Thursday, June 12, 2008

LAS LÁGRIMAS DE LO REAL...


Querreque*


*de la canción popular mexicana
(que en nada se parece a este escrito)
y en memoria de José Guadalupe Posada.




Calaveras bailan en medio de la plaza,
Cantan y se entonan
Al son de la Muerte Alegre.

Calaveras empresarias
Y calaveras obreras;
Terratenientes
Y trabajadoras agropecuarias
Ahora comparten juntas la mesa
Con tan solo los huesos
Para mostrar.

Nosotros,
Simples mortales,
Podemos hacer que caigan del techo
Calaveras de azúcar y pan,
Que caigan entonando rimas
Que toman de frases de "El Capital".

Algunas con zarape,
Otras tantas con sombrero de palma
Y comiendo un agusanado tamal…

Cuentan historias de terror
Que han dejado para los vivos:
Hablan de deuda externa,
Democracia representativa,
Desregulación
Y apertura al mercado mundial.

Brindan haciendo buches
Con tierrardiente y gas metano
Mientras guardan los chistes
Entre canto y canto
Para gritar que no importa
Quién empiece la guerra,
Aquí todos llegamos igual.

Yo por eso cuando sea grande
Quiero ser calavera,
Para que todos vean que tenía razón:
Que todos nacemos y morimos iguales.

El pobre y el rico solo son momentáneos
Mientras se mantengan las clases en esta sociedad.
Pero al final de cuentas,
Quieran o no lo quieran,
A la misma tierra van.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







LAS LÁGRIMAS DE LO REAL...




Ideas para comienzos de cuentos...*




Hace ya algunos años, conocí a un hombre que laceraba corazones por no poder dominar sus celos, un hombre que lastimaba todo lo que más amaba y aún continúa lastimando, en la distancia, en las miradas y en el recuerdo. Ese hombre es un poeta hastiado de soledades que ama y asesina a un mismo tiempo.

Ella cometió los dos errores clásicos que comprometen a los amantes impetuosos: el primero, olvido que una mujer no debe entregar promesas más allá de sus posibilidades o sus tiempos y el segundo extravío, que el hombre fatiga con demasiadas prisas sus deseos y se ahoga prontamente entre otros brazos y perfumes.

Él la abandonó una mañana de domingo, fue así, para ella, el día más largo de su vida. Limpió mil objetos innecesarios, cambió de lugar dos mil adornos y cerámicas, encendió y apago el viejo televisor un millón de veces, al fin descubrió que solo era mediodía y aún restaba toda una larga tarde sin voces ni portazos.

Un hombre sabe que por amor alguna vez ha recorrido más de diez mil kilómetros en el transcurso de una noche o un millón en la duración de una llovizna. Ha mirado muchas veces en un mapa las distancias increíbles que separan dos ciudades, dos puntos infinitesimales, dos hogares en conflicto, dos latidos de palabras.

Si ella mencionara una sola vez la belleza de esa tarde. Si ella no omitiera ningún detalle de ese río que aún murmura en mi oído. Si ella solo pidiera por un instante mi cabeza: yo, ciego de los siete velos, sin Herodes ni Herodías, sin princesas idumeas, me entregaría a mí mismo, manso y enamorado, en una bandeja de plata.

Él, por celos, tomó decisiones que siempre intentaron borrar su pasado. Nunca pidió fotos, jamás conservo una carta y nunca trato de recordar el perfil de un rostro ni el aroma de las flores que ellas tenían como preferidas. Él, por celos, creyó estar siempre en lo correcto y nuevamente cada viernes volvía a enamorarse.

Las palabras, cuando solo son palabras, suelen comprometer más de lo que aparentan. Uno dice las cosas por decirlas nomás y entonces la otra persona interpreta algo distinto y nos acusa de observaciones indiscretas o de atropellos indebidos. Las palabras, para dejar de ser solo palabras, deben tener aroma y gusto, y sonar como el chasquido de un beso.

Ella no quiso besarme cuando yo tenía doce años. Yo volví a besarla un día de marzo a mis cansados treinta y pico. Ella me dijo que siempre la había perseguido la sombra de ese beso en las nocturnidades y en los momentos de nostalgia, y que ya era hora de dejarse dar alcance. Yo prometí siempre recordar su rostro y sus trencitas con cintas de raso.

Él visita los chicos cada tres días, a pesar de que habían acordado de antemano que solo seria fin de semana por medio, ya que ahora reparte su poco tiempo entre el absorbente trabajo y un nuevo amor que le ata las salidas y sofoca sus tardes. Él la mira silencioso desde el sillón del living y recuerda, que debe llevarse algunas fotos para estar más cerca.



*de Jorge Lacuadra jorgelacuadra@hotmail.com









UN LIBRO QUE SE ADENTRA EN PREGUNTAS SOBRE EL PRINCIPIO DE PLACER

Del profundo miedo a gozar*


Un acercamiento a la estructura bifronte (placer y sufrimiento) del "goce", que constituye la meta final e ignorada en la búsqueda de satisfacción del ser hablante. También se anuncia como un oscuro peligro a la integridad del yo.



Por Norberto Rabinovich*


No llaman la atención las lágrimas en la cara de quien ha perdido un ser amado por muerte o abandono. Es comprensible el llanto impotente de quien es objeto de una violencia arbitraria o sufre una gran desilusión. Un intenso dolor de muelas también puede hacer llorar. Nada nos interroga cuando las lágrimas brotan a causa de una experiencia de sufrimiento evidente.
Pero hay otras lágrimas que, aún cuando nos parecen naturales, no resultan fácilmente explicables: son las que surgen en situaciones de intensa dicha. Lágrimas que aparecen, por ejemplo, en el momento de un reencuentro largamente esperado, o cuando alguna prolongada y penosa búsqueda se ve coronada con el éxito. Es habitual ver llorar a quien recibe emocionado la noticia de un embarazo, o a quien ve por primera vez al hijo recién nacido. Un orgasmo particularmente intenso, a veces, desencadena el llanto. La lista es extensa. Estas lágrimas se presentan, entonces, como signos de algún desgarro ignorado en el seno mismo de una profunda experiencia de satisfacción. Las llamaremos "lágrimas de lo real".
Las lágrimas de lo real constituyen una buena vía de entrada para nuestra interrogación, porque ponen de manifiesto la estructura bifronte (placer y sufrimiento) de aquello que Lacan ha definido y nombrado como "goce". Constituye la meta final e ignorada en la búsqueda de satisfacción del ser hablante y, al mismo tiempo, se caracteriza por anunciarse bajo la forma de un oscuro peligro a la integridad del yo.
El sujeto se encuentra profundamente dividido ante el goce: busca alcanzarlo y se protege de su proximidad. Por eso, cuando accede a él, es a través de un acto que generalmente está comandado por un impulso inconsciente, no controlable, como sucede en el síntoma. En estos casos, el impulso no evita el peligro sino que transgrede las barreras de seguridad y, por consiguiente, el goce es alcanzado al unísono con la consumación del peligro. Las lágrimas de lo real son un índice de tal conjunción: el sujeto encuentra el goce en el lugar en que se produce un trauma.
El goce y su contracara, el displacer, por lo general no se muestran simultáneamente. El sujeto se siente desdichado o culpable por haber gozado y tiende, sobre el goce experimentado, un manto de olvido. Otras veces, la conciencia ignora que una situación dolorosa es el disfraz visible de un goce alcanzado. Como muestra la estructura de los síntomas, el sujeto sufre con su síntoma sin advertir que ahí goza.
Freud descubrió un principio general que guía y regula los comportamientos del sujeto en su búsqueda de satisfacción, al que llamó "principio del placer". Lo más significativo de este principio es que recorta y descarta un campo donde el placer sería excesivo, y al que el sujeto no puede acceder por resultarle angustiante, imposible o prohibido. En relación a ese terreno vedado, el Principio del placer procede en dos direcciones opuestas: orienta la búsqueda de satisfacción hacia allí y al mismo tiempo erige en torno a él innumerables defensas que refuerzan su inviolabilidad. Resulta de ello que todos los placeres permitidos por el Principio del placer son satisfacciones parciales que aseguran siempre un resto sin alcanzar. Ese resto más allá del Principio del placer ciñe precisamente el campo central del goce.
Debo aquí recordar que lo que he desarrollado largamente en un año ?que he evocado en uno de nuestros últimos encuentros? bajo el título de "La ética del psicoanálisis" articula que la dialéctica misma del placer, a saber, lo que ella comporta de un nivel de estimulación, es a la vez búsqueda y evitación, un justo límite de un umbral que implica la centralidad de una zona interdicta, digamos, porque el placer sería allí demasiado intenso. Que esta centralidad es lo que designo como el campo del goce, el goce, definiéndose él mismo, como siendo todo lo que realiza de la distribución del placer en el cuerpo. (Lacan, De otro al Otro).
En la medida que el Principio del placer conserve el control sobre las satisfacciones, el goce ?en el sentido que estamos delineando? permanecerá excluido de la experiencia subjetiva. Por el contrario, el acceso del sujeto a esa zona prohibida llevará la marca del descontrol, de algo ingobernable, y arrojará al sujeto a lo desconocido, sin la garantía del Principio del placer.
Si hay algo que nos indica el Principio del placer es que si hay un temor es el temor de gozar, siendo el goce, hablando con propiedad, una abertura de la que no se ve el límite y de la que no se ve tampoco la definición. (Lacan, El objeto del psicoanálisis).


*Miembro fundador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires. Autor de Lágrimas de lo real. Un estudio sobre el goce, de Homo Sapiens Ediciones, en la Colección Clínica en los bordes.


-Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-13917-2008-06-12.html





La recta*



La recta siempre se había comportado rectamente. Estaba segura de que sus padres la llamaron así debido a su manera de ser, incapaz de cualquier trasgresión y celosa de las buenas formas.

Existía, en aquel mundo trigonométrico, mezclada con todo tipo de líneas y formas, pero a pesar de haber conformado con algunas amigas triángulos escalenos y algún ángulo agudo, jamás se le conoció ningún desliz. En su etapa juvenil vivió tangencialmente con un ortoedro, pero nunca llegó a secante y mucho menos a diámetro.

Cuando conoció a aquel círculo cambió todo, porque no se dio cuenta, hasta muy tarde, de que era un círculo vicioso, que bebía, fumaba y se iba de curvas. Desde entonces es una quebrada sin remisión.


*de Joan Mateu. joan@cimat.es







LA OCTAVA MARAVILLA*



*De Vlady Kociancich.


33



Se oyó el titntineo de unas llaves, una voz áspera que rezongaba, el golpe del pasador y el ruido pedregoso de la cadena que trababa la puerta. Luego, desde una angosta abertura, dos ojos chicos y brillantes me observaron. Como una rata desde la oscuridad. En Frau Preutz no había nada amenazante, siniestro o misterioso. ¿Por qué me estremecí?
Se asemejaba, en el aspecto físico, a la señora alemana que atendía la fiambrería de Nazca y Jonte, cuando yo hacía los mandados para mi madre. La imagen de la rata fue inmediatamente reemplazada por la memoria de postres de manzana y tartas de ciruela, de salchichas de Viena en un plato sobre un mostrador. Pero ésta tenía unos veinte años más que aquella mujer que entonces me parecía vieja, hablaba alemán a borbotones y estaba furiosa.
En seguida se hizo cargo de la situación mientras yo, patéticamente, me recomendaba asistir a los cursos de la Goethe Schule apenas volviera a Buenos Aires. Después de una breve escena en la que Frieda Preutz, de batón floreado y chancletas, bigudíes en el escaso pelo blanco, resistió mi inesperada y desagradable presencia y en la que el chofer defendió, con igual cólera, la legitimidad de mi aparición, conseguimos entrar las valijas.
Cuando el Mercedes arrancó para desvanecerse en la noche y la lluvia, me sentí abandonado. Cuando vi la escalera que llevaba al primer piso, tan larga y empinada como una escalera de mano recordé con nostalgia caprichosa los mecanismos de Francfort. Iba a trepar esos peldaños cuando la señora gritó:
-Lina! Hester! Gertrude Jutta! María!
Sombras de color azul, rosa, amarillo, violeta, se agolparon contra la balaustrada del piso superior. Oí el tamborileo de unos pies desnudos que llegaban corriendo, retrasados, desde un pasillo al fondo. Oí el roce peculiar de la seda contra la seda, un bisbiseo de género y de cinta. Alguien prendió una luz. Una lámpara roja iluminó débilmente, como los rescoldos de un fuego, parte del palco improvisado desde el que me contemplaban, cuchicheando y riéndose, unas caras indefinibles de muchachas, caras borrosas en nítidos marcos de trenzas, rodetes, moños, bigudíes, pelo suelto. Empezaron a bajar, atropellándose. bajaban y yo las escandía, como si quisiera medir la forma de ese extraño verso femenino. Había de todo: altas, bajas, delgadas, regordetas, rubias, morenas, pelirrojas. Ninguna era muy linda y tanta variedad tenía algo de monótono, de insulso. Todas juntas, me dieron la impresión de una sola y no muy atractiva. Dejé de contarlas. Me rodearon, parloteando y riendo, se apoderaron de la valija y de los paquetes. Escoltado por esa abigarrada guardia de mujeres, subí la escalera.
Frau Preutz tenía algunos conocimientos de inglés. Abrió la puerta de una pieza.
-¡Look! ¡This is the besrun!
Era un cuarto espacioso, mal iluminado por un velador pobretón. Vi que había una cama y que estaba hecha. Nada más. Frau Preutz me tomó de un brazo y tironeó:
-Come! Look at the basrum!
Protesté. No me hizo caso. Marchamos al baño seguidos por el susurro de batas y de muchachas. Casi no podía mantenerme despierto. Pero miré obediente.
Era un cuarto de baño inmaculado, un cuarto de casa de familia (inmediatamente me vino a la memoria la casa de Jonte), con cortinitas floreadas, un canasto para la ropa sucia y otro para la limpia, un botiquín con espejo, atestado de frascos de crema y de perfume. Imperiosamente explicó, fatigadamente asentí.
El calefón, un aparato antiguo, aterrador, suspendido sobre un extremo de la bañadera, era la pièce de resistance en aquel banquete de amenazas con que la dueña de la pensión agasajaba a su exhausto huésped. Prohibido bañarse fuera del horario que indicaba un cartelito pegado al calefón. "Sieben minuten". Siete minutos, sí.
Por alguna misteriosa razón, le tocó el turno al inodoro. No sé qué dijo la mujer, pero la carcajada que acompañó a un ademán, el temblequeo de los bigudíes en esa cabeza de gorgona, la risa de las muchachas asomadas a la puerta, indicaban que se trataba de una grosería. No soy tan delicado, pero el chiste (no por vulgar, sino por incomprensible), me enfureció.
la insulté en el castellano más directo de mis días de pibe en Villa del Parque y salí del baño hacia mi pieza. Antes de dar el portazo le grité, en alemán, que me trajera el desayuno a las ocho, con café, tostadas y manteca. Al dulce lo sacrifiqué porque no conocía la palabra.
Ya me había desnudado y estaba a punto de tirarme en la cama, cuando golpearon suavemente a la puerta. Mi primer impulso fue taparme con esas inasibles cosas de pluma y fingir que dormía. Pero se me ocurrió que la vieja era terca y antes que me desvelaran los golpes, decidí enfrentarla.
Era una de las muchachas, la de la bata rosa. Tenía una corona de trenzas, blanquecina por exceso de tintura, labios finos y pálidos que se movían rápidamente. Hablaba en voz muy baja y confidencial, mientras me tendía un objeto. Era un tirabuzón con mango de madera. Miré el tirabuzón, pronuncié mi Was ist das? recibí una indescifrable respuesta en alemán. Sacudí la cabeza. Ella me tomó la mano, puso el tirabuzón en la palma, cerró mis dedos con los suyos, uno por uno.
-Kafee -dijo dulcemente-, Kafee.
Y después, señalándose el pecho mal cubierto por la bata rosa, dijo un número.
Tuve que volver a Buenos Aires, olvidarme de las escaleras mecánicas de Francfort, de Berlín, de Frieda Preutz, de Juan pablo Miller, de la película, de todo, para darme cuenta un día cualquiera y sin ningún estímulo particular, que el tirabuzón era un calentador eléctrico que la muchacha me ofrecía para hacer café, y el número era el de su pieza, con el que ella misma se ofrecía.
Mi ignorancia del alemán me impidió aceptar el calentador, no la muchacha.




*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-









CAMINOS DEL ESPEJO*




*Alejandra Pizarnik



I
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.


II
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un
pájaro del borde filoso de la noche.


III
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la
lluvia.


IV
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.


V
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el
ramo que abandona el viento en el umbral.


VI
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la
niña que fuiste.


VII
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los
alimentos fríos.


VIII
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo
bebía, recuerdo.


IX
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.


X
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos.
Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.


XI
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.


XII
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no
estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.


XIII
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué
deseaba yo?
Deseaba un silencio perfecto.
Por eso hablo.


XIV
La noche tiene la forma de un grito de lobo.


XV
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo
fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un
país al viento.


XVI
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar
quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.


XVII
Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al alba
luminosa.


XVIII
Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena
de viento.


XIX
Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata
tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de
pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis
huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.




*Fuente: http://amediavoz.com/pizarnik.htm








Correo:


BAR LITERARIO:.
El viernes 13 de junio a las 21:30 hs.

Asociación Cultural El Puente
::CENTRO CULTURAL 'LA URDIMBRE'::
(San Jerónimo 2523)
Vení, trae tus textos o los que quieras compartir, o LO que quieras compartir...te esperamos!

Escritores: Fabiola Gutierrez y Eliezer Cuesta (México). Larisa Cumin y Leonardo Pez (Santa Fe) y escritores del Movimiento NOA (Santa Fe).
Música: Carolina Maldonado. Eliezer Cuesta.

Exposición: Muestra pictórica "Como el veneno en la ironía", de Valeria Marioni y Florencia Soler.

Micrófono abierto para quienes deseen participar y compartir textos de su autoría o de su gusto personal.

¡Entrada libre y gratuita!
Habrá servicio de buffet

Contactos: 155-120358 (Valeria Ansó) - 154-411415 (Paula Yódice)




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