Sunday, May 17, 2009

A UN HOYO DE SOMBRAS...



ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.

Onírica*



Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
A. Storni



Sueña con muñecas rotas
les acomoda los omóplatos arregla
los ojos hundidos les prepara
comiditas
las hamaca y susurra les
canta nanas
las abriga se abriga
las abraza y se duermen
ovilladas.



*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com






A UN NEGRO HOYO DE SOMBRAS...






EXPLORACION DE RUTINA*
(Cuento)


Desde muy pequeña ya había advertido que se sentía distinta, diferente a sus compañeras, tan uniformadas y disciplinadas ellas, organizadas y conformes; tan virtuosas, trabajadoras silenciosas e incansables, y obedientes obre todo. No es que ella las cuestionara o que no supiera valorar los logros evidentes de la comunidad; tenía que aceptar, que el orden del conjunto era la base de la armonía y el confort de que disfrutaban. La seguridad social y la justicia, afloraban aún sobre otros tantos logros que disponían copiosamente.
Así y todo, se fue definiendo como una criatura analítica, razonando hasta sin querer, sobre diversos temas, viéndolos al derecho y al revés, buscando una forma de mejorar todo aquello, aunque fuera en los detalles. Meditar estaba en sus vísceras, no podía evadirse ni aún que tratara, lo hacía naturalmente, sin dejar sus tareas ni menguar el paso, que la jornada le exigía como a todas, obreras o ejecutivas. Hubiera querido soñar, volar, imaginar otros mundos, otros seres, otras formas de vida.
Veía que a las demás, todos esos temas las tenían sin cuidado. Nunca un cuestionamiento, ni una queja o al menos una propuesta, ni siquiera un comentario. Llegó a creer que era la única que tenía la capacidad de razonar, de tener un deseo, de sentir el dulzor de un sueño.
Echaba sobre sus espaldas la pesada carga, y como cualquiera, emprendía el sendero ondulante, sinuoso, llano por tramos, áspero, bordeado por tallos retorcidos, hojas cortantes, raíces salientes, a veces tan grandes que había que treparlas y sortearlas con gran esfuerzo, conservando intacta la carga. Otras veces eran enormes grietas o zanjas, y todo tipo de suelo y fuertes solazos o ventarrones que pugnaban por arrastrarlas.
No era nada fácil, ni para ella ni para las demás. Apenas descargadas, volver a salir en busca de más provisiones, materiales o materia prima. Una vez más el transitado sendero. Eso no era todo, la jornada era larga, interminable, de sol a sol. Solidarias y socialmente formales, eran cuidadosas en sus relaciones comunes, y se reconocían y saludaban reverentes, al cruzarse con las compañeras que regresaban, invariablemente por el mismo sendero. A veces encontraba esta ceremoniosa costumbre algo cansadora, ya que debían repetir el saludo cientos y miles de veces en una jornada. Se sumaba el riesgo de extraviarse si perdían contacto con la fila; máxime cuando designaban algunas en una misión exploratoria, en áreas desconocidas, siempre buscando nuevas fuentes de aprovisionamiento.
Esta tarea era por lejos, la más peligrosa, arriesgada, y la más exigente; podía tocarle a cualquiera, ya que no había diferencias ni era de esperarse privilegios o favores, y menos aún, que advirtieran en una cualidades o vocaciones, ya que supuestamente nacían y crecían iguales, casi clonadas una de otras. Ella estaba convencida de ello. Quizás la conclusión era que se podía vivir, con un poco menos de sacrificio, con más reconocimiento, y más espacio para un desarrollo individual, que despertara la creatividad, las artes y el esparcimiento, sentirse individuos, obtener logros personales y poder volar con la imaginación, sin que fuera considerado un pecado social.
Le tocó un día nublado, en que era más difícil ubicarse cardinalmente; pero estaba acompañada por un pequeño grupito de compañeras, en las que confiaba solidariamente. Iba adelante. Dejando el sendero conocido doblaron a la izquierda, luego a la derecha, y otra vez a la izquierda; siempre buscando la tierra prometida de la ansiada abundancia. Las demás registraban memoriosamente, el mapa para el camino del regreso.
El entorno cambiaba gradual. o abruptamente, ello no conseguía distraerlas del objetivo, que era cumplir con la misión encomendada, aún que esta vez se habían alejado mucho más de lo habitual. Los pastizales crecían tan altos que hacía rato no veían el cielo, y el suelo se había convertido en una pendiente trabajosa y empinada. En la cima una larga barrera a pique, infinita y alta, les cerraba el paso.
Pero no habían llegado hasta allí para detenerse en un obstáculo, por más intimidante que fuera. Empleando su fuerza proverbial y sus cualidades físicas sorprendentes, una a una treparon y treparon con todo esfuerzo, pero como si fuera lo más natural, hasta llegar a la cima. Arriba se sorprendieron de algo que jamás habían visto. Un piso liso, una franja metálica, pulida como un espejo, mucho más ancha que uno de sus senderos y tan largo que se perdía en el lejano horizonte.
Para su percepción del mundo, para su visión de pequeñas hormigas cortadoras, por más exploradoras que fueran esta vez, aquello las desconcertaba. Se miraron entre sí, y comenzaron a temblar, cuando aquel riel de la vía tembló, anunciando la inminente llegada de un tren. Y menos pudieron saber, que estaban justamente enfrente, de una de sus estaciones. El temblor iba creciendo y a lo lejos una silueta frontal crecía vertiginosamente.
Sin saber que hacer, las demás retrocedieron llenas de pánico, mientras ella permaneció heroicamente en su puesto, quizás inconsciente del tamaño y la contundencia del peligro, que se cernía sobre ellas. El monstruo se acercaba gimiendo y resoplando, como un gigantesco dragón de acero.
El tren mermaba su andar, mientras se arrimaba cada vez más lento, entre nubes de vapor blanco y bocanadas de humo negro. Iba a aplastarlas inexorablemente. La hormiguita levantó una de sus patitas para defenderse, cuando la gigantesca rueda le llegó encima, y hasta pudo verse reflejada un instante, en el espejado rodamiento redondeado. Vio su patita chocar con ella; justo en el momento en que el tren se detenía; aunque permaneció bufando, como si jadeara por el esfuerzo…
Sugestión o engaño, desde donde estaban, todas creyeron ver lo mismo.
Asistieron a cómo su valiente compañera, enfrentó al monstruoso y gigantesco aparato y lo detuvo, con sólo levantar una patita.
La aclamaron con auténtico entusiasmo, y locas de alegría se volvieron a contar el milagro, y cantando la llevaron de vueltas en andas por el sendero que llevaba al hormiguero.
En poco tiempo todas supieron de su heroísmo, y fue declarada ilustre con todos los honores. La reina quiso que le contara una y otra vez de su proeza, que corroboraban sus compañeras de hazaña, incluidas en el aura de gloria que envolvía desde ahora a la pequeña heroína, que se cubrió con un manto de laureles.
Logró al fin ser considerada distinta, diferente, como ella presentía ser, desde que tuvo uso de razón, desde cuando era horminiña…
También despertó en otras, sentimientos e intereses contrarios. Algunas se encolumnaron con una, que pronto mostró su disgusto, por la distinción que prodigaba el hormiguero, a este nuevo paladín que surgió, seguramente por un golpe de suerte…Era cuestión de encontrar la forma de desenmascararla, de quitarle el halo que le habían entronizado…No era nada natural, ni podía aceptarse así como así, que alguna se destacara de las demás.
Confabuladas llegaron a las vías y esperaron una y otra vez, una nueva arribada del tren a aquella estación, ya que de golpe habían aprendido a deducir, aprendido a pensar, bien o mal, apuradas por la imprevista competencia del odioso destacarse de una semejante; y eso les hizo comprender aproximadamente, como funcionaría aquello. Ahora sospechaban que el monstruo por más terrible y gigante que haya sido, se había detenido porque debía detenerse y no por la fuerza ni el coraje de la nueva y famosa vedette. Iban a demostrarlo y destronarla, o quizás podrían luego usarlo, para igualar el mérito y los honores, que ella había alcanzado.
En el mismo escenario se repetía la escena, y sintieron también temblar el riel, lustroso y brillante contra el sol de la tarde, y también vieron la oscura silueta agrandarse entre nubes de humo y vapor, rugiendo como un dragón encabritado.
Era una visión del averno, aterradora, imposible desde sus pequeñeces de hormigas, no sentir pavor; pero ya conocían el truco, y contaban con que el tren se detendría allí, frente a la estación, donde incluso veían vagamente, fuera de foco, gente en movimiento que esperaba.
Detrás, una pequeña multitud había tomado posiciones en la lisa ruta de acero, para contemplar el evento, y aclamaban alentando a los nuevos líderes que surgirían en unos instantes. La comunidad de iguales de aquel hormiguero, se estaba despertando, y quizás todo comenzaría a convulsionarse, a partir de aquella gesta de la que eran históricas testigos.
Vieron acercarse más y más la temible rueda delantera, mil veces más grande que todas ellas; y aún sabiendo el truco, mostraban el valor de su estirpe, y también vieron que el avance se iba frenando, que el monstruo se detenía, tal como habían calculado.
Pero para el tren, metro más o metro menos era lo mismo, no importaba ninguna precisión, el andén era largo, y esta vez paró unos metros más adelante, quizás cinco o seis; pero bastaron para consumar, una involuntaria masacre hormiguística…
Nadie corrió, ni se escucharon sirenas ululantes; ni la gente que se agolpaba en el andén, ni la que desocupaba los vagones, ni la que aguardaba para abordarlos, nadie escuchó nada. Nadie advirtió la tragedia que acababa de ocurrir, a pocos pasos de ellos…
Sólo se salvaron dos o tres hormiguitas, coloradas y temblantes, que apenas pudieron encontrar el sendero y volver al hogar, donde llorosas y apesadumbradas, contaron del triste final de estas nobles y valientes compañeras, que, aunque equivocadas, trataron de demostrar una arriesgada teoría, que costó tantas vidas al convulsionado hormiguero…
Después del luctuoso suceso, la afortunada heroína fue más aclamada que nunca, ya que su mérito era ahora indiscutible…



*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda, Sta.Fe






Hormigas*


Dos hormigas obreras de cabeza negra y fuertes tenazas estaban conversando dentro del hormiguero mientras iban amontonando en aquella sala-almacén los vivieres que traían las compañeras. Nunca habían salido del hormiguero y, en su ignorancia, elucubraban sobre el exterior.

- ¿Crees que hay vida fuera del hormiguero?
- Por supuesto que no. Somos las únicas habitantes de la tierra.
- ¿Tu crees? Ten en cuenta que el exterior es inmenso según me han dicho.
- Si, pero no hay nadie ahí fuera, únicamente simientes y no siempre.
- Eso es cierto, pero no pierdo la esperanza de conocerlo algún día.
- A mí no me interesa en absoluto, aquí estamos calentitas y con comida ¿Qué más se puede pedir?
- Me gustaría tanto poder ver si hay alguna criatura más…
- ¡Qué va a haber! ¿No ves que eso es imposible?
- Pues no sabes lo que daría por salir aunque fuera un ratito.

Enfrascadas en la discusión no se apercibieron de la presencia del oso hormiguero que con su larga lengua las sacó a pasear un instante.




*de Joan Mateu. joan@cimat.es







Perdido*



*Por Haroldo Conti


El tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en el perro, que había dejado en lo del vecino. Para el Buenos Aires era la Torre de los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un tranvía que los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora antes y con todo estaban tan excitados que casi se meten en otro tren.
Mientras cruzaba la Plaza Británica con aquella torre que de alguna manera presidia su vida, vista o entrevista a cualquier hora del día en que pisó Buenos Aires, y luego los años y toda la perra vida, y ahora esa vieja tristeza que le nacía de adentro, bueno, y la torre siempre alli como el primer día. mientras cruzaba la plaza, pues, vió al tío por anticipado en un rincón del hall del Pacífico (ellos todavía decían Pacífico) encogido dentro del sobretodo que olía a tabaco, con la valija de cartón imitación cuero a un lado y un montón de paquetes sobre las rodillas, manoseando el boleto de segunda dentro del bolsillo para asegurarse de que todavía seguia allí.
Lo había llamado dos o tres veces desde el hotel Universo pero él estaba fuera y la muchacha entendió las cosas a medias. Después trato de llegar hasta la casa, a pie, por supuesto, pues los troles y los colectivos lo espantaban. Se había extraviado en algún punto de Leandro Alem y antes de perder de vista la Plaza Britanica prefirió volver a Retiro y esperar el tren.
Hacía un par de años que Oreste no veía al tío pero estaba seguro de encontrarlo igual. La misma cara blanca y esponjosa salpicada de barritos y de pelos con aquellos ojos deslumbrados que se empequeñecían cuando miraba algo fijo, el moñito a lunares marchito y grasiento, el mismo sobretodo negro con el cuello de terciopelo, el chambergo alto y aludo que se calzaba con las dos manos y el par de botines con elásticos.
La estación Pacífico se había empequeñecido con los años. Eso parecía, al menos. En realidad era un mísero galpón con un par de andenes mal iluminados. En otro tiempo, sin embargo, veóa todo aquello coloreado por una luz misteriosa. La propia gente estaba impregnada de esa luz. Era espléndida, leve y gentil, como si no fuera a cambiar ni a morir nunca y la estación lucía como un circo. Pero la gente había cambiado de cualquier forma y la vieja estación Pacífico lucía ahora como lo que era, un misero galpón de chapas lleno de ruidos y olor a frito.
Vió al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e insignificante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien juntas, un paraguas sobre las rodillas y la mirada perdida en el aire.
Miraba en su dirección pero no lo veía. No veía nada.
Reaccionó cuando lo tuvo delante. --!Oreste!
Se abrazaron y se besaron, de acuerdo a la vieja costumbre.
Oreste dejó que el tío lo palmeara un buen rato. Tenía ese olor familiar, un olor masculino que evocaba a aquellos hombres reservados de su infancia que le sonreían, con breve indulgencia, como el tío Ernesto, grande como un ropero y delante del cual tragaba saliva invariablemente, o el gran tío Agustín, la única vez que lo vió el día que vino de Bragado en aquel Ford A con cadenas que echaba una nube de vapor por el gollete del radiador, o al propio tío Bautista cuando era el mismo por entero y no apenas esta sombra.
Se apartaron y el tío pregunto sin soltarle los brazos:
-Cómo va? -Bien, bien.
Se miraron y sonrieron un rato y después se volvieron a abrazar.
-Y usted, que tal? --Bien, bien.
-La tía?
-Y, bien......
Le puso una mano sobre un hombro y lo miró largamente. Oreste sonrió despacio. Estaba acostumbrado a aquel estilo.
-A qué hora sale el tren? -A las ocho y media.
-Son las siete y cuarto. Vamos a tomar algo.
-No... mejor nos quedamos aquí. ?A dónde vamos a ir? Entre que arriman el tren, y enganchan la locomotora se va el tiempo.
Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver en todo eso. Vamos.
-¿Y a dónde? No hagas cumplidos conmigo, hijo.
Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar de la estación. Consiguieron un lugar desde el cual, a través de una perspectiva complicada, veían un pedazo del andén número 4.
Oreste pidió hesperidina y el tío, a fuerza de insistir, un Cinzano con bíter.
-Cómo se largo hasta aquí?
-Eh!... hacía tiempo que lo tenía pensado.
El tío miró el reloj del bar y puso cara de espanto.
-Esta parado --dijo Oreste sujetándolo por un brazo.
No parecía convencido. Saco y examinó el viejo Tissot con agujas orientales.
-Que te decía?... ¡Ah, si! Vine a ver a mi primo, Vicente.
Hacía seis años que no lo veía. Somos del mismo pueblo, Baigorrita. Le estaba prometiendo siempre. Que hoy, que mañana. Sorbió un traguito de Cinzano.
-Está viejo. Casi no lo conozco.
Permaneció un rato en silencio con el mismo gesto abstraído que tenía cuando esperaba en el hall.
-Qué tal? Cómo va eso?-volvió a preguntar con desgano. -Bien, bien.
-Se progresa?
-Se progresa.
Se miraron con afecto, sonrieron y callaron.
El tío había sido siempre así. El tío y todos ellos.
-Traje una punta de encargues. La tía me pidió unas latas de "Sal de Hunt". Hace mas de un año que anda detrás de eso.
Fui a buscarlas a Junín hace dos meses. No... en noviembre. Hace cuatro meses.
-Para qué sirve? , -Para el estómago. Es una gran cosa. La gente toma ahora toda clase de porquerías, pero ésto es realmente bueno.
Silbó una locomotora y el tío se alarmó.
-Falta todavía.
Volvió a mirar el reloj y sorbió otro poco de Cinzano.
-Bueno, fui a la Franco-Inglesa y conseguí todo lo que quise.
Le mostré el tarrito al tipo y me dijo: "Cuántos quiere?".
Apenas lo miró. Te das cuenta?
Dentro de un rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no lo vería hasta dentro de cuatro o cinco años. Había otros cinco antes de ahora. Su viejo desapareció así un día y no lo vió más.
-Qué tal todo aquello? -preguntó Oreste después de un rato.
Todo aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una pregunta hecha a si mismo, a un negro hoyo de sombras.
-Igual.
-Los muchachos?
-Siempre igual.
Callaron otra vez.
El tío hizo girar la copa y sorbió el último trago.
-Qué hora es?
-Las ocho menos cuarto.
El tío saco el reloj y lo observó inquieto.
-Casi menos diez. Vamos?
Oreste dudó un rato.
Vamos.
Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los paquetes y la valijas y comenzó a caminar apresuradamente hacia el andén número 4. Parecía haberlo olvidado.
Oreste trató de tomarle la valija y el tío lo miró con extrañeza.
-Está bien, muchacho. No te molestes.
-Déle saludos a la tía. A todos.
-Gracias, querido. Gracias.
Corrieron a lo largo del tren tropezando con los tipos de segunda que corrían a su vez como si la estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas los chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los vagones cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza por una ventanilla.
-Cuándo vas a ir por allá -preguntó mirando mas bien a la gente que se apiñaba sobre el andén.
-Apenas pueda.
-Tenés que ir, eso es. Cuándo dijiste?
-Cuando pueda.
El tío se apartó un momento para acomodar la valija. Después se sentó en la punta del banco y permaneció en silencio.
Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo:
-Oreste! . . .
Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del andén.
Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio cuerpo por la ventanilla.
-Chau, querido, chau! -dijo y lo besó en la mejilla como pudo.
Trató de besarlo a su vez pero ya se había sentado.
El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó una mano y sonrió seguro.
Oreste corrió un trecho a la par del tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho, como aquellos hombres de la infancia.
Luego el tren se embaló y Oreste levantó una mano que no encontró respuesta.







El aplauso de una sola mano*




*Por Juan Forn


Decir Wittgenstein hoy remite en forma automática al inclasificable Ludwig, el único de los filósofos del siglo veinte que subordinó su pensamiento a su ética (a tal punto de que en su juventud renunció a una herencia equivalente a trescientos millones de dólares de hoy, además de abandonar cinco veces en
su vida la filosofía para ser, sucesivamente, soldado raso en la Primera Guerra, maestro rural en Austria, jardinero de un monasterio en Suiza, enfermero en Londres durante la Segunda Guerra y, por fin, solitario habitante de una precaria cabaña en los confines de Irlanda). Ludwig W revolucionó dos veces la filosofía: primero de jovencito, con un libro de setenta páginas (el Tractatus Logico-Philosophicus) y treinta años después con sus abrumadoras Investigaciones filosóficas, publicadas póstumamente y hasta el día de hoy no entendidas del todo por nadie. Razón por la cual me permito sospechar, se ha escrito tanto sobre su vida (ningún otro filósofo de nuestra época ha despertado tal afán biográfico: ni siquiera Heidegger, con sus amores por el nazismo y Hannah Arendt). Es tanto lo que se ha dicho sobre Ludwig W que yo prefiero hablarles de su hermano Paul.
Paul Wittgenstein inició su carrera como concertista de piano en 1914 (su despótico y millonario padre había muerto el año anterior, permitiéndole ser artífice de su propio destino, cosa que no pudieron hacer los tres hermanos mayores, que terminaron suicidándose antes de cumplir los treinta años, los
tres). Convocado a filas por el inicio de la Primera Guerra, Paul recibió una descarga de metralla en el brazo derecho en su tercer día en el frente y cayó prisionero de los rusos, quienes además de amputarle el brazo en un hospital de campaña lo enviaron al mismo campo en Siberia donde Dostoievski ambientó su Casa de los Muertos. A pesar de las penurias, cuando fue liberado y volvió a Viena, Paul se encerró en la mansión familiar (en cuyos salones había siete pianos de cola), tomando como ejemplo al gran organista ciego Josef Labor y al conde Géza Zichy, un pianista manco húngaro que escribió un libro de consejos para aprender a vestirse y a abrir ostras con una sola mano, entre otras cosas. Paul pasó meses enteros dedicando siete horas diarias al estudio hasta que logró tocar con una sola mano lo que para muchos pianistas de dos manos era imposible. "Mi pulgar izquierdo hace el trabajo de la mano que me falta", se limitaba a decir. El problema era otro: la falta de repertorio.
Su fortuna personal le permitió resolverlo. A diferencia de su hermano Ludwig, Paul había aceptado gustoso sus trescientos millones de herencia y se dedicó a dilapidarlos alegremente pagando sumas estrambóticas para que músicos de la talla de Ravel, Prokofiev, Britten, Hindemith o Richard Strauss le compusieran especialmente obras para una sola mano. Los compositores comprendían pronto por qué recibían ese pago: Paul hacía los cambios que se le antojaban en la partitura cuando sentía que la orquesta opacaba su performance. Y, como el pago incluía los derechos exclusivos de ejecución, si no le gustaba la pieza la archivaba sin contemplaciones. Fue lo que ocurrió con el concierto que le escribió Hindemith en 1923 (descubierto en un desván de Long Island ochenta años más tarde y estrenado por Leon Fleisher en Berlín en 2004) y con el que encargó a Prokofiev (el pianista Siegfried Rapp, que había perdido el brazo derecho en la Segunda Guerra, logró en 1956 que la viuda de Prokofiev le consiguiera una copia de la partitura y tocó el concierto en público, para furia de Paul, que le hizo juicio y se lo ganó). A Strauss le devolvió una pieza argumentando que no era suficientemente brillante (éste debió entregar una segunda obra, la endiablada Panathenaenzug, para conformarlo). A Ravel lo hizo viajar a Viena y le pidió explícitamente una pieza que al público le sonara "tan completa y cristalina como una obra compuesta para dos manos". El hoy clásico Concierto para la mano izquierda se estrenó en la Sala Pleyel de París en 1933, con Paul al piano y Ravel al frente de la orquesta. Todas las críticas mencionan que Ravel parecía mucho más nervioso que Paul cuando saludaron antes de tocar.
Era difícil decir si las audiencias que aplaudían a Paul premiaban a un gran concertista o a un asombroso minusválido. Los miembros de su familia, cuyos gustos musicales eran más exigentes que los del público medio, nunca fueron especialmente enfáticos. Una de las hermanas mujeres, Hermine escribió: "Oírlo tocar es una tortura que me deja sumida en la más oprimente tristeza".
Pero el criterio de Hermine no es del todo confiable, teniendo en cuenta que tanto ella como su hermana Gretl simpatizaron con Hitler desde un principio (los nazis les dieron estatus de semi-arias a cambio de todos los activos de la familia en los territorios del Reich; en el libro The House of Wittgenstein, Alexander Waugh calcula que esa "donación" ascendía a seis mil millones de dólares y financió la industria armamentista nazi los primeros tres años de guerra).
Las performances de Paul empeoraron con el paso de los años hasta que dejó de presentarse en vivo. Las únicas grabaciones que dejó son, según unánime opinión, de muy escaso valor. Aunque en su exilio norteamericano nunca logró que le permitieran enseñar en el Conservatorio, tuvo hasta su muerte alumnos particulares, muchos de ellos becados, y minusválidos como él. Su esposa Hilde, que era medio ciega, había sido alumna suya en Viena. Paul tuvo tres hijos con ella (el primero concebido la misma tarde en que Hilde tomó su primera lección, cuando ella tenía dieciocho años y Paul cuarenta y siete).
Como Hilde no era judía, Paul había sido acusado de "degeneración racial" y tuvo que dejar Austria de apuro en 1938. Su mujer y sus hijos lo siguieron año y medio después. Allí los instaló en una casa en Long Island y los visitaba durante los fines de semana (ellos sólo podían ir a su departamento de Manhattan si avisaban con anticipación y no podían quedarse a dormir).
Cuando Paul llegó casi con lo puesto a Nueva York y sin su valet de toda la vida, dejó toda la ropa sucia tirada junto a la puerta de su habitación de hotel. Cuando ésta desapareció, debió quedarse dos días sin salir, tapado con una manta, haciendo las entrevistas para contratar un ayuda de cámara.
Uno de los aspirantes se ofreció a bajar a Bergdorf-Goodman y traerle ropa si Paul le decía su talle. El confesó que desconocía tal información: nunca en su vida había comprado ropa en un negocio. Todo su guardarropa, incluso sus zapatos, eran hechos a medida.
Cuando Ludwig y Paul eran jóvenes y vivían en la mansión de la familia en Viena, Paul interrumpió un día sus ejercicios de piano para golpear la pared que daba a la habitación vecina, donde Ludwig escribía en silencio. "¡Cómo pretendes que toque el piano con tu escepticismo colándose por debajo de la puerta!", le gritó. Ludwig no contestó. Estaba demasiado concentrado en su Tractatus Logico-Philosophicus, del cual hizo una sola declaración en toda su vida: "Es un libro que consta de dos partes: la aquí presentada y lo que no escribí. Justamente esa segunda parte es la más importante". Cada vez que leo esa frase pienso en el famoso koan zen ("Conocemos el sonido que hacen dos manos al aplaudir. Pero ¿cuál es el sonido del aplauso de una sola mano?") y me pregunto cuál de los dos hermanos Wittgenstein logró acercarse
más a la respuesta.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-124923-2009-05-15.html





PERFILES*



Los tréboles se platinan
con la llovizna incesante.
Más allá,
un sendero se acuesta
en el bosque.

Nada se mueve.
La clara corteza del abedul
deja resbalar un tiempo de gotitas.
Más arriba,
en el gris profundo de la tarde,
se inicia la trama
de un recuerdo.


*de SANTIAGO BAO. santinebao@gesell.com.ar








Correo:



MENDOZA: OTRO EXPERIMENTO TRANVIARIO*


Que nadie se tome a pecho equivocadamente el título. Tengo muy en claro que Mendoza y varias ciudades más del País hace varias décadas que deberían tener tranvías extendidos y eficientes.


No hay mejor ventaja en los nuevos tranvías denominados TrenTranvía (TramTrain), como la versatilidad de circular por calles, subtes, vías del ferrocarril y tramos de velocidad (70 ú 80 Km/h). Así lo muestran Baltimore y New Jersey, por ejemplo. Algunos hasta pueden ser mixtos eléctricos / diésel eléctrico. MENDOZA PERDERÁ esa oportunidad de extender rápidamente sus ramales hacia las vías del ferrocarril porque decidieron hacerlo de una trocha distinta y, asimismo, los futuros trenes de cercanías jamás podrán entrar por los que eran sus recorridos originales, pues les abrán cambiado la trocha.

Mendoza, Córdoba, Tucumán, Rosario, Santa Fe tienen redes de ferrocarril con interesantes ramales que conectan a suburbios y localidades cercanas. Mayormente en Trocha Angosta y un poco en Trocha Ancha. ¿A QUIÉN SE LE OCURRE SOSTENER QUE LOS TRANVÍAS DE NUESTRAS CIUDADES DEBEN TENER LA TROCHA EUROPEA (de parte de Europa, no de toda), cuando tenemos una medida distinta? Ni siquiera es una cuestión de los oferentes, pues todas las empresas de tranvías fabrican PARA TODAS LAS TROCHAS.

Puede que un análisis particularizado de ramales y cercanías, indique que Mendoza debería tener tranvías de Trocha Ancha, pues tiene mayoría de líneas cercanas y regionales de esa medida (Bahía Blanca solo tiene trocha ancha y ya ha decidido TrenTranvía en con ese ancho).

Es conocido por muchos que nuestros ferrocarriles tienen distintas medidas y, por eso, el Urquiza no se puede unir con el Belgrano y ambos con el Sarmiento, Roca, Mitre y San Martín.

Más allá de las razones originales de esa realidad - folclore, hay raíces muy separadas ente lo ferroviario y lo tranviario y, en particular, con una raíz mas inútil y absurda en Buenos Aires.

Sí, el clásico ejemplo (mal ejemplo), con sus cloacas abiertas al Río, también es mal ejemplo en lo que a transportes, tranvías y subtes se refiere. Lo peor, es que sigue queriendo construir malos ejemplos.

A principios del Siglo XX, por una discusión entre empresas inglesas y una resolución salomónica de las autoridades, los subtes de Buenos Aires quedaron para los tranvías y los ferrocarriles nunca se meterían en eso (Por lo menos los de trocha ancha y angosta).

Así, además de popularizarse los tranvías de trocha media en todas las ciudades, salvo en Bahía Blanca, todos los subtes de Buenos Aires JAMÁS SE PUDIERON CONECTAR CON LOS FERROCARRILES DE CERCANÍAS por su diferencia de medidas.

La concesión del conocido TREN DEL ESTE, que es el tranvía de Puerto Madero -esa calesita de dos cuadras-, era perfecta, pues sería de Trocha Angosta para unir los servicios de dos ferrocarriles suburbanos en forma de tranvía multiplicando intereses urbanos, entre aeropuerto, barrio turístico, zonas comerciales y movimiento de pasajeros en general.

Un exabrupto mediático de una firma impuso que tenía unos coches de trocha media y así se hizo LA TERCERA TROCHA DE PUERTO MADERO (Angosta, Ancha y MEDIA), asegurando en el futuro cercano la imposibilidad de unir el proyecto Norte - Sur con una misma medida Y SIN TRASBORDOS.

A excepción de Buenos Aires, TODAS NUESTRAS GRANDES CIUDADES tienen que empezar de nuevo con sus redes y aprovechar la conectividad con lo periférico y regional que les ofrecen las vías existentes (AUNQUE ESTÉN CLAUSURADAS O DESMANTELADAS pertenecen a un determinado ferrocarril). Córdoba, Rosario, Santa Fe, Mendoza, Tucumán, San Juan, Salta y hasta Jujuy lo que no tienen es trocha media.

Seríamos un caso más de tecnocracia y errores de copiado sobre el que nuestros nietos se reirán como nuestros padres se rieron de sus abuelos que PUSIERON TROCHAS DISTINTAS EN CIUDADES Y EL PAÍS TODO.

Mendoza está acertada en poner un tranvía. Está absolutamente errada en no utilizar lo que más le convenga para la integración territorial en corto - mediano plazo, es decir, o La Trocha Ancha o la Trocha Angosta (Me inclino por la primera, compatible con San Juan, Neuquén y mi Ciudad, Bahia Blanca - Punta Alta).



*de Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Ingeniero White - Buenos Aires
Mayo 14 de 2009 -




*

Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 17 de mayo de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del cantautor y arpista ecuatoriano Ramiro Uribe. Las poesías que leeremos pertenecen a Cristina Papaleo Soletzki (Argentina) y la música de fondo será de Uakti (Brasil). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



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Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
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