Thursday, April 30, 2009

NI AL ÁRBOL. NI AL NIDO. NI A LA RAMA...



ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.



CAMINOS DEL ORÁCULO*



Los caminos del oráculo.
Conducen a un espejo escaleno
Desmadrado.
Lados cóncavos de claveles rosados.
Cuando se rozan, se marchitan
Se marchitan y mueren.
Las huellas pétalos implacables caminan.
Multiplicándose.
Gramilla. Enredadera. Compulsión. Bejuco.
Petardos.
Se abren cada vez mas las grietas.
Layo y Edipo.


La pitonisa esta vez ha fallado.
Números, hojas de té, barajas.
Me han marcado los naipes.


El espejo enloquece.
Ya no se reconoce.


Ni al árbol
Ni al nido.
Ni a la rama.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





NI AL ÁRBOL. NI AL NIDO. NI A LA RAMA...





T E S T I G O C I E G O*


El capitán Ordoñes se dejaba estar en su despacho mirando la foto que recientemente había tomado su hija cuando le otorgaron el nuevo rango. No cumplía aún los cincuenta y ya tendría bajo su supervisión un navío, no sabía cual, pero la responsabilidad que debía asumir le oprimía la boca del estómago con una sensación agridulce de temor y de placer a la vez.
Ese había sido su sueño desde chico, comandar un barco que era sinónimo de gobernar las aguas, las tan ariscas y traicioneras aguas de ríos y mares. Al entrecerrar los ojos se veía en el puente de mando, seguro, consciente de cada uno de sus actos, infundiendo confianza y respeto en sus subordinados. Se sorprendió analizando si su sueño estaba relacionado con ansias desmedidas de poder, pero no, sentía con claridad que no se centraba en dominar hombres, si no más bien en competir con la naturaleza.
Unos golpes suaves en la puerta lo volvieron a la realidad.
- Pase.
- Permiso, señor, - dijo el cadete Brown traspasando la puerta y colocándose en posición firme –llegó este sobre para usted.
- Gracias, cadete; puede retirarse.
Entre sus manos pesaba un gran sobre herméticamente cerrado y ostentando varios sellos. Dudó en abrirlo, seguramente serían sus órdenes y la gran incógnita quedaría despejada. Lentamente tomó un estilete y como si estuviera realizando una operación quirúrgica, cortó uno de los costados; había muchos papeles dentro y un sobre pequeño lacrado donde figuraba su nombre. No tenía apuro así que para romper el lacre y abrirlo se tomó su tiempo. Con su vista fue recorriendo las palabras escritas y tomando conciencia de ellas hasta que quedó atrapado en el nombre del barco que le asignaban, una cárcel flotante que trasladaba presos de extrema peligrosidad a la prisión del sur.
Tardó en recobrarse, no era lo que había deseado, pero evidentemente no podía escoger, “eran órdenes”.Dejó de lado la nota y comenzó a escudriñar entre los demás papeles: eran los legajos de los sentenciados con sus respectivos antecedentes:
CAUSA Nro.....
“Alfredo Rivera, 35 años, dos asesinatos a sangre fría, violación y muerte de una menor. Condena: 35 años...
De ahí en más recorrió lo escrito salteando palabras, fijándose en lo más importante: nombres, delitos, condena.
- Nenes de pecho – se dijo después de leer quince legajos. – Y yo los tengo que cuidar y entregarlos sanos y salvos...
Apoyó los codos sobre su escritorio y dejó caer su mentón en la palma de sus manos; su visión perdió la perspectiva de lo que le rodeaba porque todo se tiñó de rojo.
- ¿Por qué no existirá la pena de muerte? – se preguntó en voz baja. – Sería justicia que recibieran lo que dieron. Pero no, somos civilizados. Si Alfredo Rivera hubiera violado y matado a mi hija ¿sería yo civilizado?
La imagen de Mariam apareció en su mente, era lo único que le quedaba después de la muerte de su esposa hacía un año; dudó de su control ante el supuesto hecho, no creía que ningún hombre normal podía olvidar y perdonar tal atrocidad.
Nuevamente los golpes en la puerta lo volvieron a la realidad.
- El teniente Ricard solicita ser recibido, capitán.
- Que pase.
El cadete se corrió para dar paso al superior y salió cerrando tras de sí la puerta.
- ¿Qué tal, teniente? Siéntese.
- Recibí órdenes de ponerme bajo su mando.
- Bienvenido al buque del infierno.
- ¿Cómo?
- Si, creo que eso es lo que nos han asignado; debemos trasladar delincuentes peligrosos hasta el sur.
- ¿Buque- cárcel?
- Exacto y ¿quiere conocer los antecedentes de la primera tanda? – y le extendió los legajos que el teniente tomó con recelo. Se hizo un silencio largo mientras el segundo tomaba conciencia de la realidad. Ordoñes lo miraba y a cada alteración de su expresión sonreía.
- ¿Qué opina? – fue la pregunta cuando el otro terminó su lectura.
- Bueno, no es divertido. Yo diría funesto y tal vez sería un acto patriótico echarlos al mar cuando sólo nos viera el cielo.
La carcajada del capitán sonó en el despacho como un elemento de distensión.
- No sería mala idea, ellos no sufrirían lo que les espera y la sociedad tendría un motivo para creer en la justicia. ¡Ah! Y una boca menos que alimentar a costa del pueblo.
- Pero no se puede ¿no?
- No. Zarpamos mañana al mediodía de la Dársena B., Prepare sus cosas y preséntese a las nueve.


# # #

Esa noche, durante la cena, explicó a su hija sin detalles lo que había ocurrido, dejó de lado todo dato preocupante; ella lo había recibido con un 10 obtenido en el examen rendido a la mañana, por lo tanto, todo era celebración.


# # #

A las siete el capitán se hizo presente en el puente de mando y comenzó el operativo del viaje. La tripulación estaba lista a la espera de órdenes y al primer oficial arribó una hora antes de la que había sido citado.
- Todas buenas señales – pensó Ordoñes un poco incrédulo ante tanta precisión.
Alrededor de las nueve llegó el camión con los quince delincuentes y Ricard fue el encargado de recibir la pesada carga humana y ubicarla a buen recaudo. Desde el puente de mando era fácil observarlos a medida que subían al barco ligados unos a otros por cuerdas. Al marino le impactó la expresión dura de esos rostros, algunos con una cuota muy alta de cinismo como sobrando a la tripulación que los iba a custodiar.
Retirada la planchada y puesto cada uno de los delincuentes en sus respectivos calabozos, partió el barco rumbo al sur. El cielo apagado de ese otoño de l945 los cubría con indiferencia. “Tirarlos al mar cuando sólo nos viera el cielo”. Como un letrero luminoso la frase de Ricard centelló en la mente del hombre. La idea era buena pero imposible de ejecutar.
Mientras almorzaban pidió a su segundo que le confeccionara una lista con los nombres de los presos y el número de camarote que ocupaba cada uno y por la tarde en su despacho releyó los legajos y los ordenó en secuencia respetando su ubicación. Hizo también una evaluación del grado de peligrosidad teniendo en cuenta sus delitos, “modus operandi”, grado de frialdad y atenuantes según sus trayectorias de vida. El cuadro que quedó ante su vista fue fascinante y a través de una comparación minuciosa sólo encontró tres individuos que no tenían ninguna justificación para lo que habían hecho, con una muy alta dosis de psicopatía, con desprecio total por su vida y la de los demás y que daban la sensación, sin ser psicólogo, que la rehabilitación sería imposible. Y los apartó.
CASO A: Perteneciente a familia de clase media, honesta, trabajadora; había sido tratado con afecto y tuvo a su alcance todas las posibilidades para estudios y trabajos. Siendo muy chico desarrolló la costumbre de morder a sus compañeritos de escuela y gozaba al verlos sufrir. De ahí en más no se detuvo.
CASO B: Familia económicamente acomodada. Único hijo de madre viuda que le dio todo lo que quiso, cuando dijo su primer “no” la mató . Contaba en su haber doce muertes a sangre fría y algunas sin motivo aparente.
CASO C: Hijo menor de una familia campesina. De chico mataba animales por placer y los colocaba delante de la vivienda para que su padre los viera. Siendo ya adolescente violó a su hermana y para que no lo denunciara la ahorcó. El resto pertenece a la caverna del terror.
De estos tres casos lo único que alegraba era que habían sido condenados a cadena perpetua y morirían en la prisión.
El viaje transcurrió tranquilo y ni bien hubieron entregado a los delincuentes, Ordoñes ordenó asear los calabozos tal vez para atenuar la repugnancia que había experimentado durante tantos días.
- ¿Quiere deshacerse de la mugre, señor? – preguntó un cadete.
- Creo que tenemos ese derecho ¿no?
- Si, eso es legalmente permitido – afirmó Ricard.
Al capitán le caía bien su segundo, era prudente, sereno pero firme, cuando debía suplantarlo en el mando lo hacía como él mismo lo hubiera hecho, compartía sus puntos de vista y sus valores y era frontal a mismo tiempo que respetuoso. Ya a mitad del viaje se había hecho un ritual tomar café en su despacho después de la cena y analizar los sucesos del día.
En el segundo viaje la tanda de reos fue menor, sólo ocho, pero con prontuarios mucho más pesados.
- Me molesta esta tarea, señor – dijo Ricard mientras tomaban el café acostumbrado. - ¿Leyó el legajo de Pipo Suarez? Esa bestia ni con la cadena perpetua que le dieron paga lo que hizo. ¡Seis criaturas violadas y destrozadas por él! No puede seguir vivo un ser así.
- Teniente, ¿usted cree que yo no lo pienso? Y todavía tuvo el tupé de pedirme que lo deje fumar un cigarrillo en cubierta.
Unos golpes en la puerta interrumpieron la conversación.
- Capitán, estamos entrando en zona de tormenta. ¿Cuáles son sus órdenes?
- Enseguida subo.
- Tendremos baile – comentó el teniente cuando volvieron a quedar solos.
A las doce de la noche la tormenta arreciaba, en el puente de mando se escuchó la voz del guardia que custodiaba los calabozos.
- Capitán, el reo Suarez pide salir a cubierta a fumar, dice que se vuelve loco encerrado en la celda.
- Si, un cigarrillo frente al mar le hará bien. Yo me encargo. Teniente, tome el mando, - concluyó y tomando el arma de la gaveta salió del puente.
- Abra la celda 6, cadete, llevaré al señor Suarez a cubierta.
- ¿Lo acompaño, Señor? Es un bicho infame.
- No, no es necesario.
Suarez salió de su celda a los tumbos, no estaba acostumbrado a que el piso se moviera tanto.
- ¿Quieres fumar? Vamos.
El mar estaba furioso y todo el entorno comenzó a filtrarse en el interior del preso que se aferraba a las paredes del barco con desesperación mientras sus pies resbalaban por el piso mojado. Por fin logró asirse a la baranda de cubierta pero una ola lo hizo perder el equilibrio y quedó colgado de ella.
- No te sueltes porque vas a caer al mar – señaló el marino con ironía.
- ¡Quiero volver a la celda! – gritó al borde de la locura.
- Todavía no fumaste tu cigarrillo.
- ¡Quiero volver!
- Aún no.
Otra ola lo sacudió, sus manos no resistieron y cayó golpeándose la cabeza contra el suelo. Fue fácil, sólo bastó esperar la siguiente. Ordoñes contó hasta cincuenta y luego gritó:
- ¡Hombre al agua!
El cielo tenía los ojos cubiertos por las nubes, no pudo ver lo que sucedió esa noche.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar








CONTINUIDAD DE LA GRACIA, de Lermo Rafael Balbi*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


La intricada red de circulación de libros de autores argentinos –sin acceder a un lenguaje de metáforas bastas- podría asegurarse que ha cobrado una nueva víctima.
Esta vez se trata de una excelente novela del escritor rafaelino Lermo Rafael Balbi, obra póstuma que cierra la saga de la inmigración piamontesa iniciada en “Los nombres de la tierra”.Porque sabemos qué sucede con las ediciones oficiales por mejores intenciones que haya de por medio, máxime como en este caso donde por burocracias extrañas el libro no puede venderse.
Pero vayamos al libro.
El relato de esa épica tan cara a nuestros sentimientos y a nuestra historia y que definió en su momento la discusión de una política inmigratoria generosamente contemplada en nuestra constitución y tan poco avalada en los hechos concretos, es tal vez una deuda que tenemos con ella.
Balbi, un sensible y auténtico poeta, dueño de un manejo suelto y ajustado –si se me permite el oxímoron-, de gran erudición y un respeto por la palabra poco común, es como tantos otros un hijo de esa inmigración que desbordó los cálculos más optimistas y cubrió con su trabajo y su sacrificio una importante zona de nuestra provincia, transformando el “desierto” echeverriano en un vergel.
Un trabajo de la naturaleza que hoy nos toca comentar no resulta sino de una auténtica creación que hace efectiva y creíble un sabio equilibrio de esa cadena de símbolos que supo enlazar para que el lector no sea ganado por el tedio al encontrase con una novela de 453 páginas.
El texto de Balbi excede con amplitud –mejor dicho evita sabiamente- el callejón sin salida del regionalismo y sale airoso a golpes de talento. Utiliza varios registros que como una orquestación de contrapunto va delineando la gesta deseos piamonteses que no tuvieron voz propia para cantar sus historias y por eso uno de sus hijos toma el compromiso de realizar. Las historias de las familias se inscriben, en un revés de la trama de la historia oficial que siempre negó esta textura porque sólo se ocupa de las grandes batallas y de los sonoros nombres de los próceres con gusto a mármol o bronce.
La novela de Balbi está mucho más cerca de nuestros sentidos y de nuestra propia historia que de los manuales con que nos aburrían en la escuela.
Todo recurso es válido para acometer su propuesta: cartas, retazos de historias, diarios de inmigrantes, sagas familiares, propagandas de compañías colonizadoras, la recuperación de la tradición y la oralidad, según él mismo confiesa.
Podríamos decir que por primera vez estamos ante una verdadera gesta, una épica sin que lo lírico escamotee los acontecimientos, metaforizándolos o volviéndolos parciales, intimista y tal vez sin verdadera envergadura. Mitos, supersticiones, listas de desgracias, avatares que desde la naturaleza conspirante hasta el sino trágico acontece en estas páginas.
La pequeña economía familiar, doméstica de los inmigrantes-extrapolados por opiniones de “segunda generación” que abandona el campo- hace un juego dialéctico, como la otra cara de la moneda del sacrificio de los fundadores que pelearon con igual ahínco contra las inclemencias del clima y la nostalgia.
Tal vez no tan casualmente se da el juego del gran piamontés universal –nombro a Cesare Pavese-; quien planteaba la imposibilidad de regreso al campo, porque la ciudad “contamina”(“Deja las letras/deja la ciudad””, podía Juan L.Ortiz). En este juego pendular logra tal vez Balbi lo mejor de su prosa, enriquecida por su anterior trabajo en la poesía.[1]
Su prosa atenta a las innovaciones de la técnica narrativa no desdeña la sutileza de una elección cuidadosa de palabras y expresiones que ponen en situación de interés la historia para que el lector lo disfrute.
El juego pavesiano de la idealización del terruño natal, la conciencia de salvarse del tedio volviendo a él, a ese lugar puro y primigenio y la imposibilidad real de lograrlo.
¿Acaso la literatura de occidente no se basa en las imposiciones de un destino –trágico por lo general- que los primeros griegos y Shakespeare extremaron con deslumbrante belleza y perennidad?
Queremos consignar con esto algo que no es fácil cuando se aborda la temática “rural”: el costumbrismo en que Balbi no cayó, gracias al manejo certero de su estilo y su claridad conceptual y que lo pone a salvo del oprobioso mote de “escritor regional”, subespecie que los críticos capitalinos –grandes inventores de frases- suelen consignar.
Es probable que por primera vez no se cumpla aquella predicción de Inés Santa Cruz: “Por ahora el discurso de la inmigración es sólo alegoría. El relato (la interpretación) surgirá cuando esa gesta adquiera, en el futuro, el sentido fundador que se le atribuyó”[2]



[1] “El hombre transparente” (1966); “La tierra viva” (1972) y “Arauz muerto y celeste” (1972).
[2] _”El relato imposible” en “Pintando la Aldea”. F.Ross. 1989







LA POETA ALEJANDRA PIZARNIK COMO “MAESTRA DE ANALISTAS”

“Nombre de lo que me muerde”*


Para el autor, “Alejandra Pizarnik, primera analizante en castellano, interroga al psicoanálisis, no sólo como espacio clínico o zona de identidad personal, sino como modo de intervenir en las discusiones de la cultura”.



Por Marcelo Percia *



Suele llamarse analizante a la persona que se analiza con un psicoanalista. En este texto el término va más allá de esa circunstancia. Alejandra Pizarnik (que tiene esa experiencia desde muy joven) participa, en otro sentido, de lo que me gustaría llamar la ilusión intelectual argentina en el psicoanálisis como experiencia del pensar.
El psicoanálisis como inmersión de quienes quieren conocerse, como ideal desculpabilizador del deseo, como figuración de un mundo familiar menos represivo, como experiencia del yo destronado, como imagen de una mismidad lejana, ajena, exiliada, como creencia liberadora de sentido, como contemplación trágica del pasado, como pregunta por la crueldad humana, como denuncia del malestar moral de nuestro tiempo, como asunto de subjetividades migrantes, extranjeras, discriminadas. El psicoanálisis como utopía de la diferencia.
La expresión Alejandra Pizarnik, la primera analizante en castellano no significa que ella sea la paciente que inaugura la lista de nuestro record internacional de analizados; quiere decir que ella, la que se sabe nacida en las palabras, es maestra excepcional para pensar una práctica cada vez más profesionalista. Llamo profesionalista a una actividad que ve en el psicoanálisis sólo una profesión. Un trabajo de rutinas, pacientes, consultorios, libros y revistas especiales, congresos, supervisiones, redes de derivación, amparos institucionales, plataformas publicitarias, estrategias de reconocimiento. ¿Es otra cosa?
Alejandra Pizarnik, primera analizante en castellano, interroga al psicoanálisis, no sólo como espacio clínico o zona de identidad personal, sino como modo de intervenir en las discusiones de la cultura; en las preguntas sobre cómo tramamos relaciones con el lenguaje, con las representaciones que nos hacemos de nosotros mismos y del mundo; con la idea de porvenir, con los asuntos de la vida: el dolor y el sufrimiento, el deseo y la muerte.
No se puede imponer a los psicoanalistas que aprendan a escuchar, como diría Pizarnik, “con una esponja en los oídos”, ni obligar a que profesores dicten en clases universitarias que “por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”, pero sería una lástima privarse de esas ideas.
Entonces, decir que leo a Alejandra Pizarnik como primera analizante en castellano es un modo de avisar que encuentro –en ella que afirmó que Freud es un poeta trágico– a una maestra de analistas.
Que Alejandra Pizarnik anotara en sus Diarios cosas que piensa sobre su propio psicoanálisis tiene y no tiene relación con el asunto. Es cierto que esas menciones se presentan como citas, pero no es allí donde ella habla mejor como analizante. Incluso cuando indago las desventuras de esa mujer joven sólo busco aprender a leer el manifiesto de su enseñanza.
La afirmación de que Alejandra Pizarnik es la primera analizante en castellano no necesita ser probada contando cosas de su intimidad o coleccionando circunstancias biográficas (historias de familia, judaísmo, aventuras sexuales, viajes, lecturas, depresiones, noches de insomnio, internaciones, intentos de suicidio o su muerte a los treinta y seis años por exceso de pastillas para dormir). Esos desechos de su vida apenas interesan aquí. No se recorta su estar analizante para engrosar la lista de casos clínicos.
“Primera analizante” puede leerse, entonces, como: mujer afectada por el lenguaje. Sensibilidad que sabe que su dolencia es cosa hecha de palabras, que percibe que las mismas palabras que dan qué pensar pueden ser tormentos, espejismos, ruidos, en los que no (se) piensa nada. O dicho de otra forma, primera no porque no haya otra antes que ella, sino porque no falta a la cita cuando es llamada a pensarse en el lenguaje. Porque sabe que la máquina de pensar es artilugio vacío y, a la vez, lleno de piezas que pueden volverse locas. Que puede darse máquina con pensamientos que la gozan, con obsesiones que la dominan, con voces que traman sufrimientos de los que, por momentos, quiere desprenderse.
No leo a Pizarnik como visionaria o testigo lúcido del psicoanálisis de su época. El sentido de la vista o su punto de vista no están en juego. Interesa Pizarnik como oído poético dislocador de una cultura que aloja al psicoanálisis como práctica del cuidado de sí.
Interesa su mirada como lo imprevisto en esa práctica. Interesa ella misma como arremetedora que alerta sobre lo que les pasa a quienes no hacen lo correcto, sobre los peligros que acechan a quienes se arriesgan a la desapropiación de sí.
Lo que queda pendiente no es la pregunta de qué pudo o no pudo el psicoanálisis hacer por Alejandra Pizarnik, sino qué puede hacer a los psicoanalistas la lectura de su obra. Leer a Pizarnik es una decisión.
Habría muchos otros modos de nombrarla: la mujer de la existencia venidera, la llamadora de ausencias, la que desespera del lenguaje, la que se aloja partida, la que arremete viajera, la enamorada de las ruinas, la que hace el mundo palabra por palabra, la que se siente deletreada por un semianalfabeto, la que vive desnuda como si llevara un traje de vidrio, la que tiene deseos de huir hacia un país más hospitalario, la inlúcida que sabe que ama sombras, la que escribe con humor “mi amante es obscena porque me toca la hora”, la que se da cuenta de que cumple una pena por nada, la del lenguaje alejandrino, la que va hacia no hay dónde, la que intenta nacerse sola, la que pregunta cómo es posible no saber tanto, la niña santa y lujuriosa, la que pide ser curada de algo que no se cura, la que advierte que habla para amueblar el escenario vacío del silencio, la que siente que el envejecimiento del rostro ha de ser una herida de espantoso cuchillo, la reina en el exilio, la que simpatiza con todos los sufrimientos, la que piensa que la felicidad consiste en estar a salvo del pronombre yo, la supliciada, la que fue demasiado lejos en su soledad. De todos los modos de llamarla, elijo este: Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis.

Esperadora
Pizarnik es el nombre de una esperadora infatigable. Escribe en su diario en marzo de 1961: “Esta espera inenarrable, esta tensión de todo el ser, este viejo hábito de esperar a quien sé que no va a venir. De esto moriré, de espera oxidada, de polvo aguardador”.
La espera, si no se confunde con la esperanza de que suceda algo, puede pensarse como dar tiempo o darse tiempo de llegada. Eso que solemos llamar el sí mismo es una existencia venidera.
La espera del analizante tiene algo de ir al encuentro de una verdad que nunca llega. Pero, una espera que es ir hacia lo que no se alcanza no es, necesariamente, impulso insatisfecho, tensión que frustra, expectativa fatigada.
¿Y una espera oxidada? Parecería una espera marchita, deslucida, sin frescura. Una espera que se consume dolida de eso que no llega. Como en A la hora señalada, que no es la película de la espera, sino la del cumplimiento de una amenaza. La urgencia de un plazo corrompe la espera. La impaciencia no es impulso de deseo; puede ser su lastre, su cautiverio.
Muchas veces, lo que una persona que se analiza espera no es la espera, sino consumar una esperanza, conquistar una felicidad custodiada de palabras, conjurar la desgracia en todas sus formas por medio del pensamiento. ¿Una especie de religión?
Quizá Pizarnik pida que el psicoanálisis le ofrezca lo que no tiene: una fórmula de felicidad. Razones de acogida a dudas de la existencia, ahora, expresadas en primera persona de un singular en el que se celebra a sí misma. Pero también percibe, en su expectativa de sentirse mejor, una ilusión de autorreforma, una maniobra de corte y confección para forzar su coincidencia con la imagen que le gustaría alcanzar.
Tal vez aquella espera oxidada, ese polvo aguardador, sean pulsaciones tristes, ansiosas, descreídas de su existencia venidera.
No se vive así como así en situación de espera; la esperanza se cuela por todas partes. El juego de la esperanza puede decirse en tres pasos. Primero, se inventa (a medida de la propia ilusión) un absoluto distante, caprichoso y salvador. Segundo, se vive en la incertidumbre (dado que el absoluto es caprichoso y distante). Tercero, se aguarda con fe (a veces portándose bien) la llegada eventual de la salvación.
Practicante de la espera no quiere decir dogma de un ir hacia sin una meta; tampoco doctrina de me da lo mismo qué pueda pasar. La escritora es practicante de la espera porque trata de deshacer en ella misma la tentación de someterse a un absoluto.
Alejandra Pizarnik analizante, más allá de todo psicoanálisis, porque es una mujer que escribe sobre lo que le pasa. Analizante porque se sabe enferma de una especie de maldición amorosa: se siente poseída por lo que no puede poseer. Analizante porque sale al encuentro de lo que no llegará, porque se sabe abandonada. Escribe en marzo de 1961: “Y he aquí lo que me mata, he aquí la forma de mi enfermedad, el nombre de lo que me muerde como un tigre crecido súbitamente en mi garganta, nacido de mi llamado”.
Llamadora de ausencias, Alejandra Pizarnik se pregunta por qué no la atraen quienes se enamoran de ella o por qué su fascinación por el abandono o por qué se empecina en llamar a quien no habrá de venir o por qué la entristece alguien que llega con deseos de verla.
Alejandra Pizarnik, una llamadora de ausencias. Pero no porque haga citas que fracasan, sino porque da de sí la voz que convoca un lenguaje. Pensar es precisamente eso: llamar a que las palabras acudan, solicitar que se apersonen en las sensaciones, las emociones, la belleza, la angustia.
Analizante, también, porque piensa su existencia como misterio. Escribe en su diario, en el verano de 1956: “No comprendo el anhelo de ‘lo fantástico’, ni a la literatura de ‘misterio’. Es que ¿es posible hallar más misterio que en la propia existencia?”.
Admite que desconoce lo que le pasa, que duda sobre el sentido de sus actos, que de su boca salen cosas que la sorprenden, que sus deseos la visitan como parientes desconocidos.
Escribe cinco años después, cuando declara su mayor obsesión después del amor y la escritura, anotando entre paréntesis su propia voz en tercera persona: “El más grande misterio de mi vida es éste: ¿por qué no me suicido? En vano alegar mi pereza, mi miedo, mi olvido (se olvida de suicidarse). Tal vez por eso siento, de noche, cada noche, que me he olvidado de hacer algo, sin darme cuenta de qué. Cada noche me olvido de suicidarme”.
No dice que quiere suicidarse, se pregunta por qué no se suicida. El suicidio no parece un deseo, sino una fatalidad. Entonces, cada noche se olvida de lo inevitable. Tal vez así, en el olvido, diga su deseo de vivir.
Alejandra Pizarnik toma, a su manera, el problema que Camus –quien, en El mito de Sísifo, afirma que el suicidio es el único problema filosófico verdaderamente serio– designa como el misterio más radical de la existencia: “¿Por qué elijo vivir pudiendo decidir mi muerte?”. Como si vivir fuera una decisión que el olvido toma todos los días. El olvido como cesación de la muerte.
Escribe en su diario, en octubre de 1957: “No soy más que una humilde muchacha desnuda que espera que lo Otro le dicte palabras bellas y significativas, con suficiente poder como para izar sus pobres tribulaciones y para dar validez a lo que de otra manera serían desvaríos”.
La proeza del decir no consiste en realizar una sustancia mentada ni en la voluntad de hablar, sino en el impulso de ceder la iniciativa a lo expresado, de confiar la cuestión del hablar a la astucia de las palabras.
Dejar la iniciativa a lo dicho es admitir que las palabras pronunciadas se adelantan a las palabras pensadas o transportan inventivas de sentido no previstas en la decisión de hablar. Oscar del Barco (Juan L. Ortiz, poesía y ética, ed. Alción, 1996), a propósito del poeta Juan L. Ortiz, escribe: “La extinción de lo humano no está produciéndose por el lado sublime del exceso sino por el lado maligno de la llamada ‘programación total’ y del ‘control total’. Pienso en la alternativa que representan el poeta y el místico, quienes saben que no son y viven como noseres. Habita el que es sin ser, porque el habitar exige el despojo de toda iniciativa. Es el sueño de Mallarmé, su propuesta de darle ‘la iniciativa a las palabras’, de que las palabras sin ‘dueño’ sean las que abren el sentido sin sentido ‘humano’ que es el poema. El habitar adquiere así característica de advenimiento”. Pizarnik sabe que pierde la conducción de lo que dice cuando escribe o que es sobrepasada por el flujo de las palabras.

La primera
Pero, ¿por qué primera si lo que se dice sobre ella podría afirmarse, también, de otras escritoras y otros escritores en castellano? Su obra poética y su prosa derraman intimidad, pero no porque permitan espiar sus secretos (su interioridad desnuda), sino porque es la obra de una mujer que intima con el lenguaje. Pizarnik traba y trama amistad con las palabras: intenta ligarse ella misma en todo lo que escribe y tiene la mala intención de estar en el decir.
Así mismo, los Diarios (y parte de su correspondencia publicada) constituyen una escritura infrecuente en nuestra lengua. En sus páginas fragmentarias no hace alarde o culto de sí, como suele ocurrir en autobiografías o memorias. Ofrece su diario de escritora como lugar de experimentación de ella misma en el lenguaje, como espacio para pensarse en relación a sus lecturas y como demora para anotar lo que siente. Hasta el final no deja de preguntarse por el deseo, el amor, la angustia, la soledad. Cada vez intenta nombrar lo que no puede decir. No censura hechos que teme confesar ni secretos que la inquietan. Prueba escucharse pensar lo que le pasa. Escribe como una analizante que se hace destinataria de sus palabras.
Un año antes de su muerte publica El infierno musical. Cito de allí un texto que se llama “La palabra que sana”. Propongo leerlo como manifiesto de su enseñanza: “Esperando que un mundo sea de-senterrado por el lenguaje, alguien canta en el lugar en el que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa”.


* Texto extractado de Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis, que distribuye en estos días Alción Editora.


-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-124121-2009-04-30.html






Furia de lo vivo*



La carne de las flores cae en racimos


Resbala en el aire


Agujeritos de luz en la mancha verde
Por donde los espías del cielo
Nos dan señales..


La belleza está en lo inesperado.


Una hoja se suelta casi con dolor

Emisario que trae la noticia.


“Los ángeles no existen
son ustedes”



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






Correo:



CENTRO CULTURAL BERNARDINO RIVADAVIA
San Martin 1080 –Plaza Montenegro - Rosario

CICLO: "Del derecho y del reves de la memoria” *

Mayo
"Accion, accion para la liberacion"
Consigna que se gritaba en las calles en aquel ‘69


Lunes 04 /20:00
“Yo estuve alli, hace cuarenta años”
Ps. Laura Capella
Se presentara el ciclo del año 2009 y se evocara con el publico que hacia cada uno en aquellos años, cuarenta años atras.


Lunes 11/20:00
“Memoria, historia y politica: a 40 años del ' 69” .
Cristina Viano . Historiadora- docente de la carrera de Historia y de la Maestria Poder y Sociedad desde la perspectiva de Género de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. Coordinadora del Centro Latinoamericano de Investigaciones en Historia Oral y Social (CLIHOS).
El año 1969 constituyo el punto de partida de un periodo de grandes movilizaciones y protesta social, con nuevos contenidos, y tambien con protagonistas claramente definidos que emergieron colectivamente en el campo social. Los sectores combativos de la clase obrera e importantes segmentos de la juventud, en especial estudiantes desarrollaron busquedas y postularon alternativas al orden social existente con una intensidad y profundidad ineditas en la historia argentina. El gran capital nacional y transnacional, las fuerzas armadas, la jerarquia eclesiastica y la burocracia sindical fueron objeto de un cuestionamiento que se intensificaria progresivamente en los años posteriores prolongando y condensando un complejo proceso de disputas sociales y politicas. Este cuestionamiento en 1969 se materializo a través de un conjunto de protestas obreras, rebeliones populares e insurrecciones urbanas que se desarrollaron en el interior del país (Rosario y Cordoba principalmente) e hicieron naufragar los ambiciosos proyectos de la dictadura instalada en 1966.
Los vientos de critica, de necesidad de cambios radicales, de avance de las demandas populares y de contestacion social, de nuevos imaginarios y nuevas utopias que encarnaban en vastos segmentos sociales si bien no pueden agotar la mirada sobre esos años, sin duda constituyen sus marcas y forman parte de la memoria social, la reflexion politica y de la historia reciente conformando un paisaje intersticial en el cual inscribimos nuestra propuesta para este ciclo.


Lunes 18/20:00
“Memorias, sujetos e identidades en la militancia de los años sesenta y setenta en Argentina”
Dra. Laura Pasquali, Historiadora y docente de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR. Miembro del Taller de Historia Obrera
Se abordara el contexto de emergencia de los movimientos revolucionarios de los años sesenta y setenta, haciendo especial referencia a las redes de socializacion, las motivaciones politicas, sociales y de clase que condujeron al activismo. Considerando que la participacion en organizaciones revolucionarias impacto en las identidades y las experiencias de los actores, tambien se discutira acerca de la visión socializada de como debia ser un militante y el lugar que ocuparian varones y mujeres en la sociedad que se estaba construyendo.

Creacion y coordinacion del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Lunes 20 hs.
Entrada libre y gratuita. Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar
Auspician:
· Facultad de Psicologia, UNR
· Colegio de Psicologos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
· CEIDH (Centro de Estudios e Investigacion en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
· IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Etica y Practicas alternativas "Paulo Freire" - Facultad de Derecho. UNR.)


*Laura Capella. elecapella@yahoo.com.ar
…hacer de la caída un paso de danza, Pessoa


*

Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 3 de mayo de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores colombianos Edgar Rivera Laverde y Manuel Mejía Serrano. Las poesías que leeremos pertenecen a Norman Salazar Leiter (Colombia) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


*


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Wednesday, April 29, 2009

DEMASIADA REALIDAD MATA...




Demasiada realidad*



El hombre entra al bar cuando ya ha transcurrido gran parte del día. Ya ha sobrellevado acontecimientos. Tropiezos. Horas de trámites que no solucionan nada o casi nada de las cuestiones pendientes. Estuvo 6 horas esperando su turno. Después el empleado le explicó que falta este papel y el otro, y que por ejemplo no figura su número de documento en la constancia de cuenta bancaria.
Cuando sale de esa oficina va hacia el banco, una nueva espera y un nuevo tramite para agregar al anterior que quedará nuevamente inconcluso por hoy. En la calle peatonal la gente esta ocupada en comentar una pelea entre dos gitanas. Una de ellas mordió a otra y esta maldice y jura venganzas mientras se seca sangre en su rostro. -Se pelearon porque compartían un hombre. -Explica la vendedora ambulante de los títeres.

De la jornada que ha vivido hasta llegar al refugio del bar le quedan sensaciones que no logra procesar del todo bien. No encuentra la palabra justa: desasociego, opresión, stress...
Antonio -el pequeño mozo italiano que ya trabajaba por estos lugares en el año en que el hombre nació, ya fue a la barra y volvió con el café.
El hombre necesita que alguien lo escuche.
-Sabés Antonio... le dice tratando que el mozo no se vaya, que no lo distraigan de la frase que necesita hacerle oir.
Antonio se queda ahí, mirandolo con los ojitos chiquitos que no han envejecido nada, poniendo cara de máxima atención.
-Demasiada realidad....
-Demasiada realidad, Tonio.
-Eso es lo que mata a la gente..!!!, -Contesta el mozo.
Cierto. Era eso, lo que faltaba para completar la frase y la sensación del día.
"Demasiada realidad mata..."


*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






DEMASIADA REALIDAD MATA...





Martes, 28 de Abril de 2009
JUAN JOSE MILLAS Y LOS RELATOS DE LOS OBJETOS NOS LLAMAN

"Se escribe para resolver algo, para desatar un nudo"*


Para el autor español, la escritura significa una forma de autoanálisis, "y a medida que uno hace ese autoanálisis también va cambiando e interactuando con su propia escritura". Su libro permite asomarse a un curioso doblez de la realidad.



*Por Silvina Friera


Cuando Juan José Millás saluda, fresco y radiante como si recién se hubiera despertado de la siesta, dan ganas de pedirle que se saque inmediatamente los zapatos para comprobar si lleva dos pares de calcetines, uno de lana y otro de nailon, para llevar "mejor sujetos los pies", como uno de los protagonistas de su reciente libro de cuentos, Los objetos nos llaman (Seix Barral), que presentó en la Feria del Libro. Aunque el escritor español toma la materia prima de la realidad y la convierte en literatura para hacerla más digerible, Página/12 no se anima a hacer un pedido tan estrafalario. Los
breves relatos, 75 en total, tienen el poder de hacernos viajar por el revés de la realidad. Hay personajes que ven maniquíes que sudan y mujeres grandes que sueñan con hombrecillos; una caja de fósforos heredada alumbra un fantasma familiar, una puerta encontrada en la calle se convierte en una
especie de tótem. Pero también aparece un escritor asediado por un amigo invisible que es crítico literario, otro señor que soñó que se comió unas bragas con cuchillo y tenedor, una viuda que no puede desprenderse de la ropa de su marido muerto y un taxista que se jacta de haber leído a Kant y las obras completas de Borges. Visitar el mundo de Millás, un arquitecto de la mirada oblicua, es caminar por calles conocidas como si fuera la primera vez. El lector se desplaza por un territorio amable, aunque en cualquier esquina pueda encontrarse, sin previo aviso, con lo siniestro.
Estructurados en dos partes, "Los orígenes" y "La vida", los cuentos de Los objetos nos llaman podrían conformar una especie de novela subterránea.
"Todo libro de cuentos que vale la pena esconde una novela secreta. Para que un libro de cuentos sea un auténtico libro de cuentos, esos cuentos tienen que relacionarse entre sí, de manera que siendo cada cuento una unidad autónoma, la suma de todo dé lugar a otra unidad de signo mayor", explica Millás. "El origen de este libro lo soñé. Yo trabajo mucho en esa zona del despertar donde tienes un pie en la vigilia y otro en el sueño. Me gusta ese estado, me resulta muy creativo. En uno de esos estados pensé en un libro de cuentos que tuviera la relación que tienen las calles en el casco antiguo de una ciudad medieval; cuentos que formaran una red por la cual el lector se puede perder como el caminante se pierde en la red de calles de una ciudad medieval."
-¿Por qué aparecen en varios cuentos personajes que ven "muertos en vida"?
-No sabría explicarlo con toda certeza. A lo mejor lo que es muerte es vida, o lo que es vida es muerte. Siempre me ha obsesionado mucho este tema, y porque no lo he resuelto lo sigo trabajando. Hoy me ha ocurrido una cosa curiosa en el avión, que seguramente dará lugar a un texto. Cuando me he despertado, la azafata me había dejado el papel de inmigración que hay que rellenar. Puse la fecha de nacimiento y a continuación imaginé que ponía la fecha de muerte. Me gustó fantasear con la idea de que en ese vuelo ya estábamos todos muertos y nos obligaban a poner la fecha de nuestra muerte, a pesar de que estábamos aterrizando en Buenos Aires. No sabría explicar esta idea, pero tiene que ver con esta tendencia mía a ver siempre del otro lado, a ver el forro de las cosas. Quizás el forro de la vida sea la muerte, o quizás el forro de la muerte sea la vida, vete a saber.
-¿Cómo explica el hecho de que muchas veces los objetos hablan más de las personas que lo que cuentan las mismas personas?
-Los objetos que nos rodean se contagian de nuestra personalidad, de nuestra identidad. Es verdad que si tú quieres describir a una persona, serás más veraz si describes sus objetos. Pero hay algo más inquietante todavía y es la permanencia de la persona en el objeto. Por eso no sabemos qué hacer con
los objetos de los muertos. No hay nada más desolador que llegar a casa, después de haber enterrado a un ser querido, y enfrentarse a sus zapatos.
Porque tienes el sentimiento de que el muerto sigue ahí, por lo menos durante un tiempo. No somos conscientes de la relación que tenemos con los objetos y que ellos tienen con nosotros. A mí me fascina mucho la idea de que los objetos tienen una pequeña vida y que desde esa pequeña vida intentan comunicarse con nosotros. Esto lo ha trabajado muy bien Felisberto Hernández, que me encanta, y creo que es uno de los grandes cuentistas del siglo.
-Se anticipó a mi pregunta, justamente le iba a preguntar si le gustaba Felisberto: se nota en sus cuentos que sobrevuela el aura del escritor uruguayo.
-Sí, alguien que haya leído a Felisberto lo notará. Hay un libro de Tomás Eloy Martínez, Lugar común la muerte, donde hay un ensayo sobre Felisberto.
Y cuenta una cosa increíble. En sus últimos días estaba pendiente del teléfono porque estaba esperando que lo llamaran para decirle que le habían dado el Premio Nobel (risas). Es un personaje muy curioso porque es uno de los pocos escritores que no tuvo un solo día de felicidad en su vida. Es curioso que siendo un escritor tan grande, sea tan poco conocido.
Seguramente Cortázar y parte de Borges sería inexplicable sin Felisberto.
-A propósito de la felicidad, en uno de los relatos el narrador dice que no puede escribir una línea cuando está feliz, en cambio sí cuando tiene una sensación de malestar. ¿Usted también necesita del malestar para escribir?
-La escritura surge del conflicto: si no hay conflicto, no hay escritura.
Igual que la lectura. Uno empieza a leer porque está mal. Por eso siempre digo que las campañas de lectura que se hacen son bien inútiles, porque un adolescente que está bien no lee, anda por ahí (risas). Se escribe para resolver algo, para desatar un nudo, para curar una herida, para entender algo, para entenderte a ti mismo. Por eso alguien que no tenga desacuerdo ninguno con el mundo podrá hacer otras cosas pero no escribirá. En ese sentido, es cierto que tiene que haber un malestar, o llámelo desacuerdo,
extrañeza, inquietud, que es lo que te empuja a escribir.
-¿La escritura le permitió explorar, parafraseando uno de sus cuentos, a todos los "juanjos" que hay en usted?
-Bueno, en eso estamos, ¿no? (risas). Uno se pasa gran parte de la vida construyéndose, pero hay un punto en que se empieza a deconstruir, un punto en que uno deja de ser. Esta es una impresión que todavía no tengo muy bien verbalizada. Yo he hecho de la literatura un ejercicio de autoanálisis, de
autoconocimiento. Lo que pasa es que a medida que uno hace ese autoanálisis también va cambiando e interactuando con su propia escritura.
-¿Por qué en Los objetos nos llaman hay muchos viajes en taxi, pero no aparece el autobús o el metro?
-Lo hago por mi madre, a ella le daba mucha culpa utilizarlos porque, claro, su economía no era como para coger taxis, entonces lo ocultaba. Cuando iba con ella me decía: "a papá dile que hemos ido en metro" (risas). El sueño de mi madre era ir en taxis a todas partes. Creo que yo voy en taxi por ella,
para que lo que hay en mí de ella lo disfrute. El taxi es un espacio muy extraño. Es una burbuja en la que dos personas que no se han visto nunca, y que seguramente no se van a volver a encontrar, conviven durante veinte minutos o media hora. Y además hablan estando uno de espaldas al otro y tratan de comunicarse a través de un espejo retrovisor. Siempre encuentro material para escribir un relato sobre taxis y taxistas.
-En esos relatos de taxis a veces aparece un tono irónico hacia la erudición, el taxista que lee a Kant y le pregunta al pasajero si conoce a Borges, pero también en otros cuentos los narradores dicen que no leyeron al Quijote o que no entendieron del todo a Shakespeare. ¿Cómo explica esta recurrencia?
-Hay una ironía sobre la sacralización y las unanimidades literarias. No hay cosa que me genere más rechazo que la unanimidad. La unanimidad es una de las cosas que perjudica mucho la lectura. Cuando empecé a leer, la lectura no estaba bien vista. Además, había libros oficialmente malditos que
figuraban en el índice del Vaticano. Yo hacía de la lectura algo de ejercicio clandestino. Recuerdo haber leído bajo las sábanas, con una linterna, por las noches. Ahora está de acuerdo en que leer es bueno hasta el ministro del Interior. Si yo fuera adolescente en un mundo en que los docentes, los padres y el ministro del Interior estuvieran de acuerdo acerca de las bondades de la lectura, creo que no leería. Me fugaría a los videojuegos. Esa unanimidad que se manifiesta en torno de un libro hace un daño tremendo. Entonces ironizo un poco sobre esto. La lectura es un ejercicio privado y enormemente subjetivo, de manera que uno puede reconocer que hay obras maestras que emocionalmente no le llegan, y obras que sin ser maestras pueden haberte modificado la existencia. El canon es demasiado rígido y hay que aceptar siempre la posibilidad de un canon privado que haya tenido efectos mejores en uno que si hubieras seguido el canon público.
-Felisberto no está en el canon público, pero sí en su canon privado.
-No creo que Felisberto esté en ningún canon, y sin embargo a mí me amputas a Felisberto de mi biografía lectora y me has hecho polvo.
-En uno de los cuentos, "La metamorfosis", el tío del protagonista lo llama para contarle que su mujer se ha convertido en hombre. ¿Es un homenaje o relectura del texto de Kafka, un autor muy importante en su biografía lectora?
-Conscientemente no. No lo había pensado... Puede que inconscientemente lo haya hecho, pero en ningún momento lo asocié con Kafka. Es una buena lectura que a mí no se me hubiera ocurrido.
-Además de Felisberto y Kafka, ¿qué otros autores conforman su canon privado?
-Cuando se tiene una biografía lectora larga es muy difícil resumir. Seguro que digo algunos nombres y después me voy a olvidar de otros. Cuando me hacen esta pregunta, nunca me sale Felisberto Hernández, quizá porque intento darle más satisfacciones a quien me pregunta. Tengo muchísimas lecturas que sin estar en el canon para mí han sido fundamentales, como es el caso de Patricia Highsmith, una autora importantísima, o John Le Carré, que cuando lo empecé a leer estaba mal visto, había que leerlo a escondidas, porque era un best seller. A veces cae sobre determinadas obras el estigma de ser un best seller y hace que mucha gente se prive de su lectura. Me estoy acordando de una novela que me gusta mucho, pero que nadie de mi entorno ha leído, El turista accidental, de Anne Tyler, una novela prodigiosa, pero sobre la que cayó también el estigma de best seller. Hay una historia de la literatura que está por escribirse, donde estaría Bartleby, el escribiente, El corazón de las tinieblas, Pedro Páramo, La metamorfosis, Los muertos, el cuento de Joyce...
Millás, entusiasmado por el tema, recuerda una conferencia que tituló Mamíferos e insectos. "El mamífero es un ser imperfecto que está siempre evolucionando en busca de la perfección. Por lo tanto, está mutando continuamente y tiene zonas necrosadas. El insecto, en cambio, es un animal que no evoluciona porque era perfecto hace tres millones de años. La cucaracha y el mosquito que encontrás en tu casa son idénticos a los que había hace tres millones de años. En este sentido, opongo el Ulises de Joyce versus La metamorfosis de Kafka. Son dos obras contemporáneas, publicadas con cuatro años de diferencia, y cada una parece el negativo de la otra. A nadie se le ocurriría hacer una edición que no fuera crítica del Ulises, con notas al pie de página, porque es un mamífero lleno de zonas necrosadas. No hay nada más contradictorio que una novela con notas al pie de página. Los mamíferos acaban siendo pasto de la academia, no del lector ingenuo. Y el lector que busca novelas es el lector ingenuo. Hay un estudio de la literatura sin escribir, que sería el de los insectos", plantea el escritor.
-A propósito del cuento "Una vocación de clase media", sobre un escritor que tiene un crítico imaginario, ¿qué le dice a usted su crítico imaginario?
-No es muy amable, y no debe serlo porque a veces me dice verdades, me dice lo que no está funcionando en medio del desconcierto. Cuando terminamos un libro es curioso la falta de discurso que tenemos. Lo vamos generando a medida que nos preguntan. En el trabajo narrativo, a diferencia del ensayo, hay mucho de impresión, de ir hacia un sitio porque me dice el olfato que vaya hacia ahí, pero me puedo equivocar. Siempre pienso lo diferente que es esta actividad respecto de otras. Ningún constructor de puentes puede dudar, tiene que estar seguro para que la gente pueda caminar y no se caiga, pero
nosotros vemos qué pasa y a lo mejor el lector intenta pasar por nuestro puente y se hunde.
-Es la incertidumbre y el azar que no manejan el escritor ni el lector...
-Ni tampoco el crítico, porque esto es inherente a la historia de la literatura. Hay obras que no se escribieron con intención literaria y pasaron a la historia de la literatura, como la Biblia; la obra de Freud, que merecería estar en la historia de la literatura además de estar en la historia de la ciencia; El origen de las especies, que aparte de sus virtudes científicas es literaria. Además, lo que en una época resulta malo en otra es bueno. La literatura es un territorio muy inestable.



La ficha


Juan José Millás nació en Valencia en 1946. En 1974 publicó su primera novela, Cerbero son las sombras, con la que ganó el Premio Sésamo. Entre sus novelas se destacan Visión del ahogado (1977), El jardín vacío (1981), Papel mojado (1983), Letra muerta (1984), El desorden de tu nombre (1988), La
soledad era esto (1990), Premio Nadal; Tonto, muerto, bastardo e invisible (1995), No mires debajo de la cama (1999), Dos mujeres en Praga (2002) y El mundo (2007), Premio Planeta de Novela. También ha publicado los libros de relatos Primavera de luto (1989), Ella imagina (1994), Articuentos (2001) y
Cuentos de adúlteros y desorientados (2003). Es columnista del diario El País, de España, y su obra narrativa ha sido traducida a 23 idiomas.


La responsabilidad de la derecha

En España hay cuatro millones de desocupados. ¿Cómo vive usted esta crisis?
-Hay una situación de desconcierto y de miedo. Hemos vivido en un espejismo; tengo la impresión de que ahora estamos regresando a la realidad, lo que pasa es que no sabemos dónde queda porque nos hemos alejado tanto de ella.
Parte de esa riqueza en la que hemos vivido era un delirio, un sueño, y ahora hemos despertado. Y es un despertar muy brusco. El drama es tremendo.
Esta crisis la ha provocado la derecha, pero la que está pagando el pato en las encuestas es la izquierda. La izquierda no se atreve a tomar decisiones de izquierda, cuando sería un momento excelente para tomarlas. La izquierda está poniendo parches para ver si pasa el temporal. En la cabeza de la gente
empieza a aparecer un razonamiento que es que si vamos a salir de la crisis con las recetas de la derecha, mejor que la aplique la derecha, que tiene experiencia, y la aplica además sin escrúpulos. Con lo cual la debacle electoral puede ser brutal. No se ve un horizonte y no se están tomando decisiones de izquierda. Por ejemplo, sería un momento excelente para nacionalizar bancos porque nadie se quejaría, sería un momento excelente para subir los impuestos a partir de determinada renta, pero la izquierda a
veces adopta posiciones de la derecha por miedo. La derecha no tiene ningún pudor ni ningún complejo en decir que ellos pueden arreglar la situación. Ya sabemos cómo la arreglan, pero la izquierda no se atreve. Es una situación que me tiene sobrecogido.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-13681-2009-04-28.html







JUAN*

A “Balazo” Renzi


En aquel tiempo era un muchacho delgado, tímido y desgarbado que pretendía –sin éxito-pasar desapercibido.
En las reuniones estaba siempre en silencio, como si fuera mudo, pero apenas abría la boca para insertar una broma a guisa de bocadillo, ésta se convertía en un misil que daba en el blanco, porque aún la más inocente de sus intervenciones adquiría un carácter de crítica que la hacia aguda, frente a las conversaciones romas e insulsas del resto.
En el curso de una reunión danzante –como eufemísticamente se nombraba a los bailes- podía pasar invisible, ya que se negaba a bailar, sistemáticamente, aduciendo que no sabía. Pero quienes lo conocían bien aseguraban que tomaba esta actitud para estudiar las reacciones que los demás ofrecían a la sociedad cuando se soltaban al ritmo más que relajado de la música de moda. En su mesa del bar del club, donde lo más chicos nos arrimábamos tan sólo para festejar sus chuscadas, sus ironías filosas dichas con esa cara simple de chacarero (que era lo que había sido hasta hacia muy poco) es decir una cara como de asombro, pero de un asombro que ya era un rictus de costumbre en é, nunca estaba sólo.
Cuando tenía público (en especial un público entusiasta, que era casi como su cohorte personal) se ponía más fino y más lúcido, allí desgranaba sus humoradas ácidas para que esa media docena de adolescentes incondicionales le festejáramos todo, hasta los gestos cómicos que armaba casi sin mover las cejas, frunciéndolas en una levedad que sólo nosotros éramos capaces de interpretar y que dejaba más al descubierto al blanco de ese día, quien sería algún atribulado y arrepentido que lo habría querido contradecir o –lo que es peor- tomándole un poco el pelo, intentar revertir ese papel de tonto que hacía desde mucho tiempo, horas a veces, sometido a la inplacabilidad de su saña.
Y cuando entraba a la cancha, con las medias caídas, la camiseta afuera, el pantalón descolorido y su caminar cansino, con la impresión que un pie no podía moverse si el otro no lo autorizaba, todos sonreíamos felices.
El solamente corría en los clásicos –me asegura Osvaldo Gago- pero no estoy seguro que él, Juan, alguna vez corriera, que se dignara tomar velocidad con ese cuerpo bastante flaco, por otra parte, donde los huesos parecían navegar en un pequeño arroyo de aguas revueltas, como tratando de reacomodarse entre esas piedras gastadas por la corriente de todos sus años. Hasta que no tocara una pelota podría parecer que su puesto estaba cubierto allí por una convención, ya que el equipo se debe completar de cualquier modo. Pero cuando la tenía dominada, muerta y enamorada sobre su empeine, el mundo cambiaba de forma, todas las estrellas se cambiaban de lugar y los ríos detenían su curso.
Era como una sinfonía que no había sido escrita, pero ante sus desplantes hecho a los adversarios sonaba como una orquesta cuya partitura leía sin cesar en el aire.
A partir de allí, se jugaba el partido donde él estaba, lo demás (es decir todo el equipo adversario) dejaba de tener sentido aunque luego el partido se perdiera por alguna contingencia. Ese día los astros habían brillado ante su sola constelación y su única batuta. Con el tiempo su fama se fue extendiendo y podía jugar en los cinco puestos de la delantera de entonces, pero mi memoria lo planta en su número ocho en la espalda, haciendo de nexo, jugando un poco retrasado, no porque se lo imponía la responsabilidad de su puesto sino su propia pereza.
Con el tiempo hasta los adversarios empezaron a encariñarse con su delicada gambetas primero y luego ese muchacho de apariencia simple, de gestos humildes que de vez en cuando podía exhibir un inesperado gesto que lo acercaba a una acción despiadada. Pero no siempre era así.
Y tal vez todo dependiera de su humor cambiante de depresivo crónico, o de la inspiración del momento y allí sí, uno que lo conocía un poco sabía que podía estirar el límite de la habilidad hasta la humillación de los pobres desdichados que se le pusieran enfrente y hubiesen pretendido golpearlo, a cometer alguna mala intervención con ese cuerpo desgarbado y cansino, esas piernas que los dioses habían dotado de una coordinación con su mente que lo podía convertir en alguien parecido al genio que siempre admiramos en otro.
Algunas muchachas (la expresión es anacrónica) casaderas gustaron de él y hasta es plausible suponer que tuvieron cierto grado de enamoramiento. Pero él no dio un paso para entrar a esas fortalezas con las puertas bien bajas.
El lo sabrá a estas alturas, no sé.
Y un día se fue.
Un día gris, de llovizna, sin decir nada a nadie sin equipaje, se fue con lo puesto. No saludó a nadie tal vez para no prometer volver.
Cosa que no hizo hasta hoy, Se resistió a todos los acercamientos que han hecho sus amigos para traerlo al pueblo.
Cada uno sabrá sus cosas, allá él.
Pero sería bueno que los pibes que se criaron oyendo sus anécdotas antes de empezar a ser leyenda lo conocieran.
Y comprendieran por fin que Juan es de carne y hueso, que un día nos hizo muy, pero muy felices.
Como cuando dirigía con una de sus piernas imbatibles la pelota contra ese ángulo esquivo y la clavaba directamente en la red, que se quedaba temblando en el fondo de nuestras retinas.
Y allí están para siempre “esas muchas veces” que batió la valla del adversario casual, que ese día ponía su pobre humanidad bajo el implacable golpe de genio de Juan.
El mismo que se quedó sin volver.



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







Parejas y confianza, en baja*



*Por Linsey Hanley
Fuente: ESCRITORA BRITANICA


Si no confiamos mucho unos en otros, difícilmente se pueda esperar que nos casemos, En muchos países occidentales la cantidad de casamientos experimenta una marcada caída, como así también el porcentaje de gente que considera que se puede confiar en los demás. Tal vez si se reformularan los votos matrimoniales y se les incorporara una frase como "¿Piensa que este sujeto se va a escapar con su dinero pasados diez años?", más gente podría sentirse inclinada a aceptar la oferta.

Es posible que sean menos las personas que se casan porque experimentaron en carne propia lo que la destrucción de la confianza en un matrimonio le ocasiona a la gente. Pero hay un aspecto más de esta doble declinación de la confianza y el matrimonio, y es que ambos se están transformando en patrimonio exclusivo de aquellos que pueden permitírselos. En un reciente ensayo sobre la clase trabajadora inglesa, el novelista Andrew O Haagan se queja de que "toman su alienación como algo por completo natural". No es eso lo que veo en los rostros de los hombres jóvenes en los pueblos y ciudades
de Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos, por ejemplo, que están desocupados o subempleados y apenas pueden subsistir, para no hablar de mantener a alguien más. Lo que veo es una furia permanente, un rechazo indignado, ya que saben que la vida no debería ser así, y con "así" me refiero a lo que sea que los haya golpeado ese día.
Por otra parte, en Gran Bretaña, la mayor parte del 24 % de las mujeres que crían solas a sus hijos es tan vulnerable como antes de que disminuyera la cantidad de matrimonios. Muchas están solas porque los hombres que conocen no tienen la suficiente confianza en sí mismos como para que pueda, a su vez, depositarse la confianza en ellos. Son demasiados los hombres que parece que no pueden sobreponerse a su furia, y eso no hace más que hacerlos sentirse más inseguros. Si tan sólo pudieran reprimir esa rabia durante un día, descubrirían que cuando uno sonríe los demás nos devuelven la sonrisa.

Copyright Clarín y The Guardian, 2009. Traducción de Joaquín Ibarburu.

*Fuente: Clarín





Corazón de oro*


Todos le aconsejaban que se casara con él. Para ellos el tenía un corazón de oro, ella lo sentía un poco frío. Le encantaba el pelo que le caía sobre la frente y sobre todo el del pecho, una curiosa selva. Se casaron. Un día, para sorprenderlo, entró en el estudio sin golpear. En el escritorio estaba el limpia metales, en la mano de él la pequeña gamuza, apenas visible detrás del vello del pecho, el cierre que abierto mostraba el sello dieciocho quilates, bien a la izquierda. Comprendió que lo que no le gustaba de él, era esa siniestra falta de metáfora.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








El raro caso de la pianista feroz*




*Por Marcelo A. Moreno. mmoreno@clarin.com



En medio de tanta peste echada a rodar por el planeta, pasó casi desapercibida la difusión por parte del Senado de EE.UU. de un informe que precisa que el vicepresidente de Bush, Dick Cheney y la entonces consejera de Seguridad Nacional -luego Secretaria de Estado-, Condoleezza Rice autorizaron en el 2002 el uso de lo que llamaron "técnicas brutales" de interrogatorio, es decir la tortura.
De Cheney, nada sorprende mucho. Ni siquiera que se haya quejado que la revelación ordenada por Barack Obama no haya incluido la lista de atentados que esos persuasivos métodos habrían evitado. El vice de Bush -situado a su derecha, si eso fuera posible- ostenta un currículum récord en opacidad
lleno de operaciones secretas y hasta de una acusación por fraude cuando dirigía una empresa petrolera.
Muy distinto parece el extraño caso de Condy Rice. Doctorada en Ciencias Políticas, miembro de la American Academy of Arts and Sciencies, autora de libros como La era Gorvachov, con Philip Zelikow, es también catedrádica en Ciencias Políticas y recibió por su labor docente premios a la Excelencia en
la Enseñanza y la Enseñanza Distinguida. También fue directora de la facultad de Stanford.
Negra, soltera, devota presbiteriana, Rice es una eximia intérpetre del piano y ha brindado numerosos conciertos aún cuando era Secretaria de Estado.
Pero en julio del 2002, se reunió con el entonces jefe de la CIA, George Tenet y aprobó que martirizaran a Abu Zuybaydah, sospechoso de ser un alto jefe de Al Qaeda. El presunto terrorista fue sometido unas 80 sesiones, en las que lo sometieron al "submarino", espanto que consiste en colocar a una persona al borde mismo de la asfixia por inmersión.
Entre otras "técnicas" admitidas por Rice figuran la humillación sexual, el acoso con animales y la exposición a música ensordecedora, luces despiadadas y temperaturas extremas.
De tan altas autoridades provino el permiso para ejercer el horror que hoy el presidente "progresista" Obama puede con toda comodidad prometerle a los torturadores de la CIA que no serán juzgados. Ni ellos, ni nadie. Eso sí, nada de andar reincidiendo.
Todo lo cual confirma que ni una esmerada educación ni una inteligencia esclarecida ni una práctica religiosa ni una marcada sensibilidad artística garantizan no convertirse en un depravado.


*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2009/04/29/sociedad/s-01908093.htm








Flores para mi viejo*



*Por Luciano Trangoni



Acababa de comprar, sin estar del todo convencida, un ramo de flores para mi viejo. Los médicos habían sido claros cuando dijeron que a partir de entonces tenía prohibido beber una sola copa de alcohol. Ni una sola, habían dicho, aunque se muera de ganas, porque de ganas no se iba a morir nunca, en cambio, la próxima copa podía ser la última, y eso nos quedó bien clarito a mamá y a mí, que mirábamos al doctor sin atrevernos a pronunciar una palabra, como si todo aquello fuera culpa nuestra. Y nada de chocolate,
agregó después mientras nos despedía con un apretón de manos. Por eso le compré flores a mi viejo.
Llegué a la casa cerca del mediodía. No hacía demasiado frío pero antes de tocar el timbre sentí un temblor en todo el cuerpo. Mamá demoró en atender y eso me permitió tomar aire y pensar con más claridad.
La puerta de entrada parecía otra. Ya no era la puerta que guardaba en mi memoria. Era otra. Esta estaba despintada y se le notaba el paso del tiempo.
Es una lástima, pensé. Una lástima volver a verla así, tan vieja y arruinada, tan descolorida.
Cuando mamá se asomó yo le sonreí. No pude sonreírle con la mirada pero sí estiré mis labios cuanto pude y me incliné para abrazarla. Ella también intentó una sonrisa.
-¿Viniste sola?, dijo quitándome de las manos el ramo de flores.
-Es que Marcelo tenía muchas cosas que hacer y...
-Sí, ya sé. No me digas nada.
-¿Qué importa?, pensé. ¿Qué importa que Marcelo no haya venido? ¿Qué podría hacer él, de todos modos, por cambiar la salud del viejo? Eso pensé, pero no le dije nada. No tenía ganas de discutir.
-Andá a saludarlo que está en la pieza -dijo ella mientras me ayudaba a quitar el abrigo. Nosotras después charlamos.
Antes de atravesar el pasillo que conducía a la habitación de mi viejo sentí que estaba a punto de internarme en un túnel oscuro y húmedo. Las paredes amarillas comenzaban a descascararse, pero aún así había algo que las salvaba de la ruina. Aquellas paredes seguían, a pesar de los años, cubiertas por las fotos. Las mismas fotos de siempre.
Rechacé, al principio, la idea de contemplarlas, la idea de hacer un alto en el camino y contemplarlas, porque supuse que aquello me haría daño. Sin embargo no pude evitar disminuir la velocidad de mis pasos hasta llegar a una inmovilidad casi completa.
Mis viejos abrazándose, en blanco y negro cuando eran novios y estaban delgados y eran ágiles, cuando el cuerpo aún no habría de dolerles, cuando los fracasos eran pocos o no merecían la menor importancia. Y en esta otra, yo, con los ojos cerrados en brazos de mamá y sin una media, junto a mi madrina que está irreconocible en el departamento de calle Mitre, también en blanco y negro. Y en la de al lado, otra vez yo, aprendiendo a caminar, mirando hacia arriba como si quisiera que me alzaran, con el pantaloncito
color rosa, sucio en las rodillas y despeinada. O la otra, donde estoy con el guardapolvo blanco. Me acuerdo bien que me daba vergüenza posar para esa foto porque mamá me había cortado el flequillo y era el primer día de clases y yo estrenaba zapatos nuevos, unos zapatos dos números más grandes para que me durasen todo el año. Y aquella otra junto a toda la familia en el cumpleaños de la abuela. Acá el viejo está más gordito, más maduro. Y mamá también está más gordita, aunque salió divina, inclinada sobre la torta encendiendo las velitas sin mirar a la cámara. Y ésta otra, siempre me gustó esta, con el vestido blanco de los quince, o la de al lado, en el viaje a Córdoba que hicimos en el Peugeot, o en el Renault, no me acuerdo. Y acá, otra vez de blanco, pero ahora junto a Marcelo, que vestía de negro y se
había peinado hacia atrás y estaba nervioso y salió tan ridículo con las manos cruzadas por delante, como si quisiera ocultar el anillo o algo por el estilo.
Mi viejo estaba recostado, con el cuerpo cubierto hasta los hombros por una frazada. Hacía días que no se levantaba más que para ir al baño. Estaba delgado y parecía tener el rostro recién afeitado. Sentí deseos de estornudar, pero me contuve para no hacer ruido, para no alterar la paz en la que se encontraba.
Junto a su cama había una silla vacía, y sobre la mesita de luz un vaso de agua y un par de cajitas de remedios. Un rayo de luz atravesó las cortinas y cayó en forma oblicua sobre las frazadas que cubrían el cuerpo de mi viejo.
Me senté junto a él, sobre la silla que minutos antes había ocupado mamá.
Una mosca revoloteó en círculos recorriendo la habitación, la misma en que dormí años atrás, antes de irme para siempre, del mismo modo en que en ese preciso instante estaba yéndose también mi viejo.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-18292-2009-04-28.html





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Thursday, April 23, 2009

EN UNA ESPERA FICTICIA...




TU ESQUELETO DE POLEN LUMINOSO*



¿De donde llega este escondido polen?
¿De que vientos de agobio?
¿De que muertes?
¿Qué naufragios trajeron tu pasión de arena?
¿Cuáles fueron los puertos, los amores?
¿Cómo escrutar los secretos de tu boca?
¿Cómo acceder al mapa de tus manos?
¿Cómo desvelar los ojos de la noche?
¿De que graneros viene?
¿De un pequeño alfarero?
¿Un labriego?
¿Una campesina de callosas manos?
¿De la alegría de las ramas abril?


Intento leer vientos.


La resonancia de las hojas que caen.
La madera corteza de tus sienes.
Me contesta una voz, que apenas reconozco.


A veces siento tu respiración en la alameda.
Una respiración.
Respiración casi animal, casi humana
Tu aliento. Una ráfaga.
Un soplido en mi boca.
Un gemido un latido.
Ay, tu respiración, cerca, mas cerca.
Respiración cuya profundidad no es mía.
Cae, como fruta madura.
Dobla por la ribera musical de las acequias.
Y deja un halito, un respiro, una incerteza.


Apoyo mi penumbra.
En las raíces de las rocas.
Y presiento
Tu huella inadvertida, cerca, mas cerca.
Las manos se levantan en rosa y en paloma.
Y vuelan.


A veces creo reconocer tu silueta clara
De pié, al pié de la montaña.
Con mi corazón extendido a Capricornio.
Encuentro tu esqueleto de polen luminoso
Las manos sobre el pecho…buscando
Escombro laberinto jungla liana.
Esperando
Ay, con las manos sobre el pecho.
Lejos, mas lejos



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







EN UNA ESPERA FICTICIA...






Primeras palabras*


Llevaban hablando por Messenger más de seis meses. Previamente lo habían hecho en el Chat en el que se conocieron y empezó a nacer aquel sentimiento extraño que con el paso de los días se fue convirtiendo en amor.
Habían planificado el encuentro y estaba esperando encontrarse frente a frente para poder hablar. Habían preferido posponerlo todo a ese encuentro desdeñando conversaciones telefónica previas y eso hacía que la cita fuera aún más esperada y más emocionante.

Los nervios de los días anteriores fueron terribles. No podía comer pensando como sería él. Tenía fotografías, por supuesto, pero ignoraba como sonaría su voz, como sería su presencia, su conversación, sus primeros contactos. Quizás su primer beso...

La mañana que se dirigió al aeropuerto a esperarle no pudo desayunar. Se miró tantas veces al espejo que sonreía pensado que de seguir a así se haría amiga de su imagen.

Llegó el momento y por la puerta de seguridad del aeropuerto, detrás de una señora con traje floreado, apareció con una sonrisa espectacular y se dirigió directamente a ella. Sin mediar palabra la atrajo hacia su pecho y le dio el abrazo más cálido que jamás le habían dado. Era tocar el cielo.

Y entonces habló. Su voz atiplada era como un graznido dos octavas por encima de lo soportable. La tercera frase la destruyó junto a las ilusiones y al susurrarle al oído la felicidad del encuentro fue como si la traspasaran con un estilete. Se apartó de aquellos labios que buscaban los suyos mientras emitían sonidos estridentemente insoportables. Le miró a los ojos, le apartó suavemente y dando media vuelta regreso a su casa a llorar su desengaño.



*de Joan Mateu joan@cimat.es







Las botas de taco alto*




*Por Sandra Russo


Siguiendo la ruta de una nota anterior, "Loca por las compras", me encontré con un recuerdo. Pero antes de escribirlo, vuelvo a una idea planteada a aquella nota: el marketing de los shoppings está dirigido especialmente a las mujeres, y se apoya en los núcleos duros de expectativas que acarreamos desde que en nuestras infancias conocimos algunos cuentos clásicos, como La Cenicienta, La Bella Durmiente o Caperucita. No sólo han servido, esos cuentos, para que los parodien pésimas películas porno. También sostienen el impulso de volver a casa con algo que no necesitábamos y tampoco nos gusta taaanto. Las mujeres buscamos siempre el objeto mágico que nos está predestinado. El marketing de los shoppings se ocupa de que creamos que ese objeto está en venta y además es muy caro.
Hace unos años estaba dando vueltas muy temprano por el Alto Palermo, haciendo tiempo. En un local de ropa y zapatos vi a una amiga de una amiga mía. No nos conocíamos mucho, pero sí lo suficiente como para que yo estuviese enterada de que esa mujer, hermosa, de unos cuarenta años, con cara lavada, iba a internarse al día siguiente para que le sacaran un tumor que tenía alojado en un riñón. Me vio y tuve que acercarme. Yo estaba muy descolocada. No sabía qué decirle. Pero ella dijo:
-Mirá, si mañana me quedo en la operación, por lo menos me habré comprado estas botas.
Me dio una del par que había elegido. Eran de charol negro, con unos tacos muy finos y muy altos. Esas botas imposibles que usan las entrevistadas de Jorge Rial. Cuando la tuve en las manos me sorprendió que el cuero fuera tan finito, tan blando. Tenía la idea de que el charol era duro. Pero éste tenía
siliconas. Las botas parecían rígidas, pero eran muy suaves. Debo haber puesto cara de sorpresa.
-Ah... ¿viste? -me dijo ella, riéndose-. Probátelas -me pidió.
Yo no tenía tiempo y andaba en zapatillas. No me dio tiempo a contestar. Se sentó en una butaca blanca y se las probó ella. Esa mujer que sabía que al día siguiente iba a pasar por la experiencia límite de esa operación puso en marcha otra operación, en este caso de símbolos, que presencié. Con su saquito rojo con botones de nácar y su pollera escocesa que terminaba apenas arriba de las rodillas, ella parecía con esas botas puestas una imagen arrancada de esas revistas para vestir a la muñeca. Las botas, para decirlo claro, eran botas fetiche, botas de Gatúbela, de puta. Nunca volvimos a hablar sobre el tema. Pero el recuerdo de esa mujer comprándose esas botas la mañana anterior a un día tan clave y temido, me quedó dando vueltas. No sé qué recorrido hicieron esas botas por su vida, que siguió y sigue muy
bien. Pero a mí me quedó en la cabeza esa imagen, la de la desesperación que en lugar de solamente estremecer también abre una compuerta, desbloquea. No sé qué habrá buscado esa mujer aquella mañana, pero siempre sospeché que era el objeto mágico. El objeto que estaba allí esperándola, en una espera ficticia, que es la de todos los objetos.
Lo interesante no eran las botas, claro. Era su elección. El tono del llamado que ella escuchaba. Quizá una parte de sí que había quedado obstruida. Quizá algo atisbado con el rabillo del ojo, algo del orden de la ligereza más profunda.
Nuestra relación con los objetos, sobre todo los que nos ponemos sobre el cuerpo, nos habla tanto que a veces aturde. El consumo de imagen está tan incorporado a nuestras maneras de pensarnos, que apenas se despega un poco es muy interesante ver con qué clase de adhesivo lo llevamos pegado.



*Fuente; Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-123760-2009-04-23.html








La familia atada*




*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona



UNO El otro día vi por la televisión a un abuelo desesperado. ¿Alguna vez han visto a un abuelo desesperado? Es algo terrible de ver. Es como ver a un padre desesperado... pero peor. El hombre miraba a cámara y con la más seria de las sonrisas que uno pueda imaginar (imagínenla ustedes; porque yo la vi y todavía me estoy reponiendo de semejante visión) decía algo así: "Sólo quiero que cualquier día de éstos me atropelle un auto y quedar en coma. Por dos o tres meses. Y después de ese tiempo recuperar la conciencia sin consecuencias graves. Volver a ser el que era, llevar el mismo tipo de vida.
Pero de verdad: les juro que necesito descansar un tiempo. Ya no aguanto más esto de tener a los nietos todos los días en casa, desde la mañana a la noche y otra vez a la mañana y...". Y el abuelo desesperado, en serio, seguía sonriendo. El abuelo desesperado -quien todos los días se desayuna con alguna nueva noticia sobre el aumento de expectativa de vida para los ancianos- sólo quería poder descansar en paz sin tener que llegar al extremo de morirse.


DOS Pero parece que no se puede. Adiós a esos crepúsculos lentos y dulces y a esas propagandas donde se mostraba a parejas de modelos canosos y esbeltos caminando junto a una playa o corriendo por los prados, redescubriendo el amor de volver a vivir y disfrutar del júbilo de la jubilación como premio
al deber cumplido. Y en España -y supongo que en el mundo- no deja de hablarse del tema entre susurros vencidos y alaridos derrotados. "El síndrome del nido lleno", titulaba una doble página de La Vanguardia hace unas semanas. Y allí se mencionaba un estudio con título en versito, "La generación de la transición: entre el trabajo y la jubilación", que determinaba que un 69 por ciento de los padres españoles de entre 60 y 70 años tiene contacto diario con sus hijos independizados -el doble de la media europea-, el 40 por ciento todavía tiene a algún hijo viviendo con ellos y un 48,3 con hijos todavía no emancipados (léase: "Papi, mami... Les dejo a los chicos para que les den de comer y los bañen, pero antes de todo
eso no vayan a olvidarse de pasar a buscarlos a la salida del colegio y aquí sobre la mesa les dejé el frasco de píldoras para la memoria"). Para aquellos que les gusta tanto coleccionar porcentajes, aquí van algunos más, explicando en detalle las actividades de casi la mitad de los entrevistados para el estudio en cuestión: el 30 por ciento ayuda a sus hijos cuidando a los nietos en el domicilio propio, un 13 en el de los hijos, un 28 los lleva o los recoge del colegio, un 17 les sirve el desayuno y un 14 se encarga de
la cena. Y la cosa se complica más cuando se revela que el 13 por ciento de los padres mayores de 65 años tienen, todavía, a alguno de sus progenitores aún vivo y requiriendo de cuidados y atenciones varias. Esto ubica a España en un poco honroso primer puesto europeo a la hora de seguir -no es lo mismo
la familia unida que la familia atada o constantemente reunida- aquel lema dominguero que aullaba Carmelo Campanelli una vez alcanzada la breve tregua de los ravioles: "Lo primero es la familia". Y lo segundo y lo tercero y lo cuarto también.


TRES Así, la familia ya no es lo que era. O mejor: su curso se ha visto alterado en los últimos tiempos. Así, la familia como entidad golpeada por el estallido radiactivo de algún accidente de laboratorio. La familia que se alza entre las ruinas como una criatura mutante que ya no es y nunca volverá a ser lo que era. La familia como algo con demasiados cuerpos y cabezas y todos juntos en unos pocos metros cuadrados, como en aquel cuento de Ballard, a quien tanto extrañaremos su mirada extraña y cada vez más normal en este mundo cada vez más ballardiano. El testimonio del abuelo antes mencionado es, apenas, la punta de un iceberg contra el que chocan y naufragan todas las expectativas. Es decir: los que por fin, no hace mucho, se habían ido en busca de grandes aventuras vuelven vencidos a la casita de
los viejos; los que se habían ido hace tiempo resulta que ahora se separan.
Otros, más cautos, deciden pensárselo un poco: la cosa no está como para andar dividiéndose. Imposible financiarse una nueva casa y seguir pagando la anterior. Y está el tema de los chicos, de traerlos y llevarlos de un lado para otro. Así es como ha ido descendiendo el índice de divorcios por estos
lados. Por primera vez en diez años. O tal vez la cosa tenga que ver con el hecho de que muchos flamantes separados -habiéndose independizado cerca de las cuatro décadas de edad- ya no tienen padres que puedan cuidarles los hijos o casitas de los viejos a los que retornar. O, quizás, los viejos
padres -sabiendo que en cualquier momento mutarían a abuelos full time y todoterreno- se apuntaron al programa de protección de testigos del FBI y cambiaron nombre y domicilio y rostro para ya nunca ser encontrados por sus vástagos y por los vástagos de sus vástagos.


CUATRO Y hasta hace poco -en tiempos de bonanza de espejismo pero de bonanza al fin- las estadísticas decían que la edad promedio en la que un hijo español dejaba la casa de los padres españoles era la de unos 36 años, verano más o verano menos. Parece que los quieren mucho o que están cómodos.
El 51 por ciento de los hombres y el 50 de las mujeres con ingresos suficientes como para vivir solos deciden quedarse un ratito más junto a papi y mami. De este modo -explican sociólogos y psicólogos- la infancia se acorta (la media debuta sexualmente a los 16 años y 10 meses) pero la adolescencia se alarga. Mucho. Así, la edad del pavo se convierte en la edad del pavo irreal. Así, hasta hace poco uno salía a conocer mundo a eso de los 36 años promedio porque no se podía comprar piso propio (¿qué es esa
vulgaridad de andar alquilando por ahí cuando se puede ser copropietario de la vivienda paterna?) y ahora, en tiempos de crisis, la cosa se ha complicado todavía un poquitito más y aquellos educados por una sociedad consumista para el consumo se descubren súbitamente consumidos. La contracción de créditos bancarios ha generado lo que ya comienza a conocerse como Generación Cero. Y si antes se quejaban los Mileuristas, los Chicos y Chicas Cero -los más preparados y con más estudios de la historia ibérica- darían cualquier cosa por tener trabajo. España es también -con el 31 por ciento y sumando- líder europeo en desempleo juvenil. De ahí que haya tanto tiempo libre y pocas actividades gratuitas. De ahí que, seguro, los padres les recuerden todo el tiempo a sus ya casi marchitos retoños que se tomen la
píldora, que no vayan a salir sin profilácticos, que mejor se hagan una vasectomía o se aten las trompas o lo que sea. No vaya a ser que cualquier noche de éstas sus hijos les consigan trabajo de abuelos.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-123584-2009-04-21.html










La muy lista*







La teta lista me traspasaba

¡Y que esa teta lo diga!

La teta lista me compelía

a pasar a ella

a trasladarme en cuerpo y manos

(La notable notada

en total y en parcial)



La teta actuaba una escena de aquellas

donde se prueban Las Grandes

en sus transiciones

He sido cabalmente el espectador confund ido por el asedio

de esa Diva en el personaje

al filo de la corazonada



Soy demasiado excesivo

¡Y que esa teta lo diga!

Perro de presa en el coto de caza.







*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 87 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Abril/Junio/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org bajo el link:
http://www.euroyage.org/es/xicoatl-87


CONTENIDO:
· Resultados del 3er Concurso de Composición XICóATL.

La edición impresa de XICóATL # 87 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



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