Tuesday, April 14, 2009

TERREMOTO BUSCA PROFETA...



ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


*


Me roza en la cintura del sueño
en el hombro del cansancio


uno que insinúa la necesidad de la esperanza


su ilusión me acobarda
en el cruce de las ganas
con la mala memoria


en la bifurcación del ansia
con la arruga


en el cuerpo que se averguenza
frente a los espejos


desde hace mucho


demasiado


*de Martha Valiente. puertopegaso@gmail.com
www.tallerliterariomarthavaliente.blogspot.com





TERREMOTO BUSCA PROFETA...





Islas buscando un continente*



Ausencias


Pantalla de televisión en blanco crece el pensamiento.



La escritura es una forma de bordar ausencias.



El vacío (esa nada) crece.

La muerte( una nada) que sin embargo está en todo.


El desierto pulposo de médanos tiene un mar que sólo se intuye.

Marrakesh, ciudad rosa, amante de botánicos en exilio de hojas.



Siempre me dijeron que el monoteísmo significaba un progreso para la humanidad, me resultó muy difícil entenderlo.

Pienso (como un pequeño consuelo) que si hubieran existido muchos dioses, alguno hubiera posado su divina mirada sobre la Esma o sobre los muertos en Irak, el Holocausto, los muertos armenios. O los palestinos. No quiero cansarlos, soy consciente de que cuanto más genocidios nombro decae el efecto literario.


Si dios fuera una diosa

Los hombres deberían no mostrar sus cabellos.

Taparse, casi del todo, el cuerpo.

Para no provocar a las mujeres.

No llevar manzanas en el bolsillo.

En la inquisición la mayor parte de los muertos hubieran sido brujos (brujas muy pocas).

Se cuidarían las vidas nacidas, evitando las guerras y el hambre.
La vidas por nacer quedarían sujetas al deseo, no a la obligación.


¿Y si dios fuera una pareja?
A lo mejor nos entendía y no nos expulsaba del Edén y llovían abrazos desde el cielo. Dulces pompones de nubes, caricias.
Al levantarnos nos asomábamos a una ventana sin cruces, ventana hermosa de un mundo en el que no se tortura, tierra, pasto suave y niños sin calvario.

¿Qué es peor que dios no exista o que exista y se ausente y queden las víctimas tan sin su mirada?

La palabra riega músicas en el desierto.

La palabra abre infinitos surtidores y el desierto se puebla de castillos, joyas, perfumes, alhambra, almohada, hada.
Memoria de lo ausente

Sueño contra la muerte



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






Microrrelatos*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO El sábado pasado, en el suplemento Babelia de El País apareció una entrevista a Ana María Shua. La escritora argentina acaba de publicar en España el volumen Cazadores de letras, donde se reúnen los cuatro libros que ha dedicado a la práctica y teoría (porque la práctica apenas esconde la teoría del género en cuestión) del microrrelato. Es ciencia: con el correr de los años, Shua se ha convertido por derecho y mérito propios en una suerte de genio y oráculo del asunto. Y la verdad sea dicha: me alegra tanto leer en el reportaje que el dichoso dinosaurio de Augusto Monterroso no le resulte a Shua especialmente genial y sí "limitado y hasta peligroso (...).
Tiene un elemento sorpresa y, por supuesto, es interesante y valioso. Pero creo que la minificción tiene posibilidades infinitas que, quizás, ese texto no muestra. Lo que pasa que es perfecto y muy fácil de citar".


DOS Cito fácilmente: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí". (Memo para Hollywood / El dinosaurio 2: "Y murió de un ataque cardíaco sin darse cuenta de que el dinosaurio era su hijito disfrazado de Godzilla".)


TRES De un tiempo a esta parte, el microrrelato es uno de los géneros que más interesan en España. Cruza de haiku con trama deshidratada de episodio de The Twilight Zone, hay números especiales de revistas dedicados al asunto, talleres para aprender sus claves, seminarios donde se lo analiza con macroponencias. Y en casi todos los casos que conozco -a diferencia de Shua- se peca de un exceso fantástico. Shua lo explica bien en el reportaje que le hace Soledad Gallego-Díaz: "Mis fuentes de inspiración están aquí. No son exóticas, son del mundo de todos los días. Me gusta trabajar con
personajes corrientes, en todo lo que escribo, también en los cuentos y en las novelas. Hay dos posibilidades, trabajar con personajes extraordinarios, fuera de serie, a los que a su vez les suceden grandes aventuras, y la otra posibilidad es trabajar con personajes comunes a los que les suceden cosas
inesperadas, y a mí me gusta mucho más ese juego, gente de todos los días en un ambiente cotidiano y que lo inesperado irrumpa de una manera violenta".


CUATRO "Cuando despertó, su esposa -a la que no podía ver desde hace años- todavía estaba allí."


CINCO Y estoy escribiendo esto y noticia de último momento. Como estaba buscando en el site de El País para cortar y pegar un párrafo de la entrevista a Shua, veo que comienza a parpadear la novedad del asunto y leo: Corín Tellado muere en Gijón a los 81 años. Y sigo leyendo: "La escritora María del Socorro Tellado López, conocida como Corín Tellado, ha muerto a los 81 años de edad. La autora, la más leída en español después de Miguel de Cervantes, nació en la localidad de Viavélez, el 25 de abril de 1926. A lo largo de su vida, Corín Tellado ha publicado más de 4000 novelas románticas, de las que se han vendido más de 400 millones de ejemplares". Y pienso: "Las vidas son novelas y las necrológicas son microrrelatos". Y sigo pensando: "Cuando me despierte mañana, Corín Tellado seguirá vendiendo y siendo leída por mujeres que miran de reojo a sus maridos, recién despiertos, y se preguntan qué fue lo que pasó, de dónde habrán salido todos esos cavernícolas".


SEIS Y, continuando con el tema de la muerte -la muerte es un microrrelato en el que, se dice sin ninguna autoridad, toda nuestra existencia pasa frente a nuestros ojos en cuestión de segundos- la reportera le pregunta a Shua qué opina de ese otro célebre microrrelato de Hemingway, el que ofrece
zapatos de bebé sin uso. Y Shua responde: "Es un microrrelato con una forma que considero fácil, la del 'aviso clasificado'. Trato de evitarla. Tengo una minificción de sólo tres palabras, pero no la he recogido en ningún libro: Terremoto busca profeta".


SIETE "Berlusconi". Un apellido -el apellido de un dinosaurio- también puede ser un microrrelato.



OCHO O si lo prefieren: "Cuando despertó, los zapatitos usados del bebé todavía estaban entre las ruinas".


NUEVE Y, sí, hay un peligro grave en que el virus del microrrelato comience a instalarse en la infrarrealidad en la que vivimos. Las mínimas cápsulas de sentido, la breve y superficial atención a cuestiones que requerirían de varias profundas páginas, la fugacidad de la mirada ganándole a la
concentración de la lectura, la funcional levedad del dinosaurio contra la ardua contundencia de la ballena blanca. Conozco a personas que han adoptado el microrrelato como unidad existencial y que, a los pocos minutos de estar con uno, comienzan a mirar por encima de nuestro hombro para ver por dónde llegará la nueva dosis, quiénes le contarán los próximos microrrelatos.


DIEZ "Y, te lo juro por Dios, al tercer día, cuando se despertó, se le ocurrió decir que Jesús había resucitado. Y le creyeron. Y, desde entonces, Jesús todavía está ahí."


ONCE Yo, como muchos, empecé escribiendo microrrelatos. Pero llegó un punto en que tuve que dejarlo. Me sentía como un bonsai, como un pie de geisha, como un liliputiense de intensidad gulliveresca. Digamos que no era feliz y que -a diferencia de lo que sucede con la excelente Shua, quien siempre da en el blanco con una flecha más de arquero zen que de Robin Hood- temía convertirme en un fabricante de aforismos o de slogans o de entradas de blog, que es lo que en realidad son los pésimos escritores de microrrelatos.
El peor microrrelato que conozco -también el más triste y gracioso- se llama "Dios" y dice así: "Dios es argentino".


DOCE Y me acuerdo de un microrrelato que escribí y que es lo suficientemente breve y fácil como para citarlo de memoria. Se titula "Amnesia". Lean: "En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no puedo acordarme".
Y.
Punto.
Final.



*FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-123171-2009-04-14.html





El hombre que se ha perdido a sí mismo*



*Giovanni Papini


1

Nunca he tenido pasión por los bailes o por los disfraces, y no sé cómo dije que sí al señor Secco, que me invitó a una fiesta que daba la última noche de carnaval. La única razón, creo, fue ésta: que todos teníamos que ir vestidos con un dominó blanco y un antifaz negro y bailar sin hablar. Para ver lo que sería, fui.
¡Qué noche tan extravagante fue aquella! ¿Quién era el hombre y quién era la mujer? Encima de cada cara había un antifaz de raso, negro; sobre cada cuerpo, un holgado ropón blanco, Bailaban, creo, incluso hombres con hombres y mujeres con mujeres, y nadie hablaba. A determinada hora terminaron los bailes y todos aquellos embozados, silenciosos, comenzaron a vagar por las habitaciones alfombradas sin hacer ruido ni siquiera con los zapatos, e iban del brazo, o solos, o en grupos, sin orden, sin saber qué hacer. Aquel silencio bajo las grandes luces tranquilas de aquella multitud blanca y negra era más pavoroso que una misa de difuntos.
A mí, no acostumbrado a aquella ceremonia de saltar en pareja, el calor y la fatiga me habían producido dolor de cabeza, de manera que estaba cubierto por un sudorcillo helado y temblaba como si tuviera fiebre. Notaba una confusión, una debilidad tal, que si hubiese tenido fuerza me habría escapado en seguida. Me parecía que la sangre bajara poco a poco del cerebro, que las piernas se doblaran; sentía una opresión angustiosa alrededor del estómago y de la espalda. Estaba a punto de desmayarme,
imagino, cuando, levantados los ojos para buscar la salida más próxima, se me puso delante un grandísimo espejo que iba desde el suelo hasta el techo, y tan ancho que cubría media pared. En este espejo se veían reflejados todos aquellos mascarones blancos y negros que vagaban por allí y me entraron ganas
-estúpidas ganas infantiles- de mirarme, de ver qué tal estaba metido por primera vez en aquel desmañado vestido.
Miro..., remiro..., busco..., contemplo el espejo..., me asusto. Pero ¿dónde estoy, Dios mío? ¿Quién soy? ¿Cuál es mi cuerpo entre todos estos cuerpos iguales? ¡Yo ya no estoy! ¡Todos iguales, todos de la misma manera! ¿No seré capaz de encontrarme?
Estoy con la cara hacia el espejo..., pero hay otros que la tienen tambiénen la misma dirección. Yo soy alto, pero casi todos son tan altos como yo.
Me muevo para reconocerme, ¡pero casi todos se mueven a mi alrededor!
¿Dónde estoy yo, pues, entre todos ellos? ¿Dónde está mi yo entre toda estagente extraña y silenciosa? Todos blancos con las caras negras... Yotambién, como los demás..., todos iguales, todos Pero ¡yo me quiero a mí!
¡Quiero buscarme! ¡Quiero sentirme a mí mismo! ¡Verme con los demás, perodiferente, destacado de los demás! ¡Quiero verme, ser yo! Me he perdido; mehe perdido a mí mismo... ¿Dónde estoy? ¡Búsquenme, encuéntrenme!...
Mientras así me afanaba se me nublaron los ojos, sentí que caía al suelo, y desde entonces, en bastante tiempo, ni supe ni vi nada más.


2

Cuando recomencé a ver y a hablar era el tercer día de Cuaresma. Me encontréen un corredor largo y blanco, metido dentro de una cama de hierro negro, enmedio de varias camas negras iguales a la mía, y de las sábanas iguales yblancas asomaban rostros blancos y amarillos como el mío. También allí mebusqué: al sentirme murmurar acudió un doctor vestido de blanco que me mirócon curiosidad y me preguntó qué me pasaba. Le dije, en pocas palabras, que me había perdido a mí mismo en una fiesta y que quería encontrarme lo más pronto posible. El doctor, como es costumbre de esas bestias presuntuosas,
sonrió cortésmente, me recomendó que estuviera tranquilo y me dijo que me contentaría. Sin embargo, sabía perfectamente que no había creído una palabra de cuanto le había dicho y, dentro de mí, comencé a pensar en la manera de salir de aquellas sábanas blancas y de aquella cama negra.
Al día siguiente vinieron otros doctores y, todos de acuerdo, dijeron que estaba fuera de mí. Era verdad, pero no como lo entendían ellos. Me había perdido a mí mismo, no la razón. Esta razón no era la mía, porque la mía la había perdido junto a mí mismo, pero era una razón y, por tanto, no estaba
loco. Tanto es así, que entendía lo que decían y respondía, sin equivocarme, a sus preguntas. Pero de nada me sirvió con aquellos bobos obstinados.
¿Y entonces? Pensé escapar y, dicho y hecho, después de dos días de aquel sufrimiento, a la hora en que venía la gente de fuera para ver a los enfermos, me confundí con otros y salí a una plazoleta soleada que reconocí en seguida. La primera cosa que hice fue ir a casa de aquel señor Secco, que me había invitado a la fiesta, esperando que me encontraría allí, en aquella habitación. Llego, doy un tirón de la campanilla, y viene a abrirme un muchacho que no me quería conocer. Le di un empujón y pasé. El señor Secco estaba tumbado en una mesa y dormitaba, pero se despertó al oír ruido, saltó, agarró un bastón que tenía siempre cerca y, en cuanto me reconoció, me hizo un montón de caricias, se congratuló conmigo por el peligro de que había escapado, me dio de beber y escuchó muy serio mi narración. El señor Secco no es un doctor y por eso no dudó de lo que me había ocurrido. Es más, me acompañó por toda la casa para convencerme de que yo no me había quedado allí la noche de la fiesta. Así, pues, ¡me había perdido en algún otro sitio! ¿Quién podía saberlo? Pregunté al señor Secco los nombres de todos los que habían ido a su baile y él me dio la lista sin hacerse rogar. ¡Qué amable y servicial estaba aquel día! Del señor Secco nunca he tenido ocasión de quejarme, ni entonces ni después.
Salí de su casa un poco consolado, pero no contento. ¿Dónde podía haber ido a parar? Me acordé de aquel alemán -de Pedro Schlemil- que había vendido su sombra y la iba buscando por el mundo. Pero él no había perdido casi nada comparado conmigo, que había perdido el alma, el cuerpo, ¡todo!
Vagué por la ciudad hasta la noche, y miraba a la cara de todos los que encontraba para reconocerme, y todos me miraban mal, y nadie era yo. Fui a casa de aquellos que habían estado conmigo en aquella maldita fiesta de las máscaras blancas. Pero uno estaba fuera; otro no me dejó entrar; el tercero me trató mal; el cuarto quería llamar a la Policía para que volvieran a llevarme al hospital; el quinto me dio la dirección de un médico; el sexto me aconsejó el uso del agua fría; el séptimo me hizo un gran recibimiento, pero no quiso ni oír hablar de mi pena; el octavo negó que hubiera estado en el baile; el noveno admitió que había estado, pero no se acordaba de nada; el décimo estaba enfermo y no hizo otra cosa que desahogarse conmigo sobre la inutilidad de los purgantes; el undécimo se acordaba perfectamente de la fiesta y me dijo que estaba en la sala cuando vio caer como muerta a una máscara, pero no sabía otra cosa sino que aquel desvanecido no era él; el duodécimo palideció cuando le hablé del baile y sacó la bolsa ofreciéndome dinero; el decimotercero...
¡Qué importa el decimotercero! Fueron todas visitas inútiles y palabras perdidas. Y cuando, por la noche, volvía hacia casa, me desesperaba y preguntaba continuamente en voz baja: ¿Dónde estoy? ¿Qué haré para reencontrarme?


3

¡Cuánto me busqué también los demás días! Entré en cien cafés; pasé las noches en diez teatros; tomé parte en demostraciones políticas; asistía a los sermones de Cuaresma; me hice invitar a comidas y recepciones; fui a las clases de la Universidad; me mezclé con la gente de los paseos; pasé horas
enteras en la ventana, o quieto en la acera junto a una esquina; miré y escruté miles y miles de caras, seguí a miles y miles de hombres, siempre con la esperanza de reencontrarme y la desesperación de no reconocerme.
Se me ocurrió imprimir unos manifiestos con la descripción exacta de cómo era antes de perderme, y aquello sí que fue grande. Al cabo de un día que los avisos estaban en las paredes, me atraparon tres o cuatro tipos que decían: «¡Es éste, es éste!» Y así gritando me llevaron a mi casa. Golpearon la puerta, tocaron el timbre, llamaron, pero nadie respondió. Yo no tenía ni familia, ni criada, y en casa no había nadie. Al fin, indignados, me dejaron.
-¡Maldito tú y quien te busca!
-Pero ¡qué buscar! Esta es una burla de algún señor extravagante. ¡Los hombres no se pierden como los perros!
Estábamos ya casi al final de la Cuaresma y todavía no tenía ningún indicio de mí, y cada hora que pasaba era una esperanza menos. Sentía que viviendo de aquella manera, con aquel deseo, con aquella congoja, me volvería loco de verdad, y no veía la manera de salir de todo eso. Pasaba el día mirando y
espiando a la gente, y los ojos me salían de la cara a fuerza de mirar; me había crecido la barba; me había vuelto seco, amarillo, espantoso. Cuando pasaba por delante de un espejo, volvía los ojos a otra parte para no verme.
Me daba cuenta de que los hombres, las mujeres, y especialmente los niños, se reían a mis espaldas, y alguna vez incluso a la cara. Muchos caballeros me preguntaban, con aire piadoso, si me encontraba mal. Una vez, una viejecita me regaló algunas pastillas, elogiándolas mucho.
Pero no estaba enfermo, no. ¡Me quería a mí mismo! ¿Qué había de malo en ello? Todos los hombres quieren este bien. Cada uno se posee a sí mismo: nadie puede ser privado de sí mismo. ¿Por qué aquella imposible, inaudita desgracia me había sucedido precisamente a mí? ¿Qué había hecho para merecerla? ¿Acaso porque había ido a aquella estúpida fiesta? ¿Y los otros, entonces? También ellos habían ido, y habían vuelto a su casa con su cuerpo y su alma, ¡y ahora se reían a mi costa! Sin embargo, tenía que haber un medio para poner remedio a tal desgracia. Quien no muere se encuentra. Se encuentra un bolso ajado, ¿y no se encontraría un hombre? ¿Qué hace el Ayuntamiento que no se ocupa de estos casos? Y el Estado, ¿no es responsable de todos los ciudadanos?
Movido por esos y parecidos pensamientos, fui una mañana al caserón del Municipio, subí al despacho del Registro Civil y pregunté a un empleado en dónde se encontraba en aquel momento Fulano de Tal, es decir, yo mismo, el yo que había perdido. El empleado me pidió dinero, y, después de haber buscado un poco, me dijo mi dirección, ¡la dirección de mi casa! Intenté entonces explicarle que aquella había sido, en efecto, la casa de aquella persona, pero que desde hacía algún tiempo se había perdido y que
precisamente por eso preguntaba en dónde podría encontrarla. Aquel ignorante no quiso o no supo entenderme; me dijo que no era posible que uno se perdiera a sí mismo y que, de todos modos, él no sabía nada más. Le contesté que la cosa era tan posible que me había sucedido precisamente a mí, y que
él, como funcionario del Municipio, tenía el deber de saber dónde se encontraban todos los habitantes de la ciudad, del primero al último. No hubo manera: él empezó a gritar, yo a chillar. Llegaron sus compañeros y me echaron de allí por las malas.
Cuando estuve en los porches del palacio me dejaron, y yo, en lugar de escapar, empecé a pasear arriba y abajo, furioso, esperando a que saliera alguien que pudiera darme tazón. Paseando de esta manera, a lo largo de la pared, me llamó la atención un gran cartel que tenía escrito arriba: Objetos perdidos encontrados. Me estremecí, y me puse a leerlo con cuidado: siete llaves, una cartera con tres letras, una aguja de plata, dos pares de gafas, una Divina Comedia, un bolso de señora, cinco paraguas, un dominó blanco con máscara negra...
...Sentí un escalofrío por la espalda. ¿Mi dominó? Era un indicio, ¡el primer indicio! Corrí al despacho donde guardan todas las cosas encontradas y pedí mi dominó. Di todos los detalles que me solicitaron: me enseñaron mi vestido blanco. Estaba un poco sucio por una parte, pero lo reconocí: ¡era el mío! Lo había encontrado un muchacho, el primer día de Cuaresma, por la mañana temprano, en la calle donde vivía el señor Secco. Todo contento lo lié, me metí el antifaz en el bolsillo y salí corriendo hacia casa.
¿Por qué estaba tan contento? Sin embargo, aquel maldito saco blanco había sido el motivo principal de mi desgracia y, en aquel momento, no podía verdaderamente ayudarme a encontrarme a mí mismo.
Pero, como empujado por un anhelo sin tazón, apenas llegué a casa, me lo puse nerviosamente, me coloqué la máscara sobre la cara y corrí ante un gran espejo antiguo, en el que había pintadas, hacia los ángulos, algunas descoloridas flores sentimentales.
Me miré... ¡Heme aquí! ¡Era yo! ¡Soy yo! Me había encontrado. Era yo, en persona. Yo solo. No había otros hombres a mi alrededor. El vestido blanco era mío y sentía que dentro de él estaba mi cuerpo; la máscara negra era la mía y cubría de verdad mí rostro. Me reconocí. Había vuelto. Me había
atrapado a mí mismo. Reí y lloré de gozo. Me acaricié.
Pero desde aquel día no he tenido el valor de desnudarme, y estoy siempre en casa, solo, vestido con mi dominó blanco, con mi máscara negra sobre la cara, para estar seguro de no perderme nunca más...



Palabras y sangre, 1912
*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/papini/perdido.htm







Agarrarla, además, con la mano*



Agarrarla, además, con la mano
recuerdo que constituía
aproximadamente
la excelsitud

Supe de excelsitudes sin incluir manos
cómo no

Eso mucho antes

Y atado.



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





Ese mundial era nuestro*



Gnomo u enano, era su nombre de compañero y tambien su apodo en la escuela industrial.
Cruzó la avenida Mitre en Villa Domínico y enfiló para el bar, faltaban 10 minutos para la cita, pero él siempre llegaba temprano mientras terminaba de armar "el minuto". Aunque sabia que su rostro no espejaba el amor, pensó en decir que allí esperaba a la chica que habia conocido el fin de semana anterior en el parque Sarmiento. Sí, casi enfrente.
Entró. y ese lugar era más razonable para levantar quinela que para esperar una señorita. Piso con la seguridad de la repetición, no era la primera vez que se reunía con compañeros del partido.
Eligió una mesa individual, seguramente incomoda para la reunión prevista, pero desde ahí en el centro de ese lugar indefinible se controlaba con la visión la puerta, la avenida, las hojas de ese otoño amarillo y siniestro. Y ese lugar era imposible para un encuentro amoroso.... Oteo el lugar, en una mesa grande hecha de tres individuales habia 7 u 8?, parecian oficinistas, divertidos, relajados, parecian dar por seguro el triunfo de la selección y de eso hablaban, muy argentinos.
En su reloj eran las 18 hs y las últimas lágrimas de luz se fugaban de la crueldad entre los autos interminables de la avenida.
La puerta, era umbral de ansiedad, no sabía quiénes iban a venir a esa reunión además de Pocho, el responsable de la zona sur. Intuia, que en esa reunión, definitiva, clave, podrían venir los cuadros más destacados del partido, bueno, al menos los que no estaban ya secuestrados.
Del frío apuro a fondo el café doble. En la radio, el gordo Muñoz relataba un partido y siempre habia un lugar para contar que los argentinos "somos derechos y humanos", el gusto amargo del tiempo difícil lo acompañaba de sol a sombra, él estaba "levantado" y casi todos sus compañeros tambien, viviendo en pensiones o casas del pueblo, otros, abandonados a su suerte, vagaban por las calles y temian volver a sus casas. Varios dirigentes del comité central fueron detenidos, y serian "desaparecidos" de la dictadura. Todos dependían del delgado hilo de cuerpos resistiendo la tortura y el terror.....
A las y media empezó a inquietarse, ni siquiera Pocho había llegado, -no pasa nada el transito está jodido a esta hora y con ese citroen 2cv no se le puede pedir nada¡¡¡-
Volvió a conectarse con la mesa de oficinistas festivos, el clima de cargadas era total y casi grotesco ni señora, ni hermana, ni madre estaban a salvo de esa horda primitiva. Un gordo grandote se paró haciendo cuernos con la mano derecha, diciendo "voy con tu mujer..", otro fulano tomó un sifón y parandose amenazó con apagar ese escandalo.
Asqueado, desprecio el show por un momento y volvió la mirada a la puerta , ¿llegaban los "cumpas"?
Un chorro de soda en los ojos lo desubicó, ¿qué carajo les pasa? !, -gritó.
Ya era tarde, dos 9 mm le apuntaban y aplastado en la mesa lo esposaron. Lo llevaron a golpes hacia la esquina de Centenario Uruguayo, una mano le apretaba el cuello desde la nuca y solo podía ver esas baldosas vainilla, - ¡zurdo de mierda....te dejaron solo! -
Pudo ver la marca "Ford" en la camioneta, en la caja, hundido en un ángulo estaba Pocho, ojos vendados, la cabeza que quería tocar el pecho y no podía, las manos esposadas coronaban los parietales y se sostenian en la cumbre de las rodillas. Era una estatua congelada en horror...
la queja parecía tardía, inútil, - me batiste...-
Esa voz , de muerto en certezas, lo corto en filo - no seas boludo... El Partido se terminó....
Despues de la capucha, casi en asfixia, lo aplastaron en la cabina, sentía el peso de las botas en la espalda.
Casi no hay palabra con Pocho, sólo una frase : -No dije todo, dejé tu parte.... El tiempo se había detenido y para siempre, era una ruta, velocidad constante, el aire de vehiculos que cruzan y silvan.
Cuando se presentía el destino, y esa fue la despedida de pocho, solo recordo la frase, casi una orden - ¡ no te hagas mártir, ya no queda nada para defender ! - La recepción fue con patadas y una piña en el estómago, doblado, a vomitos, entro en la celda. No estaba solo, dos tipos respiraban con antiguedad en el lugar, -¿ Te golpearon mucho pibe ? - - Podría haber sido peor-. el silencio no tenía edad, y había que economizar palabra en esa incomodidad de escuchar consejos.
"Hace meses que estamos en este pozo, no dormis nunca de los gritos, y aun en sueños, los soñas como si estuvieras despierto....
Despues de tres o cuatro sesiones de parrilla vas a cantar lo mismo y además vas a mandar al frente a cualquiera para tener alivio entre picana y submarino."
Eran dos oficiales Montoneros, también vendidos por su jefe.
"Tratamos de evitar la tortura y colaborar, con suerte algún día volvés a ver la luz y la familia va a necesitar que quedes entero..."
"¿Sos del PCML, no..? Los paras se burlaban, decian que estaban llegando los antifascistas, los amarillos de Mao... Bueno, con Uds, van a ser cordiales, no les tienen tanto odio, no les boletearon a nadie.... ¿Para que tenian los fierros? ".
El no contestó, no quería oir más.
"Nosotros estamos jodidos, si nos hubieramos largado con la guita de los Bunge estariamos tranqui." Hablar no servía. La humedad y ese olor a moho penetraban hasta los pulmones, no daban ganas de respirar.
Temblaban de frío, abrazaron los cuerpos para refugiar un poco de calor, en la brutal necesidad no había diferencias ideológicas, el desamparo los acurruco como cachorros.
En el alba, lo sacaron sin palabras, solo manos en el cuerpo.
Esa habitación, era calida despues de la celda y parecía seca.
Sentado, le descubrieron la mirada y los ojos no podian ver nada despues de tanta pupila negra, negados a la luz, sus ojos no veian nada humano ahí, enfrente, del otro lado.
Detrás de un viejo escritorio estatal, gris metalizado, estaba el "Ratón", un cuadro, un miembro de dirección del partido. El mismo elocuente y seguro camarada, un teórico, surgido de la docencia universitaria.
Ahora, se lo veía mortal, con ojos gastados de tanta luz artificial. desprolijo, la barba de días. y ese bigote tipo militar proliferaba en el de Niestche. Sin vueltas, comenzó el interrogatorio....
"Las autoridades de este lugar me piden los datos que tenés sobre los militantes del partido y de otras orgas.... acá, ya se sabe que hay militantes de base que dependen de vos..... y Pocho no dijo todo lo que podía decir, así que ahora te toca descargarte a vos.....
-¡Traidor hijo de puta ! -
- Mirá..., le dijo el Ratón en resignación, acá no hay lugar para heroismos, casi todos hablaron para demostrar sumisión y mostrarse quebrados, y al que no se quiebra, lo quiebran en la tortura.
¿Qué pasó con el "Gran Timonel" ?, entregó hasta la señora y los hijos.
No hay nada en pie, y vos no te vas a inmolar por 5 o 6 boludos que ni siquiera los van a ir a buscar....¡¡¡, al Pato lo reventaron y cantó. Entre vomitar ahora y hacerlo reventado da igual. Estamos en sus manos.
Pensalo, despues te interroga el encargado -
El captor que aguardaba a su espalda lo tabicó y lo condujo a una nueva celda, esta era de aislamiento, la altura no permitía ponerse de pie, solo moverse de rodillas. Era una cucha donde no cabian un cuerpo y su alma. El hambre y el frío no dejaban dormir, los alaridos tampoco.
En ese tiempo sin tiempo, toda su vida parecia correr en imágenes y representaciones veloces, daba vértigo y mareos. Nauseas.
¿ Y los viejos...?. No sabían de él desde un mes atrás, cuando se había levantado, sintió como nunca que los quería, quería volver a verlos tomando mate bajo la parra, comiendo la picada con el vaso de vino tinto, respirando el aire fresco de la quinta y el aleteo en torcazas.
desde esa mazmorra infame recorrió postales de esa impensada militancia que lo llevo hasta ahí, fuera de la civilización y pronto, quizá, de la vida también. ¿era la revolución lo más importante ? No era difícil hacer una revolución en encuentros de música y lectura, leyendo pronósticos sobre la crisis inevitable del capitalismo entre mates y sonrisas.
La puerta se abrió en el ensueño, en pasos de temblor trato de recordar que compañeros conocía tambien Pocho, su vida dependía de esa coincidencia..... - En un flash aparecián sus rostros, intactos, confiados, indefensos, abandonados, perdidos, ¿qué sería de ellos? ¿Cual sería el suyo?
El encargado fue breve: Habla y rápido, sino te pasamos al asador, y los muchachos de la parrilla estan apurados porque va a empezar el partido de la selección, no te hagas más el pelotudo.....

Afuera, no tan lejos de ese chupadero, multitudes estallaban festejando el triunfo de Argentina sobre Holanda. Ese mundial, era nuestro.



*de Eduardo F. Coiro. inventivasocial@hotmail.com






*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 87 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Abril/Junio/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org bajo el link:
http://www.euroyage.org/es/xicoatl-87


CONTENIDO:
· Resultados del 3er Concurso de Composición XICóATL.

La edición impresa de XICóATL # 87 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



*


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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión las colaboraciones literarias que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

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