Thursday, April 30, 2009

NI AL ÁRBOL. NI AL NIDO. NI A LA RAMA...



ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.



CAMINOS DEL ORÁCULO*



Los caminos del oráculo.
Conducen a un espejo escaleno
Desmadrado.
Lados cóncavos de claveles rosados.
Cuando se rozan, se marchitan
Se marchitan y mueren.
Las huellas pétalos implacables caminan.
Multiplicándose.
Gramilla. Enredadera. Compulsión. Bejuco.
Petardos.
Se abren cada vez mas las grietas.
Layo y Edipo.


La pitonisa esta vez ha fallado.
Números, hojas de té, barajas.
Me han marcado los naipes.


El espejo enloquece.
Ya no se reconoce.


Ni al árbol
Ni al nido.
Ni a la rama.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





NI AL ÁRBOL. NI AL NIDO. NI A LA RAMA...





T E S T I G O C I E G O*


El capitán Ordoñes se dejaba estar en su despacho mirando la foto que recientemente había tomado su hija cuando le otorgaron el nuevo rango. No cumplía aún los cincuenta y ya tendría bajo su supervisión un navío, no sabía cual, pero la responsabilidad que debía asumir le oprimía la boca del estómago con una sensación agridulce de temor y de placer a la vez.
Ese había sido su sueño desde chico, comandar un barco que era sinónimo de gobernar las aguas, las tan ariscas y traicioneras aguas de ríos y mares. Al entrecerrar los ojos se veía en el puente de mando, seguro, consciente de cada uno de sus actos, infundiendo confianza y respeto en sus subordinados. Se sorprendió analizando si su sueño estaba relacionado con ansias desmedidas de poder, pero no, sentía con claridad que no se centraba en dominar hombres, si no más bien en competir con la naturaleza.
Unos golpes suaves en la puerta lo volvieron a la realidad.
- Pase.
- Permiso, señor, - dijo el cadete Brown traspasando la puerta y colocándose en posición firme –llegó este sobre para usted.
- Gracias, cadete; puede retirarse.
Entre sus manos pesaba un gran sobre herméticamente cerrado y ostentando varios sellos. Dudó en abrirlo, seguramente serían sus órdenes y la gran incógnita quedaría despejada. Lentamente tomó un estilete y como si estuviera realizando una operación quirúrgica, cortó uno de los costados; había muchos papeles dentro y un sobre pequeño lacrado donde figuraba su nombre. No tenía apuro así que para romper el lacre y abrirlo se tomó su tiempo. Con su vista fue recorriendo las palabras escritas y tomando conciencia de ellas hasta que quedó atrapado en el nombre del barco que le asignaban, una cárcel flotante que trasladaba presos de extrema peligrosidad a la prisión del sur.
Tardó en recobrarse, no era lo que había deseado, pero evidentemente no podía escoger, “eran órdenes”.Dejó de lado la nota y comenzó a escudriñar entre los demás papeles: eran los legajos de los sentenciados con sus respectivos antecedentes:
CAUSA Nro.....
“Alfredo Rivera, 35 años, dos asesinatos a sangre fría, violación y muerte de una menor. Condena: 35 años...
De ahí en más recorrió lo escrito salteando palabras, fijándose en lo más importante: nombres, delitos, condena.
- Nenes de pecho – se dijo después de leer quince legajos. – Y yo los tengo que cuidar y entregarlos sanos y salvos...
Apoyó los codos sobre su escritorio y dejó caer su mentón en la palma de sus manos; su visión perdió la perspectiva de lo que le rodeaba porque todo se tiñó de rojo.
- ¿Por qué no existirá la pena de muerte? – se preguntó en voz baja. – Sería justicia que recibieran lo que dieron. Pero no, somos civilizados. Si Alfredo Rivera hubiera violado y matado a mi hija ¿sería yo civilizado?
La imagen de Mariam apareció en su mente, era lo único que le quedaba después de la muerte de su esposa hacía un año; dudó de su control ante el supuesto hecho, no creía que ningún hombre normal podía olvidar y perdonar tal atrocidad.
Nuevamente los golpes en la puerta lo volvieron a la realidad.
- El teniente Ricard solicita ser recibido, capitán.
- Que pase.
El cadete se corrió para dar paso al superior y salió cerrando tras de sí la puerta.
- ¿Qué tal, teniente? Siéntese.
- Recibí órdenes de ponerme bajo su mando.
- Bienvenido al buque del infierno.
- ¿Cómo?
- Si, creo que eso es lo que nos han asignado; debemos trasladar delincuentes peligrosos hasta el sur.
- ¿Buque- cárcel?
- Exacto y ¿quiere conocer los antecedentes de la primera tanda? – y le extendió los legajos que el teniente tomó con recelo. Se hizo un silencio largo mientras el segundo tomaba conciencia de la realidad. Ordoñes lo miraba y a cada alteración de su expresión sonreía.
- ¿Qué opina? – fue la pregunta cuando el otro terminó su lectura.
- Bueno, no es divertido. Yo diría funesto y tal vez sería un acto patriótico echarlos al mar cuando sólo nos viera el cielo.
La carcajada del capitán sonó en el despacho como un elemento de distensión.
- No sería mala idea, ellos no sufrirían lo que les espera y la sociedad tendría un motivo para creer en la justicia. ¡Ah! Y una boca menos que alimentar a costa del pueblo.
- Pero no se puede ¿no?
- No. Zarpamos mañana al mediodía de la Dársena B., Prepare sus cosas y preséntese a las nueve.


# # #

Esa noche, durante la cena, explicó a su hija sin detalles lo que había ocurrido, dejó de lado todo dato preocupante; ella lo había recibido con un 10 obtenido en el examen rendido a la mañana, por lo tanto, todo era celebración.


# # #

A las siete el capitán se hizo presente en el puente de mando y comenzó el operativo del viaje. La tripulación estaba lista a la espera de órdenes y al primer oficial arribó una hora antes de la que había sido citado.
- Todas buenas señales – pensó Ordoñes un poco incrédulo ante tanta precisión.
Alrededor de las nueve llegó el camión con los quince delincuentes y Ricard fue el encargado de recibir la pesada carga humana y ubicarla a buen recaudo. Desde el puente de mando era fácil observarlos a medida que subían al barco ligados unos a otros por cuerdas. Al marino le impactó la expresión dura de esos rostros, algunos con una cuota muy alta de cinismo como sobrando a la tripulación que los iba a custodiar.
Retirada la planchada y puesto cada uno de los delincuentes en sus respectivos calabozos, partió el barco rumbo al sur. El cielo apagado de ese otoño de l945 los cubría con indiferencia. “Tirarlos al mar cuando sólo nos viera el cielo”. Como un letrero luminoso la frase de Ricard centelló en la mente del hombre. La idea era buena pero imposible de ejecutar.
Mientras almorzaban pidió a su segundo que le confeccionara una lista con los nombres de los presos y el número de camarote que ocupaba cada uno y por la tarde en su despacho releyó los legajos y los ordenó en secuencia respetando su ubicación. Hizo también una evaluación del grado de peligrosidad teniendo en cuenta sus delitos, “modus operandi”, grado de frialdad y atenuantes según sus trayectorias de vida. El cuadro que quedó ante su vista fue fascinante y a través de una comparación minuciosa sólo encontró tres individuos que no tenían ninguna justificación para lo que habían hecho, con una muy alta dosis de psicopatía, con desprecio total por su vida y la de los demás y que daban la sensación, sin ser psicólogo, que la rehabilitación sería imposible. Y los apartó.
CASO A: Perteneciente a familia de clase media, honesta, trabajadora; había sido tratado con afecto y tuvo a su alcance todas las posibilidades para estudios y trabajos. Siendo muy chico desarrolló la costumbre de morder a sus compañeritos de escuela y gozaba al verlos sufrir. De ahí en más no se detuvo.
CASO B: Familia económicamente acomodada. Único hijo de madre viuda que le dio todo lo que quiso, cuando dijo su primer “no” la mató . Contaba en su haber doce muertes a sangre fría y algunas sin motivo aparente.
CASO C: Hijo menor de una familia campesina. De chico mataba animales por placer y los colocaba delante de la vivienda para que su padre los viera. Siendo ya adolescente violó a su hermana y para que no lo denunciara la ahorcó. El resto pertenece a la caverna del terror.
De estos tres casos lo único que alegraba era que habían sido condenados a cadena perpetua y morirían en la prisión.
El viaje transcurrió tranquilo y ni bien hubieron entregado a los delincuentes, Ordoñes ordenó asear los calabozos tal vez para atenuar la repugnancia que había experimentado durante tantos días.
- ¿Quiere deshacerse de la mugre, señor? – preguntó un cadete.
- Creo que tenemos ese derecho ¿no?
- Si, eso es legalmente permitido – afirmó Ricard.
Al capitán le caía bien su segundo, era prudente, sereno pero firme, cuando debía suplantarlo en el mando lo hacía como él mismo lo hubiera hecho, compartía sus puntos de vista y sus valores y era frontal a mismo tiempo que respetuoso. Ya a mitad del viaje se había hecho un ritual tomar café en su despacho después de la cena y analizar los sucesos del día.
En el segundo viaje la tanda de reos fue menor, sólo ocho, pero con prontuarios mucho más pesados.
- Me molesta esta tarea, señor – dijo Ricard mientras tomaban el café acostumbrado. - ¿Leyó el legajo de Pipo Suarez? Esa bestia ni con la cadena perpetua que le dieron paga lo que hizo. ¡Seis criaturas violadas y destrozadas por él! No puede seguir vivo un ser así.
- Teniente, ¿usted cree que yo no lo pienso? Y todavía tuvo el tupé de pedirme que lo deje fumar un cigarrillo en cubierta.
Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación.
- Capitán, estamos entrando en zona de tormenta. ¿Cuáles son sus órdenes?
- Enseguida subo.
- Tendremos baile – comentó el teniente cuando volvieron a quedar solos.
A las doce de la noche la tormenta arreciaba, en el puente de mando se escuchó la voz del guardia que custodiaba los calabozos.
- Capitán, el reo Suarez pide salir a cubierta a fumar, dice que se vuelve loco encerrado en la celda.
- Si, un cigarrillo frente al mar le hará bien. Yo me encargo. Teniente, tome el mando, - concluyó y tomando el arma de la gaveta salió del puente.
- Abra la celda 6, cadete, llevaré al señor Suarez a cubierta.
- ¿Lo acompaño, Señor? Es un bicho infame.
- No, no es necesario.
Suarez salió de su celda a los tumbos, no estaba acostumbrado a que el piso se moviera tanto.
- ¿Quieres fumar? Vamos.
El mar estaba furioso y todo el entorno comenzó a filtrarse en el interior del preso que se aferraba a las paredes del barco con desesperación mientras sus pies resbalaban por el piso mojado. Por fin logró asirse a la baranda de cubierta pero una ola lo hizo perder el equilibrio y quedó colgado de ella.
- No te sueltes porque vas a caer al mar – señaló el marino con ironía.
- ¡Quiero volver a la celda! – gritó al borde de la locura.
- Todavía no fumaste tu cigarrillo.
- ¡Quiero volver!
- Aún no.
Otra ola lo sacudió, sus manos no resistieron y cayó golpeándose la cabeza contra el suelo. Fue fácil, sólo bastó esperar la siguiente. Ordoñes contó hasta cincuenta y luego gritó:
- ¡Hombre al agua!
El cielo tenía los ojos cubiertos por las nubes, no pudo ver lo que sucedió esa noche.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar








CONTINUIDAD DE LA GRACIA, de Lermo Rafael Balbi*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


La intricada red de circulación de libros de autores argentinos –sin acceder a un lenguaje de metáforas bastas- podría asegurarse que ha cobrado una nueva víctima.
Esta vez se trata de una excelente novela del escritor rafaelino Lermo Rafael Balbi, obra póstuma que cierra la saga de la inmigración piamontesa iniciada en “Los nombres de la tierra”.Porque sabemos qué sucede con las ediciones oficiales por mejores intenciones que haya de por medio, máxime como en este caso donde por burocracias extrañas el libro no puede venderse.
Pero vayamos al libro.
El relato de esa épica tan cara a nuestros sentimientos y a nuestra historia y que definió en su momento la discusión de una política inmigratoria generosamente contemplada en nuestra constitución y tan poco avalada en los hechos concretos, es tal vez una deuda que tenemos con ella.
Balbi, un sensible y auténtico poeta, dueño de un manejo suelto y ajustado –si se me permite el oxímoron-, de gran erudición y un respeto por la palabra poco común, es como tantos otros un hijo de esa inmigración que desbordó los cálculos más optimistas y cubrió con su trabajo y su sacrificio una importante zona de nuestra provincia, transformando el “desierto” echeverriano en un vergel.
Un trabajo de la naturaleza que hoy nos toca comentar no resulta sino de una auténtica creación que hace efectiva y creíble un sabio equilibrio de esa cadena de símbolos que supo enlazar para que el lector no sea ganado por el tedio al encontrase con una novela de 453 páginas.
El texto de Balbi excede con amplitud –mejor dicho evita sabiamente- el callejón sin salida del regionalismo y sale airoso a golpes de talento. Utiliza varios registros que como una orquestación de contrapunto va delineando la gesta deseos piamonteses que no tuvieron voz propia para cantar sus historias y por eso uno de sus hijos toma el compromiso de realizar. Las historias de las familias se inscriben, en un revés de la trama de la historia oficial que siempre negó esta textura porque sólo se ocupa de las grandes batallas y de los sonoros nombres de los próceres con gusto a mármol o bronce.
La novela de Balbi está mucho más cerca de nuestros sentidos y de nuestra propia historia que de los manuales con que nos aburrían en la escuela.
Todo recurso es válido para acometer su propuesta: cartas, retazos de historias, diarios de inmigrantes, sagas familiares, propagandas de compañías colonizadoras, la recuperación de la tradición y la oralidad, según él mismo confiesa.
Podríamos decir que por primera vez estamos ante una verdadera gesta, una épica sin que lo lírico escamotee los acontecimientos, metaforizándolos o volviéndolos parciales, intimista y tal vez sin verdadera envergadura. Mitos, supersticiones, listas de desgracias, avatares que desde la naturaleza conspirante hasta el sino trágico acontece en estas páginas.
La pequeña economía familiar, doméstica de los inmigrantes-extrapolados por opiniones de “segunda generación” que abandona el campo- hace un juego dialéctico, como la otra cara de la moneda del sacrificio de los fundadores que pelearon con igual ahínco contra las inclemencias del clima y la nostalgia.
Tal vez no tan casualmente se da el juego del gran piamontés universal –nombro a Cesare Pavese-; quien planteaba la imposibilidad de regreso al campo, porque la ciudad “contamina”(“Deja las letras/deja la ciudad””, podía Juan L.Ortiz). En este juego pendular logra tal vez Balbi lo mejor de su prosa, enriquecida por su anterior trabajo en la poesía.[1]
Su prosa atenta a las innovaciones de la técnica narrativa no desdeña la sutileza de una elección cuidadosa de palabras y expresiones que ponen en situación de interés la historia para que el lector lo disfrute.
El juego pavesiano de la idealización del terruño natal, la conciencia de salvarse del tedio volviendo a él, a ese lugar puro y primigenio y la imposibilidad real de lograrlo.
¿Acaso la literatura de occidente no se basa en las imposiciones de un destino –trágico por lo general- que los primeros griegos y Shakespeare extremaron con deslumbrante belleza y perennidad?
Queremos consignar con esto algo que no es fácil cuando se aborda la temática “rural”: el costumbrismo en que Balbi no cayó, gracias al manejo certero de su estilo y su claridad conceptual y que lo pone a salvo del oprobioso mote de “escritor regional”, subespecie que los críticos capitalinos –grandes inventores de frases- suelen consignar.
Es probable que por primera vez no se cumpla aquella predicción de Inés Santa Cruz: “Por ahora el discurso de la inmigración es sólo alegoría. El relato (la interpretación) surgirá cuando esa gesta adquiera, en el futuro, el sentido fundador que se le atribuyó”[2]



[1] “El hombre transparente” (1966); “La tierra viva” (1972) y “Arauz muerto y celeste” (1972).
[2] _”El relato imposible” en “Pintando la Aldea”. F.Ross. 1989







LA POETA ALEJANDRA PIZARNIK COMO “MAESTRA DE ANALISTAS”

“Nombre de lo que me muerde”*


Para el autor, “Alejandra Pizarnik, primera analizante en castellano, interroga al psicoanálisis, no sólo como espacio clínico o zona de identidad personal, sino como modo de intervenir en las discusiones de la cultura”.



Por Marcelo Percia *



Suele llamarse analizante a la persona que se analiza con un psicoanalista. En este texto el término va más allá de esa circunstancia. Alejandra Pizarnik (que tiene esa experiencia desde muy joven) participa, en otro sentido, de lo que me gustaría llamar la ilusión intelectual argentina en el psicoanálisis como experiencia del pensar.
El psicoanálisis como inmersión de quienes quieren conocerse, como ideal desculpabilizador del deseo, como figuración de un mundo familiar menos represivo, como experiencia del yo destronado, como imagen de una mismidad lejana, ajena, exiliada, como creencia liberadora de sentido, como contemplación trágica del pasado, como pregunta por la crueldad humana, como denuncia del malestar moral de nuestro tiempo, como asunto de subjetividades migrantes, extranjeras, discriminadas. El psicoanálisis como utopía de la diferencia.
La expresión Alejandra Pizarnik, la primera analizante en castellano no significa que ella sea la paciente que inaugura la lista de nuestro record internacional de analizados; quiere decir que ella, la que se sabe nacida en las palabras, es maestra excepcional para pensar una práctica cada vez más profesionalista. Llamo profesionalista a una actividad que ve en el psicoanálisis sólo una profesión. Un trabajo de rutinas, pacientes, consultorios, libros y revistas especiales, congresos, supervisiones, redes de derivación, amparos institucionales, plataformas publicitarias, estrategias de reconocimiento. ¿Es otra cosa?
Alejandra Pizarnik, primera analizante en castellano, interroga al psicoanálisis, no sólo como espacio clínico o zona de identidad personal, sino como modo de intervenir en las discusiones de la cultura; en las preguntas sobre cómo tramamos relaciones con el lenguaje, con las representaciones que nos hacemos de nosotros mismos y del mundo; con la idea de porvenir, con los asuntos de la vida: el dolor y el sufrimiento, el deseo y la muerte.
No se puede imponer a los psicoanalistas que aprendan a escuchar, como diría Pizarnik, “con una esponja en los oídos”, ni obligar a que profesores dicten en clases universitarias que “por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”, pero sería una lástima privarse de esas ideas.
Entonces, decir que leo a Alejandra Pizarnik como primera analizante en castellano es un modo de avisar que encuentro –en ella que afirmó que Freud es un poeta trágico– a una maestra de analistas.
Que Alejandra Pizarnik anotara en sus Diarios cosas que piensa sobre su propio psicoanálisis tiene y no tiene relación con el asunto. Es cierto que esas menciones se presentan como citas, pero no es allí donde ella habla mejor como analizante. Incluso cuando indago las desventuras de esa mujer joven sólo busco aprender a leer el manifiesto de su enseñanza.
La afirmación de que Alejandra Pizarnik es la primera analizante en castellano no necesita ser probada contando cosas de su intimidad o coleccionando circunstancias biográficas (historias de familia, judaísmo, aventuras sexuales, viajes, lecturas, depresiones, noches de insomnio, internaciones, intentos de suicidio o su muerte a los treinta y seis años por exceso de pastillas para dormir). Esos desechos de su vida apenas interesan aquí. No se recorta su estar analizante para engrosar la lista de casos clínicos.
“Primera analizante” puede leerse, entonces, como: mujer afectada por el lenguaje. Sensibilidad que sabe que su dolencia es cosa hecha de palabras, que percibe que las mismas palabras que dan qué pensar pueden ser tormentos, espejismos, ruidos, en los que no (se) piensa nada. O dicho de otra forma, primera no porque no haya otra antes que ella, sino porque no falta a la cita cuando es llamada a pensarse en el lenguaje. Porque sabe que la máquina de pensar es artilugio vacío y, a la vez, lleno de piezas que pueden volverse locas. Que puede darse máquina con pensamientos que la gozan, con obsesiones que la dominan, con voces que traman sufrimientos de los que, por momentos, quiere desprenderse.
No leo a Pizarnik como visionaria o testigo lúcido del psicoanálisis de su época. El sentido de la vista o su punto de vista no están en juego. Interesa Pizarnik como oído poético dislocador de una cultura que aloja al psicoanálisis como práctica del cuidado de sí.
Interesa su mirada como lo imprevisto en esa práctica. Interesa ella misma como arremetedora que alerta sobre lo que les pasa a quienes no hacen lo correcto, sobre los peligros que acechan a quienes se arriesgan a la desapropiación de sí.
Lo que queda pendiente no es la pregunta de qué pudo o no pudo el psicoanálisis hacer por Alejandra Pizarnik, sino qué puede hacer a los psicoanalistas la lectura de su obra. Leer a Pizarnik es una decisión.
Habría muchos otros modos de nombrarla: la mujer de la existencia venidera, la llamadora de ausencias, la que desespera del lenguaje, la que se aloja partida, la que arremete viajera, la enamorada de las ruinas, la que hace el mundo palabra por palabra, la que se siente deletreada por un semianalfabeto, la que vive desnuda como si llevara un traje de vidrio, la que tiene deseos de huir hacia un país más hospitalario, la inlúcida que sabe que ama sombras, la que escribe con humor “mi amante es obscena porque me toca la hora”, la que se da cuenta de que cumple una pena por nada, la del lenguaje alejandrino, la que va hacia no hay dónde, la que intenta nacerse sola, la que pregunta cómo es posible no saber tanto, la niña santa y lujuriosa, la que pide ser curada de algo que no se cura, la que advierte que habla para amueblar el escenario vacío del silencio, la que siente que el envejecimiento del rostro ha de ser una herida de espantoso cuchillo, la reina en el exilio, la que simpatiza con todos los sufrimientos, la que piensa que la felicidad consiste en estar a salvo del pronombre yo, la supliciada, la que fue demasiado lejos en su soledad. De todos los modos de llamarla, elijo este: Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis.

Esperadora
Pizarnik es el nombre de una esperadora infatigable. Escribe en su diario en marzo de 1961: “Esta espera inenarrable, esta tensión de todo el ser, este viejo hábito de esperar a quien sé que no va a venir. De esto moriré, de espera oxidada, de polvo aguardador”.
La espera, si no se confunde con la esperanza de que suceda algo, puede pensarse como dar tiempo o darse tiempo de llegada. Eso que solemos llamar el sí mismo es una existencia venidera.
La espera del analizante tiene algo de ir al encuentro de una verdad que nunca llega. Pero, una espera que es ir hacia lo que no se alcanza no es, necesariamente, impulso insatisfecho, tensión que frustra, expectativa fatigada.
¿Y una espera oxidada? Parecería una espera marchita, deslucida, sin frescura. Una espera que se consume dolida de eso que no llega. Como en A la hora señalada, que no es la película de la espera, sino la del cumplimiento de una amenaza. La urgencia de un plazo corrompe la espera. La impaciencia no es impulso de deseo; puede ser su lastre, su cautiverio.
Muchas veces, lo que una persona que se analiza espera no es la espera, sino consumar una esperanza, conquistar una felicidad custodiada de palabras, conjurar la desgracia en todas sus formas por medio del pensamiento. ¿Una especie de religión?
Quizá Pizarnik pida que el psicoanálisis le ofrezca lo que no tiene: una fórmula de felicidad. Razones de acogida a dudas de la existencia, ahora, expresadas en primera persona de un singular en el que se celebra a sí misma. Pero también percibe, en su expectativa de sentirse mejor, una ilusión de autorreforma, una maniobra de corte y confección para forzar su coincidencia con la imagen que le gustaría alcanzar.
Tal vez aquella espera oxidada, ese polvo aguardador, sean pulsaciones tristes, ansiosas, descreídas de su existencia venidera.
No se vive así como así en situación de espera; la esperanza se cuela por todas partes. El juego de la esperanza puede decirse en tres pasos. Primero, se inventa (a medida de la propia ilusión) un absoluto distante, caprichoso y salvador. Segundo, se vive en la incertidumbre (dado que el absoluto es caprichoso y distante). Tercero, se aguarda con fe (a veces portándose bien) la llegada eventual de la salvación.
Practicante de la espera no quiere decir dogma de un ir hacia sin una meta; tampoco doctrina de me da lo mismo qué pueda pasar. La escritora es practicante de la espera porque trata de deshacer en ella misma la tentación de someterse a un absoluto.
Alejandra Pizarnik analizante, más allá de todo psicoanálisis, porque es una mujer que escribe sobre lo que le pasa. Analizante porque se sabe enferma de una especie de maldición amorosa: se siente poseída por lo que no puede poseer. Analizante porque sale al encuentro de lo que no llegará, porque se sabe abandonada. Escribe en marzo de 1961: “Y he aquí lo que me mata, he aquí la forma de mi enfermedad, el nombre de lo que me muerde como un tigre crecido súbitamente en mi garganta, nacido de mi llamado”.
Llamadora de ausencias, Alejandra Pizarnik se pregunta por qué no la atraen quienes se enamoran de ella o por qué su fascinación por el abandono o por qué se empecina en llamar a quien no habrá de venir o por qué la entristece alguien que llega con deseos de verla.
Alejandra Pizarnik, una llamadora de ausencias. Pero no porque haga citas que fracasan, sino porque da de sí la voz que convoca un lenguaje. Pensar es precisamente eso: llamar a que las palabras acudan, solicitar que se apersonen en las sensaciones, las emociones, la belleza, la angustia.
Analizante, también, porque piensa su existencia como misterio. Escribe en su diario, en el verano de 1956: “No comprendo el anhelo de ‘lo fantástico’, ni a la literatura de ‘misterio’. Es que ¿es posible hallar más misterio que en la propia existencia?”.
Admite que desconoce lo que le pasa, que duda sobre el sentido de sus actos, que de su boca salen cosas que la sorprenden, que sus deseos la visitan como parientes desconocidos.
Escribe cinco años después, cuando declara su mayor obsesión después del amor y la escritura, anotando entre paréntesis su propia voz en tercera persona: “El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi olvido (se olvida de suicidarse). Tal vez por eso siento, de noche, cada noche, que me he olvidado de hacer algo, sin darme cuenta de qué. Cada noche me olvido de suicidarme”.
No dice que quiere suicidarse, se pregunta por qué no se suicida. El suicidio no parece un deseo, sino una fatalidad. Entonces, cada noche se olvida de lo inevitable. Tal vez así, en el olvido, diga su deseo de vivir.
Alejandra Pizarnik toma, a su manera, el problema que Camus –quien, en El mito de Sísifo, afirma que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio– designa como el misterio más radical de la existencia: “¿Por qué elijo vivir pudiendo decidir mi muerte?”. Como si vivir fuera una decisión que el olvido toma todos los días. El olvido como cesación de la muerte.
Escribe en su diario, en octubre de 1957: “No soy más que una humilde muchacha desnuda que espera que lo Otro le dicte palabras bellas y significativas, con suficiente poder como para izar sus pobres tribulaciones y para dar validez a lo que de otra manera serían desvaríos”.
La proeza del decir no consiste en realizar una sustancia mentada ni en la voluntad de hablar, sino en el impulso de ceder la iniciativa a lo expresado, de confiar la cuestión del hablar a la astucia de las palabras.
Dejar la iniciativa a lo dicho es admitir que las palabras pronunciadas se adelantan a las palabras pensadas o transportan inventivas de sentido no previstas en la decisión de hablar. Oscar del Barco (Juan L. Ortiz, poesía y ética, ed. Alción, 1996), a propósito del poeta Juan L. Ortiz, escribe: “La extinción de lo humano no está produciéndose por el lado sublime del exceso sino por el lado maligno de la llamada ‘programación total’ y del ‘control total’. Pienso en la alternativa que representan el poeta y el místico, quienes saben que no son y viven como noseres. Habita el que es sin ser, porque el habitar exige el despojo de toda iniciativa. Es el sueño de Mallarmé, su propuesta de darle ‘la iniciativa a las palabras’, de que las palabras sin ‘dueño’ sean las que abren el sentido sin sentido ‘humano’ que es el poema. El habitar adquiere así característica de advenimiento”. Pizarnik sabe que pierde la conducción de lo que dice cuando escribe o que es sobrepasada por el flujo de las palabras.

La primera
Pero, ¿por qué primera si lo que se dice sobre ella podría afirmarse, también, de otras escritoras y otros escritores en castellano? Su obra poética y su prosa derraman intimidad, pero no porque permitan espiar sus secretos (su interioridad desnuda), sino porque es la obra de una mujer que intima con el lenguaje. Pizarnik traba y trama amistad con las palabras: intenta ligarse ella misma en todo lo que escribe y tiene la mala intención de estar en el decir.
Así mismo, los Diarios (y parte de su correspondencia publicada) constituyen una escritura infrecuente en nuestra lengua. En sus páginas fragmentarias no hace alarde o culto de sí, como suele ocurrir en autobiografías o memorias. Ofrece su diario de escritora como lugar de experimentación de ella misma en el lenguaje, como espacio para pensarse en relación a sus lecturas y como demora para anotar lo que siente. Hasta el final no deja de preguntarse por el deseo, el amor, la angustia, la soledad. Cada vez intenta nombrar lo que no puede decir. No censura hechos que teme confesar ni secretos que la inquietan. Prueba escucharse pensar lo que le pasa. Escribe como una analizante que se hace destinataria de sus palabras.
Un año antes de su muerte publica El infierno musical. Cito de allí un texto que se llama “La palabra que sana”. Propongo leerlo como manifiesto de su enseñanza: “Esperando que un mundo sea de-senterrado por el lenguaje, alguien canta en el lugar en el que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”.


* Texto extractado de Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis, que distribuye en estos días Alción Editora.


-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-124121-2009-04-30.html






Furia de lo vivo*



La carne de las flores cae en racimos


Resbala en el aire


Agujeritos de luz en la mancha verde
Por donde los espías del cielo
Nos dan señales..


La belleza está en lo inesperado.


Una hoja se suelta casi con dolor

Emisario que trae la noticia.


“Los ángeles no existen
son ustedes”



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






Correo:



CENTRO CULTURAL BERNARDINO RIVADAVIA
San Martin 1080 –Plaza Montenegro - Rosario

CICLO: "Del derecho y del reves de la memoria” *

Mayo
"Accion, accion para la liberacion"
Consigna que se gritaba en las calles en aquel ‘69


Lunes 04 /20:00
“Yo estuve alli, hace cuarenta años”
Ps. Laura Capella
Se presentara el ciclo del año 2009 y se evocara con el publico que hacia cada uno en aquellos años, cuarenta años atras.


Lunes 11/20:00
“Memoria, historia y politica: a 40 años del ' 69” .
Cristina Viano . Historiadora- docente de la carrera de Historia y de la Maestria Poder y Sociedad desde la perspectiva de Género de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. Coordinadora del Centro Latinoamericano de Investigaciones en Historia Oral y Social (CLIHOS).
El año 1969 constituyo el punto de partida de un periodo de grandes movilizaciones y protesta social, con nuevos contenidos, y tambien con protagonistas claramente definidos que emergieron colectivamente en el campo social. Los sectores combativos de la clase obrera e importantes segmentos de la juventud, en especial estudiantes desarrollaron busquedas y postularon alternativas al orden social existente con una intensidad y profundidad ineditas en la historia argentina. El gran capital nacional y transnacional, las fuerzas armadas, la jerarquia eclesiastica y la burocracia sindical fueron objeto de un cuestionamiento que se intensificaria progresivamente en los años posteriores prolongando y condensando un complejo proceso de disputas sociales y politicas. Este cuestionamiento en 1969 se materializo a través de un conjunto de protestas obreras, rebeliones populares e insurrecciones urbanas que se desarrollaron en el interior del país (Rosario y Cordoba principalmente) e hicieron naufragar los ambiciosos proyectos de la dictadura instalada en 1966.
Los vientos de critica, de necesidad de cambios radicales, de avance de las demandas populares y de contestacion social, de nuevos imaginarios y nuevas utopias que encarnaban en vastos segmentos sociales si bien no pueden agotar la mirada sobre esos años, sin duda constituyen sus marcas y forman parte de la memoria social, la reflexion politica y de la historia reciente conformando un paisaje intersticial en el cual inscribimos nuestra propuesta para este ciclo.


Lunes 18/20:00
“Memorias, sujetos e identidades en la militancia de los años sesenta y setenta en Argentina”
Dra. Laura Pasquali, Historiadora y docente de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. Miembro del Taller de Historia Obrera
Se abordara el contexto de emergencia de los movimientos revolucionarios de los años sesenta y setenta, haciendo especial referencia a las redes de socializacion, las motivaciones politicas, sociales y de clase que condujeron al activismo. Considerando que la participacion en organizaciones revolucionarias impacto en las identidades y las experiencias de los actores, tambien se discutira acerca de la visión socializada de como debia ser un militante y el lugar que ocuparian varones y mujeres en la sociedad que se estaba construyendo.

Creacion y coordinacion del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Lunes 20 hs.
Entrada libre y gratuita. Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar
Auspician:
· Facultad de Psicologia, UNR
· Colegio de Psicologos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
· CEIDH (Centro de Estudios e Investigacion en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
· IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Etica y Practicas alternativas "Paulo Freire" - Facultad de Derecho. UNR.)


*Laura Capella. elecapella@yahoo.com.ar
…hacer de la caída un paso de danza, Pessoa


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Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 3 de mayo de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores colombianos Edgar Rivera Laverde y Manuel Mejía Serrano. Las poesías que leeremos pertenecen a Norman Salazar Leiter (Colombia) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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