba la nieve arremolinada mientras mi capa ondeaba en el viento.
-¿A vos te gusta pescar? -me dijo el Rubio, que pescaba apoyado en la misma baranda.
-No -le dije, un poco molesto porque en ese momento era Nippur de Lagash y con un grupo de espartanos o macedonios me disponía a resistir contra invasores egipcios que venían del mar. El Rubio tenía la ropa sucia y harapienta, igual que mis macedonios o espartanos.
-A mí tampoco -dijo el Rubio-. Pescar es aburrido.
Intrigado, le señalé la caña con un gesto.
-Yo te explico -dijo el Rubio-. ¿Vos a qué venís?
-¿Yo? A mirar el agua.
-Yo también vengo a mirar el agua -dijo él-. Pero a éstos no les gusta que la gente venga a mirar el agua -añadió en voz baja-. Se creen los dueños del muelle.
Miré a los viejos que pescaban alrededor. Parecían bastante pacíficos, y ni siquiera se fijaban en nosotros.
-Por eso yo pesco sin pescar -dijo el Rubio-. Tengo la caña, ¿ves? Pero abajo de la boya no hay nada. Ni anzuelo ni carnada.
-¿Y nadie se da cuenta?
-No. Hay que saber disimular. Cuando te preguntan si hay pique, decís que no pasa nada. Me lo tengo todo estudiado. Así te dejan mirar el agua tranquilo. ¿Tu viejo no tiene caña?
-Creo que en la casa hay una, pero él no la usa.
-Traé la caña y te enseño a pescar sin pescar.
No dijo nada más, y los dos nos quedamos mirando el agua. Yo había temido que el Rubio fuera cargoso, pero él sí sabía mirar el agua, y si querías ser el Príncipe Valiente o Darth Vader o Superman te dejaba en paz.
Esa noche le pregunté a papá si podía usar la caña que había en el galpón.
-Qué raro que a vos se te dé por pescar -dijo papá.
-Es para pescar sin pescar -le expliqué-. Tengo un amigo que quiere enseñarme.
-Ah -dijo papá. Y mientras cenábamos le dijo a mamá-: A tu hijo le gustan los deportes violentos. -Y le comentó lo de la caña, riéndose y acariciándome el pelo. Yo también me reí, aunque no supe por qué. El Rubio tuvo la paciencia de enseñarme a pescar sin pescar. Aprendí a disimular que ponía la carnada, a echar la caña hacia atrás y arrojar la boya al agua, a quedarme sentado y a decir no pasa nada si alguien preguntaba cómo anda el pique, aunque en general nadie preguntaba nada. Mientras pescábamos sin pescar, el Rubio quiso saber si tenía novia.
-No -le dije-. Tenía en la escuela. Tenía muchas en la escuela.
-¿En qué grado estás?
-Paso a séptimo. ¿Y vos?
-Yo ya terminé la escuela.
-No, digo si vos tenés novia.
-¿Yo? ¿Yo para qué quiero novia? Ya estoy cansado de las mujeres.
Nos quedamos un rato mirando el agua sin decir nada.
-¿En serio estás cansado de las mujeres? -le pregunté al fin.
-Imagináte -dijo-. En mi casa son tres, con mi vieja y mis hermanas.
-Pero eso es distinto.
-No veo en qué es distinto -dijo el Rubio-. Mi viejo dice que todas las mujeres son iguales.
Entonces le hablé de ella. Ella era una chica de mi edad que yo veía a veces en la playa.
Tenía pelo negro y ojos oscuros, pero nunca habíamos hablado.
-Ella no es igual que todas -le aseguré.
-¿Y vos qué sabés, si ni siquiera le hablaste?
-Yo sé. Y mamá tampoco es igual que todas.
El Rubio me miró con escepticismo y sacudió la cabeza. Esa tarde nos despedimos medio enojados.
Al día siguiente, para no hablarle, llevé revistas al muelle. Fui más temprano, para llegar antes que él y no verme obligado a hacerle el desprecio de instalarme lejos. Pero cuando llegué él ya estaba: también había ido más temprano. Caminé de un lado al otro como buscando un lugar libre. Al final me senté cerca del Rubio, pero a mayor distancia que el día anterior. Me puse a pescar sin pescar y abrí una revista.
-¿Me prestás una? -dijo el Rubio.
Le dije que eligiera una y hojeó la pila.
-¿No tenés cómicas? -preguntó.
-En casa. Ésas son todas de Superman. Si un día traés, podemos cambiar.
-Yo no tengo -dijo el Rubio-. Pero el quiosco que hay al lado del Gran Fénix vende usadas, y a veces el quiosquero me presta. Es amigo mío. Un día te llevo para que te preste a vos también. Se puso a leer, y de vez en cuando los dos mirábamos el agua. Nos quedamos hasta más tarde que el día anterior. Mamá y papá pasaron por el muelle dando una vuelta y me dieron permiso para quedarme hasta la noche. Les presenté al Rubio.
-¿Cómo anda el pique? -le preguntó papá, guiñándome el ojo.
-No pasa nada -dijo el Rubio.
Cuando llegó la noche vimos caer una estrella fugaz.
-¿Viste eso? -dijo el Rubio.
-Sí. Hay que pedir tres deseos, pero yo no la vi a tiempo.
-Yo siempre pido que no caigan más -dijo el Rubio.
-¿Por qué?
-Si se caen todas las estrellas, nadie va a ver de noche. Y mirá si un día se cae la luna.
-No son estrellas -le dije-. Mi papá me explicó que son meteoritos.
-Como los de Superman -dijo el Rubio.
-Sí, como los de Superman.
-Cuando él los rompe para que no caigan sobre la gente, ¿pedirá tres deseos?
-Para qué va a pedir tres deseos, si es Superman.
Cayó otra estrella fugaz.
-Aquí caen más que en la ciudad -le dije al Rubio.
-No es que caigan más. Es que se ve mejor el cielo. ¿Pediste los tres deseos?
Había pedido uno solo, tres veces, y al día siguiente se me cumplió.
A la mañana nos visitó la familia que alquilaba la casa de al lado. Mientras papá y el vecino preparaban el asado y mamá y la vecina intercambiaban recetas de cocina y los hijos de los vecinos corrían en el jardincito, yo me fui a la playa. Por suerte los mocosos no quisieron venir conmigo.
Cuando llegué a la playa, ella también estaba sola, sentada en la lona. Los padres se estaban bañando. Admiré su pelo negro y sus ojos negros. De pronto ella se volvió hacia mí y sonrió. Desconcertado, yo miré hacia atrás temiendo que le sonriera a otra persona, y ella debió tomarlo como un desprecio porque no me miró más. Me senté en mi lona, un poco avergonzado, pensando en acercarme para hablarle. Cuando al fin me decidí, los padres salieron del agua y me dio timidez.
Al cabo de un rato no pude más de la vergüenza. Recogí mi bolso y caminé por la playa hasta un lugar alejado donde ella no pudiera verme.
Me tendí al sol pensando en ella y la sonrisa, enojado conmigo mismo. El deseo se me había cumplido, pero yo lo había echado todo a perder. Al rato oí un zumbido en el aire.
Abrí los ojos y vi que era Superman. Lo reconocí enseguida por la S en el pecho.
-Hola -dijo Superman.
-Hola.
-Leí en El Planeta que un gran meteoro de kriptonita cayó en esta zona.
Me acordé de las estrellas fugaces.
-La kriptonita puede matarme -explicó Superman-. No quiero que caiga en malas manos, así que debo encontrarla y deshacerme de ella. ¿No has visto nada?
-No -dije-. No he visto nada.
-Es una piedra verde, brillosa.
-Ya sé cómo es la kriptonita -dije-, pero no vi nada. Si querés te la busco.
-Me harías un gran favor -dijo Superman, y alzó los ojos al cielo. Miré hacia donde él miraba pero no vi nada, aunque oí el rugido de un jet de pasajeros.
Me molestó que mirara hacia otro lado, pero me ofrecí a ayudarlo.
-Yo me fijo y te aviso -le dije-. ¿Cuándo volvés?
-Mañana es domingo -dijo Superman, pensativo-. Mañana a la tarde, aquí. Ahora, ese avión tiene problemas.
-Un trabajo para Superman -bostecé.
-Exacto -dijo Superman, remontándose en el aire. Pronto fue una mancha azul y roja en el cielo.
Me alegró haber visto a Superman, aunque me fastidió un poco que hubiera venido desde Metrópolis sólo por interés, y no para visitarme. Me consolé pensando que al menos salvaría el avión. Había tiempo de sobra para buscar la kriptonita hasta el domingo a la tarde, así que me fui a comer el asado.
Cuando llegué, papá conversaba con el vecino frente a la parrilla. Comentaban que había llegado un circo al pueblo y me preguntaron si quería ir el domingo a la tarde. El vecino me dio un papel amarillo con el dibujo de un payaso y un elefante.

GRAN CIRCO AMERICANO
PAYASOS o FIERAS o LEONES
GRANDES ATRACCIONES!!!

-¿Los leones no son fieras? -le pregunté a papá.
-Así es -dijo papá-. Pero el circo no es grande, ni es americano. ¿Por qué no vamos todos mañana?
-Mañana no puedo ir -dije, recordando la cita con Superman.
-¿Cómo que no podés?
-Quiero decir que no tengo ganas. Me aburre el circo.
-Pero a mí me divierte -dijo papá-. ¿Con qué pretexto voy yo si vos no vas?
-Qué lástima -dijo el vecino-. Podríamos haber aprovechado para salir todos juntos con los chicos.
Les dije que fueran igual, que yo iría a la playa.
-Y a pescar sin pescar -dijo papá-. Por eso no podés venir.
-Qué lástima -repitió el vecino.
-No importa -dijo papá-. Nosotros vamos igual. A mí me gustan los circos chicos. Me dan tristeza.
La mujer del vecino dijo que para tristeza ya había motivos de sobra, no hacía falta pagar entrada en ningún lado.
-Uno está amargado, no triste -dijo papá-. Es muy diferente. La tristeza puede ser linda.
-Mirá al grandote -dijo mamá-. Las cosas que dice para justificar que él quiere ir al circo y el chico no.
-Al menos allí los animales están enjaulados, no gobernando -dijo el vecino.
Entonces se pusieron a discutir de política y no se habló más del circo ni de pescar sin pescar. La gente mayor siempre se las ingeniaba para ser aburrida.
Esa tarde fui al muelle de los pescadores a pescar sin pescar con el Rubio, pero no le conté de la sonrisa ni de Superman. De vez en cuando echaba una ojeada desde el muelle para ver si encontraba la kriptonita, pero no hubo caso. Alguien pescó un pejerrey grande y lo mostró con orgullo. Todos se pusieron a festejar, porque la verdad era que allí no había mayor diferencia entre pescar sin pescar y pescar pescando. En general no pasaba nada, así que el pejerrey era todo un acontecimiento. El Rubio dijo que convenía acercarse y demostrar curiosidad, de lo contrario nos tomarían por infiltrados, descubrirían nuestro secreto y nunca más tendríamos paz en el muelle. Seguí su consejo, aunque noté que otros pescadores seguían en lo suyo sin acercarse al del pejerrey. Me dio lástima ver al pez boqueando y sangrando.
-No me gusta verlos morir -le dije al Rubio-. No me gusta que se mueran.
-Nada muere del todo, porque todo está vivo -dijo el Rubio-. Un bicho se muere, alguien se muere, pero en el fondo todo está vivo, ¿entendés?
Le dije que entendía, pero no entendía nada. Nos quedamos hasta la noche. El muelle iluminado por los faroles de los pescadores flotaba en la oscuridad como un barco fantasma. Esa noche no vimos ninguna estrella fugaz, y pensé que quizá fuera porque yo no merecía que se cumplieran mis deseos.
El domingo a la mañana llovió y me quedé con papá leyendo el diario. Papá me preguntó si de veras no quería ir al circo. No supe qué contestarle, pues no sentía muchas ganas de salir a buscar la kriptonita bajo la lluvia. Papá le comentó a mamá que un avión de pasajeros había tenido que hacer un aterrizaje de emergencia en Mar del Plata pero que afortunadamente no había daños ni víctimas. Miré la foto del avión estacionado en la pista, pero no decían nada de Superman y me pareció una ingratitud.
Al mediodía el cielo se despejó y les confirmé que no iría al circo.
-Así que los chicos nos vamos al circo y el señor se va a pescar -dijo mamá.
-A pescar sin pescar -dijo papá-. Y nos traerá un no pescado para la cena.
A la tarde me puse a recorrer la playa buscando la kriptonita. No encontré nada, y me quedé sentado en la playa esperando a Superman. Decidí no ir al muelle de los pescadores, porque al menos tenía que avisarle que no había encontrado nada y que seguiría buscando. Cuando empezó a oscurecer, pensé que Superman no vendría. Me dio rabia. Creía que él siempre cumplía sus promesas.
Volví a la casa. En el camino me crucé con ella y la familia de ella. Sin duda se habían quedado hasta más tarde en la playa para aprovechar el sol después de la mañana de lluvia. Ella me miró, pero entre mi abatimiento y la oscuridad no pude verle bien la cara. Cuando llegué a la casa, estaban los vecinos y los hijos de los vecinos. Los chicos gritaban, reían y lloraban hablando del circo.
-No te perdiste gran cosa -dijo mamá para consolarme, porque sin duda me vio cara larga y pensó que me había arrepentido de no haber ido con ellos. Pero los chicos sólo hablaban del circo.
-Había payasos -dijo uno.
-Y un tigre africano -dijo el otro.
-Un leopardo -dijo papá-. En África no hay tigres.
El chico lo miró con escepticismo.
-Cómo no va a haber tigres en África -dijo.
Papá me preguntó si quería ir a dar una vuelta. Acepté.
-¿Te pasa algo? -dijo.
-Qué me va a pasar -respondí.
Fuimos a dar una vuelta por el pueblo, y en el camino los chicos sólo hablaban de los leones, los tigres y los payasos. Papá y mamá y los vecinos hablaban de cine, de una película que se llamaba La Strada o algo parecido. Me acordé del manual Estrada y pensé que no quería volver a la escuela. Cuando llegamos al pueblo, papá me dio plata para que fuéramos a comprar helados en un quiosco. El quiosquero era calvo. Lo miré atentamente, pensando que tal vez era Luthor que había venido a buscar la kriptonita para matar a Superman. Cuando me miró a los ojos vi que no era Luthor. Tenía cara de bueno, o de idiota. Fuimos caminando hacia el muelle mientras tomábamos el helado. Esos mocosos me tenían aturdido con las fieras y el circo. Cuando pasamos por el Gran Fénix dije que tenía ganas de ir al baño, y entré en el cine. Al salir del baño, vi en el hall a un hombre de anteojos mirando las fotos de una película. El hombre se me acercó. Me resultó cara conocida.
-Hola -dijo-, me han mandado de El Planeta para hacer una nota sobre este lugar. En Metrópolis no es muy conocido. -Y añadió, guiñándome el ojo-: Y Superman me manda preguntar si has visto algo.
-Usted es Clark Kent -le dije.
-El mismo -dijo tímidamente Clark Kent.
-¿Se va a quedar mucho tiempo?
-Ya he visto todo lo que había que ver. Me voy esta noche.
-¿Vio el muelle de los pescadores?
-Claro que lo vi. ¿Alguna novedad para Superman?
-Dígale que no encontré nada, pero seguiré buscando.
-De acuerdo. Él pasará por la playa mañana a la tarde.
-Lo espero allá. ¿Cómo está Luisa, Clark?
-¿Luisa?
-Luisa Lane.
Clark Kent se ruborizó, tartamudeó algo y entró en el baño. Yo eché a correr para alcanzar a papá, mamá y los vecinos, que ya estaban cerca del muelle.
-La semana que viene dan El imperio contraataca -le dije a papá. En ese momento vi que el Rubio venía del muelle con la caña al hombro. Cuando nos cruzamos, se hizo el indiferente.
-¿Ese no es tu amigo? -preguntó mamá.
-Sí, el Rubio.
Mamá saludó al Rubio con un ademán. Él se sorprendió, contestó el saludo y siguió de largo. Como los chicos me aburrían, aproveché la pregunta de mamá para pegarme a los mayores y hablar de cine con ellos, pero ellos hablaban de películas prohibidas que yo no podía ni quería ver.
En la mañana del lunes seguí buscando la kriptonita, pero no encontré nada. A la tarde volví a la playa para esperar a Superman. No sabía si la rabia se me había pasado o no, porque en realidad no sabía si él había cumplido o no con su promesa de venir. La gente con personalidad secreta era complicada.
Me tendí al sol sin demasiadas esperanzas, pero esa tarde vino.
-No encontré nada -le dije en cuanto lo vi bajar.
-Mala suerte -dijo Superman-. Ya aparecerá. Tiene que estar en alguna parte.
Para agradecer mi colaboración me ofreció un paseo por cualquier lugar que yo eligiera.
-¿En serio? -pregunté.
-En serio. ¿Qué lugar te gusta?
-El África. Quiero ver fieras.
Superman me tomó en brazos y en un santiamén estuvimos en el aire. Al principio cerré los ojos porque tuve miedo. Había viajado en avión sin sentir miedo, pero esto era diferente.
-¿El África se ve negra desde lejos? -pregunté.
-No -rió Superman-. Se ve verde, o amarilla, o marrón.
-Como en el planisferio físico que tenemos en la escuela -dije. Pero el mar no se veía como en el planisferio, sino como una gran pradera ondulante que era verde, gris y azul. Para distraerme, y por cortesía, le hice a Superman una pregunta personal.
-¿No te da pena que tus padres hayan muerto en Kriptón?
-Nada muere del todo -dijo Superman-. De algún modo, todo está vivo. -Le estuve por decir que el Rubio pensaba lo mismo, pero noté que ya no sonreía más y supuse que no le gustaba hablar de eso. Además era posible que el Rubio lo hubiera leído en alguna de mis revistas, aunque yo no había visto esa frase.
Cuando el viaje empezaba a gustarme, llegamos al África. En el África había una familia de leones. Estaban aburridos, echados al sol, espantando las moscas con la cola. Me cansé de ellos y quise ver un leopardo. Superman buscó con su visión telescópica y me llevó a ver un leopardo que estaba agazapado en una rama. El leopardo saltó sobre una gacela y la tumbó de un zarpazo. No me gustó el leopardo, y lamenté no haber ido al circo la tarde anterior. Allí las fieras debían de ser más simpáticas. Hasta el sol parecía un baldazo de sangre sobre el horizonte. Le pregunté a Superman si conocía a Tarzán.
-Tarzán no existe -dijo Superman-. Es una fantasía.
-Vámonos del África -rezongué-. Ya vi todo lo que había que ver.
De nuevo sobrevolamos el Atlántico. A nuestras espaldas el sol era blanco y luminoso, no rojo e hinchado como en el África. Superman me dejó en la playa.
-Es urgente encontrar esa kriptonita -me dijo-. Vuelvo el miércoles a la mañana.
-De acuerdo -dije.
Miré cómo se iba volando mientras yo caminaba hacia la casa. Llegué al anochecer.
-Estuvimos en la playa y no te vimos. ¿Por dónde andabas? -dijo papá.
-No digas el muelle, porque también pasamos por allí -dijo mamá.
El martes me pasé horas buscando la kriptonita en vano. Después fui a buscar al Rubio a la casa. Temí perderme por no tener la dirección justa, pero el Rubio me había descrito bien la casa y no había muchas parecidas. Era una casa grande y pobre, con un jardín amplio y descuidado, lleno de perros, gatos y tortugas. No había timbre, y golpeé las palmas para llamar. Me atendió una chica joven, una de las hermanas del Rubio.
-Creí que estabas enojado -dijo el Rubio cuando salió.
-No, por qué iba a estar enojado.
El Rubio se encogió de hombros.
-Voy a buscar la caña -dijo. Cuando volvió a salir, una voz de mujer grande lo llamó desde adentro. El Rubio entró de nuevo y salió atándose un piolín en el pelo.
-La vieja quiere que le compre un kilo de pan -me explicó-. Un kilo de pan, un nudo.
¿Me acompañás?
Esa tarde pescamos sin pescar más callados que de costumbre. Yo iba a contarle al Rubio que Superman pensaba igual que él, y a preguntarle si él había encontrado la frase en alguna de mis revistas. Después pensé que quizá fuera al revés. Quizá la otra noche Clark Kent había reporteado al Rubio en el muelle y él le había dicho la frase. Preferí no comentar nada.
-¿Sabés una cosa? -me dijo el Rubio.
-¿Qué?
-Tenías razón. Tu vieja es distinta.
-¿Sí?
-Sí. Y pensándolo bien, la mía también. Así que a lo mejor esa chica que vos decís también es distinta, y no es como todas.
Esa noche vimos caer una estrella fugaz y pedí tres deseos: encontrar la kriptonita, encontrarla de nuevo a la chica, y que la chica me sonriera de nuevo.
El miércoles fuimos temprano a la playa. Papá me propuso correr por la arena mientras mamá tomaba sol, y nos pusimos a trotar. Nos alejamos un buen trecho, y cuando nos acercamos al espigón viejo vi un destello verde entre los escombros. Antes lo había tomado por una mancha de musgo en el cemento descascarado, o había confundido el brillo con el chisporroteo del sol sobre la espuma del oleaje. Volvimos trotando hasta la sombrilla, nos metimos en el agua, ensuciamos de arena a mamá, que nos persiguió hasta el agua riendo y protestando. Los tres nos bañamos juntos. A media mañana papá y mamá quisieron irse. El sol picaba.
-Yo me quedo -dije-. Quiero volver al agua.
-¿No te cansaste de nadar? -dijo papá.
-En una hora está la comida -dijo mamá.
Cuando se fueron eché a andar hacia el espigón ruinoso. Me acerqué a los escombros y encontré lo que esperaba, una piedra enorme y verde medio tapada por las olas y medio incrustada en el cemento roto. Estaba descalzo, y una protuberancia filosa me abrió un tajo en el pie cuando bajé al espigón. Mojé el pie en el agua para que la sal ayudara a cicatrizar la lastimadura. El destello de la kriptonita me daba un poco de miedo, pero recordé que sólo afectaba a Superman y la gente como Superman. Era una suerte no haber nacido en Kriptón. Me quedé esperando, sentado en la piedra verde, para que nadie más la viera.
Estaba orgulloso, pero también sentía fastidio porque el sol picaba y yo tenía el pie lastimado y Superman tardaba en venir. En una hora estaría la comida, y yo tenía hambre después de tanto correr y nadar, y el África no me había gustado, y me había perdido el circo. Además, esa mañana había visto en el diario que un ómnibus había chocado en la ruta dos y Superman no había hecho nada para impedirlo.
Superman llegó casi al mediodía, y me ardían los hombros y me goteaba sudor del pelo.
Vi que sobrevolaba la playa, buscándome. Aterrizó elegantemente en la punta del espigón y se me acercó despacio, la capa al viento.
-Hola -me dijo, sonriendo y guiñándome el ojo-. ¿Recordando el África?
-Odio el África -respondí.
-¿Has visto algo? -preguntó Superman con un tono de impaciencia que me molestó.
-Estoy sentado encima -dije con fastidio, y me levanté.
A Superman le cambió la cara y se le aflojaron las piernas. Se desplomó en el borde del espigón y me pidió que alejara la kriptonita. Se lo notaba cada vez más débil.
-Yo no puedo mover esa piedra -le dije-. Es muy pesada para mí, y está incrustada.
Además me duele el pie.
Murmuró algo pero el ruido del oleaje me impidió oírlo. Además me sentía un poco cansado, así que enfilé hacia la casa y no miré atrás ni una sola vez. Cuando llegué a la altura de la casa, vi a la chica en la lona, con los padres. La miré de reojo y ella me sonrió, pero yo desvié la cara porque me daba vergüenza que se me vieran las lágrimas.
Durante el almuerzo apenas probé bocado.
-Qué raro -dijo papá-. Con todo lo que nadaste.
-Te ha hecho mal el sol -dijo mamá-. Vení a dormir la siesta conmigo. ¿O pensás volver a la playa?
-No -dije-. No quiero volver a la playa. -Pero no me animé a contarles por qué.
A la hora de costumbre, sin embargo, fui al muelle a pescar sin pescar con el Rubio.
Temía que alguien me hubiera visto en el espigón con Superman, y esperaba que el cadáver se hundiera en el agua. En las películas había visto que el agua siempre traía los cuerpos, pero tal vez fuera distinto con Superman. Después de todo era de otro planeta. Quizá se esfumara o se disolviera.
-¿Vos creés en serio que nada muere del todo? -le pregunté al Rubio.
-Qué sé yo -dijo el Rubio-. Es algo que me decía mi vieja cuando se me murió un gatito.
¿Por qué preguntás? ¿Te pasa algo?
-No, por nada.
-Algo te pasa.
-¿Por qué?
-Porque llorás sin llorar -dijo el Rubio.
Esa tarde una tormenta inmensa cubrió el cielo hasta el horizonte. Nos tapamos con una lona y nos quedamos a mirarla.
Recuerdo que los relámpagos parecían anguilas nadando en las nubes negras, y después de la tormenta el arco iris parecía un gran puente que tal vez llegaba al África. Recuerdo que encontraron un tiburón muerto en la playa, y cuando la gente se cansó del tiburón nos quedamos a hacerle compañía porque estaba muerto. Recuerdo que le regalé al Rubio todas mis revistas. Recuerdo que la chica se fue pronto, y ni siquiera averigüé su nombre. Y recuerdo que vi muchas estrellas fugaces, pero nunca más pedí un deseo.



(c) Carlos Gardini
(26 de agosto de 1948 - 1 de marzo de 2017)













ARBOL DE TULE*




Niñez. Escuchaba sus pasos en la noche

(Aun no conocía el nombre de sus huellas)

Un tropel de naufragios. Un deseo. Un resguardo.

Danza de hojas y lentos ríos musculosos.

Pulgarcita y árbol de Tule. Puedo morir ahora.

Un palpitar de patria. Su pecho. Un refugio. Un amparo.

Tañido de hembra y un latido. Tiempo insólito.

Mi lengua recorriendo la madera. Un amargo y extraño dulzor

No importa si fue espejismo o redención

Yo deslumbrada. Alumbrada. Persuasión de la tierra.

Un grial de Lázaro. Mis fauces y la sed.

¿Aun es posible algún dios en mi pulso?

Algún día diré, ya no me acuerdo.

Y en mis brazos el intenso secreto de la infancia. Ay.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@hotmail.com











LA LLAVE*


Inspirado por aquel libro de Miguel Hernández
que me quemaron durante la dictadura



No batía el viento
ni la soledad ni el tiempo.
No había patrullas en el
camino de Concepción a Tomé.
Era el 12 de septiembre.

Paró la camioneta y
del zapato izquierdo
sacó una llave.
La arrojó lejos, musitando
“me la dió Alberto”
Y seguimos huyendo.

Bajo el sol radiante
sus hijos más pequeños
como si fuéramos de picnic
cantaban. Y el osito de peluche
danzaba la libertad de la nieta.

Tic Toc Tic Toc Tic

La mirada de la abuela
nos abrazó largo.
No sabremos nunca
el misterio de esa llave.
El hijo mayor ya lo ha olvidado.


*De Marta Zabaleta, mzabaletagood@gmail.com
-Chile 1973/ Inglaterra Exilio 2012















Mami querida: *



Me costó 45 años animarme, perderte el miedo y necesitar sentarme a charlar con vos un rato otra vez. fue tan terrible para mi, tan desoladora tu muerte, tan fuera del mapa que no tengo como nombrar todo lo que vino después y me fue llenando la vida de silencios y corchetes que no podía reabrir a tiempo para meter palabra, o peor, sentimiento.
Durante muchos años me vacié de mí y me llené de vos a tal punto que me olvidé de quién era.
Quisiera contarte tanto y tanto de lo lindo de estos días, de lo extraño que me parece verme en una foto ahora y preguntarme quién será esa señora que usa mi ropa y que se parece tanto a mi mamá... pero todo el presente espero que salga cuando pueda deslacrar el pasado y algunos secretos  que guardo y me consumen y ya estoy lista para contarte mami.
¿Estás bien? ¿No te duele nada? ¿Podés sentarte a mi lado? ¿Abrazarme y escucharme? Creo que es largo y sé que es duro y sé que no te va a gustar y tal vez te duela como a mí. Tal vez mami en todo este tiempo vos también hayas cambiado, crecido y  me entiendas con todo lo que debes haber visto y puedas acercarte a mi.
Volvamos a mis 15, ¿te acordás? mis pinturas, mis alegrías, mis ilusiones. Si mami, ya sé y me acuerdo bien de tu cáncer y me acuerdo de tu páncreas y me acuerdo de aquella amante de papá que descubrí sin saber que ya sabías, me acuerdo de todo porque me duele como si me volviera a doler ahora. Pero acordarte vos de mí, de mi mirada mamá, de mi alegría.
¿Te acordás que era de la FEDE? ¿Te acordás que militaba con los montos en Retiro, en la villa con el curita Mujica?, que a vos no te gustaba, que no le dabas importancia que pensabas que volvía embarrada de la villa... y había que lavar los vaqueros y las zapa más de lo que tenias ganas.
Mami, ayer conocí a Adriana (¿o Ariadna como ponés en la siguiente línea?). La fui a ver porque tengo problemas con Julián que es mi hijo y hoy tiene 32. Esta lejos mío y no sé cómo acercarme. Ariadna me explicó que en las familias - a veces- se guardan grandes secretos que dañan mucho, que separan madres e hijas, a padres de hijos y a todos en general pero yo le dije que no tenia de esos secretos como los que vos nunca me contaste de tu papá con otra familia y otros hijos fuera de la casa grande y a los que nunca quisiste conocer. Ni tampoco como los de papá y sus amantes o los del abuelo y sus otras mujeres por todo Entre Ríos. Yo de esos secretos no tengo ninguno. No entendía que me quería explicar Ariadna en relación a grandes secretos míos y la distancia con mi hijo.
Y de pronto mamá,  se me hizo un espasmo en el estómago y me puse a llorar como hacía 45 años que no lloraba y me apreciaron imágenes ciegas con la cabeza tapada, con el terror mío y los gritos de todos, y los mocos que entraban en mi boca, y me acordé de ese hilo de sangre que me caía desde la cabeza, y el ruido mami y la locura. Me acordé de los golpes, los manoseos, la policía. Los gritos.
La villa.  El rancho de chapa donde estábamos dando el taller para los chicos de 3 a 7 con la leche caliente servida en la mesa de madera y la témpera de distintos colores, ya preparada en el centro para compartirla después de la leche.
Me acordé cuando entraron como salvajes y nos levantaron a todos mami. Nos taparon las cabezas, nos hicieron cosas que no quisieras que te cuente mamita y nos desaparecieron tantos días que después supe que fueron 5 y todo fue una pesadilla pero no lo puedo describir, no tenia las palabras ni antes ni ahora para contar lo que sentí.
No estaba sola ma, no llores, estaba con Graciela y Gloria todo el tiempo no sé si porque éramos las menores o las judías pero ahí estábamos las tres juntas y nos tiraron en un lugar juntas y nos encontraron unos señores que eran abogados amigos de la mamá de Graciela mami, montos y nos llevaron a la casa de Graciela.
La mamá de Graciela nos abrazó mucho, nos bañó y nos dio ropa limpia y dormimos las tres en la cama de la mamá que se quedó en un sillón en la pieza cuidándonos dos días enteros.
Mami tengo que contarte que esa semana que desaparecí de casa y me retaste tanto porque no avisé donde estaba, no fue por desamor,  fue que me habían secuestrado y no me animé a decirte nada después por miedo a que me retaras más, vos y papá.
Pero también pienso que no me miraste a los ojos en mucho tiempo porque si no, tal vez te hubieras dado cuenta que algo malo pasaba, pero no es reproche. Es explicación. Yo ahora puedo entender lo que duele un cáncer y el miedo que da la muerte, y puedo entenderte a vos en ese momento ma. No desaparecí por desamor o bronca con vos y tu enfermedad, que también la tenia, desaparecí porque me desaparecieron.
Y nunca pude hablarlo, no con vos ni con papá que se murió 30 años después que vos.
Hace 10 años tuve un amor importante, el Pedro mami, que seguro no te hubiera gustado ni un poco, lo sé. Pero a mí si y sobre todo me enamoré de su voz profunda y su condición de héroe. Él estuvo desaparecido tres meses y después preso tres años, aunque la pasó peor que yo, los milicos se habían vuelto definitivamente locos cuando el cayó. Hablar con él me ayudó a poder contarle a alguien por primera vez en mi vida lo que había pasado. Él de alguna forma me curó un poco.
Abrázame mama, fuerte, susúrrame el cuento que me contabas las noches de cuando yo era más chica, el del gatito comiendo arvejas en el tren.
No llores mamá, abrázame y no llores. Yo ya tampoco tengo lágrimas, al menos esas lágrimas, pero extraño tu abrazo y tu olorcito, tus galletas de canela y tus zapatos ridículos de suela de tractor que tantos años después se pusieron de moda.
Abrázame en silencio mami
Necesito tu abrazo, tu amor, tu perdón, tu orejita con esos aros que tenías, abrigarme con el tapado de nutria que tenía impregnado tu perfume. Recostémonos en el sillón grande, mirando el cuadro del toro de halla que tanto nos gustaba a las dos.

Quedemos un rato así y nada más.

Abrázame fuerte mamá.



*De Ana Laura analaublejer@gmail.com












Episodios diferentes*



Algunos perfumes en el suelo
y la prosperidad en imágenes obscenas
sigilosamente las mascaras rompen el silencio
y los augurios...
pequeños embriones despedazan irascibles
los tejidos de la noche
exhibiendo la soberbia a flor de piel
abastecidos de sortijas y amuletos
en esta parte de los parques
los perros se despojan de la hipnosis
percutiendo las sombras a su antojo
hasta extraviar todos los collares
entre recorridos y abstinencias
instiga el secreto en los papeles
en medio de delicadas cuerdas
y banderas incendiadas

aun inquietan las llaves en desuso
estéticamente los anzuelos desarticulan
los paladares sin inmolar.



*De Hernán Alberto Melfi. impresentable14@yahoo.com.ar


-Hernán Alberto Melfi (Buenos. Aires. 27/4/1970) Autor de los libros de poesías Partes de Furia (1998 sin editar) Juguetes Malditos (El Encuentro Editorial 2014) y Los Titeres Punk (El Encuentro Editorial 2015). Se encuentra preparando un nuevo libro de poemas y otro de relatos. Desde el año 2001 vive en EEUU.












*


Vivir plenamente el ahora sin que se interponga la llovizna sucia del pasado y los fantaseos del porvenir.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com







InvenTREN
http://inventren.blogspot.com/




Estación Rosario*



—La mejor carne del país, chango: se lo aseguro.
Al escuchar la frase, acompañada por el guiño cómplice, Sergio Cejas pensó que aquel barman del vagón comedor le estaba gastando una broma. ¿Turismo sexual en Rosario? ¿Promovido por el Nuevo Ferrocarril Santafesino-Bonaerense? Era de no creer. Y sin embargo, la otrora “Chicago argentina” gozaba de una fama indiscutida en esos temas. La primera imagen que se le cruzó a Sergio Cejas fue la del gran Alberto Olmedo, improvisando como siempre delante de las cámaras de Canal Once, quizá sentado junto al inolvidable Javier Portales, o tal vez con alguno de los tantos figurines de segunda línea que se lucían a su lado.
La referencia “olmédica” no era casual. En los últimos meses, todo lo que lo rodeaba le parecía una farsa, un entorno artificial y paródico. Los ritmos cotidianos, sus escasos placeres, las monótonas tareas que realizaba en esa oficina bancaria que parecía tragárselo día a día bajo toneladas de trámites acaso banales y de raíces casi kafkianas, parecían haber perdido todo sentido: incluso hasta su propia vida.
¿Desde cuándo había notado que comenzaba a desbarrancar? La respuesta parecía ser la única certeza con la que contase por el momento: desde aquella traumática separación con Evelina, denuncias policiales mediante, durante el invierno pasado. Una época negra de su vida, que aún le dolía en el recuerdo, cuyos detalles se desdibujaban en el ayer.
¿Por qué había decidido viajar en tren? Ni él lo sabía. Los hechos de las últimas horas se le tornaban borrosos. Sólo podía precisar que su propia desilusión lo había conducido desde un departamento desordenado, con sobras de comida de fechas inciertas, hacia las vías. Y que en vez de acostarse sobre ellas en espera de unos filosos rieles que acabasen con su dolor, había trepado con un violento impulso al primer tren de larga distancia que partiera desde la piojosa estación a la que había llegado. Trayecto salvavidas hacia Rosario –pasaje de ida, solamente- en el que había conocido a Ernesto, simpático barman que le relatara sus desventuras a bordo, apuntando con especial detalle a la increíble historia de un camarote embrujado, ocurrida el año anterior, durante una noche de tormenta.
Aunque no fuera compañía lo que buscaba, Sergio Cejas agradeció la consoladora presencia de Ernesto –además de la secreta botella de whisky, fuera de inventario, que ocultaba debajo de la barra-. Y sin embargo, la espontánea oferta de sexo lo sorprendió para bien. Aunque, ¿hacía falta trasladarse a Rosario para conseguirlo? Conocía algunas esquinas de Buenos Aires donde podía encontrar decenas de ofertas como ésa. Nada de travestis, no era su estilo. Sin embargo, la inesperada compañía hallada junto a varias medidas de whisky lo impulsaban también hacia el calor de una presencia femenina, al menos hasta despejar sus ocasionales pensamientos suicidas, y aunque sólo fuese por unas horas.
Ahora: ¿acaso ansiaba encontrar en Rosario algo más que aquello, eso que le resultaba tan imposible precisar?
—Hágame caso, amigo— insistió Ernesto, en susurro confidente. —Aproveche. No se va a arrepentir.
Ni bien bajó del tren al llegar a destino -seguido de Ernesto, quien comenzara, trepado al estribo del vagón, a hacer señas a sus espaldas en dirección a un borde alejado del andén-, se le acercó apurado un gordo que lucía una larga y lacia cabellera, junto a una barba candado bastante espesa, quien no dejaba de fumar cigarrillos negros.
—González, Rubén, para servirle— saludó, con un susurro parco, mientras le daba un breve apretón de manos. Y agregó: —“Canalla” de alma, para más datos.
Sergio Cejas consideró que no era momento de esbozar siquiera su leve simpatía por la “lepra” de Newell´s. Su interlocutor no parecía muy afable a las diferencias. Y él no tenía ganas de malgastar la poca energía que sentía bullir en su interior, a pesar de la bruma existencial que lo rodeaba.
—El señor busca servicio especial— informó Ernesto, aún trepado al estribo, como si la oferta de sexo, ajena en absoluto al contexto ferroviario –ahora lo percibía Sergio- fuese un extraño rebusque del barman para hacerse unos pesos extras. —No me hagas quedar mal…
—¿Alguna vez lo hice?— retrucó el gordo, y sin aguardar respuesta alguna le masculló a Cejas cerca del oído: —Sígame.
Sergio Cejas, carente de todo equipaje, llevándose a duras penas a sí mismo, marchó detrás de él sin saber muy bien lo que hacía. Todo le daba lo mismo. O tal vez no…
—¿Tiene plata?— lo interrogó el gordo, ni bien subieron a una vetusta camioneta  que los aguardaba en una calle lateral. Sergio Cejas asintió, un tanto trémulo, aunque no muy seguro por la cantidad que llevara encima. El gordo no pareció muy convencido de la respuesta, por lo que disparó: —Revise bien los bolsillos, ¿eh? Sin efectivo, no hay trato. Ni viaje a ningún lado.
Sergio Cejas indagó dentro de su ropa. Se sorprendió al encontrar en total unos seiscientos veintitrés pesos. ¿Cómo había hecho para salir con tanto dinero a la calle, si su idea inicial era tirarse bajo de un tren? ¿Y el dinero para el pasaje? Misterio…
—Por mí está bien— lo serenó González Rubén, y puso la camioneta en marcha. —Siempre que no se ponga exigente…
Tardaron unos quince minutos en llegar hasta un barrio obrero, de casas bajas y antiguas, estacionando junto a una casona cuya elegancia había conocido épocas mejores. Un par de hombres de considerables proporciones conversaban junto al portón de entrada. Sergio Cejas se atemorizó, sin saber cómo declinar la oferta. Pero González Rubén ya había bajado y lo aguardaba de pie junto a la puerta abierta de su lado de la cabina, sosteniendo el cigarrillo negro entre sus labios:
—Vamos; las chicas esperan.
Más que a una tarde de placer, Sergio Cejas parecía encaminarse a paso cansino hacia su ejecución. De pronto, el fugaz ratoneo que se le antojara a bordo del tren con la fantasía de un encuentro sexual fuera de Buenos Aires se había disipado, dejando en su lugar la cruel sensación de estar siéndole infiel a Evelina. La imagen se le abalanzó con el peso mortal de un ataúd. Pero siguió adelante, detrás de la espalda de González Rubén.
Los fornidos patovicas se hicieron a un costado al ver llegar al gordo. Ambos cruzaron el umbral para encontrarse con una habitación en penumbras, apenas iluminada por un par de trémulos veladores en los rincones, y con el rumor de una cumbia proveniente de un cuarto del fondo. Sergio Cejas apenas vislumbró un par de siluetas femeninas caminando entre los sillones del cuarto, ajenas al entorno. Casi tan ajenas como él.
—Venga— masculló el gordo por sobre su hombro, sin despegar el cigarrillo de entre los labios.
Atravesaron el cuarto, impregnado de perfumes baratos, hasta llegar a una de las mesitas iluminada por el velador. Recién al acercarse descubrió a la obesa mujer sentada a un costado que se limaba las uñas con pasmosa indiferencia.
—Edith: el señor quiere tomar los servicios de las chicas— informó el gordo, y mientras volvía hacia la puerta de calle le dijo a Cejas al pasar: —Lo espero afuera. Si no estoy, me espera Ud.
González Rubén salió de la casa. La masculina voz de la tal Edith retumbó cerca suyo.
—¿Qué le gustaría? ¿Bucal… vaginal… anal… completo…?
Pasmado, Sergio Cejas volvió la cabeza hacia la mujer obesa y no supo qué contestar. Una sola idea le cruzó la mente.
—¿Qué puedo hacer con quinientos pesos?— preguntó.
—No mucho— dijo ella, sin levantar la vista de la indiferente labor de la lima. —A menos que no le importe tratar con Isabel…
Él permaneció en silencio, sin entender.
—Las blanquitas y jóvenes son las más caras —comenzó Edith, casi resignada ante una explicación que parecía recitar de corrido todos los días. —Cuanto más entradas en años, más baratas cotizan. Menores de edad no tenemos; vaya a buscarlas a los bulos de los políticos o los narcos, si las quiere—. Otro silencio contemplativo hacia la tarea de manicuría, hasta que por fin, recordando a quién le estaba hablando, agregó: —Isabel es la tullida.
—¿P…perdón…?— balbuceó Cejas, incrédulo.
Edith ya parecía molesta por tener que hablar tanto.
—Se cayó del tren hace unos años— informó, siempre sin mirarlo. —Ya se dedicaba al oficio, así que después de la tragedia siguió en lo suyo como pudo, o pidió limosna en la vereda, hasta que se refugió con nosotras. ¿La quiere o la deja?— terminó ella, impaciente.
Sergio Cejas tuvo el impulso de escapar, aunque irse de aquel lugar sin haber cumplido el esperado alquiler de cuerpos era como cavar su propia fosa hacia el abismo de la desesperación. Afuera lo aguardaba un tren, incierto pero veloz, al que ningún ruego podría detener, y cuyo destino fuera lanzarse sobre él, no precisamente para llevarlo como pasajero…
Estremecido por un escalofrío, le parecía estar escuchando la lúgubre sirena de la locomotora acercándose hasta él, cuando se escuchó decir:
—E-está… bien. Me quedo con la …t-tullida…
—¡Greeeeeetaaa!!! —aulló Edith, sobresaltándolo, siempre sin levantar la vista de sus uñas, más que perfectas. —¡Decile a Isabel que tiene visitas!!!
Sergio Cejas estaba a punto de acercarse a la cortina de cuentas de vidrio que separaba la sala en penumbras del pasillo hacia donde imaginaba que estaban las habitaciones, cuando oyó un chistido que lo detuvo en seco.
—Se paga por adelantado —anunció Edith, terminante. —Son quinientos pesos.
Cejas dejó el dinero sobre la mesa, con mano trémula. La mujer obesa aclaró:
—Si es de los que se impresionan, lo lamento; no hay devolución.
Manoteó los billetes, mirándolos apenas, se los guardó en el escote, y ya no habló más, ni ocurrió nada durante unos minutos, salvo el abandono de la lima en reemplazo de un esmalte flúo. Jamás lo miró a los ojos.
La cortina de cuentas de vidrio cantó al abrirse. Una chica delgada y morochita, vestida solamente con una enorme blusa que le cubría hasta el comienzo de los muslos, luciendo una amplia sonrisa rematada en dos enormes paletas de conejo, le hizo una seña para que pasara. Sergio Cejas la siguió, con paso vacilante. El sonido de la cumbia sonaba cercano. Por debajo del perfume barato había un intenso olor a humedad. Caminaron hasta el fondo de un largo pasillo en penumbras, donde sobre una ajada puerta de madera la morochita golpeó dos veces.
—Pase. Está abierto— respondió una voz de mujer.
La chica abrió, empujó la puerta, y sin borrarse la estúpida sonrisa de conejo se hizo a un lado para que Sergio Cejas pudiese entrar. Una vez que ingresó en el cuarto, iluminado por una lámpara en el techo, ella cerró la puerta a sus espaldas. A Cejas le costó reconocer la imagen, acostumbrado a la penumbra del salón y del pasillo.
La imagen de la cama en el centro del cuarto con la mujer recostada sobre ella acaparó toda su atención, salvo por la silla de ruedas, antigua y maltratada, que yacía cerca del colchón, con una bata sobre ella. La lámpara alumbraba desde el techo a una chica de unos treinta y tantos años, de tez trigueña, bonitas facciones, cabello enrulado, hombros sólidos, pechos firmes, vientre un tanto abultado y caderas amplias. Algunas cicatrices le cruzaban el abdomen, quizá producto de varias operaciones. Se la veía bien alimentada, con el tronco apoyado sobre varias almohadas, y aunque estuviese desnuda por completo, las sábanas le cubrían las piernas desde el borde superior del muslo hacia abajo. Donde deberían haber estado sus piernas.
—Hola— lo saludó ella, extendiéndole una mano, a modo de invitación. —Bueno… ¡Qué suerte la mía! Dale, vení… Acercate. No siempre me tocan clientes tan finos como vos.
Sergio Cejas creyó que la chica se burlaba, considerando la andrajosa imagen que presentaba desde hacía tiempo. Se detuvo a pensar en la clase de hombres que la visitarían a diario, y contuvo sus ofensas. ¿A diario? Tal vez, dadas sus condiciones, Isabel no debería ser muy requerida por los clientes del lugar. Sin embargo, alguien con sus características hubiera sido muy solicitada por quienes gozaran de perversiones como éstas. Si hasta parecía bonita…
—Vamos, che. No seas tímido— lo incitó ella, agitando el brazo en el aire para que se acercara.
Él avanzó tembloroso, sobrecogido por la imagen, sintiendo una honda vergüenza, como si quien estuviese desnudo fuera él. ¿Llegaría a tener una erección sabiendo lo que había –o no- debajo de aquella sábana?
De pronto, deslumbrado ante lo inesperado de la sensación, avasallado como por una locomotora desbocada, descubrió que lo único que quería obtener de ella era un abrazo fuerte y contenedor. La cruel indefensión que contemplaba sobre aquella mujer le parecía insignificante frente a su propia desprotección.
Caminó hasta el brazo extendido, se sentó sobre el colchón, y antes de que Isabel comenzara a quitarle la campera Sergio Cejas se derrumbó sobre ella, sin mirarla, abrazado a esos hombros sólidos y musculosos como un borracho aferrado a un poste de luz, y se puso a llorar.
Un llanto agónico, profundo, de esos sollozos que emergen desde los abismos del alma y pronto se convierten en una caudalosa catarata, devastando cualquier falsa apariencia de tranquilidad.
Sorprendida, Isabel le devolvió el abrazo, con una calidez inusual, desconocida para sus cada vez más ocasionales clientes, y comenzó a acariciarle el cabello de la nuca, mientras murmuraba, casi a su pesar:
—Bueno… bueno… ya va a pasar… No te pongas así… Ssshhhhh…
Sergio Cejas se aferró aún más a ella, a su piel, a su calor. Ya no le importó saber dónde se encontraba, ni ante quién estaba, ni cuál era su condición. Sólo le importaba saber que existía ese abrazo, ese afecto momentáneo que no sabía cómo calmar, pero que al menos intentaba la proximidad de otro cuerpo, buscando sentirse un poco menos solo. Un oasis en medio del desierto, en el que sólo quería beber y refrescarse, de la manera que fuera…
Sin siquiera secarse las lágrimas, con la mirada enturbiada, comenzó a besarle el cuello, a incorporar a la chica hasta sentarla en la cama, a desplazar lentamente sus manos a lo largo de aquella espalda, descendiendo hacia una cintura donde comenzaba una zona cruzada de marcas, y ascendiendo luego hacia sus pechos, experimentando una ternura insólita, como hacía mucho tiempo no sentía al lado de nadie, olvidando por completo el contrato pactado con la mujer obesa.
Isabel recuperó parte de su entereza profesional, desoyendo aquel momento de tierna debilidad, cuidando de no caer en el peor de los errores que podría cometer: enamorarse ante los sentimientos de los clientes. Al tipo éste se lo notaba destrozado, aunque su cuerpo estuviese entero. Ella, ignorando cómo, parecía sentirle el alma partida en pedazos dentro del pecho, y sólo atinaba a abrazarlo y acariciarlo, como si con aquel contacto pudiese combatir sus propios temores. Hasta que volvió a intentar quitarle la campera, y esta vez él le ayudó, reaccionando como un autómata, desvistiéndose en silencio, buscando una mayor cuota de calor.
Una vez con el torso desnudo, y aún sin verla a través de sus lágrimas, que le anegaban las mejillas, volvió a abrazarla. La suavidad de su piel, junto al vibrante roce de sus pezones, lo estremeció, causándole una erección casi dolorosa que lo obligó a desprenderse violentamente del pantalón.
Tenderse sobre ella y penetrarla fue mucho más que un acto de placer; se convirtió en una desconocida necesidad vital. La prostituta tullida, acaso deforme, se convirtió en la mujer amorosa, dadora de ternura y contención. Y el orgasmo, inexplicable para ambos, los transportó muy, muy lejos, allí donde las palabras carecen de cualquier significado.
Las lágrimas se secaron sobre la piel y las almohadas. Los jadeos cesaron en una serie de acompasados suspiros. Y ninguno de los dos, sostenido de ese abrazo, atinó a quebrar aquel instante con palabras vacías.
Sólo después de un buen rato, ambos se irguieron muy despacio, consiguieron mirarse a los ojos, y sin premeditarlo, preguntaron a la vez:
-¿Cómo te llamás?



*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar

-Inventren (2005 – 2017)





***
Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.  MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO. ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

POLVAREDAS. 

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.  FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.  
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY. ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

1 comment:

inesap said...

Hola Eduardo, muy interesante tu blog, gracias por la recomendación, seré una nueva visitante a partir de ahora, que sigas bien!