Friday, April 03, 2009

JUNTAR LA HOGUERA DE HIELO CON EL ESPÍRITU QUE LA PENSÓ...





SINFONÍA DEL DESGARRO*


“Ah, juntar la hoguera de hielo
con el espíritu que la pensó”
ANTONIN ARTAUD



“Dúo dinámico” “Tu, vacilándome”


Esta es la sinfonía del desgarro en do mayor
Hay un pájaro ciego -tan amado-
Posado
En la rama más alta del olvido.
Es la lucha entre la profecía y la parábola
Es la boca vacía y hambrienta.
Sueño recién nacido de algodón.


El temor trizado de la noche
Resiste, desesperadamente.


Un paisaje de aullidos lo acompaña.
Un muro quieto atérmico y dormido,
Un yunque, un martillo.
Y una manta hierba.
Color resurrección.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







JUNTAR LA HOGUERA DE HIELO CON EL ESPÍRITU QUE LA PENSÓ...





El motivo*


Le habían arrancado las uñas y clavado unas astillitas de madera en la carne mientras les preguntaba a gritos el motivo de su tortura. El dolor cuando encendieron las maderitas fue insoportable. Los verdugos, completamente vestidos de negro, le miraban a través de sus máscaras sin pronunciar palabra. El reo, con la mirada les imploró piedad cuando le ataron al torno y en cada vuelta, loco de dolor por la rotura de sus articulaciones, chillaba preguntando porque le hacían eso.

Le dolía tanto todo el cuerpo que sólo atinó a llorar cuando se le acercó el más alto de los verdugos con unas tenazas para arrancarle los dientes. Medio ahogado en sangre y pedazos de encía, pedía que le dijeran que había hecho. Con el último aliento lo recordó, suspiró y pudo morir tranquilo.




*de Joan Mateu joan@cimat.es






Congreso (autor anónimo)*



*Por Juan Forn


Construyó el Colón. Diseñó y construyó el Congreso. Y murió a los cuarenta y cuatro años, sin saber que ese mismo día, en Montevideo, su proyecto para un Palacio Legislativo había ganado la licitación y se convertiría en el Congreso uruguayo. Su muerte de dos balazos en el corazón fue cubierta por todos los diarios de la época. Sin embargo tiene mucha menos prensa y mucha menos chapa que otros arquitectos de su época, tiempo menos interesantes que él. Quizá sea por las cosas que se han dicho sobre el Congreso (comparado con una torta de bodas y descartado porque "más que un edificio quiso ser un
monumento"). O quizá sea simplemente porque era italiano (Borges dice en su libro sobre Carriego: "El italiano lo puede todo en esta república, salvo ser tomado en serio"). Pero no nos adelantemos.
Vittorio Meano nació en el Piamonte. Su madre murió en el parto. De sus nueve hermanos quedaban sólo tres vivos. Su padre se volvió a casar y, enseguida, también él se murió. Al pequeño Vittorio lo crían su madrastra y su hermano mayor, Cesare, ingeniero con estudio en Turín, ciudad donde Vittorio se gradúa como arquitecto y empieza a hacer changas para el estudio de su hermano. Como sus compañeros de la universidad, el joven Meano sentía que Turín cortaba las alas a todo arquitecto joven con iniciativa. Ha de haber sido presa fácil cuando conoció, en 1883, a Francesco Tamburini, un arquitecto mayor que él, contratado por el gobierno argentino que, a sólo horas de conocer a Meano, le ofreció ser de la partida. Meano llegó a Buenos Aires como empleado de Tamburini, en dos años se convirtió en gerente del
estudio, en tres años más en socio y, cuando Tamburini murió, se hizo cargo de la obra magna de su mentor: el Teatro Colón. Tenía treinta años. Por esa época, en Buenos Aires había 435 mil habitantes, de los cuales el 53 por ciento eran extranjeros (entre ellos, los italianos superaban el treinta por ciento). Un dato más: había en la ciudad ciento veinte arquitectos, de los cuales ciento siete eran extranjeros. Los favoritos de aquella temporada, tanto en las licitaciones públicas como en el trato con las damas de la sociedad, eran los italianos: más de veinte colegas de Meano se casaron en dos años con apellidos conocidos. El no; él no podía ni casarse ni frecuentar los salones porteños. El motivo tenía nombre y apellido.
Remontémonos por un instante a Turín 1883: Meano acaba de recibir la oferta de Tamburini, que le cae como anillo al dedo para salirse del problema en que se ha metido. En sus noches de juerga ha conocido a un mujer un año mayor que él y se ha enamorado como un caballo. Se llama Luigia Fraschini, está casada, su marido forma parte de una pandilla de pícaros (es cafetero, remendón, actor ocasional). "Aquella pasión fue la ruina de su vida", comentará su hermano Cesare para la necrológica de Meano publicada en Turín.
Meano y Luigia emigraron juntos escapando del marido de ella (en el registro del barco se inscribieron como matrimonio bajo el apellido Mehan, para evitar ser rastreados). Por esa razón es que, a diferencia de sus colegas, Meano evitó el trato con la sociedad porteña. Sólo había ventilado su secreto con Tamburini, y con dos compañeros del barco: Giuseppe Solari y Pellegrino Botto, genoveses, garibaldinos, fundadores del Hospital Italiano (en la bóveda de ambos en la Recoleta sería enterrado Meano en 1904).
Aun así, en 1895, a sólo cuatro años de la muerte de Tamburini, Meano cree tocar el cielo con las manos. No sólo avanza viento en popa la construcción del Colón y ha ganado la licitación para hacer el Congreso. Además, el marido de Luigia ha muerto en Turín y la pareja por fin puede casarse en Buenos Aires. Luigia se transforma en Luisa; Meano prefiere seguir siendo Vittorio. Se mudan de la calle Cerrito 680 (frente al Colón) a Rodríguez Peña 30, para que él esté cerca de su nuevo proyecto. La propiedad es
vivienda y estudio, quince personas trabajan en ella (además de un arquitecto, dos ingenieros, un fotógrafo y un proyectista, hay dos mucamas, cocinero, lavandera, cochero y mozos de cuadra para encargarse de la caballeriza). Nada se sabe de la intimidad de la pareja, pero Meano enfrenta más y más problemas en su trabajo. Se lo acusa de haber sido ilícitamente favorecido por el senador Carlos Pellegrini (piamontés como él y tan influyente por entonces en la política porteña que se lo bautiza El Muñeca).
Luego se le atribuye ligereza en el uso de fondos, que se le restringen en un 35 por ciento, obligándolo a devolver ese porcentaje en las sumas ya percibidas. La calle apoda la obra "el palacio de oro" por lo que va a terminar costando. Meano escribe a su hermano: "Se me trata de manera indigna, como un povero gringo, no sé cuánto podré resistir, temo perder la calma y la prudencia". Finalmente, el 1º de junio de 1904, Meano aparece de sorpresa en su casa a media mañana, encuentra en un dormitorio a un ex
empleado suyo (un italiano nacionalizado llamado Juan Passera) y después de oírse dos balazos, se ve aparecer a Meano en el patio, con el pecho ensangrentado y gritando: "¡Me han muerto!". La policía descubre, en el cuarto de pensión de Passera, cartas incriminatorias de la viuda. Passera es condenado a 17 años por el homicidio; Luisa es procesada por complicidad y encubrimiento, pero el juez la perdona a condición de que se vuelva a Italia.
Lisandro de la Torre intenta demostrar sin éxito que Meano fue eliminado para quitar todo obstáculo a los negociados en el Palacio de Oro. En Italia se lamentará que "otro hijo de la patria obligado a emigrar a tierras salvajes alcance un desenlace violento" (no se mencionará que tanto el asesino como la viuda cómplice eran también italianos). La prensa amarilla porteña juguetea con la teoría de "los arquitectos malditos": Meano se habría hecho matar por el amante de su mujer, siguiendo los pasos suicidas de Julián García Núñez (constructor del Hospital Español y de las Tiendas San Miguel) y Arturo Prins (hacedor de la fallida Facultad de Derecho, hoy de Ingeniería, de la avenida Las Heras). En 1907 y en 1914 habrá dos comisiones investigadoras (Alfredo Palacios, Jorge Newbery y Lisandro de la Torre participarán en ellas), pero nunca se logrará descubrir nada, ni de los negociados ni de la muerte de Meano. Su hermano Cesare aceptará que sea enterrado en el panteón de las familias Botto y Solari en la Recoleta. Se llevará, en cambio, los doscientos mil pesos que tenía en el banco Vittorio
Meano, y así es como desaparece su rastro de la historia de nuestro país. No me parece casualidad que casi todos los argentinos ignoremos hoy quién hizo el Congreso.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-122544-2009-04-03.html







"Memoria de un café, de una noche,
de un viejo, de una muchacha"*



*Marco Denevi



En el ángulo que forman la avenida General Paz y las vías del ferrocarril Urquiza hay un gran espacio abierto con todo el aire de una zona fronteriza.
De frente a ese confín está el café. Ocupa de punta a punta una larga ochava cortada en chaflán y desde allí parece dar la bienvenida a los que entran en la ciudad viniendo de la provincia, parece despedir a los que abandonan Buenos Aires.
La fachada pudo imaginarla don Antonio Gaudí, con esas chorreaduras de cemento pintado de color ocre y esos firuletes de repostería. El salón es amplio, tenebroso y nada limpio. Todas las mañanas, bien temprano, el café se llena de obreros que bajan desde la avenida y que toman su desayuno a los apurones y en silencio, todavía medio dormidos. Después, durante el resto del día, los únicos parroquianos son viejos jubilados que beben fernet o grappa, juegan a los naipes y miran pasar la vida, los automóviles y los trenes. A la noche el café se despuebla y pronto el dueño apaga las luces y se va a dormir, salvo los sábados, cuando acuden parejitas que se hacen arrumacos hasta tarde.
Un sábado por la noche un hombre de cincuenta años cruza en automóvil por debajo de la avenida General Paz. Del otro lado le sale al paso el café con sus ventanas iluminadas. El hombre ha estado mucho tiempo fuera del país, pero ahora reconoce ese lugar, ese café. Detiene el automóvil, desciende y
va a espiar a través de los ventanales.
Los sábados por la noche el café se animaba y permanecía abierto hasta medianoche. Los parroquianos eran todos hombres, nunca una mujer, vecinos de ese barrio limítrofe que iban allí a conversar, a tomar café o alguna bebida barata y fuerte y a jugar al truco y al siete y medio por porotos. Si se estaba en los últimos días del mes y nadie había cobrado el sueldo o la quincena, aparecían algunos muchachos jóvenes. Don Frutos, el propietario, un vasco alegre que todavía usaba boina negra y una faja negra alrededor del vientre de matrona, se paseaba entre las mesitas para celebrar una buena jugada o para entrometer en las conversaciones alguna cuchufleta y una risa chillona.
Pero un sábado, cuando en el café no quedaba vacía más que una mesa ubicada junto a la pared del fondo, ocurrió lo que nunca. Serían, se supone, las once y media. Había llovido durante el día, pero ahora el cielo estaba sereno y la noche era una joya transparente. Hacía frío. Los hombres, entre ellos una docena de jóvenes y hasta un chiquilín de no más de dieciocho años, andaban con los pesos justos para pagarse un café. Pero igual en el salón había un ambiente cálido y amistoso. A la gente pobre le basta un poco de compañía y sentirse momentáneamente a cubierto de la maldición del trabajo para ser feliz. Aunque las cortinas de cuentas de madera estaban descorridas, los vidrios empañados por el frío de afuera y por el calor de adentro defendían aquella intimidad como de soldados reunidos en un refugio.
Nadie, que se sepa, lamentó andar sin plata. De vez en cuando el hombre gusta de esas treguas en las tensiones que nos imponen las mujeres. Y jugar, por más que sea para no ganar sino un montoncito de porotos o de granos de maíz, es siempre una felicidad. Hasta que de golpe les cayó encima otra
dicha, inesperada y novedosa.
Fue cuando entraron el viejo y la muchacha. El viejo delante como abriéndole paso a la otra, la muchacha detrás como obedeciéndolo, atravesaron el salón sin mirar a nadie, se dirigieron resueltamente hacia la mesa vacía ubicada junto a la pared del fondo y ahí se sentaron como con el apuro de esconder las nalgas o de que no les birlasen las sillas. Tanta seguridad para localizar el único sitio desocupado y tanta urgencia para ocuparlo hacía sospechar que habían estado espiando desde afuera, pero qué podían haber visto si los vidrios eran una neblina. Y después que se sentaron permanecieron tan quietos, mirándose uno con otro, como asustados por lo que habían hecho o por lo que ahora les iría a suceder. A todos les pareció que esa pareja venía escapando de algún peligro.
Hubo como una distracción en las conversaciones y en las partidas de naipes.
Al café no solía llegar gente extraña y menos de noche. Mujeres jamás, ni las del barrio. Y ahora estaban ahí ese viejo y esa muchacha venidos no se sabía de dónde y encima los dos tan llamativos. Las dimensiones del salón y la disposición de las mesas permitían estudiar a los recién llegados sin necesidad de ponerse de pie, ni siquiera de erguirse en la silla o de buscar un hueco entre las cabezas de los demás. A lo sumo alguien debía torcer el cuello y mirar hacia atrás o hacia un costado, pero no por curiosidad sino por admiración, de modo que si el viejo y la muchacha advertían esa maniobra no lo tomarían a mal. Sólo que ninguno de los dos pareció darse cuenta: seguían mirándose el uno al otro, ahora como para repasar instrucciones o para ponerse de acuerdo en algún plan.
Tenían un aire ficticio, extravagante y dramático que los relacionaba con el teatro. No se podía dudar de que eran artistas, aunque todavía no se supiese a qué género se dedicaban. El viejo, cuya corta estatura ya habían apreciado cuando entró, ahora mantenía las piernas colgadas en el aire y cruzadas a la altura de los tobillos, los codos clavados en la mesa y las manos juntas, palma con palma, bajo el mentón, como un niño que reza. En cambio la muchacha, que al caminar había andado con el pelo rubio por el techo, ahora arqueaba la espalda y hundía la cabeza entre los hombros, todavía más levantados a causa del zorro que los cubría. De manera que, sea porque el viejo adolecía de una terrible desproporción entre el largo de las piernas y el largo del cuerpo, sea porque la muchacha se encorvaba como una gibosa, la estatura de ambos se había equilibrado. Y los dos seguían inmóviles, dragándose el uno al otro los ojos como si se recordaran mutuamente alguna pasada o futura desgracia. Acaso lo único que hacían era darse ánimo. Pero en tanto el viejo permanecía erguido y al parecer resuelto a tomar una
determinación, la muchacha, con los pies juntos, las manos bajo la mesa y el espinazo arqueado, tenía un semblante de fatiga, de resignación y de sometimiento.
Don Frutos se acercó y mientras frotaba la mesa con un repasador les preguntó qué iban a servirse.
-Dos vasos de nebiolo -dijo el viejo sin desarmar la postura de monaguillo en oración ni apartar la vista de la muchacha, como si hablase para ella.
Don Frutos simuló consultar desde lejos las estanterías: no, no le quedaba ninguna botella de nebiolo.
-Entonces dos vasos de espumante -prosiguió el viejo. Tenía una voz melodiosa, acento italiano, inflexiones estudiadas y artificiales. No hablaba: recitaba, y ese énfasis era el producto de largos ensayos.
Don Frutos se rascó la nuca y repitió la comedia de mirar las estanterías: tampoco le quedaba ninguna botella de espumante.
-Bien -dijo el viejo en un tono de poner punto final a una discusión estúpida-. Entonces dos anises.
El vasco fue hacia el mostrador y en seguida volvió con dos copitas y la botella de anís, algo nunca visto. Quizás así quería borrar la mala impresión de sus fracasos con el nebiolo y con el espumante. Y después que sirvió las dos copitas dejó la botella sobre la mesa, no para tentar a los forasteros sino, más bien, para que se convidasen a sí mismos con una ración extra. Luego fue a ubicarse detrás del mostrador y desde allí vigiló a los dos desconocidos con una cara contrita pero atenta: parecía esperar órdenes.
Contra su costumbre, parecía atemorizado.
Los clientes del café no se habían perdido un solo detalle de aquella escena, seguramente el prólogo de lo que vendría después. Entonces, para que la función continuase, se comportaron como hay que comportarse en casos así.
Quiero decir que adoptaron, todos, una expresión franca y amable, conversaban entre ellos pero sin ganas de conversar, aunque seguían jugando ya no tenían ningún interés en el juego, cada tanto les lanzaban a los artistas una ojeada solícita y mostraban, todos, esa actitud ligeramente forzada de quien simula dedicarse a una cosa mientras está ofreciéndose a hacer otra cosa: apenas se lo pidan, la hará. Querían que el viejo y la muchacha comprendiesen que ellos eran personas decentes y pacíficas,
dispuestas a entablar un diálogo con cualquier desconocido y a recibir sus confidencias.
Por ejemplo Serapio Gómez, de veintidós años, interrumpía el juego para escrutar a la muchacha como consultándola sobre qué naipe debía poner sobre la mesa, y nadie se animaba a intervenir en esa larga consulta. Por ejemplo Enedino Acosta, también joven, a cada rato hacía girar la cabeza con chambergo y todo y así parecía parar la oreja por si la muchacha o el viejo lo llamaban. Hubo quien ya tenía lista la sonrisa con que le respondería a la muchacha en cuanto ella lo mirase, y era una sonrisa de los más humilde y respetuosa. Y hasta el chiquilín de dieciocho años mientras radiografiaba a los forasteros, se había sentado en el borde de la silla, el cuerpo un poco echado hacia adelante y las piernas flexionadas para atrás como preparado a ponerse de pie y a acudir al primer ademán que la muchacha o el viejo le
dirigiesen.
Pero no importa ahora lo que haya ocurrido en esas mesas, donde por lo demás no ocurrió nada digno de mención. Ahora hay que fijarse en los dos artistas.
El viejo tenía una gran cabezota ovoide sobre la que reposaba a duras penas un sombrero color azafrán con la cinta verde y una plumita amarilla. Vestía una capa azul con alamares, pantalones sin botamangas, de una tela brillosa y muy anchos, y calzaba borceguíes marrones de recluta. Bebía el anís a pequeños sorbos y después de cada sorbo se pasaba el nudillo del índice por los labios y carraspeaba con vigor. Ya no miraba a su compañera. Ahora había empezado a examinar las paredes, donde varias horribles acuarelas parecieron intrigarlo. A los concurrentes no los miró para nada. Pero ellos igual le apreciaron los ojos sin color, de un vidrio sucio y empañado, esa cara fabricada con algún material sonrosado y esponjoso, todavía tibio, acaso parecido al caucho, esas orejas descomunales, las patillas de Facundo pero canosas. ¿Cómo no pensar que un hombre así sea un artista de teatro o de circo, quizás un domador de fieras, un famoso clown?
La muchacha ahora escrutaba la copita de anís que tenía delante, pero no la tocó. Era una mujer hermosa. Llevaba un vestido solferino, complicado y tornasolado, y por todo abrigo el zorro negro que a ella la volvía más blanca y más rubia. También sus facciones eran como las del viejo, artificiales, conseguidas gracias a algún procedimiento, colocadas deliberadamente una por una, sólo que el resultado era otro: la muchacha tenía una cara exótica y artística que tal vez podía deshacerse al menor golpe, una cara delicada e irreal que provocaba una especie de alucinación, la idea de que uno estaba mirándola en sueños o imaginándola. Pero además añadía, a su misterio de criatura absolutamente teatral y no ya circense sino de algún teatro ilusionista, otros arcanos que la ubicaban fuera de la realidad: el ominoso repulgo de barro en las suelas de sus zapatos de charol, el dedal del mismo barro que enfundaba los tacos altísimos e inverosímiles de bailarina de tango. ¿Es que se había venido caminando desde el lado de la provincia, había cruzado las falsas lomas de la avenida General Paz, hechas un barrizal a causa de la lluvia reciente? También había barro en los borceguíes del viejo. ¿Cómo se comprende que dos artistas,
todavía vestidos con al ropa que usan en el escenario, vaguen de noche por suburbios apartados y se metan en un café de mala muerte a tomar anís?
Los jóvenes fantasearon como se dice que deliran quienes han dormido a la luz de la luna. Después dirían qué se habían imaginado: Serapio Gómez, que la muchacha primero había sido seducida y después raptada por el viejo crápula. Enedino Acosta, que ella acababa de matar a un hombre que ahora huía en yunta con su anciano padre. El chiquilín se inventó la historia de que la muchacha era una actriz célebre a la que le habían robado el automóvil, el equipaje y el dinero, lo mismo que a su partenaire, ese viejo
que seguro se dedicaba a hacer las presentaciones. Otros los supusieron cantante y pianista, los dos engañados y estafados por algún empresario malandra. Y hasta hubo quien los conjeturó a ella puta y a él macró, probablemente manflor. Sólo los viejos no imaginaron nada: el espectáculo era demasiado enigmático para sus años, de modo que se conformaban con presenciarlo.
Hay que esperar a que transcurra un cuarto de hora. Durante ese cuarto de hora nadie se movió de su sitio, salvo para ir al retrete. El viejo se sirvió de la botella otras dos copitas de anís. La muchacha no había bebido una gota. Pero por ahí el viejo la sermoneó en voz baja y ella hizo asomar una mano larga y fina, resplandeciente de anillos y de uñas esmaltadas de rojo fuego, asió su copita y se la llevó a los labios. Por encima de la copita miraba al viejo con ojos de sonámbula. Tomó una pizca de licor, en seguida otra y luego, de golpe, todo el anís. Después se quitó el zorro de los hombros, lo hizo deslizar a lo largo del cuerpo hasta que le rodeó las caderas. Después se enderezó, se echó hacia atrás y apoyó la espalda en el respaldo de la silla. Le sobresalieron unos pechos nacarados. Se había vuelto muy alta e imponente, y miraba al viejo como desde arriba de un balcón, lo miraba ahora con unos ojos húmedos y maternales. Tenía un hermoso pescuezo, estrangulado por un collar de muchas vueltas que parecía un
rosario.
Entonces el viejo, repentinamente entusiasta, se quitó también él el exceso de ropa, esa capa azul que con movimientos cuidadosos colgó del respaldo de la silla. Le vieron una blusa de la misma tela del pantalón, con el cuello volcado y un moño de lazo en la pechera, que le dejaba al descubierto un
cogote rojizo y fláccido como el buche de un pavo. Dicen que el anís es dormilón. Al viejo le produjo los efectos contrarios. De golpe parecía alegre y despierto y sin saber qué hacer con un sobrante de energías. Hacía tamborilear los diez dedos sobre la mesa y se sonreía satisfecho como un hombre que ha cerrado un buen negocio. El repique de dedos no le bastó: inclinando los pies hacia abajo hasta rozar el piso de baldosas, inició una especie de zapateo con la punta de los botines. Al chiquilín se le antojó
que el viejo tocaba con las manos el teclado de un órgano y que con los pies apretaba los pedales.
Hasta que al fin se acordó de mirar a la concurrencia. Volviéndose medio de costado escrutó uno por uno a todos esos espectadores, que dejaron de jugar y de conversar y le respondieron con una especie de atención intrigada y casi miedosa. Primero el viejo lo estudió con el ceño fruncido y una facha
altanera. Después la gran máscara de goma sonrosada se le estiró hacia los bordes y entonces vieron que se sonreía y levantaba las cejas, satisfecho del examen. Y después, brincando sobre la silla, se puso a buscar afanosamente en los bolsillos de la capa. Los espectadores entendieron que por fin la función comenzaba, que lo que el viejo buscaba era algo que les tenía reservado, una cosa que había traído para que ellos la admirasen. Pero por un momento nadie supo qué extraía de uno de los bolsillos. Parecía una
cajita, un pequeño estuche. Pensaron en el estuche de una alhaja, en un cofrecito donde guardaría algún objeto de valor. Pero cuando el viejo se enderezó y sacudió en el aire la cajita y se la llevó a la boca, supieron que era una armónica, diminuta como una jaula de grillos.
Fue así como empezó el espectáculo que después ninguno olvidaría. Empezó con un solo de armónica a cargo del viejo. Según quedó demostrado en seguida, el viejo era un maestro de la armónica, una especie de fenómeno de esos que se ven de tanto en tanto y que requieren un viaje al centro de la ciudad y el
pago de una entrada. Pero ese fenómeno aceptaba actuar en el café de don Frutos y encima gratis. Nada más que contemplarlo en plena ejecución ponía la piel de gallina. Sentado como estaba, hacía bascular el cuerpo, balanceaba las piernecitas, agitaba los brazos flexionados en el codo, meneaba los hombros y daba terribles cabezazos, y sin embargo el sombrero, milagrosamente sostenido sobre la punta del cráneo, no se le cayó, ni siquiera se le ladeó, quizá gracias a algún truco.
A ratos reforzaba el ritmo de la música con una violenta percusión de los codos sobre la mesa o con un redoble marcial de los borceguíes en las baldosas del piso. Y mientras tanto de la armónica surgían trinos de pájaros, volutas y espirales que se desplegaban en el aire como fuegos de artificio, o bruscas ráfagas enloquecidas que borraban de golpe el dibujo de las espirales para dar paso a acordes ásperos como gruñidos de fieras salvajes y después de una sola notita aguda como una gota de rocío que pende
de lo alto de una rama. ¿Cómo es posible que dentro de una cosa tan pequeña se alojen tantos sonidos? Los hombres respiraban lenta y acompasadamente como si durmieran. Tenían la vista, clavada en el viejo, abstracta y dilatada de quienes han ingerido belladona. Ya ni siquiera fumaban: los cigarrillos se consumían por sí solos en el borde de los ceniceros de lata.
Y cuando el viejo tocaba el tambor con los codos y la batería con los botines, más de uno hubiese querido desahogar la admiración soltando una carcajada o una palabrota, pero había que permanecer inmóvil y callado, por lo que casi estaban deseando que el viejo terminara cuanto antes.
Pero el viejo no terminaba nunca. Entre tanto la muchacha asistía al concierto de su compañero de mesa, no como un espectador que mira absorto al intérprete mientras con el alma en vilo escucha la música, sino como alguien que espera una señal para entonces intervenir también. De modo que, lo mismo que si aguardase entre bastidores ya a punto de salir al escenario, se arreglaba el pelo, se pasaba la lengua por los labios muy pintados, se ajustaba las sortijas. Su expresión era reconcentrada y pensativa, como si memorizase el texto que en seguida recitaría. Todo esto lo vio el chiquilín: el viejo lo fascinaba, pero más lo fascinaba la muchacha.
Hasta que el virtuoso de la armónica se tragó la cajita. Sí, la cajita le desapareció entre los labios sin dejar de sonar, ahora con una especie de parloteo de loro borracho. Él, con ambas manos, parecía tratar de arrancársela de entre los dientes, de quitarse del interior de la boca aquel animalito vivo que le mordía las encías y le devoraba la lengua. Cuando por fin consiguió pescar la armónica y con el brazo en alto la mostró a la concurrencia (pero, modestamente, no miró a nadie, miró sólo a la muchacha como pidiéndole su aprobación), todos aplaudieron furiosamente, siguieron aplaudiendo durante varios minutos. El viejo no agradeció.
Y de golpe los aplausos se interrumpieron. El viejo se había servido una última copita de anís, la había bebido de un solo sorbo, había soltado una bocanada de aire para aliviarse el ardor y ahora, dando un saltito, caminaba hacia el mostrador, pidió un vaso de agua que don Frutos le sirvió a toda prisa como para reparar un olvido, y lo bebió golosamente. Después enfrentó a ese público que ya esperaba una nueva prueba de magia. Tenía el caucho sudado y fofo. Las patillas de Facundo, humedecidas, se le pegoteaban en las sienes. Debajo de las axilas la tela de la blusa se había oscurecido.
De pie, con sus piernecitas, la cabezota y esa vestimenta estrafalaria que combinaba sedas y lazos femeninos, borceguíes militares y el sombrero de alpinista, el viejo era una de esas figuras que si uno las ve fotografiadas se ríe de lo lindo. Pero ahí, en el café, los hombres lo miraban con una especie de preocupación, como en el circo a los enanos y a los contorsionistas. Ridículo y al mismo tiempo admirable, el viejo invitaba simultáneamente al aplauso y a la burla, y el resultado era un vago malestar.
Vieron que por un rato se dedicaba a revisar la armónica como a un instrumento complicadísimo que necesita ser afinado, ajustado y vigilado después de cada interpretación. Quizá todo fuese una excusa para descansar, o quizá la armónica ocultaba algún mecanismo secreto y por eso sonaba como sonaba. Cuando por fin se la llevó a los labios, lo hizo esta vez con la unción de una beata que besa una medalla bendita. Un hilo de música empezó a surgir del minúsculo acordeón, se elevó en el aire como una lenta serpentina y fue diseñando una curva graciosa sobre las cabezas de los espectadores.
Hasta que todos los ojos abandonaron al viejo y corrieron en busca de la muchacha.
La muchacha había comenzado a cantar. Si después juraron que esperaban que cantase y que el giro del espectáculo no los tomó de sorpresa, uno puede creerles y no creerles, pero no hay que dudar de que en ese momento sintieron una emoción muy diferente de la que les había provocado el malabarismo musical del viejo. La muchacha cantaba sin hacer ademanes, la espalda incrustada en el respaldo de la silla y el busto sobresalido con esos pechos que le hervían en el escote. Se miraba la punta de la nariz y sus dedos largos y cargados de anillos jugueteaban con la copita vacía. La voz era un poco ronca, pero dulce y, si esto puede entenderse, bondadosa. En esa voz dulce y bondadosa la ronquera vibraba como un rastro de llanto, tenía el timbre de la congoja. Sólo que la muchacha usaba un idioma extrañísimo y salvaje, un italiano pasado por el desvarío del dolor y vuelto irreconocible.
A veces una sola vocal se arrastraba largo rato hasta ocupar todo el sitio de una frase, de la que conservaba las modulaciones. O varias consonantes se fundían en una sola. O de golpe la muchacha pronunciaba dos vocales al mismo tiempo, más bien una vocal intermedia entre la i y la u y en ese intersticio se le quedaba atrapada la voz hasta que conseguía zafarse y seguir adelante.
Pero la melodía era tan bella, era tan triste y también tan apasionada, llegaba tan resueltamente al entendimiento del corazón que no se precisaba más para saber que la muchacha narraba una historia de amores contrariados.
Y casi resultaba preferible que la cantase en aquel bárbaro idioma, porque así sólo se impregnaba del poder alucinatorio en el que siempre está embebida la música y que a menudo las palabras echan a perder.
Los hombres estaban inmóviles y callados, pero como está inmóvil y callado ese adolescente que una noche de primavera se aparta de sus amigos y va a sentarse en el banco de una plaza y permanece ahí horas enteras, solitario y como mortificado, y es porque ha sentido la nostalgia del mundo. Los
jóvenes, en el café, seguían agrupados alrededor de las mesas, vueltos todos hacia la muchacha, pero se habían recogido dentro de su propia intimidad y desde ahí oían el canto y padecían la añoranza del mundo. No experimentaban admiración por el arte vocal de la mujer. Tampoco tuvieron un pensamiento
que se relacionara con el sexo. Se replegaron dentro de sí mismos y en esa soledad cada uno saboreó por separado el mismo tierno sufrimiento, una melancolía intensa y difusa, la nostalgia de un mundo vasto y remoto que tal vez nunca conocerían y que sin embargo los esperaba con los amores trágicos y las aventuras dramáticas que narraba la muchacha, venida desde aquella lejanía para cantar su canción y después, probablemente, desaparecer dejándoles su recuerdo como una herida.
También los hombres maduros, también los viejos sintieron aquella punzada.
Era gente sencilla y humilde a la que nunca le había ocurrido nada extraordinario. Pero quién es el hombre que no oculta, en el secreto de su corazón, un recuerdo que se mantiene allí sepulto durante años y años hasta que un día, porque se escucha una música, porque se huele un perfume o se paladea un sabor, aquel recuerdo despierta como una hemorragia y no es el recuerdo de ninguna cosa en particular, de un rostro, de un patio, o de un amor, de un dolor, de una fiesta, sino sólo el recuerdo de uno mismo cuando
era joven y era bueno y nadie había muerto todavía y la vida prometía esas aventuras que ahora la muchacha cantaba para ellos, para lo que ellos habían sido treinta o cuarenta años atrás.
Es probable que la muchacha haya cantado más de una canción, salvo que cantase una sola pero larguísima, con variaciones, también con intervalos a cargo de la armónica. Poco a poco fue abandonando su actitud hierática, pasó a los ademanes de desesperación y a los gestos de dolor. Extendía un brazo
hacia adelante para apostrofar a algún ingrato, o cerraba el puño y se golpeaba el seno donde el tumulto del corazón la amenazaba con volarle los pechos nacarados. Gemía, imploraba, lanzaba acusaciones y reproches. A ratos parecía hablar para sí misma, en un soliloquio de pobre mujer que perdió la
razón y balbucea disparates. La historia que contaba no consistía en dos o tres cuitas quejumbrosas, sino que era todo un repertorio de desdichas. Y si bien nadie entendía una palabra, se podía seguir la procesión de los sentimientos a través de la melodía y de la mímica. Ahora la muchacha cerraba los ojos, se sonreía en una especie de éxtasis, evocaba algún hermoso recuerdo, alguna pasada y perdida felicidad, y a continuación volvía al acerbo presente, sacudía el pelo, se tomaba un mechón con la mano
crispada, quería clavarse las uñas filosas en la mejilla arrebatada de colorete.
¿Todo aquello era pura ficción, arte puro? No, la muchacha narraba su propia historia. Por eso había entrado en el café con aquella máscara apática y doliente. Pero ahora, llevada por la música, desahogaba su fogoso temperamento y se transformaba en esa criatura toda trémula de pasión. Entre tanto el viejo seguía extrayendo de la armónica la cinta sonora que se modificaba continuamente y que, cosa curiosa, no se plegaba a los altibajos del canto sino que permanecía todo el tiempo impávida y serena, acaso para
no echar más leña al fuego o para reconfortar a la mártir, para ofrecerle un consuelo que ella de todos modos rechazaba. El viejo ni siquiera repetía las terribles contorsiones de solista. Ahora miraba humildemente el piso y sólo se permitía el discreto aleteo de antebrazos y el acompasado chupamiento de hombros sin los cuales es imposible dominar una armónica. No querría que sus habilidades de virtuoso eclipsaran a la muchacha. Pero los borceguíes, abiertos en ángulo recto y con los talones juntos, le daban un aire marcial, y como además tenía el sombrero puesto, conservaba su papel de impecable director del espectáculo.
Hasta que, cuando ya era la una de la madrugada, la función terminó. Con un sollozo gutural la muchacha dejó de cantar. El viejo hizo subir la serpentina de la música hasta una notita muy aguda y en seguida la cortó como con una tijera. Por unos segundos nadie aplaudió. Desde hacía un rato don Frutos no estaba solo detrás del mostrador: lo acompañaba su mujer.
Atraída por la música de la armónica y después por el canto, se había levantado de la cama y había venido a ver qué sucedía. Acodados sobre el mostrador como sobre un reclinatorio, ambos escucharon la infinita canción de la muchacha, cariacontecidos lo mismo que si recibiesen una larga confidencia dolorosa. Pero cuando la muchacha se calló y el viejo se quitó de los labios la armónica, los dos se incorporaron en el reclinatorio, por las dudas esperaron unos segundos y después, sin deshacer el semblante apesadumbrado, los aplaudieron con energía como para demostrarles su solidaridad en la desgracia, un poco de compasión, el deseo de levantarles el ánimo. Después miraron a los clientes para exhortarlos a hacer otro tanto. Los hombres aplaudieron tibiamente, no porque no les hubiese gustado
el número de la muchacha ni porque aplaudir a una mujer fuese una mariconería, sino porque un aplauso, después de lo que habían sentido en el secreto de sus almas, era una irreverencia.
La muchacha se desentendió de lo que pasaba a su alrededor. Retomando la postura resignada o indiferente del comienzo, otra vez arqueó el espinazo, otra vez se dedicó a mirar la copita vacía como si tratase de adivinar qué era. Luego, con un suspiro fatigado, se colocó el zorro sobre los hombros y
pareció lista para partir. En cambio el viejo doblaba reverencias a derecha e izquierda y cuando los aplausos cesaron se arrancó el sombrero de un manotazo, descubriendo la última de sus ridiculeces: fuera de las patillas no tenía un pelo más en ese cráneo lustroso. Con el sombrero en una mano y la armónica en la otra mano empezó a caminar entre las mesas. Mantenía los ojos bajos y una expresión engreída y al mismo tiempo risueña, como si eso que ahora hacía fuese el pago de una prenda que le habían impuesto con trampas y a la que él se sometía por pura educación. Cada vez que una moneda
o un billete caía dentro del sombrero, canturreaba un ¡gracias! enfático, un poco irónico o desafiante con el que parecía poner en claro que recibir ese dinero formaba parte de la jugarreta.
Después que recorrió todo el salón pasó delante del mostrador sin detenerse (tampoco don Frutos o la mujer hicieron algún ademán para atajarlo, malhumorados los dos porque ahí se iba el dinero de los cafés), fue a sentarse en su silla, apartó la botella de anís y las copitas, volcó el contenido del sombrero sobre la mesa, contó los billetes y las monedas con la prestidigitación experta de un cajero de Banco, los guardó en un profundo bolsillo del pantalón, se encasquetó el sombrerito, descolgó del respaldo de
la silla la capa azul, se la colocó con movimientos teatrales y prolijos y dando un salto se puso de pie.
Volviéndose hacia don Frutos preguntó:
-¿Permite?
Y sin esperar contestación se apoderó de la botella y caminó hacia la salida con la botella entre las manos como un sacerdote que portase el viático. La muchacha ya se había levantado y lo seguía dócilmente. No miraron a nadie.
No saludaron a nadie. Unos segundos después habían desaparecido y de aquel espectáculo sólo quedaba, al pie del mostrador y debajo de la mesa arrinconada contra la pared del fondo, un poco de barro, como un montoncito de excrementos.
El hombre que espía desde la vereda ve que en el salón hay tres parejitas amarteladas, un soldado dormido. Detrás del mostrador un viejo mira el aparato de televisión ubicado a cierta altura contra la pared del fondo. El hombre que espía se aparta por fin del ventanal, se dirige hacia su automóvil. En ese momento lo distrae el paso de un tren japonés, amarillo y naranja, que corre con todas sus luces encendidas. Entonces el hombre recuerda que durante el espectáculo que ofrecieron el viejo y la muchacha él había estado tan abstraído que ni una sola vez oyó el otro bochinche, el que treinta y dos años atrás hacían los tranvías Lacroze cuando traqueteaban por esos mismos rieles.



*Marco Denevi (1922-1998) tuvo dos atributos: ingenio y humor. Nacido en Buenos Aires, estudió la carrera de Derecho, pero nunca ejerció la abogacía.
Su descripción de los ambientes de su ciudad son notables y tienen ,como máximo exponente, a su novela Rosaura a las diez (1955), adaptada al cine en 1957 por el director Mario Soffici. Otras obras suyas son: Falsificaciones (1965) y Un pequeño café (1968).
Denevi escribió también numerosos cuentos, uno de ellos trascendental, "Ceremonia secreta" (1960), adaptado también al cine en 1968 por el director estadounidense Joseph Losey e interpretado por Robert Mitchum, Elizabeth Taylor y Mia Farrow. Denevi ha sido, además, dramaturgo, con piezas como Los expedientes (1957) y El cuarto de la noche (1962), guionista de cine y televisión, y colaborador del periódico La Nación con artículos sobre la actualidad argentina.


*Fuente: http://www.abanico.org.ar/2005/08/denevi.memoria.htm






Ser Alfonsín*



*Martín Caparrós
03.04.2009



Debe haber sido duro ser Alfonsín. Debe ser duro haber sido Alfonsín. Debe ser duro, sobre todo, morirse. Y debe serlo haber agonizado. Raúl Ricardo Alfonsín, presidente que fue de la Argentina y de los argentinos, ya pasó por esa situación que nadie puede siquiera imaginar hasta que no precisa
imaginarla: un hombre que sabe que se muere y que pelea, si acaso, por seguir siendo un hombre un rato más, unas horas, un día -sabiendo que no hay triunfo que no lo lleve a la derrota. Solemos creer que en esas situaciones un hombre revisa su vida; es probable que no pueda hacerlo, ocupado como está en respirar y esquivar el dolor y ver últimas luces, pero cómo saberlo: quizás Alfonsín haya podido hacer memoria. Si fue así, habrá atravesado esa perplejidad que todos, alguna vez, recorreremos -la de un hombre que sabe que, aunque no lo haya hecho tan mal, no le sirve de nada porque está por dejarlo-, y esa otra reservada para pocos: la de un hombre que sabe que hizo mucho más que lo que suele hacer un hombre pero podría haber hecho tanto más. Debe ser raro saber que uno llegó adonde nadie y que, una vez allí, no pudo dar los pasos decisivos; debe ser raro, tan cerca de la muerte, recordarlo.
Raúl Ricardo Alfonsín se murió y lo enterraron y lo cubrieron de loas y de incienso y él, supongo, sabía: por suerte, para salvarnos de nosotros mismos, siempre está la memoria de los otros. Que ha sido, en estos días -como suele-, débil, fantasiosa; quizá cuando las nubes se vayan deshaciendo podamos hablar un poco más en serio. Por ahora todo son ditirambos, alabanzas. Me aburrí, en estos días, de escuchar "el padre de la democracia" -y no podía dejar de preguntarme quién sería su madre, o si tendría una abuela. ¿Por qué tanta cháchara sobre paternidades? ¿Tanto necesitamos creer que hay grandes hombres -jefes, caudillos, sacerdotes, padres- que conducen la realidad y nos conducen? ¿Tanto necesitamos reproducir este sistema de próceres heroicos, que aún en este caso inverosímil debemos convertir al muerto en otra figurita de manual? Así se arman las historias para convencernos de que nuestras vidas no dependen de lo que podamos conseguir sino de la intervención de un Gran Padre bueno o malo, que las encarrile o descarrile, que las ordene o desbarate. Es un modo de ver el mundo, el que más les conviene a los que quieren ser padres o tíos, tutores o encargados: a los que tienen algún tipo de poder y quieren mantenerlo, propagarlo.
Es una forma de escribir la historia. El culto del nuevo Padre parece ocultar, por ejemplo, la obviedad de que la vuelta de la democracia en el 83 fue el producto de muchos factores: que los militares ya habían cumplido su trabajo, que se arruinaron con la estupidez de las Malvinas, que había cada
vez más que los peleaban, cada vez menos miedo. Y que por eso tuvieron que convocar a elecciones y que, recién entonces, un personaje como Alfonsín -un respetable político de la "izquierda radical", abogado de derechos humanos- entró en el escenario: cuando ya estaba decidida y decretada la vuelta de la
democracia, por aquellas razones y otras más -lo cual lo vuelve, si es necesario el parentesco, más un hijo que un padre.
Pero no hay caso: nos resulta más fácil, más tranquilizador pensar la historia y la política y nuestras vidas en términos de líderes que nos llevan y nos traen, grandes papás. Por eso, en estos días, se está
construyendo un Alfonsín de mármol y opereta, un secundario con diálogo en Aurora, un dibujo de simulcop a media página.
Gracias al honestismo imperante, el rasgo principal del personaje es su decencia: no robó, dicen, siguió en la misma casa, dicen, intentando de nuevo la Gran Illia: hacer de un rasgo menor pero infrecuente una categoría ontológica suficiente para levantar bustos y monumentos. Se entiende que lo hagan los políticos: alegar que existe al menos uno que era honesto supone que la corporación no está perdida, que podría haber más. Se entiende que los hagan muchos otros, honestistas convencidos: decirles a los políticos que hubo uno y lo quieren por eso es decirles por qué no los quieren -y dan risa tantos que lo usan como argumento contra K olvidando que fueron, en su momento, feroces contra Alfonso. Algunos le agregan un matiz de tragedia criolla: era un buen hombre al que no le fue tan bien porque los buenos, en
la Argentina, pierden. El típico pobre mi padre querido, qué buen tipo era el viejo: para los que siempre piden padres no hay mejor padre que el padre muerto, el que ya no va a ordenarte nada, el que se puede manejar como una marioneta grácil. La operación, estos días, parece funcionar, y así nos conseguimos alguien a quien respetar en un momento en que no tenemos a quien respetar, un símbolo común en una época en que no tenemos símbolos comunes; un prócer, que es lo contrario de un político.
Lo contrario: un prócer no tiene banderas, trabaja para el supuesto "bien común", para lo indiscutible. Alfonsín prócer padre de la democracia parece un bien de todos; recuerdo las peleas de Alfonsín con variados sectores -desde los militares hasta el peronismo, desde los sindicatos hasta los grandes empresarios, desde Reagan y el FMI hasta la Iglesia Católica y la Sociedad Rural- que muestran que sí tomaba partidos, que era beligerante y parcial, que hacía política. Y que había hecho ciertas elecciones -aunque no siempre pudiera sostenerlas.
Alfonsín -sabemos- fue presidente cuando nadie lo esperaba. Y lo fue de un modo extraordinario: no tanto por reemplazar a militares que -cumplido con creces su trabajo- pedían la escupidera, sino por vencer al peronismo en elecciones libres por primera vez. Con los militares y los peronistas en derrota, con millones entusiasmados por la nueva democracia, con una economía razonable, Alfonsín tuvo la mayor oportunidad de las últimas décadas para cambiar algo serio en la Argentina: para intentar otra cultura
política, para acabar con las corporaciones, para dar vuelta la tendencia socioeconómica que los militares habían implantado -y no lo hizo. Lo intentó, al principio, chocó contra poderes, y en algún momento decidió -o debió- resignarse. Es cierto que consiguió cosas: recuperó cierto tejido social, juzgó a las Juntas, legitimó el divorcio, y nos dejó para siempre una frase que resume todas nuestras frustraciones y que, algún día, va a convertirse en epitafio irónico: "Con la democracia se come, se cura, se educa". Es cierto que parecía buena persona; es otro asunto. Fue el último político en quien millones de argentinos creyeron de verdad; después hubo algunos que produjeron satisfaccción, alivio, sorpresa, simpatía, pero ya no esperanza. Fue la última vez que esperamos algo serio de un proyecto político, y su fracaso tuvo mucho que ver con la antipolítica y el pragmatismo noventistas. Su fracaso abrió el camino del menemismo y la culminación de la onda neoliberal que la dictadura había lanzado; su fracaso es más culpable porque podía haber sido un gran triunfo.
Debe haber sido duro ser, después de todo eso, Raúl Ricardo Alfonsín. Leía aquí mismo su discurso de cierre de campaña -y me preguntaba cómo habría hecho, en los años siguientes, en el gobierno y después del gobierno, para digerir el hecho de que tantas de sus ilusiones, tantas de sus promesas no se habían concretado. Debe haber sido duro ser Alfonsín, el nombre de la esperanza 1983, y pasarse estos veinte últimos años viendo cómo la Argentina caía, recaía. Debe haber sido duro, sobre todo, saber que pudo más que tantos y que, sin embargo, no supo poder lo que importaba.



*Fuente: Crítica Digital
http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=22265





Correo:




Susana: En Argentina ya tuvimos Pena de Muerte*


Querida Susana:

A vos y a todas las Susanas del país les quiero recordar que en Argentina ya tuvimos Pena de Muerte y estos son los resultados. Me atrevo a hacer un sucinto y, seguramente incompleto repaso.
A saber entre unitarios y federales se fusilaban, se degollaban y hasta colgaban las cabezas en lanzas, en la plaza del pueblo. Recordemos al cura Ladislao Gutierrez, cuyo delito fue enamorarse de Camila O´Gorman y que la propia Iglesia de entonces pidió un castigo ejemplificador.
La campaña civilizadora de Roca también tuvo de las suyas, y aplicó la pena capital a todo pueblo originario que molestara a sus aires de conquista, para luego repartir las tierras entre unos pocos amigos del poder de entonces.
También Sarmiento tuvo su momento de gloria cuando expresó que no había que ahorrar sangre de gaucho para luchar contra la barbarie, y así se hizo.
Ya en el siglo XX las empresas inglesas usaron sus influencias con los políticos y militares de entonces para sacarse de encima a anarquistas insensibles que pretendían condiciones dignas de trabajo, La Forestal, en Villa Guillermina; la Patagonia Trágica e incluso la represión en Ingeniero White son apenas algunos ejemplos de fusilamientos sumarísimos.
Más tarde, en el 55 la llamada revolución libertadora de Isaac Rojas, se ganó el apelativo de fusiladora, por tantos episodios como los de José León Suárez y los bombardeos en la plaza.
En los 70 tuvimos la masacre de Trelew, la triple A y también, por qué no decirlo- a algunos grupos que se atribuyeron la justicia del pueblo y aplicaron la pena capital.
Luego, en el 76, tuvimos un plan mucho más sistematizado que se encargo de torturar y matar, a una gran parte de la juventud y fue más allá, se apropió de sus hijos y los puso al "cuidado de gente bien" para reconvertirlos.
Después tuvimos las Malvinas y otra vez aleccionamos a nuestros jóvenes descarriados, enseñándoles que eran carne de cañón del poder de turno.
Más tarde, vino el caso del soldado Carrasco, al que también se le aplicó la pena de muerte, como a tantos otros que no fueron tan conocidos durante el Servicio Militar.
Mucho más cerca aún, nos podemos acordar del gatillo fácil, de la maldita policía, etc.
La historia de nuestra Nación está regada de sangre y la mayoría de ella es la de los más débiles.
El problema, Susana, es que nada te asegura (más bien, casi todo te asegura lo contrario) que si aplicáramos la pena de muerte, los ejecutados no serían los más vulnerables, los que no pueden pagar un abogado de renombre y espacios en los medios; los cabecitas negras, los inmigrantes latinos, los
militantes de los derechos humanos "y todas esas pavadas"
Me extraña Susana que hayas descubierto la inseguridad cuando matan a alguien cercano a vos; mientras tanto ¿No leías los diarios?. Suena como la señora que descubre el acoso sexual cuando
le tocan el culo pero -hasta entonces- decía de la sirvienta acosada: "También esa se la busca, ¡con los escotes que usa!". Y me extraña porque si bien hoy por hoy sos una señora pacata, vos no naciste en cuna de oro.
Tuviste que laburar mucho para estar donde estás. Sé que no naciste en una villa pero tampoco fuiste de la realeza.
¿Qué hubiera pasado si en lugar de un cenicero hubieras arrojado un cuchillo?, ¿También te cabría la pena de muerte?
Te repito, los verdaderos delincuentes no son los que matan por 10 pesos para el paco, a esos también hay que apresarlos y someterlos a juicio. Pero hay otros delincuentes, los pesados, los de verdad; los que venden el paco, los que venden los revólveres, los se roban la plata para la educación, para la salud, para las viviendas y que no son necesariamente los políticos. Son empresarios, son gente de negocios.
Les da lo mismo vender armas, que encuestas truchas para que sus amigos ganen elecciones; les da lo mismo desinformar, que vender paco si las ganancias son buenas.
Lo que necesitamos, Susana, no es pena de muerte porque ya la tuvimos. No necesitamos estado de sitio porque ya lo tenemos: qué son sino los cortes de ruta donde alguien que no es el Estado, te dice si podés pasar o no, te revisa la mercadería y dictamina sobre tus derechos. Lo que nunca tuvimos es un país de oportunidades iguales para todos. Lo que necesitamos es terminar con una justicia para unos y una
justicia para otros.
Y esto vale no sólo en un sentido legal, también vale para vos y todos tus colegas comunicadores. Porque si los de la Villa 31 son piqueteros cuando cortan puente Pueyrredón y los chicos de la sociedad rural son asambleístas cuando cortan las rutas argentinas. O si los sindicalistas que aprietan a un compañero, para que no vaya a trabajar en un paro son salvajes, pero los hacendados que aprietan a sus colegas para que no manden granos al puerto son gente indignada; entonces, no estamos midiendo a todos con la misma
vara.
Si hasta en algún momento tuvimos una justicia para los militares y una justicia para los civiles.
Necesitamos un país con futuro Si no hay nada que perder, tampoco perder la libertad preocupa mucho. Si la impunidad fue un ejemplo en nuestra historia porque le vamos a exigir a nuestro pueblo que sea justo.
Si te querés vengar, andá y matá a los tipos vos misma y hacete cargo de las consecuencias, pero no nos pidas a nosotros, sociedad, que matemos por vos. Quizá hay cierta clase de personas que está demasiado acostumbrada a que el Estado haga el trabajo sucio por ellos.
Ya supimos lo que es un país ordenado y tranquilo como un cementerio, casi como un gran country. En el cual, no es que no había robos, sino que no se publicaban. Donde no es que no había homicidios sino que decíamos: "en algo andaría". Donde no es que no había manifestaciones, protestas, pintadas en las paredes y bullicio, sino que estaba prohibida cualquier tipo de opinión que no avalara al proceso
genocida.
Por último Susana, una preguntita: si hubiera pena de muerte; ¿también se aplicaría a los que compran autos caros con la ley de discapacidad sin serlo; a los que lucran con la fundación "Felices los niños" y a los que venden ilusiones falsas de salir de la miseria?.
Chau Susana.


*de Sergio Velovich savelovich@yahoo.com.ar




*


Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 5 de abril de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor español José Minguillón. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerson Valle (Brasil) y la música de fondo será de Rikchariy (Andes).

¡Les deseamos una feliz audición!




ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!




REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067




*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 87 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Abril/Junio/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org bajo el link:
http://www.euroyage.org/es/xicoatl-87


CONTENIDO:
· Resultados del 3er Concurso de Composición XICóATL.

La edición impresa de XICóATL # 87 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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