Friday, October 26, 2007

LOS INSEPARABLES HILOS DE REALIDAD E IRREALIDAD...


LOS INSEPARABLES HILOS DE REALIDAD E IRREALIDAD...





Los seres imaginarios*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com




I.
UNA URGIDA se encamina hacia el fondo de un deseo que podría matarla. Los lúgubres no van allí porque sus movimientos son cautos y rígidos. En cambio, los zapatos de la urgida felizmente buscan la dirección donde se produce el abrazo, donde el abrazo deviene en rayo, donde el rayo expande un gemido, donde el gemido se hace cuerpo en busca de otro abrazo. Ella no teme que la dicha o la desdicha le lleguen en abundancia, porque busca la abundancia. Se sacia en el caudal.
Trepada sobre sus dos patas, la urgida se eleva hacia el deleite que sueña.
Cada día, cada hora, cada minuto es abarcable por su irrupción misteriosa de bulbo vivo. Sus maneras contrastan con los días, horas y minutos de los que sólo acumulan los escombros de la resignación. Para la urgida nunca es lo suficientemente tarde. No mira con el ojo enfermo de la abulia.
La urgida tiene ciertos privilegios de niña mimada por los demonios: mientras algunas tienen pechos, ella tiene tetas; mientras unas tienen vulva, ella tiene otra boca; mientras unas tienen microondas, ella tiene
libros; mientras las otras hacen un cerco alrededor del género, ella con su pequeña esponja sexual absorbe las ínfimas gotas perfumadas de la imaginación y de la realidad. Absorbe, simplemente.


II.
UNA NEGADORA OBSTINADA recorre la gran ciudad como si fuera un pequeño pueblo en el que detrás de cada puerta fluyen los chismes. Saltea las noticias preocupantes de los diarios en busca del horóscopo o el suplemento femenino. Le aburren mortalmente los programas sin cero seiscientos y aunque no sabe bailar, se pasa el día bailando por sus sueños.
La negadora realiza una felicísima comparación entre las hijas de la princesa Máxima y las tres niñas de su mejor amiga. Esto se debe a que las obstinadas imprimen su personalidad en todas las comparaciones. También se debe a que en general tienen mejores intenciones que un psicólogo laboral.
Por ello, se puede percibir en esta clase de criaturas, otro modo de articular los vínculos que definen eso que llamamos "lo social".
La gran ciudad, compleja como una conciencia prismática, es observada por la negadora obstinada desde una delgada dirección, es decir, desde la coqueta ventana de su casa.


III.
UNA IMAGINADORA VICIOSA tiene la capacidad de asumir muchas formas y se ve a sí misma como una escalera de caracol que lleva a la terraza de un viejo edificio. Cada escalón es un testimonio del ascenso y del espiral que la acreditan.
En sus dedos se enredan los inseparables hilos de la realidad y de la irrealidad. Su entendimiento es un mundo cabeza abajo. En el escalón que se vuelve pez de ojos abiertos, carga sobre su lomo una sirena masculina de pelo cano. La imaginadora, en cuatro patas, en cuatro aletas, jinetea con su fantasía imbricada. Bello como un gran banco de coral, el hombre que es sirena se acopla al vicio de imaginar. La libertina de las aguas no se agota de cargar sobre el espinazo la fantasía que sueña su ser soñado.
Ella tiene la cintura ágil de la esperanza. ¿Hasta dónde se doblará su cuerpo escamado? En el infinito engranaje de imaginación es capaz de sostener brazos, esperanzas, más abrazos, más sudor.
Sus rituales creativos no son divulgables. En las letrinas del bar, pergeña una escritura dislocada para satisfacer a sus admiradores que la consideran una adelantada de las imaginerías escatológicas y literarias.
La viciosa se educó a la sombra de su madre, que tampoco era una crítica de arte, ni historiadora de acontecimientos olvidables. Al ser hija de alguien que simplemente vivía la vida de lunes a martes y de martes al día siguiente hasta llegar al domingo, tuvo la posibilidad de intrigarse por lo interior y
por lo transitorio. ¿Puede haber razón más elocuente para que una imaginadora se vuelva viciosa?
La vida de la imaginadora (ni ninguna otra vida) no es un escenario simétrico sino una lluvia de átomos coloridos, pegoteados, rotos, brillantes, evanescentes. Desde allí se anima a sostener sus ideas
inconvenientes. Su imaginación es un ejercicio de ruptura. Cuando en su escritura viciosa proclama que no hay castigos justos, cierto grupo social de levita y toga, se retuerce como una hembra penetrada por un pene doloroso y perforador.
En el abismado eco de sus sueños, parecería que nada sucede, pero eso es falso, ocurren cosas no designadas por sus nombres: madres que ostentan mordiscos en los pezones; hombres engullendo suculentos capulíes desflorados, bailarinas agitándose con una incitación demencial, ancianos
moribundos en su última cópula. Es evidente que su mundo también está hecho de átomos de placer y de tragedia. ¿Será por ello que nos recuerda tanto a nuestro propio mundo?
La viciosa, a veces imagina con una envidiable originalidad, otras, cae en los más obvios lugares comunes. Esto se debe a que el vicio de imaginar es un animal bifronte: lúcido y a la vez irracional. De esta mezcla nace la coloración que le es propia.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-10830-2007-10-26.html








El estudio profundo*



No sabía porqué ahora, en aquel preciso instante, ese pensamiento lejano volvía a su cabeza con una nitidez tan cristalina que parecía un espejismo ¿Por qué en este momento bajo el sol ardiente, cuando caminaba con un grupo de personas que más bien eran sombras, con la arena color a muerte que se extendía como un mar infinito de desesperanza? Solo sabía que esa idea aparecía en los momentos más inesperados; cuando le ocurrió por primera vez no pudo sacarse la motivación de querer aprender a tocar Jazz, tal vez así el también podría, eso era lo que se decía. Después de noches enormes practicando sin cesar, noches de notas y soledad, noches largas de frustraciones y alegrías, se creyó preparado e hizo la prueba estudiando a su madre de cerca y comprobó que era verdad, que podía predecirla, que sabía lo que haría.

En efecto, la gente decía que Charlie Parker podía adivinar los pensamientos. Este músico de jazz era un improvisador genial, ¿pero qué es improvisar sino saber que es lo que viene a continuación? En su cabeza, a medida que tocaba, seguramente se iban mostrando como destellos, los fragmentos de las notas que precedían. Sin embargo, no había nada mágico ni místico como se habían inclinado a pensar algunos, sino solo una fría inteligencia observadora. La música improvisada obedecía a patrones “predecibles”. Leer en las mentes de las otras personas seguramente no era muy diferente de saber improvisar. Había que observar la conducta de la persona y entonces se podría suponer que es lo que haría a continuación. Así fue como Julián aprendió jazz, movido por una ligera obsesión que lo había convertido en uno de los maestros del género y dicho sea de paso también lo había arrojado a este desierto nefasto, por el que caminaba desde hacía horas casi sin cruzar palabra.
“Parker tenía razón, la gente es predecible” pensaba, a medida que observaba a los seis compañeros de su caminata infortunada: A su lado estaba un inglés rubio muy callado, de mirada gélida impenetrable, caminaba firme pero de cuando en cuando ligeros espasmos sacudían sus manos, seguramente un hombre fuerte, pero Julián se dio cuenta que aquello no era más que apariencia, conocía ese tipo de hombres, si se derrumbaba lo haría de improvisto y nada ni nadie podría hacerlo recuperar su valor. Más adelante estaban las dos parejas, una de latinos como él y otra de alemanes, eran gente común y corriente, con sus miedos y temores, a pesar de que no podían entenderse los cuatro caminaban juntos como si de esta forma pudieran protegerse. Serían obedientes y pretendían aparentar algo parecido a la valentía, pero el terror de sus ojos dejaba translucir el estado de su alma de una forma cristalina, “No aguantarán mucho” pensaba. Adelante, dirigiendo la comitiva estaba el conductor del camión varado que los había dejado abandonados. De nombre impronunciable, alto y acuerpado, era una persona misteriosa de piel renegrida y mirada incendiaría, de costumbres extrañas para un occidental, además no hablaba ni siquiera inglés, y tampoco hacía muchos intentos por comunicarse. Desde el momento en que Julián abordó el camión se sintió cautivado por este hombre, no había forma de predecirlo, no tenía patrones, se escapaba a su lógica, parecía muy sereno pero al mismo tiempo al acecho. Era posible que de un instante a otro hiciese cualquier cosa imprevisible, pero ni él ni los otros podían hacer nada excepto seguirlo. Julián se imagino muchos desenlaces, la incertidumbre aumento sus temores, se creyó muerto, perdido entre las dunas.
¿Como habían terminado siete hombres caminando por un desierto desconocido? Él prefería no pensarlo para evitar remordimientos, pero en realidad había sido por amor a la música y también por sus ansías de aventura. Gracias a ellas ahora tenía ante sus manos una aventura de verdad, nada de simulacros citadinos, nada de llegar al hotel de una ciudad desconocida a las cuatro de la mañana, perdido en su borrachera y hasta un poco enfermo pero sabiendo que arriba esperaba ansiosa la botella de whisky y una cama grande y limpia.
En un principio le había parecido divertida la idea de viajar en ese camión viejo, el trayecto sería más largo pero definitivamente mucho más interesante. No obstante, cuando el camión se negó a seguir andando no pudo evitar sentir las gotas de sudor helado que bajaban como rayos por su espalda. El conductor, en una manifestación que no se repetiría muy a menudo les había indicado a los pasajeros por medio de señas, que llevaran solo lo necesario, que la caminata era muy larga y que debían atravesar las dunas para llegar más rápido. Después de esto fue hermético, se puso a la cabeza del grupo pero no era él líder, no se preocupaba mucho por los otros, y todos le tenían miedo, cada rato dirigía miradas furiosas que duraban un segundo contra las dos parejas, que no paraban de quejarse, y entonces seguía sumergido en su silencio, cada vez más salvaje.
Aún recordaba entre delirios provocados por el sol como el conductor con una sonrisa (que ahora pretendía burlona, exagerada y monstruosa) les había indicado desde el primer momento que era mejor que tiraran esos relojes que todos llevaban como salvavidas pegados al brazo. El tiempo en el desierto no existía. No conseguirían nada con mirar la hora excepto una mortificación inútil. Nadie le había hecho caso en un principio pero poco a poco cada uno, después de mirar el reloj a cada instante y darse cuenta que solo habían transcurrido diez minutos había decidido tirar el reloj a la arena o guardarlo asegurándose de que quedara bien escondido. El inglés fue el último que se deshizo de él, pensaba seguramente, que él tiempo era lo único que le quedaba. Julián que conocía el idioma, podía escuchar como este profería maldiciones susurrando y era testigo observador de como a cada hora que pasaba las luchas brutales que se ocurrían en su interior parecían arrinconarlo hacía las paredes de sí mismo. No le sorprendió mucho cuando al segundo día, después de que ninguno pudo dormir en una noche helada y terrible, el inglés en un arranque de cólera se había quitado el reloj de la muñeca con rabia y con un “bloody hell” proferido hacía el cielo lo había aventado con todas sus fuerzas hacía la arena y lo había pisoteado hasta enterrarlo. Tal como había predicho no volvió a recuperar su serenidad inicial después de este trastorno, sus ojos se pusieron rojos, se lo veía cansado, pálido, y caminando a tropezones. Julián trató de calmarlo, aunque sabía que era inútil y sospechaba el desenlace, no había caso, estaba desesperado por volver a Inglaterra. El conductor apenas esbozó un gesto de impaciencia y siguió caminando haciendo señas de que no había tiempo que perder.
Solo aquel que ha sido naufrago en el mar podría comprender la inmensa soledad que puede sentir un hombre vagando en un desierto. Tener el sol como un castigador perpetuo que lanza sus rayos sangrientos sobre las cabezas de los caminantes. Sentir como los pasos se hunden en la arena ardiendo que se mete por los zapatos y destroza los pies llenándolos de llagas. Saber que cada paso que se da es como un paso perdido, un paso tragado por la arena, porqué no se tiene nunca la sensación de avanzar. Y cuando llega la noche, la luna, esa misma luna de los poetas, parece una Circe macabra cantando con el viento helado una canción terrible, para convencer al abandonado que se quede en el desierto, para siempre.
A la mañana del tercer día, el inglés fue seducido por la luna y lo encontraron muerto de frío y desesperanza. Su cadáver tenía una sonrisa extraña, como si en efecto hubiera sido embriagado por los encantos perversos de la noche. Las dos parejas se mostraron aterradas y no pararon de llorar. Julián con amargura corroboró sus temores y el conductor por su parte, ajeno e inmutable ni siquiera se conmovió. El grupo siguió su camino procurando alejarse rápido del muerto, procurando huir de ese espejo horrible de su posible destino. Las fuerzas de los cinco parecían flaquear: el inglés parecía haberse llevado con sí gran parte de las ganas de vivir, solo el conductor parecía estar entero, era un hombre de otros tiempos, un tipo fuerte, agreste, insensible al dolor. Julián se asombraba cada vez más de este sujeto y pensaba que un hombre así era indescifrable para él, que los siglos de civilización no habían hecho más que volver débiles a los occidentales, mientras que esta gente, ubicada en los rincones de la tierra, parecía conservar un temple inquebrantable.

Sus pasos se hundían en la arena, uno tras otro, automáticos, llevados ya no por la voluntad, sino por la costumbre de seguir avanzando, sabía que no podía detenerse o todo habría terminado. Julián pensaba que era cierto que el tiempo no existía en el desierto. Sus recuerdos se iban haciendo borrosos y se entremezclaban de forma desordenada en una marisma de situaciones confusas que circulaban su cabeza. Solo tres días y el sol estaba a punto de volverlo loco, su miraba iba y volvía entre el paisaje de una monotonía insoportable y las dos parejas que parecían estar al borde del colapso.

Ninguno pudo creer lo que veía cuando cerca del medio día, lo que parecía un espejismo se fue transformando en una avioneta que atravesaba el desierto. Las parejas corrieron desesperadas prorrumpiendo en lágrimas de júbilo y desesperación, agitando sus brazos y gritando con todas sus fuerzas para llamar la atención del piloto. Julián ni siquiera se molestó, supo por la trayectoria que el avión pasaría demasiado lejos y de repente un corrientazo de debilidad lo hizo desmayarse por algunos minutos. A su lado se encontraba el conductor, que tranquilo lo esperaba y lo sostuvo en brazos sin dejarlo caer. Con la misma mirada indescifrable examinó a las parejas que persistían en sus intentos inútiles. Solo él sabía que llegarían a la noche, y había permanecido callado para estudiar a esos extraños hombres de piel blanca, tan predecibles y cubiertos de miedo.




*de Camilo Moreno kura862@hotmail.com
-Enviado para compartir por Horacio Rossi. terrazio@ciudad.com.ar







PROYECTARON EN LA FACULTAD DE DERECHO "BORGES: UN DESTINO SUDAMERICANO"

La película en la que Borges actuó su propio personaje*

El filme rastrea la relación entre un episodio de su vida y el cuento "El sur".

EL SUEÑO DEL CUCHILLO. BORGES AVANZA REITERANDO LOS PASOS DE SU PERSONAJE
JUAN DAHLMANN.


Esta semana, treinta años después de que concluyera el rodaje, se estrenó en la Argentina el único filme que Jorge Luis Borges protagonizó en su vida.
Borges: un destino sudamericano es una mezcla entre documental y ficción en la que alternan los testimonios del escritor sobre el accidente que le inspiró su cuento El sur con una versión cinematográfica del mismo en la que Borges hace de Juan Dahlmann, el bibliotecario que lo protagoniza.
En la fría mañana del 24 de junio de 1977 el equipo de filmación de Borges un destino sudamericano llegó a la casa del escritor para llevarlo al interior de su cuento, al duelo que cierra El sur. "Cuando llegamos a Maipú994 el portero nos preguntó qué pasaba, porque Borges llevaba dando vueltaspor el departamento desde las cinco de la mañana", recuerda José Luis Di Zeo, guionista y codirector de la película.
Durante varios encuentros que aparecen registrados en el documental, Borges había relatado con distancia e ironía el trasfondo de su cuento favorito, cómo El sur se inspiró en un accidente que casi le cuesta la vida: era 1939 y hasta entonces la obra de Borges se ceñía al ensayo y la poesía. Había
encontrado la célebre traducción que Burton hizo de Las mil y una noches en una librería y estaba ansioso por mostrárselo a una amiga, que en la versión cinematográfica interpeta María Kodama. Mientras subía las escaleras, a oscuras, una ventana abierta lo lastimó y le produjo una septicemia que casi le cuesta la vida. Pasó varias noches entre el insomnio y las pesadillas pero finalmente se recuperó.
Hasta ahí, explica Borges en el documental, el recorrido suyo y el de Dahlmann -protagonista de El sur- fueron el mismo. "Lo que sucede después ya es invención mía", reconoce con cierto pudor frente a la cámara. "En nuestras charlas, antes de que filmáramos la película, descubrí que ése era el cuento que más le importaba. Un día me tomó la mano y me hizo sentir en su cabeza una profunda cicatriz. Era la herida de aquel accidente", recuerda Di Zeo.
Borges tenía sus dudas sobre la escena final que filmaron esa fría mañana de junio del 77, en la que avanza con un puñal en una mano y el bastón en la otra mientras la cámara se aleja para mostrar la acometida en medio de la llanura. "Al principio decía que no, que qué pensaría su abuelo que murió
embistiendo las trincheras enemigas, que era un valiente de verdad. Al final terminó entusiasmándome, me mandó a una pulpería en Lomas para que viera la pulpería en la que se había inspirado, pero yo me encontré con un edificio de departamentos", cuenta Di Zeo.
Durante treinta años, la lata con la carrera actoral de Jorge Luis Borges estuvo en el armario de Tadeo Bortnowski, que dirigió junto a José Luiz Di Zeo Borges: un destino sudamericano. "Es muy simple, Borges y su literatura no interesaban en la Argentina del 77, menos todavía una película con Borges. Por suerte, la hicimos igual", contaba Di Zeo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, donde presentó el filme.

-¿Era alto el caché de Borges como actor?

-Bueno, para mí era un problema pagarle porque era una producción pequeña.
Cuando le preguntamos, dijo que su caché iba a ser una botella de Pernod. Me volví loco buscándola, pero era Borges...

-¿Y qué tal era como actor?

-No, él no hablaba de actuación, me decía que los ingleses usan la palabra "play" (jugar), los franceses lo mismo. El jugó en la película, jugó a ser Dahlmann como había jugado toda su vida a ser Jorge Luis Borges, como lo dice en ese magnífico cuento que es Borges y yo.



"¿Qué puede opinar un ciego?"
En 1978, José Luis Di Zeo y Tadeo Bortnowski le proyectaron la película a Borges en el microcine Petit Opera. Esa noche lo acompañaron escritores amigos como Adolfo Bioy Casares y Ulyses Petit de Murat. Tras la proyección, recuerda Di Zeo, un periodista le pidió su opinión a Borges. "Y qué opinión
puede tener un ciego de una película", contestó irónicamente el protagonista. Desde entonces, el filme no volvió a ser proyectado hasta su estreno en Madrid, en mayo de 2007. Según fuentes de Management Cultural, la productora que restauró la película, antes de fin de año habrá una exhibición abierta al público en el Centro Cultural Borges.



*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2007/10/26/sociedad/s-04401.htm







Las/12|Viernes, 26 de Octubre de 2007
la venta en los ojos

Mujeres invisibles*



*Por Luciana Peker


Hay algo que no es reacomodar hasta el cuello la colcha despatarrada por la noche, que no es la pregunta del saquito, que no es apanar milanesas, ni dar la teta, ni dar para el alfajor de la tarde, ni quedarse despierta hasta que la llave cruje el principio del sueño, ni dormir con un cuento, ni lavar los dientes, ni la lista de altares cotidianos que forman parte del imaginario -y las exigencias- de la maternidad. Hay algo que no es ni nacer, ni hacer, ni ser madre. Hay un eje de la maternidad -una soguita fina e
imprescindible, como una cuerda floja en un circo, que sostiene a los hijos sin asfixiarlos ni dejarlos en banda- y que es tan visual como invisible: la mirada.
Es la mirada de la mamá -y, claro, la del papá- la que hace que la bajada del tobogán sea tan visceralmente trascendente como la llegada a la luna, la que convierte a la primera letra en un augurio, la que hace de una continuidad de roles y verticales una fiesta de mirar y ser mirada o de un andar en bicicleta un rodar con la firmeza de los/las que se saben mirados y miradas. La mirada rompe la ley de gravedad en donde las frustraciones o dificultades derrumban. La mirada mira, ama y sostiene. En ese
sentido -lastima que sólo en ese- la publicidad de "Bon o Bon" para el Día de la Madre es un acierto. El "Mirá ma" es un homenaje a la mirada materna que cuando no es indiferencia, reproche o codicia es abrazo, incondicionalidad y aliento.
Sin embargo, el problema viene con la mirada de "Bon o Bon" sobre las madres, pero, especialmente, sobre lo que las madres ven -o quieren ver- en sus hijas y en sus hijos (que en esta propaganda es determinantemente distinto). En el comercial de televisión hay sólo dos hijas mujeres. Una es, a su vez, también mamá y le muestra un bebé a su abuela. Y la otra intenta hacer una pirámide, pero se le cae. De hecho, es la única fracasada en el muestrario de miramemamá del bomboncito de Arcor.
"Mirá, ma, qué poco es ser mujer" tituló un sagaz comentario sobre esta pieza la investigadora Adriana Amado Suárez en un artículo del sitio http://catedraa.blogspot.com
Ella desmenuza: "La marca de golosinas 'Bon o Bon' decidió hacer un homenaje para el Día de la Madre. En su comercial muestra imágenes de hijos luciendo sus proezas ante los ojos maternos a los que se invoca con la dulce expresión '¡Mirá, ma!'. La idea es muy simpática. Pero también muy elocuente
de lo que piensa la empresa que suscribe el comercial de la mujer (la empresa Arcor). El comercial lo protagonizan siete personajes. Los cinco protagonistas masculinos les muestran a sus sendas madres los siguientes méritos: su fortaleza para trepar los juegos en la plaza, su talento para sacar acordes en la guitarra, su fortuna al pescar un pez de considerables dimensiones, su madurez para cortarse el pelo largo, su capacidad de haber llegado a gerente con despacho propio. En cambio, las dos mujeres muestran a sus madres los siguientes logros: su histeria al ver desmoronarse una casita de naipes y su ternura ante el hijo recién nacido. Qué suerte que las empresas nos digan de esa manera tan clara qué piensan de sus consumidoras, ¿no?".


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/39-3678-2007-10-26.html





Un punto en el cielo*


“Hay que matarlo” pronunció uno casi de improvisto, rompiendo el silencio petrificando a todos. Se quedaron callados, sin mirarse, evitaban transmitir cualquier gesto, cualquier respuesta que los implicase, pero era obvio que su silencio era la más firme de las aserciones. Ellos, los praetorianos, consentían en una u otra forma, era una verdad gritada por todos, una verdad que llevaban acumulando desde hacía meses cuando ese nuevo Cesar descendiente de los Julios había llegado al poder en reemplazo de su padre. Ahora las desgracias se cernían sobre Roma bajo el mandato de ese hombre cruel y demente. Era el peligro el que los había llamado.

La casa estaba iluminada por velas, era un lugar agradable, amplio y decorado según el buen gusto romano. Cerca de la mesa en la que se encontraban reunidos había un pequeño jardín con una fuente consagrada a los dioses y la caída monótona del agua impedía que el silencio de los hombres se convirtiera en algo siniestro. Los esclavos, silenciosos y eficientes como sombras, escanciaban el vino sobre las copas que su señor y los otros invitados vaciaban casi de inmediato. Bebían desde hacía horas en un ritual monótono que no lograba emborracharlos

Uno a uno fueron libando el vino sobre la tierra, requiriendo la ayuda de los dioses, implorando por la fuerza necesaria para cometer su crimen. No había duda; contaban con su apoyo, los augurios lo ratificaban, ese relámpago que había caído el mismo día de la muerte de Julio César, ese otro infame déspota no era más que una confirmación de la tarea que tenían entre manos; de la sangre inevitable que derramarían sus propios puños. Cada uno de ellos había matado, había hundido su afilada gladius arrebatando la vida de los enemigos de Roma, con una determinación como solo un soldado, un hombre amigo de la muerte, podía tener.

Esta vez era diferente, y eso era un problema que escapaba a su lógica guerrera. Tenían miedo –por eso el silencio, por eso el vino- pero nadie quiso admitirlo ni ahí ni en los últimos instantes, cuando estaban acorralados frente a la pared, a punto de morir como habían matado. Siempre se ha dicho que un soldado no puede tener miedo, mucho menos un praetoriano, un soldado de Roma, el miedo es un sentimiento reservado para los esclavos y las mujeres. A pesar de que ellos se comparaban para verse despreciables y así enervar su orgullo, es injusto contrastar los temores. El de ellos iba mucho más allá de la muerte, no temían morir, tampoco temían matar, ¿entonces que temían?

Era el Cesar, sí, todos lo sabían y tal vez nada más que eso los había reunido en esa noche oscura sin luna, una noche anormalmente tranquila, en la que no se escuchaban ni los ladridos de los perros, ni el bullicio de ninguna fiesta. La oscuridad era una caverna en la que ellos se debatían, en soledad, cobijados por una limitada sensación del deber que no impedía que los hombres tropezaran consigo mismos. “¿Seremos héroes o canallas?” Se atrevió a preguntar el mismo que pronunció la sentencia, tratando de evitar mostrar el miedo oculto en el fondo de sus ojos. “La historia es una mujer infiel -repuso el más viejo -Nunca sabes con quien va a estar.” Todos asintieron con la única forma que sabían, con el silencio. Mañana eran traidores, pero tal vez en dos años serían héroes, ¿Cómo saberlo esa noche, en la que el tiempo se eclipsaba y destruía los recuerdos y el futuro, y a cambio solo les entregaba un presente fatídico? ¿Era acaso todo una burla?, ¿era acaso su preocupación una burla, todo su ritual, el vino libado a la tierra, el silencio, ese horrible silencio?, ¿la historia una mujer infiel?, sí ellos eran los infieles, si ellos eran los actores de su propia broma, ¿merecerían ser pisoteados por la historia? ¿Como puede responder un soldado a tantas preguntas? Un hombre de acción no está hecho para detenerse a pensar, para eso están los cónsules y los filósofos, ellos solo seguían un viejo adagio, “la espada lo rompe todo”. No había nada más que hacer, esa era su única conclusión. La más simple, la más práctica: Estaba mejor muerto.

La comitiva se disolvió a la madrugada. Se fueron en soledad, nadie los vio, se difuminaron en la oscuridad, desapareciendo con las sombras.

Cruzó la esquina. Ahí venía, caminaba con paso arrogante, ajeno a su entorno, volvía de los juegos, con los ojos satisfechos del espectáculo -A ellos les parecieron truculentos, no vieron más que crueldad-. Apenas tuvo tiempo de ver como los praetorianos salían de las sombras y se abalanzaban sobre él en una vorágine salvaje. Vio sus rostros transformados por la ira como solo el miedo más profundo puede hacerlo. No se resistió. Primero le apuñalaron la espalda y después el estomago con una voracidad propia de perros salvajes. Calló en silencio, sin hacer mucho ruido, ya no sentía las otras estocadas que le aguijoneaban el cuerpo, ni le importaban los gritos de su guardia, de sus últimos hombres leales que corrían desesperados a defender a un hombre agonizante. Su mirada se extraviaba en un punto en el cielo. El mundo, afuera, tan lejano, se convulsionaba en voces y choques de espada. Él solo supo que no se arrepentía de nada, y esa fue su última venganza frente a esos hombres que lo seguían apuñalando impotentes.



*De Camilo Moreno. kura862@hotmail.com
-Enviado para compartir por Horacio Rossi. terrazio@ciudad.com.ar





Y 15 años después*


EL ARCA
Del sur sigue andando

Nos encontraremos para celebrar un nuevo aniversario de la revista.


Será este viernes 26 de octubre a las 21 hs.
En el centro Cultural La Urdimbre.
San Jerónimo 2523. Santa Fe.


Ahí veremos el estreno del cortometraje sobre la travesía de El Arca Del Sur
realizado por Guillermo Pablo Marotte, Mónica Russomanno y Rodolfo Alberto Gómez.
Sobre un guión de Mónica Russomanno.

Brindaremos por el camino transitado desde octubre del 92...
Y por lo que vendrá, que no es poco.


La entrada libre y gratuita.
( El Centro Cultural La urdimbre cuenta con un servicio de bufet)


* elarcadelsur@gigared.com




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