viernes, marzo 27, 2020

ANTES DE LA IMPLOSIÓN...



   *Dibujo de Erika Kuhn.  https://obraerikakuhn.blogspot.com/










PACIENTE CERO*


La noche ha caído. Y no hay nada que podamos hacer al respecto.
JAMES DICKEY - La violencia está en nosotros




NADA TE PREPARA para esto. Ni la universidad ni una vida consagrada a la investigación. Encima con este traje apenas si puedo moverme y siento que me ahogo. Quisiera sacarme la escafandra. Quisiera irme. Estoy tiritando de miedo. ¿Por qué tengo que atestiguar este apocalipsis sangriento? Estaba a salvo en mi laboratorio del CDC en el estado de Georgia. Pero no tuve opción y aquí estoy con el resto de los oficiales de las Naciones Unidas que fueron seleccionados para controlar la propagación del virus y encontrar una vacuna. Si no procedemos con premura van a arrasar todo con bombas termobáricas. El Batallón de Ingenieros Anfibios clausuró los puentes sobre el río Salado y ya pusieron cargas para volar el Puente Colgante y el Viaducto Oroño. También cerraron los caminos para el lado de Recreo y Monte Vera.
Aunque hace décadas que emigré, yo nací en esta ciudad. Soy uno de los virólogos más importantes del mundo pero no puedo entender lo que sucede. Al principio etiquetaron el brote como una epidemia de rabia furiosa. Los médicos estaban desconcertados porque los síntomas no resultaban del todo consistentes. Las primeras víctimas atendidas en el Hospital Cullen y el Iturraspe presentaban cuadros de hidrofobia, fiebre y parestesia. Las tomografías confirmaban la inflamación progresiva del cerebro y la médula espinal. Lo típico en estos casos. Sin embargo, tras una aparente parálisis seguida de muerte, los pacientes sobrevivían al paro cardiorrespiratorio y entraban en tal estado de excitación motriz que no había restricción que los sujetara. Convertidos en hordas furiosas se lanzaban a la calle y mordían con voracidad inaudita. El virus había mutado y la expansión tornaba imperativo localizar el paciente cero.
Sabíamos que el origen de la plaga estaba en Barrio Candioti pero desandar el camino del contagio fue arduo. Volver a las calles de mi infancia fue una mezcla de alegría con estremecimiento. Allí estaban los paisajes de mi niñez pero retorcidos por la muerte y la desolación. Los pocos sobrevivientes que encontramos no querían hablar. Fuimos poco persuasivos o la seguridad de nuestros trajes les engendró un resentimiento mortífero. No lo sé. Está todos patas arriba. Hasta hubo algún conato de violencia. Los soldados no ahorraron balas y liquidaron a los sediciosos. Hubo que acudir a la tortura. No me felicito, pero el sacrificio de algunos será la salvación del resto.
Finalmente pudimos recomponer el pavoroso rompecabezas y dimos con el desdichado: un niño que corría y corría alrededor de la manzana. Su abuelo se sentaba con un sillón en la puerta y le tomaba el tiempo. Dicen que el chico quería ser campeón olímpico. Pero el sueño se malogró cuando al girar en la esquina de Chacabuco y Necochea se chocó con un murciélago que, atontado, quedó aleteando frente a su pecho hasta que recobró el brío y lo mordió en el cuello. En menos de tres meses el inocente tuvo un final espantoso. Espero lograr que su muerte no haya sido en vano y que a partir de su sangre logremos sintetizar la cura para esta plaga.
Sin embargo, cuando lo fuimos a buscar nos abandonó la esperanza, al comprobar que habían incinerado el cuerpo en una de las tantas piras funerarias de la Plaza de las Banderas. El tiempo se nos estaba agotando y estábamos otra vez en foja cero o quizás no tanto porque descubrimos el posible nido.
Ahora estoy dentro del campanario de Nuestra Señora de la Salette tratando de cazar al vector. Son cientos, miles de murciélagos. Y están furiosos. Un par de compañeros entraron en pánico y se sacaron la escafandra acosados por la horda satánica. Los soldados los recibieron con el lanzallamas. No fue algo que hubiera querido atestiguar. Pero la cosa se ha puesto extrema y todos están muy nerviosos. Hasta donde estamos verificando, ninguno de estos bichos inmundos tiene el virus. No queda nada por hacer salvo esperar la piedad del fuego que bajará del cielo.



* © Pablo Martínez Burkett, 2017


-Pablo Martínez Burkett es autor de los libros Forjador de penumbras (Galmort, 2011), Los ojos de la divinidad (Muerde Muertos, 2013), Mondo cane (Muerde Muertos, 2016). Luz azuL (Otero Ediciones, 2019).

Cultiva el llamado fantástico rioplatense, con foco en el terror y la ciencia ficción oscura. Escribe para revistas del país y el extranjero y ha participado en más de diez antologías. Ha recibido premios en una docena de concursos literarios. Algunas de sus narraciones han sido traducidas al inglés, francés, portugués, italiano y rumano.










Mito*


Cuando estuve realmente frente a las olas
tomé un caracol y lo acerqué a mi oreja
para escuchar el sonido del mar.


*De Paula Novoa. novoapaula8@gmail.com














Angelita y el Lobo*

-Obra de Teatro de Patricia Suárez.





"Per vivere ci vuole coraggio."
de Altri tempi, Poesie del disamore
Cesare Pavese




Campo en la pampa gringa, abril-octubre de 1912

Personajes. -

ANGELITA, 30 años.

CECÉ, el marido. 45 años.





Escena 1.


Octubre de 1912
Pequeño interior de una casa campesina.
Puerta trancada, al lado de la puerta un ventanuco.
Tres golpes a la puerta.
En su interior, ANGELITA, sola, muy alterada.

ANGELITA. -La mano, muéstreme la mano.
(Una mano temblorosa, extraña, oscura, aparece en el ventanuco.
ANGELITA saca de un pequeño aparador un frasquito de vidrio. Luego abre, temerosa. La luz de la luna a través de la puerta es la única y tenue luz de la escena. CECÉ, poseído de una rara dolencia, convertido en hombre lobo se tira sobre ella.
ANGELITA le echa encima el agua del frasquito, pero él sigue furioso, la ataca. Ella corre, busca un cuchillo y se lo clava a quemarropa, en cualquier parte.
El cae al piso.)
CECÉ. -Me has herido de muerte, de muerte, Angelita.
ANGELITA. -Usted me obligó.
CECÉ. -No así, no así. Usted lo quería.
ANGELITA. -Basta, basta. Lo curaré, lo puedo curar.
CECÉ. -No. Ya no se puede...
ANGELITA . -¡Cecé, no me deje!
CECÉ. -¿Y por qué lo hizo, Angelita? ¿Por qué?
ANGELITA. -Me defendí, tenía pavura...
CECÉ. -¿Por qué abrió la puerta? ¿Pavura? Usted tenía otro.
ANGELITA. -¡No, no!
CECÉ. -Un huelguista, seguro...
ANGELITA. -¡Pero no!
(ANGELITA lo examina, tiene la pechera de la camisa manchada de sangre.)
ANGELITA. -Ay, marido. Ay, marido mío.
CECÉ. -Calle.
ANGELITA. -No se muera.

Apagón.





Escena 2


Abril de 1912
En el mismo interior, unos meses antes.

ANGELITA vestida de novia, va quitándose el vestido. Es un vestido muy modesto, blanco, a media pierna. Con un sombrerito.

ANGELITA. -Estoy muy feliz ahora. Antes también... pero estaba muy nerviosa. Me daba miedo el casamiento. Guarda, no se ofenda, Cecé. No es por usted. Me costó dejar mi pueblo. Usted ahora se ríe. Mire qué lindo, mire qué fácil lo hace... Las comadres lloraban todas en la iglesia. Me voy a sentir muy sola.
CECÉ. -En sulky llega en un santiamén.
ANGELITA. -En sulky, ¿pero cuándo? Acá va haber mucho trabajo.
CECÉ. -Sí.
(CECÉ se quitó la chaqueta. ANGELITA está sentada en la silla, con el vestido de novia puesto, muy nerviosa. Juega con el sombrerito.)
ANGELITA. -Lo compré en Rosario.
CECÉ. -Me dijo.
ANGELITA. -Ah, ¿si? ¿Se lo había contado?
CECÉ. -Sí.
ANGELITA. -Además estaba el asunto de los colonos, todos enojados. Cuando un colono se enoja, es difícil llevarlo a la rastra a un casamiento. La tierra seca, seca... Los propietarios que piden y piden... Los colonos se enojan con razón.
CECÉ. -Sí.
(Pausa tensa.)
ANGELITA. -Dicen que van a entrar en huelga.
(Pausa.)
ANGELITA. -¿Usted va a entrar en huelga también?
CECÉ. -Sí. No pensé aun; pero sí.
ANGELITA. -Está convencido.
CECÉ. -Sí.
ANGELITA. -Claro. ¿Qué hará?
CECÉ. -No voy a roturar. La tierra es pequeña, pero la arriendo. Yo también quiero que sea mía. Honradamente, pero mía. Para usted y para mí.
ANGELITA. - ...
CECÉ. -Para los hijos.
(Pausa.)
CECÉ. -Yo no roturo más tierra ajena. De sol a sol, siempre atento al surco como si el surco fuera la arruga de la preocupación en la frente de la tierra; y uno que se marchita, se marchita... trabaja para los otros, los ricos, toda la jornada.
ANGELITA. -Sí.
CECÉ. -Sí.
ANGELITA. -Qué destino.
CECÉ. -Sí.
ANGELITA. -Hace calor.
CECÉ. -Abro la ventana.
ANGELITA. -No. Viene oscuridad de afuera.
CECÉ. -¿Qué?
ANGELITA. -No hay luna.
CECÉ. -Ah.
ANGELITA. -A lo mejor hay que resignarse.
CECÉ. -Dejo entreabierto el postigo.
ANGELITA. -El destino del pobre es triste.
CECÉ. -Hay brisa. Hoy no está tan frío.
ANGELITA. -¿Qué se puede hacer?
CECÉ. -Si tiene frío, pongo el brasero.
ANGELITA. -Hace calor. Pero ahora que lo dice tengo frío.
CECÉ. -¿Ha visto?
ANGELITA. -Ir a la huelga es lo que se puede hacer.
CECÉ. -¿Qué?
ANGELITA. -Contra el destino, eso se puede hacer. - ir a la huelga.
CECÉ. -Ah, la huelga. Sí. Dicen de venir de Bigand, de Bombal, de Carreras. Todos para reunirse en un pueblo, en la Sociedad Italiana, en el Unione e Benevolenza, en la Sociedad Libera Italia. - hacer una asamblea.
ANGELITA. -Muchos colonos.
CECÉ. -Todos italianos.
ANGELITA. -El italiano nunca se deja llevar por delante.
CECÉ. -Todos paisanos.
(Pausa tensa.)
CECÉ. -¿Tiene frío?
ANGELITA. -¿Yo?
CECÉ. -Sí.
ANGELITA. -No.
CECÉ. -Este abril es frío.
ANGELITA. -No tengo frío.
(Pausa.)
CECÉ. -Ángela...
ANGELITA -Cuando me llama Ángela me corre un frío de hielo en los huesos. Encienda el fuego.
CECÉ (lo hace). -Tengo que decirle algo.
ANGELITA. -Así está mejor.
CECÉ. -...un secreto.
ANGELITA (tensa). -¿Qué?
CECÉ. -Un secreto.
ANGELITA. -¿Ahora?
CECÉ. -Sí.
ANGELITA. -¿Justo antes de la noche de bodas?
CECÉ. - Sí.
ANGELITA. - Ay, no. CECÉ, CECÉ.
CECÉ. - Sí.
ANGELITA. - ¿Tanta necesidad tiene? ¿No puede esperar y me lo cuenta mañana?
CECÉ. - Es por usted el apuro.
ANGELITA. - ¿Por mí?
CECÉ. - Sí.
ANGELITA. - Está enfermo.
CECÉ. - Sí.
(Larga pausa.)
ANGELITA (con desazón). -Está enfermo...
CECÉ. - Sí.
ANGELITA. - ¿Qué haremos?
CECÉ. - Es una enfermedad un poco extraña.
ANGELITA. - ¿Qué?
CECÉ. - Estrafalaria.
ANGELITA. - No le entiendo.
CECÉ. - Lo que le dije.
ANGELITA. - Se la pasó una mujer. Lo contagió.
CECÉ. - No, no. (Tratando de hacerlo fácil, sonriente). La luna fue.
ANGELITA. - ¿Quién?
CECÉ. - La luna. La luna que está en medio del cielo.
ANGELITA. - ¿La luna?
CECÉ. - Es una maldición, sí.
ANGELITA. – No le entiendo nada.
CECÉ. - De niño. Mi madre me dejó a la luz de la luna, la noche entera. Yo era bambino de teta. Ella bailaba, bailaba. Le gustaba mucho el baile, los hombres. Andar de noche. La cintura de la Saracina, decían, es mejor conocida que la costa del mare Mediterráneo. Sirena puerca, le decían, de pechos de oro, de piernas viscosas. La Saracina, decían, para cuando uno está triste, está malo. - la Saracina para la sonrisa, para el jolgorio: entre sus brazos se sueña un cuarto de hora, y después todo es olvido. ¿Qué pide ella?, calculaban. Es como todas las mujeres: no piden nada, piden muy poco, ser escuchadas. Unas castañas que le llevas, un poco de pan, queso de cabra, ella es contenta. La escuchaban cantar, yo también la escuchaba: me dormía ahí, al sereno... En el descampado, con poco abrigo. Me enfermó el claro de luna. Una luna enfermiza, amarilla, se me metió en el cuerpo, adentro de la sangre. Una maldición. Un mal de luna, como otro tiene el mal de sombra o el sol lo enloquece si le pega mucho en el seso. ¿Comprende? (Pausa.) Cuando la luna se llena, me viene una cosa... tengo que salir.
(Larga pausa.)
CECÉ. - Me vengo una fiera.
(Larga pausa.)
CECÉ. - No dice nada.
ANGELITA (distraída con la media). - Me está cachando.
CECÉ. - ¡No!
ANGELITA. - Me hace una broma, juega conmigo.
CECÉ. - Pero no.
ANGELITA. - Ría, ría. No me importa.
CECÉ. - Le aviso por qué tengo que salir cuando la luna está así.
ANGELITA. - ¿Por qué?
CECÉ. - Por la enfermedad. Salgo al campo, corro por los caminos como un loco.
ANGELITA. - Me lo dice tranquilo. No le creo.
CECÉ. - ¿Y qué quiere que haga? ¿Qué le toque un violincito a la par?
ANGELITA. - No le creo, Cecé.
CECÉ. - Creáme.
ANGELITA. - Se ríe. Se burla de mí.
CECÉ. - No, Angelita...
ANGELITA. - ¿Cómo quiere que le crea?
CECÉ. - Nunca escuchó hablar de gentes así.
ANGELITA. - Cuentos, historias de vieja.
CECÉ. - No son cuentos.
ANGELITA. - ¿Y me tenía que pasar a mí? ¿Por qué?
CECÉ. - Usted quiso casarse conmigo.
ANGELITA (ofendida). - ¿Yo? ¡Usted me persiguió para que le diera el sí!
CECÉ. - Claro que sí, claro que yo le insistí. Era infeliz sin usted, Angela. Lo que digo es que... es que...
ANGELITA. - No me quiere. No me lo dice, pero no me quiere.
CECÉ (desesperado de amor). – Angelita: usted me gusta mas que nada en el mundo.
ANGELITA. - ¿Por qué justo yo me iba a casar con un lobo, con un alunado? Eso no es justo; no está bien. Yo soy una buena cristiana; tomo la comunión, confieso una vez por mes... Apoyo lo de la huelga porque la huelga es cristiana. Aquí el colono sufre, si no, no apoyo a los que se levantan...
CECÉ. - Más que la sal me gusta; que la sal y el azúcar. Más que el vino rojo...
ANGELITA (coqueta). - Mire las cosas que dice...
CECÉ. - Mucho, mucho me gusta. Tiemblo cuando la veo...
ANGELITA. - Loco. Pícaro.
CECÉ. - Pensé cómo vivir con usted.
ANGELITA. - ...
CECÉ. - Espere, espere. No se ofusque. Tres golpes a la puerta, así aviso que soy yo. Usted ordena: ‘Marido, dame la mano’. Yo pongo la mano en el ventanuco.
ANGELITA (ríe). - ¿Pero qué está hablando, Cecé?
CECÉ. - La mano está peluda, no abre. La mano está lampiña, abre.
ANGELITA (como si él hubiera hecho un chiste). - ¡Me casé con un lunático!
CECÉ. - Me abre, la beso.
ANGELITA. - Lunático.
CECÉ. - Sabe. Sabe que la quiero.
ANGELITA. - Béseme.
CECÉ. -¿Está segura?
ANGELITA. -¿Por un beso me va a comer?
CECÉ. - No sé...
ANGELITA. - ¿Por uno solo?
CECÉ. - Yo...
ANGELITA. - Atrévase, Cecé. Ahora soy su esposa, su bocado. Su mujer.

(CECÉ lleva a ANGELITA fuera de escena.)


Apagón.




Escena 3


25 de junio de 1912
Mismo interior. Noche.


CECÉ mira por la ventana.
ANGELITA entra del campo. Viste como campesina, con un pañuelo en la cabeza.

ANGELITA. - ¿Está acá?
(Silencio.)
ANGELITA. -¡Le estoy hablando, Cecé!
(Silencio.)
ANGELITA. - Míreme.
(CECÉ lo hace.)
ANGELITA. - ¡Me da vergüenza! ¿Sabe de dónde vengo?
CECÉ. - Una romería.
ANGELITA. - ¡Cobarde!
CECÉ. - ¿Qué?
ANGELITA. - Vengo de lejos, de Alcorta mismo.
CECÉ. -¿Tan lejos?
ANGELITA. -Estaban todos los colonos. Mi hermano Giacomino, mi hermano Corrado, su mujer Sara Longo. Mi padrino don Pablo Zampa.
CECÉ. - Una reunión de familia.
ANGELITA. - ¡La huelga, la huelga!
(Pausa; decepción.)
ANGELITA. - Pero usted no estaba.
CECÉ. - Le dije que se esté en casa.
ANGELITA. - ¿En casa? ¿Quieta?
CECÉ. - Le dije, sí.
ANGELITA. –Quieta quieta y sola sola.
CECÉ. - Soy su marido.
ANGELITA (sarcástica, herida). - ¿Marido? Él hace el lobo afuera!
CECÉ. - Estoy enojado, Angela.
ANGELITA. - No me importa niente de usted. ¿Qué hace? Guarda la luna.
CECÉ. - Tampoco yo siembro. Mire el sembrado, vacío. El surco, dormido. Yo hago la huelga también.
ANGELITA. - ¡Usted tenía que estar con los colonos en Alcorta, no aquí!
CECÉ. - Está por salir la luna.
ANGELITA. - Allá, conmigo.
CECÉ. - No puedo ir a ninguna parte, cuando es así.
ANGELITA. - ¡Lobo, lobo! ¿De qué barco bajó usted? (Pausa breve, despectiva). Usted no vino en el mismo barco que nosotros.
(Pausa.)
ANGELITA (más calmada). -Estábamos todos. Mis hermanos, los Costanzo de Pergamino, todos, los grandes, los bambinos, hasta el calavera de Giulio; doña Ebe Simioni y todos los hijos, de Bigand. Saro Formiggini, de Bombal. Todos, estábamos todos los gringos, como nos llaman. Los del Norte, los del Sur, hasta unos corsos había. - la Italia entera. La Italia unida. (Pausa.) Pero usted no estaba.
CECÉ. - No.
ANGELITA. - Usted no es huelguista.
CECÉ. - Angela María Lagorio...
ANGELITA. - Usted es millonario.
CECÉ. - No puedo salir. ¡No entiende!
ANGELITA. - El millonario miserable.
CECÉ. -¡Basta!
ANGELITA (exaltada). -¡Cura! ¡Hasta había un cura! El párroco del pueblo. Netri, un abogado italiano habló, declaró huelga por tiempo indeterminado. Los colonos opinaban, se peleaban entre ellos. ¡Qué hermosos son mis paisanos! Se pidió rebaja general de los arrendamientos y aparcerías; contratos por un plazo mínimo de cuatro años; libertad de trillar y asegurar las sementeras. Entonces, en ese mismo momento, doña María Bulzani, la esposa de don Francisco, se sacó el delantal de un tirón y se puso a gritar: “¡Viva la huelga, viva la huelga!” Todos gritamos con ella. “¡Viva la huelga! ¡Viva la huelga, doña María!” Agitaba el delantal en el aire esta María de Alcorta. Me eché a llorar (llora de emoción un instante; pausa. Fría.) Porque usted no estaba.
CECÉ. - Angela...
ANGELITA. -Giacomino me dice: “¿Tu marido?” “Ya viene, ya vendrá”, le digo. “Vos siempre el mismo ansioso”. Pero usted, ¿dónde estaba? Agarró el caballo y enfiló al monte.
CECÉ. -Estaba acá.
ANGELITA. - ¿Qué hace en el monte? ¿Quién lo espera?
CECÉ. - Le dije que sufro una maldición.
ANGELITA. - Hace dos meses que parte al monte. Se va, yo espero. Imbécil de mí. ¿Qué cosa hay en el monte que tanto lo entretiene? ¿Qué hace allá? ¿No come, no toma agua limpia? ¿Come raíces, sauco, moras salvajes? ¿Qué hace?
CECÉ. - Camino, corro como un loco.
ANGELITA. - Pero por qué?
CECÉ. - Porque una vez de bambino la luna me dio en el rostro...
ANGELITA. - ¡Otra vez no me lo cuente!
CECÉ. - La luna me echó una maldición, una peste...
ANGELITA. -¡Loco, loco!
CECÉ. - Pero, ¿qué hago? ¿Qué puedo hacer?
ANGELITA. - ¡El asunto del lobo es la demostración de su locura completa!
CECÉ. - Quería estar en la asamblea, junto a usted.
ANGELITA. - Río, río. Mire cómo río.
CECÉ. - Verdad, Angelita.
ANGELITA. -Giacomino fue il primer redactor. Juan Costanzo, el segundo. Usted podría haber sido el tercero.
CECÉ. - Angela, si yo no sé leer ni escribir...
ANGELITA. - Cierto...
(Pausa. )
ANGELITA. - Antes de venir para acá, vi un doctor.
CECÉ. - ¿Un doctor, un médico, dice?
ANGELITA. - Sí.
CECÉ. - Le contó.
ANGELITA. - Sí.
CECÉ. - ¿Con qué permiso?
ANGELITA. - Con el de ser la esposa. Seducida y dejada en esta casa.
CECÉ. - ¿Qué dijo el doctor?
ANGELITA. - Que lo suyo es todo imaginario. ¿Entiende? Imaginaciones, fantasías de su mente.
CECÉ. - Eso no es posible.
ANGELITA. - Ah, usted va a saber más que el doctor.
CECÉ. - El doctor ese no sabe nada.
ANGELITA. - Se cura con agua fría. Baños de agua fría. A la noche, y a la mañana al alba. Sin berrear, sin tanto espamento, se desnuda y se mete en la tina con agua fría.
CECÉ. - Pero usted está loca. Me quiere matar de una neumonía.
ANGELITA. - Le advierto, Cecé, que si quiere que yo siga siendo suya tiene que hacerlo.
CECÉ. - Me amenaza, Angelita.
ANGELITA. - Tómelo como quiera.
CECÉ. -¿Qué va a hacer? ¿Se vuelve con los suyos? ¿Su familia sacradísima?
ANGELITA. - Usted báñese. Qué le importa lo que yo haga.
CECÉ. - Tiene otro. ¿Se ha innamorato de un huelguista? Un colono, un argentino, ¿quién es?
ANGELITA. - No estoy enamorada de ninguno.
CECÉ. - No le creo.
ANGELITA. - Poco me importa lo que crea.
(Pausa.)
ANGELITA. - Pero le aviso. De esa puerta camino al monte, usted no sale más.
CECÉ. - Tengo que hacerlo.
ANGELITA. - Si sale, vivo no vuelve.
CECÉ. - Si me quedo, la mato. ¿Quiere que la mate?
(Pausa.)
CECÉ. - ¿Por qué se casó conmigo?
(Pausa.)
CECÉ. - Conteste. ¿Por qué?
(Pausa.)
CECÉ. - No contesta porque está arrepentida. ¿Se arrepintió? Prefiere otro. Capaz se hubiera quedado con el Fiorindo aquel que le hacía la corte. ¿Se cree que no lo sabía? En el campo se sabe todo, y yo soy lobo. Vivo de sangre, de carne y hasta de viento. Con usted como maíz, para darle el gusto. Pero el maíz me repugna. En un pueblo las paredes oyen y las piedras ladran. A usted, Angela Lagorio, le gusta un huelguista.
ANGELITA. - No.
CECÉ. - Entonces conteste.
ANGELITA (derrotada, triste). - Yo dije: es un hombre ya hecho, ni joven ni viejo. Yo tampoco soy joven. Ha pasado la mitad de la vida. No tiene mujer, ni hijos. No es viudo, no tiene el vicio de los prostíbulos. Tiene un patrimonio pequeño y lucha para hacerlo más grande. El sol argentino me arruin.ó la piel, se me vino oscura, se me manchó con pecas. Soy de trabajo, pero pobre. Usted me miró con amor... una sola vez y me bastó para decidirme. ¿Qué mejor fortuna que este hombre para mí? Con él podré formar una famiglia grande, feliz...
(Larga pausa.
Se miden las fuerzas.)
CECÉ. - En Sicilia me nació el mal. Iba en trance por el campo, aullando, gritando, a veces andaba de lobo y otras de bambino. Por esos montes anduve mucho tiempo de capitán de los lobos, hice estragos en las haciendas; creo que también en la gente... Cuando estaba de hombre, hacía un fuego y los lobos se juntaban alrededor mío; yo no los dejaba hacer daño a nadie... Una vez, vinieron unos arrieros de Siracusa o de Agrigento, ya no recuerdo, traían su cargamento. Los lobos se los quisieron comer, pero yo no los dejaba. Les dije: “Quietos, dejen pasar”. Mucho tiempo anduve así, y ninguno me levantó el hechizo. Me gustaba comer harina en un molino; pero una vez el patrón del molino estaba dentro, yo quise meterme por debajo de la puerta, como siempre, y al meter una pata, el molinero me vio y con una navaja me la quiso cortar. Si me hacía sangre, me levantaba el hechizo. Pero no lo hizo. Lo escuché decir: ¡El hijo maldito de la Saracina! Me pegó con un palo en la pata y salí corriendo. Durante un buen tiempo no pude mover la mano finistra. Conozco muchos pueblos de la Sicilia, porque por todos estuve haciendo estragos. Los segadores sicilianos todavía hablan de mí. Les hice daño, pero por ninguno tuve tanta pena como por un bambino que me comí y mientras lo despedazaba, él me miraba a la cara riéndose.
(ANGELITA se persigna.)
CECÉ. - El me mismo párroco que metió a mis hermanos al hospicio, a mí me metió al barco. En la Argentina no hay lobos, dijo. Lo que no mata, hijo mío, fortalece.
(Pausa incómoda.)
CECÉ. - Hágame sangre, Angelita.
ANGELITA. - ¿Qué?
CECÉ. - Curéme.
ANGELITA. - No puedo.
CECÉ. - Se lo suplico.
ANGELITA. - No.
CECÉ. - No me quiere.
ANGELITA. - No voy a herirlo.
CECÉ. - Tiene otro.
ANGELITA. - No!
CECÉ. - Hágalo entonces. Yo afilo el cuchillo, le doy el cuchillo. Se lo pongo en la mano, y usted me espera.
ANGELITA. - ¡Yo no soy una bruja para hacer o deshacer hechizos!
CECÉ. - Usted es una bruja.
(Pausa hiriente.)
CECÉ. - La ví besándose con uno, entre los acebos.
ANGELITA. - ¡Miente!
CECÉ. - ¡La vi!
ANGELITA. - ¡Miente!
CECÉ. - Estaba ahí, contra un árbol. Estaba oscuro, pero yo lo veo todo. Cuando usted duerme en la noche, yo estoy despierto y vigilo. Cuento las veces de su respiración, la cantidad de vueltas que da en la cama. Se revuelca misteriosa. Doce, quince veces. Trato de meterme en sus sueños; casi nunca lo logro porque usted es traidora.
ANGELITA. - Usted es un monstruo, don Cesare.
CECÉ. - ¡No! Usted lo es. Malafémmena! Una loba tiene más vergüenza que usted. Le pone un velo a su sueño cuando duerme; un velo negro, de viuda. Quiere ser viuda pronto, pronto. Me quiere con los huelguistas; se hace la heroína delante de mí; me quiere peleando contra los policías, los rompehuelgas, los matones a sueldo: cuerpo con cuerpo para que uno de ellos tenga la suerte de darme un mazazo y me deje inválido o medio muerto. Me desea el mal. Me odia.
ANGELITA. - No es cierto! ¿De dónde saca esas cosas?
CECÉ. - Chito, Angela. No puede adelanterseme; yo la veo; vislumbro su andar en la tiniebla. La veo, la adivino. La huelo. Mis ojos brillan en la oscuridad, porque soy un lobo. ¿Lo notó? ¿Lo notó o no lo notó? (Miedo de ANGELITA, él la lleva hacia lo oscuro y la hace mirarlo.) Brillan, esplenden. ¿Sí o no?
ANGELITA (miedosa). - Sí.
CECÉ. - El la besaba, la tocaba en los pechos...
ANGELITA. - No es cierto. ¡Está inventando!
CECÉ. - tenía un sombrero de paja. Era un poco calvo.
ANGELITA (sulfurada). - Es todo mentira, es todo un invento.
CECÉ. - Era alto, alto, sí. Tenía olor a espiga de trigo, a caldo de gallina.
ANGELITA. - Quiere sacarme la verdad con una mentira. Yo no tengo ningún amante.
CECÉ. - Usted le había preparado el caldo la noche anterior. ¿Verdad? Yo no estaba la noche anterior. 
ANGELITA. - Estaba en el monte.
CECÉ. - Sí. Hacía el lobo, como dice usted.
ANGELITA. - ¿Qué tiene escondido allá? ¿Una india, una pastora?
CECÉ. - No tengo a nadie. Ni palacio, ni reina.
(Pausa.)
CECÉ. - Cree que es fácile ser lobo. Cree que me gusta ser así.
ANGELITA. - ...
CECÉ. - Para vivir como yo, hace falta mucho coraje.
ANGELITA. - ¿Coraje? ¿Dice coraje? ¿usted? Coraje se necesita para vivir aquí. Para estarse en el campo sin lavorar, haciendo la huelga, esperando por un futuro mejor. ¡Eso es coraje!
CECÉ. - ¡Futuro mejor!
ANGELITA. - ¡Para ir a la huelga en este país hay que tener coraje! Vinimos a esta tierra para vivir en paz, nos hemos ganado el pan con honestidad, con trabajo... ¡Dejamos la Italia para ser felices aquí! ¡Para estar contentos...!
CECÉ. -...con la panza llena.
ANGELITA. - Cállese. Habla porque tiene lengua, Cecé. Coraje, dice, y mira la luna. Pero a Alcorta no vino.
CECÉ. - En Alcorta estaba su amante.
ANGELITA. - Mentiroso, embustero.
CECÉ. - Lo sé todo. Lo huelo. Tengo el mal de luna.
ANGELITA. - El mal de la fantasía, tiene. El mal de los celos.
CECÉ. - No. Estoy en todas partes, como el aire.
ANGELITA. - Dios castiga al perverso.
CECÉ. - Entonces, tema a Dios.
ANGELITA. - ¿Qué quiere?
CECÉ. - Nada.
ANGELITA. - ¿Per qué se casó conmigo, eh? Tenía atrás a esa María Crespiña, que es maestra de escuela. La rubia grandote, pechugona... Por qué no cortejó a María Crespiña y se casó con ella? Le iba a ella con el cuento del lobo? Por qué a mí?
CECÉ. - No lo sé.
ANGELITA. - ¿Qué mal le he hecho yo?
CECÉ. -...
ANGELITA. - Dìgame.
CECÉ. - Nada.
ANGELITA. - Pero, ¿usted me quiere a mí?
CECÉ. - ¿Y usted? Mala mujer, desvergonzada, ¿usted?
ANGELITA. - Sí.
CECÉ. - Entonces corte la carne un cuchillo. Hasta que sangre.
ANGELITA. - ¡Cecé, Cecé, marido! ¿Por qué me hace esto, este martirio?
CECÉ (feroz). - ¡No quiero más ser lobo!
(Larga pausa.)
CECÉ (extremadamente suave, dolorido). - Quiero ser un hombre como los demás. Para quererla como lo haría un hombre cualquiera, otro, un buen cristiano. Como usted se merece. Mire (le besa las manos, suplicante), le beso las manos. Ayudéme; seré su perro. Mire, mire, apiádese. Le beso las manos.
ANGELITA. - Cesare, mi Cesare...


Apagón.




Escena 4


Octubre de 1912. Momentos antes de la escena 1.
Pequeño interior de una casa campesina.
Puerta trancada, al lado de la puerta un ventanuco.


En su interior, ANGELITA, ensimismada canta.

ANGELITA . -

Voy distraídamente abandonado,
los ojos debajo del sombrero escondidos,
las manos en los bolsillos, el cuello levantado,
voy mirando las estrellas que ya salieron.

Y la luna roja me habla de ti
Y yo le pregunto si me esperas...
Y me responde "¿Qué quieres saber?
Acá no hay nadie."
Yo digo tu nombre para verte
Pero toda la gente que habla de ti
Responde "Es tarde, qué quieres saber?
Acá no hay nadie."

Luna roja, quién me será sincera?
Luna roja
Se fue la otra noche
Sin verme.

Yo digo: Todavía me espera
Asomada al balcón esta noche a las tres
Y ruega a los santos para verme...
Pero no está nadie.


CECÉ. - ¡Abrame!
(Pausa.)
CECÉ. - ¡Angela, ábrame! ¡Tres noches hace que vengo y no me abre!
(Pausa.)
CECÉ. - ¡No está! Dejó el candil prendido, pero se fue. ¡Angela!
ANGELITA. - Estoy.
CECÉ. - Abrame, abrame ya mismo. Le ordeno.
ANGELITA. - Usted a mí no me dá órdenes.
CECÉ. - Pero, ¿qué dice?
ANGELITA. - Yo estoy donde debo estar.
CECÉ. - ¡Se fue con otro!
ANGELITA. - Imbécil. Estaba en la huelga.
CECÉ (aporreando la puerta). - Abra, abra. ¡Estaba con el huelguista!
ANGELITA. -Estaba con los míos. Vivando, cantando. Triunfó la revolución.
CECÉ. -...
ANGELITA. - ¿Me oyó? ¡Triunfó la revolución!
(Larga pausa.)
CECÉ. - Cuánto durará ese triunfo, eh.
ANGELITA. - Usted es un mal paisano.
CECÉ. - Este es el país donde las bondades no duran. Hoy crean la Federación Agraria, usted festeja, baila en redondo como una estúpida. Pero mañana la misma Federación Agraria la mastica y la traga.
ANGELITA. - Tiene las entrañas rotas.
CECÉ. - O los escupe. Todos deportados a la Italia. Fuera, fuera.
ANGELITA. - ...
CECÉ. - Abráme.
ANGELITA. - ¿Para qué?
CECÉ. - Me lo prometió.
ANGELITA. - No le abro.
CECÉ. - ¡Prometió que me ayudará a quitarme la maldición!
ANGELITA. - ...
CECÉ. - Abrame.
ANGELITA. - ¡No, estoy estufada con eso!
CECÉ. - Levante el hechizo.
ANGELITA. - Usted no tiene ningún hechizo: usted lo que tiene es maldad, envidia...
CECÉ. – No es cierto.
ANGELITA. - Váyase a correr por el monte y déjeme tranquila.
CECÉ (suplicante). - Abrame, Angelita...
ANGELITA. - No.
CECÉ. - Hice algo muy malo allá, en el bosque.
(Pausa.)
CECÉ. - Maté a un hombre. Uno alto, alto. Calvo, que se cubría la cabeza con un sombrero de paja...
ANGELITA. - Miente para hacerme sufrir. Ese hombre no existe.
CECÉ. - Lo tomé de sorpresa. Lanzó una risa silenciosa: yo la escuché. Se llevó la mano al cinto... No le di tiempo.
ANGELITA. - Asesino.
CECÉ. - Por él siente pena. Por mí no siente nada.
ANGELITA. - Cállese.
CECÉ. - Abrame. Me tiene pavura.
ANGELITA. - No.
CECÉ. - No lo maté.
ANGELITA. - Lo mató, no lo mató. ¿A quién atacó, Cecé?
CECÉ. - Lo até a un arbolito al amante suyo.
ANGELITA. - ¿Quién es? Es Fiorindo, el aparcero? ¿A quién atacó? ¿Es don Laureano, don Cicogna? ¿El dueño del almacén, el gallego de Totoras que sabe estar de paso? ¿El comisionista, don Mendo? Ese sí se merece que lo maten... Ay, Cecé, ¿qué hizo, qué hizo?
CECÉ. - Con nudo de marinero.
ANGELITA. - Está mintiendo.
CECÉ. - No. Abrame y le digo dónde lo dejé.
ANGELITA. - No. Déme el nombre de él.
CECÉ. - Usted lo sabe mejor que yo. No voy a hacerle daño, Angelita.
ANGELITA. - No voy a abrirle.
CECÉ. - Ayudeme con el hechizo. Después la dejo libre. Por favor.
ANGELITA. -Uno y cientomil de favores le hice. Quiere que me doblegue, que incline la cerviz ante usted. Lo tengo estudiado. Primero, me confunde. Después me aturde, y a la final me aplasta. Tiene el corazón frío, frío, un cuore de lagartija.
CECÉ. - Uno. El último favor.
(Tres golpes a la puerta.)
ANGELITA. - Ponga la mano.
(No sucede nada.)
ANGELITA (recita con aire falso). - Marido, si es usted: muéstreme la mano.
CECÉ. - ...
ANGELITA. - La mano, muéstreme la mano.
(Una mano temblorosa, extraña, oscura, aparece en el ventanuco.
ANGELITA saca de un pequeño aparador un frasquito de vidrio. Luego abre, temerosa. La luz de la luna a través de la puerta es la única y tenue luz de la escena. CECé, poseído de una rara dolencia, convertido en hombre lobo se tira sobre ella.
ANGELITA le echa encima el agua del frasquito, pero él sigue furioso, la ataca. Ella corre, busca un cuchillo y se lo clava a quemarropa, en cualquier parte.
El cae al piso.)
CECÉ. - Me has herido de muerte, de muerte, Angelita.
ANGELITA. - Usted me obligó.
CECÉ. - No así, no así. Usted lo quería.
ANGELITA. - Basta, basta. Lo curaré, lo puedo curar.
CECÉ. - No. Ya no se puede...
ANGELITA. - ¡Cecé, no me deje!
CECÉ. - ¿Y por qué lo hizo, Angelita? ¿Por qué?
ANGELITA. - Me defendí, tenía pavura...
CECÉ. - ¿Por qué abrió la puerta? ¿Pavura? Usted tenía al otro.
ANGELITA. - ¡No, no!
CECÉ. - Un huelguista, seguro...
ANGELITA. - ¡Pero no!
(ANGELITA lo examina, tiene la pechera de la camisa manchada de sangre.)
ANGELITA. - Ay, marido. Ay, marido mío.
CECÉ. - Calle.
ANGELITA. - No se muera.
CECÉ. - Calle.
ANGELITA. - Me deja sola.
CECÉ. -...
ANGELITA. - Me hizo asesina... Pero qué infelice, qué estúpida...

Apagón.






*PATRICIA SUAREZ.  Nació en Rosario en 1969. Es dramaturga y narradora. Así como escritora de libros para niños.

Como dramaturga escribió la trilogía Las polacas. Recibió el premio Scrtittura de la Differenza por su obra Edgardo practica, Cósima hace magia en Nápoles, Italia, en 2005 y ese mismo año recibió el 2do premio del 6to Concurso de obras inéditas del INT por El tapadito, montada en 2006 por Hugo Urquijo y y nominada a Mejor Obra Argentina por los Premio Ace. Obras suyas fueron representadas en el extranjero como La rosa Mística en el Proyecto Padre, del Teatro San Martín de Caracas, de la mano de Gustavo Ott (2009), Disparos por Amor dirigida por Jorge Cassino en Madrid (2010) y La engañifa, espectáculo de Marta Monzón basado en en Las Polacas, en La Paz, Bolivia, en 2011; también en 2011 la puesta de la obra para niños Aventuras de Don Quijote dirigida por Hugo Medrano en el Gala Theatre de Washington DC y en 2014 en Teatro Mirador de Madrid, RUDOLF, dirigida por Cristina Rota; las lecturas de las obras: Herr Klement en la Radio Polaca Nacional (2010), La chica serbia (2011), Chiclana, Cádiz; Casamentera (2012) en la State University de Ohio; Rudolf (2012) Madrid, España y La huelga de las escobas (2012) en co-autoría con M. Ogando y R. Aramburu, en el Teatro Stabile di Genova . En 2011 recibió el I Premio Latinoamericano Argentores por su obra Natalina.  Fue coordinadora en el Teatro Nacional Cervantes junto a Adriana Tursi el Ciclo de Teatro Semimontado AUTORAS ARGENTINAS.  El musical Las Polacas  fue puesto en escena en el Galatheatre de Washington DC en 2015, los mismo que Las nuevas aventuras de Don Quijote, bajo la dirección de Hugo Medrano. Ese mismo año se estrenaron las obras Solamente una vez dirigida por Carlos Cordera en La Paz, Bolivia y El puerto de los cristales rotos en el Teatro Avante de Miami, dirigida por Mario Ernesto Sánchez. Recibió durante tres años consecutivos el Premio Estrella de Mar de Mar del Plata en 2014 como autora de El corazón del incauto, en 2015 por Maldad y en 2016 la obra Natalina fue premiada como mejor drama. La obra La Virgen del Colibrí recibió en 2015 el Premio Anual de la Legislatura de Buenos Aires.  En 2016 su obra Shylock fue el 2do premio de I Premio Pop Drama de Caja Granada, la cual está siendo traducida al inglés. Durante 2017 la obra Benilde recibió el premio Estrella de Mar a mejor producción, y fueron puestas en escena las obras El juicio de Rica por Claudio Aprile, Carmencita por Mariano Dossena y Querido San Antonio por Marcela Walter Sallas es Houston, Texas. Solamente una vez en el teatro Regina de Buenos Aires en 2018.












*



Que la última hormiga del planeta transporte la última hoja
hasta llegar al último montículo de tierra
nosotros
antes de la implosión
uterinos seres del planeta tierra
blastocitos y después
de la belleza del cuerpo
camino de animales astronómicos
una constelación
y vos
parado en el último planeta
a punto de saltar hacia otra galaxia
y yo orbitando
por el universo oscuro hasta alcanzar
pupilas de animal diminuto
profundidad de ojos libélula
vos
que ves mi mirada impregnada de luces de noche
y el pelo desastre feliz
por mi modo de caminar y de hablar
de reír y de hacerlo juntos
me ves increíble decís
pero yo me siento
caracol deshabitada
sin lugar entre los animales del camino astronómico
que tengo que abrir la cajita de insectos encantadores
para recordar
recordarme
los filamentos plateados
la iridiscencia de pelitos
caricias en la cara
alas rozándome los hombros
ojito insecto mirándome de frente.
Avanza
mi eclipse
siento que sos
mi sueño
libélula azul
arco del sol
movimiento aparente de estrella
y yo quieta.
Quizá pueda
recobrar la noche
lo que es de la noche
qué será de mí cuando
el sol haya finalizado su arco
mañana
por dónde saldrá
y otro intento
de ser yo quien
salga a volar
pienso entonces
en el planeta errante
habitado por mis días
y un final
de tarde con marea viva
arrancándome los sueños de agua con agua
y yo recostada en la arena
y las alas chiquitas
mojadas
al aire.



*De Lorena Suez. suezlorena@gmail.com

- Lorena nació en 1975 en la Ciudad de Buenos Aires, es Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Psicóloga Social.
En 2016 publicó Intemperie, su primer libro de poemas, por Viajera Editorial. Participó en 2015 con su relato “Desde el Mandarino” de la Antología Tetas. Historias de Pecho, por Textos Intrusos. Hace varios años es convocada para leer en la Feria del Libro, en ciclos de poesía, programas de radio y eventos artísticos. El 11 de agosto de 2018 publicó Mis Vendavales, su primer libro infantil por la editorial Peces de Ciudad. Con Mis Vendavales viajó a España y presentó el libro en diversos espacios como bibliotecas, radios y librerías, alcanzando a un gran público infantil. Hoy, se encuentra escribiendo un libro de ficción para adultos y dictando un taller sobre “Las emociones en la palabra escrita”.








Inventren






ESTACIÓN MELANCOLÍA*



El tren del amor

pasó a las seis de la mañana/

Heme ahora aquí

con un boleto de abordaje

sin saber adónde ir/


*De Daniel Montoly.




-Próxima estación:
JUAN TRONCONI.

En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Provincial:

CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.



***


En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Midland:

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.
LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.  PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.





InventivaSocial
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